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bernardo nieto

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Recientemente fui testigo, como muchos colombianos, de un espectáculo televisivo en el que un grupo de periodistas entrevistaba a un abogado que aspira a ser presidente de Colombia[1].

La presentadora del noticiero televisivo le pidió al abogado que explicara por qué él dijo en algún momento que la ética nada tenía que ver con el derecho. El candidato respondió que ella no entendía porque no había estudiado derecho ni filosofía del derecho y que, además, la pregunta tenía veneno. La entrevistadora reaccionó con un “¿Para qué pelear con los periodistas?”. El abogado la interrumpió y afirmó, además, que “la ignorancia es atrevida”. Esa actitud tan ofensiva, es completamente coherente con su actitud de candidato en campaña. Luego, con tono catedrático y, como si tuviera toda la razón, en síntesis, el abogado explicó que la ética se refiere solamente a las actuaciones y al comportamiento individual y que el derecho se ocupa de regular la vida en sociedad. Por eso son dos terrenos diferentes y la ética es independiente del derecho. 

Porque la comunicadora no volvió a intervenir y los demás periodistas escucharon sin contradecir la “clase” del candidato, se podría concluir que el abogado “calló” a la comunicadora y que tendría la razón. Sin embargo, en rigor, lo que afirma el candidato es tan restrictivo como equivocado. 

Lo que él expone como verdad es la tesis central del positivismo jurídico (o iuspositivismo), una corriente de la teoría jurídica, cuyo máximo exponente en el siglo XX es Hans Kelsen. Para los positivistas, la validez de una norma jurídica depende exclusivamente de su legalidad formal (haber sido creada por la autoridad competente siguiendo los procedimientos establecidos), sin importar si su contenido es considerado justo o injusto. 

Esto hay que examinarlo más detenidamente. De acuerdo con otros estudiosos, la Ética no se limita a regular comportamientos individuales. Su alcance es profundamente social y examina críticamente las decisiones colectivas a la luz del bien común y de los criterios fundantes de los derechos humanos. También inspira la construcción institucional y ofrece criterios para evaluar la legitimidad moral de las normas jurídicas y de las actuaciones de quienes ejercen el Derecho. La Ética ofrece el horizonte del bien común, de la dignidad humana y de la justicia que debe orientar tanto la creación de las leyes como su interpretación y aplicación. La ética guía el Derecho y, sin ella, éste corre el riesgo de convertirse en simple mecanismo de poder, coerción o legalismo vacío. 

Por eso afirmo que el raciocinio del candidato, aunque elocuente y tajante, es equivocado e ignora la profundidad de la Ética. La Ética estudia los principios que deben orientar la conducta humana hacia el bien. Es una reflexión profunda sobre lo que permite a las personas y a las sociedades alcanzar una convivencia justa y verdaderamente humana. Desde Aristóteles, la Ética ha sido entendida como búsqueda del bien común y de la vida buena dentro de la comunidad política. Separar completamente normatividad y conciencia moral empobrece la comprensión del bien humano y de la racionalidad práctica y el derecho no puede reducirse únicamente a su validez formal, porque surge dentro del dinamismo de la inteligencia, el juicio y la responsabilidad ética de la persona y de la comunidad. 

Como sociedad debemos preguntarnos: ¿Qué entendemos por justicia?, ¿Qué tipo de ser humano queremos formar?, ¿Qué principios deben orientar nuestras leyes? ¿Qué responsabilidades éticas tienen quienes ejercen el poder jurídico? Y estas preguntas las hace la Ética como orientadora de la ley. 

La historia ha mostrado los peligros de esa separación absoluta que afirma el abogado. Existen leyes que, aun siendo legalmente válidas, son profundamente injustas. En este sentido, la Ética es la conciencia crítica del Derecho. No basta preguntar: “¿Es legal?”. También es necesario preguntar: “¿Es justo?”, “¿Es humano?”, “¿Contribuye al bien común?”

Si nos atenemos a los dictámenes del positivismo jurídico, corremos el riesgo de enfermarnos moralmente como sociedad. Esto no solamente sucede cuando aparecen los grandes criminales, los corruptos o los violentos ejerciendo el poder. Ocurre también cuando quienes poseen conocimiento jurídico olvidan que el Derecho tiene consecuencias humanas y éticas profundas. 

Un abogado puede conocer perfectamente las leyes y, sin embargo, contribuir al deterioro moral de una nación, si utiliza el Derecho únicamente como instrumento técnico al servicio del dinero, del poder o de intereses oscuros. No todo lo legal es justo. Y no toda defensa jurídicamente posible es éticamente inocente. Cada estrategia jurídica produce efectos sociales. Cada maniobra para dilatar la justicia afecta la confianza pública. Cada acto de corrupción protegido desde el conocimiento jurídico hiere la esperanza colectiva. Pienso que las sociedades no se destruyen solamente por la acción de los delincuentes. También se debilitan cuando hombres y mujeres formados en Derecho renuncian a preguntarse por el bien común y por las consecuencias éticas de sus actos profesionales. 

Defender el debido proceso no significa convertir la inteligencia jurídica en instrumento de impunidad. El Derecho necesita conciencia y humanidad, necesita ética. Porque detrás de cada expediente hay víctimas y familias destruidas. Hay jóvenes atrapados por el narcotráfico. Hay ciudadanos que pierden la confianza en la justicia. Hay pueblos enteros que comienzan a creer que la ley solamente protege a quienes tienen poder o dinero. Y cuando una sociedad pierde la fe en la justicia, comienza lentamente a perder la fe en sí misma. 

Una nación necesita buenos juristas. Pero necesita, aún más, juristas con conciencia. El futuro ético de nuestro país y de nuestra sociedad depende, en gran parte, de quienes interpretan las leyes, administran justicia y utilizan el conocimiento jurídico. Porque el Derecho puede servir para proteger la dignidad humana o para blindar la corrupción. Puede convertirse en camino hacia la justicia o en refugio técnico de la impunidad. Por eso la Ética no es un adorno del Derecho. Es su alma.

Preocupa mucho escuchar a alguien que cree saber Derecho y aspira a ser presidente de la nación, pero ignora que su raíz y norte debe ser la Ética. Ciertamente esta ignorancia es atrevida. 


[1] Se puede ver la nota periodística completa en: https://www.youtube.com/watch?v=9DQ74zy8YXc&t=123s

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El sábado 14 nos enteramos de la muerte de Jürgen Habermas, a los 96 años. Vaya esta reseña como un homenaje nuestro a este gigante del pensamiento. Jürgen Habermas es uno de los filósofos más influyentes del pensamiento contemporáneo. Su obra, desarrollada principalmente desde la segunda mitad del siglo XX, ha tenido un impacto profundo en la filosofía, la teoría política, la sociología y los estudios sobre democracia. 

Vinculado a la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, Habermas buscó renovar la tradición de la teoría crítica mediante una reflexión sobre la comunicación, la racionalidad y la legitimidad democrática en las sociedades modernas.

Una de sus contribuciones más importantes es la teoría de la acción comunicativa. En este trabajo, Habermas propone que la base de la vida social no es solamente la acción estratégica orientada al éxito —como sostenían muchas teorías sociales— sino también la acción comunicativa, en la que los individuos buscan el entendimiento mutuo a través del lenguaje. 

Según Habermas, cuando las personas dialogan racionalmente, pueden justificar sus afirmaciones mediante argumentos que otros pueden aceptar o cuestionar. De esta forma, la racionalidad no se limita a la lógica instrumental o técnica, sino que también se manifiesta en la capacidad de los sujetos para alcanzar consensos razonables mediante la comunicación.

Este planteamiento introduce una concepción innovadora de la racionalidad, conocida como racionalidad comunicativa. Frente a visiones más pesimistas de la modernidad —como las formuladas por pensadores de la primera generación de la Escuela de Frankfurt, entre ellos Max Horkheimer y Theodor W. Adorno— Habermas defendió que la modernidad todavía contiene potenciales emancipadores. Para él, las estructuras del lenguaje y la comunicación cotidiana permiten sostener prácticas sociales orientadas al entendimiento y a la cooperación, lo que abre posibilidades para una crítica racional de las instituciones y las formas de poder.

Otra contribución central de Habermas es su teoría de la democracia deliberativa. En su obra Facticidad y validez, el filósofo desarrolla una concepción del derecho y de la democracia basada en la deliberación pública. Habermas sostiene que las normas políticas solo pueden considerarse legítimas cuando resultan del debate libre y racional entre ciudadanos que participan en condiciones de igualdad. De esta manera, la legitimidad democrática no depende únicamente del voto o de la agregación de preferencias, sino de la calidad del proceso deliberativo mediante el cual se forman las opiniones y las voluntades colectivas.

En este marco, Habermas otorga un papel fundamental a la esfera pública, concepto que ya había explorado en su obra temprana Historia y crítica de la opinión pública. Allí analiza el surgimiento histórico de espacios de discusión pública en la Europa moderna, como los cafés, los periódicos y los salones literarios, donde los ciudadanos debatían asuntos de interés común. 

Para Habermas la esfera pública constituye un ámbito intermedio entre el Estado y la sociedad civil donde se forman las opiniones públicas que orientan las decisiones políticas. Aunque reconoce que este espacio se ha transformado profundamente en las sociedades contemporáneas —especialmente debido a los medios de comunicación masivos y a la influencia del mercado—, sostiene que sigue siendo un elemento clave para el funcionamiento de la democracia.

Otro aspecto importante de su pensamiento es la distinción entre el mundo de la vida y sistema. El mundo de la vida se refiere al conjunto de significados compartidos, tradiciones culturales y prácticas comunicativas que permiten la comprensión entre los individuos. El sistema, en cambio, está compuesto por las estructuras institucionales y los mecanismos de coordinación social basados en el dinero y el poder, como el mercado y el aparato administrativo del Estado. Habermas advierte que, en las sociedades modernas, existe el riesgo que el sistema “colonice” el mundo de la vida, es decir, que las lógicas instrumentales del mercado y la burocracia invadan ámbitos que deberían regirse por la comunicación y la deliberación.

Además de sus aportes en teoría social y política, Habermas ha participado activamente en debates públicos sobre temas como la integración europea, la memoria histórica alemana y el papel de la religión en sociedades secularizadas. En este último campo, ha defendido la idea de una sociedad postsecular, en la que ciudadanos religiosos y no religiosos puedan dialogar en el espacio público traduciendo sus argumentos a un lenguaje accesible para todos.

En conjunto, la obra de Habermas representa uno de los intentos más ambiciosos de repensar los fundamentos normativos de la modernidad. Su defensa de la racionalidad comunicativa, de la deliberación democrática y de la esfera pública ha influido profundamente en la filosofía política contemporánea, así como en disciplinas como la sociología, la teoría del derecho y los estudios de comunicación. Gracias a estas contribuciones, Habermas continúa siendo una referencia central para comprender los desafíos normativos y democráticos de las sociedades actuales.

Bernardo Nieto, en colaboración con ChatGPT

Marzo, 2026

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Estoy convencido que, aunque somos briznas y nos volveremos cenizas, también somos prolongación de la capacidad del Creador para dar vida, belleza y amor de manera inagotable. Esta convicción se me reafirma al contemplar el arte, al escuchar y leer reflexiones de investigadores médicos sobre las experiencias de quienes han vuelto a vivir después de ser declarados muertos. 

Las armonías sublimes e intangibles de la música, creaciones del espíritu humano, son realidades que difícilmente se explican como hechos biológicos, aunque se midan como ondas sonoras. El cúmulo enorme de partituras musicales producido hasta hoy prueba el genial y grandioso arrebato del espíritu que expresa en notas y compases la experiencia del amor, la alegría, la tristeza, la gloria y el éxtasis: la belleza del universo. Nada de eso se convierte en cenizas. 

Muchos fenómenos humanos hablan de la existencia de una fuerza creativa que supera nuestra biología. La dicha y el gozo expresados en la risa y los juegos infantiles y en su curiosidad por descubrir y entender el mundo; la belleza intangible de las esculturas griegas, romanas y chinas, la perfección del Moisés o del David de Miguel Ángel; el silencio dolorido de María en su Pietá o su exhuberancia creativa en los frescos de la Capilla Sixtina. 

Las expresiones pictóricas de las cuevas de Altamira y los incontables kilómetros cuadrados que cubrirían las pinturas de los grandes artistas plásticos que han pisado este planeta. ¿Cómo explicar la inspiración poética de gigantes literarios y de sensibles maestros? ¿Qué nos dicen sobre el ser humano el universo mitológico de Homero, sus dramas, epopeyas y tragedias, la delicadeza de Virgilio, la grandiosidad de Dante, el misterio indefinible del Cristo suspendido sobre el infinito de Dalí y el borbotón arquitectónico incontenible que quiere alcanzar el cielo en La Sagrada Familia de Gaudi?. Van más allá de lo tangible, el humanismo y la profundidad del ideal inalcanzable de El Quijote o el absurdo de Romeo y Julieta y la epopeya de la Guerra y la Paz. 

Me hablan de una indescriptible energía espiritual, del esfuerzo inagotable, del deseo de conocer de los científicos para desentrañar enigmas físicos, químicos y matemáticos. ¿De dónde proviene, sino de un espíritu irrefrenable y superior a las cenizas, ese deseo puro de saber que no se sacia y que quiere descubrir la verdad? ¿Qué fuerza o energía formó nuestro universo y dio origen a los seres vivos? Los avances científicos aún no logran explicar la infinita e inagotable energía que dio origen a lo macro y a lo micro o cómo surgen la inspiración, la creación y la invención humanas. Todo eso me grita que somos más que pura materia que desaparece en la fosa o debajo de las losas de un sepulcro frío. Estoy seguro de que la vida y nuestro espíritu superan la dimensión de las estrellas. 

Esta convicción me lleva a pensar que mi esencia perdura más allá de la muerte. Esta es sólo la condición para vivir en una nueva, diferente y maravillosa dimensión. Recientemente, con algunas modificaciones, escribí y envié a un gran amigo esta nota, al morir su joven hija:

“Te ha llegado el momento de la prueba. Todo te indica que la razón, nuestra pobre experiencia científica y el raciocinio frío y duro sobre lo espacio temporal, sobre nuestra experiencia sensible, jamás podrán dar razón de lo inexplicable mediante el método y el conocimiento científico. Éste toca lo material, pero es incapaz de explicar el amor, el dolor del amor ausente, la tragedia de la partida de quienes llevamos en el corazón, en los sueños y en lo más íntimo de nuestros recuerdos más bellos. Pero es allí, en el ámbito espiritual, por encima de lo sensible, en donde podemos encontrar las razones que el corazón no explica.

Si limitamos nuestra existencia a este limitado paso por este pequeñísimo planeta, casi imperceptible en comparación con el tamaño impresionante del universo, ciertamente aquí jamás encontraremos explicación a lo que llamamos muerte. 

Nuestra energía colapsada, consolidada en lo sensible y material, es sólo la expresión menor de nuestra otra energía, la que vibra al ritmo de la de quienes han trascendido y viven eternamente, fundidos en la belleza y el amor. Eso hoy ya lo puede demostrar la ciencia. Allí, en esa maravillosa dimensión, están todos los que amamos. Es esa existencia que no es espacio temporal, la del eterno presente, la del puro amor. La del Señor transfigurado que te espera allí donde ellas están para siempre. Y allí, en el espacio de lo intangible, pero completamente real y pleno de amor, nos volveremos a encontrar para seguir viviendo en plenitud.  Donde ya no hay llanto ni dolor, donde sólo vive el amor del Creador que es el Alfa y el Omega y que, por su Resurrección, nos llena de esperanza y de alegría. Y nos cambia las lágrimas de dolor en la plena felicidad. 

Tomemos nuestras manos y sigamos caminando juntos, por el mismo camino, y hacia el mismo destino”.

En el silencio y en la contemplación entiendo y constato que llevo mi esencia trascendente e infinita capturada en mi limitada realidad temporal. Busco el amor infinito con el cual me fundiré en un eterno presente y en donde podré encontrar a todos los que amo y que dejaron de ser cenizas para liberar su luz. Esta convicción me mueve a hacer el bien y a dar sentido a mi vida, tan breve y tan fugaz. 

Bernardo Nieto Sotomayor

Febrero, 2026

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No soy ningún experto en derecho ni en legislación internacional. Miro los hechos que suceden en nuestro mundo y reflexiono sobre ellos, tratando de responderme por qué suceden. Reconozco que la detención y “extracción” de Nicolas Maduro por el ejército norteamericano el pasado 3 de enero, me provocó un golpe que me ha obligado a analizar y buscar respuestas a temas que aún se discuten en los medios de comunicación: La ilegalidad de la actuación de Estados Unidos y su posible justificación y validez moral.

Por lo que leo, según el derecho internacional, la acción militar y unilateral de Estados Unidos ordenada por el presidente Trump contra Nicolás Maduro, todopoderoso dictador ilegítimamente autoproclamado como presidente, fue una clara violación de La Carta de las Naciones Unidas (Art. 2.4) que prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado. 

La acción militar unilateral de un Estado para capturar al mandatario de otro país es ilegal y una incursión militar sin consentimiento del Estado receptor o sin mandato del Consejo de Seguridad, viola la legislación internacional actual. Según los fallos de la Corte Internacional de Justicia, los jefes de Estado en funciones gozan de inmunidad personal absoluta. Esto significa que no pueden ser arrestados ni juzgados por tribunales de otros países mientras estén en el cargo, independientemente de los delitos que se les imputen. 

El Derecho Internacional solo reconoce el uso de la fuerza en dos casos: a) la defensa propia ante un ataque armado previo (Art. 51 de la Carta de la ONU) y b) la autorización expresa del Consejo de Seguridad de la ONU bajo el Capítulo VII para mantener la paz y seguridad. 

Esta normativa internacional y sus consecuencias la aprovechó Maduro para resguardarse detrás de ella y de su cerco militar de generales que le hacían creerse intocable en su territorio y ante cualquier corte de justicia. Por ejemplo, el Consejo Nacional Electoral de Venezuela proclamó a Maduro como presidente electo el 28 de julio de 2024, en unas elecciones señaladas de fraude electoral por los líderes venezolanos de la oposición y por la comunidad internacional. 

Para justificar su proceder, el gobierno estadounidense argumenta que sus acciones no son “actos de guerra”, sino operaciones de “aplicación de la ley” contra el narcoterrorismo liderado por Maduro, alegando que el régimen perdió su legitimidad y, en consecuencia, su soberanía.

Quienes defienden la validez moral de lo ordenado por el presidente de Estados Unidos, aluden a la defensa de los derechos humanos de los opositores encarcelados, asesinados, desaparecidos o expulsados a la fuerza y sin ninguna reparación. Esos derechos fueron vulnerados durante décadas en un país que vio partir a más de 8 millones de valiosos ciudadanos. Por eso apoyan la única acción eficaz realizada por alguien hasta hoy, para devolver a sus legítimos dueños lo que dejaron sátrapas corruptos que llegaron al poder para robar, torturar y adueñarse de las riquezas de la nación. 

Según una investigación periodística publicada en 2021 por Le Matin Dimanche y por otro medio de su grupo, Tribune de Genève, se aseguró que había más de 10.000 millones de dólares vinculados al Gobierno de Maduro en Suiza. Cfr. Sylvain Besson, Christian Brönnimann. Publié: 16.01.2021, 22h45. https://www.tdg.ch/les-milliards-venezueliens-concernent-une-banque-suisse-sur-huit-734581052637#temp

Luego de la captura de Maduro, el gobierno suizo congeló las cuentas del antiguo chofer de bus que llegó al poder como un dirigente sindical sin mayor experiencia. Este dato chocante ilustra el nivel de corrupción del régimen. 

La situación en Venezuela bajo Nicolás Maduro ha pasado por un deterioro significativo de las instituciones democráticas y por un empeoramiento de la crisis humanitaria. A lo largo de su mandato, se han denunciado e identificado numerosas violaciones a los derechos humanos y prácticas autoritarias. Las tres elecciones presidenciales más recientes, incluyendo la controvertida de 2024, han sido fuertemente criticadas por la comunidad internacional que ha documentado irregularidades, manipulación de resultados y represión de la oposición.

La falta de atención por parte de la comunidad internacional a los reclamos de los venezolanos es notoria. A pesar de las evidentes violaciones de derechos humanos, donde miles de ciudadanos han sido encarcelados por manifestar su descontento, no hubo un respaldo efectivo que garantizara su derecho a la oposición. Las historias de venezolanos que han huido del país, forzados a migrar por la crisis económica y política, reflejan un éxodo que no solo afecta a las familias, sino que también desestabiliza a la región.

La expropiación de tierras, los negocios y propiedades a manos del régimen han llevado a un descontento masivo donde muchos empresarios se han visto desplazados y despojados de sus derechos. La situación de los presos políticos, muchos de los cuales han sido torturados, añade otra urgencia para una acción que, aunque contraria a la legislación internacional, busca restaurar la justicia y los derechos humanos.

La pregunta central radica en si la extracción militar de Maduro puede considerarse moralmente válida, a pesar de su carácter ilegal según el derecho internacional. 

Consultando sobre el tema, encontré que la Corte Internacional de Justicia falló el 14 de febrero de 2002, declarando ilícita la orden de arresto emitida por Bélgica contra el entonces ministro de Asuntos Exteriores del Congo, Abdoulaye Yerodia Ndombasi. Este caso histórico marcó un precedente importante en el derecho internacional sobre la inmunidad de los altos funcionarios estatales, afirmando que, en ese momento, las inmunidades diplomáticas impedían a tribunales nacionales emitir órdenes de arresto internacionales contra ministros en funciones. Este fallo forma parte actualmente del respaldo legal para considerar como ilegal la detención de Maduro. 

Pero también encontré un artículo del profesor Rubén Carnerero Castilla, Profesor Asociado de Derecho Internacional Público en la Universidad Complutense de Madrid, publicado originalmente en 2004 y que también está referenciado en obras colectivas y en bases de datos académicas dentro de estudios sobre el poder de los jueces y el estado del derecho internacional. 

El profesor Carnerero lo tituló “Un paso atrás en la lucha contra la impunidad: la sentencia de la Corte Internacional de Justicia de 14 de febrero de 2002 en el asunto relativo a la orden de arresto de 11 de abril de 2000 (República Democrática del Congo c. Bélgica)”, y allí hace un extenso análisis del fallo. En  la conclusión afirma que “la evolución de la cuestión continúa en manos de los Estados, quienes, mediante su participación en el proceso de elaboración de normas internacionales, es decir, mediante la adopción de tratados o la creación de costumbres internacionales sobre la materia, deberán situar en sus justos términos el alcance de la inmunidad de jurisdicción penal que disfrutan los agentes estatales, sobre todo por lo que se refiere a su disfrute en situaciones en las que tal privilegio resulta incomprensible y difícilmente aceptable, como ocurre cuando existen indicios sólidos de que el beneficiario ha cometido graves crímenes contra la humanidad”.

Desde un enfoque ético, la intervención se justifica si se considera un medio para detener el sufrimiento humano. La filosofía del tiranicidio, aceptada por pensadores como el jesuita Juan de Mariana (1536 – 1624), sostiene que, cuando un gobernante oprime a su pueblo de manera insostenible, el uso de la fuerza se convierte en un recurso necesario para restablecer el orden y la justicia.

La moralidad de actuar en este contexto se basa en la noción de responsabilidad colectiva. Si la comunidad internacional carece de la voluntad de intervenir para proteger a un pueblo que sufre bajo un régimen dictatorial, existe un vacío moral que justifica una intervención militar, a pesar de su confrontación con la legislación internacional. Las acciones del régimen de Maduro, al perpetrar crímenes de lesa humanidad y destruir la dignidad de millones, abren la puerta para considerar alternativas que trasciendan el marco legal.

La legalidad de la extracción de Nicolás Maduro se encuentra en un terreno pantanoso, marcada por la tensión entre la soberanía estatal y el deber de proteger a los oprimidos. Las características del régimen y el sufrimiento del pueblo venezolano plantean un argumento moral fuerte que desafía la normativa internacional. La intervención militar, aunque controversial y peligrosa, puede verse como un último recurso ante la inacción de la comunidad internacional, frente a un sufrimiento intolerable. En última instancia, la historia exigirá un balance entre la ley y la moralidad, considerando si la acción de deponer a un dictador, a pesar de sus implicaciones legales, pueda justificarse como un acto de defensa de los derechos humanos fundamentales.

Queda aún por discutir el fin último que persigue el gobierno de Estados Unidos, explícitamente expresado por el presidente Trump que quiere controlar las ingentes reservas de petróleo venezolano y sus recursos naturales. Con la captura de Maduro quedó demostrada la debilidad de su círculo de seguridad cubano. Pero la presencia de China, Rusia e Irán en Venezuela, quienes se cobran sus deudas con los recursos venezolanos, constituye una amenaza insostenible para los intereses de Estados Unidos. 

Mientras tanto, esta creciente tensión desafía la paz y estabilidad de nuestra región, convertida en espectadora atemorizada de la lucha de estos titanes que se han declarado dueños del mundo. 

Bernardo Nieto Sotomayor

Enero, 2026

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He tenido que dejar “enmochiladas” muchas anécdotas y recuerdos. Los que aquí comparto, con mi experiencia de la navidad, están llenos de música, de amor, de alegría y de una enorme paz en el corazón.

Creo que tenía 4 o 5 años cuando nos levantaron a medianoche, nos lavamos la cara con agua helada y bien peinados, nos llevaron a la misa de gallo en la iglesia de Las Nieves, en la carrera 7ª. con calle 20. Ese año íbamos a pasar la navidad en la casa republicana de la calle 22 con carrera cuarta donde vivían mi tía Emma, y mis primos mayores, Emmita y Enrique. Bertha, mi hermana mayor, ya era novia de Enrique. Más tarde se casarían para vivir en matrimonio por más de 65 años. Ellos, con el amor de papá y mamá, fueron eje de nuestras navidades.

Todos bien vestidos, con la mejor pinta, entramos a la iglesia. Estaba llena de luz. El órgano sonaba durísimo con algún villancico de Navidad. Esa música me resonó en el cerebro, en las entrañas y profundamente, cuando alguien cantó una canción de nochebuena. En mi cabeza, en mi garganta de sopranito y en mi corazón de niño, quise poder cantar como esa voz tan linda, en alguna iglesia y en la noche de navidad. 

Al regresar, los niños encendimos felices las luces de bengala en una vela de cebo que estaba pegada al piso. Uno de los invitados, nos perseguía con una luz de bengala. Salimos corriendo y, yo, por mirar hacia atrás, me estrellé de frente contra una columna del patio interior de la casa. Mis berridos causaron conmoción en los grandes que estaban en la sala. Acudieron a ver qué me había pasado y se alarmaron por el “huevo” o “chichón” que me estaba creciendo incontrolablemente en la frente. Recuerdo a mi primo Enrique untándome manteca sobre la bola protuberante y haciéndome intensos masajes con la parte plana de un cuchillo de cocina. Mis berridos provocaban lástima y alarma y mis padres y mis hermanos hacían corrillo deseando que no se me saliera el alma por entre el chichón. Literalmente, esa noche de navidad, vi las estrellas, aunque no anunciaban el nacimiento del niño Jesús.

Siempre nos permitieron participar en la “armada” del pesebre. Sobre las cajas de cartón que conseguíamos en la tienda de Don Baudilio, nuestro vecino, Enrique, Bertha y mis hermanos mayores ponían papel “craf” (así se decía) pintado de verde. Encima acomodaban la lama y el musgo, naturales y frescos, que habían recolectado en las faldas de los montes cercanos o en la plaza de mercado. En ese momento no había ni conciencia ni órdenes oficiales para la conservación ambiental. De lo que se trataba era de tener realísticamente el pesebre con lama verde y musgo blanco, igual al de las barbas de los árboles que más tarde conocería en “Patasía”, la finca de Pacho en donde pasaríamos de adolescentes formidables vacaciones. 

Lo mejor de la armada del pesebre era la construcción de la bóveda del cielo estrellado que coronaba la cueva de Belén. Con tijeras afiladas y con la destreza adquirida en el colegio de la Presentación, Bertha recortaba en el papel arrugado y pintado con anilina azul, estrellitas puntiagudas. A nosotros nos dejaban recortar pedacitos de papel de seda que los grandes pegaban con engrudo, hecho en casa, por el revés del papel, cubriendo las siluetas de las estrellas. Cuando había ya suficientes estrellas, el cielo azul se pegaba en las paredes de la esquina de la sala donde iba a estar el pesebre. Por debajo se le metía un bombillo grande y el firmamento adquiría un color de delicioso misterio y gloria celestial.

Junto a los chamicitos enclenques y torcidos que simulaban árboles, colocábamos casitas de cartón. No había luces LED ni nada parecido. Por eso la iluminación era tarea de los mayores. Una extensión culebreaba escondida entre el musgo y, de tramo en tramo, la cabeza prendida de un bombillo iluminaba desde dentro el esqueleto de cartón de una casa campesina o del palacete francés que adornaban la llanura. Con arena de verdad se simulaban los caminos y sobre un pedazo de espejo nadaban paticos de plástico. Llenábamos con agua un par de pájaros de pasta que tenían ranuras para soplar y que llenos de agua simulaban maravillosamente trinos de pájaros durante los cantos de los villancicos y de los gozos. Pastores, ovejas, reyes, la mula y el buey, acompañaban a la Virgen y a San José que esperaban al niño Jesús. Toda una experiencia de construcción colaborativa, llena de alegría, ingenuidad e imaginación infantil. 

Después de rezar la novena, jamás nos faltó la pólvora. En la calle, al frente de la casa, hubo voladores, volcanes, totes, mechas, buscaniguas y más ejemplares ruidosos de venta libre. No supe de quemados o envenenados con totes, aunque siempre nos advirtieron para “tener mucho cuidado, que se queman”. El ruido y las chispas me encantaban y, aunque no medía el peligro real de esos explosivos, siempre se nos advirtió que podríamos incendiar la casa. ¡Temerarios, irresponsables, pero felices!

Los regalos bien empacados por los mayores se daban a la media noche y siempre fueron secretos y sencillos como la ropa del diario, zapatos para el colegio, un sombrero de vaquero y una pistola de fulminantes para jugar a policías y vaqueros. Montando un caballo de palo yo fui el llanero solitario y fui capaz de ponerle a la pistola de fulminantes, una tira de papel con gotas de pólvora. Cada disparo sonaba duro y dejaba un olor que aún identifico automáticamente. Por supuesto también tuve guayos y un balón de pitón que inflábamos entre todos, soplándolo con todas nuestras fuerzas, compartiéndonos gérmenes, babas y mucha alegría. Navidad desde niño, ha sido y seguirá siendo, una época privilegiada de alegría y fraternidad. El primer solo que canté en el coro de la parroquia y en el que recorría las calles del barrio fue “fuentecita que corres clara y sonora”. 

Mientras estuve en El Mortiño nunca pasé la navidad con mis compañeros y fue en el noviciado donde viví las primeras navidades lejos de casa. Al recogimiento natural propio del período de probación y estudios, tengo que integrarle el gozo que siempre experimenté por cantar en coro. En navidad, por ejemplo, descubrí a Los fronterizos con “Navidad nuestra” y la belleza de “La misa criolla”, en 1967 y 1968. Conservo frescos los sonidos y las voces de todos al entonar el “Dulce madre reina virgen” y los villancicos, la compañía calurosa de mi hermano Daniel, los juniores y el coro de los novicios que cantábamos “25 de diciembre, fum, fum, fum”, “Noche de paz” y demás, bajo la dirección de Fernando Londoño, Lucho Nates, Jorge Luis Lalinde Augusto Acosta. Poco después, yo mismo dirigí esas hermosas noches navideñas de mi plena juventud. Julio César Botero me acompañó “Noche anunciada”, el villancico de Ariel Ramírez y Félix Luna que hoy, después de tantos años, entonamos en arreglo polifónico en el coro Vivace.

Cuando estaba en Ciencias, mi hermana mayor, Bertha, me ayudó a armonizar mi primer villancico, “Dulce sueño blanco…”, una sencilla canción de cuna que en 1970 canté con un grupo de niños de La Ceja, Antioquia, durante mi experiencia de magisterio en el noviciado… Mirando hacia atrás, debo decir que mi mejor experiencia musical ha estado unida a la hermosa temporada de navidad.

Con Myriam nos casamos el 26 de marzo de 1977. Mis ingresos y los ahorros los invertimos en comprar los muebles del apartamento. No tuve plata para la pisaargolla. Para la navidad de 1977 ya esperábamos a Juan Manuel, nuestro hijo mayor. En secreto, con los ahorros y con la prima de Navidad de Acpo, pude comprarle una hermosa pisaargolla coronada por un pequeño diamante. Recuerdo todavía a Myriam, en la sala de la casa de papá y mamá, abriendo la pequeña bolsita con manos temblorosas. La había recogido antes en una joyería de la calle 12 con carrera 6ª y me la llevé discretamente entre un bolsillo mientras íbamos en bus para la casa de papá y mamá. Fue muy lindo verla emocionada y agradecida luciendo su prueba matrimonial completa. 

Necesitaría muchas más páginas para describir los maravillosos recuerdos con nuestros hijos pequeños y nuestras familias. Cada navidad significó una maravillosa explosión de alegría en las deliciosas novenas repletas de villancicos y fraternidad. Veo en sus ojos infantiles la picardía y la curiosidad por saber cuál sería el regalo escogido para cada uno, la primera bicicleta, el primer par de patines, el destino del próximo viaje en carro a la costa, el descubrimiento de Buck Rogers, el regalo de My Little Pony, de He-man y She-Ra, la construcción en familia de los Transformers.

Desde nuestro regreso de los estudios en Estados Unidos, cada nochebuena ha estado coronada por la misa de medianoche celebrada en casa. Recuerdo la alegría y la ilusión de todos cuando bajo el árbol de navidad estaban los tiquetes de avión para ir a Orlando a conocer a las tortugas ninja. 

La película pasó. Los hijos crecieron y formaron sus familias. Viven lejos y hoy, nuevamente, por primera vez después de casi 49 años de matrimonio, Myriam y yo estaremos en pareja en navidad y nuestros tres hijos se reunirán en casa de Juan Manuel en Alemania para compartir el amor, la paz y la fraternidad que les dejamos como legado. Nosotros estaremos bajo la bendición del Señor, compartiendo la Eucaristía y la solidez del amor que nos ha unido desde el comienzo del camino. ¡Bendita Navidad! 

Gracias por haber querido ser como nosotros, Señor Jesús y tú, Virgen María, por haber aceptado en silencio ser la madre de nuestro Redentor. La fe, la entrega y la confianza de José completaron la bendita familia que hemos tratado de imitar, con todas nuestras fuerzas y debilidades.

Feliz Navidad, amigos de toda la vida y un mejor 2026 para todos.

Bernardo Nieto Sotomayor

Diciembre, 2025

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El pasado 3 de octubre, Alemania celebró el Día de la Unidad Alemana, la fiesta nacional que conmemora un aniversario más de la entrada en vigor de la Reunificación alemana de 1990. Myriam y yo estábamos de visita en Berlín y fuimos hasta la iglesia de la Reconciliación, en la celebración de los 35 años de su reunificación, luego de la caída del muro de Berlín en 1989.  Es uno de los lugares emblemáticos cargado de significado y en donde se recordó ese momento

La iglesia de la Reconciliación forma parte del conjunto conmemorativo del Muro de Berlín en la Bernauer Strasse e invita a la meditación y la oración. Es un edificio moderno construido como un monumento a la paz que mezcla elementos antiguos con el presente y el futuro. 

El edificio oval está rodeado por láminas de madera y la entrada, llena de luz, genera un ambiente de recogimiento. El altar de la antigua iglesia se encuentra en su lugar original.

Fue construida en 2000 por los arquitectos berlineses Sassenroth y Reitermann que decidieron ubicarla en la antigua “franja de la muerte” del Muro de Berlín y en el lugar de la antigua iglesia demolida en 1985 por el gobierno de la RDA. Es un lugar de memoria y reconciliación. La escalera y el altar de la iglesia original se integraron a la nueva estructura de tierra pisada del sitio original. Forma parte del conjunto conmemorativo del Muro de Berlín, que recuerda las tragedias y las víctimas del Muro y exhibe una réplica de la estatua de reconciliación de Coventry.

La primera iglesia fue terminada por el arquitecto Gotthilf Ludwig Möckel en 1894, en ladrillo y estilo gótico renacentista. A pesar de algunos daños en la Segunda Guerra Mundial, la estructura sobrevivió a la guerra.

Con la división de Berlín entre los aliados, en 1945 la iglesia quedó en el sector soviético pero con la mayoría de sus feligreses en el sector francés. 

Cuando se construyó el Muro de Berlín en 1961, la iglesia quedó “atrapada” en la zona limítrofe entre el lado occidental y el lado oriental. Excepto los guardias de frontera, que usaban la torre como un correo de observación, nadie más pudo usarla. Por falta de mantenimiento, se convirtió en una ruina y en 1985 el gobierno de la República democrática alemana RDA ordenó su demolición. La cruz de la torre se cayó de la iglesia cuándo fue volada y antiguos feligreses la ocultaron de los soviéticos hasta el fin de la Guerra Fría. Cuatro años más tarde en 1989, cayó el Muro de Berlín. Esa cruz preside el lugar de honor de la moderna iglesia.

Desde 2005 a ambos lados de la capilla, en el antiguo campo de la muerte, se cultiva centeno como símbolo de vida. Al madurar, el centeno se cosecha para fabricar pan y comerlo en una ceremonia interreligiosa en lo que fue la frontera de la Guerra Fría, mientras los asistentes rezan “El pan nuestro de cada día dánoslo hoy, y perdona nuestras ofensas”. La asociación «Friedensbrot» (pan de paz) llevó el símbolo de reconciliación del campo a doce países de Europa del Este que habían sido linderos de la línea divisoria soviética. Con las semillas del centeno de la Bernauer Straße se sembraron doce nuevos campos de centeno, desde el Báltico hasta Bulgaria, en los lugares de dolorosa memoria y como símbolo de la nueva fraternidad europea.

Sobre la destrucción causada por la guerra, una impresionante fuerza espiritual se levantó de las cenizas para permitir la reunificación alemana plasmada en este símbolo de superación del odio, la venganza y los resentimientos. 

A pesar del indudable liderazgo alemán en la Europa actual, todavía se notan las cicatrices y la auténtica fraternidad alemana aún debe superar inequidades e injusticias. Medio país, la antigua zona oriental, todavía espera por mejores oportunidades para sus ciudadanos en formación, trabajo, mejores salarios, desarrollo de su industria y de capital humano. 

¡En Colombia cuánta falta nos hace construir juntos el país que exprese que queremos vivir y trabajar en paz! Antes que símbolos y templos que representen nuestra unión, aún nos queda por recorrer el camino del respeto a cada ser humano en el territorio nacional. No se trata solamente de tolerarnos. El respeto implica aceptar que somos distintos y que podemos construir una nación en la que todos nos encontremos con derechos y oportunidades iguales, unidos por un solo ideal de desarrollo y libertad. Quiera Dios que, cuando esto sea posible, en cada rincón de la patria se pueda sembrar y compartir el pan, la empanada, la arepa paisa, el tamal y el amor entre todos. Sólo entonces tendrá sentido cantar el himno nacional y decir que cesó para siempre la horrible noche de la violencia en cada rincón de nuestra patria. De nosotros depende.

Por Bernardo Nieto Sotomayor

Desde Berlín. Octubre, 2025

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san pietro, roma, vatican
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En este nuevo viaje a Europa mi esposa y yo visitamos algunos lugares emblemáticos de Roma, particularmente aquellos con especial significado que anteriormente no habíamos “degustado internamente”. Todavía veo esas imágenes romanas y, antes de que se desvanezcan, quiero escribir y desocuparme de sentimientos encontrados.

Viajamos a Roma con mi esposa Myriam por varios motivos. 

Queríamos visitar los lugares en donde Ignacio de Loyola consolidó su obra. Los “amigos en el Señor” del París de 1534, el 22 de abril de 1541 se transformaron en Roma en la Compañía profesa, después de esos años buscando la voluntad de Dios. 

En la Basílica de San Pablo Extramuros hicieron sus votos perpetuos ese día, dedicado a “María, Madre de la Compañía de Jesús”, y formalizaron su obediencia a Ignacio, como primer superior general. Además, con un voto de especial obediencia al Papa, se comprometieron a servirle donde fuera para atender las necesidades de la Iglesia. Con la disponibilidad y libertad que les dio ese cuarto voto, hacia la muerte de Ignacio en 1556, ya habían llegado a las puertas de la China gracias a la pasión arrolladora de Francisco Javier. 

Fundaron en Europa colegios y universidades y los Ejercicios Espirituales se convirtieron en herramienta que transformaría a millones de seres humanos. Literalmente, “se le midieron a todo”. Se afirma que la reforma protestante sólo llegó territorialmente, hasta donde encontró la verdadera muralla levantada por la influencia teológica, filosófica e intelectual de los jesuitas.

El Padre Fernando Mendoza, “Ferdi” para sus amigos y compañeros, fue mi compañero de estudios y es un gran amigo. Hoy es el subsecretario general de la Compañía de Jesús y reside en la sede mundial del gobierno jesuita. Además de conseguirnos un excelente hospedaje en el mismo lugar de su residencia, Ferdi fue nuestro guía en la visita a algunos de los más significativos lugares para los jesuitas: La iglesia de San Ignacio con el impresionante juego de perspectivas de Andrea del Pozzo, el jesuita y pintor, maestro del barroco y de la bóveda de la nave principal, “La Gloria de San Ignacio”. 

La iglesia del Gesú, donde está sepultado San Ignacio y donde se conserva el antebrazo y la mano derecha de San Francisco Javier, como testimonio de su trabajo, bautizando a miles de personas. También la Basílica de Santa María La Mayor, donde San Ignacio celebró su primera misa en la capilla del pesebre, en la Nochebuena de 1538. Entendimos lo que significa para la Compañía de Jesús la hermosa Basílica de San Pablo Extramuros, donde los fundadores emitieron sus últimos votos, el voto de obediencia al Papa y se consagró al primer general de la orden, Ignacio de Loyola; la Universidad gregoriana, las catacumbas de San Calixto y, en la noche romana nos acompañó la bella plaza de San Pedro vacía de gente, pero llena de significado. 

En el interior del edificio de la Curia General Ferdi nos abrió las puertas de la bella, moderna y funcional sala de la Congregación General, la capilla de San Francisco de Borja, la capilla doméstica y tuvimos el privilegio de asistir al Angelus del Papa desde la terraza del edificio de la Curia general, un palco privilegiado. Ferdi fue un guía excepcional y un amigo incondicional, además de permitirnos entender su entrega como jesuita y sacerdote a la labor que le han encomendado.

En la Eucaristía de los jesuitas de habla hispana que residen en la Curia general y a la que fuimos invitados, me prestaron una guitarra. Sentados en círculo alrededor del altar, sin sitios preferentes, todos cantaron con el corazón y de modo ejemplar. Sentí que estos jesuitas viven su fe y trabajan acompañando el servicio del Padre general a toda la compañía y a la iglesia universal, con la convicción de los primeros compañeros. Una gran alegría nos dio esta misa tan sencilla y llena de fe, en contraste con los cantos en latín incomprensibles para los fieles en las basílicas romanas. Compartir la mesa con el Padre General fue un privilegio excepcional. ¡Gracias, nuevamente, Ferdi!

Myriam y yo también queríamos dar gracias a Dios por todo lo que hemos recibido durante los más de 50 años que hemos compartido, desde cuando en 1975 celebramos nuestro compromiso matrimonial. Pudimos participar en Roma del jubileo del Papa Francisco, su promotor, y asistimos a la Eucaristía en la capilla del Espíritu Santo de la Basílica de San Pedro. Hicimos oración en San Juan de Letrán, en Santa María La Mayor y en la Basílica de San Pablo Extramuros, como lo recomiendan para recibir la gracias del jubileo.

Nos interesaba también acercarnos al testimonio de los primeros cristianos, que compartían la fe, los bienes y aún los sitios de su martirio, convencidos de que nuestra vida supera los límites espacio temporales. El coliseo, los foros romanos y las catacumbas aún hoy testimonian el sacrificio de muchos mártires cristianos. Con esta descripción somera de nuestra visita, se puede deducir que los cinco días de estadía en Roma estuvieron repletos de actividades y sin un minuto de sobra.

Ahora, un poco más de dos semanas después, en el silencio de esta casa donde nuestro hijo mayor y su esposa nos hospedan al sur de Berlín, en Dahlewitz, hago algunas reflexiones y me reafirmo en varias convicciones. Soy consciente de que escribir estas ideas en poco o en nada cambiará la situación de los ritos o la predicación actual de la iglesia católica romana. Pero sigo convencido de que en la curia romana sobran muchas cosas. 

Judas Iscariote, ladrón y traidor, criticaba a la mujer que ungía los pies de Jesús con un costoso perfume de nardo puro y lo secaba con sus cabellos. Aunque decía que el dinero se podría entregar a los pobres, a Judas sólo le interesaba la plata. Ni de lejos quiero que mis reflexiones se parezcan a las de Judas quien criticaba hipócritamente a quien usó un perfume caro en un gesto misericordioso. 

Pienso que la iglesia católica no necesita palacios ni grandes templos para alabar a Dios y anunciar el mandato del amor del Señor. Las basílicas, verdaderas obras de arte y que se llenan de turistas ávidos de tomar fotos y “selfies”, son para ella apéndices innecesarios. Los mercachifles de la fe hacen allí su feria y se lucran con el dinero de los turistas que ignoran que la esencia del cristianismo es la persona de Jesucristo, nacido en un pesebre y muerto en la cruz, encarnado en los más pobres, en los marginados y excluidos; un Jesucristo que nunca tuvo donde reclinar la cabeza. Esos bellos edificios son un costosísimo encarte para la curia romana, y son solamente testigos del esplendor de los Estados pontificios y del poder temporal del Papa. 

Los millones de dólares que se requieren cada año para su mantenimiento los pueden aportar, por ejemplo, la Unesco o el gobierno italiano, si la iglesia católica decidiera cedérselos y, en todos los rincones del mundo, seguir cumpliendo su mandato de predicar el evangelio. Un gesto así podría acercar a muchos jerarcas a una iglesia pobre, más libre y evangélica.

La reconstruida iglesia de Bojayá, en el Chocó, y las iglesias campesinas de las veredas de nuestros pueblos que sirven de escuelas y refugios en zonas de conflicto y acogen las víctimas de desastres naturales, también celebran los sacramentos y la reunión de los fieles. No es cuestión de haber nacido pobres o ricos o de pertenecer a países del primero o del tercer mundo, ni de predicar la fe uniéndola a la lucha de clases. 

El trabajo cristiano por lograr la equidad y la dignidad humana es una obligación de dar y compartir con los menos favorecidos lo que se nos ha entregado, no solamente los bienes materiales. Se trata de la manera como se asume la tarea evangelizadora y del testimonio de un Jesucristo cercano a los marginados. Esa iglesia no cabe ni está presente en los templos romanos. Los misioneros de Mongolia que describe Cercas en su libro “El loco de Dios en el fin del mundo”, son el tipo de misioneros y de cristianos que requiere hoy la iglesia católica. La iglesia en misión, la de las fronteras, debe llegar a convivir con los verdaderamente marginados. 

Finalmente, una reflexión sobre la mujer, presente en el sacrificio supremo del Calvario para la redención de la humanidad, a la luz del papel que desempeña en Roma y en todas partes del mundo.

Como lo narra el evangelista San Juan en el evangelio cap. 19, 25-27, en el sacrificio del Calvario, tres mujeres estaban junto a la cruz en el momento de la muerte de Cristo: María, la madre de Jesús; María, la mujer de Cleofás y María Magdalena¿Si las mujeres desempeñan ese papel tan importante en el momento culmen de la redención y, además, en el momento de la resurrección, por qué ellas no pueden presidir hoy la Eucaristía y administrar los sacramentos? Bajo el sol romano y a 32 grados, vimos en Roma muchos grupos de peregrinos del jubileo liderados o acompañados por mujeres, no pocas usando hábitos de religiosas. 

En Roma y en nuestras tierras colombianas, las mujeres siguen acompañando y nutriendo la fe de muchos. Hoy, cuando los seminarios se quedan vacíos, ¿no ha llegado el momento de aceptar que, en su mandato de evangelizar a todo el mundo, Jesús no discriminó entre hombres y mujeres y, como lo describen los evangelios, por el papel que desempeñan en la iglesia, ya es tiempo de que las mujeres preparadas y fieles, acompañen y presidan todos los sacramentos en nuestra iglesia? 

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En fin, Roma es un sitio histórico fundamental para los católicos. Pero se dice también que la ciudad está llena de la fe que muchos han dejado allí, al ver el contraste impresionante entre el Jesús del Evangelio y la forma como, quienes viven en los edificios, palacios y lujosos apartamentos cardenalicios contradicen a quien nació, vivió y murió sin tener dónde reclinar su cabeza. 

Prefiero vivir y morir con la sencillez y el compromiso que vi en quienes guían a los herederos de Ignacio de Loyola desde Roma, y no con la pompa y el boato de los trapos rojos que llenan palacios, dicasterios y ceremonias romanas. 

Bernardo Nieto Sotomayor

Octubre, 2025

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Segunda parte

Heriberto Bravo, un antiguo compañero en la Junta de padres de familia del Colegio San Bartolomé La Merced, decidió contarme su experiencia como intermediario en la sanación de personas. Me contó que recibió ese don, gracias al cual Dios sana las dolencias de las personas. Aquí amplío su historia.

  • ¿Cuánto duran sanas las personas que se han sanado por tu medio?

Cuando Dios sana lo hace por siempre. Las oportunidades de sanar son muchas y no están referidas únicamente a la salud física. Dios no habla de enfermos, sino de excluidos. Los excluidos de la salud son solamente una de esas comunidades. También hay excluidos del amor, de la economía, de la justicia, de la iglesia, del sexo, de la religión, por causa de la raza etc. 

  • ¿Quién te dio ese poder?

Los dones son regalos de Dios y los entrega a quien quiere, cuándo y en las condiciones que quiere, siempre y cuando la persona haya sido preparada por Él. No hay recetas y su comunicación es con cada uno. Quienes piden dones específicos porque les parecen maravillosos en otras personas, pueden “herniarse” pidiéndolos. El sólo los entrega si uno ha sido preparado por Él que conoce las capacidades y responsabilidad de cada uno. Una vez entregados, uno toma la decisión de aceptarlos o no. 

  • ¿Cómo descubriste que tienes esa autoridad?

Fue una entrega en la iglesia de Girón, Santander, el día de Santa Brígida, después de dos años de acudir a muchas personas santas, monjas y sacerdotes y fue un camino duro. No sabía orar ni cómo sería la persona que aparecería en mi camino. No les creía a quienes me decían que se habían sanado. Yo quería que me dijeran: “Eso es una ilusión, una mentira”. Debía encontrar a alguien que aclarara mis dudas, hasta que me encontré con una subalterna a quien le iban a cortar una pierna. 

Era una mujer de unos 30 años, con una bacteria en una pierna y que podía pasársele a la otra. Una tarde me contó llorando su caso en mi oficina. Yo tenía que tomar una decisión: “O le digo que sí puedo orar por ella o me quedo callado y me dedico a consolarla”. Era mi decisión. Lo primero era muy fuerte para mi ego. Era jefe en un proyecto de 150 especialistas, 80 de diferentes países de América, Europa y Australia y 70 colombianos. Si Dios no me cumplía sanándola, quedaría como un brujo y le quitarían la pierna. Si no hacía nada y ella llegaba 3 meses después sin pierna, ya no podía remediarlo y perdería la oportunidad de saber sobre mi don.  Con esa disyuntiva, la invité a misa y oré por ella, con las palabras Dios que puso en mi boca. 

Pasó el tiempo y me olvidé del tema. Unos 10 días después, la mujer me estaba esperando temprano. Me abrazó llorando y me comentó que el médico le había repetido todos los exámenes médicos para decidir el sitio donde debía cortar la pierna. Cuando le entregó los resultados, ¡Oh sorpresa! el médico no podía creer: la médula se había restaurado totalmente y tenía una infección apenas de medio centímetro que se podía tratar con medicinas simples. Era el primer caso médico de curación y en las historias clínicas no había otro documentado. El médico presentó el caso en un Congreso. Además, le preguntó repetidamente a mi subalterna qué había hecho para que eso sucediera. Ella le contestaba que nada. Al final, la presión fue tal, que ella le contó que su jefe había orado por ella. El médico le contestó que, si los milagros existían, ese era realmente un milagro. Le di gracias a Dios: ¡Me cumplió! Es verdad, me regaló ese don. Lloré también. El resto es historia. 

  • ¿Ha habido más casos de sanación?

Muchos. Hubo una mujer con un cáncer en un ojo que no podían tratar en Colombia. El médico tratante era amigo mío en una clínica muy conocida. Oré con ella. La enviaron con todos los exámenes a Houston para que la operaran y con una carta de recomendación para un médico colombiano que vivía allí. Debían operarla o el cáncer se le pasaría al otro ojo y quedaría ciega. En Houston le repitieron los exámenes médicos y cuando fue a recibir los resultados, el doctor le preguntó si tenía dinero. Como era de una familia adinerada, ella respondió que le podía pagar de contado. El médico le dijo: “A mí sólo me debe US$300. El resto es para que se compre un tiquete y se vaya a Miami un mes a descansar, porque usted no tiene nada en sus ojos”. Al mes fue a darme las gracias. Eso debió ser en el año1999 o 2000. 

A partir de ese momento me hice consciente de mi misión y comencé a leer la biblia. La leí varias veces, menos el apocalipsis. De manera selectiva pasaba por librerías católicas buscando libros con historias de personas que hubieran tenido encuentros con Dios. Leí las “Confesiones” de San Agustín; “La sabiduría de un pobre”, de San Francisco de Asís, las “Moradas” de Santa Teresa, las cartas de Santa Joaquina de Vedruna y cerca de 80 libros más de personas que habían sido tocadas por la misericordia de Dios. Así fui clarificando mi regalo. En la oración entendí mi relación con Jesucristo. He tenido la oportunidad de compartir con algunas personas de oración, consagrados o laicos. Es una espiritualidad desconocida para nosotros, nutrida en el mundo de una manera distinta por personas del común.

  • ¿Qué han dicho los médicos sobre las sanaciones? ¿Has tenido dificultades con alguno de ellos?

Nada. Yo vivo en Bogotá como uno más entre 8 millones de habitantes. ¿Qué me pueden decir? No hay un sitio en donde puedan conseguirme, no tengo propaganda. A la iglesia voy a misa y al sagrario voy a orar. He tenido la oportunidad de orar por un médico, en un encuentro casual junto al sagrario. Están muy agradecidos con Dios por haber tenido ese encuentro providencial. Yo estaba orando y ellos llegaron a orar también. Dios hizo lo suyo y ellos son hoy en día mis amigos. Si alguno de sus pacientes por intermedio de mí ha recibido alguna acción de Dios, ellos le dicen que me den las gracias. Los médicos no conocen mi nombre porque les pido el favor que le den las gracias a Dios y nada más. No estoy en redes, ni en directorios, ni en la búsqueda de clientela, como dicen los estrategas del “marketing”. 

  • ¿Te pagan por tu servicio?

Jamás. Dios obra en el lugar menos esperado y en el momento menos previsible. Puede ser la calle, un hotel o una reunión con personajes de cualquier estrato. A mí me ha preparado para caminar y encontrarme en el camino con el otro. Tengo clara mi responsabilidad. El testimonio de Dios es el que encamina a cada uno.  

  • ¿Tú has sido sanado?

  • ¿Perteneces a algún grupo de oración?

Soy de la comunidad de Emaús de la parroquia de Santa Beatriz, pero ahí soy uno más de los muchos que han hecho los retiros. Voy de vez en cuando, pero nunca hablo de este tema. La comunidad a la que pertenezco se llama “Peregrinos del amor del Dios Trino”, conformada por personas como yo. Trabajamos como cualquiera en labores para las que nos hemos preparado. Hay médicos, ingenieros, contadores etc. El lugar de oración es el sitio en donde nos encontremos con el excluido. No conozco aún a otro de los integrantes; sé que son bastantes y tengo la promesa de encontrarme con alguno o algunos cuando Dios lo quiera. 

  • ¿Cómo te preparó Dios para esta misión? 

Fue una sorpresa para mí pues la preparación la hace Dios en silencio, con tiempo y sin darse uno cuenta. Conmigo fue claro en hacérmelo saber. Además, los elementos que soportan el don son las cualidades de cada uno. 

Enumero algunas de ellas. Es muy importante tener clara la misión, centrarse en ella y no abarcar lo que uno no conoce. El liderazgo permite que uno hable y le crean porque uno es cumplido y con credibilidad. La capacidad de dar lo mejor de cada uno en beneficio de una comunidad. Es lo contrario del individualismo, cuando se ponen los conocimientos al servicio de una tarea, pero buscando el reconocimiento por encima de la comunidad. La sensibilidad, que permite sentir el dolor y la necesidad ajenas. La capacidad de resolver problemas complejos con soluciones simples. La justicia para reconocer el trabajo de los demás. 

Las cualidades uno las ha ido moldeando, capacitándose en el trascurso de la vida. Un día se las enumeran y le dicen que eso es exactamente lo que se necesita para generar confianza en las personas. En mi caso no debo cambiar nada, porque perdería credibilidad. Los demás elementos de un don los entrega Dios en silencio y, al recibirlo, uno tiene todas las herramientas para manejarlo. 

Con las revelaciones, lo que yo llamo “píldoras de amor divino”, me llamaba la atención que me ponía a pensar en cosas como absurdas y duraba días tratando de resolverlas. Ejemplo: “¿El agua apaga el fuego o el fuego se autoconsume al contacto con el agua”? Un día cualquiera tomé la biblia y leí un fragmento que me mostró claramente la respuesta. A través de la lectura de la Palabra, se dan respuestas a muchas dudas. En oración con otras personas que tienen dones también se pueden recibir gracias, carismas, o clarificación de conceptos que uno no maneja. En mi caso, encontré respuestas en la lectura de libros en los que quise conocer las experiencias de laicos o consagrados en su relación de Dios.

También tomé un seminario de un mes sobre discernimiento en la Universidad Javeriana. Sólo estábamos dos laicos y participé porque me decían que a través del discernimiento uno hablaba con Dios y yo quería llegar a eso. No hablé con Él, pero fue importante para mí. También hice dos retiros espirituales. Uno en 2007 con el padre Julio Jiménez, jesuita. Fueron nueve días en silencio y para mí fue realmente extraordinario pues tuve unas experiencias asombrosas. El día que pueda lo repetiré. El otro fue el retiro de Emaús en 2018, bien diferente. 

En la medida en que uno comienza el recorrido, debe estar seguro de que estará protegido por Dios. Hay que estar siempre atentos, ser prudentes y humildes. Yo quería saber más y un día Dios me dijo: “No se preocupe por tratar de entender con la razón; toda la capacitación estará de mi parte y usted la tendrá antes de que la necesite. Su misión está en la vida diaria, donde no necesita tener esos conocimientos. Hay más de doscientas mil personas con posgrados, doctorados y posdoctorados que saben más que usted de esos temas”. 

  • ¿Qué te motiva para seguir en esta tarea?

Tengo varias motivaciones que describo aquí. Durante mi vida laboral nunca dejé nada sin terminar. Lo que soñé, lo logré. Le pido a Dios que me deje vivir para terminar mi misión. Lo que yo llamo “los caramelos de Dios” son las sorpresas de amor que Dios tiene para uno. Son consolaciones que Dios permite conocer, sentir, de manera sencilla a cualquier persona. Es sentir que Jesús se abaja hasta hacerse amigo del excluido y a quien Él le regala su misericordia. Además, la capacidad de asombro. Dios no tiene una formula repetida para entregar su misericordia. Son dosis personales de amor divino y con estrategias diferentes. 

Es muy importante que la oración sobre una persona sea hecha con alegría. En esos momentos estamos en el mismo nivel Jesucristo, la persona y yo, como puente o intercesor. Él hace su obra. Es maravilloso ver pasar a alguien de la angustia a la plenitud. La oración comienza cuando la persona me saluda, se sienta y comienza la conversación. Normalmente me preguntan a qué hora vamos a orar. Yo les digo que la oración comenzó hace rato. Es maravilloso ver el asombro y la tranquilidad de la persona que no se siente juzgada, ni interpelada. Es gratificante y sobrecogedor alcanzar la solución de una necesidad en el nombre del Señor en una oración entre amigos. Es el Jesús Amigo, quien se hace presente. Ser testimonio de que la persona es evangelizadora de sí misma, asombrada por lo alcanzado. 

La gente se siente amada, da gracias, siente la necesidad de mejorar, de arrepentirse, de declararse creyente aun sin entender cómo un ser humano normal, pecador como el, facilitó el prodigio. Se le invita a seguir caminando y nutriéndose con la misericordia de Dios. Eso solo lo premia el amor de Dios recibido por uno.

Por misericordia de Dios uno es convocado a una misión, para hacer lo mismo que Él y cosas más grandes. Eso es verdad si se confía, si se entiende y se trasciende; es posible si se tiene fe. Uno está motivado para hacerlo con compasión y amor y para tratar de que, en cada momento, uno pueda avanzar construyendo su propio camino, siendo testigo del Dios del amor y un colaborador en la creación del camino de salvación.  

  • Muchas gracias, Heriberto. Nos volveremos a encontrar para seguir conversando.

Con mucho gusto, Bernardo.

Bernardo Nieto Sotomayor

Octubre, 2025

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Primera parte

Con Heriberto nos conocimos como miembros de la Junta de padres de familia del Colegio San Bartolomé La Merced, en 2001. Fueron pocas las oportunidades que tuvimos para compartir nuestras aficiones o conocimientos. Hace unos meses nos cruzamos en un parque cercano a nuestras viviendas, nos reconocimos y hablamos de nuestras ocupaciones actuales. Encontrarnos fue una agradable sorpresa, especialmente porque descubrí una faceta sorprendente de Heriberto. Aquí comparto mi descubrimiento.

  • ¿Quién es Heriberto Bravo Grass?

Soy un campesino charaleño que cambió las alpargatas por zapatos y que, en la escuela rural de “La Cantera”, en la finca de mi abuela, cambió la pizarra y el gis por lápiz y cuaderno, para aprender a leer y escribir. Luego hice un peregrinaje por la escuela pública, el Colegio José Antonio Galán de Charalá, el “Colegio de Santander” en Bucaramanga y la Universidad de Bogotá, Jorge Tadeo Lozano. 

Cuando terminamos el bachillerato en 1971 en el Colegio Santander, no hubo ceremonia de grado porque el rector “no hacía ceremonia para graduar gamines”. La celebración se hizo 50 años después (2021), con todo el rigor ceremonial, la presencia de la rectora, los profesores, los himnos del Colegio, de Bucaramanga, de Santander y el Himno nacional. Tuvimos los discursos y la entrega de los diplomas. Las fotos se publicaron en “Vanguardia liberal” y, en la historia del colegio ese 1971 quedó registrado como el único año sin ceremonia de grado de bachilleres.

De mi niñez recuerdo los “conciertos” nocturnos de los campesinos con instrumentos como una riolina, una hoja de naranjo y un peine cubierto con el plástico del paquete de cigarrillos o un tiple desvencijado. Se cantaban e improvisaban coplas narrando el acontecer del día o las diferencias con algún compañero, con gran respeto. También escuchaba los cuentos de la llorona, de las brujas nocturnas en los caminos o en los tejados, la “marcarita” (mujer de la montaña con un solo seno), el duende y los espantos de los ríos en las pescas nocturnas. En fin, historias contadas al calor de un guarapo. Sentado en las piernas de un jornalero, siempre fui invitado a esos momentos inolvidables que me sirvieron para narrar o aclarar lo aparentemente complejo con ejemplos simples, cuentos sencillos o parábolas. Hoy, y de la misma manera, el Señor me enseña y me explica lo inentendible para mí en las Escrituras. 

Me gradué como contador público y muy temprano fui subcontralor de la Caja Vocacional. Luego fui auditor interno de Kellogg’s de Colombia, Gerente financiero de Arplastic, contador de Chocolates Triunfo y ocupé diferentes posiciones en Ecopetrol en el área contable. Bajo mi dirección se desarrollaron proyectos importantes. Tuve siempre el apoyo de la empresa y eso me permitió un gran desarrollo en el área contable y financiera. Trabajé con los mejores recursos de Ecopetrol y con especialistas sobresalientes del país y del exterior en el desarrollo de los proyectos. 

  • ¿Cómo es tu familia? 

El hogar está conformado por mi esposa y dos hijos, un varón y una mujer.

  • ¿Cuándo te pensionaste?

El 30 de noviembre de 2004.

  • ¿A qué te dedicas en este tiempo privilegiado?

Parte del tiempo, al negocio de “la bolsa”: ¡la del pan y la del mercado! También a leer, viajar, caminar, a dar algunas charlas y a dedicar tiempo para orar, escuchar y mostrar la misericordia de Dios a través del servicio. 

  • Me contaste que Dios te entregó algunas herramientas para utilizarlas al servicio del excluido. ¿Cómo es eso?

En la Palabra (La Biblia) hay varios personajes, hombres y mujeres, convocados por Dios para alcanzar propósitos de su plan de salvación: en un evento importante, en la dirección o el alivio de una comunidad. También hay excluidos por enfermedad, posesión demoníaca, limitación física (lepra, flujo de sangre, cojos, ciegos, mudos, leprosos) e incluso por una muerte repentina, (Elías, Eliseo, Pedro). Igualmente, en pobreza aguda (la viuda de Sarepta, los pobres de la comunidad, los discípulos en la multiplicación de los panes) o en otras circunstancias. 

Todo eso era desconocido para mí. Jamás había leído la biblia. Antes de los 44 años era un profesional con una vida normal y un montón de equivocaciones, de misa dominical y confesión de vez en cuando y un ego bastante importante. Tuve cualidades de liderazgo y capacidad de ver lo oculto para los demás, lo cual me permitía dar soluciones simples a problemas complejos en tiempos muy cortos. Tenía una capacidad grande para dirigir y escuchar los problemas que doblegan el cuerpo y martirizan el alma y, en fin, manejaba herramientas naturales que me hacían visible y líder. Siempre me consideré un ser diferente con relación a mis colegas; hablaba, veía la vida y me relacionaba de un modo distinto.  

En 1997 tuve una situación personal muy compleja con una mujer que trabajaba conmigo y que me hizo ver que Dios es muy grande. Tuve una lucha espiritual muy fuerte durante 8 meses con un ser demoníaco que quería alcanzar el máximo nivel en su secta a costa de mí. Logré superarlo y eso me hizo repensar muchas cosas. Había comenzado a tener revelaciones en las que “alguien” me hacía ver soluciones simples a problemas complejos en los proyectos y me preguntaba quién me daba o me iluminaba las respuestas. 

  • ¿Cómo descubriste que eres sanador?  

En Colombia un sanador tiene la connotación de brujo, agorero y yo no soy sanador con esa connotación. El verdadero sanador y médico perfecto se llama Jesucristo. Los dones son regalos de Dios y los seres humanos somos instrumentos, puentes que, con plena libertad, cumplimos el mandato de Jesucristo de que, en su nombre, entreguemos nuestra ayuda al excluido, cuando Dios nos motiva a cumplir un propósito y entregar la vida por el necesitado.

  • ¿Quién te dijo que tienes esos dones?

El “usuario del servicio” es quien da testimonio de lo que sucede en el nombre de Jesucristo. Los dones van apareciendo cuando Dios ha preparado a las personas para manejarlos con responsabilidad y humildad. Los seres humanos a quienes se les sirve son el testimonio viviente de la misericordia de Dios y uno actúa como instrumento a través del servicio. Se presta el servicio con fe, con amor y esperanza, sin recibir recompensa. Somos testigos de la grandeza y misericordia de Dios para que un ser humano alcance la plenitud, el gozo y el asombro.

  • ¿Quiénes saben que tienes el poder de sanar?

Yo no tengo el poder de sanar. Soy un instrumento de Dios en el nombre de Jesucristo y lo asumo con libertad y responsabilidad. Es un propósito que Él ha puesto en mi vida. Soy el puente, el paso de una relación misericordiosa de Dios con un necesitado. Algunas personas se han enterado por un amigo o por un conocido o por un encuentro de sopetón con alguna persona. No vivo mostrando nada ni hablando del tema con nadie. Dios sabe con quién debo tener encuentros “de providencia”, como me decía un sacerdote jesuita. 

  • ¿Además de enfermedades físicas, atiendes también enfermedades psicológicas, espirituales?

Dios sana lo que Él decide hacer por amor. Normalmente, es todo aquello que supera las capacidades de la ciencia y la razón. Sana lo que genera asombro y cambio radical en una persona, sin necesidad de estar convenciendo a nadie. Cada persona se catequiza porque es tocada directamente por el amor poderoso de Dios. Las demás sanaciones las hacen los profesionales de la salud. 

  • ¿Cómo te contactan para hacer una sanación?

En el camino me encuentro a las personas. Jamás busco a nadie y no tengo un sitio a donde deben ir. Soy como cualquier otro mortal, inmerso en donde se encuentran todas las debilidades humanas, los equivocados, los sin ley, los pecadores, los afligidos, los desesperanzados y en donde Jesucristo nos mandó estar, con los pequeños y los frágiles; no con sabios y entendidos. Es en esa comunidad de los hijos de Dios en donde Él muestra su gloria y carga la oveja perdida.

  • ¿En qué circunstancias aceptas intermediar en una sanación?

Dios me prometió enviar las personas en nombre de Jesucristo y, a través de un encuentro conmigo, Él haría su obra. Sería prepotente si me atreviera a condicionar o seleccionar a alguien que Dios me ha enviado. Jamás me enviará a alguien con una limitación para la cual Él no me ha preparado. Dios sana y punto.

  • ¿Te le mides a cualquier enfermedad o seleccionas las que son más fáciles de sanar?

Con Dios no hay barreras. Él permite el encuentro con personas a quienes la ciencia y la razón no han podido sanar. A mí me ha preparado para asumir ese momento con humildad, amor y responsabilidad. No exijo o recibo nada. No soy un comerciante de la fe. La ciencia Dios la ha permitido siempre por amor y allí va la mayoría de la humanidad.

  • ¿Cómo es un momento de sanación?

Es un momento de amor y de entrega misericordiosa de Dios. Soy testigo de momentos en los que quienes se decían o eran ateos, al terminar el encuentro, se quiebran, lloran, piden perdón y creen. Es un momento de asombro total en un ser humano que ha alcanzado el amor de Dios en situaciones a veces muy complejas. Para mí es un momento de alegría, gozo y agradecimiento a Dios. Jamás permito que me adulen o crean que soy diferente. Soy testimonio de la promesa de Dios de acompañarnos siempre.

  • ¿Quiénes han sido sanados por intermediación tuya?

Las estadísticas las manejan las entidades oficiales de salud. Dios no las necesita. Dios entrega dones gratis al servicio de los demás. Si fuera un mercader de la fe las necesitaría, pero actúo en el nombre de Jesucristo y Él hace su obra. Soy un instrumento y nada más. Los reconocimientos y las donaciones deben ofrecerlas únicamente a Dios. Yo no tengo libretas de apuntes y siempre me falló la memoria. Tampoco tiene agenda conmigo y siempre está disponible; como dicen ahora, 24 horas 7 días a la semana.

  • ¿Te agradecen?

A quien deben agradecer es a Dios. Siempre estoy agradecido con Dios por lo que él hace por los excluidos con quienes me permite participar como instrumento. Yo cuento las historias que han sucedido a través de mí a personas que me conocen y que me ven como un ser humano normal, pecador, frágil, débil. Eso los impulsa a caminar con su propia historia y con los recursos que Dios le ha otorgado. 

Bernardo Nieto Sotomayor

Octubre, 2025

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En primero de bachillerato comencé a estudiar latín. Atraído por el nombre, fui alumno de “las aguadepanelas sabatinas”, organizadas por el Padre Bernardo Díez en el colegio Mayor de San Bartolomé los sábados por la tarde. Además del “rosa, rosae, rosarum”, “amo, amas, amare”, de las declinaciones y conjugaciones, estudiamos la vida y obras de fundadores de grandes órdenes religiosas. 

Me gustó la deliciosa agua de panela con queso y almojábana que nos daban como anzuelo para estudiar latín y me gustó la historia de San Ignacio de Loyola. Al terminar ese año, pedí ingresar al Mortiño: ¡Había mordido completamente el anzuelo! Los jesuitas aplicaron con nosotros eso de “entrar con la de ellos y salir con la de uno”. 

En segundo de bachillerato, estudiando inglés con León Isaza y con “el negro” Hernández, me di cuenta de que “me iba bien” y me encantaban los idiomas. Con el padre “Piñeritos” estudiábamos el latín del libro de Jorge Valenzuela “Latín en Acción”. 

Siendo novicio de segundo año, ya sabía algo más de latín que algunos compañeros y a William Mejía, Bernardo Botero, Álvaro Gómez y a mí, nos mandaron a estudiar latín con los juniores de primer año. El texto era “De Senectute” de Cicerón y Bernardo García era el profesor. También comenzamos a estudiar griego con Manuel Briceño en “La llave del griego”. 

En el juniorado avanzamos con Javier Escobar el estudio de algunas églogas y poemas de Virgilio. “Tityre, tu patulae recubans sub tegmine fagi…” Los estudios de teatro griego dirigidos por el mejor especialista, Manuel Briceño Jáuregui, fueron la base de lo que iba a ser fundamental en mi vida profesional. Junto con Marino Troncoso y otros, integramos el grupo del seminario “El genio literario griego”, dirigido por él. Al entender la estructura narrativa del drama y de la tragedia griega -cómo se vive y se arma el drama y cómo se cuenta el cuento-, particularmente de “La Orestíada”, escudriñábamos el alma humana, sus amores, ambiciones y su temor ante el “fatum”, lo inevitable, lo impredecible. 

Manolo Briceño fue mi formador personalizado de estilo literario y de expresión poética y me dio las mejores herramientas para desempeñarme como gerente de programación en las empresas de televisión en que trabajé más tarde. Él me capacitó para decidir cuáles eran los dramas verdaderamente relevantes y que pueden tocar el alma humana. El complemento perfecto de esta formación fue el bienio de la “Lectura estructural y valoración del film” y el “Giudizio critico dei Film”, de Nazareno Taddei, secretario de comunicación de la Compañía de Jesús en Italia y quien dirigía el Centro cinematográfico de Milán. Él nos dirigió los cursillos de vacaciones en los que profundizamos qué “dicen” una toma, una escena, una secuencia, los ejes temáticos y los “pernos” estructurales de las obras cinematográficas. Esto fue fundamental para mi trabajo como lector de argumentos, de libretos de drama y editor de trabajos televisivos. 

La psicología de la comunicación que estudié con Gabriel Izquierdo la apliqué en las campañas publicitarias que me correspondió dirigir. En los cursos de televisión con Rafico Vall-Serra, él me sentó frente a una cámara de televisión, me enseñó a mirarla, a hacerme amigo de los que estaban detrás de ella y a comunicar con claridad y sencillez mis pensamientos. 

Con Julio Alberto Arango aprendí a cortar y pegar películas de 16 mm, a unir segmentos con la moviola y a ser amigos y compañeros para siempre. Germán Neira me animó cuando a los programas de radio les faltaba fuerza y los mejoré. Y con los cine-foros nos “afilamos” para dirigir, años más tarde, los de Bogotá y armar equipos críticos de trabajo con otros profesionales en la televisión colombiana. ¡Toda una envidiable formación para la vida! 

Para perfeccionar inglés y francés, además de las clases teníamos a disposición una sala de audición de idiomas con cabinas y audífonos individuales y recibíamos los cursos intensivos de vacaciones en el instituto de idiomas de la Javeriana en Bogotá. Gracias a lo aprendido en ese tiempo privilegiado, fui admitido en el último nivel de francés en la Alianza Francesa y logré un excelente puntaje en los exámenes de inglés (ALIGU y TOEFL) para ser admitido en el máster de Educación de la Universidad de Columbia. Además, se me facilitó enormemente la comprensión del alemán para mi curso de televisión en Berlín. 

En ese tiempo no había Internet, Google, Spotify ni identificadores electrónicos de canciones. Si queríamos aprender la letra de una nueva canción en cualquier idioma, había que transcribirla. Algunos cantores éramos transcriptores de canciones y la sala de música se convirtió en lugar preferido de “trabajo”. Mientras escuchábamos a Hervé Vilard, Gilbert Bécaud o Enrico Macías, entendíamos y copiábamos la letra, la corregíamos y la “pasábamos a limpio” para cantarlas en las reuniones y en paseos a San Rafael y el Ocaso. 

Así conocimos el mundo musical de Los Beatles, Domenico Modugno, Gigliola Cinquetti, Nicola di Bari, los festivales de San Remo, Los Brothers four, Peter, Paul & Mary, Joan Baez, Charles Aznavour, Edith Piaf, Françoise Hardy. Así aprendimos “Capri c´est fini”, “Nathalie”, “Enfants de tous pays”, “Paris, tu m´as pris dans tes bras”, “La femme de mon ami”, y tantas otras. Tomábamos las guitarras, armonizábamos y uníamos nuestras voces. ¡Sonaba lindo lo que cantábamos! 

El estudio del espíritu humano, de sus decisiones y de sus acciones era el eje temático en “Origen y meta de la historia” de Karl Jaspers y “El Estudio de la historia” de Arnold Toynbee en las clases con Carlos Alberto Marín. El ser humano como gestor de su crecimiento, decaimiento, desgracia y nuevo florecimiento; la conciencia personal y social, la responsabilidad de los dirigentes en las civilizaciones y el ser humano, gestor de su propio destino. Me encanta este enfoque del estudio de la historia, base de la ética y del derecho, que más tarde estudiaríamos en la especialización de filosofía. 

Con Enrique Gaitán, estudiamos a René Huyghe, el erudito francés de la historia, la psicología y la filosofía del arte. Su estudio comprensivo e integral del ser humano nos llevó a mirar la experiencia estética que mueve al artista a expresar y plasmar en obras bellas como la pintura, la escultura, la música y la danza su mundo interior y lo bello de nuestro mundo. 

Enrique dejó huella buena en mi vida. Más tarde un atrevido Toño Calle me dio el papel de El principito en su adaptación de la obra de Saint Exupéry, la que habíamos analizado tan a fondo con Enrique. 

Sin Luis Carlos Herrera, me hubiera quedado difícil tener una visión integral de la obra literaria colombiana. Fue con él con quien conocimos el método de la “palabra-tema” para entender el alma de un literato. Rivera en su obra poética “Tierra de promisión” mostró su más íntima tragedia interior: un ideal inalcanzado, pues siempre “vio el sol lejano”. Un verbo, un sustantivo y un adjetivo. Por lo aprendido con él, me sentí motivado a llevar a la pantalla de televisión colombiana la mejor versión de “La vorágine”.

Termino esta apretada síntesis de los aprendizajes y experiencias que recibí en Santa Rosa de Viterbo, mencionando algunas vivencias “extracurriculares”.

En Santa Rosa aprendí a trapear y brillar un ancho corredor de 50 metros, empujando una T y un gante; limpié sanitarios, barrí escaleras, lavé torres de platos, ollas y cubiertos; me salieron callos “echando pica y pala” durante la construcción de la rampa del noviciado y el dique en el lago, bajo la dirección de Pachito Aldana y el Dr. Álvaro Enrique Álvarez; corrí montañas regresando los domingos de la catequesis en las veredas; subí cumbres para llegar a la misa del mediodía en “La nariz”, junto a la laguna helada; durante una caminata a lo más alto de Las Mitras con Reynaldo Pareja, Sergio Acevedo y Roberto Alonso, pesqué a mano limpia y saboreé una trucha. Me rompí una clavícula en una estirada jugando béisbol en la cancha de fútbol; jugué muro y futbolito con amigos y sudamos yendo y viniendo a pie por el camino colonial entre La Esperanza y el Ocaso. Y Jota Vélez nos hizo amanecer casi congelados, entre una carpa, en la colina junto al lago para vivir la experiencia scout. San Rafael fue el escenario de los mejores partidos de fútbol, de entrenamientos musicales y de horas interminables aprendiendo los ritmos de las canciones y poniendo bien los dedos en los trastes de las viejas guitarras. Los jueves en San Rafa me gustaba el “baño de caballo” en pantaloneta, con manguera, cuando el agua fría refrescaba el cansancio y limpiaba el sudor bajo el sol boyacense.

Aún oigo la música de las serenatas navideñas, las “academias” en las “primerísimas” de las fiestas de los santos, los cumpleaños del Rector y del Padre maestro. Sé que pudieron ser más, pues fueron escasas, las visitas de nuestras familias, sólo en las mañanas de los votos o de la toma de sotana. Fue el gordo Díaz quien se colaba en la biblioteca de la sala de arte que tenía a su cargo mi hermano Daniel para sacar libros “prohibidos”. Él lo “pescó” cuando el gordo quedó bien mojado al caerle sobre su cabeza la olla de agua que le habían preparado para cuando abriera la puerta y tumbara la tabla que sostenía la olla. ¡Lástima no haber tenido cómo grabar ese momento!

Así, es fácil recordar tantas canciones, tantos amigos y explicar por qué hoy, después de tantos años, seguimos unidos y amando lo que fuimos. Estudiamos con gozo; compartimos alegrías, sentimientos, vida sana y pura juventud. Y, además, tejimos una amistad profunda y perdurable. 

Gracias, Fernando Londoño, Enrique Gaitán, Mark Bogan y Lenny Kaminsky, Eduardo Pardo, Darío Gamboa, Sergio León Vélez, Ramiro Valencia, Julio Alberto Arango, Julito Jiménez, William, y tantos otros, porque cantamos el mundo y lo abrimos más allá de los entrañables bambucos y pasillos colombianos. Gracias a los jesuitas que apostaron por nosotros. Su trabajo quedó bien hecho. Aunque no estoy vinculado legalmente a la Compañía de Jesús, he vivido una vida llena de satisfacciones y bendiciones. Soy hijo de Ignacio de Loyola y, gracias a todo lo recibido, he dado cosas buenas y bonitas a quienes he podido. 

¡Bendita seas, Compañía de Jesús! 

Bernardo Nieto Sotomayor

Julio, 2025

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Pertenecer a un grupo de cantores ha sido algo natural en mi vida. Recuerdo y reconozco, sin esfuerzo, el timbre de las voces de mis amigos, como si hoy estuvieran cantando junto a mí. Muchas veces me sucede que una canción me “suena” en el cerebro y la melodía coincide con el tono de la canción original. En los ensayos del coro me concentro para recordar la línea melódica de nuestra voz, la canto y estoy en el tono correcto. Esto lo heredé de mi madre que cantaba las canciones de Libertad Lamarque en el mismo tono y cadencia de la soprano argentina. 

Bebí la música con la leche de mi madre. El timbre de su voz resuena en mi memoria con su ternura y alegría. Por nuestra casa se oían cantos en la voz de Daniel, de Rafico, de Ana, de Bertha, de todos y había algarabía en las llegadas y en las despedidas. Recuerdo casi sin errores canciones que aprendí de niño: “Canoíta de mi río”, “A la orilla de un palmar”, “La violetera”, “Un viejo amor”, las canciones de Joselito y un montón más que llenaron de armonías mi niñez. A los 6 años, en el coro parroquial, ya cantaba la misa gregoriana en latín y hacía los solos de los villancicos de navidad. 

El coro y el canto en el noviciado y el juniorado. 

Al ingresar al noviciado ya había cantado en el coro de la parroquia y en los del colegio parroquial San Ignacio de Loyola, el Mayor de San Bartolomé y en el del Mortiño. Así pues, cuando entré a la Compañía, el coro del noviciado fue mi lugar natural y allí estaba también Luis Guicheney, un tenor lírico cubano de unos 25 años. Su gran formación vocal fue un regalo para los cantores y un grupito de privilegiados teníamos clase de técnica vocal con él los domingos por la mañana. Fue más de un año de práctica personalizada que me ha servido para toda la vida. Fernando Londoño nos dirigía y con él aprendimos un extenso repertorio de cantos italianos y polifónicos en varios idiomas. Cuando él no estaba, dirigía el coro alguno de los de segundo de noviciado que conocía bien los cantos. Cuando pasé a segundo de noviciado me tocó dirigirlo a mí, sin haber recibido más formación musical que la de mis compañeros. 

En 1965, Sergio Mesa llegó al juniorado. Era un concertista extraordinario de piano y de órgano; con su oído absoluto templaba las guitarras sin afinador, poseía una facilidad enorme para aprender idiomas y lo que se le pusiera por delante. En seis meses ya leía a Goethe en alemán y era un joven genio que pasaría por Santa Rosa sólo un año, pues en ese tiempo aprendió lo que para nosotros era necesario estudiar en tres. 

Siendo aún novicio de segundo año, participé en el cursillo de solfeo de tres días que Sergio dirigió para los juniores integrantes del coro. Lo que aprendí en esos tres días me ha servido para toda la vida. Esos cinco años de experiencia coral y musical son un tesoro invaluable. Además de los motetes de Palestrina, aprendimos las polifonías de Lucien Deiss y cantamos la misa de Perosi en la consagración como basílica de la iglesia de Monguí. Algo grande para aficionados jóvenes y sin formación musical. 

Del canto coral aprendí mucho más que hermosas melodías. Cantar en coro y hacerlo bien exige aceptar que todos somos iguales, reconocer y respetar las habilidades, capacidades y talentos de cada uno. Aprender requiere humildad, disciplina y estudio, trabajo en equipo, obediencia a quien dirige y fe en que lograremos el propósito. Uno disfruta la armonía de las voces y de los espíritus pues cantamos al lado de un amigo y con un hermano. Uno aprende a escuchar a los demás, ayuda a quien menos sabe y recibe ayuda y orientación cuando la necesita. Cantar obras nacidas de la fe y de la inspiración de los grandes artistas es una experiencia profundamente espiritual que, en ocasiones, conmueve hasta las lágrimas y llena de felicidad. 

Los cantos populares.

Los domingos en la hora de la merienda de la tarde podíamos hablar, reír y compartir con nuestros compañeros. En épocas secas, hacia las 4 de la tarde nos reuníamos en la gruta de la virgen, un rinconcito donde había un pequeño anfiteatro en semicírculo, con un asiento continuo de pasto; allí cabíamos todos los novicios. En su centro se ponía la merienda: agua de panela, chocolate y pan integral. Llevábamos nuestras ruanas para sentarnos y abrigarnos del frío paramuno. Cuando llovía, teníamos la merienda dominguera en la sala de reuniones. 

Como no teníamos acceso a periódicos o revistas, el padre maestro nos informaba y comentábamos algunas noticias de la Compañía, de Colombia y el mundo. Se hacían comentarios muy generales y ¡cantábamos! El repertorio de canciones populares colombianas, italianas, españolas y latinoamericanas se fue enriqueciendo con los cantos de Juan José Briceño y Rodolfo de Roux, los de Germán Bernal y muchas otras canciones populares “bautizadas”, es decir, cuyas letras originales alguien había cambiado por considerarlas mundanas o románticas o porque podían “escandalizar” nuestras mentes juveniles. Esas tardes domingueras cuando compartíamos libremente con nuestros compañeros eran una verdadera delicia. 

La guitarra.

Viendo que mis amigos cantores del juniorado ya tocaban guitarra, quise aprender y pedí permiso para recibir clases, pero el padre maestro no me autorizó mientras fuera novicio. Él pensaba que, por mi manera de ser, descuidaría mi formación espiritual, que era la prioridad en ese momento. A lo mejor tenía razón. Por eso, el 9 de diciembre de 1965, al día siguiente de hacer los votos, busqué la llave del cuarto de las guitarras y comencé a estudiar solo. Encontré un librito que tenía las indicaciones básicas para entender el instrumento, afinar las cuerdas, su tamaño y grosor, los trastes del mástil, el puente y las clavijas. Tomé una de las guitarras, de cuerdas metálicas, la afiné con el piano y poco a poco me hice amigo de sus sonidos, empecé a entender la lógica de las notas, cómo poner los dedos y me adentré en ese laberinto desconocido, apasionante y bello. Las yemas de los dedos dolían, las cuerdas eran duras y el metal deja su marca. 

Los juniores mayores, Alberto Jaramillo, Lucho Peña y otros que sabían tocar y que pasarían a ciencias y filosofía al año siguiente, llegarían pronto de su curso de idiomas de Bogotá. Luego compartiríamos dos semanas de vacaciones en El Ocaso y allí podría practicar con ellos. Alberto Jaramillo, generoso y paciente, me dedicó buen tiempo, lo mismo que Lucho Peña para darme las indicaciones básicas. Ellos fueron mis primeros maestros y así descubrí cuánta alegría produce cantar y tocar guitarra al mismo tiempo. El complique vendría cuando a las posiciones básicas de la mano izquierda había que mezclarles con la mano derecha los ritmos de bambuco, vals, pasillo, joropo, baladas, boleros y tonos mayores, menores y los relativos, las progresiones y variaciones de una canción. Más tarde pude componer mis dos primeras canciones y las canté acompañado por la guitarra y por el acordeón de Julio Jiménez. 

Los conjuntos musicales.

Por esa época, 1966-67, organizamos grupos musicales para presentarnos en las fiestas y “academias” patronales.  Destaco entre ellos a “Los elefantes” (Gabriel Jaime Pérez -Perico-, Sergio León -el gago- Vélez, y Gustavo Adolfo -Tavo- Ordoñez, con cantos en inglés de The Beatles y de otros angloparlantes como The Brothers four. 

Los “Supercalifragilísticoespialidosos” eran tres amigotes que cantaban para hacernos reír: Jorge Luis Puerta, Marlio Gómez y “El mosco” Ramiro Valencia. En ellos no importaban los tonos ni la calidad de las voces. Se buscaba gozar rítmicamente “mamando gallo”. 

El mejor grupo de todos fue nuestro quinteto “América”, lo integrábamos Lucho Nates, Carlos Alberto Caicedo, Pedro Luis Chamucero, mi hermano Daniel y yo. Nos especializamos en cantar música colombiana del quinteto Dalmar y latinoamericana de Los Fronterizos. Fueron nuestros mayores logros y éxitos “El leñerito” y la mezcla arreglada de dos canciones: “Flores negras/Presiento que te vas”. 

En una ocasión organizamos una velada musical y poética nocturna con luces y sonido. Con el aporte de los técnicos e ingenieros se embelleció el escenario: los rincones, el patio y los corredores de los cuatro pisos de nuestro claustro del juniorado. Un narrador/presentador introducía y alternaba con solistas y grupos. En medio de la oscuridad, se encendía un reflector con filtros de colores para iluminar el lugar desde donde intervenía el presentador, un cantante, un grupo o un declamador inesperado. Era lo que estábamos aprendiendo en nuestras clases de cine, televisión y medios de comunicación. Era arte puro y calidad, “una belleza”, dirían algunos; otros, “pura gozadera”.

La sala de música y la apreciación del arte musical.

La sala de música era un lugar diseñado para producir y grabar programas de radio. Tenía dos cabinas “a prueba de ruidos” con ventanas dobles y paredes cubiertas de corcho y bandejas de huevo. En la sala grande había sillas para unas 40 personas y teníamos parlantes de gran calidad. Nos las arreglábamos para grabar allí los programas semanales de “La Voz de los libertadores” de Duitama y “Radio Belencito”, de la cadena Sutatenza de Colombia. Teníamos regularmente audiciones para entender y apreciar la música clásica. Nuestro gusto musical se enriquecía con lo mejor de Bach, Beethoven, Mozart, Vivaldi, Wagner, Tchaikovsky, Debussy, Sibelius, Haendel, coros de ópera, de zarzuelas y otras obras. Allí escuchamos y aprendimos la música de Joan Baez, The brothers four, Peter Paul & Mary, Hervé Vilard, Enrico Macías, Gilbert Becaud, Hardy, Aznavour, Edith Piaf y de los mejores cantantes del Festival de San Remo, entre otros. 

Escuchando música con Darío Gamboa, Sergio León Vélez, Mark Bogan y otros, enriquecí mi estudio de los idiomas y conocí lo mejor de los cantos navideños de todo el mundo. 

Puedo afirmar que Santa Rosa fue para mí la mejor escuela de formación musical, inigualable y forjadora en la práctica de espíritus sensibles, armoniosos y bellos. Una verdadera escuela de Bellas Artes con magníficos profesores: Fernando Londoño, Sergio Mesa, Joaco Sánchez, Enrique Gaitán, Lucho Nates, Perico, el Topo Borrero y… ¡muchos más! 

Para todos, ¡Mil gracias!

Bernardo Nieto Sotomayor

Junio, 2025

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Los cinco años de formación y estudios en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, me dejaron gratas experiencias que comparto y resumo en estas páginas. Una caminata o peregrinación a Tobasía, el antiguo poblado muisca, era un verdadero acontecimiento. Muchos de estos momentos también fueron vividos por otros compañeros con quienes comparto mis recuerdos y vivencias.

Peregrinación a Tobasía.

La víspera de una salida a Tobasía, el aviso de la cartelera era más o menos así. Cada noche, antes de irnos a dormir, mirábamos en silencio los anuncios que el “hermano bedel” publicaba en la “varianda” o cartelera. Había “peregrinación” a Tobasía en celebraciones especiales. Era una caminata de unas dos horas hasta el templo colonial doctrinero del poblado, en donde se exhibía la imagen de la Virgen del Amparo, protectora de la Compañía de Jesús. 

De ida, con clima mañanero y el viento frio, era necesario ascender por detrás de La Quinta hasta la cima de la colina por una carretera estrecha y destapada. Algunos “afanados”, como Eduardo Pardo y Fernando Hoyos, ascendían rápidamente y llegaban antes que todos a la capilla. Luego de alcanzar la cima, se bajaba durante cerca de una hora hasta el pueblito. Caminábamos en silencio durante una hora en grupos de tres “haciendo oración”. Al cumplirse la hora, alguien daba el aviso y podíamos hablar “sin perder el recogimiento”. Me gustaba caminar a buen paso por la carretera bordeada de pencas y de matones de paja respirando aire puro. Desde la cumbre, el valle de Floresta se veía lejano y casi despoblado, con apenas unas cuantas casitas en medio de pequeños cultivos. Ya casi llegando, parábamos un momento para refrescarnos en una quebradita montañera de esa zona seca, semi-desértica. De vuelta, el camino era el mismo pero más duro, pues la subida era más larga y con cielo despejado el sol del altiplano calentaba y pegaba duro. 

Tobasía era un pequeño caserío del municipio de Floresta, conformado por unas pocas casas de paredes blancas y tejas de barro que daban marco a la plaza. La capilla doctrinera del siglo XVI tenía un campanario de doble hilada y techo a dos aguas cubierto por tejas de barro que descansaba sobre una armazón interna de troncos de madera dispuestos en pares y unidos por argamasa. Unas fuertes vigas ayudaban a sostener el peso del techo sobre el altar. Algunos cuadros colgaban de las blancas paredes. El piso era de baldosas similares a las de nuestro edificio en Santa Rosa. 

Al fondo, el altar de madera exhibía tres cuadros en la hilera superior: La Virgen del Amparo, la crucifixión en el centro, otro cuadro que nunca supe identificar y dos estatuas de santos en sus nichos, a lado y lado del sagrario, en la hilera inferior. El sagrario era el centro del maderamen. Las tallas con motivos agrícolas cubiertos de hojilla de oro enmarcaban los cuadros superiores y las estatuas inferiores. En la esquina superior del lado izquierdo mirábamos el cuadro colonial de la Virgen María que cubría con su manto a San Ignacio de Loyola y otros santos de la Compañía de Jesús. La Virgen del Amparo daba nombre a la capilla y su pintura estaba protegida con un vidrio del paso del tiempo y del polvo. 

“Entre las pinturas más famosas se encuentran el cuadro del Señor de la Manta y el hermoso cuadro de la Virgen del Amparo de la época colonial, pintado por Baltazar Vargas de Figueroa hacia el año 1550, por encargo del rey Juan Carlos V de España. La virgen se representa de pie, coronada entre dos querubes (querubines), vestida con túnica celeste y amplio manto azul que protege a los santos jesuitas: Luis Gonzaga, Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Estanislao de Kostka y Francisco de Borja, entre otros. El altar de la iglesia y su sagrario, también de la época colonial, son finos trabajos de talla dorada sobre fondo carmesí con columnas de forma humana estilizada, adornada con frutos y hojas de plantas tropicales”. (https://floresta.com.co/cultura/)

En ese rincón tan valioso de la cultura muisca, la misa tenía un sabor distinto, aunque los celebrantes y los participantes fueran los mismos. Acompañados por unos cuantos campesinos y señoras del pueblo que se nos unían, entonábamos los cantos que habíamos ensayado para las fiestas de la Virgen. Con el paso del tiempo íbamos aprendiendo mejor las polifonías y yo sentía mucho fervor y emoción al cantar con mis compañeros el “Dulce Madre, Reina Virgen”, del vasco J.M. Beobide, alargando el pianísimo hacia los finales de las frases. Era también parte del repertorio obligatorio cantar el himno “Reina de Colombia”, la Marcha de San Ignacio o himno de la Compañía, y otros cantos marianos. Los lugareños eran felices oyendo cantar a los “hermanitos” y nos sonreían al despedirse con su “¡vuelvan pronto!”

Después de tomar el desayuno o la merienda en el patio interior de la casa cural, iniciábamos el regreso hacia la cumbre, más relajados, con el alma contenta, fresca y renovada y con la bendición de la Virgen María sobre nuestros sueños. Estaba seguro que esa noche dormiría seguro bajo el manto protector de la madre de Dios, amparo de nuestras jóvenes vidas. 

Hoy, después de tantos años, he regresado varias veces a Tobasía y, de rodillas frente al viejo altar, he dado gracias por esos años juveniles, tan llenos de ilusión y de armonía.

Bernardo Nieto Sotomayor

Junio, 2025

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Dedicamos una reciente tertulia a recordar esos primeros años de formación jesuítica que la mayoría de nosotros pasó en “La Quinta” de Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá, Colombia. Aquí algunos testimonios.

Ese lunes 25 de noviembre de 1963, tres días después del asesinato del presidente John Kennedy, no me imaginaba lo que iban a dejar en mí los cinco años de estudios, recogimiento, reflexión, deportes, música y oración que iba a pasar en el Colegio-noviciado de los jesuitas, en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, ni cómo iban a ser los once años que viví en la Compañía de Jesús. 

La llegada definitiva para vivir en Santa Rosa.

Tenía quince años y estaba lleno de ilusiones, convencido de mi fe y dispuesto a seguir los pasos de Daniel mi hermano mayor, y de otros amigos de El Mortiño. 17 ruidosos compañeros del mismo curso que acabábamos de terminar cuarto de bachillerato, llegamos a Santa Rosa a bordo de un bus del Colegio San Bartolomé La Merced. 

“La Quinta”, era y es todavía un castillo de cuatro pisos coronados por una extensa azotea. Tenía dos grandes claustros interiores con amplio patio y jardines bien cuidados. Una estructura central separaba los dos claustros. En su primer piso estaba el teatro con capacidad para unas 200 personas; en el segundo, la biblioteca y, desde el tercero hasta la terraza, se elevaba el cuerpo de una hermosa capilla de estilo gótico y vitrales multicolores cuyo techo sobresalía en la azotea. Sobre la terraza y delante del techo de la capilla, en el centro de los dos grandes claustros, había una edificación más pequeña que albergaba la sala de música, que sería uno de mis lugares favoritos. 

En la escalinata frente a la puerta principal, nos esperaba cordial un sacerdote de aspecto joven, alto, flaco, con rostro austero y mirada escrutadora. Fernando Londoño Bernal, S.J. era “el maestro de novicios” y sería una de las personas que marcarían con su sello nuestros jóvenes espíritus. 

Nos recibieron también mi hermano y un grupo de novicios que habían ingresado uno o dos años antes. Con nuestras maletas al hombro, caminamos por los amplios y limpios corredores hasta los dormitorios. Dejamos allí los equipajes y luego nos encontramos con todos los novicios en la sala de reuniones. Éramos un grupo grande. Contando a los compañeros que llegábamos ese día, los de primer año éramos más de 20. Fuimos distribuidos en 3 subgrupos, cada uno con un guía o “ángel” de segundo año; los de “segundo” ya usaban sotana, eran unos 20 y se mostraban felices con los recién llegados; los que ya terminaban los dos años de noviciado y pasaban al juniorado eran también otros 20. Fue un encuentro maravilloso. 

Luego del bullicio vino la calma, hubo unas palabras de bienvenida, tomamos un café o agua de panela con pan integral y luego, en silencio, subimos a los dormitorios para instalarnos. Los “ángeles” nos indicaron en donde guardar los equipajes y el tiempo se fue sin darnos cuenta. Desde ese momento ninguno de nosotros usaría más un reloj y en adelante tres toques de campana serían nuestro cronómetro. Al entrar en la capilla del noviciado, mucho más pequeña que la capilla central y ubicada en una esquina del cuarto piso, sentí respeto y una invitación al recogimiento y a la intimidad. El tono más oscuro de la madera y su olor de fino cedro me serían algo familiar a partir de ese momento y aún los conservo en mí. La imagen de la virgen del noviciado siempre me evocó la ternura y el amor generoso y entrañable de mi madre.

Desde la azotea del edificio contemplamos el valle circundante, el pueblo boyacense con su iglesia barroca, las casitas blancas de tejas de barro y las imponentes montañas lejanas. Me sentí contento por estar ahí. Di gracias, recordé con un poco de nostalgia la despedida de mi familia, los rostros resignados de mi papá, mi mamá y mis hermanos y me consolé pensando que pronto, el 8 de diciembre, los volvería a ver vestido ya con mi sotana de novicio jesuita. 

Y el tiempo pasó. Los adolescentes nos convertimos en jóvenes felices. Las conferencias, la oración, las clases y el estudio con excelentes profesores, vivir la música y cantar en grupo, el deporte y el contacto con las gentes de las veredas campesinas sencillas y respetuosas son recuerdos imborrables de esa época. Santa Rosa dejó en mi vida ricas experiencias vividas con verdaderos “hermanos”, como nos llamábamos unos a otros en ese tiempo. Aquí procuraré resumirlas. Tiempo después, muchos nos retiramos de la Compañía de Jesús, pero después de más de 60 años, con esos mismos amigos seguimos unidos por lazos fortalecidos y anudados indestructiblemente. 

La experiencia espiritual.

Vivir los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola durante un mes y en absoluto silencio es un requisito que debe cumplir todo jesuita al integrarse a la Compañía de Jesús. Bajo la guía de Fernando Londoño, nuestro maestro de novicios, nos sumergimos en un profundo análisis espiritual siguiendo las pautas experimentadas, escritas y sistematizadas por Ignacio de Loyola, el Fundador de los jesuitas. Su conversión de “soldado desgarrado y vano” en el líder transformador de la vida de millones de personas no fue un proceso fácil, sereno y sin tropiezos. Ignacio aprendió a escuchar y diferenciar la voz de Dios en su conciencia, los ritmos de su espíritu y los plasmó en el método que entregó a la iglesia católica como formidable herramienta para transformar vidas y llevar a muchos otros a Dios. 

Con el paso de los años y de la vida en comunidad recibí también beneficios espirituales de muchos de mis amigos y compañeros. Además de Fernando Londoño, el formador del que guardo un especial recuerdo, otros jesuitas me acompañaron en ese camino. Destaco, sin excluir a nadie, a Gonzalo Amaya, Javier Osuna, Gerardo Remolina, Gerardo Arango, Silvio Cajiao y Juan Gregorio Vélez. 

Luego de retirarme de la Compañía de Jesús conocí otras experiencias diferentes de retiro y oración. Todas ellas se inspiran en lo que Ignacio dejó a sus jesuitas. La esencia ignaciana de los ejercicios espirituales sirve perfectamente a todo ser humano, jesuita o no, que quiera hacer de su vida un acto de amor y de servicio a los demás, a ejemplo de Jesucristo y para mayor gloria de Dios. 

Me gusta el silencio y disfruto la reflexión. El examen de conciencia que procuro hacer cada día me ha ayudado para descubrir las manifestaciones de Dios y para mantenerme fiel a lo que considero el fundamento de mi vida. He podido distinguirlas de las que no lo son y que pueden desviarme del Jesucristo de los evangelios. La dirección espiritual en el sacramento de la reconciliación y la Eucaristía han sido alimento de mi fe. A pesar de mis pecados e imperfecciones trato de que mis acciones sean “para mayor gloria de Dios”, siguiendo la “interna ley de la caridad y el amor” y con el deseo desinteresado de “amar y servir”. La práctica del discernimiento espiritual me ha permitido tomar decisiones ponderadas en momentos cruciales de mi vida familiar, profesional y en mi trabajo. Hoy, al mirarlas en retrospectiva, me lleno de paz, de alegría y de la presencia amorosa de Dios en mi vida.

Bernardo Nieto Sotomayor

Junio, 2025

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Bogotá, mayo 12 de 2025

Secretaría de Su Santidad, Papa León XIV
00120 Ciudad del Vaticano

Querido Santo Padre:

Luego de la partida del Papa Francisco, ese gran profeta del siglo XXI que nos marcó para siempre y con el gozo por su elección como Sumo pontífice, quiero enviarle estas líneas sin mucha esperanza de que alguien se las entregue. De todos modos, quiero expresarle lo que muchos quisiéramos ver en esta etapa de la iglesia bajo su conducción. 

Al estilo de Jesús, pobre al nacer y desnudo al morir y que nunca tuvo nada, ni siquiera una piedra en donde reclinar la cabeza, queremos una jerarquía eclesiástica sin riqueza, lujos ni pompas. Que sirva a los más pobres, como lo ha hecho usted metido en el barro y sirviendo alimentos a los afectados por los desastres. Queremos ver a los jerarcas defendiendo a los humildes, a los migrantes. Porque siguen a Jesús, queremos ver a los clérigos viviendo y exigiendo a todos solidaridad real, compartir los bienes de la tierra y de la inteligencia. 

Me queda difícil entender y aceptar tantas reverencias, honores y boato, tanto incienso a los jerarcas en las ceremonias vaticanas y también en las que presiden los obispos. Me gusta la Eucaristía celebrada en el barrio, con sacerdotes sencillos que comunican de manera directa y clara los valores evangélicos. No comprendemos el latín de los cantos gregorianos y de grandes corales y la gente común y corriente no puede cantarlos. Por eso, preferimos una guitarra para cantar con la gente que alaba a Dios. ¿Será posible lograr más sencillez en las ceremonias? 

Jesucristo vino a traer la paz. En nombre del cristianismo se cometieron barbaridades como las cruzadas y la inquisición. Queremos ver a los jerarcas luchando por la paz, llenos de misericordia y defendiendo la justicia.Como lo afirmó el Papa Francisco, no hay ninguna guerra justa. Queremos que usted siga insistiendo con autoridad y firmeza en que la paz es posible. Cumplir con el “Amaos los unos a los otros” es muy fácil cuando somos amigos. Pero “amar a los enemigos y hacer el bien a los que nos aborrecen” es muy difícil. Exige pedir perdón y perdonar. Ninguna violencia se justifica y, menos, en nombre del evangelio. Lo necesitamos como el guía que nos impulse a reconciliarnos entre nosotros y también con la naturaleza a la que estamos destruyendo.

En este mundo tan inequitativo nos alegra que usted siga insistiendo en que debemos acoger al peregrino. Clama al cielo ver el rechazo mundial a los migrantes que buscan una vida digna y que no tienen futuro en sus territorios. Es increíble cómo se siguen construyendo muros en lugar de puentes. Si somos hijos de Dios, hechos a imagen y semejanza de él, ¿cómo negar que un migrante es mi hermano? Aunque no tenga papeles. 

Creemos y aceptamos que María es madre de Dios y madre de la iglesiaMaría dio a luz al Señor, lo acompañó en los momentos cumbres de su vida y estuvo de pie junto a él en la cruz. María es y ha sido inspiración y ejemplo para muchas mujeres valiosas, estudiosas, llenas de cualidades y capacidades, dispuestas a servir en la Iglesia. En el evangelio vemos cómo mujeres como Martha y María, acompañaron a Jesús en su ministerio y predicación. Hoy lo necesitamos a usted para que la mujer tenga verdaderamente un lugar preponderante en nuestra iglesia. Hay grandes teólogas, misioneras, educadoras y líderes comunitarias convencidas de su fe, capaces y dispuestas a servir ministerialmente a los creyentes. A pesar de su entrega y de su servicio en lugares de misión, en comunidades alejadas y periféricas, las mujeres siguen relegadas y no pueden administrar los sacramentos. 

Hoy, cada vez menos hombres ingresan a los seminarios y a las comunidades religiosas. Por eso necesitamos a muchas mujeres administrando los sacramentos y en la jerarquía de la iglesia. El Papa Francisco abrió la puerta para que ellas apoyen la administración y el gobierno de la curia romana. Le rogamos que continúe esta labor con sabiduría y firmeza para que la Iglesia sea, de verdad, madre y maestra. Los laicos bautizados somos también la iglesia y el Espíritu Santo vive en los bautizados. Pero aún los laicos somos enanos en la administración de la iglesia. Ella tiene que escuchar a los laicos, a la mujer laica, a las madres laicas. 

Cristo es tajante al ordenar a sus discípulos que dejen a los niños acercarse a él, “porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mateo, 19). Con toda claridad, Jesús sentencia que “al que escandalizare a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor sería que le colgaran al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y que se ahogara en lo profundo del mar” (Mateo 18:6). La pederastia y los crímenes contra los niños tienen que ser erradicados de la iglesia católica. Ese horrendo crimen es una afrenta a la dignidad de los seres humanos más débiles y debe ser denunciado y condenado por la iglesia y por las autoridades civiles. Por eso me atrevo a pedirle, Santo Padre, que jamás se vuelvan a ocultar pederastas y abusadores en el muy mal entendido “secreto pontificio” que en nada favorece la fe ni el honor de la iglesia. Los clérigos pederastas deben ser denunciados, condenados y castigados, también por las autoridades civiles. Le rogamos que mantenga las órdenes del Papa Francisco que condenan los crímenes contra los niños. 

Finalmente, queremos pedirle que los jerarcas católicos salgan a la calle y, como decía el Papa Francisco, que tengan “olor a oveja” para dialogar y acoger de corazón a todos, también a los ateos y a los agnósticos y a quienes, desde la diversidad, desde cualquier tendencia y orientación, quieran vivir auténticamente la fe y el evangelio. Que todos sean incluidos. Que hagan ruido como iglesia “en salida”, metida entre la gente y sin encerrarse en oficinas y escritorios. Una iglesia que oriente los temas sociales y políticos, no como un partido político, pero sí exigiendo políticas justas, para que busquemos tener una sociedad de verdaderos hermanos. 

Son muchas cosas, Santo Padre. Lo sé. Pero, en realidad, es una sola: que nuestra iglesia sea como Jesús, vivo, redentor, pobre, amoroso, misericordioso, dispuesto a amar hasta la muerte y único camino para llegar al Padre. Ojalá lo podamos saludar en Colombia donde tanta falta nos hace vivir como verdaderos cristianos.

Muchas gracias

Bernardo Nieto Sotomayor

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Anteriormente y, particularmente en la segunda parte, el Doctor Marco Antonio nos abrió su corazón tratando de describirnos lo que experimentó mientras estaba en la Unidad de cuidades intensivos del Hospital Prince Williams, en Estados Unidos. Una garrapata que le picó detrás de la oreja le transmitió una bacteria y, con la consecuente alergia, tuvo una encefalitis muy grave. Esa experiencia le ha traído cambios en su forma de ver la vida, de ejercer su profesión y de relacionarse con los demás. Agradezco a Marco Antonio por permitir que nos acerquemos a esta experiencia tan íntima e indescriptible.

El médico catalán Dr. Xavier Sanz Segarra comenta en sus vídeos que los enfermos que han tenido experiencias cercanas a la muerte cambian completamente su vida normal.  ¿Tu vida cambió después de eso? 

Sí, totalmente. Mi apreciación de los valores y de mi fe y todo eso, ha cambiado totalmente, infinitamente. Es muy complicado describirlo porque, por la formación que he tenido, por la forma como yo pienso y como creo, se podría decir, que es como estar sesgado. Unos 15 días después de estar ahí en la UCI, para mí la sensación de vivir, de respirar, de ver, de estar afuera del hospital, era ¡el recreo total! O sea, ¡eso es la octava maravilla! Pienso que uno de los de los cambios, podría decirse, es que uno tiene que ser un instrumento del amor de Dios. Porque es tener la dimensión de eso. ¿Que, si el espíritu humano trasciende? No tengo la menor duda de que sí. Que ¿cómo o por qué o de qué manera? Eso sí, no podría precisar. Pero el cambio es total. 

Parece que la gente se vuelve más bondadosa, más empática, que comprende mejor a los demás, más serena…

Yo toda la vida he tenido más o menos algunas de esas características en pequeño. Pero hoy en día son más grandes. ¡Sin duda!

¿Miedo a la muerte? 

¡Ninguno! ¡No, no! Por mi profesión y mi vida, por lo que me ha tocado, he ayudado a mucha gente a morir. He visto muertes de todas las clases. He visto a gente con situaciones terribles. En varias circunstancias, dos o más, pero específicamente en dos, he estado a tiro de morir. Fui secuestrado. Me tocó botarme del carro porque me iban a matar. He tenido un arma en el pecho y lo único que se me ocurrió fue decirle al tipo: “Bueno, señor, si dispara, no hay quien lo atienda porque yo soy el médico”. Y, de alguna manera, ¡esa vaina le funcionó en el cerebro al tipo! 

He estado perdido en la selva, en el Catatumbo y en el Guainía. En las misiones de las hermanas Lauritas… Si te cuento todas las que me han tocado, es un libro. Pero digamos, con las Lauritas y en el caso del secuestro, eso fue una cosa milagrosa de la madre Laura. La hermana Camila, una Laurita, me regaló una reliquia de la madre de Laura. 

Cuando me toca botarme del carro, ya habían dicho: ¿Dónde lo dejamos?: ¡En el parque de la Florida! O sea…, eso era la muerte. Y yo sentí como un flash que me decía: “no se esté ahí metido por nada del mundo. ¡Piérdase! 

Yo guardo la reliquia de la madre de Laura en el lente de examinar a mis pacientes. 

Como médico que trata y quiere curar el sufrimiento humano, eso que tú experimentaste en medio de tu enfermedad, ¿qué crees que es? ¿Es la presencia de Dios? ¿Es el cielo? ¿Es tu propio espíritu rodeado del amor divino? 

Esas son preguntas que se salen de mi capacidad de expresar… De ninguna manera. Que si yo pienso que eso es como ver a Dios…  

Es que, tengo cosas que son claras: como San Ignacio que les decía a las flores: “¡No griten más!” (Silencio y ojos llenos de lágrimas). 

Y lo llevas en tu corazón. 

Pues sí…, hasta donde se puede… (Silencio y ojos llenos de lágrimas)

¿A quiénes has contado tu experiencia? 

Pues, digamos, a Lili, mi señora, a Sarita…, todos saben qué quiere decir Near death experience. Parcialmente, porque es que digamos eso no es tan fácil de expresar. Pero sí. Se quedan súpitos…

Quisiera que nos dejarás un mensaje a quienes no hemos tenido este tipo de experiencias. 

Yo resumiría todo en dos puntos. Primero, nosotros somos unos pequeños elementos por ahí, pero nuestra misión es el amor. Es total. 

Que si existe un más allá y cómo es el más allá… Y eso, ¡no lo sabe nadie! ¿Cómo es? Es muy difícil. Ni la intención es que, porque uno vivió una situación, entonces se pueda generalizar. Pero lo que sí queda clarísimo es que la misión es el amor. Todo esto es amor. Yo siempre he pensado que la ley del cosmos, la ley universal, es el amor. 

El ser humano por ser racional, por ser un organismo que tiene capacidad de ir pensando un poquitico más allá, siempre he pensado que somos parte de un cosmos de unas dimensiones inimaginables. O sea, si los últimos telescopios hablan de millones de años luz, entonces, entendamos: ¡somos una cosa absolutamente microscópica! 

Pero eso tampoco nos exime de las responsabilidades de un organismo que es racional, un organismo que está llamado al amor. Eso no nos exime. Deberíamos todos entender mejor eso y quitarnos una cantidad de cosas que no son. Si volviéramos a entender claramente que la finalidad de esto es el amor, hasta con la bomba atómica, si la finalidad es el amor… Eso queda clarísimo. A mí me gusta pensar que Dios le puso al ser humano, como fruto de su proceso, la inteligencia. Pero la inteligencia no es lo más chévere. Lo más chévere es la curiosidad.  (Silencio y ojos con lágrimas) 

El deseo de saber, el deseo de conocer, que nos lleva a todo lo demás.

Sí, exacto. 

¿Debemos temerle a la muerte?

El temor a la muerte surge de dos situaciones:  una, es que, culturalmente se relaciona la muerte con dolor. Incluso, a mí me encantan los cinco paradigmas que acabaron con la esclavitud. ¿Acaso no somos seres humanos y hermanos? Pero ¿qué nos hermana? Que todos somos iguales ante el dolor, la enfermedad y la muerte. 

Pues fíjate que nosotros tenemos la tendencia a unir eso. ¿Entonces la muerte es un dolor? ¿Por qué es un dolor? Porque nosotros pensamos: es que voy a padecer con esto. Es un dolor para la gente que lo quiere a uno y si lo va a perder, es evidente el dolor. Pero, si estamos aquí, dentro de una dimensión absolutamente temporal, ¿debemos tenerle miedo a esto que es temporal? Eso lo entendemos desde Kinder… 

Lo que pasa es que comenzamos a unirle la muerte una cantidad de cosas que hacen que nosotros pensemos que la muerte es una cosa desastrosa. Pero es una consecuencia de vivir. Vivir y morir, reír y llorar. ¿Pero que si uno debe temerle a la muerte? Bueno, es una cosa cultural. Yo diría que uno debe temer a la muerte por no haber hecho bien las cosas que debió haber hecho bien.

Por no haber vivido como se tenía que vivir. 

Si. Ese es el punto, diría yo. (Silencio y lágrimas)

Muy bien, Marco Antonio. Te agradezco en el alma, de verdad, esta hermosa conversación. Agradezco tu apertura, tu sinceridad. Es que reflejas eso. ¡Vives eso! 

Gracias. 

Bernardo Nieto Sotomayor

Abril, 2025

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