En primero de bachillerato comencé a estudiar latín. Atraído por el nombre, fui alumno de “las aguadepanelas sabatinas”, organizadas por el Padre Bernardo Díez en el colegio Mayor de San Bartolomé los sábados por la tarde. Además del “rosa, rosae, rosarum”, “amo, amas, amare”, de las declinaciones y conjugaciones, estudiamos la vida y obras de fundadores de grandes órdenes religiosas.
Me gustó la deliciosa agua de panela con queso y almojábana que nos daban como anzuelo para estudiar latín y me gustó la historia de San Ignacio de Loyola. Al terminar ese año, pedí ingresar al Mortiño: ¡Había mordido completamente el anzuelo! Los jesuitas aplicaron con nosotros eso de “entrar con la de ellos y salir con la de uno”.
En segundo de bachillerato, estudiando inglés con León Isaza y con “el negro” Hernández, me di cuenta de que “me iba bien” y me encantaban los idiomas. Con el padre “Piñeritos” estudiábamos el latín del libro de Jorge Valenzuela “Latín en Acción”.
Siendo novicio de segundo año, ya sabía algo más de latín que algunos compañeros y a William Mejía, Bernardo Botero, Álvaro Gómez y a mí, nos mandaron a estudiar latín con los juniores de primer año. El texto era “De Senectute” de Cicerón y Bernardo García era el profesor. También comenzamos a estudiar griego con Manuel Briceño en “La llave del griego”.
En el juniorado avanzamos con Javier Escobar el estudio de algunas églogas y poemas de Virgilio. “Tityre, tu patulae recubans sub tegmine fagi…” Los estudios de teatro griego dirigidos por el mejor especialista, Manuel Briceño Jáuregui, fueron la base de lo que iba a ser fundamental en mi vida profesional. Junto con Marino Troncoso y otros, integramos el grupo del seminario “El genio literario griego”, dirigido por él. Al entender la estructura narrativa del drama y de la tragedia griega -cómo se vive y se arma el drama y cómo se cuenta el cuento-, particularmente de “La Orestíada”, escudriñábamos el alma humana, sus amores, ambiciones y su temor ante el “fatum”, lo inevitable, lo impredecible.
Manolo Briceño fue mi formador personalizado de estilo literario y de expresión poética y me dio las mejores herramientas para desempeñarme como gerente de programación en las empresas de televisión en que trabajé más tarde. Él me capacitó para decidir cuáles eran los dramas verdaderamente relevantes y que pueden tocar el alma humana. El complemento perfecto de esta formación fue el bienio de la “Lectura estructural y valoración del film” y el “Giudizio critico dei Film”, de Nazareno Taddei, secretario de comunicación de la Compañía de Jesús en Italia y quien dirigía el Centro cinematográfico de Milán. Él nos dirigió los cursillos de vacaciones en los que profundizamos qué “dicen” una toma, una escena, una secuencia, los ejes temáticos y los “pernos” estructurales de las obras cinematográficas. Esto fue fundamental para mi trabajo como lector de argumentos, de libretos de drama y editor de trabajos televisivos.
La psicología de la comunicación que estudié con Gabriel Izquierdo la apliqué en las campañas publicitarias que me correspondió dirigir. En los cursos de televisión con Rafico Vall-Serra, él me sentó frente a una cámara de televisión, me enseñó a mirarla, a hacerme amigo de los que estaban detrás de ella y a comunicar con claridad y sencillez mis pensamientos.
Con Julio Alberto Arango aprendí a cortar y pegar películas de 16 mm, a unir segmentos con la moviola y a ser amigos y compañeros para siempre. Germán Neira me animó cuando a los programas de radio les faltaba fuerza y los mejoré. Y con los cine-foros nos “afilamos” para dirigir, años más tarde, los de Bogotá y armar equipos críticos de trabajo con otros profesionales en la televisión colombiana. ¡Toda una envidiable formación para la vida!
Para perfeccionar inglés y francés, además de las clases teníamos a disposición una sala de audición de idiomas con cabinas y audífonos individuales y recibíamos los cursos intensivos de vacaciones en el instituto de idiomas de la Javeriana en Bogotá. Gracias a lo aprendido en ese tiempo privilegiado, fui admitido en el último nivel de francés en la Alianza Francesa y logré un excelente puntaje en los exámenes de inglés (ALIGU y TOEFL) para ser admitido en el máster de Educación de la Universidad de Columbia. Además, se me facilitó enormemente la comprensión del alemán para mi curso de televisión en Berlín.
En ese tiempo no había Internet, Google, Spotify ni identificadores electrónicos de canciones. Si queríamos aprender la letra de una nueva canción en cualquier idioma, había que transcribirla. Algunos cantores éramos transcriptores de canciones y la sala de música se convirtió en lugar preferido de “trabajo”. Mientras escuchábamos a Hervé Vilard, Gilbert Bécaud o Enrico Macías, entendíamos y copiábamos la letra, la corregíamos y la “pasábamos a limpio” para cantarlas en las reuniones y en paseos a San Rafael y el Ocaso.
Así conocimos el mundo musical de Los Beatles, Domenico Modugno, Gigliola Cinquetti, Nicola di Bari, los festivales de San Remo, Los Brothers four, Peter, Paul & Mary, Joan Baez, Charles Aznavour, Edith Piaf, Françoise Hardy. Así aprendimos “Capri c´est fini”, “Nathalie”, “Enfants de tous pays”, “Paris, tu m´as pris dans tes bras”, “La femme de mon ami”, y tantas otras. Tomábamos las guitarras, armonizábamos y uníamos nuestras voces. ¡Sonaba lindo lo que cantábamos!
El estudio del espíritu humano, de sus decisiones y de sus acciones era el eje temático en “Origen y meta de la historia” de Karl Jaspers y “El Estudio de la historia” de Arnold Toynbee en las clases con Carlos Alberto Marín. El ser humano como gestor de su crecimiento, decaimiento, desgracia y nuevo florecimiento; la conciencia personal y social, la responsabilidad de los dirigentes en las civilizaciones y el ser humano, gestor de su propio destino. Me encanta este enfoque del estudio de la historia, base de la ética y del derecho, que más tarde estudiaríamos en la especialización de filosofía.
Con Enrique Gaitán, estudiamos a René Huyghe, el erudito francés de la historia, la psicología y la filosofía del arte. Su estudio comprensivo e integral del ser humano nos llevó a mirar la experiencia estética que mueve al artista a expresar y plasmar en obras bellas como la pintura, la escultura, la música y la danza su mundo interior y lo bello de nuestro mundo.
Enrique dejó huella buena en mi vida. Más tarde un atrevido Toño Calle me dio el papel de El principito en su adaptación de la obra de Saint Exupéry, la que habíamos analizado tan a fondo con Enrique.
Sin Luis Carlos Herrera, me hubiera quedado difícil tener una visión integral de la obra literaria colombiana. Fue con él con quien conocimos el método de la “palabra-tema” para entender el alma de un literato. Rivera en su obra poética “Tierra de promisión” mostró su más íntima tragedia interior: un ideal inalcanzado, pues siempre “vio el sol lejano”. Un verbo, un sustantivo y un adjetivo. Por lo aprendido con él, me sentí motivado a llevar a la pantalla de televisión colombiana la mejor versión de “La vorágine”.
Termino esta apretada síntesis de los aprendizajes y experiencias que recibí en Santa Rosa de Viterbo, mencionando algunas vivencias “extracurriculares”.
En Santa Rosa aprendí a trapear y brillar un ancho corredor de 50 metros, empujando una T y un gante; limpié sanitarios, barrí escaleras, lavé torres de platos, ollas y cubiertos; me salieron callos “echando pica y pala” durante la construcción de la rampa del noviciado y el dique en el lago, bajo la dirección de Pachito Aldana y el Dr. Álvaro Enrique Álvarez; corrí montañas regresando los domingos de la catequesis en las veredas; subí cumbres para llegar a la misa del mediodía en “La nariz”, junto a la laguna helada; durante una caminata a lo más alto de Las Mitras con Reynaldo Pareja, Sergio Acevedo y Roberto Alonso, pesqué a mano limpia y saboreé una trucha. Me rompí una clavícula en una estirada jugando béisbol en la cancha de fútbol; jugué muro y futbolito con amigos y sudamos yendo y viniendo a pie por el camino colonial entre La Esperanza y el Ocaso. Y Jota Vélez nos hizo amanecer casi congelados, entre una carpa, en la colina junto al lago para vivir la experiencia scout. San Rafael fue el escenario de los mejores partidos de fútbol, de entrenamientos musicales y de horas interminables aprendiendo los ritmos de las canciones y poniendo bien los dedos en los trastes de las viejas guitarras. Los jueves en San Rafa me gustaba el “baño de caballo” en pantaloneta, con manguera, cuando el agua fría refrescaba el cansancio y limpiaba el sudor bajo el sol boyacense.
Aún oigo la música de las serenatas navideñas, las “academias” en las “primerísimas” de las fiestas de los santos, los cumpleaños del Rector y del Padre maestro. Sé que pudieron ser más, pues fueron escasas, las visitas de nuestras familias, sólo en las mañanas de los votos o de la toma de sotana. Fue el gordo Díaz quien se colaba en la biblioteca de la sala de arte que tenía a su cargo mi hermano Daniel para sacar libros “prohibidos”. Él lo “pescó” cuando el gordo quedó bien mojado al caerle sobre su cabeza la olla de agua que le habían preparado para cuando abriera la puerta y tumbara la tabla que sostenía la olla. ¡Lástima no haber tenido cómo grabar ese momento!
Así, es fácil recordar tantas canciones, tantos amigos y explicar por qué hoy, después de tantos años, seguimos unidos y amando lo que fuimos. Estudiamos con gozo; compartimos alegrías, sentimientos, vida sana y pura juventud. Y, además, tejimos una amistad profunda y perdurable.
Gracias, Fernando Londoño, Enrique Gaitán, Mark Bogan y Lenny Kaminsky, Eduardo Pardo, Darío Gamboa, Sergio León Vélez, Ramiro Valencia, Julio Alberto Arango, Julito Jiménez, William, y tantos otros, porque cantamos el mundo y lo abrimos más allá de los entrañables bambucos y pasillos colombianos. Gracias a los jesuitas que apostaron por nosotros. Su trabajo quedó bien hecho. Aunque no estoy vinculado legalmente a la Compañía de Jesús, he vivido una vida llena de satisfacciones y bendiciones. Soy hijo de Ignacio de Loyola y, gracias a todo lo recibido, he dado cosas buenas y bonitas a quienes he podido.
¡Bendita seas, Compañía de Jesús!
Bernardo Nieto Sotomayor
Julio, 2025


1 comentario
Bernardo; Hermosa, profunda y evocadora tu narración sobre Santa Rosa y sus aprendizajes. Es un reflejo iluminado de todo lo que recibimos de parte de la Compañía y que aclara los porqués de todo lo que hemos hecho a lo largo de nuestra vida. Muchas gracias por expresarlo y compartirlo, Saludos. Hernando