Home Cultura Los mejores años de juventud, estudios y formación que pude tener (Primera parte). Santa Rosa de Viterbo (25 de nov 1963 – nov de 1968)

Los mejores años de juventud, estudios y formación que pude tener (Primera parte). Santa Rosa de Viterbo (25 de nov 1963 – nov de 1968)

Por Bernardo Nieto
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Dedicamos una reciente tertulia a recordar esos primeros años de formación jesuítica que la mayoría de nosotros pasó en “La Quinta” de Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá, Colombia. Aquí algunos testimonios.

Ese lunes 25 de noviembre de 1963, tres días después del asesinato del presidente John Kennedy, no me imaginaba lo que iban a dejar en mí los cinco años de estudios, recogimiento, reflexión, deportes, música y oración que iba a pasar en el Colegio-noviciado de los jesuitas, en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, ni cómo iban a ser los once años que viví en la Compañía de Jesús. 

La llegada definitiva para vivir en Santa Rosa.

Tenía quince años y estaba lleno de ilusiones, convencido de mi fe y dispuesto a seguir los pasos de Daniel mi hermano mayor, y de otros amigos de El Mortiño. 17 ruidosos compañeros del mismo curso que acabábamos de terminar cuarto de bachillerato, llegamos a Santa Rosa a bordo de un bus del Colegio San Bartolomé La Merced. 

“La Quinta”, era y es todavía un castillo de cuatro pisos coronados por una extensa azotea. Tenía dos grandes claustros interiores con amplio patio y jardines bien cuidados. Una estructura central separaba los dos claustros. En su primer piso estaba el teatro con capacidad para unas 200 personas; en el segundo, la biblioteca y, desde el tercero hasta la terraza, se elevaba el cuerpo de una hermosa capilla de estilo gótico y vitrales multicolores cuyo techo sobresalía en la azotea. Sobre la terraza y delante del techo de la capilla, en el centro de los dos grandes claustros, había una edificación más pequeña que albergaba la sala de música, que sería uno de mis lugares favoritos. 

En la escalinata frente a la puerta principal, nos esperaba cordial un sacerdote de aspecto joven, alto, flaco, con rostro austero y mirada escrutadora. Fernando Londoño Bernal, S.J. era “el maestro de novicios” y sería una de las personas que marcarían con su sello nuestros jóvenes espíritus. 

Nos recibieron también mi hermano y un grupo de novicios que habían ingresado uno o dos años antes. Con nuestras maletas al hombro, caminamos por los amplios y limpios corredores hasta los dormitorios. Dejamos allí los equipajes y luego nos encontramos con todos los novicios en la sala de reuniones. Éramos un grupo grande. Contando a los compañeros que llegábamos ese día, los de primer año éramos más de 20. Fuimos distribuidos en 3 subgrupos, cada uno con un guía o “ángel” de segundo año; los de “segundo” ya usaban sotana, eran unos 20 y se mostraban felices con los recién llegados; los que ya terminaban los dos años de noviciado y pasaban al juniorado eran también otros 20. Fue un encuentro maravilloso. 

Luego del bullicio vino la calma, hubo unas palabras de bienvenida, tomamos un café o agua de panela con pan integral y luego, en silencio, subimos a los dormitorios para instalarnos. Los “ángeles” nos indicaron en donde guardar los equipajes y el tiempo se fue sin darnos cuenta. Desde ese momento ninguno de nosotros usaría más un reloj y en adelante tres toques de campana serían nuestro cronómetro. Al entrar en la capilla del noviciado, mucho más pequeña que la capilla central y ubicada en una esquina del cuarto piso, sentí respeto y una invitación al recogimiento y a la intimidad. El tono más oscuro de la madera y su olor de fino cedro me serían algo familiar a partir de ese momento y aún los conservo en mí. La imagen de la virgen del noviciado siempre me evocó la ternura y el amor generoso y entrañable de mi madre.

Desde la azotea del edificio contemplamos el valle circundante, el pueblo boyacense con su iglesia barroca, las casitas blancas de tejas de barro y las imponentes montañas lejanas. Me sentí contento por estar ahí. Di gracias, recordé con un poco de nostalgia la despedida de mi familia, los rostros resignados de mi papá, mi mamá y mis hermanos y me consolé pensando que pronto, el 8 de diciembre, los volvería a ver vestido ya con mi sotana de novicio jesuita. 

Y el tiempo pasó. Los adolescentes nos convertimos en jóvenes felices. Las conferencias, la oración, las clases y el estudio con excelentes profesores, vivir la música y cantar en grupo, el deporte y el contacto con las gentes de las veredas campesinas sencillas y respetuosas son recuerdos imborrables de esa época. Santa Rosa dejó en mi vida ricas experiencias vividas con verdaderos “hermanos”, como nos llamábamos unos a otros en ese tiempo. Aquí procuraré resumirlas. Tiempo después, muchos nos retiramos de la Compañía de Jesús, pero después de más de 60 años, con esos mismos amigos seguimos unidos por lazos fortalecidos y anudados indestructiblemente. 

La experiencia espiritual.

Vivir los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola durante un mes y en absoluto silencio es un requisito que debe cumplir todo jesuita al integrarse a la Compañía de Jesús. Bajo la guía de Fernando Londoño, nuestro maestro de novicios, nos sumergimos en un profundo análisis espiritual siguiendo las pautas experimentadas, escritas y sistematizadas por Ignacio de Loyola, el Fundador de los jesuitas. Su conversión de “soldado desgarrado y vano” en el líder transformador de la vida de millones de personas no fue un proceso fácil, sereno y sin tropiezos. Ignacio aprendió a escuchar y diferenciar la voz de Dios en su conciencia, los ritmos de su espíritu y los plasmó en el método que entregó a la iglesia católica como formidable herramienta para transformar vidas y llevar a muchos otros a Dios. 

Con el paso de los años y de la vida en comunidad recibí también beneficios espirituales de muchos de mis amigos y compañeros. Además de Fernando Londoño, el formador del que guardo un especial recuerdo, otros jesuitas me acompañaron en ese camino. Destaco, sin excluir a nadie, a Gonzalo Amaya, Javier Osuna, Gerardo Remolina, Gerardo Arango, Silvio Cajiao y Juan Gregorio Vélez. 

Luego de retirarme de la Compañía de Jesús conocí otras experiencias diferentes de retiro y oración. Todas ellas se inspiran en lo que Ignacio dejó a sus jesuitas. La esencia ignaciana de los ejercicios espirituales sirve perfectamente a todo ser humano, jesuita o no, que quiera hacer de su vida un acto de amor y de servicio a los demás, a ejemplo de Jesucristo y para mayor gloria de Dios. 

Me gusta el silencio y disfruto la reflexión. El examen de conciencia que procuro hacer cada día me ha ayudado para descubrir las manifestaciones de Dios y para mantenerme fiel a lo que considero el fundamento de mi vida. He podido distinguirlas de las que no lo son y que pueden desviarme del Jesucristo de los evangelios. La dirección espiritual en el sacramento de la reconciliación y la Eucaristía han sido alimento de mi fe. A pesar de mis pecados e imperfecciones trato de que mis acciones sean “para mayor gloria de Dios”, siguiendo la “interna ley de la caridad y el amor” y con el deseo desinteresado de “amar y servir”. La práctica del discernimiento espiritual me ha permitido tomar decisiones ponderadas en momentos cruciales de mi vida familiar, profesional y en mi trabajo. Hoy, al mirarlas en retrospectiva, me lleno de paz, de alegría y de la presencia amorosa de Dios en mi vida.

Bernardo Nieto Sotomayor

Junio, 2025

6 Comentarios
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6 Comentarios

Julio Hidalgo 13 junio, 2025 - 10:53 am

Bernardo,
Gracias por tu compartir tan detallado y que me ayuda a hacer presentes mis recuerdos del ayer. Para mí fue una etapa maravillosa, la mejor en la ínclita Compañía de Jesús; una etapa bucólica de silencio reflexivo y de formación humanística: Griego y literatura con Manuel Briceño; él nos llevó a presentarnos en el Teatro Colón con la obra “Juicio de Judas”. Historia con Eduardo Cárdenas (mi paisano). Arte con Tulio Z. Inglés con el P. Cabrera; Literatura con el P. Herrera. Latín: P. Rojas; Paseos en camiones, el Ocaso, conquista de algunas montañas. Estrené con Javier Londoño N. y otros, la cancha de Fernando L. como nos recordaba Anatolio Niño. Paseos en latín…

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Bernardo Nieto Sotomayor 17 junio, 2025 - 10:53 am

Gracias, querido Julio. Nuestros estudios, los recuerdos y las experiencias de vida que nos dejó el tiempo en Santa Rosa son imborrables y están en el sitio especial que cada uno de nosotros ha querido tener para ellos. Por ese tiempo vivido allí, somos los hermanos y amigos de toda la vida.

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Jaime López V 13 junio, 2025 - 7:16 pm

La lectura de tu testimonio me deja una sensación similar a la de terminar unos ejercicios espirituales. Gracias, Bernardo

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Bernardo Nieto Sotomayor 17 junio, 2025 - 10:55 am

Me alegro mucho que esta nota te haya producido esa bella sensación, querido Jaime. La paz espiritual es el mejor don de toda nuestra vida.

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Eduardo Pardo 16 junio, 2025 - 9:13 am

Bernardo, esos recuerdos tuyos se parecen à los mios. Fue una epoca feliz que siempre recuerdo y de la que nunca me arrepiento.

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Bernardo Nieto Sotomayor 17 junio, 2025 - 10:57 am

Chaval querido. Contigo vivimos gratos momentos en Santa Rosa, en sus montañas y veredas, en los jardines, los trabajos y, en esta experiencia espiritual, tan profunda y valiosa. Por eso somos los amigos y hermanos que somos.

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