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Dada la importancia del evento, acordamos que nuestra tertulia del jueves 30 de julio se inspirara en el Campeonato Mundial de Fútbol. Reflexiones, remembranzas, posiciones críticas, opiniones, brotaron espontáneamente, reflejando que el buen fútbol todavía nos sigue motivando. Aquí queremos consignar algunos testimonios.

Haz click aquí para disfrutar la intervención de Bernardo Nieto: https://youtu.be/pk7pceOC0PM

Exjesuitas en tertulia, 30 de Julio, 2026

¿Por qué el Mundial de fútbol nos atrae tanto?

Cada cuatro años, cuando comienza un Mundial de fútbol (con mayúscula), miles de millones de personas suspenden por unas semanas sus rutinas para seguir el recorrido de un balón. El Mundial es un inmenso negocio y un espectáculo extraordinario, pero su mayor interés consiste en que no revela solamente cómo se juega el fútbol: revela cómo somos los seres humanos.

Recuerdo las clases de psicología de la comunicación del jesuita Gabriel Izquierdo en Santa Rosa de Viterbo. Explicaba que nuestras conductas nacen de tendencias profundas: el instinto de conservación, la necesidad de pertenecer a un grupo, la capacidad de solidaridad y la búsqueda de ideales como la justicia, la libertad y la trascendencia. La razón puede orientar esas tendencias, pero las emociones suelen movilizarlas con mucha más fuerza.

Por eso la comunicación de masas no apela principalmente a los argumentos, sino a las emociones. Un Mundial despierta identidad, orgullo, esperanza y sentido de pertenencia. La camiseta reemplaza los antiguos símbolos tribales; el himno fortalece el sentimiento de comunidad; dejamos de hablar en primera persona y decimos: «ganamos». Aunque nunca hayamos tocado el balón, sentimos que el triunfo también nos pertenece.

También buscamos héroes y modelos con quienes identificarnos y desarrollarnos a ejemplo de ellos. Antes fueron guerreros o exploradores; hoy millones encuentran en los deportistas modelos sobre los cuales proyectan sus propias aspiraciones. Niños de escasos recursos quieren imitar jugando a quienes también fueron como ellos y lograron romper las barreras de la exclusión, el racismo y la pobreza. Cuando uno de ellos marca un gol decisivo experimentamos una alegría auténtica porque, simbólicamente, sentimos que participamos en su victoria.

Ese mismo vínculo emocional modifica nuestros juicios. Una jugada dudosa nos parece correcta si favorece a nuestro equipo e injusta si lo perjudica. El Mundial constituye así un laboratorio privilegiado para observar cómo la emoción influye sobre la objetividad. El rival no es un enemigo moral, pero durante noventa minutos representa al «otro», al grupo que impide alcanzar el sueño colectivo de la manada, de nuestra manada.

Pocas experiencias sincronizan emocionalmente a tantos seres humanos. Millones celebran, sufren o lloran al mismo tiempo gracias a la televisión, al internet y a las redes sociales. Esa emoción compartida explica también el enorme valor económico del torneo. Empresas, medios, patrocinadores y casas de apuestas viven de mantener cautiva la atención de millones de personas.

El deporte cumple, además, una función profundamente civilizadora. Canaliza la competencia dentro de reglas aceptadas por todos. Cuando esas reglas prevalecen, la rivalidad produce admiración y respeto; cuando las emociones las desbordan, aparecen la violencia y la intolerancia. Creo que una guerra bien podría resolverse con un buen partido de fútbol con reglas y respeto y sin destruir al contrario.

Durante el Mundial muchas personas olvidan por unas horas sus preocupaciones cotidianas. La intensidad emocional desplaza temporalmente los problemas económicos, familiares o laborales y produce una verdadera catarsis colectiva. Ese descanso psicológico explica parte de la fascinación que ejerce el torneo.

Desde una perspectiva filosófica, Bernard Lonergan probablemente preguntaría qué sucede en nuestra conciencia cuando dejamos de observar objetivamente y comenzamos a identificarnos con un grupo. La inteligencia continúa funcionando, pero ya no actúa sola: dialoga con la memoria, el orgullo, el afecto y la imaginación. La verdadera objetividad no consiste en dejar de sentir, sino en reconocer cuándo las emociones están influyendo sobre nuestros juicios.

Creo que el Mundial constituye uno de los mayores experimentos psicológicos de la humanidad. Durante un mes observamos cómo personas de culturas, religiones e ideologías muy distintas reaccionan de maneras sorprendentemente semejantes ante un mismo símbolo. Celebran, discuten, esperan, lloran y sueñan alrededor de un objeto extraordinariamente simple: un balón.

La fuerza del Mundial no reside en ese balón, sino en la capacidad humana de otorgar significado a los símbolos. Allí convergen pertenencia, esperanza, reconocimiento e identidad compartida. Quizás por eso, cuando termina el campeonato, muchos experimentan una extraña sensación de vacío: desaparece el relato colectivo que durante semanas ocupó nuestra imaginación y regresamos a la realidad cotidiana. ¿Qué haré mañana, cuando ya no hay más partidos?

Nos vemos, entonces, dentro de cuatro años. No para contemplar únicamente otro torneo, sino para volver a observar, reflejada en un campo de fútbol, la compleja y fascinante naturaleza del ser humano. Ojalá en una mejor versión, más justa y más bonita.

Bernardo Nieto Sotomayor

Agosto, 2026

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Cuando la política abandona el ejemplo y se refugia en la arrogancia, prepara el terreno para que los extremos aparezcan como una alternativa.

Las grandes lecciones sobre la política no suelen venir de las aulas escolares, sino de la vida misma en la polis. En este escenario los ciudadanos forjamos nuestro destino colectivo y tomamos las decisiones que marcan la identidad de los pueblos. Por eso conviene reflexionar sobre lo que ha venido ocurriendo en estos últimos años.

Hay momentos en la historia de los países en que las urnas no expresan tanto una esperanza como un castigo. El nuevo gobierno llega envuelto en el temor de millones de ciudadanos que ven en sus postulados ultraderechistas una amenaza para conquistas democráticas que parecían consolidadas, pero sería un grave error creer que este desenlace nació de la nada o que fue simplemente el producto de una campaña eficaz. También es la consecuencia de una profunda decepción.

Durante décadas, la izquierda democrática construyó un discurso basado en la superioridad ética frente a las viejas prácticas del poder. Su mayor capital no era un programa económico ni una doctrina política: era la promesa de gobernar con decencia. Esa expectativa despertó el entusiasmo de muchos ciudadanos que jamás habían militado en la izquierda, pero que sí anhelaban un Estado menos clientelista, más transparente y más respetuoso de los recursos públicos.

Esa promesa terminó desfigurada por una sucesión de escándalos que fueron acercándose, cada vez más, al círculo íntimo del presidente. Lo que comenzó como episodios aislados terminó proyectando la imagen de un gobierno incapaz de distinguirse de aquello que durante años denunció. Muchos de sus avances en política social quedaron eclipsados por la sensación de que la ética había dejado de ser una convicción para convertirse en un eslogan de campaña.

Las formas también terminaron pesando. Un estilo de gobierno basado en la confrontación permanente, el desprecio por las instituciones y la polarización cotidiana fue erosionando la autoridad moral que alguna vez acompañó el proyecto del cambio. Cuando la política abandona el ejemplo y se refugia en la arrogancia, prepara el terreno para que los extremos opuestos aparezcan como una alternativa legítima. Mientras el país contemplaba el derrumbe de sus promesas en manos de un presidente delirante, irresponsable e iracundo, apareció la otra orilla.

Por eso el nuevo gobierno no solo es hijo de sus propias ideas. También es hijo de las frustraciones que produjo el anterior. Quienes hoy celebran la llegada de una agenda radicalmente distinta no significa que abrazan todas sus tesis; muchos simplemente dejaron de creer que la izquierda fuera capaz de cumplir aquello que prometía. La indignación cambió de destinatario y la esperanza cambió de bandera.

En ese contexto, la oposición enfrentará un enorme desafío moral. Resulta comprensible que dirigentes como Iván Cepeda anuncien una vigilancia estricta frente a cualquier intento de restringir derechos o debilitar las instituciones democráticas. Esa es la función de una oposición responsable.

Lo difícil será ejercer esa autoridad moral sin hacer antes un examen severo del gobierno que termina. La denuncia pierde fuerza cuando omite las responsabilidades propias. La resistencia democrática corre el riesgo de convertirse en un discurso selectivo si solo reconoce los abusos del adversario mientras guarda silencio cómplice frente a los errores, los excesos y los escándalos cometidos por quienes compartieron proyecto político. El país necesita una oposición firme, pero también intelectualmente honesta.

Quizás esa sea la principal lección de este cambio de ciclo. Las democracias no suelen caer únicamente por la fuerza de los extremismos; muchas veces llegan hasta ellos porque quienes tenían la responsabilidad de defender el centro moral de la política terminaron abandonándolo. Y cuando la confianza pública se rompe, los ciudadanos pueden terminar buscando refugio, precisamente, en la boca del lobo.

Francisco Cajiao

Publicado en EL TIEMPO, Colombia

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German Mejía presentó un análisis detallado sobre el florero de Llorente: “Verdades, Mitos y Mentiras sobre el 20 de julio”. Nos explicó cómo la fecha del 20 de julio se convirtió en la fecha de independencia nacional de Colombia a través de la Ley 60 de 1873, aunque en realidad fue una fiesta local de Bogotá hasta entonces.

Haz click aquí para apreciar la tertulia de Germán Mejía: https://youtu.be/5xVXmVitu7Q

Exjesuitas en tertulia- 6 de Agosto, 2026

Resumen:

La reunión fue la sesión 299 del grupo, donde German Mejía presentó un análisis detallado sobre “El florero de Llorente: Verdades, Mitos y Mentiras sobre el 20 de julio”. German explicó cómo la fecha del 20 de julio se convirtió en la fecha de independencia nacional de Colombia a través de la Ley 60 de 1873, aunque en realidad fue una fiesta local de Bogotá hasta entonces. Durante su presentación, German desafió la narrativa tradicional mostrando que en 1810, 17 ciudades diferentes declararon autonomía simultáneamente, no solo Bogotá, y que la independencia de Colombia no puede ser el 20 de julio ya que Colombia no existía como nación hasta después de ese evento. German también discutió cómo la construcción de la memoria histórica a finales del siglo XIX modificó la interpretación original de los eventos de 1810, creando una narrativa que ocultaba los movimientos provinciales en favor de una historia centralizada.

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Dada la importancia del evento, acordamos que nuestra tertulia del jueves 30 de julio se inspirara en el Campeonato Mundial de Fútbol. Reflexiones, remembranzas, posiciones críticas, opiniones, brotaron espontáneamente, reflejando que el buen fútbol todavía nos sigue motivando. Aquí queremos consignar algunos testimonios.

Haz click aquí para disfrutar de la participación de Dario Gamboa : https://youtu.be/bPxH83allHU

Exjesuitas en tertulia- 30 de Julio, 2026

Copa Mundo 2026- Reflexiones y Aprendizajes- Dario Gamboa

  • Gran evento que inspira la cohesión de con-nacionales alrededor de sus jugadores y símbolos patrios. 
  • Popularidad del futbol:
    • Facilidad de jugarse, todas las edades, países, condiciones climáticas, equipo.
    • Trabajo esencialmente de equipo- solo no puedes
    • Triunfo de España: El mejor “equipo” sin casi “figuras individuales”…. todos igualmente peligrosos
    • En general, Jugadores mayoritariamente de extracción humilde que llegan a ser famosos y multimillonarios en poco tiempo- (Cualquiera puede serlo… el sueño rápido del éxito de muchos niños…) es sólo tener el talento y la inteligencia para hacerlo
    • Tremenda conexión con los jóvenes y niños…
  • Probablemente el espectáculo más visto de la tierra
  • Y el más lucrativo para todos los promotores y organizadores- (Dejó de ser algo popular a precios módicos para los locales= lo ven en el estadio los de mayor poder adquisitivo (precio de las boletas)
    • Lamentable que se haya vuelto TAN comercial a punto de cambiar las reglas. (hidratación y medio tiempo de show- eliminación de tarjeta roja para el presidente anfitrión…)
  • Las selecciones nacionales: Reflejo de los verdaderos “nacionales” que son una mezcla de inmigrantes y locales. MEZCLA DE RAZAS., mientras los políticos insisten en todas partes del mundo en el rechazo a los inmigrantes por pretensiones “racistas” o asociándolos con violencia y conducta delictiva . (a no ser que metan goles…porque ahí sí son héroes..) 
  • Futbolísticamente me impactó que ahora se juega “de para atrás- incluyendo al portero en todo en la estrategia” y no, “todos para adelante” como era en nuestro tiempo.  Mucho más craneal el juego y menos “todos a la carrera”…(son profesionales- éramos solo aficionados)
  • Me impactó el TEATRO con que son entrenados los jugadores para exagerar cualquier toque con una actuación hiper-exagerada de cualquier toque para IMPRESIONAr al arbitro .
  • Me alegró que se elimine la “agresividad” con que se provocaba (tapandose la boca) al adversario para conseguir sacarlo por tarjetas…si reaccionaba.
  • Manifestaciones culturales que me impactaron positiva o negativamente:
    • La “remada” de los Noruegos- y sus gentes, hasta los políticos…
    • La alegría y frescura de los de origen “africano” cada vez más fuertes
    • El “camorreo” de los Argentinos
    • La “religiosidad” popular abierta de muchos jugadores (bendiciones, oraciones, etc..)
    • La cantidad de Colombianos haciendo barra a su equipo (Inmigrantes ? o Millonarios viajeros que tenían cómo pagar las altas sumas de dinero de las boletas: otra muestra de la desigualdad?
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Dada la importancia del evento, acordamos que nuestra tertulia del jueves 30 de julio se inspirara en el Campeonato Mundial de Fútbol. Reflexiones, remembranzas, posiciones críticas, opiniones, brotaron espontáneamente, reflejando que el buen fútbol todavía nos sigue motivando. Aquí queremos consignar algunos testimonios.

Haz click aquí para disfrutar de la intervención de Rigoberto Reyes: https://youtu.be/2zbfkz8WUAo

Exjesuitas en tertulia- 30 de Julio, 2026

La selección Colombia

Rigoberto Reyes

Cada vez el Mundial de Fútbol logra mayor protagonismo, encauzando la atención de expertos y novatos entusiasmados porque esta vez la selección del país puede alcanzar un puesto mejor que en torneos anteriores.

Poco a poco, entre columnas de opinión y comentarios deportivos previos a los partidos, se logra crear un ambiente de ilusión especulativo que nos lleva, a buena parte del país, a estar pendientes cuando juega nuestra selección. Los bares, centros comerciales, pantallas gigantes dispuestas por las Alcaldías, entre otros, atraen la atención del público, de tal manera que el día del partido se da por descontado que se cuadren los horarios de trabajo y de otras actividades, para permitir que la gran mayoría pueda disfrutarlo. 

La atención puesta normalmente en las noticias de las disputas políticas y de todo tipo es desplazada por el gran evento del Mundial de Fútbol, la temperatura desciende, se disipan las discrepancias, se genera un ambiente más cordial, y todos nos alineamos detrás de la Selección.

Los gritos y el silencio en las calles muestran evidentemente que hay partido. Los jóvenes se entusiasman a veces en exceso, y su adrenalina sube de tal manera que durante los partidos o después de ellos se arman peleas que terminan con la intervención de las autoridades.

Recuerdo una mañana; una señora iba por la calle con un estante lleno de camisetas, gorras y vuvuzelas, tratando de ubicarse en un sitio que le garantizara más ventas. Ojalá haya logrado colmar sus ilusiones puestas en su venta para poder suplir algunas de las necesidades de sus hijos.

Según cifras el PIB del Mundial fue de 41.000 millones dólares y entre bares, comercio y restaurante hubo un crecimiento entre un 30% y un 50%, además de generar 800.000 puestos de trabajo entre directos e indirectos.

Se tejen ilusiones, se mejora el genio, se es más cercano, que lástima que ese ambiente no continúe. Porque se nos olvida que el partido de la vida es más largo, y que bien vale la pena jugarlo continuamente para poder ser más cercanos entre nosotros, entendiendo que pertenecer a un país es más valioso que las diferencias políticas y otras nos distancian y enfrían nuestras relaciones.

Qué bueno sería apostarle a que la selección de TODOS (50 millones de habitantes) pudiera siempre estar jugando para que el país saliera adelante. Que el director técnico y nosotros le apostáramos a llevar hacia adelante a todo el país, para que quienes no han podido prepararse bien por falta de oportunidades, o por no tener los talentos necesarios, puedan participar del juego, y que los que están desfalleciendo siempre encuentren a alguien que los anime.   

Así podríamos todos celebrar este encuentro, donde habría delanteros que ven al frente por desarrollar, unos punteros que no nos dejarán desviar de la meta, unos centrales que empujarían hacia donde queremos llegar y unos defensas atentos a ayudar a sus vecinos, respaldados por un portero que no dejará que nadie se quede por fuera del partido.

Como ganaríamos, se podrían llevar en mejores términos nuestras diferencias y trabajaríamos entre todos por el bien del país.

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El 12 de agosto amaneció claro sobre las montañas. En la tarde la gente subía a los miradores con gafas especiales, telescopios y termos de café. Nadie quería perderse el eclipse total de Sol anunciado para ese día. Los periódicos lo llamaban “el eclipse del siglo”, y en los suburbios de Alicante todos hablaban de él como si fuera una visita que regresaba después de muchas generaciones.

Don Eusebio, el maestro, llevaba semanas preparando a los niños. Les había enseñado que un eclipse no era un presagio ni una maldición, sino el instante preciso en que la Luna se interponía entre la Tierra y el Sol. Aun así, confesaba en voz baja que, por mucha ciencia que hubiera estudiado, cada eclipse le producía un respeto difícil de explicar.

Lucía, era su alumna de doce años que había heredado de su abuelo una libreta de tapas azules. En la primera página una frase borrosa escrita con tinta decía: “Cuando el Sol se oculte en pleno día, escucha lo que el mundo guarda en silencio.”

Lucía no sabía qué significaba, pero decidió llevar la libreta al mirador.

Cuando comenzó el eclipse una pequeña sombra mordió el borde del Sol. Los pájaros siguieron cantando y la gente continuó su rutina, aunque miraban al cielo de reojo. Poco a poco la luz cambió; ya no era la luz dorada de agosto, sino una claridad extraña, metálica, como si el mundo estuviera visto a través de un vidrio.

El aire se enfrió. Los perros dejaron de ladrar. Las montañas perdieron color y las sombras se hicieron nítidas. Lucía sintió un escalofrío. Don Eusebio anunció: —Falta un minuto para la totalidad.

Entonces ocurrió. El último hilo de Sol se apagó y la tarde se convirtió en crepúsculo. Sobre las cabezas apareció un disco negro rodeado por una corona plateada que parecía viva. La multitud guardó silencio. 

Nadie hizo fotografías durante los primeros segundos; todos quedaron inmóviles, como si el tiempo hubiera contenido la respiración. Lucía abrió la libreta azul. El viento pasó las páginas hasta una hoja en blanco. Sin saber por qué, escribió: “El silencio no está vacío.” En ese instante escuchó el sonido del río en el fondo del valle, el roce de las hojas, el latido acelerado de su propio corazón. Comprendió que esos sonidos siempre habían estado allí, ocultos bajo el ruido cotidiano.

Don Eusebio, a unos pasos, lloraba discretamente. Recordaba a su padre, que le había mostrado un eclipse cuando era niño. Miró a Lucía y sonrió; entendió que el asombro también se hereda.

La totalidad duró apenas dos minutos y medio. Luego apareció un destello brillante en el borde del disco lunar: el llamado “anillo de diamante”. La luz regresó de golpe. Los pájaros comenzaron a cantar otra vez y se oyó un murmullo colectivo, como quien despierta de un sueño.

Mientras descendían del mirador, la gente hablaba emocionada. Algunos describían la corona solar, otros la oscuridad repentina. Lucía caminaba en silencio con la libreta apretada contra el pecho.

Esa noche escribió la última frase del día:

“El eclipse no apagó el Sol; nos permitió ver la luz de otra manera.”

Muchos años después, cuando Lucía sea una astrónoma, viajará por el mundo para observar eclipses y nunca olvidará aquel 12 de agosto en Alicante, cuando la Luna cubrió el Sol y la gente descubrió, por unos minutos, la inmensa belleza del cielo y del silencio compartido.

Carlos A.Posada

Agosto, 2026

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Haz click aquí para disfrutar de la presentación de Alberto Echeverri: https://youtu.be/ny0L-eXU7ds

Exjesuitas en tertulia- 30 de Julio, 2026

Mi aprendizaje del Campeonato Mundial de Fútbol 2026

Alberto Echeverri

No conozco el fútbol como debería, si quiero ser ciudadano de este mundo.  Solo recuerdo que en el Noviciado y el Juniorado fui asignado, como medio (allí instalaban a los inexpertos “tiesos”) del inmortal Coimbra, perdedor obstinado frente al espléndido Oxford.

En este último jugaban, al lado de Fernando Londoño, César Uribe, el inolvidable “Motorcito” y otros similares. Tuve siempre el consuelo de que, para San Ignacio, Coimbra era lugar de sus afectos, porque se sentía eterno deudor del rey portugués Juan III, defensor de la naciente Compañía cuando los gobiernos de la época estaban en su contra. Después preferí el básquet hasta que me encontré en Italia con gente que lo tomaba muy en serio y decidí sobrevivir a un posible e irremediable accidente.

No conozco pues el fútbol pero aprendí a disfrutarlo y, reconozco que tardíamente, solo en los grandes partidos internacionales televisados. Repetía así la escena de mi madre que, en sus últimos años, acompañada de mi difunto hermano Eduardo y copa de aguardiente en la mano como buena paisa, le hacía la barra al Deportivo Cali, a veces al América, o a la Selección Colombia. Fue entonces cuando empecé a interrogarme por el sentido de un supuesto deporte donde veía crecer las agresiones entre jugadores, entrenadores y aficionados, durante los desafíos y después de ellos. 

Si hay algo bello en el deporte es el respeto por las habilidades de aquel y aquellos con quienes se compite. Siento ese juego del fútbol como una especie de danza que hace parte de la gratuidad de la vida y por eso mutuamente respetuosa, donde las habilidades de cada quien son decisivas a la hora de definir un triunfo. 

Pero cuando el que tiene el balón recibe un empujón del adversario o es “abrazado”, o sufre la gambeta para quitarle la bola pues lo único que importa es el triunfo -y con él las medallas, los dineros y el prestigio-, hemos penetrado en el estrechísimo túnel de la competitividad, donde solo hay lugar para los vencedores. El perdedor, claro está, tiene también su derecho… a llorar el fracaso. Los árbitros aparecen imperturbables ante los que, en mis tiempos del Coimbra, se consideraban faules o faltas que merecían un cobro del contrario; ahora son incidentes sin importancia. El saludo final entre los así llamados jugadores, versión edulcorada de la pareja “amigos y enemigos”, resulta entonces de una rampante hipocresía.

Se repite hasta el cansancio que el deporte evita las guerras porque canaliza la agresividad humana, heredada del enfrentamiento entre Caín y Abel pero también de quienes los sucedieron. Sigo soñando con deportistas, por cierto escasos, como los que en el reciente campeonato internacional gozaban el partido, aunque el ganador fuera el equipo contrario: lo evidenciaban sus gestos y sobre todo su sonrisa. 

Para mí son esos los ciudadanos del mundo, no por fuerza los vencedores estadísticos de cada encuentro o del torneo completo. 

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La curiosidad aparece desde los primeros meses de vida. Antes de hablar, el niño explora con la mirada, las manos, los movimientos y la atención. Más adelante llegan las preguntas: «¿Qué es esto?», «¿por qué?», «¿cómo?», «¿para qué?». Una respuesta suele conducir a otra pregunta y esta, muchas veces, a una nueva.

La curiosidad es el deseo de conocer, comprender o descubrir aquello que ignoramos. La palabra procede del latín curiositas, derivada de curiosus y relacionada con cura: cuidado, atención e interés. Ser curioso no consiste simplemente en querer enterarse de muchas cosas, sino en prestar atención, detenerse y tratar de comprender.

Ante las preguntas del niño tenemos una primera responsabilidad: escucharlas, tomarlas en serio y responder con sinceridad. Esa responsabilidad continúa frente al joven, al adulto y, de manera especial, al adulto mayor. La curiosidad no tiene edad.

Hace casi dos mil quinientos años, Sócrates, filósofo de la Grecia clásica, convirtió la pregunta en una manera de pensar. Mediante nuevas preguntas llevaba a sus interlocutores a examinar aquello que creían saber. De allí la mayéutica, relacionada con el oficio de las parteras: ayudar a dar a luz las ideas. Algo de aquella actitud sigue siendo necesario. Nos sobra muchas veces retórica para convencer y nos falta dialéctica para conversar, escuchar y entender al otro.

Siglos después, Michel de Montaigne, escritor y pensador francés del Renacimiento, hizo de la duda una compañera del pensamiento. Su célebre «¿Qué sé yo?» nos invita a reconocer los límites de nuestro conocimiento, revisar lo que creemos saber y, quizá lo más difícil, cuestionarnos a nosotros mismos.

Pero preguntar no basta. La curiosidad necesita tiempo. Byung-Chul Han, filósofo contemporáneo de origen surcoreano, ha reflexionado sobre una sociedad marcada por la aceleración y el exceso de información. Nunca habíamos tenido acceso tan rápido a tantos datos, pero disponer de más información no significa necesariamente saber más. Milan Kundera, novelista y ensayista checo-francés, abordó en La lentitud esa tensión entre la experiencia y la velocidad de la vida moderna.

La curiosidad exige precisamente lentitud. Preguntar puede tomar segundos; asimilar una respuesta requiere detenerse, relacionar y contrastar.

Aquí aparece un límite necesario: «El que mucho abarca, poco aprieta». Querer saber demasiado y hacerlo rápidamente puede llevarnos a acumular información sin procesarla. Saltamos de una pregunta a otra, de una respuesta a la siguiente. A esa sensación me gusta llamarla vértigo intelectual: creer que estamos aprendiendo mucho cuando quizá apenas estamos pasando rápidamente por muchas cosas. El exceso de información puede terminar produciendo confusión.

La curiosidad tampoco pertenece exclusivamente a quienes han pasado por una universidad. He conocido personas sin formación académica con un criterio admirable, construido mediante la experiencia, la observación, el análisis y la costumbre de preguntarse el por qué de las cosas. Siempre he pensado en ellas como filósofos de la vida cotidiana. Un título acredita unos estudios; el criterio puede construirse por otros caminos.

El aprendizaje tampoco circula en una sola dirección. Los mayores podemos compartir algo de nuestra experiencia, pero tenemos mucho que aprender de los niños y de los jóvenes: de sus preguntas, conocimientos y maneras diferentes de mirar el mundo. No somos generaciones enfrentadas, sino complementarias. Aprender unos de otros puede llevarnos a puntos de equilibrio muy valiosos.

Muchas de estas reflexiones las he vivido en la medicina, aunque son aplicables a cualquier actividad humana. Con frecuencia les digo a los pacientes y a sus familiares, utilizando una expresión muy coloquial, que no hay preguntas pendejas; hay pendejos que no preguntan. Ninguna duda debería quedar sin plantearse por temor, timidez o vergüenza.

Pero la responsabilidad también corresponde a quien responde. No solo podemos reconocer que ignoramos algo: debemos hacerlo cuando no sabemos. Cada vez tengo mayor tranquilidad para decirle a un paciente: «No sé, pero mañana le tengo una buena respuesta». Es reconocer un límite y asumir la responsabilidad de estudiar, consultar y volver con una respuesta mejor fundamentada.

Hoy tenemos además un nuevo interlocutor para nuestra curiosidad: la inteligencia artificial. Podemos formular una pregunta y recibir en segundos una respuesta que antes habría exigido horas de búsqueda. Las posibilidades son extraordinarias, pero también las responsabilidades.

Surge entonces una pregunta inevitable: ¿quién responde por las respuestas de la inteligencia artificial?

Luciano Floridi, filósofo italiano especializado en filosofía de la información y ética digital, ha dedicado buena parte de su trabajo a estas responsabilidades. Si confiamos cada vez más en la inteligencia artificial para informarnos y aprender, debemos exigir respuestas claras, fundamentadas en la mejor evidencia disponible, capaces de reconocer la incertidumbre y protegidas, hasta donde sea posible, de sesgos, manipulaciones e intereses indebidos.

La responsabilidad es compartida: de quienes desarrollan estas herramientas, de quienes las ponen al alcance de la sociedad y también de nosotros, sus usuarios. Podemos preguntar, repreguntar y contrastar, pero no delegar nuestro criterio. La inteligencia artificial puede acelerar la búsqueda; no debería acelerar nuestra reflexión.

Desde el niño que empieza a explorar el mundo hasta el adulto capaz de decir «no sé», la curiosidad puede acompañarnos durante toda la vida. Tenemos la responsabilidad de atender nuestras preguntas, respetar las de los demás y ser honestos con las respuestas que ofrecemos.

En tiempos de respuestas instantáneas y de posible vértigo intelectual, quizá convenga recuperar algo sencillo: preguntar, cuestionarnos, detenernos y darnos el tiempo necesario para pensar.

Hugo Caballero Durán MD

Agosto, 2026

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porque u odiará al uno y amará al otro, o preferirá al uno y despreciará al otro.” (Mateo 6,24). Ahora que el presidente electo ya no es ateo y se convirtió en cristiano practicante, debería seguir este consejo de Jesús para decidir si renuncia o no a su condición de ciudadano de los Estados Unidos.

NO ES ILEGAL, PERO SI INCONVENIENTE 

No estoy de acuerdo con quienes dicen que el presidente de Colombia no puede tener doble o triple nacionalidad y que por lo tanto se debe desconocer su elección. No hay nada en nuestra Constitución que lo prohíba, a diferencia de la prohibición explícita que si existe para los embajadores, razón por la cual Luis A. Murillo tuvo que renunciar a esa ciudadanía. 

El debate no es jurídico sino político y ético; además, no existe con otras nacionalidades como la italiana, sino con la de EE.UU y no por las leyes de ese país sino por el juramento que debe hacer quien adquiere esa ciudadanía, que dice así:

Declaro, bajo juramento, que renuncio absolutamente y por completo a toda lealtad y fidelidad a cualquier príncipe, potentado, estado o soberanía extranjera del cual haya sido súbdito o ciudadano; que apoyaré y defenderé la Constitución y las leyes de los Estados Unidos de América contra todos los enemigos, externos e internos; que mantendré verdadera fe y lealtad a las mismas…”

Es categórico: el presidente electo ha renunciado a la lealtad a otros países de los cuales sea ciudadano; a Italia, lo que no tiene ninguna repercusión, y a Colombia, país que deberá gobernar de acuerdo con las leyes de EE.UU. Sin embargo, el 7 de agosto el presidente debe jurar que va a “cumplir fielmente la Constitución y las leyes de Colombia, y se obliga a garantizar los derechos y libertades de todos los colombianos” (Art. 188). ¿Cuál de los dos juramentos va a cumplir?

Como si no fuera suficiente la contradicción, el ciudadano norteamericano juró que “serviré en las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos cuando sea requerido por la ley …”, pero resulta que también va a ser el comandante en jefe de las Fuerzas Militares colombianas. Son dos juramentos en conflicto.  Eso es querer servir a dos señores.

LOS CONFLICTOS DE INTERÉS 

La médula del problema son los conflictos de intereses que va a enfrentar, los que se pueden apreciar con unos ejemplos reales y otros hipotéticos, que va a ser más intensos con las políticas del actual gobierno gringo. Frente a las acciones oficiales que violan los derechos humanos de los colombianos en E.UU., llegando hasta el asesinato de un inmigrante legal, ¿el presidente defenderá a sus compatriotas o primará su lealtad a las leyes extranjeras?

Otro caso real es la política comercial de Washington que ha recurrido a aranceles unilaterales como herramienta de presión geopolítica, y que podría llegar a plantear la renegociación del TLC como ya lo ha hecho con el acuerdo comercial con México y Canadá. ¿El presidente negociaría como jefe de estado que protege a los productores nacionales, o como ciudadano de un país que juró defender?

La alineación geopolítica de Colombia y sus relaciones comerciales con otros países también podría vere afectada. La doctrina Donroe y el escudo de las Américas buscan alinea a los países latinoamericanos con los intereses estratégicos norteamericanos y limitar los negocios con China. A Panamá ya le presionó para que sacara a una empresa china de los puertos del Canal; ¿podría pasar lo mismo con las empresas chinas que están construyendo el metro de Bogotá y otras obras de infraestructura?

Un eventual problema provendría de las revelaciones del New York Times sobre el pasado profesional del presidente electo. Tampoco es delito que un abogado defienda a narcotraficantes, pero si un ciudadano estadounidense es investigado por presuntos vínculos con lavado de dinero o por haber recibido dineros ilícitos a clientes vinculados al crimen organizado, enfrenta la jurisdicción plena del sistema federal, incluyendo órdenes de captura, y no puede alegar inmunidad soberana ni diplomática frente a su propio país.

El presidente no está obligado a renunciar a la ciudadanía norteamericana, ni el tenerla hace ilegal su elección, pero si le conviene hacerlo para su propio beneficio y el del país, pues se eliminarían los inevitables conflictos de interés que tendrá que enfrentar si no lo hace, y desaparecería la sospecha de que sus decisiones estén guiadas por la lealtad a los Estados Unidos. En otras palabras, ganaría legitimidad política. La doble nacionalidad no es ilegal, pero no renunciar a ella e ignorar sus implicaciones políticas sería, sin duda, un error.

MAURICIO CABRERA GALVIS

Publicado en la Revista Cambio-Colombia

Agosto de 2026

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Esta reunión fue una tertulia reflexiva sobre el Mundial de Fútbol 2026, donde los participantes compartieron sus observaciones y análisis del evento. Dado el impacto de este evento en la población mundial, compartimos con nuestros lectores la totalidad de la tertulia y sus comentarios y participaciones.

Haz click aquí para disfrutar de la totalidad de la tertulia:https://youtu.be/6JN5Zmp5rkw

Exjesuitas en tertulia, 30 de Julio, 2026

Resumen:
Esta reunión fue una tertulia reflexiva sobre el Mundial de Fútbol 2026, donde los participantes compartieron sus observaciones y análisis del evento. Jorge Luis Puerta presentó un artículo detallado sobre cómo el fútbol refleja y condensa las contradicciones sociales de la humanidad, incluyendo la participación de intelectuales famosos como Albert Camus y Pier Paolo Pasolini en los comentarios del torneo. Silvio Zuluaga reflexionó sobre cómo el fútbol logra crear igualdad emocional durante los 90 minutos de juego, pero la desigualdad económica persiste después del pitazo final, destacando las diferencias entre multimillonarios y trabajadores comunes en el acceso al evento. Alberto Echeverri compartió sus experiencias personales como exjesuita y su percepción sobre la agresividad creciente en el fútbol moderno. William Mejía presentó un análisis detallado de lo que le gustó y disgustó del torneo, incluyendo la sorpresa de Cabo Verde y la participación de Colombia, así como sus críticas sobre la comercialización del fútbol y el alto costo de las entradas. Pedro Benítez ofreció una evaluación integral del torneo desde varios aspectos, destacando la mayor participación de selecciones, la infraestructura de los estadios y la calidad del fútbol mostrada por equipos como España y Argentina. Los participantes también discutieron estadísticas interesantes como la alta participación de jugadores morenos en el torneo y la presencia de 48 selecciones, lo que hizo del evento algo más mundial que europeo comparado con mundiales anteriores.

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Se trata de una expresión que existe todavía en las lenguas más conocidas por los colombianos. Su origen se pierde no en la noche de los tiempos pero sí en los siglos pasados.

Desde la segunda mitad del siglo XX ha llegado casi a desaparecer del habla cotidiana. Porque, en principio bella, se trasformó poco a poco en una especie de conjuro usado siempre en ventaja del consumidor, de aquel en cuyos labios aflora. 

“Gracias a Dios no soy mala gente como lo es aquel vecino mío”, “gracias a Dios mis hijos son distintos de los otros”, “gracias a Dios la enfermedad de mi marido no fue mortal”, “gracias a Dios superé el examen para ingresar a la universidad”, “gracias a Dios recuperé a tiempo la bicicleta después del incidente”, etc. etc. Un cumplido se hace también gustosamente: “Gracias a Dios en tu fábrica no fuiste licenciado como tantos de tus colegas de trabajo”. ¿Se dan cuenta ustedes de que, en todos los casos, el posesivo mío va escondido al centro de la frase? Más aún, en plural las cosas no serían distintas:  nuestro, nuestra, y así por el estilo.  

En el estudio del español cuando tenía catorce años, creía yo que muchos otros no resultaban incluidos en ese discurso del “gracias a Dios”: los que en efecto hacían el mal, los hijos con defectos físicos o psíquicos, los enfermos, los muertos, los suspendidos en las pruebas académicas, los vehículos que no llegaban puntuales. Por añadidura, ni siquiera los trabajadores obligados a recluirse en casa sin ninguna otra posibilidad. En el fondo, se trataba y se trata siempre de las imágenes de Dios que nos hemos construido… a nuestra imagen y semejanza, siempre en nuestro egoísta y exclusivo interés. Nada de sorprendente si alguno, tiempo atrás, ha fantaseado con la expresión: ¡Gracias a Dios soy ateo!

Fue la acusación de Jesús a los maestros de Israel en su época: “Ustedes tergiversan las palabras de Moisés y las de la Escritura”. Su Padre, el padre de Jesús, es uno que habla de amor, de misericordia, de justicia. En suma, de responsabilidad frente al hombre en su relación consigo mismo, con el otro, y con el mundo. Y así, la pérdida del trabajo, la muerte de alguien y aun la propia, las enfermedades… pueden ser interpretadas como don, como oportunidad. Oportunidades para dar gracias al Dios que hace surgir flores entre las piedras.

Alberto Echeverri

Agosto, 2026

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Dada la importancia del evento, acordamos que nuestra tertulia del jueves 30 de julio se inspirara en el Campeonato Mundial de Fútbol. Reflexiones, remembranzas, posiciones críticas, opiniones, brotaron espontáneamente, reflejando que el buen fútbol todavía nos sigue motivando. Aquí queremos consignar algunos testimonios.

Haz click aquí para disfrutar de la intervención de Silvio Zuluaga: https://youtu.be/MTp1Jb0GgSU

Exjesuitas en tertulia- 30 de Julio, 2026

El fútbol consigue durante noventa minutos lo que la economía no ha logrado en siglos: que un multimillonario y un campesino celebren exactamente el mismo gol.

Por un instante desaparecen las fronteras. El empresario que llegó a Nueva York en un jet privado se hospeda en una suite presidencial y ocupa un asiento VIP en la final del Mundial, salta exactamente igual que el campesino colombiano que escucha el partido en un viejo radio de pilas, sentado bajo la sombra de un palo de mango.

El niño que mira el partido desde una favela en Río de Janeiro, el taxista de Bogotá, el pescador de Filipinas, el ejecutivo de Wall Street y un rey del Golfo Pérsico experimentan la misma descarga de adrenalina cuando el balón golpea el travesaño.

Durante noventa minutos desaparecen las diferencias sociales. Todos gritan. Todos sufren. Todos esperan. Ninguna otra actividad humana consigue reunir emocionalmente a más de mil quinientos millones de personas. Pero la magia dura exactamente lo que tarda el árbitro en llevarse el silbato a la boca.

El precio de estar allí

La Copa Mundial también refleja el otro rostro del planeta. Nunca antes asistir a una final había sido un privilegio tan costoso. Los paquetes de hospitalidad de mayor categoría y el mercado de reventa han llevado los precios a niveles reservados para una élite económica.

Una experiencia de lujo para presenciar la final puede aproximarse a estas cifras:

  • Entrada VIP o paquete premium: a US$50.000.
  • Tres noches en un hotel cinco estrellas en Manhattan: US$4.500.
  • Vuelo Bogotá–Nueva York–Bogotá en primera clase: US$8.000.
  • Parqueadero cercano al estadio durante tres horas: US$300.

En total, una sola persona puede gastar entre US$63.000 para vivir una noche de fútbol con todas las comodidades. Para algunos asistentes representa un gasto más dentro de su patrimonio. Para millones de personas equivale al trabajo de muchos años.

La cuenta del trabajador colombiano

Imaginemos un trabajador que recibe US$ 700 mensuales, aproximadamente el equivalente al salario mínimo colombiano con sus prestaciones. 

Las comparaciones hablan por sí solas.

Para cubrir el costo de tres horas de parqueadero el trabajador colombiano tendría que trabajar dos semanas completas. Necesitaría cerca de seis meses de trabajo para costear únicamente las tres noches de hotel. Tendría que dedicar más de un año entero de ingresos para comprar el pasaje en primera clase.

Y si soñara con una entrada VIP de US$ 50.000, tendría que ahorrar íntegramente su salario durante seis años, sin comer, sin pagar arriendo, sin transporte y sin vestir a su familia. Si aspirara a vivir toda la experiencia de lujo —entrada, hotel, vuelo y gastos básicos— el esfuerzo equivaldría a siete años de salario completo. Por otra parte, US $ 63.000 sería suficiente para adquirir una vivienda de tipo social, en una ciudad intermedia de Colombia. Por eso, para la inmensa mayoría de la humanidad, esas experiencias simplemente pertenecen a otro universo.

El pitazo final

Cuando termina la ceremonia de premiación, las cámaras buscan las lágrimas de los campeones. Pero hay otra historia que casi nunca aparece en televisión. El empresario vuelve a su avión privado. El inversionista aborda su helicóptero. Los patrocinadores celebran contratos por cientos de millones de dólares.

Y el trabajador que madrugará al día siguiente para ganar el equivalente a veinticinco dólares diarios vuelve a levantarse a las cinco de la mañana. La igualdad emocional desaparece. Regresa la desigualdad económica.

Dos mundos

Los datos ayudan a comprender la dimensión del fenómeno.

Hoy, el 10 % más rico de la humanidad posee aproximadamente el 75 % de toda la riqueza del planeta, mientras la mitad más pobre apenas controla alrededor del 2 %.

Las 10 personas más ricas del mundo poseen 1,6 billones de dólares, lo mismo que los 3.500 millones más pobres del mundo. El problema no es que haya ricos, el problema es la desigualdad, la concentración de la riqueza en unos pocos. Después del pitazo final del mundial cientos de millones de personas se acuestan con hambre, no pueden pagar la factura de medicinas de sus hijos En otras palabras, el planeta nunca había producido tanta riqueza. Y tampoco la había concentrado en tan pocas manos.

La gran paradoja

Resulta paradójico que el evento deportivo más universal del planeta también sea uno de los mejores espejos de la desigualdad contemporánea. El gol vale exactamente lo mismo para todos. La emoción no distingue cuentas bancarias. La camiseta de la selección cuesta el mismo esfuerzo emocional para quien vive en una mansión de veinte millones de dólares que para quien apenas consigue pagar el mercado semanal. Sin embargo, las oportunidades para disfrutar ese espectáculo son radicalmente distintas.

Después del Mundial

Quizás el verdadero legado de una Copa del Mundo no sea únicamente el campeón. Sea recordar que compartimos exactamente las mismas emociones, pero no las mismas oportunidades. Durante noventa minutos somos una sola humanidad. Cuando el árbitro pita el final, volvemos al viejo marcador de la economía. 

Uno donde el resultado sigue siendo profundamente desigual. Y mientras los campeones levantan la Copa hacia el cielo, miles de millones de personas regresan silenciosamente a una realidad que ningún trofeo puede cambiar. Porque el Mundial termina. La desigualdad, en cambio, continúa jugando todos los días. Las diferencias de ingreso económico y de propiedad de los bienes es descomunal. El problema no es que haya ricos el problema es que cientos de millones de personas viven en situaciones infrahumanas y no tengan para comer cada día.

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Debo confesar que, hasta hace poco, si alguien me hubiera preguntado quién fue Denis Diderot, probablemente habría respondido con una sola palabra: Enciclopedia. La respuesta no habría sido falsa, pero sí insuficiente. 

Detrás de aquella obra monumental había un hombre mucho más interesante: curioso, contradictorio, apasionado por la conversación y capaz de pasar de la filosofía a la física, de la literatura al teatro, de la música a los oficios y, sin ser médico, de formular preguntas sorprendentes sobre los sentidos, el pensamiento y el lenguaje.

Nació en 1713 en Langres, una ciudad amurallada del noreste de Francia. Su padre era maestro cuchillero. Diderot creció cerca de un mundo artesanal donde conocer significaba también saber hacer. Tal vez por eso, años después, la Enciclopedia concedería tanta importancia a los talleres, las herramientas y los oficios, colocándolos junto a la filosofía y las ciencias.

Su padre esperaba verlo sacerdote. Estudió con los jesuitas, recibió la tonsura y después se trasladó a París, pero abandonó tanto la carrera eclesiástica como el derecho. Prefirió vivir de la escritura, la traducción y las clases, decisión que lo enfrentó con su familia y lo llevó durante años a una existencia económicamente difícil. Aprendía leyendo, conversando, visitando cafés y talleres y siguiendo cualquier asunto que despertara su curiosidad. Música, pintura, teatro, matemáticas, anatomía o historia natural podían formar parte de una misma conversación.

En 1743 se casó en secreto con Anne-Antoinette Champion, Nanette. El matrimonio fue complejo; Diderot tuvo otras relaciones y mantuvo una larga correspondencia con Sophie Volland. De sus cuatro hijos solo sobrevivió Marie-Angélique, a quien quiso profundamente. Estos detalles ayudan a bajarlo del pedestal: no fue únicamente un filósofo de la Ilustración, sino un hombre con conflictos familiares, dificultades económicas, afectos, pérdidas y contradicciones.

En ese mundo comenzó la obra que terminaría definiéndolo. Lo que inicialmente debía ser una traducción de la Cyclopaedia de Ephraim Chambers se transformó, bajo la dirección de Diderot y d’Alembert, en la Encyclopédie, un intento de reunir y relacionar los conocimientos de su época. Apareció en una Francia todavía dominada por jerarquías sociales, censura política y autoridad religiosa. Describir el trabajo de un artesano con la misma dignidad intelectual que una disciplina académica no era un gesto inocente: implicaba afirmar que el conocimiento no pertenecía exclusivamente a universidades, cortes o iglesias.

Diderot dedicó cerca de veinticinco años al proyecto. Escribió, corrigió, coordinó colaboradores, visitó talleres y enfrentó prohibiciones, censura y deserciones. Incluso su editor, Le Breton, llegó a eliminar pasajes que consideraba peligrosos. La Enciclopedia sobrevivió gracias a una mezcla de obstinación, diplomacia y valentía intelectual.

Diderot conocía bien el precio de esa libertad. En 1749 publicó la Carta sobre los ciegos para uso de los que ven y terminó encarcelado en Vincennes. Había partido de una pregunta aparentemente sencilla: ¿cómo construye el mundo una persona que nunca ha visto? Al estudiar casos como el del matemático ciego Nicholas Saunderson comprendió que la ausencia de un sentido no significaba ausencia de conocimiento. El tacto, la audición, la memoria y el movimiento podían organizar la realidad de otra manera.

Dos años después publicó la Carta sobre los sordos y mudos para uso de los que oyen y hablan. Allí se interesó por el gesto, el lenguaje y el pensamiento. Comprendió que no todo lo que pensamos cabe fácilmente en palabras y que el cuerpo también comunica. Quizá por eso le interesaron tanto el teatro, la pintura y la música: cada arte permite expresar aquello que el lenguaje ordinario no siempre consigue decir.

La paradoja es hermosa. La Enciclopedia preguntaba qué conocemos; estas cartas preguntaban cómo conocemos. En ambas estaba el mismo Diderot: un hombre que desconfiaba de las fronteras rígidas entre los saberes.

También su relación con el poder fue singular. Cuando necesitó dinero para asegurar la dote de su hija, decidió vender su biblioteca. Catalina II de Rusia la compró, pero permitió que siguiera en París y nombró a Diderot bibliotecario de sus propios libros. En 1773 él viajó a Rusia y conversó largamente con la emperatriz. Diderot gesticulaba, se acercaba y hablaba con tal entusiasmo que, según la anécdota, Catalina terminó colocando una mesa entre ambos. Resulta difícil imaginar una imagen más diderotiana: pensar no solo con la cabeza, sino casi con todo el cuerpo.

Murió en París en 1784, cinco años antes de la Revolución Francesa. No llegó a ver caer el orden político que tantas ideas de la Ilustración habían ayudado a cuestionar. Su vida, sin embargo, ya pertenecía a ese cambio: defender la razón frente a la autoridad, valorar el conocimiento práctico, preguntar antes de aceptar y conversar como forma de pensar.

Tres siglos después, quizá esa sea su enseñanza más vigente. Las herramientas cambian y hoy una inteligencia artificial puede relacionar en segundos información que habría ocupado miles de páginas. Pero ninguna herramienta reemplaza la curiosidad. Diderot probablemente habría querido saber cómo funciona, quién selecciona la información, qué intereses intervienen y cómo distinguimos una respuesta convincente de una verdadera.

Por eso fue mucho más que la Enciclopedia. Fue un hombre imperfecto que convirtió la curiosidad en disciplina, la conversación en instrumento y la pregunta en una forma de libertad. Y quizá esa siga siendo una buena manera de acercarnos a cualquier personaje, a una obra musical o a una época: no quedarnos solamente con lo que hicieron, sino preguntarnos quiénes fueron, qué mundo los rodeó y por qué pensaron y crearon como lo hicieron.

Hugo Caballero Durán, MD

Agosto, 2026

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Dada la importancia del evento, acordamos que nuestra tertulia del jueves 30 de julio se inspirara en el Campeonato Mundial de Fútbol. Reflexiones, remembranzas, posiciones críticas, opiniones, brotaron espontáneamente, reflejando que el buen fútbol todavía nos sigue motivando. Aquí queremos consignar algunos testimonios.

Haz click aquí para disfrutar de la participación de William Mejia: https://youtu.be/7fXZR9hlToI

Exjesuitas en tertulia- 30 de Julio, 2026

Qué me gustó

  • El empate a cero de Cabo Verde (que participaba por primera vez en un mundial) con España, futuro campeón del mundial. Tampoco le ganó Uruguay, un excampeón del mundo, lo mismon que Arabia Saudita. Terminó invicto la primera ronda y su portero, Vozinha, fue una de las figuras destacadas del mundial. 
  • El primer lugar de Colombia invicta en la ronda de grupos, por encima de Portugal, uno de los favoritos.
  • El triunfo de Ecuador sobre Alemania, que sacó a los teutones del mundial. David le ganó a Goliat.
  • El empate de la República Democrática del Congo con Portugal capitaneado por Cristiano Ronaldo.
  • El paso a segunda ronda de los tres países anfitriones.
  • El triunfo de España.
  • La presencia de 48 países, que hizo del campeonato algo más mundial que europeo. En Qatar 2022, los equipos de Europa fueron 13 de 32 (40.6 %).
  • La cantidad de compatriotas en los estadios donde jugó Colombia: una marea amarilla.
  • La cantidad de jugadores morenos en gran parte de los equipos: un mestizaje cultural. Basta con comparar con los mundiales del siglo XX.
  • La presencia de Irán, a pesar de que Trump había dicho que podían jugar, aunque no le parecía apropiado que lo hicieran “por su propia seguridad y su propia vida”.
  • Los récords de Messi y Ronaldo.
  • El hecho de que el niño bañado por Messi para una propaganda de Unicef terminó jugando en el equipo que derrotó a Argentina en la final del mundial.
  • Que el ICE (Immigration and Customs Enforcement) no se hubiera metido a detener asistentes en los partidos de fútbol.

Qué me disgustó

  • El fútbol convertido en negocio y las ganancias multimillonarias de la FIFA. Infantino resultó el mayor vencedor del campeonato.
  • La suspensión de la sanción por tarjeta roja del delantero estadounidense Folarin Balogun, por presión de Trump a Infantino, lo que le permitió jugar un partido crucial de octavos de final de la Copa del Mundo contra Bélgica.
  • El trato que se le dio a la selección de Irán: viajaba de México a jugar en el estadio asignado, terminaba el partido y debía regresar a México.
  • El enorme costo de la boletería y otros altos costos para los turistas (visados, vuelos, alojamiento), significativamente mayores a los de campeonatos anteriores, lo que hacía que el fútbol se convirtiera en un lujo reservado a una élite.
  • La distribución del número de partidos entre las tres sedes: Canadá 13, México 13, y Estados Unidos 78; el triple de la sumatoria de los otros dos países. 16 sedes en total, durante 39 días.
  • Los intermedios de tres minutos en los partidos que hicieron pasar de dos a cuatro tiempos, como sucede en el básquetbol, para darle espacio a la propaganda por televisión.
  • Los recesos por calor cuando no se requería porque el estadio funcionaba con aire acondicionado.
  • Las distancias en avión que tuvieron que cruzar las selecciones de varios países y los hinchas.
  • Algunas demoras del VAR en dar respuestas a situaciones requeridas.
  • La actitud del equipo argentino de dar la espalda a la premiación de España, la trifulca que armaron contra jugadores españoles al perder el partido y la pancarta “Las Malvinas son argentinas”.
  • La falta de tiros a la portería de España en el partido final. Parecía que Argentina esperaba ir a los penaltis, gracias al buen desempeño de su portero.
  • Que Caracol no haya transmitido el partido por el tercer puesto (Inglaterra-Francia, ¡el partido con más goles: 10!) Me pregunto qué falló en su planeación de transmisiones del mundial, cuando los equipos que llegan a esta instancia resultan los mejores.
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Cuando las palabras dejan de describir la realidad y pasan a organizar lealtades, la política deja de ser deliberación y se vuelve creencia ciega.

Antes de la existencia de las encuestas, los algoritmos y las redes sociales, los emperadores romanos sabían que los símbolos eran más poderosos que las ideas y entonces levantaban estandartes, organizaban ceremonias y convertían la arquitectura en una pedagogía del poder. El águila imperial no era un ave: era Roma. La corona no era un objeto de oro: era el Estado. La representación era más poderosa que aquello que representaba. Umberto Eco advertía que los símbolos poseen una gran capacidad para producir significados que rara vez son sometidos a examen. Funcionan porque condensan emociones, recuerdos y pertenencias en una imagen sencilla. La inteligencia exige tiempo; el símbolo actúa al instante.

La historia política está llena de batallas por apropiarse de esos signos. El comunismo encontró en la hoz y el martillo una promesa de redención. El fascismo comprendió mejor que nadie el poder de la estética, los uniformes y las concentraciones multitudinarias. Elías Canetti, en Masa y poder, observó que la multitud necesita experimentar físicamente la sensación de unidad; por eso los rituales, los saludos y las consignas producen una embriaguez colectiva que suspende temporalmente el juicio individual. En nuestro país, genera un profundo malestar la foto en la que todos los sonrientes ministros designados, sin un asomo de duda, hacen el saludo militar ya convertido en identidad política.

Las democracias no están inmunizadas contra la irracionalidad. Cambian los uniformes por camisetas, las marchas militares por concentraciones ciudadanas y las proclamas por consignas bien pensadas, pero el mecanismo psicológico permanece intacto. George Orwell comprendió que el lenguaje político puede terminar vaciándose de significado hasta convertirse en un simple instrumento de adhesión emocional. Cuando las palabras dejan de describir la realidad y pasan a organizar lealtades, la política deja de ser deliberación para convertirse en creencia ciega.

Estamos padeciendo esa disputa simbólica. Una bandera, un color, un sombrero, un gesto con la mano, una espada, una plaza pública, el lugar escogido para una posesión presidencial o la decisión de desconocer una elección en nombre de una causa superior adquieren una importancia que supera y elude la discusión sobre las políticas públicas o la altura moral de los protagonistas. Durante semanas se debate el escenario de una ceremonia mientras pasan inadvertidas las decisiones que afectarán la educación, la salud o la economía durante décadas.

No se trata de despreciar los símbolos. Hannah Arendt recordaba que una nación sin símbolos termina siendo apenas una agregación de individuos. El problema aparece cuando el símbolo deja de señalar una realidad y pretende reemplazarla. Entonces, la bandera vale más que la patria; la consigna, más que el argumento y la ceremonia más que el gobierno.

En Gandhi o en Martin Luther King la desobediencia civil fue una profunda afirmación ética frente a un orden manifiestamente injusto. Su legitimidad no provenía del desafío mismo, sino de la autoridad moral que lo sustentaba y de la disposición de quienes la ejercían a asumir las consecuencias de sus actos. Convertida en un simple recurso de movilización política o en un espectáculo mediático, pierde su densidad moral y se transforma en otro emblema dispuesto para el consumo inmediato de las audiencias, sin mencionar la carencia de autoridad de quienes han sido cómplices silenciosos de uno de los gobiernos más corruptos de los últimos tiempos.

Un gran reto ciudadano es resistirse a la fascinación del símbolo vacío. Preguntarse siempre qué ideas sostiene una bandera, qué proyecto acompaña una ceremonia, qué ética respalda un gesto de rebeldía y qué resultados concretos sobreviven cuando termina el espectáculo.

Las veleidades simbólicas del que se va y de quien llega hacen pensar más en un cambio de monarca que en una transición democrática.

Francisco Cajiao

Publicado en EL TIEMPO, Bogotá, Colombia

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