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La selva que describe magistralmente Rivera recobra actualidad porque queremos que ella en sus distintas metamorfosis, la del narcotráfico, la de los clanes violentos, la de la corrupción, no nos trague como un destino irreversible.

Se cumplen cien años de la publicación, en 1924, de La Vorágine, la novela de José Eustasio Rivera. Se la considera un clásico de la literatura colombiana. Tuve de profesor a un coterráneo de Rivera que parecía haber nacido para dedicarle su vida a comentar y divulgar la obra del escritor y poeta huilense. Nos leía a sus alumnos párrafos enteros de sus relatos y se sabía de memoria incontables sonetos suyos como el que dice sonoramente: “Soy un grávido río, y a la luz meridiana ruedo bajo los ámbitos reflejando el paisaje”. Soneto inspirado en el río Vaupés y en el Guainía. En otros más cuyos nombres desconocemos.

La interminable selva de esos territorios es el lugar donde la Casa Arana se adueña, con violencia, de todas las tierras sin límites como una república infernal donde la única ley son ellos. Aunque les llegó el momento en que se produjo una matazón “a tal punto “que hasta los asesinos se asesinaron”.

La Vorágine es una de las tres novelas donde se manifiestan contextos sociológicos de nuestra historia: María de Jorge Isaacs, en una hacienda de la caña de azúcar del Occidente; La Vorágine de los años de la producción afiebrada del caucho llanero y selvático, y Cien años de Soledad, un cuento de la tradición oral del Caribe, en donde las bananeras son un referente ineludible.

Pero hay que tener cautela para no caer en el reduccionismo histórico. La Vorágine es una novela en la que el amor, con trasfondo de la violencia cauchera, domina a su vez el escenario de las relaciones humanas. Comienza para probarlo con esta indudable frase : “Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia”. Frase que signa la tragedia del relato, cuando Arturo Cova completa las palabras de inicio: “Más que el enamorado, fui siempre el dominador”. Violencia, quién va a negarlo, que subsiste hasta nuestros días inoculada en los meandros del amor que son los meandros de la selva. Hoy no hemos podido erradicar esa dura realidad con la búsqueda incesante de la paz, de la convivencia, por siempre deseada, que se ha llegado a denominar la paz total.

No llega la paz, el acuerdo de todos los que de una vez por todas queremos una sociedad pacífica. La selva que describe magistralmente Rivera recobra actualidad porque queremos que ella en sus distintas metamorfosis, la del narcotráfico, la de los clanes violentos, la de la corrupción, no nos trague como un destino irreversible. El que al final de La Vorágine hace trizas el empeño de sus personajes que no encuentran salida porque “¡Los devoró la selva!”.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo de Barranquilla

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Dos amenazas se ciernen sobre el proceso de creación de empleo y, por lo tanto, sobre las posibilidades que van a tener las grandes mayorías de la población de encontrar empleos decentes que les proporcionen ingresos para una vida digna: uno, la creciente automatización y el mayor uso de robots en los procesos productivos; dos, el desarrollo de la inteligencia artificial generativa (Gen-IA) que es capaz de generar productos y contenidos que reemplazan a los humanos. Es lo que se ha denominado la cuarta revolución industrial:

 “La automatización va a destruir millones y millones de empleos”. “Con la inteligencia artificial cada vez habrá menos trabajos que un robot no pueda hacer mejor, y esto representa un gran desafío social por el desempleo masivo que se va a crear”. Son afirmaciones de gente que sabe por qué lo dice.

La primera es de Harari, el historiador que ha analizado, con mucho acierto, las grandes tendencias de la humanidad; la segunda es de Elon Musk, no solo uno de los hombres más ricos del mundo, sino uno de los empresarios que más está impulsando el desarrollo de la inteligencia artificial.

Automatización y trabajos manuales

La utilización de máquinas para sustituir de manera más eficiente las labores realizadas por los trabajadores ha sido la característica central del desarrollo desde las épocas de la Revolución Industrial a finales del siglo XVIII. Pero siempre había sido un proceso de destrucción creativa, para usar el término de Schumpeter, es decir, a la vez que se destruían puestos de trabajo en algunos sectores, se creaban otros nuevos en otras industrias.

Cuando una empresa compra maquinaria para automatizar su producción, despide trabajadores, pero las empresas que fabrican las máquinas tienen que contratar más trabajadores, lo mismo que las que les prestan servicios de mantenimiento y reparación. 

Por supuesto este ciclo de reemplazo es mucho menor en países como Colombia que solo producen maquinaria “simple” y que tienen que importar todas las nuevas tecnologías de automatización. La destrucción de empleo acá se traduce en creación de empleo en los países desarrollados productores de la maquinaria.

Ya hay estudios económicos que confirman y cuantifican estas afirmaciones. En Colombia la semana pasada pasó desapercibido un comunicado de Fedesarrollo que reseña un estudio realizado por ese centro de investigaciones para el BID sobre los efectos de la automatización y el cambio tecnológico en el futuro del mercado laboral de Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú.

La conclusión del estudio no puede ser más alarmante: “Seis de cada diez empleos en Colombia están en riesgo de automatización”. (exactamente el 58 %) Por supuesto, el riesgo es diferente según el sector y la profesión, siendo mucho más grande en aquellos empleos que involucran tareas repetitivas en la agricultura, la industria manufacturera y servicios administrativos, contables y de atención remota a clientes.

El impacto total en Colombia es cercano al promedio de los países estudiados, como se ve en el gráfico, pero es mucho mayor en el personal administrativo y en los trabajadores de servicios, mientras que en los otros cuatro países andinos el impacto más grande es en los trabajadores agrícolas.

Inteligencia artificial y trabajos profesionales

Otro documento muy reciente es del FMI (Gen-AI: Artificial Intelligence and the Future of Work), y sus conclusiones son todavía más preocupantes. Su punto de partida es optimista, pues reconoce que la nueva revolución tecnológica va a aumentar la productividad, acelerar el crecimiento y aumentar la riqueza, pero según palabras de Kristalina Georgieva la directora del FMI,  al mismo tiempo “va a destruir empleos y aumentar la desigualdad”.

Al cuantificar encuentran que el 40 % del empleo mundial está amenazado por la IA, con un agravante pues mientras la automatización tradicional reemplazaba trabajos manuales con actividades rutinarias, la IA va a reemplazar empleos calificados y de profesionales. Por esa razón, en los países desarrollados hasta el 60 % de los trabajos van a ser impactados por la IA, mientras que en las economías emergentes solo el 40 %, y en los países más pobres el 26 %.

El proceso es este: un grupo de trabajadores y profesiones van a aumentar su productividad utilizando la IA y, en consecuencia, aumentarán sus salarios. Por el contrario en otros sectores la IA va a empezar a realizar funciones y trabajos que se creía eran exclusivos de hombres y mujeres, con lo cual la demanda por estos trabajadores va a disminuir, reduciendo el empleo y los salarios.

Ya no se trata solo de la automatización de cadenas de producción sino de robots que sin necesidad de una persona que los maneje cuidarán enfermos, enseñarán en las escuelas patrullarán las calles, atenderán las recepciones de edificios y oficinas, o llevarán la contabilidad de las empresas; se trata de buses y taxis sin conductor o, lo más escalofriante, de robots soldados equipados para matar a su propia discreción. 

Las consecuencias sociales de estas tendencias son muy graves, y no se reducen a un descomunal incremento de la desigualdad. Harari dice que mientras que con la revolución industrial surgió una clase social proletaria, con  la IA va a surgir una nueva clase social inútil para el sistema económico y social, por lo cual la lucha de los trabajadores no será contra la explotación sino contra la irrelevancia. Es mucho peor ser irrelevante que ser explotado.  

A finales del siglo pasado de la escritora francesa Viviane Forrester dijo en su libro  El horror económico que  “si hay algo peor que la explotación del hombre por el hombre es la ausencia de explotación”.

Musk afirma algo similar, lo cual no deja de ser sorprendente. Para él el problema económico del desempleo masivo se puede resolver con una renta básica universal que el Estado entregue a todos, aunque no dice de dónde va a salir la plata para pagarla, pero el reto más grande es cómo darles significado a la vida de personas que se sienten inútiles. Sin trabajo se pierde el sentido y el significado de la vida.

El problema no son los robots ni la IA. Es muy bueno que haya cada vez más personas liberadas de tareas rutinarias y repetitivas, y así tengan mas tiempo para sus familias, la diversión y la cultura. El problema es quiénes serán los propietarios de esas máquinas que se pueden apropiar de la enorme plusvalía que generan, mucho mayor que la de un trabajador común y corriente. Si los dueños van a ser unas pocas megacorporaciones multinacionales, con el monopolio de esa tecnología no habrá régimen de impuestos, ni siquiera las propuestas de Piketty, que pueda atajar el crecimiento de la desigualdad.

Mauricio Cabrera Galvis

Publicado en Revista CAMBIO -Colombia

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Convocados a petición de algunos integrantes de nuestro grupo, nuestros compañeros Alfredo Ferro S.J. y Francisco de Roux S.J., Superior y miembro respectivamente de la Comunidad Jesuíta del Santuario de San Pedro Claver y de las obras de los Jesuítas en la región Caribe y en Cartagena, aceptaron nuestra invitación para conocer más íntimamente la dirección y los nuevos desafíos que tienen en sus manos. Inspirados por el encuentro que tuvimos con el P. General hace poco, muchos miembros de nuestro grupo expresaron su interés en colaborar y ayudar a hacer contactos eficientes para apoyar estas iniciativas cruciales, no sólo para la región y ciudad sino sobretodo para nuestro país. Compartimos esta tertulia con nuestros lectores con nuestra invitación a unirse a estos esfuerzos de solución de tanto desafío existente.

Exjesuitas en tertulia- 4 de Abril, 2024
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Acaba de morir Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía en 2002. En su lectura sobre la “racionalidad limitada” muestra la importancia que tienen los juicios intuitivos en el proceso de elección.

Junto con Amos Tversky mostró la importancia que tiene la “heurística del juicio” en las decisiones individuales. Todas las personas nos movemos en Sistema I. Ello significa que la gran mayoría de nuestras decisiones las realizamos pensando rápido. La heurística nos lleva a tomar atajos.

Esta forma de actuar es constitutiva de la sicología humana. La reflexión pausada, el pensar despacio, es propia del Sistema II. Esta modalidad del pensamiento es menos usual que la del Sistema I. La sociedad ha creado espacios, como el monasterio y la universidad, que favorecen la reflexión en Sistema II. El desarrollo de la ciencia se mueve en Sistema II, y requiere un análisis sistemático y ordenado. Este quehacer pausado exige instituciones que favorezcan la reflexión.

Las versiones ingenuas de la economía, muy alimentadas por el libro de texto, suelen afirmar que el empresario o el consumidor actúan de manera racional, como homo economicus. Esta apreciación es falsa. Para los grandes economistas, el sentimiento y la pasión juegan un papel determinante en la decisión del individuo. La relación entre economía, biología y sicología, tiene una larga tradición. Autores como Smith, Bentham, Edgeworth, Marshall, Keynes, etc., ponen en primer lugar el sentimiento.

Kahneman recupera la preocupación de Marshall por la relación de la economía con la biología. De la misma manera que los seguidores de Mahoma se inclinan en dirección de la Mecca, dice Marshall, la economía debe mirar a la biología, y no tanto a las matemáticas que sirven para explicar procesos muy sencillos, pero no son útiles para entender las complejidades del comportamiento humano.

Animados por la necesidad de comprender la acción humana, a mediados de los años 40, Von Neumann y Morgenstern proponen la Teoría de Juegos como un método apropiado para sistematizar las relaciones entre las personas. También por esos años, el principal texto de Mises, ‘La Acción Humana’, pone en evidencia los límites intrínsecos de la razón. Y Hayek destaca el “orden sensorial”, mostrando la forma como los sentimientos inciden en la decisión racional. La ciencia, dice, se construye a partir de los prejuicios de los individuos. El estudio de los límites de la razón es la obra magistral de Simon, otro premio Nobel de Economía.

Kahneman explicita los aportes de Popper y Taleb. El conocimiento, en cualquier disciplina, no puede ser ingenuo. Las afirmaciones con pretensión de universalidad no son aceptables. El futuro es incierto, y las apreciaciones subjetivas – limitadas, sesgadas y parciales – son inevitables en toda elección. Puesto que hay limitaciones intrínsecas en el proceso de conocer, la sociedad tiene que consolidar instituciones que permitan superar la miopía de los sujetos, y creen las condiciones necesarias para pensar despacio. Kahneman muestra que las dinámicas económicas están marcadas por las concepciones subjetivas de los sujetos.

La teoría económica estándar le sigue temiendo a la biología y a la sicología, porque estas disciplinas obligan a explicitar el desequilibrio y la incertidumbre. Se niega a reconocer, con humildad, que frente al comportamiento futuro de los individuos, sencillamente, no sabemos!

Jorge Iván González

Publicado en La República, Bogotá

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Los que aún no se han visto la serie Rigo pueden estar tranquilos porque no los voy a espoliar (americanismo de spoil, “revelar detalles”) con esta columna. Nada de lo que acá comentaré sobre la vida de nuestro colorido y sagaz «Toro de Urrao» es nuevo o sorpresivo.

Quiero, eso sí, compartir algunas reflexiones que me ha suscitado la excelente puesta en escena del Canal RCN que por estos días es tema de conversación en empresas, colegios, universidades, bares, obras de construcción y mentideros políticos. Todo el mundo habla de Rigo.

Una buena historia tiene que tener un buen palabrero detrás. En este caso el azar juntó a un protagonista al que le encanta contar historias con un guionista excelso.

César Augusto Betancur, también conocido como «Pucheros», es el responsable de un verdadero festival de la palabra, de la picaresca, del humor paisa y del encuentro afortunado e inspirado de las narrativas del campo y la ciudad. «Pucheros» demuestra que se puede escribir con altura, inteligencia, estructura y claridad aun cuando se haga con el parlache juvenil o los «montañerismos» del suroeste antioqueño. Genial.

Ese guion soberbio es interpretado por algunos de los mejores actores y actrices que tiene este país. Robinson Díaz es el papá de Rigo. Chancero, querido, bebedor, soñador y motor de la carrera ciclística de su hijo. Sandra Reyes es Doña Aracely. Su mamá. Orgullosa, protectora y vulnerable. Su mirada desolada y su duelo nos duele a todos hasta destrozarnos. Ramiro Meneses es el tío Lucho. ¡Qué personaje! Una fuerza vital capaz de hacernos destornillar de la risa y, medio capítulo después, tirarnos al suelo llorando a abrazarlo en el lecho de un rio seco. Julián Arango es Evaristo Rendón, un baboso calculador, un delincuente y una porquería, pero es perfecto. Juan Pablo Urrego estudió tan bien a su personaje, que ataca en las subidas igual a Rigo en sus mejores momentos. Tremendo reto interpretar a un tipo del carisma y la chispa del urraeño, que, además, está vivito y opinando. Ana María Estupiñán es Michelle, simplemente Michelle. La paisa frentera, emprendedora y romántica que con la mirada tumba paradigmas. Las otras Durango (madre y hermana), la tía Berenice y Girlesa son maravillosas. Yesenia Valencia (Silvia), Elizabeth Chavarriaga (Sofia), Andrea Guzmán (Girlesa) y Ella Becerra (Berenice) son mujeres poderosas y recursivas que le ponen ritmo y pausa a una historia que fácilmente pudo haber sido de hombres y para hombres.

Como cada cierto tiempo, en las últimas semanas se avivó en nuestro país un debate que, aunque tiene posibilidades interesantes, suele quedarse en lugares comunes y bastante insulsos. Me refiero a la discusión sobre las narcoseries que se enmarca en una reflexión más amplia sobre cómo debemos narrar nuestra accidentada y compleja historia reciente. No entraré en los detalles del debate, pero estoy convencido de que Rigo es un buen ejemplo de cómo es posible contar los aspectos más oscuros y sórdidos de nuestra historia actual, sin caer en la

banalización, la caricatura (que es válida, pero tiene su espacio), la exageración o la exaltación del delito.

En el Urrao de principios de siglo XX que se describe en la serie, los guerrilleros son reclutados en el territorio y son compañeros y vecinos de los protagonistas. Los paras llegan a la región con el apoyo y auspicio de actores locales y se mueven entre silencios y complicidades de las autoridades. Ambos son violentos y despiadados y la mayoría de los ciudadanos quedan a merced de su poder en condición de víctimas. Se juega la vida, la extorsión se paga a dos manos y los políticos son marrulleros y calculadores.

En medio de ese berenjenal está Rigoberto Urán. La suya es la historia de la víctima que renuncia a la venganza y se aleja de la violencia. Esa, aunque no nos demos cuenta y hayamos hecho pocos esfuerzos por narrarla, es la historia de la inmensa mayoría de las nueve millones quinientos noventa y tres mil trescientas cincuenta y seis víctimas que habitan este país.

Claro, ninguno de ellas ganó medalla olímpica ni etapas en las tres grandes vueltas, pero esas historias vale la pena contarlas porque en la narrativa de los ejércitos, los capos, los secuestradores y los sicarios, olvidamos a quienes eligieron romper el ciclo de la violencia y esos, y no los guerreros, son los que han mantenido este país ligeramente a flote.

No hay que ignorar ni maquillar nuestra historia. En medio de la violencia descarnada, de los ejércitos que se reciclan y de una corrupción rampante, estamos llenos de historias de amor, de lealtad, de superación y de belleza. Historias dignas de ser contadas y, por lo visto con la serie “Rigo”, listas para ser consumidas. Toca, eso sí, narrarlas, como dice Doña Aracely, “con fundamento, mijo”.

Santiago Londoño Uribe

Publicado en Un Pasquín

Febrero 2024

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Religión viene de la palabra latina religare que significa volver a unir. En su origen significa encuentro. Así como la percepción exige el mundo exterior, así el sentimiento religioso exige una realidad divina objetiva. El acto religioso nunca es un monólogo, es esencialmente un diálogo.

La existencia humana no se encuentra solamente a sí misma arrojada entre las cosas, sino también religada por su raíz a su fundamento trascendente, Dios. Por estar religado, el hombre no está con Dios como está con las cosas, sino que está en Dios como quien viene de Él y va hacia Él.

Al hombre Dios le ofrece en Cristo y a través de la acción de la Iglesia una liberación total. El hombre se beneficia de esta liberación plena en la medida en que acepta ser liberado. Esta aceptación se da en el acto de fe y se ratifica con la recepción de los sacramentos. La fe es un sentido religioso que se le confiere a toda la existencia.

Para el cristiano que se compromete radicalmente con Cristo por el sí de la fe, este acto se convierte en una actitud permanente con un efecto de liberación total. La fe se convierte en un éxodo de liberación integral. La fe es un éxodo de liberación religiosa. El hombre es un ser capaz de Dios, pero necesita del don de la fe para entrar en contacto interpersonal con el Dios viviente. La fe es un don porque solo el que es llamado por Dios y recibe fuerzas para acercarse a él puede pronunciar el sí de la entrega total a Dios. Por la fe, el hombre es liberado del pecado que lo mantenía alejado de Dios. Esta respuesta de la fe se da, sobre todo, y a veces exclusivamente, en las actitudes concretas de la existencia.

La fe también es un éxodo de liberación personal. El hombre, prisionero de su soledad existencial, rompe el círculo efímero de su inmanencia a través de su relación interpersonal con el Trascendente. El compromiso de fe es la liberación del egoísmo del hombre y la conquista de la liberación espiritual. San Pablo ha mostrado brillantemente los efectos de la liberación espiritual del cristiano frente a los legalismos esclavizantes del hombre.

La espiritualidad necesita tomar en cuenta la dimensión integral liberadora de la fe. La mística cristiana de los últimos siglos ha puesto un énfasis tan fuerte en la fe como liberación religiosa que se impone una revisión de la espiritualidad en clave de liberación integral.

La espiritualidad para el hombre de hoy exige, sobre todo, volver a colocar la oración cristiana en su contexto de experiencia de la fe. Si la fe posee un dinamismo de liberación integral, la oración cristiana será un poner en acto la potencia liberadora de la fe. El cristianismo es ante todo una escuela de oración y solo quien ora cristianamente alcanzará la liberación integral. La mística cristiana ha descrito elocuentemente cómo el encuentro con Dios en la oración es un verdadero éxodo de liberación personal. Una relectura de los escritos de los místicos cristianos en categorías actuales revelaría facetas profundamente dinámicas de la experiencia de oración. La auténtica oración es una profunda terapia psicológica de liberación.

El hombre espiritual actual considera que no puede saltar fuera de su cuerpo y de su estructura sexual para lanzarse más libremente al encuentro con Dios. Para un hombre espiritual actual, Dios existe en la vida, es más actual que la actualidad misma y nos abre las puertas al futuro de la plena realización humana. Su abnegación y mortificación consiste en llevar las cruces de su condición humana y de su acción cristiana sobre el cosmos.

Es un ascetismo de realización gradual de las exigencias de la gracia en todos los sectores de la vida personal. Las noches de los sentidos y del espíritu, referidas por los místicos cristianos, son pasos para desapegarnos y dar su justo valor a lo corporal y lo mental. Para llegar a la primacía del espíritu sobre lo corporal y lo mental hay que pasar por la noche de los sentidos y de la mente. ¿Cómo se manifiesta esta crisis de purificación hoy en día?

Horacio Martinez Herrera

Abril, 2024

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En la tertulia del jueves 14 de marzo quisimos compartir nuestras experiencias de vida, una vez que la edad nos ha permitido “jubilarnos”. Estos son los testimonios de Juan Gregorio Vélez y de Marlio Gómez. 

Exjesuitas en tertulia- Marzo 14, 2024
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Como quien se anticipa al futuro por su sabiduría, von Humboldt se refería con admiración a la vegetación de los bosques secos y anotaba que “la mano del hombre no ha contribuido absolutamente en nada, todo es, hasta ahora, obra de la naturaleza”. Y sigue siendo hasta ahora cierto.

En sus notas de viaje por la Costa colombiana, y antes de subir al champán hacia Mompós, Alexander von Humboldt escribió que como el bosque en Turbaco está por todas partes tan cerca, en tiempos de lluvia se padece enormemente por los mosquitos y culebras. Sin embargo, von Humboldt tenía la mirada del sabio viajero que armonizaba la experiencia de los bosques plácidos de su tierra natal con las selvas ardientes de nuestra región. Por eso se maravillaba mirando las altas copas de los árboles y le parecía raro que en ningún lugar, excepto aquí, hubiera visto bosques tan espléndidos y ligeros que se tienden al cielo.

Ese contraste entre las selvas del río Magdalena, en cuyas riberas nací, y los bosques apacibles del Rin, en donde estudié, es lo que caracteriza a nuestros bosques secos tropicales en donde habitamos: los árboles, la vegetación, la fauna son exuberantes. Hacen sentir como propias las palabras de un pensador de Norteamérica, Henry David Thoreau que escribió: “Fui a los bosques porque quería vivir …a enfrentar solo los hechos esenciales de la vida”.

Como quien se anticipa al futuro por su sabiduría, von Humboldt se refería con admiración a la vegetación de los bosques secos y anotaba que “la mano del hombre no ha contribuido absolutamente en nada, todo es, hasta ahora, obra de la naturaleza”. Y sigue siendo hasta ahora cierto.

Para corroborar lo que el sabio alemán afirmaba, basta con mirar lo que acontece en la Isla de Salamanca, un ecosistema que alcanza a sobrevivir a pesar de las quemas periódicas que el humano le hace padecer, para mal de nuestros pulmones, en aras de obtener tierra para sembrar, se supone.

Eterna roturación de los montes en la que los romanos sobresalían por su técnica para instalar ejércitos y preparar la tierra conquistada para la agricultura. Nada ha cambiado. En la margen izquierda del río Magdalena, la Ciénaga de Mallorquín se deterioró tras la construcción de los tajamares que volvieron salobres y pobres las aguas para la pesca. Apenas anunciado el rescate de este olvidado ecosistema con el regreso de la vida silvestre, la fauna, la recuperación de manglares, la adecuación de senderos para recorrer su ribera, la opinión pública se ha enterado del ecocidio que se producirá con la construcción de una ciudadela de cemento y de pocas vías que traerán el caos, dando al traste con la iniciativa de “biodiversidad”. A pesar de denuncias de los ecologistas, de columnistas que aman la ciudad y de ciudadanos que soñaban quizás con Thoreau, “fui a los bosques porque quería vivir”, se hallará que todo fue una ilusión.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo, Barranquilla

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Vivimos en una constante actitud defensiva que incluye la desconfianza sistemática en los demás.

La educación de un pueblo no solo es asunto de presupuestos, promesas de cupos, leyes estatutarias, currículos y didácticas especiales. Es ante todo un proceso continuo y colectivo de ciudadanía, orientado al ejercicio de la razón y al desarrollo de las enormes capacidades de cada estudiante que reclama su derecho a crecer tanto como sea posible.

Ese proceso implica aprender a vivir como parte de una comunidad y ello no es posible sino a partir de la confianza, de la seguridad de que los otros son apoyo y no amenaza, de que los adultos son guías y no manipuladores, de que la ley es fuente de riqueza y no una cadena contra la libertad.

Suele hablarse mucho de métodos pedagógicos, pero más importante es recordar valores fundamentales que definen los más altos ideales de una sociedad y que deben estar presentes en la familia, los líderes políticos y económicos, o los medios de comunicación, pues de éstos se alimentan la cultura y la identidad de quienes llegan a la escuela.

Es innegable que el mundo de hoy resulta muy amenazante y eso se traduce en una creciente sensación de incertidumbre que envuelve a niños, jóvenes y adultos que se ven inmersos en una perpetua inseguridad frente a múltiples aspectos de la vida: delincuencia común, informalidad laboral, promesas incumplidas, relaciones afectivas inciertas, amenazas bélicas y ambientales… Estos riesgos conducen a vivir en una constante actitud defensiva que incluye la desconfianza sistemática en los demás: cada ser humano se convierte en un posible agresor.

Los datos recientes de la Secretaría de Educación de Bogotá sobre acoso, maltrato y violencia escolar son aterradores tanto por su cantidad, como por sus características y esto afecta tanto a los estudiantes y a sus familias, como a los propios maestros que también terminan convertidos en víctimas de la desconfianza pública. Ha sido necesario desarrollar rutas y protocolos de atención que permiten reaccionar frente a los hechos, recurriendo muchas veces, a instancias judiciales, pero lo que debería preocuparnos más seriamente es indagar qué está ocurriendo en la sociedad para que estos fenómenos hayan crecido tanto.

La intolerancia, los insultos, los ejercicios inadecuados de poder, la corrupción, la discriminación y las muchas formas de sembrar odio entre la gente circulan profusamente por las redes sociales, seguramente se reproducen en ambientes familiares, las escupen continuamente los políticos y aparecen en vallas de organizaciones ilegales que amenazan a las comunidades de campos y ciudades.

Mientras esto ocurre cada día, a cada hora, las instituciones se ponen en duda y el propio gobierno parece cambiar las reglas del juego a su acomodo, creando aún mayores incertidumbres sobre cosas que parecían estar claramente definidas en la ley.

En un ambiente social sin certezas sobre lo que es lícito o ilícito, donde el esfuerzo de quienes se han preparado durante décadas para cumplir funciones públicas es despreciado, en el que personajes de muy dudosos méritos son premiados con cargos públicos de altísima responsabilidad poniendo en riesgo el bienestar de toda la población, incluyendo la más pobre, no es fácil pensar que los colegios sean islas apacibles en las cuales el amor al conocimiento, la solidaridad y la esperanza de un mejor futuro florecerán de manera espontánea.

La responsabilidad de los maestros es enorme y soy testigo de primera mano de que la inmensa mayoría de ellos responde a su misión lo mejor que puede, pero más allá de su ejercicio crítico, del esfuerzo por garantizar la convivencia en las mejores condiciones posibles, es muy difícil pedirles que suplanten el rol que cumplen en la sociedad los gobernantes y líderes que desde sus balcones y medios electrónicos dan la pauta de lo que deben ser las relaciones sociales y políticas para el desarrollo de una nación que por este camino nunca será civilizada.

Francisco Cajiao

Abril, 2024

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Otium divos rogat, Horacio, Odas, II,16

PAUL LAFARGUE.- Camarada Stajánov, deja de sacar carbón como un desesperado.

ALEKSÉI GRIGÓRIEVICH STAJÁNOV.- Tengo que dar ejemplo. ¿No ves que me nombraron “Héroe del Trabajo Socialista”?

LAFARGUE.- No tienes que demostrarle nada a nadie. Ya sabemos que en agosto de 1935 extrajiste 102 toneladas de carbón en 5 horas y 45 minutos de trabajo.

STAJÁNOV.- Lo cual era catorce veces más la media de carbón que sacaban mis compañeros. Lo mejor fue que al mes siguiente rompí mi propio récord al extraer 227 toneladas. Y la palabra “estajanovista” pasó a designar un trabajador extremadamente productivo.

LAFARGUE.- Querrás decir un “trabajólico”.

STAJÁNOV.- ¡Insolente! Podrás ser yerno de Karl Marx pero tu libro Le droit à la paresse (El derecho a la pereza) me da pena.

LAFARGUE.- Pena debería darte la manera como te explotaron. ¡Te utilizaron para la propaganda soviética!

STAJÁNOV.- Pues lo hice gustoso.

LAFARGUE.- Sarna con gusto no pica y si pica, no mortifica.

STAJÁNOV.- Lo que no entiendo todavía es por qué con tu “derecho a la pereza” te dedicaste a desmitificar el valor del trabajo, indispensable para construir el socialismo.

LAFARGUE.- Y también el capitalismo. ¿No te das cuenta, Stajánov, que con la revolución industrial y el progreso técnico, la máquina ha entrado en competencia con el hombre en lugar de liberarlo del trabajo? Tú mismo eres claro ejemplo de eso.

STAJÁNOV.- (En tono burlón). Si tú lo dices.

LAFARGUE.- A medida que las máquinas se perfeccionan y realizan el trabajo del hombre con una rapidez y precisión cada vez mayores, el trabajador, en lugar de prolongar su descanso en la misma medida, redobla sus esfuerzos, como si quisiera competir con las máquinas.

STAJÁNOV.- No se trata de competir con las máquinas sino de ser productivos, es decir, ser útiles a la sociedad. Pero esto no lo puede entender quien aboga por el derecho a la pereza, no por el derecho al trabajo.

LAFARGUE.- Si la clase obrera se levantara, no para exigir el derecho al trabajo, sino para prohibir a todo hombre trabajar más de tres horas diarias, la Tierra, estremeciéndose de alegría, sentiría brotar en su interior un nuevo universo.

STAJÁNOV.- Eres un ingenuo soñador. ¡La pereza es la madre de todos los vicios!

LAFARGUE.- ¡Y, como es madre, hay que respetarla! Me admira la extraña locura del amor de los proletarios al trabajo siendo que este es la causa de toda degeneración intelectual, de toda deformación orgánica.

STAJÁNOV.- Pero si el amor al trabajo es algo universal.

LAFARGUE.- ¡Pamplinas! Las sociedades primitivas que los misioneros del comercio y los mercaderes de la religión aún no han corrompido con el cristianismo y el dogma del trabajo escapan a esto, al igual que las civilizaciones antiguas en las que los filósofos consideraban el trabajo como una “degradación del hombre libre”.

ARISTÓTELES.- (Con una suave sonrisa). No me disgusta lo que dices, Lafargue, aunque lo matizaría.

LAFARGUE. – ¿De qué manera?

ARISTÓTELES.- Prefiero hablar de ocio, no de pereza.

LAFARGUE.- ¿Acaso no son la misma cosa?

ARISTÓTELES.- En manera alguna. Los romanos tradujeron con la palabra otium (ocio) lo que los griegos llamábamos skholé, que no tiene nada que ver con la pereza.

LAFARGUE.- Explícate mejor.

ARISTÓTELES.- Para nosotros la jornada se dividía en tres partes: un tiempo dedicado al trabajo (askholía), un tiempo para el descanso (anápausis) y, por último, el momento del día dedicado al ocio (skholé).

LINGUACUTA.- ¿Cómo se relacionan esas tres realidades?

ARISTOTELES.- El descanso (anápausis) se ordena al trabajo (askholía), y el trabajo se ordena al ocio (skholé). Mientras que descanso (anápausis) y trabajo (askholía) se mueven en la esfera de lo necesario para la vida, el cultivo del ocio (skholé) se mueve en la esfera de lo libre. No se vive para trabajar; se trabaja para vivir. El trabajo es necesario para sobrevivir; la skholé (el otium), es necesaria para ‘vivir bien’.

LINGUACUTA.- Todo lo que dices suena muy bonito pero, hoy por hoy, si dices de alguien que es un ocioso significa que es un holgazán, un perezoso. Si quieres que entiendan tu skholé, tendrás que decir “ocio creativo”.

ARISTÓTELES.- Te haré caso. Y preciso que la skholé es ese tiempo liberado de urgencias y cálculos, dedicado a la imaginación, la reflexión, la búsqueda de la sabiduría, el gusto de pensar la complejidad de la realidad, de cultivar la amistad y la empatía, en resumen, un tiempo no dedicado a una estrategia interesada y remunerada, a un negocio, que etimológicamente es la negación del ocio, nec otium.

LINGUACUTA.- Eso de “skholé” me suena a “escuela”.

ARISTÓTELES.- Tienes buen oído, muchacha. El vocablo latino schola (de donde viene “escuela”) designa el lugar por excelencia para impartir los conocimientos y habilidades necesarios para la skholé, para el ocio fructífero.

LINGUACUTA.- Te cuento que actualmente en la Tierra es un derecho generalizado asistir a la escuela.

ARISTÓTELES.- Me alegra saberlo, pues nuestra skholé era privilegio de pocos.

SOFROSINA.- Pero muchos experimentan hoy ese derecho de asistir a la escuela más como una imposición molesta que como una oportunidad para enriquecerse como personas.

ARISTÓTELES.- Triste es oírlo.

SOFROSINA.- Se supone que por encima de los conocimientos puramente instrumentales que preparan directamente para la vida profesional, en la escuela debe tener prioridad lo que alimenta el espíritu crítico, la imaginación, el gusto estético, la responsabilidad, en suma, todo aquello que contribuye al crecimiento personal de los “escolares”. Ciertamente la escuela intenta satisfacer ambas ambiciones, pero la orientación utilitarista tiende a crecer y, a menudo, a dominar bajo la presión por garantizar una salida profesional a cada alumno.

ARISTÓTELES.- Entiendo la inquietud “utilitarista”, sobre todo en el caso de personas para quienes la supervivencia es complicada. Pero espero que no se pierda de vista que el tiempo “escolar” debería ser “tranquilo”, “sosegado” -posibles traducciones del adjetivo skholaios- porque es el tiempo de tomarse su tiempo, sin estar sometido al imperativo de la utilidad inmediata.

LINGUACUTA.- Ojalá el devolver a la escuela su sentido de skholé ayude a resistir a la idea de que aquella solo sirve para adaptarnos a la askholía, es decir, al trabajo.

SOFROSINA- Es altamente positivo que las legislaciones sociales, a partir del siglo XX, hayan democratizado en muchísimos países la posibilidad del ocio creativo con la reducción de la jornada laboral y la institución de las vacaciones pagadas.

LINGUACUTA.- Sin embargo, el desarrollo relativamente ininterrumpido de la posibilidad del otium no ha escapado de las garras de un negocio -nec otium- que transforma hábilmente el tiempo libre en objeto de especulación económica.

SOFROSINA- Incluso se ha desarrollado una verdadera “economía de la atención”, respaldada por los conocimientos neurológicos y sicológicos más avanzados, para crear desde cero y explotar frenéticamente un mercado prodigiosamente rentable. Basta ver cuánta gente se ha vuelto ciberadicta. ¡Parecen zombis frente a una pantalla interactiva!

LINGUACUTA.- Bien lo sabes: todo progreso tiene sus efectos perversos e inesperados. Concebido como fuente de crecimiento personal y emancipación, el tiempo libre también se ha vuelto instrumento de alienación en beneficio del gran negocio de la diversión.

PAUL LAFARGUE.- Dejémonos de lamentos: mejor que sobre otium y no que falte. De todas maneras cada quien se seguirá alienando como puede. ¿No es así, camarada Stajánov? Espero que hayas entendido que el otium no es necesariamente un tiempo “útil” pero sí fructífero, propicio a la reflexión libre, a la curiosidad asidua y al vagabundeo concienzudo.

ARISTÓTELES.- Y yo espero, Lafargue, que ya sepas distinguir entre otium y pereza. Pues ese tiempo libre para conocernos mejor, para desplegar nuestras facultades, nuestra creatividad y nuestra lucidez exige esfuerzo, a veces agradable, y a veces no tanto. La epimeleia heautou o “cuidado de uno mismo” no tiene nada de pereza.

SÉNECA.- Esos momentos dedicados a la cura sui -como llamamos los romanos al “cuidado de sí mismo- son el tiempo afortunado para construir nuestro discernimiento, para hacernos más profundos, más coherentes, más fiables, más imaginativos, más empáticos.

ARISTÓTELES.- Haces bien en señalar lo último. El “cuidado de sí mismo” contribuye al bien común pues es imposible estar fuera de la comunidad a la que se pertenece. Nadie es una isla.

STAJÁNOV.- (Derramando una furtiva lágrima). No debí obsesionarme con la extracción de carbón.

GRACIÁN.- Lo siento, camarada. Darse cuenta tarde no sirve de remedio, sino de pesar.

Rodolfo Ramón de Roux

Abril, 2024

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En la tertulia del jueves 14 de marzo quisimos compartir nuestras experiencias de vida, una vez que la edad nos ha permitido “jubilarnos”. Este es el testimonio – video y texto – de Vicente Alcalá.

Exjesuitas en tertulia- 14 de Marzo, 29024

Cuando se nos planteó esta pregunta para la tertulia del jueves 14 de marzo pasado, mi reacción fue la de no participar porque siento que no estoy haciendo nada, aunque sí quería escuchar a mis amigos de la tertulia. Fue una reacción con cierta vergüenza o insatisfacción por no estar haciendo nada.

Pero esta mañana estaba al frente de mi casa contemplando el paisaje, y al mirar al suelo en el corredor vi unas hebras de sombra y enseguida observé que las sombras las producían unas hebras de pasto que sobresalen un poco en el extremo del prado.

Inmediatamente, debajo de las hojas del arrayán de enfrente, noté el resplandor del sol y obviamente, las sombras eran producidas por el pasto, pero más obviamente era el sol el que producía las sombras a través del pasto.

Esta observación me hizo cambiar la pregunta de esta tertulia: ya no fue ¿Qué estamos haciendo?, sino ¿Por qué estamos haciendo lo que hacemos?

Lo que hacemos es una sombra de nosotros mismos, pero es Dios quien “produce” las acciones a través de nosotros.

Esto podría parecer una evasión de la pregunta inicial o más bien una racionalización del hecho de no estar haciendo nada.

De las pocas cosas que he hecho en estos tres últimos años, ha sido escribir los breves artículos para el blog, que ya son numerosos, unos 98.

Conversando con mi hija por el chat, comentamos que los dos nos habíamos preguntado lo mismo: por qué estoy escribiendo todos estos artículos… Lo curioso es que casi todos han surgido de pequeños incidentes u observaciones o de las preguntas en las tertulias o de la lectura de un libro etc.

De manera que, ¿qué estoy haciendo?

Observar, meditar, tratar de conocer de lo mucho que no conozco, tratar de comprender la realidad social y política que nos rodea; relacionarme con mi familia y con las personas que me encuentro, orar… tratar de compartir mi experiencia, mis valores, mis comprensiones, mis convicciones… y no evadir lo demás que pueda hacer por mí y por los demás y por esta realidad en la que estamos inmersos en nuestra historia.

Decir que lo que hacemos es una sombra de nosotros… y que es Dios quien hace a través de nosotros, puede parecer una evasión de la responsabilidad: si hacemos algo es Dios quien lo hace, pero cuando no hacemos ¿es que Dios no hace?

Sí, Dios siempre está obrando, dando el ser, manteniéndolo, y actuando en todo ser.

Nosotros somos seres como cualquiera entre otros, pero con un privilegio ambivalente: somos seres que podemos amar, comprender, actuar… o podemos dejar de amar, de comprender, de actuar: tenemos la libertad humana que “filtra” la acción de Dios.

Vicente Alcala Colacios

Marzo, 2024

En el primer caso, secundamos la voluntad y la acción de Dios… en el segundo caso, nos resistimos a la voluntad y la acción de Dios. Es como si el pasto se “acostara” y por más que el sol brille, ¡no habría hebras de sombra en el suelo!

Mejor, seamos como “los árboles que mueren de pie” y mientras nos quede vida temporal, ¡amemos, comprendamos y hagamos el bien!

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En esta novela póstuma palpé con más placer aún la musicalidad que impregna el lenguaje del relato, el estilo y poesía únicos de García Márquez, hasta en sus últimos años, antes de perder la memoria.

Leí sin parar la novela póstuma de García Márquez que salió al público el pasado miércoles 6 de marzo. Repasando la lectura me di cuenta de que había subrayado y hecho anotaciones en todas las páginas en las que menciona a un compositor, una pieza de jazz, una salsa, un bolero.

Cuando llegó a la isla, que Ana Magdalena Bach, la protagonista, visita el 16 de agosto de cada año para poner un ramo de gladiolos en la tumba de su madre, escuchó en el piano del bar del hotel el Claro de luna de Debussy, en arreglo atrevido para bolero, y terminó la noche con el hombre que conoció horas antes de irse a acostar con él en su habitación.

Ana Magdalena, está casada con un músico que es director del Conservatorio Provincial, madre de Micaela, novia de un virtuoso del jazz y tiene un hijo primer chelo de la Orquesta Sinfónica Nacional, habiendo ella misma intentado sin suerte ser trompetista. Con el nombre de Ana Magdalena Bach en la boca, -saboreado en la mente desde mis años de colegio cuando lo encontré en una biografía del músico alemán- cómo no evocar la familia del compositor Johann Sebastian Bach cuya segunda esposa Anna Magdalena era una joven soprano que le dio cinco hijos, sobrevivientes, que se añadieron a los cuatro que había tenido con la primera esposa de la que enviudó. El paralelismo entre las dos familias de músicos, la alemana y la caribeña, es inevitable.

Rebosante de música, En agosto nos vemos se mencionan, sin forzar la escritura, nombres de compositores de música clásica como Grieg, Mozart, Schubert, Dvorâk. En algún lugar de sus entrevistas, García Márquez dijo una vez que aprendió a escribir con un fondo musical acorde con lo que escribía.

La novela revela esas devociones otras veces confesadas por él. Al marido de Ana Magdalena le hace decir que la obra más inspirada de Brahms es su “concierto para violín”, lo que seguramente es otra referencia al “sexteto para tardes felices”, -qué título más hermoso y seductor- del mismo compositor. No es solo la música clásica. Ana Magdalena baila con sus amantes, diferentes y fugaces que encuentra en la isla, adonde lleva el ramo de gladiolos a la tumba de su madre, boleros de Agustín Lara y salsas de Celia Cruz, sin que falten valses bailados al modo antiguo, ni piezas de jazz.

Pero no son menciones de nombres de compositores ni de boleros lo que pretendo destacar. En esta novela póstuma palpé, con más placer aún, la musicalidad que impregna el lenguaje del relato, el estilo y poesía únicos de García Márquez, hasta en sus últimos años antes de perder la memoria.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo de Barranquilla

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La religiosidad popular latinoamericana es propia de un ambiente rural y, por lo tanto, tiene un carácter predominantemente cosmológico que influye en toda su concepción de Dios, de los santos, de Cristo, de la Providencia, del sacerdote, de la Iglesia, de la Moral y de las prácticas religiosas.

La religiosidad latinoamericana tiene unas marcadas motivaciones cosmológicas que surgen de la situación precaria del hombre ante el cosmos. La naturaleza se ve como una realidad manifestativa de un poder sagrado o fuerza superior que clásicamente se denomina: El Numinoso. Caracteriza a esta motivación la actitud del hombre de servirse del Numinoso para solucionar sus problemas a través de la manifestación de aquel en las fuerzas naturales: tormentas, rayos, etc.

Dios es afirmado como una fuerza cosmológica a la cual se acude para satisfacer sus necesidades y limitaciones. A esto se añade el hecho de que en América Latina existe una simbiosis -a veces sincretística- entre valores cristianos y elementos tomados en préstamo a la religión natural, lo cual tergiversa aún más la imagen de Dios.

Entre los indios latinoamericanos “Dios” no es que siempre sea el Ser Supremo; muchas veces son politeístas porque junto al Dios Supremo hay dioses inferiores. Este Dios vive aislado, lejos de los hombres. Normalmente entonces hay que entenderse con “dioses” inferiores (santos). La Virgen se confunde a veces con la Madre Tierra, tanto en el mundo andino como mexicano, a veces es eterna, y se le ofrecen sacrificios.

La motivación cosmológica de satisfacer las necesidades vitales produce en Latinoamérica una exaltación de la Virgen y de los Santos como protectores. Las imágenes protectoras de los santos se encuentran por todas partes en Latinoamérica: en los hogares, en los buses, en los taxis, en los caminos y particularmente en las curvas peligrosas.

La creencia en un Dios cósmico conduce a un fatalismo providencialista. La religiosidad popular latinoamericana tiene el sentimiento de la presencia natural de Dios en el mundo y de su acción directa en el mundo. Esto conlleva un oscurecimiento de la acción de las causas segundas y una negación práctica de la libertad humana, del pecado y de la santificación de la vida.

Este fatalismo providencialista se encarna en una actitud resignada y pasiva ante el mundo. Hay una sumisión ante las fuerzas de la naturaleza divinizada. Se acepta todo como querido por Dios “si Dios lo quiere, no comemos”. El sentimiento de absoluta dependencia de la divina providencia se ha trocado generalmente en una actitud de extremada resignación. Hasta hace poco ha sido corriente la concepción de Dios como una fuerza cósmica, al cual se acude para satisfacer las necesidades vitales y superar las limitaciones de la vida natural.

Pero actualmente, la humanidad ha llegado a su mayoría de edad y no quiere renunciar a su responsabilidad de construir el mundo. Por eso rechaza a un Dios tapa-agujeros, aquel que viene a compensar nuestras incapacidades y nuestra pereza, el “Deus-ex machina”.

Dios se va haciendo innecesario desde el momento en que el hombre está transformando al mundo en gran escala. El hombre de hoy no se pregunta si este mundo se explica a sí mismo, puesto que el mundo no necesita explicarse a sí mismo y es el hombre quien lo explica.

En el proceso de desmitificación han entrado varias influencias. El racionalismo que considera a Dios como el artífice que da al reloj del mundo el impulso inicial, dejándolo luego que se rija por sus propias leyes. El desarrollo autónomo de la ciencia moderna que no considera a Dios como una “hipótesis” útil. El método experimental de la ciencia exige explicar y justificar, en cuanto sea posible, los fenómenos del mundo por causas intramundanas. La ciencia moderna destruye la mentalidad contemplativa y la sustituye por una actitud de explicación creadora.

Horacio Martínez Herrera

Abril, 2024

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