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La hermandad entre un grupo de exjesuitas que convivimos en nuestras etapas iniciales de formación espiritual y humanística en el Noviciado y Juniorado de la Compañía de Jesús en Colombia, hace más de 50 años, puede explicarse por muchos factores profundamente humanos, espirituales y culturales. En esa sesión especial de nuestro grupo, 13 voluntarios compartimos esos recuerdos y sobre todo los aprendizajes que nos quedaron para la vida de esa hermosa e intensa experiencia. Compartimos en estos próximos días las contribuciones individuales de ese día para aquellos lectores que no tuvieron el tiempo suficiente de escuchar la sesión completa, ya publicada hace pocos días.

Exjesuitas en tertulia, 29 de Mayo, 2025

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La hermandad entre un grupo de exjesuitas que convivimos en nuestras etapas iniciales de formación espiritual y humanística en el Noviciado y Juniorado de la Compañía de Jesús en Colombia, hace más de 50 años, puede explicarse por muchos factores profundamente humanos, espirituales y culturales. En esa sesión especial de nuestro grupo, 13 voluntarios compartimos esos recuerdos y sobre todo los aprendizajes que nos quedaron para la vida de esa hermosa e intensa experiencia. Compartimos en estos próximos días las contribuciones individuales de ese día para aquellos lectores que no tuvieron el tiempo suficiente de escuchar la sesión completa, ya publicada hace pocos días.

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La hermandad entre un grupo de exjesuitas que convivimos en nuestras etapas iniciales de formación espiritual y humanística en el Noviciado y Juniorado de la Compañía de Jesús en Colombia, hace más de 50 años, puede explicarse por muchos factores profundamente humanos, espirituales y culturales. En esa sesión especial de nuestro grupo, 13 voluntarios compartimos esos recuerdos y sobre todo los aprendizajes que nos quedaron para la vida de esa hermosa e intensa experiencia. Compartimos en estos próximos días las contribuciones individuales de ese día para aquellos lectores que no tuvieron el tiempo suficiente de escuchar la sesión completa, ya publicada hace pocos días.

Exjesuitas en tertulia, 29 de Mayo, 2025

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Pertenecer a un grupo de cantores ha sido algo natural en mi vida. Recuerdo y reconozco, sin esfuerzo, el timbre de las voces de mis amigos, como si hoy estuvieran cantando junto a mí. Muchas veces me sucede que una canción me “suena” en el cerebro y la melodía coincide con el tono de la canción original. En los ensayos del coro me concentro para recordar la línea melódica de nuestra voz, la canto y estoy en el tono correcto. Esto lo heredé de mi madre que cantaba las canciones de Libertad Lamarque en el mismo tono y cadencia de la soprano argentina. 

Bebí la música con la leche de mi madre. El timbre de su voz resuena en mi memoria con su ternura y alegría. Por nuestra casa se oían cantos en la voz de Daniel, de Rafico, de Ana, de Bertha, de todos y había algarabía en las llegadas y en las despedidas. Recuerdo casi sin errores canciones que aprendí de niño: “Canoíta de mi río”, “A la orilla de un palmar”, “La violetera”, “Un viejo amor”, las canciones de Joselito y un montón más que llenaron de armonías mi niñez. A los 6 años, en el coro parroquial, ya cantaba la misa gregoriana en latín y hacía los solos de los villancicos de navidad. 

El coro y el canto en el noviciado y el juniorado. 

Al ingresar al noviciado ya había cantado en el coro de la parroquia y en los del colegio parroquial San Ignacio de Loyola, el Mayor de San Bartolomé y en el del Mortiño. Así pues, cuando entré a la Compañía, el coro del noviciado fue mi lugar natural y allí estaba también Luis Guicheney, un tenor lírico cubano de unos 25 años. Su gran formación vocal fue un regalo para los cantores y un grupito de privilegiados teníamos clase de técnica vocal con él los domingos por la mañana. Fue más de un año de práctica personalizada que me ha servido para toda la vida. Fernando Londoño nos dirigía y con él aprendimos un extenso repertorio de cantos italianos y polifónicos en varios idiomas. Cuando él no estaba, dirigía el coro alguno de los de segundo de noviciado que conocía bien los cantos. Cuando pasé a segundo de noviciado me tocó dirigirlo a mí, sin haber recibido más formación musical que la de mis compañeros. 

En 1965, Sergio Mesa llegó al juniorado. Era un concertista extraordinario de piano y de órgano; con su oído absoluto templaba las guitarras sin afinador, poseía una facilidad enorme para aprender idiomas y lo que se le pusiera por delante. En seis meses ya leía a Goethe en alemán y era un joven genio que pasaría por Santa Rosa sólo un año, pues en ese tiempo aprendió lo que para nosotros era necesario estudiar en tres. 

Siendo aún novicio de segundo año, participé en el cursillo de solfeo de tres días que Sergio dirigió para los juniores integrantes del coro. Lo que aprendí en esos tres días me ha servido para toda la vida. Esos cinco años de experiencia coral y musical son un tesoro invaluable. Además de los motetes de Palestrina, aprendimos las polifonías de Lucien Deiss y cantamos la misa de Perosi en la consagración como basílica de la iglesia de Monguí. Algo grande para aficionados jóvenes y sin formación musical. 

Del canto coral aprendí mucho más que hermosas melodías. Cantar en coro y hacerlo bien exige aceptar que todos somos iguales, reconocer y respetar las habilidades, capacidades y talentos de cada uno. Aprender requiere humildad, disciplina y estudio, trabajo en equipo, obediencia a quien dirige y fe en que lograremos el propósito. Uno disfruta la armonía de las voces y de los espíritus pues cantamos al lado de un amigo y con un hermano. Uno aprende a escuchar a los demás, ayuda a quien menos sabe y recibe ayuda y orientación cuando la necesita. Cantar obras nacidas de la fe y de la inspiración de los grandes artistas es una experiencia profundamente espiritual que, en ocasiones, conmueve hasta las lágrimas y llena de felicidad. 

Los cantos populares.

Los domingos en la hora de la merienda de la tarde podíamos hablar, reír y compartir con nuestros compañeros. En épocas secas, hacia las 4 de la tarde nos reuníamos en la gruta de la virgen, un rinconcito donde había un pequeño anfiteatro en semicírculo, con un asiento continuo de pasto; allí cabíamos todos los novicios. En su centro se ponía la merienda: agua de panela, chocolate y pan integral. Llevábamos nuestras ruanas para sentarnos y abrigarnos del frío paramuno. Cuando llovía, teníamos la merienda dominguera en la sala de reuniones. 

Como no teníamos acceso a periódicos o revistas, el padre maestro nos informaba y comentábamos algunas noticias de la Compañía, de Colombia y el mundo. Se hacían comentarios muy generales y ¡cantábamos! El repertorio de canciones populares colombianas, italianas, españolas y latinoamericanas se fue enriqueciendo con los cantos de Juan José Briceño y Rodolfo de Roux, los de Germán Bernal y muchas otras canciones populares “bautizadas”, es decir, cuyas letras originales alguien había cambiado por considerarlas mundanas o románticas o porque podían “escandalizar” nuestras mentes juveniles. Esas tardes domingueras cuando compartíamos libremente con nuestros compañeros eran una verdadera delicia. 

La guitarra.

Viendo que mis amigos cantores del juniorado ya tocaban guitarra, quise aprender y pedí permiso para recibir clases, pero el padre maestro no me autorizó mientras fuera novicio. Él pensaba que, por mi manera de ser, descuidaría mi formación espiritual, que era la prioridad en ese momento. A lo mejor tenía razón. Por eso, el 9 de diciembre de 1965, al día siguiente de hacer los votos, busqué la llave del cuarto de las guitarras y comencé a estudiar solo. Encontré un librito que tenía las indicaciones básicas para entender el instrumento, afinar las cuerdas, su tamaño y grosor, los trastes del mástil, el puente y las clavijas. Tomé una de las guitarras, de cuerdas metálicas, la afiné con el piano y poco a poco me hice amigo de sus sonidos, empecé a entender la lógica de las notas, cómo poner los dedos y me adentré en ese laberinto desconocido, apasionante y bello. Las yemas de los dedos dolían, las cuerdas eran duras y el metal deja su marca. 

Los juniores mayores, Alberto Jaramillo, Lucho Peña y otros que sabían tocar y que pasarían a ciencias y filosofía al año siguiente, llegarían pronto de su curso de idiomas de Bogotá. Luego compartiríamos dos semanas de vacaciones en El Ocaso y allí podría practicar con ellos. Alberto Jaramillo, generoso y paciente, me dedicó buen tiempo, lo mismo que Lucho Peña para darme las indicaciones básicas. Ellos fueron mis primeros maestros y así descubrí cuánta alegría produce cantar y tocar guitarra al mismo tiempo. El complique vendría cuando a las posiciones básicas de la mano izquierda había que mezclarles con la mano derecha los ritmos de bambuco, vals, pasillo, joropo, baladas, boleros y tonos mayores, menores y los relativos, las progresiones y variaciones de una canción. Más tarde pude componer mis dos primeras canciones y las canté acompañado por la guitarra y por el acordeón de Julio Jiménez. 

Los conjuntos musicales.

Por esa época, 1966-67, organizamos grupos musicales para presentarnos en las fiestas y “academias” patronales.  Destaco entre ellos a “Los elefantes” (Gabriel Jaime Pérez -Perico-, Sergio León -el gago- Vélez, y Gustavo Adolfo -Tavo- Ordoñez, con cantos en inglés de The Beatles y de otros angloparlantes como The Brothers four. 

Los “Supercalifragilísticoespialidosos” eran tres amigotes que cantaban para hacernos reír: Jorge Luis Puerta, Marlio Gómez y “El mosco” Ramiro Valencia. En ellos no importaban los tonos ni la calidad de las voces. Se buscaba gozar rítmicamente “mamando gallo”. 

El mejor grupo de todos fue nuestro quinteto “América”, lo integrábamos Lucho Nates, Carlos Alberto Caicedo, Pedro Luis Chamucero, mi hermano Daniel y yo. Nos especializamos en cantar música colombiana del quinteto Dalmar y latinoamericana de Los Fronterizos. Fueron nuestros mayores logros y éxitos “El leñerito” y la mezcla arreglada de dos canciones: “Flores negras/Presiento que te vas”. 

En una ocasión organizamos una velada musical y poética nocturna con luces y sonido. Con el aporte de los técnicos e ingenieros se embelleció el escenario: los rincones, el patio y los corredores de los cuatro pisos de nuestro claustro del juniorado. Un narrador/presentador introducía y alternaba con solistas y grupos. En medio de la oscuridad, se encendía un reflector con filtros de colores para iluminar el lugar desde donde intervenía el presentador, un cantante, un grupo o un declamador inesperado. Era lo que estábamos aprendiendo en nuestras clases de cine, televisión y medios de comunicación. Era arte puro y calidad, “una belleza”, dirían algunos; otros, “pura gozadera”.

La sala de música y la apreciación del arte musical.

La sala de música era un lugar diseñado para producir y grabar programas de radio. Tenía dos cabinas “a prueba de ruidos” con ventanas dobles y paredes cubiertas de corcho y bandejas de huevo. En la sala grande había sillas para unas 40 personas y teníamos parlantes de gran calidad. Nos las arreglábamos para grabar allí los programas semanales de “La Voz de los libertadores” de Duitama y “Radio Belencito”, de la cadena Sutatenza de Colombia. Teníamos regularmente audiciones para entender y apreciar la música clásica. Nuestro gusto musical se enriquecía con lo mejor de Bach, Beethoven, Mozart, Vivaldi, Wagner, Tchaikovsky, Debussy, Sibelius, Haendel, coros de ópera, de zarzuelas y otras obras. Allí escuchamos y aprendimos la música de Joan Baez, The brothers four, Peter Paul & Mary, Hervé Vilard, Enrico Macías, Gilbert Becaud, Hardy, Aznavour, Edith Piaf y de los mejores cantantes del Festival de San Remo, entre otros. 

Escuchando música con Darío Gamboa, Sergio León Vélez, Mark Bogan y otros, enriquecí mi estudio de los idiomas y conocí lo mejor de los cantos navideños de todo el mundo. 

Puedo afirmar que Santa Rosa fue para mí la mejor escuela de formación musical, inigualable y forjadora en la práctica de espíritus sensibles, armoniosos y bellos. Una verdadera escuela de Bellas Artes con magníficos profesores: Fernando Londoño, Sergio Mesa, Joaco Sánchez, Enrique Gaitán, Lucho Nates, Perico, el Topo Borrero y… ¡muchos más! 

Para todos, ¡Mil gracias!

Bernardo Nieto Sotomayor

Junio, 2025

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La hermandad entre un grupo de exjesuitas que convivimos en nuestras etapas iniciales de formación espiritual y humanística en el Noviciado y Juniorado de la Compañía de Jesús en Colombia, hace más de 50 años, puede explicarse por muchos factores profundamente humanos, espirituales y culturales. En esa sesión especial de nuestro grupo, 13 voluntarios compartimos esos recuerdos y sobre todo los aprendizajes que nos quedaron para la vida de esa hermosa e intensa experiencia. Compartimos en estos próximos días las contribuciones individuales de ese día para aquellos lectores que no tuvieron el tiempo suficiente de escuchar la sesión completa, ya publicada hace pocos días.

Exjesuitas en tertulia- 29 de mayo, 2025

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Los cinco años de formación y estudios en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, me dejaron gratas experiencias que comparto y resumo en estas páginas. Una caminata o peregrinación a Tobasía, el antiguo poblado muisca, era un verdadero acontecimiento. Muchos de estos momentos también fueron vividos por otros compañeros con quienes comparto mis recuerdos y vivencias.

Peregrinación a Tobasía.

La víspera de una salida a Tobasía, el aviso de la cartelera era más o menos así. Cada noche, antes de irnos a dormir, mirábamos en silencio los anuncios que el “hermano bedel” publicaba en la “varianda” o cartelera. Había “peregrinación” a Tobasía en celebraciones especiales. Era una caminata de unas dos horas hasta el templo colonial doctrinero del poblado, en donde se exhibía la imagen de la Virgen del Amparo, protectora de la Compañía de Jesús. 

De ida, con clima mañanero y el viento frio, era necesario ascender por detrás de La Quinta hasta la cima de la colina por una carretera estrecha y destapada. Algunos “afanados”, como Eduardo Pardo y Fernando Hoyos, ascendían rápidamente y llegaban antes que todos a la capilla. Luego de alcanzar la cima, se bajaba durante cerca de una hora hasta el pueblito. Caminábamos en silencio durante una hora en grupos de tres “haciendo oración”. Al cumplirse la hora, alguien daba el aviso y podíamos hablar “sin perder el recogimiento”. Me gustaba caminar a buen paso por la carretera bordeada de pencas y de matones de paja respirando aire puro. Desde la cumbre, el valle de Floresta se veía lejano y casi despoblado, con apenas unas cuantas casitas en medio de pequeños cultivos. Ya casi llegando, parábamos un momento para refrescarnos en una quebradita montañera de esa zona seca, semi-desértica. De vuelta, el camino era el mismo pero más duro, pues la subida era más larga y con cielo despejado el sol del altiplano calentaba y pegaba duro. 

Tobasía era un pequeño caserío del municipio de Floresta, conformado por unas pocas casas de paredes blancas y tejas de barro que daban marco a la plaza. La capilla doctrinera del siglo XVI tenía un campanario de doble hilada y techo a dos aguas cubierto por tejas de barro que descansaba sobre una armazón interna de troncos de madera dispuestos en pares y unidos por argamasa. Unas fuertes vigas ayudaban a sostener el peso del techo sobre el altar. Algunos cuadros colgaban de las blancas paredes. El piso era de baldosas similares a las de nuestro edificio en Santa Rosa. 

Al fondo, el altar de madera exhibía tres cuadros en la hilera superior: La Virgen del Amparo, la crucifixión en el centro, otro cuadro que nunca supe identificar y dos estatuas de santos en sus nichos, a lado y lado del sagrario, en la hilera inferior. El sagrario era el centro del maderamen. Las tallas con motivos agrícolas cubiertos de hojilla de oro enmarcaban los cuadros superiores y las estatuas inferiores. En la esquina superior del lado izquierdo mirábamos el cuadro colonial de la Virgen María que cubría con su manto a San Ignacio de Loyola y otros santos de la Compañía de Jesús. La Virgen del Amparo daba nombre a la capilla y su pintura estaba protegida con un vidrio del paso del tiempo y del polvo. 

“Entre las pinturas más famosas se encuentran el cuadro del Señor de la Manta y el hermoso cuadro de la Virgen del Amparo de la época colonial, pintado por Baltazar Vargas de Figueroa hacia el año 1550, por encargo del rey Juan Carlos V de España. La virgen se representa de pie, coronada entre dos querubes (querubines), vestida con túnica celeste y amplio manto azul que protege a los santos jesuitas: Luis Gonzaga, Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Estanislao de Kostka y Francisco de Borja, entre otros. El altar de la iglesia y su sagrario, también de la época colonial, son finos trabajos de talla dorada sobre fondo carmesí con columnas de forma humana estilizada, adornada con frutos y hojas de plantas tropicales”. (https://floresta.com.co/cultura/)

En ese rincón tan valioso de la cultura muisca, la misa tenía un sabor distinto, aunque los celebrantes y los participantes fueran los mismos. Acompañados por unos cuantos campesinos y señoras del pueblo que se nos unían, entonábamos los cantos que habíamos ensayado para las fiestas de la Virgen. Con el paso del tiempo íbamos aprendiendo mejor las polifonías y yo sentía mucho fervor y emoción al cantar con mis compañeros el “Dulce Madre, Reina Virgen”, del vasco J.M. Beobide, alargando el pianísimo hacia los finales de las frases. Era también parte del repertorio obligatorio cantar el himno “Reina de Colombia”, la Marcha de San Ignacio o himno de la Compañía, y otros cantos marianos. Los lugareños eran felices oyendo cantar a los “hermanitos” y nos sonreían al despedirse con su “¡vuelvan pronto!”

Después de tomar el desayuno o la merienda en el patio interior de la casa cural, iniciábamos el regreso hacia la cumbre, más relajados, con el alma contenta, fresca y renovada y con la bendición de la Virgen María sobre nuestros sueños. Estaba seguro que esa noche dormiría seguro bajo el manto protector de la madre de Dios, amparo de nuestras jóvenes vidas. 

Hoy, después de tantos años, he regresado varias veces a Tobasía y, de rodillas frente al viejo altar, he dado gracias por esos años juveniles, tan llenos de ilusión y de armonía.

Bernardo Nieto Sotomayor

Junio, 2025

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Dedicamos una reciente tertulia a recordar esos primeros años de formación jesuítica que la mayoría de nosotros pasó en “La Quinta” de Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá, Colombia. Aquí algunos testimonios.

Ese lunes 25 de noviembre de 1963, tres días después del asesinato del presidente John Kennedy, no me imaginaba lo que iban a dejar en mí los cinco años de estudios, recogimiento, reflexión, deportes, música y oración que iba a pasar en el Colegio-noviciado de los jesuitas, en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, ni cómo iban a ser los once años que viví en la Compañía de Jesús. 

La llegada definitiva para vivir en Santa Rosa.

Tenía quince años y estaba lleno de ilusiones, convencido de mi fe y dispuesto a seguir los pasos de Daniel mi hermano mayor, y de otros amigos de El Mortiño. 17 ruidosos compañeros del mismo curso que acabábamos de terminar cuarto de bachillerato, llegamos a Santa Rosa a bordo de un bus del Colegio San Bartolomé La Merced. 

“La Quinta”, era y es todavía un castillo de cuatro pisos coronados por una extensa azotea. Tenía dos grandes claustros interiores con amplio patio y jardines bien cuidados. Una estructura central separaba los dos claustros. En su primer piso estaba el teatro con capacidad para unas 200 personas; en el segundo, la biblioteca y, desde el tercero hasta la terraza, se elevaba el cuerpo de una hermosa capilla de estilo gótico y vitrales multicolores cuyo techo sobresalía en la azotea. Sobre la terraza y delante del techo de la capilla, en el centro de los dos grandes claustros, había una edificación más pequeña que albergaba la sala de música, que sería uno de mis lugares favoritos. 

En la escalinata frente a la puerta principal, nos esperaba cordial un sacerdote de aspecto joven, alto, flaco, con rostro austero y mirada escrutadora. Fernando Londoño Bernal, S.J. era “el maestro de novicios” y sería una de las personas que marcarían con su sello nuestros jóvenes espíritus. 

Nos recibieron también mi hermano y un grupo de novicios que habían ingresado uno o dos años antes. Con nuestras maletas al hombro, caminamos por los amplios y limpios corredores hasta los dormitorios. Dejamos allí los equipajes y luego nos encontramos con todos los novicios en la sala de reuniones. Éramos un grupo grande. Contando a los compañeros que llegábamos ese día, los de primer año éramos más de 20. Fuimos distribuidos en 3 subgrupos, cada uno con un guía o “ángel” de segundo año; los de “segundo” ya usaban sotana, eran unos 20 y se mostraban felices con los recién llegados; los que ya terminaban los dos años de noviciado y pasaban al juniorado eran también otros 20. Fue un encuentro maravilloso. 

Luego del bullicio vino la calma, hubo unas palabras de bienvenida, tomamos un café o agua de panela con pan integral y luego, en silencio, subimos a los dormitorios para instalarnos. Los “ángeles” nos indicaron en donde guardar los equipajes y el tiempo se fue sin darnos cuenta. Desde ese momento ninguno de nosotros usaría más un reloj y en adelante tres toques de campana serían nuestro cronómetro. Al entrar en la capilla del noviciado, mucho más pequeña que la capilla central y ubicada en una esquina del cuarto piso, sentí respeto y una invitación al recogimiento y a la intimidad. El tono más oscuro de la madera y su olor de fino cedro me serían algo familiar a partir de ese momento y aún los conservo en mí. La imagen de la virgen del noviciado siempre me evocó la ternura y el amor generoso y entrañable de mi madre.

Desde la azotea del edificio contemplamos el valle circundante, el pueblo boyacense con su iglesia barroca, las casitas blancas de tejas de barro y las imponentes montañas lejanas. Me sentí contento por estar ahí. Di gracias, recordé con un poco de nostalgia la despedida de mi familia, los rostros resignados de mi papá, mi mamá y mis hermanos y me consolé pensando que pronto, el 8 de diciembre, los volvería a ver vestido ya con mi sotana de novicio jesuita. 

Y el tiempo pasó. Los adolescentes nos convertimos en jóvenes felices. Las conferencias, la oración, las clases y el estudio con excelentes profesores, vivir la música y cantar en grupo, el deporte y el contacto con las gentes de las veredas campesinas sencillas y respetuosas son recuerdos imborrables de esa época. Santa Rosa dejó en mi vida ricas experiencias vividas con verdaderos “hermanos”, como nos llamábamos unos a otros en ese tiempo. Aquí procuraré resumirlas. Tiempo después, muchos nos retiramos de la Compañía de Jesús, pero después de más de 60 años, con esos mismos amigos seguimos unidos por lazos fortalecidos y anudados indestructiblemente. 

La experiencia espiritual.

Vivir los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola durante un mes y en absoluto silencio es un requisito que debe cumplir todo jesuita al integrarse a la Compañía de Jesús. Bajo la guía de Fernando Londoño, nuestro maestro de novicios, nos sumergimos en un profundo análisis espiritual siguiendo las pautas experimentadas, escritas y sistematizadas por Ignacio de Loyola, el Fundador de los jesuitas. Su conversión de “soldado desgarrado y vano” en el líder transformador de la vida de millones de personas no fue un proceso fácil, sereno y sin tropiezos. Ignacio aprendió a escuchar y diferenciar la voz de Dios en su conciencia, los ritmos de su espíritu y los plasmó en el método que entregó a la iglesia católica como formidable herramienta para transformar vidas y llevar a muchos otros a Dios. 

Con el paso de los años y de la vida en comunidad recibí también beneficios espirituales de muchos de mis amigos y compañeros. Además de Fernando Londoño, el formador del que guardo un especial recuerdo, otros jesuitas me acompañaron en ese camino. Destaco, sin excluir a nadie, a Gonzalo Amaya, Javier Osuna, Gerardo Remolina, Gerardo Arango, Silvio Cajiao y Juan Gregorio Vélez. 

Luego de retirarme de la Compañía de Jesús conocí otras experiencias diferentes de retiro y oración. Todas ellas se inspiran en lo que Ignacio dejó a sus jesuitas. La esencia ignaciana de los ejercicios espirituales sirve perfectamente a todo ser humano, jesuita o no, que quiera hacer de su vida un acto de amor y de servicio a los demás, a ejemplo de Jesucristo y para mayor gloria de Dios. 

Me gusta el silencio y disfruto la reflexión. El examen de conciencia que procuro hacer cada día me ha ayudado para descubrir las manifestaciones de Dios y para mantenerme fiel a lo que considero el fundamento de mi vida. He podido distinguirlas de las que no lo son y que pueden desviarme del Jesucristo de los evangelios. La dirección espiritual en el sacramento de la reconciliación y la Eucaristía han sido alimento de mi fe. A pesar de mis pecados e imperfecciones trato de que mis acciones sean “para mayor gloria de Dios”, siguiendo la “interna ley de la caridad y el amor” y con el deseo desinteresado de “amar y servir”. La práctica del discernimiento espiritual me ha permitido tomar decisiones ponderadas en momentos cruciales de mi vida familiar, profesional y en mi trabajo. Hoy, al mirarlas en retrospectiva, me lleno de paz, de alegría y de la presencia amorosa de Dios en mi vida.

Bernardo Nieto Sotomayor

Junio, 2025

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