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ROMA: IMPRESIONES y REFLEXIONES

Por Bernardo Nieto
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En este nuevo viaje a Europa mi esposa y yo visitamos algunos lugares emblemáticos de Roma, particularmente aquellos con especial significado que anteriormente no habíamos “degustado internamente”. Todavía veo esas imágenes romanas y, antes de que se desvanezcan, quiero escribir y desocuparme de sentimientos encontrados.

Viajamos a Roma con mi esposa Myriam por varios motivos. 

Queríamos visitar los lugares en donde Ignacio de Loyola consolidó su obra. Los “amigos en el Señor” del París de 1534, el 22 de abril de 1541 se transformaron en Roma en la Compañía profesa, después de esos años buscando la voluntad de Dios. 

En la Basílica de San Pablo Extramuros hicieron sus votos perpetuos ese día, dedicado a “María, Madre de la Compañía de Jesús”, y formalizaron su obediencia a Ignacio, como primer superior general. Además, con un voto de especial obediencia al Papa, se comprometieron a servirle donde fuera para atender las necesidades de la Iglesia. Con la disponibilidad y libertad que les dio ese cuarto voto, hacia la muerte de Ignacio en 1556, ya habían llegado a las puertas de la China gracias a la pasión arrolladora de Francisco Javier. 

Fundaron en Europa colegios y universidades y los Ejercicios Espirituales se convirtieron en herramienta que transformaría a millones de seres humanos. Literalmente, “se le midieron a todo”. Se afirma que la reforma protestante sólo llegó territorialmente, hasta donde encontró la verdadera muralla levantada por la influencia teológica, filosófica e intelectual de los jesuitas.

El Padre Fernando Mendoza, “Ferdi” para sus amigos y compañeros, fue mi compañero de estudios y es un gran amigo. Hoy es el subsecretario general de la Compañía de Jesús y reside en la sede mundial del gobierno jesuita. Además de conseguirnos un excelente hospedaje en el mismo lugar de su residencia, Ferdi fue nuestro guía en la visita a algunos de los más significativos lugares para los jesuitas: La iglesia de San Ignacio con el impresionante juego de perspectivas de Andrea del Pozzo, el jesuita y pintor, maestro del barroco y de la bóveda de la nave principal, “La Gloria de San Ignacio”. 

La iglesia del Gesú, donde está sepultado San Ignacio y donde se conserva el antebrazo y la mano derecha de San Francisco Javier, como testimonio de su trabajo, bautizando a miles de personas. También la Basílica de Santa María La Mayor, donde San Ignacio celebró su primera misa en la capilla del pesebre, en la Nochebuena de 1538. Entendimos lo que significa para la Compañía de Jesús la hermosa Basílica de San Pablo Extramuros, donde los fundadores emitieron sus últimos votos, el voto de obediencia al Papa y se consagró al primer general de la orden, Ignacio de Loyola; la Universidad gregoriana, las catacumbas de San Calixto y, en la noche romana nos acompañó la bella plaza de San Pedro vacía de gente, pero llena de significado. 

En el interior del edificio de la Curia General Ferdi nos abrió las puertas de la bella, moderna y funcional sala de la Congregación General, la capilla de San Francisco de Borja, la capilla doméstica y tuvimos el privilegio de asistir al Angelus del Papa desde la terraza del edificio de la Curia general, un palco privilegiado. Ferdi fue un guía excepcional y un amigo incondicional, además de permitirnos entender su entrega como jesuita y sacerdote a la labor que le han encomendado.

En la Eucaristía de los jesuitas de habla hispana que residen en la Curia general y a la que fuimos invitados, me prestaron una guitarra. Sentados en círculo alrededor del altar, sin sitios preferentes, todos cantaron con el corazón y de modo ejemplar. Sentí que estos jesuitas viven su fe y trabajan acompañando el servicio del Padre general a toda la compañía y a la iglesia universal, con la convicción de los primeros compañeros. Una gran alegría nos dio esta misa tan sencilla y llena de fe, en contraste con los cantos en latín incomprensibles para los fieles en las basílicas romanas. Compartir la mesa con el Padre General fue un privilegio excepcional. ¡Gracias, nuevamente, Ferdi!

Myriam y yo también queríamos dar gracias a Dios por todo lo que hemos recibido durante los más de 50 años que hemos compartido, desde cuando en 1975 celebramos nuestro compromiso matrimonial. Pudimos participar en Roma del jubileo del Papa Francisco, su promotor, y asistimos a la Eucaristía en la capilla del Espíritu Santo de la Basílica de San Pedro. Hicimos oración en San Juan de Letrán, en Santa María La Mayor y en la Basílica de San Pablo Extramuros, como lo recomiendan para recibir la gracias del jubileo.

Nos interesaba también acercarnos al testimonio de los primeros cristianos, que compartían la fe, los bienes y aún los sitios de su martirio, convencidos de que nuestra vida supera los límites espacio temporales. El coliseo, los foros romanos y las catacumbas aún hoy testimonian el sacrificio de muchos mártires cristianos. Con esta descripción somera de nuestra visita, se puede deducir que los cinco días de estadía en Roma estuvieron repletos de actividades y sin un minuto de sobra.

Ahora, un poco más de dos semanas después, en el silencio de esta casa donde nuestro hijo mayor y su esposa nos hospedan al sur de Berlín, en Dahlewitz, hago algunas reflexiones y me reafirmo en varias convicciones. Soy consciente de que escribir estas ideas en poco o en nada cambiará la situación de los ritos o la predicación actual de la iglesia católica romana. Pero sigo convencido de que en la curia romana sobran muchas cosas. 

Judas Iscariote, ladrón y traidor, criticaba a la mujer que ungía los pies de Jesús con un costoso perfume de nardo puro y lo secaba con sus cabellos. Aunque decía que el dinero se podría entregar a los pobres, a Judas sólo le interesaba la plata. Ni de lejos quiero que mis reflexiones se parezcan a las de Judas quien criticaba hipócritamente a quien usó un perfume caro en un gesto misericordioso. 

Pienso que la iglesia católica no necesita palacios ni grandes templos para alabar a Dios y anunciar el mandato del amor del Señor. Las basílicas, verdaderas obras de arte y que se llenan de turistas ávidos de tomar fotos y “selfies”, son para ella apéndices innecesarios. Los mercachifles de la fe hacen allí su feria y se lucran con el dinero de los turistas que ignoran que la esencia del cristianismo es la persona de Jesucristo, nacido en un pesebre y muerto en la cruz, encarnado en los más pobres, en los marginados y excluidos; un Jesucristo que nunca tuvo donde reclinar la cabeza. Esos bellos edificios son un costosísimo encarte para la curia romana, y son solamente testigos del esplendor de los Estados pontificios y del poder temporal del Papa. 

Los millones de dólares que se requieren cada año para su mantenimiento los pueden aportar, por ejemplo, la Unesco o el gobierno italiano, si la iglesia católica decidiera cedérselos y, en todos los rincones del mundo, seguir cumpliendo su mandato de predicar el evangelio. Un gesto así podría acercar a muchos jerarcas a una iglesia pobre, más libre y evangélica.

La reconstruida iglesia de Bojayá, en el Chocó, y las iglesias campesinas de las veredas de nuestros pueblos que sirven de escuelas y refugios en zonas de conflicto y acogen las víctimas de desastres naturales, también celebran los sacramentos y la reunión de los fieles. No es cuestión de haber nacido pobres o ricos o de pertenecer a países del primero o del tercer mundo, ni de predicar la fe uniéndola a la lucha de clases. 

El trabajo cristiano por lograr la equidad y la dignidad humana es una obligación de dar y compartir con los menos favorecidos lo que se nos ha entregado, no solamente los bienes materiales. Se trata de la manera como se asume la tarea evangelizadora y del testimonio de un Jesucristo cercano a los marginados. Esa iglesia no cabe ni está presente en los templos romanos. Los misioneros de Mongolia que describe Cercas en su libro “El loco de Dios en el fin del mundo”, son el tipo de misioneros y de cristianos que requiere hoy la iglesia católica. La iglesia en misión, la de las fronteras, debe llegar a convivir con los verdaderamente marginados. 

Finalmente, una reflexión sobre la mujer, presente en el sacrificio supremo del Calvario para la redención de la humanidad, a la luz del papel que desempeña en Roma y en todas partes del mundo.

Como lo narra el evangelista San Juan en el evangelio cap. 19, 25-27, en el sacrificio del Calvario, tres mujeres estaban junto a la cruz en el momento de la muerte de Cristo: María, la madre de Jesús; María, la mujer de Cleofás y María Magdalena¿Si las mujeres desempeñan ese papel tan importante en el momento culmen de la redención y, además, en el momento de la resurrección, por qué ellas no pueden presidir hoy la Eucaristía y administrar los sacramentos? Bajo el sol romano y a 32 grados, vimos en Roma muchos grupos de peregrinos del jubileo liderados o acompañados por mujeres, no pocas usando hábitos de religiosas. 

En Roma y en nuestras tierras colombianas, las mujeres siguen acompañando y nutriendo la fe de muchos. Hoy, cuando los seminarios se quedan vacíos, ¿no ha llegado el momento de aceptar que, en su mandato de evangelizar a todo el mundo, Jesús no discriminó entre hombres y mujeres y, como lo describen los evangelios, por el papel que desempeñan en la iglesia, ya es tiempo de que las mujeres preparadas y fieles, acompañen y presidan todos los sacramentos en nuestra iglesia? 

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En fin, Roma es un sitio histórico fundamental para los católicos. Pero se dice también que la ciudad está llena de la fe que muchos han dejado allí, al ver el contraste impresionante entre el Jesús del Evangelio y la forma como, quienes viven en los edificios, palacios y lujosos apartamentos cardenalicios contradicen a quien nació, vivió y murió sin tener dónde reclinar su cabeza. 

Prefiero vivir y morir con la sencillez y el compromiso que vi en quienes guían a los herederos de Ignacio de Loyola desde Roma, y no con la pompa y el boato de los trapos rojos que llenan palacios, dicasterios y ceremonias romanas. 

Bernardo Nieto Sotomayor

Octubre, 2025

3 Comentarios
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3 Comentarios

Vicente Alcalá 19 octubre, 2025 - 7:00 am

Bernardo, muchas gracias por tu relato y tus reflexiones. También en Roma y en el Vaticano conviven lo pasajero y lo permanente.

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EDUARDO JIMENEZ 19 octubre, 2025 - 11:05 am

Muy de acuerdo con Bernardo con que convendría reducir a un mínimo “la pompa y el boato de los trapos rojos que llenan palacios, dicasterios y ceremonias romanas”, y que poco tienen que ver con el Jesús de los evangelios.
Sin embargo, aunque pareciera una propuesta válida, no creo que la Unesco o el gobierno italiano puedan ni deban sufragar los “millones de dólares” que cuesta mantener al Vaticano. Saludos

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John Arbeláez Ochoa 19 octubre, 2025 - 11:50 am

Muy sentida tu reflexión sobre los pasos de San Ignacio y sus compañeros y una mirada “avanzada” al lugar que ocupa la Iglesia Católica desee la herencia de los tiempos de Constantino: “Príncipes de la Iglesia”… Poco a poco los imperios terminan…

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