Dada la importancia del evento, acordamos que nuestra tertulia del jueves 30 de julio se inspirara en el Campeonato Mundial de Fútbol. Reflexiones, remembranzas, posiciones críticas, opiniones, brotaron espontáneamente, reflejando que el buen fútbol todavía nos sigue motivando. Aquí queremos consignar algunos testimonios.

Haz click aquí para disfrutar la intervención de Bernardo Nieto: https://youtu.be/pk7pceOC0PM
Exjesuitas en tertulia, 30 de Julio, 2026
¿Por qué el Mundial de fútbol nos atrae tanto?
Cada cuatro años, cuando comienza un Mundial de fútbol (con mayúscula), miles de millones de personas suspenden por unas semanas sus rutinas para seguir el recorrido de un balón. El Mundial es un inmenso negocio y un espectáculo extraordinario, pero su mayor interés consiste en que no revela solamente cómo se juega el fútbol: revela cómo somos los seres humanos.
Recuerdo las clases de psicología de la comunicación del jesuita Gabriel Izquierdo en Santa Rosa de Viterbo. Explicaba que nuestras conductas nacen de tendencias profundas: el instinto de conservación, la necesidad de pertenecer a un grupo, la capacidad de solidaridad y la búsqueda de ideales como la justicia, la libertad y la trascendencia. La razón puede orientar esas tendencias, pero las emociones suelen movilizarlas con mucha más fuerza.
Por eso la comunicación de masas no apela principalmente a los argumentos, sino a las emociones. Un Mundial despierta identidad, orgullo, esperanza y sentido de pertenencia. La camiseta reemplaza los antiguos símbolos tribales; el himno fortalece el sentimiento de comunidad; dejamos de hablar en primera persona y decimos: «ganamos». Aunque nunca hayamos tocado el balón, sentimos que el triunfo también nos pertenece.
También buscamos héroes y modelos con quienes identificarnos y desarrollarnos a ejemplo de ellos. Antes fueron guerreros o exploradores; hoy millones encuentran en los deportistas modelos sobre los cuales proyectan sus propias aspiraciones. Niños de escasos recursos quieren imitar jugando a quienes también fueron como ellos y lograron romper las barreras de la exclusión, el racismo y la pobreza. Cuando uno de ellos marca un gol decisivo experimentamos una alegría auténtica porque, simbólicamente, sentimos que participamos en su victoria.
Ese mismo vínculo emocional modifica nuestros juicios. Una jugada dudosa nos parece correcta si favorece a nuestro equipo e injusta si lo perjudica. El Mundial constituye así un laboratorio privilegiado para observar cómo la emoción influye sobre la objetividad. El rival no es un enemigo moral, pero durante noventa minutos representa al «otro», al grupo que impide alcanzar el sueño colectivo de la manada, de nuestra manada.
Pocas experiencias sincronizan emocionalmente a tantos seres humanos. Millones celebran, sufren o lloran al mismo tiempo gracias a la televisión, al internet y a las redes sociales. Esa emoción compartida explica también el enorme valor económico del torneo. Empresas, medios, patrocinadores y casas de apuestas viven de mantener cautiva la atención de millones de personas.
El deporte cumple, además, una función profundamente civilizadora. Canaliza la competencia dentro de reglas aceptadas por todos. Cuando esas reglas prevalecen, la rivalidad produce admiración y respeto; cuando las emociones las desbordan, aparecen la violencia y la intolerancia. Creo que una guerra bien podría resolverse con un buen partido de fútbol con reglas y respeto y sin destruir al contrario.
Durante el Mundial muchas personas olvidan por unas horas sus preocupaciones cotidianas. La intensidad emocional desplaza temporalmente los problemas económicos, familiares o laborales y produce una verdadera catarsis colectiva. Ese descanso psicológico explica parte de la fascinación que ejerce el torneo.
Desde una perspectiva filosófica, Bernard Lonergan probablemente preguntaría qué sucede en nuestra conciencia cuando dejamos de observar objetivamente y comenzamos a identificarnos con un grupo. La inteligencia continúa funcionando, pero ya no actúa sola: dialoga con la memoria, el orgullo, el afecto y la imaginación. La verdadera objetividad no consiste en dejar de sentir, sino en reconocer cuándo las emociones están influyendo sobre nuestros juicios.
Creo que el Mundial constituye uno de los mayores experimentos psicológicos de la humanidad. Durante un mes observamos cómo personas de culturas, religiones e ideologías muy distintas reaccionan de maneras sorprendentemente semejantes ante un mismo símbolo. Celebran, discuten, esperan, lloran y sueñan alrededor de un objeto extraordinariamente simple: un balón.
La fuerza del Mundial no reside en ese balón, sino en la capacidad humana de otorgar significado a los símbolos. Allí convergen pertenencia, esperanza, reconocimiento e identidad compartida. Quizás por eso, cuando termina el campeonato, muchos experimentan una extraña sensación de vacío: desaparece el relato colectivo que durante semanas ocupó nuestra imaginación y regresamos a la realidad cotidiana. ¿Qué haré mañana, cuando ya no hay más partidos?
Nos vemos, entonces, dentro de cuatro años. No para contemplar únicamente otro torneo, sino para volver a observar, reflejada en un campo de fútbol, la compleja y fascinante naturaleza del ser humano. Ojalá en una mejor versión, más justa y más bonita.
Bernardo Nieto Sotomayor
Agosto, 2026








