He tenido que dejar “enmochiladas” muchas anécdotas y recuerdos. Los que aquí comparto, con mi experiencia de la navidad, están llenos de música, de amor, de alegría y de una enorme paz en el corazón.
Creo que tenía 4 o 5 años cuando nos levantaron a medianoche, nos lavamos la cara con agua helada y bien peinados, nos llevaron a la misa de gallo en la iglesia de Las Nieves, en la carrera 7ª. con calle 20. Ese año íbamos a pasar la navidad en la casa republicana de la calle 22 con carrera cuarta donde vivían mi tía Emma, y mis primos mayores, Emmita y Enrique. Bertha, mi hermana mayor, ya era novia de Enrique. Más tarde se casarían para vivir en matrimonio por más de 65 años. Ellos, con el amor de papá y mamá, fueron eje de nuestras navidades.
Todos bien vestidos, con la mejor pinta, entramos a la iglesia. Estaba llena de luz. El órgano sonaba durísimo con algún villancico de Navidad. Esa música me resonó en el cerebro, en las entrañas y profundamente, cuando alguien cantó una canción de nochebuena. En mi cabeza, en mi garganta de sopranito y en mi corazón de niño, quise poder cantar como esa voz tan linda, en alguna iglesia y en la noche de navidad.
Al regresar, los niños encendimos felices las luces de bengala en una vela de cebo que estaba pegada al piso. Uno de los invitados, nos perseguía con una luz de bengala. Salimos corriendo y, yo, por mirar hacia atrás, me estrellé de frente contra una columna del patio interior de la casa. Mis berridos causaron conmoción en los grandes que estaban en la sala. Acudieron a ver qué me había pasado y se alarmaron por el “huevo” o “chichón” que me estaba creciendo incontrolablemente en la frente. Recuerdo a mi primo Enrique untándome manteca sobre la bola protuberante y haciéndome intensos masajes con la parte plana de un cuchillo de cocina. Mis berridos provocaban lástima y alarma y mis padres y mis hermanos hacían corrillo deseando que no se me saliera el alma por entre el chichón. Literalmente, esa noche de navidad, vi las estrellas, aunque no anunciaban el nacimiento del niño Jesús.
Siempre nos permitieron participar en la “armada” del pesebre. Sobre las cajas de cartón que conseguíamos en la tienda de Don Baudilio, nuestro vecino, Enrique, Bertha y mis hermanos mayores ponían papel “craf” (así se decía) pintado de verde. Encima acomodaban la lama y el musgo, naturales y frescos, que habían recolectado en las faldas de los montes cercanos o en la plaza de mercado. En ese momento no había ni conciencia ni órdenes oficiales para la conservación ambiental. De lo que se trataba era de tener realísticamente el pesebre con lama verde y musgo blanco, igual al de las barbas de los árboles que más tarde conocería en “Patasía”, la finca de Pacho en donde pasaríamos de adolescentes formidables vacaciones.
Lo mejor de la armada del pesebre era la construcción de la bóveda del cielo estrellado que coronaba la cueva de Belén. Con tijeras afiladas y con la destreza adquirida en el colegio de la Presentación, Bertha recortaba en el papel arrugado y pintado con anilina azul, estrellitas puntiagudas. A nosotros nos dejaban recortar pedacitos de papel de seda que los grandes pegaban con engrudo, hecho en casa, por el revés del papel, cubriendo las siluetas de las estrellas. Cuando había ya suficientes estrellas, el cielo azul se pegaba en las paredes de la esquina de la sala donde iba a estar el pesebre. Por debajo se le metía un bombillo grande y el firmamento adquiría un color de delicioso misterio y gloria celestial.
Junto a los chamicitos enclenques y torcidos que simulaban árboles, colocábamos casitas de cartón. No había luces LED ni nada parecido. Por eso la iluminación era tarea de los mayores. Una extensión culebreaba escondida entre el musgo y, de tramo en tramo, la cabeza prendida de un bombillo iluminaba desde dentro el esqueleto de cartón de una casa campesina o del palacete francés que adornaban la llanura. Con arena de verdad se simulaban los caminos y sobre un pedazo de espejo nadaban paticos de plástico. Llenábamos con agua un par de pájaros de pasta que tenían ranuras para soplar y que llenos de agua simulaban maravillosamente trinos de pájaros durante los cantos de los villancicos y de los gozos. Pastores, ovejas, reyes, la mula y el buey, acompañaban a la Virgen y a San José que esperaban al niño Jesús. Toda una experiencia de construcción colaborativa, llena de alegría, ingenuidad e imaginación infantil.
Después de rezar la novena, jamás nos faltó la pólvora. En la calle, al frente de la casa, hubo voladores, volcanes, totes, mechas, buscaniguas y más ejemplares ruidosos de venta libre. No supe de quemados o envenenados con totes, aunque siempre nos advirtieron para “tener mucho cuidado, que se queman”. El ruido y las chispas me encantaban y, aunque no medía el peligro real de esos explosivos, siempre se nos advirtió que podríamos incendiar la casa. ¡Temerarios, irresponsables, pero felices!
Los regalos bien empacados por los mayores se daban a la media noche y siempre fueron secretos y sencillos como la ropa del diario, zapatos para el colegio, un sombrero de vaquero y una pistola de fulminantes para jugar a policías y vaqueros. Montando un caballo de palo yo fui el llanero solitario y fui capaz de ponerle a la pistola de fulminantes, una tira de papel con gotas de pólvora. Cada disparo sonaba duro y dejaba un olor que aún identifico automáticamente. Por supuesto también tuve guayos y un balón de pitón que inflábamos entre todos, soplándolo con todas nuestras fuerzas, compartiéndonos gérmenes, babas y mucha alegría. Navidad desde niño, ha sido y seguirá siendo, una época privilegiada de alegría y fraternidad. El primer solo que canté en el coro de la parroquia y en el que recorría las calles del barrio fue “fuentecita que corres clara y sonora”.
Mientras estuve en El Mortiño nunca pasé la navidad con mis compañeros y fue en el noviciado donde viví las primeras navidades lejos de casa. Al recogimiento natural propio del período de probación y estudios, tengo que integrarle el gozo que siempre experimenté por cantar en coro. En navidad, por ejemplo, descubrí a Los fronterizos con “Navidad nuestra” y la belleza de “La misa criolla”, en 1967 y 1968. Conservo frescos los sonidos y las voces de todos al entonar el “Dulce madre reina virgen” y los villancicos, la compañía calurosa de mi hermano Daniel, los juniores y el coro de los novicios que cantábamos “25 de diciembre, fum, fum, fum”, “Noche de paz” y demás, bajo la dirección de Fernando Londoño, Lucho Nates, Jorge Luis Lalinde Augusto Acosta. Poco después, yo mismo dirigí esas hermosas noches navideñas de mi plena juventud. Julio César Botero me acompañó “Noche anunciada”, el villancico de Ariel Ramírez y Félix Luna que hoy, después de tantos años, entonamos en arreglo polifónico en el coro Vivace.
Cuando estaba en Ciencias, mi hermana mayor, Bertha, me ayudó a armonizar mi primer villancico, “Dulce sueño blanco…”, una sencilla canción de cuna que en 1970 canté con un grupo de niños de La Ceja, Antioquia, durante mi experiencia de magisterio en el noviciado… Mirando hacia atrás, debo decir que mi mejor experiencia musical ha estado unida a la hermosa temporada de navidad.
Con Myriam nos casamos el 26 de marzo de 1977. Mis ingresos y los ahorros los invertimos en comprar los muebles del apartamento. No tuve plata para la pisaargolla. Para la navidad de 1977 ya esperábamos a Juan Manuel, nuestro hijo mayor. En secreto, con los ahorros y con la prima de Navidad de Acpo, pude comprarle una hermosa pisaargolla coronada por un pequeño diamante. Recuerdo todavía a Myriam, en la sala de la casa de papá y mamá, abriendo la pequeña bolsita con manos temblorosas. La había recogido antes en una joyería de la calle 12 con carrera 6ª y me la llevé discretamente entre un bolsillo mientras íbamos en bus para la casa de papá y mamá. Fue muy lindo verla emocionada y agradecida luciendo su prueba matrimonial completa.
Necesitaría muchas más páginas para describir los maravillosos recuerdos con nuestros hijos pequeños y nuestras familias. Cada navidad significó una maravillosa explosión de alegría en las deliciosas novenas repletas de villancicos y fraternidad. Veo en sus ojos infantiles la picardía y la curiosidad por saber cuál sería el regalo escogido para cada uno, la primera bicicleta, el primer par de patines, el destino del próximo viaje en carro a la costa, el descubrimiento de Buck Rogers, el regalo de My Little Pony, de He-man y She-Ra, la construcción en familia de los Transformers.
Desde nuestro regreso de los estudios en Estados Unidos, cada nochebuena ha estado coronada por la misa de medianoche celebrada en casa. Recuerdo la alegría y la ilusión de todos cuando bajo el árbol de navidad estaban los tiquetes de avión para ir a Orlando a conocer a las tortugas ninja.
La película pasó. Los hijos crecieron y formaron sus familias. Viven lejos y hoy, nuevamente, por primera vez después de casi 49 años de matrimonio, Myriam y yo estaremos en pareja en navidad y nuestros tres hijos se reunirán en casa de Juan Manuel en Alemania para compartir el amor, la paz y la fraternidad que les dejamos como legado. Nosotros estaremos bajo la bendición del Señor, compartiendo la Eucaristía y la solidez del amor que nos ha unido desde el comienzo del camino. ¡Bendita Navidad!
Gracias por haber querido ser como nosotros, Señor Jesús y tú, Virgen María, por haber aceptado en silencio ser la madre de nuestro Redentor. La fe, la entrega y la confianza de José completaron la bendita familia que hemos tratado de imitar, con todas nuestras fuerzas y debilidades.
Feliz Navidad, amigos de toda la vida y un mejor 2026 para todos.
Bernardo Nieto Sotomayor
Diciembre, 2025


6 Comentarios
Gracias Bernardo. Excelente testimonio de Navidad en familia. Que esta fiesta siga siendo fuente de inspiración de auténticos valores humanos y cristianos.
Sencillamente espectacular Bernardo. Me vino a la memoria muchísimos recuerdos y vivencias de niño, casi calcados a los tuyos. Luego nuestras aventuras en Patasía y nuestras experiencias en el Coro del noviciado y juniorado. Gracias por compartir.
Gracias Bernardo me sentí identificada con tu hermoso relato
Gracias Bernardo, me sentí identificada con tu hermoso relato.
Bernardo, qué narración tan hermosa. Gracias. Me parece que este escrito es un bosquejo de lo que nos puedes contar. Todo un libro, que estaremos esperando. En la armada del pesebre quedé con curiosidad sobre la “quebrada” que, indefectiblemente, llevaba el “agua” al lago hecho con el espejo. . . En nuestro caso, usábamos el aluminio brillante de las cajetillas de cigarrillos. Me queda la curiosidad si ustedes también las usaban. Gracias de nuevo, Bernardo, y gracias a Dios por inspirarte en tus escritos.
Bellísima recopilación de tus hermosos recuerdos desde niño con el tema de la navidad . Tus reminiscencias me llevaron a las mias propias con pistola de fulminantes y balón de pistón ( o de tripa) incluidos. Son los recuerdos que nunca se olvidan. Mil gracias por llevarme hasta mi infancia, Bernardo.