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Mis experiencias en Santa Rosa de Viterbo. (Segunda parte).

Por Bernardo Nieto
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Los cinco años de formación y estudios en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, me dejaron gratas experiencias que comparto y resumo en estas páginas. Una caminata o peregrinación a Tobasía, el antiguo poblado muisca, era un verdadero acontecimiento. Muchos de estos momentos también fueron vividos por otros compañeros con quienes comparto mis recuerdos y vivencias.

Peregrinación a Tobasía.

La víspera de una salida a Tobasía, el aviso de la cartelera era más o menos así. Cada noche, antes de irnos a dormir, mirábamos en silencio los anuncios que el “hermano bedel” publicaba en la “varianda” o cartelera. Había “peregrinación” a Tobasía en celebraciones especiales. Era una caminata de unas dos horas hasta el templo colonial doctrinero del poblado, en donde se exhibía la imagen de la Virgen del Amparo, protectora de la Compañía de Jesús. 

De ida, con clima mañanero y el viento frio, era necesario ascender por detrás de La Quinta hasta la cima de la colina por una carretera estrecha y destapada. Algunos “afanados”, como Eduardo Pardo y Fernando Hoyos, ascendían rápidamente y llegaban antes que todos a la capilla. Luego de alcanzar la cima, se bajaba durante cerca de una hora hasta el pueblito. Caminábamos en silencio durante una hora en grupos de tres “haciendo oración”. Al cumplirse la hora, alguien daba el aviso y podíamos hablar “sin perder el recogimiento”. Me gustaba caminar a buen paso por la carretera bordeada de pencas y de matones de paja respirando aire puro. Desde la cumbre, el valle de Floresta se veía lejano y casi despoblado, con apenas unas cuantas casitas en medio de pequeños cultivos. Ya casi llegando, parábamos un momento para refrescarnos en una quebradita montañera de esa zona seca, semi-desértica. De vuelta, el camino era el mismo pero más duro, pues la subida era más larga y con cielo despejado el sol del altiplano calentaba y pegaba duro. 

Tobasía era un pequeño caserío del municipio de Floresta, conformado por unas pocas casas de paredes blancas y tejas de barro que daban marco a la plaza. La capilla doctrinera del siglo XVI tenía un campanario de doble hilada y techo a dos aguas cubierto por tejas de barro que descansaba sobre una armazón interna de troncos de madera dispuestos en pares y unidos por argamasa. Unas fuertes vigas ayudaban a sostener el peso del techo sobre el altar. Algunos cuadros colgaban de las blancas paredes. El piso era de baldosas similares a las de nuestro edificio en Santa Rosa. 

Al fondo, el altar de madera exhibía tres cuadros en la hilera superior: La Virgen del Amparo, la crucifixión en el centro, otro cuadro que nunca supe identificar y dos estatuas de santos en sus nichos, a lado y lado del sagrario, en la hilera inferior. El sagrario era el centro del maderamen. Las tallas con motivos agrícolas cubiertos de hojilla de oro enmarcaban los cuadros superiores y las estatuas inferiores. En la esquina superior del lado izquierdo mirábamos el cuadro colonial de la Virgen María que cubría con su manto a San Ignacio de Loyola y otros santos de la Compañía de Jesús. La Virgen del Amparo daba nombre a la capilla y su pintura estaba protegida con un vidrio del paso del tiempo y del polvo. 

“Entre las pinturas más famosas se encuentran el cuadro del Señor de la Manta y el hermoso cuadro de la Virgen del Amparo de la época colonial, pintado por Baltazar Vargas de Figueroa hacia el año 1550, por encargo del rey Juan Carlos V de España. La virgen se representa de pie, coronada entre dos querubes (querubines), vestida con túnica celeste y amplio manto azul que protege a los santos jesuitas: Luis Gonzaga, Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Estanislao de Kostka y Francisco de Borja, entre otros. El altar de la iglesia y su sagrario, también de la época colonial, son finos trabajos de talla dorada sobre fondo carmesí con columnas de forma humana estilizada, adornada con frutos y hojas de plantas tropicales”. (https://floresta.com.co/cultura/)

En ese rincón tan valioso de la cultura muisca, la misa tenía un sabor distinto, aunque los celebrantes y los participantes fueran los mismos. Acompañados por unos cuantos campesinos y señoras del pueblo que se nos unían, entonábamos los cantos que habíamos ensayado para las fiestas de la Virgen. Con el paso del tiempo íbamos aprendiendo mejor las polifonías y yo sentía mucho fervor y emoción al cantar con mis compañeros el “Dulce Madre, Reina Virgen”, del vasco J.M. Beobide, alargando el pianísimo hacia los finales de las frases. Era también parte del repertorio obligatorio cantar el himno “Reina de Colombia”, la Marcha de San Ignacio o himno de la Compañía, y otros cantos marianos. Los lugareños eran felices oyendo cantar a los “hermanitos” y nos sonreían al despedirse con su “¡vuelvan pronto!”

Después de tomar el desayuno o la merienda en el patio interior de la casa cural, iniciábamos el regreso hacia la cumbre, más relajados, con el alma contenta, fresca y renovada y con la bendición de la Virgen María sobre nuestros sueños. Estaba seguro que esa noche dormiría seguro bajo el manto protector de la madre de Dios, amparo de nuestras jóvenes vidas. 

Hoy, después de tantos años, he regresado varias veces a Tobasía y, de rodillas frente al viejo altar, he dado gracias por esos años juveniles, tan llenos de ilusión y de armonía.

Bernardo Nieto Sotomayor

Junio, 2025

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3 Comentarios

Hernando+Bernal+A. 26 junio, 2025 - 6:14 am

Bernardo: Hermoso recuerdo. Gracias. Hernando

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Eduardo Pardo 30 junio, 2025 - 12:39 pm

Bernardo, te recuerdo que no tomabamos la carretera todo el tiempo. Primero era un camino hasta “el alto”, despues la carretera un tiempo
y al final otro camino que servia de atajo para llegar mas rapido a Tobasia.
Recuerdo que en una de mis idas a Colombia en el 84 me contaron que el grupo iria de visita a Sta Rosa. Le escribi a nuestro amigo Fernando Hoyos, que vivia en Manizales y se vino en su carro para tambien asistir. En ese momento tome la foto del Jardin de la Piedra que hicimos con el y Guillermo Osorio. Como tambien fuimos a Tobasia unos se fueron en carro y otros caminando. En la subida al alto le ayude a Tavo Ordoñez a cargar una de sus hijas chiquita. Pero lo chistoso fue cuando los campesinos nos vieron llegar y decian “llegaron los padrecitos”. Solo que la mayoria llegaban con esposa e hijos.

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Bernardo Nieto Sotomayor 30 junio, 2025 - 3:36 pm

Gracias por tu buena memoria, querido Chaval. Estás en lo cierto, como diría el Dr. Chapatín, creo. Ese primer segmento para ascender a la cumbre o el alto era bien empinado y, entonces, era allí donde tú tomabas ventaja a todos, porque te encantaba llegar de primero a Tobasía. ¿Ese sendero pasaba por los pinos candelabros? Recuerdo también que, en ese paseo al que aludes, al que acudió Fernando Hoyos y otro grupo grande de “convergentes”, nos hospedamos en Paipa. En Tobasía, después de que llegamos todos con nuestras familias y visitamos la capilla, Manuel Javier Peláez le dijo a los campesinos en el atrio de la capilla que se arrodillaran porque les iba a dar la bendición y así lo hicieron. Él, muy sinvergüenza, con toda seriedad y aparente devoción, les dió la bendición. Nosotros fuimos prudentes y no intervinimos, pero Manuel Javier sí estaba riéndose internamente de la fechoría. A lo mejor esa bendición la tomó mi Dios como solicitud para enviar algún favor a los parroquianos que nos acompañaban. Después, de regreso a Paipa, sí comentamos sobre el descaro del paísa que se reía de lo sucedido. Sobre los pinos candelabros en época de vacaciones, recuerdo que a veces tomábamos la merienda allí. Cantábamos y regresábamos hacia las 5 y 30 por el frío y por los zancudos que molestaban mucho. Alguna vez, cuando ya el noviciado y el juniorado habían migrado a Medellín y Bogotá, regresé a Santa Rosa e hice retiros espirituales de tres días solo, antes de irme como maestrillo de los novicios a La Ceja y me los dirigió el Padre Roberto Caro que estaba haciendo ejercicios de 8 días allí. En los pinos candelabros hice la oración de la Contemplación para alcanzar amor y fué bellísimo sentirme como un hijo de la tierra, allí, solo, con el sol del páramo y en unión con el universo. Y a la espera de lo que sería un año de enorme ganancia espiritual bajo la tutela de Javier Osuna, maestro del discernimiento espiritual y maestro de novicios. En fin, Chaval, tengo el alma llena de recuerdos y tú has hecho florecer más. Un abrazo inmenso.

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