Home Cultura Experiencias en Santa Rosa de Viterbo – La música en el noviciado y el juniorado. Tercera parte.

Experiencias en Santa Rosa de Viterbo – La música en el noviciado y el juniorado. Tercera parte.

Por Bernardo Nieto
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Pertenecer a un grupo de cantores ha sido algo natural en mi vida. Recuerdo y reconozco, sin esfuerzo, el timbre de las voces de mis amigos, como si hoy estuvieran cantando junto a mí. Muchas veces me sucede que una canción me “suena” en el cerebro y la melodía coincide con el tono de la canción original. En los ensayos del coro me concentro para recordar la línea melódica de nuestra voz, la canto y estoy en el tono correcto. Esto lo heredé de mi madre que cantaba las canciones de Libertad Lamarque en el mismo tono y cadencia de la soprano argentina. 

Bebí la música con la leche de mi madre. El timbre de su voz resuena en mi memoria con su ternura y alegría. Por nuestra casa se oían cantos en la voz de Daniel, de Rafico, de Ana, de Bertha, de todos y había algarabía en las llegadas y en las despedidas. Recuerdo casi sin errores canciones que aprendí de niño: “Canoíta de mi río”, “A la orilla de un palmar”, “La violetera”, “Un viejo amor”, las canciones de Joselito y un montón más que llenaron de armonías mi niñez. A los 6 años, en el coro parroquial, ya cantaba la misa gregoriana en latín y hacía los solos de los villancicos de navidad. 

El coro y el canto en el noviciado y el juniorado. 

Al ingresar al noviciado ya había cantado en el coro de la parroquia y en los del colegio parroquial San Ignacio de Loyola, el Mayor de San Bartolomé y en el del Mortiño. Así pues, cuando entré a la Compañía, el coro del noviciado fue mi lugar natural y allí estaba también Luis Guicheney, un tenor lírico cubano de unos 25 años. Su gran formación vocal fue un regalo para los cantores y un grupito de privilegiados teníamos clase de técnica vocal con él los domingos por la mañana. Fue más de un año de práctica personalizada que me ha servido para toda la vida. Fernando Londoño nos dirigía y con él aprendimos un extenso repertorio de cantos italianos y polifónicos en varios idiomas. Cuando él no estaba, dirigía el coro alguno de los de segundo de noviciado que conocía bien los cantos. Cuando pasé a segundo de noviciado me tocó dirigirlo a mí, sin haber recibido más formación musical que la de mis compañeros. 

En 1965, Sergio Mesa llegó al juniorado. Era un concertista extraordinario de piano y de órgano; con su oído absoluto templaba las guitarras sin afinador, poseía una facilidad enorme para aprender idiomas y lo que se le pusiera por delante. En seis meses ya leía a Goethe en alemán y era un joven genio que pasaría por Santa Rosa sólo un año, pues en ese tiempo aprendió lo que para nosotros era necesario estudiar en tres. 

Siendo aún novicio de segundo año, participé en el cursillo de solfeo de tres días que Sergio dirigió para los juniores integrantes del coro. Lo que aprendí en esos tres días me ha servido para toda la vida. Esos cinco años de experiencia coral y musical son un tesoro invaluable. Además de los motetes de Palestrina, aprendimos las polifonías de Lucien Deiss y cantamos la misa de Perosi en la consagración como basílica de la iglesia de Monguí. Algo grande para aficionados jóvenes y sin formación musical. 

Del canto coral aprendí mucho más que hermosas melodías. Cantar en coro y hacerlo bien exige aceptar que todos somos iguales, reconocer y respetar las habilidades, capacidades y talentos de cada uno. Aprender requiere humildad, disciplina y estudio, trabajo en equipo, obediencia a quien dirige y fe en que lograremos el propósito. Uno disfruta la armonía de las voces y de los espíritus pues cantamos al lado de un amigo y con un hermano. Uno aprende a escuchar a los demás, ayuda a quien menos sabe y recibe ayuda y orientación cuando la necesita. Cantar obras nacidas de la fe y de la inspiración de los grandes artistas es una experiencia profundamente espiritual que, en ocasiones, conmueve hasta las lágrimas y llena de felicidad. 

Los cantos populares.

Los domingos en la hora de la merienda de la tarde podíamos hablar, reír y compartir con nuestros compañeros. En épocas secas, hacia las 4 de la tarde nos reuníamos en la gruta de la virgen, un rinconcito donde había un pequeño anfiteatro en semicírculo, con un asiento continuo de pasto; allí cabíamos todos los novicios. En su centro se ponía la merienda: agua de panela, chocolate y pan integral. Llevábamos nuestras ruanas para sentarnos y abrigarnos del frío paramuno. Cuando llovía, teníamos la merienda dominguera en la sala de reuniones. 

Como no teníamos acceso a periódicos o revistas, el padre maestro nos informaba y comentábamos algunas noticias de la Compañía, de Colombia y el mundo. Se hacían comentarios muy generales y ¡cantábamos! El repertorio de canciones populares colombianas, italianas, españolas y latinoamericanas se fue enriqueciendo con los cantos de Juan José Briceño y Rodolfo de Roux, los de Germán Bernal y muchas otras canciones populares “bautizadas”, es decir, cuyas letras originales alguien había cambiado por considerarlas mundanas o románticas o porque podían “escandalizar” nuestras mentes juveniles. Esas tardes domingueras cuando compartíamos libremente con nuestros compañeros eran una verdadera delicia. 

La guitarra.

Viendo que mis amigos cantores del juniorado ya tocaban guitarra, quise aprender y pedí permiso para recibir clases, pero el padre maestro no me autorizó mientras fuera novicio. Él pensaba que, por mi manera de ser, descuidaría mi formación espiritual, que era la prioridad en ese momento. A lo mejor tenía razón. Por eso, el 9 de diciembre de 1965, al día siguiente de hacer los votos, busqué la llave del cuarto de las guitarras y comencé a estudiar solo. Encontré un librito que tenía las indicaciones básicas para entender el instrumento, afinar las cuerdas, su tamaño y grosor, los trastes del mástil, el puente y las clavijas. Tomé una de las guitarras, de cuerdas metálicas, la afiné con el piano y poco a poco me hice amigo de sus sonidos, empecé a entender la lógica de las notas, cómo poner los dedos y me adentré en ese laberinto desconocido, apasionante y bello. Las yemas de los dedos dolían, las cuerdas eran duras y el metal deja su marca. 

Los juniores mayores, Alberto Jaramillo, Lucho Peña y otros que sabían tocar y que pasarían a ciencias y filosofía al año siguiente, llegarían pronto de su curso de idiomas de Bogotá. Luego compartiríamos dos semanas de vacaciones en El Ocaso y allí podría practicar con ellos. Alberto Jaramillo, generoso y paciente, me dedicó buen tiempo, lo mismo que Lucho Peña para darme las indicaciones básicas. Ellos fueron mis primeros maestros y así descubrí cuánta alegría produce cantar y tocar guitarra al mismo tiempo. El complique vendría cuando a las posiciones básicas de la mano izquierda había que mezclarles con la mano derecha los ritmos de bambuco, vals, pasillo, joropo, baladas, boleros y tonos mayores, menores y los relativos, las progresiones y variaciones de una canción. Más tarde pude componer mis dos primeras canciones y las canté acompañado por la guitarra y por el acordeón de Julio Jiménez. 

Los conjuntos musicales.

Por esa época, 1966-67, organizamos grupos musicales para presentarnos en las fiestas y “academias” patronales.  Destaco entre ellos a “Los elefantes” (Gabriel Jaime Pérez -Perico-, Sergio León -el gago- Vélez, y Gustavo Adolfo -Tavo- Ordoñez, con cantos en inglés de The Beatles y de otros angloparlantes como The Brothers four. 

Los “Supercalifragilísticoespialidosos” eran tres amigotes que cantaban para hacernos reír: Jorge Luis Puerta, Marlio Gómez y “El mosco” Ramiro Valencia. En ellos no importaban los tonos ni la calidad de las voces. Se buscaba gozar rítmicamente “mamando gallo”. 

El mejor grupo de todos fue nuestro quinteto “América”, lo integrábamos Lucho Nates, Carlos Alberto Caicedo, Pedro Luis Chamucero, mi hermano Daniel y yo. Nos especializamos en cantar música colombiana del quinteto Dalmar y latinoamericana de Los Fronterizos. Fueron nuestros mayores logros y éxitos “El leñerito” y la mezcla arreglada de dos canciones: “Flores negras/Presiento que te vas”. 

En una ocasión organizamos una velada musical y poética nocturna con luces y sonido. Con el aporte de los técnicos e ingenieros se embelleció el escenario: los rincones, el patio y los corredores de los cuatro pisos de nuestro claustro del juniorado. Un narrador/presentador introducía y alternaba con solistas y grupos. En medio de la oscuridad, se encendía un reflector con filtros de colores para iluminar el lugar desde donde intervenía el presentador, un cantante, un grupo o un declamador inesperado. Era lo que estábamos aprendiendo en nuestras clases de cine, televisión y medios de comunicación. Era arte puro y calidad, “una belleza”, dirían algunos; otros, “pura gozadera”.

La sala de música y la apreciación del arte musical.

La sala de música era un lugar diseñado para producir y grabar programas de radio. Tenía dos cabinas “a prueba de ruidos” con ventanas dobles y paredes cubiertas de corcho y bandejas de huevo. En la sala grande había sillas para unas 40 personas y teníamos parlantes de gran calidad. Nos las arreglábamos para grabar allí los programas semanales de “La Voz de los libertadores” de Duitama y “Radio Belencito”, de la cadena Sutatenza de Colombia. Teníamos regularmente audiciones para entender y apreciar la música clásica. Nuestro gusto musical se enriquecía con lo mejor de Bach, Beethoven, Mozart, Vivaldi, Wagner, Tchaikovsky, Debussy, Sibelius, Haendel, coros de ópera, de zarzuelas y otras obras. Allí escuchamos y aprendimos la música de Joan Baez, The brothers four, Peter Paul & Mary, Hervé Vilard, Enrico Macías, Gilbert Becaud, Hardy, Aznavour, Edith Piaf y de los mejores cantantes del Festival de San Remo, entre otros. 

Escuchando música con Darío Gamboa, Sergio León Vélez, Mark Bogan y otros, enriquecí mi estudio de los idiomas y conocí lo mejor de los cantos navideños de todo el mundo. 

Puedo afirmar que Santa Rosa fue para mí la mejor escuela de formación musical, inigualable y forjadora en la práctica de espíritus sensibles, armoniosos y bellos. Una verdadera escuela de Bellas Artes con magníficos profesores: Fernando Londoño, Sergio Mesa, Joaco Sánchez, Enrique Gaitán, Lucho Nates, Perico, el Topo Borrero y… ¡muchos más! 

Para todos, ¡Mil gracias!

Bernardo Nieto Sotomayor

Junio, 2025

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