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Juan Laureano Gomez

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Con la aceleración de la historia por los avances tecnológicos, hoy se cambia más en un año que un siglo, digamos el siglo XVIII, para no ir tan lejos.

Un siglo (el XXI) diferente al XX principalmente por la emergencia de China como potencia hegemónica en directa competencia con los EE.UU. Un fenómeno poco previsible en las últimas décadas del siglo XX, que empezó cuando Richard Nixon y Henry Kissinger iniciaron la apertura en 1971-72, completada con el reconocimiento e inicio de relaciones diplomáticas con China en 1978 por parte de Jimmy Carter, cuando ya Deng Xiaoping era el hombre fuerte en China, y que requirió de una ley única para permitir a USA seguir vendiendo armas y comerciando con Taiwán, a pesar de no reconocerlo oficialmente como país.

A partir de ese momento, el comercio bilateral creció de mil millones de dólares a aproximadamente $600 mil millones en 2023. China se convirtió en el primer centro manufacturero del mundo, aunque recién en la primera década de este siglo empezó a competir con USA, ejerciendo un liderazgo blando (soft), más centrado en la economía y sin inmiscuirse directamente en los asuntos internos de otros países.

Otro hecho supremamente relevante en este siglo fue, sin duda, septiembre 11 del 2001, cuando se ahondó el abismo cultural que separa a Occidente de la cultura musulmana, desde cuando Mahoma conquisto la MECA en el año 630 d.C. Entonces el avance arrollador de los ejércitos mahometanos les permitió extender su control territorial a Mesopotamia –hoy Irak- y Persia -hoy Irán- al noreste, y hasta Siria, Palestina y Egipto al oeste, en las primeras décadas, para luego, en el siglo VIII, conquistar buena parte de España. Las cruzadas a inicio del segundo milenio y la expulsión de España en el siglo XVI, marcan el inicio de los violentos enfrentamientos que aún no terminan, como se evidencia por la invasión de Afganistán, Irak, Siria, Libia y la actual confrontación en Gaza.

La ferocidad y atrocidad de la contienda no amengua; al contrario, se teme el escalamiento a un conflicto mayor con Irán, con los rebeldes hutíes en Yemen, y en El Líbano.

Al mismo tiempo, este siglo XXI no deja de sorprendernos por sus avances tecnológicos, particularmente la IA y la computación cuántica. El internet y sus maravillas, sí que corresponden al siglo XX, pero las redes sociales y la revolución informática en general en este siglo nos dejan atónitos ante los cambios que van generando en la sicología y comportamiento humanos. Seguimos, sin embargo, siendo tan diversos, competitivos y limitados como antes, pero ahora esperamos que la informática nos haga más conscientes de ello y, consecuentemente, más tolerantes.

Juan L. Gómez

Febrero, 2024

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Así está en la liturgia católica: “…dales Señor el descanso eterno…”. Cristianos y musulmanes esperamos el paraíso con nuestros cuerpos resucitados.

El hinduismo prolonga la vida a través de la reencarnación para finalmente, tras la purificación, entrar al nirvana o paraíso. No en valde se atribuye el nacimiento de las religiones al culto de los muertos, entre otras razones. La cremación, aceptada por milenios por el hinduismo, ha ganado aceptación creciente a nivel mundial.

Mi primer contacto con la muerte cuando tendría como 5 o 6 años, fue la muerte de un primo lejano ya mayor y cuando vi el ataúd y al muerto dije, en voz alta, que a mí la muerte no me alcanzaría, porque yo podía correr más que ella vestida con túnica negra y armada con guadaña. 

Cuando murió mi madre hace unos 25 años, ella agonizando, yo sostenía su mano que me apretaba débilmente; yo no pude soportar el momento y decidí retirarme unos minutos, allí murió. Contando este evento a un amigo médico, me explicó que normalmente los humanos somos cobardes antes la enfermedad, la muerte y el sufrimiento en general y que por eso los médicos y el personal de salud requieren de un entrenamiento especial para sobreponerse al sufrimiento ajeno, lo cual alivió mi sentido de culpa.

Ahora, ya pasado el cuarto de siglo, una edad que cuando joven no contemplaba alcanzar (hace 60 años las expectativas de vida eran tan solo de 50 – 55 años), acepto la certeza de la muerte e incluso veo las ventajas del descanso eterno (todo tiene su parte positiva, y más lo que es inevitable). Además, no soy el único que se va a morir y, aunque suene duro, en el largo plazo todos estaremos muertos y ni siquiera la supervivencia de la especie está garantizada. Aun así, no es fácil para el humano visualizar la propia inexistencia, y menos fácil aun aceptarla (por el instinto de supervivencia), aunque todas las noches dormimos sin conciencia de ser, lo más parecido a la muerte. 

La cercanía de la muerte se hace evidente con el pasar de los años. Podemos ignorar el más allá…, o esperar convertirnos en polvo de estrellas…, o esperar la resurrección. Pero, siempre prefiero una vida con esperanza, cuya mayor o menor certeza metafísica dependerá de la práctica de una vida religiosa (como vivimos, así moriremos). 

Al final, más importante que morirse es dejar todo en orden y, con una cartica a los parientes confirmar nuestro amor y agradecimientos, explicando cuestiones importantes y dejando nuestras últimas recomendaciones.

Juan Laureano Gómez

Noviembre, 2023

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El aumento de la informalidad en los últimos diez años podría indicar que el sistema actual la estimula.

A raíz de la reforma laboral propuesta por el gobierno, y solo para fines especulativos, preguntémonos ¿qué sucedería si todos decidiéramos ser informales? La pregunta no tiene en la práctica validez, porque sabemos que en la realidad todo emprendedor, al momento de iniciar su actividad, toma la alternativa que le parece más racional. Algunos se fijan un monto en ventas mínimo para formalizarse, por ejemplo unos mil millones de pesos, que podría ser como el punto de equilibrio, después de analizar los costos de las opciones.

La formalidad conlleva un costo de entrada por los trámites y registros iniciales y otro de mantenimiento por impuestos y contribuciones de ley por salud, pensión y riesgos. En paralelo, la informalidad acarrea los costos de las posibles multas y sanciones de ley, la inseguridad o falta de protección legal ante demandas laborales o por derechos de propiedad de los productos y validez de los contratos, y el difícil acceso al crédito.

Sin embargo, no todos los emprendedores tienen bases analíticas suficientes y simplemente optan bajo una “cultura de ilegalidad”, por violar las normas del registro mercantil, del registro de la contabilidad y por evadir impuestos y aportes a la seguridad social, lo cual constituye un componente importante de nuestra tolerancia endémica a la corrupción.

Si nos atenemos a los datos publicados por el DANE, los ocupados informales representan el 56.7% del total de empleados entre marzo y mayo del 2023, contra el 51.8% para el periodo de mayo a julio del 2012, lo cual significa que hemos retrocedido. Ante esa evidencia, surge la inquietud entonces, de si el sistema actual incentiva la informalidad.

Si esto indican las cifras y las actitudes culturales enraizadas, y si no se ven programas frontales para reducir la informalidad laboral (y mucho menos la pandemia de la corrupción), ¿qué pasaría, entonces, si todos fuésemos informales? Como nadie pagaría impuestos a la renta por utilidades, ni contribuciones a la seguridad social, pues el estado se vería abocado a subsidiar los gastos por salud, riesgos y pensiones de toda la población, sin tener el ingreso del impuesto a las utilidades.

Algo estamos haciendo tremendamente mal para que la informalidad aumente (o en el mejor de los casos, se mantenga por encima del 50%). De leyes estamos sobrados hace rato, además de la ineficiencia del estado en la lucha contra la corrupción. 

Y, aún peor, hay evidencias de un mayor deterioro de la ética y moral nacional cuando el pueblo acepta con ligereza la vuelta de expresidiarios a la política (como recientemente ocurrió en la Guajira y en Córdoba), cuando es manifiesto el silencio o ciertas declaraciones de políticos y funcionarios gubernamentales sobre la corrupción en general, y sobre otros hechos aún pendientes de aclarar como la financiación de campañas políticas.

Como muestra de todo esto, vale la declaración del expresidente Gaviria sobre su consideración del Consejo Nacional Electoral como tal vez, la entidad más corrupta del país (véase el periódico El Tiempo de julio 4 pasado).

Juan Laureano Gómez

Julio, 2023

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En todas partes hay buenos y malos; más aún, dentro de nosotros mismos coexisten el bien y el mal y por eso decimos popularmente que “en todas partes se cuecen habas”.

Nuestra tendencia natural es a creernos buenos y mejores que los demás; por eso tendemos a demonizar particularmente a aquellos que nos antagonizan, desafían o piensan diferente.

En Colombia es fácil para el gobierno demonizar a la oposición y, lo contrario también; pero en verdad, como se repite tantas veces, “… es más lo que nos une que lo que nos separa”. De hecho, en las reformas (pensión, salud y laboral) propuestas por el gobierno, hay muchos más puntos de acuerdo que de desacuerdo, sin que por ello sea fácil ponerse de acuerdo en todo.

Pero la polarización no es solo en Colombia. En Estados Unidos republicanos y demócratas han generado un abismo que los separa. Y ni hablar de la invasión Rusa a Ucrania, ni de los conflictos actuales en Francia. 

Y el problema no es tanto de conocimiento. Pensábamos que como el internet puso el saber al alcance de todos, eso nos ayudaría a entendernos, pero el problema es más de egos y de soberbia (de narcisismo dirán los psicólogos). Y no se limita solo a los países desarrollados donde el consumismo exagerado (producto entre otros de un capitalismo extremo), ha profundizado el narcisismo.

Y no es que unos sean malos y los otros buenos; en verdad, en todos los bandos hay buenos y malos; más aún, dentro de cada ser humano hay tendencias buenas y malas, y de palabra y obra se hacen cosas buenas y malas, como corresponde a la naturaleza humana. En la práctica, es mitad y mitad.

En cuanto a Colombia, ¿cuál sería un buen comienzo de sanación y recuperación del alma del país? Primero, hay que reconocer humildemente que lo común en el ser humano es buscar su propio beneficio. Se oye continuamente que los privados han usufructuado ya muchos años los fondos de las pensiones y la salud, y se discute si esos fondos son públicos o privados. Tanto empleadores como empleados contribuyen a la seguridad social, aunque los primeros en mayor proporción; pero el estado regula y, de hecho, actúa como garante de última instancia en ambos frentes. Adicionalmente, en el caso de las pensiones parece existir un incremento en la tendencia a preferir afiliarse a Colpensiones, pero, aun así, a enero de este año todavía 7 de cada 10 aportantes lo hace a fondos privados. Y en el caso de la salud las mayorías parecen preferir a las EPS que son mayoritariamente privadas

Lo anterior se entiende mejor con la otra discusión, muy de moda en esta época de reformas, y es la de qué sector es más corrupto. Las acusaciones son mutuas y los argumentos y casos abundan en ambos bandos. Pero la realidad es que todos somos colombianos y muchos rotan entre lo público y lo privado, y muchos también son bisectoriales para maximizar los beneficios.

Lo segundo sería asumir posiciones más prácticas (realistas), y menos ideológicas de lado y lado para llegar a acuerdos en beneficio del pueblo, es decir, para alcanzar un mayor desarrollo económico.  

Hay demasiado en juego, porque aproximadamente el 96% del empleo formal viene de pequeñas y medianas empresa, muchas de las cuales apenas sobreviven, amén que el sector informal representa más del 50% del total de la población económicamente activa. 

Se trata, como decía Alan García (de triste memoria en el Perú porque se suicidó, acosado por la justicia de su país), de bajarnos todos del bus a empujar en la misma dirección. Aún tenemos instituciones fuertes, pero no nos desesperemos unos a otros al apunto que algunos opten por que el bus caiga en el abismo.

Juan Laureano Gómez

Julio, 2023

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La OTAN y Rusia están enfrentados en una espiral de guerra y, sin una postura prudente de apertura al diálogo, las consecuencias serán devastadoras. No todo debería ser válido ni en la guerra, ni en el amor.

Empecemos por la peor de las guerras: la nuclear. Nadie sabe a dónde llegará la escalada de agresiones y maltratos entre la OTAN y Rusia. Lo que sí sabemos, sin embargo, es que ya pasan de cuarenta los países aliados para apoyar a Ucrania en la guerra contra Rusia, países aliados que representan algo más del 40 % del producto interno bruto mundial. También está claro que los ucranianos, gracias al apoyo de sus aliados están “correteando” a los rusos con armas y tecnología de comunicaciones (espionaje satelital y electrónico), superiores.

La guerra de tarifas que empezó Trump contra China se ha extendido ahora a la guerra financiera con la eliminación de los bancos rusos del sistema de pagos internacionales (Swift), y el embargo de las reservas monetarias rusas en el exterior, con lo cual muchos otros países ahora temen futuras retaliaciones similares. Y esto sin mencionar la guerra contra el medio ambiente implícita en la guerra convencional. 

La guerra en Ucrania está poniendo a prueba la eficacia de nuevas armas como los lanzacohetes americanos himars, que utilizan georreferenciación similar a la de los celulares para localizar sus objetivos. Rusia no cuenta con armas tan avanzadas por no tener una capacidad industrial como la de Estados Unidos, donde los adelantos industriales se aplican al armamento. 

Los aviones de última generación de Rusia derribados en Ucrania proveen valiosa información a la OTAN para desarrollar métodos de ataque más efectivos o, simplemente, para bloquear sus componentes electrónicos y software. Rusia utiliza drones iraníes, eufemísticamente llamados “kamizake” o suicidas.

Las armas nucleares aceleraron el fin de la II Guerra Mundial, basadas en el cálculo de cuántos soldados costaría invadir Japón versus cuantos muertos habría en un bombardeo atómico limitado a solo dos ciudades (Hiroshima y Nagasaki), que finalmente resultó en aproximadamente 200.000 muertes, mayoritariamente civiles.

Al hacer referencia a Estados Unidos como el único país en utilizar armas nucleares, Vladimir Putin habría dado a entender que esa también sería su justificación para el uso de armas nucleares en Ucrania y, seguramente, se esté preguntando cuántos soldados rusos tendría que sacrificar para subyugar a ese país.

La OTAN también cree que, si no detiene a Rusia ahora ‒utilizando a Ucrania‒, eventualmente tendrá que hacerlo de manera directa y a un mayor costo. Después de la Segunda Guerra Mundial las guerras por interpuesta persona han sido numerosas, siendo la más cruel y mortal la guerra de Vietnam, donde Rusia puso las armas y Estados Unidos los muertos, estos últimos de todas formas mucho menores que los muertos vietnamitas. En Ucrania los papeles se han invertido pero, al final, es probable que también la mayoría de los muertos sean ucranianos.

Lo que está pasando no es nuevo. Desde la antigüedad todo vale en la guerra y en el amor. ¿Quién, por ejemplo, inutilizó mediante explosivos el gasoducto Nord Stream en el mar Báltico, de lo cual Rusia y los “aliados” se acusan mutuamente? En las luchas por amor, generalmente alguien queda para disfrutar; pero, en caso de una tercera guerra mundial pocos sobrevivirán…, y no quedarán ni despojos, ni quien los recoja. 

En la guerra se espera no tanto que el soldado dé la vida por amor a su patria, como que logre que el soldado enemigo dé la vida por la suya, pero en una confrontación nuclear ninguna de las dos proposiciones es válida, porque ambos van a perder la vida.

Tanto en la guerra como en el amor no han faltado los suicidas: los primeros, por el despecho, y los segundos, para inmolarse con tal de que el enemigo también perezca. Al fin, guerra y amor se representan por medio del fuego y se habla de las llamas de la guerra y del fuego del amor. Y, aún más, para justificar la guerra con frecuencia apelamos al amor a la patria, amor a los que vamos a liberar de alguna opresión mediante la guerra, etc.… 

Si perdemos la prudencia necesaria para el diálogo constructivo, ese fuego nos devorará. 

Juan L. Gómez C.

Enero, 2023

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Recientemente, el ministro de Hacienda, José Antonio Ocampo, afirmó que la evasión y la elusión de impuestos en Colombia alcanza $80 billones anuales, aunque en la exposición de motivos de la reforma tributaria la cifra se acerca $65 billones.

Resulta paradójico que el ministro de Hacienda ‒en un reciente congreso de gremios en Cartagena‒ afirme que la evasión y la elusión de impuestos en Colombia sea de $80 billones anuales (notamos, sin embargo que en la exposición de motivos de la reforma tributaria se habla de cerca de $65 billones), cuando él mismo adelanta una propuesta de reforma tributaria para recaudar $25 billones anuales de impuestos adicionales, lo cual constituye una declaración tácita de la incapacidad crónica del Estado colombiano de hacer cumplir las leyes tributarias. 

Esos $80 billones de evasión y elusión son cercanos a 40 % de los $202 billones de recaudo proyectados para 2022, que representan más del doble de lo recaudado en el año 2012, sobre todo por incrementos sustanciales en recaudos en años recientes (excepto el año de la pandemia).

El presidente Petro afirmó en su campaña que la mayor corrupción en Colombia es la evasión de impuestos de las empresas, de lo cual no estoy muy seguro, pues las cifras estimadas de la corrupción son igualmente alarmantes. Sin entrar en mayores detalles, la Contraloría General de la Nación estimó en enero de 2021 en $50 billones las pérdidas por corrupción en Colombia, de tal manera que la mayor corrupción es la ineficiencia confesa y tolerada del Estado colombiano para hacer cumplir las leyes.

Dice un conocido que antes el mayor enemigo del hombre era el diablo, pero que ahora es la DIAN. Y esto seguramente empeorará en el futuro, a medida que mejoren los controles y sea mayor el número de funcionarios de la DIAN persiguiendo la evasión, lo cual me parece muy bien.

Por otra parte, los impuestos no pueden seguir subiendo indefinidamente, porque “matamos la gallina”. Si un particular o empresa deben generar cuatro pesos para quedarse solo con un peso, el Estado se convierte en el accionista mayoritario, con el agravante de que individuos y empresas siguen manejando todos los demás riesgos del negocio (mercado, laboral, penal, etc.), mientras el Estado se lleva la mejor parte sin asegurar un manejo eficiente y honrado de los recursos. Sería la fórmula segura al fracaso como nación. Y si además la productividad en Colombia es la cuarta parte de la de los países avanzados, ¿cómo podrán las empresas y los individuos progresar, competir, crear empleo y pagar mejores salarios?

Se estima que la informalidad (58 % en Colombia), genera evasión de impuestos por $10 billones en renta y $20 billones en IVA. Además, este mismo 58 %, generalmente, no aporta a salud ni a pensión, cuyos costos deben asumirlos los formalizados (empleados y empresas). ¿Es esto fiscal y socialmente sostenible?

Este estado de cosas es un llamado a una guerra inteligente, pero radical, contra la corrupción (incluyendo la informalidad), antes que nada. Sin este saneamiento previo, ganar las otras batallas parece muy difícil.

Juan L. Gómez

Noviembre, 2022

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Muy al estilo macondiano, Petro ofrece crear el capitalismo a la colombiana, un “capitalismo mágico” para “gozar la vida y vivir sabroso”. Los chinos han sido exitosos, pero el capitalismo del siglo XXI es un fracaso mayor. 

Para gozar la vida ‒todos sabemos‒ se requieren recursos y la fuente principal de recursos del Estado son los impuestos, con lo cual cobra relevancia la reforma tributaria, un primer requisito de los gobiernos en los últimos 30 años. Todos prometen una reforma estructural, aunque en la práctica las reformas no han pasado de ser cortoplacistas, bien sea por miopía financiera, cobardía política o, muy probablemente, una mezcla de las dos. 

Los gobiernos saben que cualquier exceso en impuestos es “perjudicial para la salud” y, por eso, andan con tino; si no, acordémonos de la abortada reforma de Carrasquilla el año pasado. Mucho impuesto a los ricos desestimula la inversión y la creación de puestos de trabajo y mucho impuesto a los pobres aumenta la pobreza y la crisis social en general. Y un nivel bajo de impuestos limita el gasto social, además de mantener un déficit fiscal permanente, como es el caso de las economías en desarrollo. 

Dicho esto, la política colombiana ha sido acomodaticia desde el Frente Nacional. Lo que empezó como una alternancia en el poder de los partidos políticos tradicionales derivó en acuerdos programáticos entre el ejecutivo y el legislativo para obtener mayorías en el Congreso y asegurar así la gobernabilidad. En esta última elección presidencial, a pesar de las promesas de cambio y de lucha contra la corrupción, principalmente caracterizada por el cobro de comisiones en las asignaciones presupuestales, parece que todo seguirá igual. Al menos en el interactuar entre gobierno y Congreso. Así al menos parece por los recientes acuerdos entre el victorioso Pacto Histórico, el Partido Liberal y otras agrupaciones que permitirán al gobierno entrante contar con mayorías en el legislativo. De hecho ‒recordemos‒ las elecciones presidenciales no cambian la composición del Congreso.

Esa alianza parecería servir de moderadora de la ortodoxia socialista de muchas de las propuestas del nuevo presidente. Sin embargo, podría llevar al desengaño de muchos seguidores del Pacto Histórico, votantes claros de un cambio en la forma de hacer política en el país.

Así pues, se impone la realidad de “moler con las mulas que hay” y, en lugar de generar un cambio brusco de consecuencias desconocidas o un “salto al vacío”, parecería que vendrán cambios graduales. Siempre es mejor y más sostenible construir sobre lo construido.

De la habilidad del nuevo presidente para explicar a todos el curso de acción y la implementación de propuestas ‒teniendo en cuenta los acuerdos programáticos‒ dependerá que sigamos avanzando, no sin dificultades como hasta ahora lo hemos hecho, sobre la base que solo el trabajo y la honradez son garantía de progreso.

Es resaltable la declaración de guerra a la pobreza (uno de los argumentos fuertes para la reforma tributaria y pilar de la prometida “vida sabrosa “), de la cual estábamos en mora pues, al parecer, el dolor ajeno termina insensibilizándonos ante la imposibilidad individual de resolverlo. 

Por otra parte, es indispensable reactivar relaciones y comercio con Venezuela ante tanto drama migratorio y necesidades económicas. Si con alguien se debe hablar es con el “enemigo”, que en verdad no lo parecerá tanto después de que hablemos con él. Del amigo siempre sabemos lo que piensa, pero ¿cómo lidiar con el “enemigo” si lo desconocemos totalmente? También con los vecinos debe aplicarse el “moler con las mulas que hay”.

La pregunta del día es el modelo socialista latinoamericano que seguirá el nuevo gobierno y si finalmente dicho modelo cuadra con el capitalismo a la colombiana. Me inclino por que Petro seguirá un modelo de cambios graduales parecido al de AMLO en México.

Nuestro éxito como país dependerá de que hablemos menos y nos escuchemos más para entendernos y juntos poder hacer más. Y, además, cambiar la cultura de la corrupción imperante, esa otra guerra que falta por declarar urgentemente y por la cual la otra mitad del electorado votó y sin la cual la guerra contra la pobreza puede perderse. Es posible que esa otra mitad del electorado se organice como partido político y siga muy de cerca el desarrollo de los acontecimientos.

Con una margen de victoria de apenas 3 % y una situación económica precaria, se impone la necesidad de alcanzar acuerdos programáticos para lograr consensos mayoritarios como un buen comienzo para aterrizar un capitalismo mágico que surja de la unidad. Quizá Colombia logre añadir a su marca país esta denominación del capitalismo que contrastaría con el capitalismo salvaje que tanto se critica hoy.

Juan L. Gómez C.

Septiembre, 2022

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Muy al estilo macondiano, Petro ofrece crear el capitalismo a la colombiana, un “capitalismo mágico” para “gozar la vida y vivir sabroso”. Los chinos han sido exitosos, pero el capitalismo del siglo XXI es un fracaso mayor. 

Para gozar la vida, todos sabemos, se requieren recursos, y la fuente principal de recursos del Estado son los impuestos, con lo cual cobra relevancia la reforma tributaria, un primer requisito de los gobiernos en los últimos treinta años. Todos prometen una reforma estructural, aunque en la práctica las reformas no han pasado de ser cortoplacistas, bien sea por miopía financiera, cobardía política o, muy probablemente, una mezcla de las dos. 

Los gobiernos saben que cualquier exceso en impuestos es “perjudicial para la salud” y, por eso, andan con tino; si no, acordémonos de la abortada reforma de Carrasquilla el año pasado. Mucho impuesto a los ricos desestimula la inversión y la creación de puestos de trabajo y mucho impuesto a los pobres, aumenta la pobreza y la crisis social en general. Y un nivel bajo de impuestos limita el gasto social, además de mantener un déficit fiscal permanente, como es el caso de las economías en desarrollo. 

Dicho esto, la política colombiana ha sido acomodaticia desde el Frente Nacional. Lo que empezó como una alternancia en el poder de los partidos políticos tradicionales derivó en acuerdos programáticos entre el ejecutivo y el legislativo para obtener mayorías en el Congreso y asegurar así la gobernabilidad. En esta última elección presidencial, a pesar de las promesas de cambio y de lucha contra la corrupción, principalmente caracterizada por el cobro de comisiones en las asignaciones presupuestales, parece que todo seguirá igual. Al menos en el interactuar entre gobierno y Congreso. Así al menos parece por los recientes acuerdos entre el victorioso Pacto Histórico, el Partido Liberal y otras agrupaciones que permitirán al gobierno entrante contar con mayorías en el legislativo. De hecho, ‒recordemos‒ las elecciones presidenciales no cambian la composición del Congreso.

Esa alianza parecería servir de moderadora de la ortodoxia socialista de muchas de las propuestas del nuevo presidente. Sin embargo, podría llevar al desengaño de muchos seguidores del Pacto Histórico, votantes claros de un cambio en la forma de hacer política en el país.

Así pues, se impone la realidad de “moler con las mulas que hay” y, en lugar de generar un cambio brusco de consecuencias desconocidas o un “salto al vacío”, parecería que vendrán cambios graduales. Siempre es mejor y más sostenible construir sobre lo construido.

De la habilidad del nuevo presidente para explicar a todos el curso de acción y la implementación de propuestas ‒teniendo en cuenta los acuerdos programáticos‒ dependerá que sigamos avanzando, no sin dificultades como hasta ahora lo hemos hecho, sobre la base que solo el trabajo y la honradez son garantía de progreso.

Es resaltable la declaración de guerra a la pobreza (uno de los argumentos fuertes para la reforma tributaria y pilar de la prometida “vida sabrosa “), de la cual estábamos en mora pues, al parecer, el dolor ajeno termina insensibilizándonos ante la imposibilidad individual de resolverlo. 

Por otra parte, es indispensable reactivar relaciones y comercio con Venezuela ante tanto drama migratorio y necesidades económicas. Si con alguien se debe hablar es con el “enemigo”, que en verdad no lo parecerá tanto después de que hablemos con él. Del amigo siempre sabemos lo que piensa, pero ¿cómo lidiar con el “enemigo” si lo desconocemos totalmente? También con los vecinos debe aplicarse el “moler con las mulas que hay”.

La pregunta del día es el modelo socialista latinoamericano que seguirá el nuevo gobierno y si finalmente dicho modelo cuadra con el capitalismo a la colombiana. Me inclino por que Petro seguirá un modelo de cambios graduales parecido al de AMLO en México.

Nuestro éxito como país dependerá de que hablemos menos y nos escuchemos más para entendernos y juntos poder hacer más. Y, además, cambiar la cultura de la corrupción imperante, esa otra guerra que falta por declarar urgentemente y por cual la otra mitad del electorado votó y sin la cual la guerra contra la pobreza puede perderse. Es posible que esa otra mitad del electorado se organice como partido político y siga muy de cerca el desarrollo de los acontecimientos.

Con una margen de victoria de apenas 3 % y una situación económica precaria, se impone la necesidad de alcanzar acuerdos programáticos para lograr consensos mayoritarios como un buen comienzo para aterrizar un capitalismo mágico que surja de la unidad. Quizá Colombia logre añadir a su marca país esta denominación del capitalismo que contrastaría con el capitalismo salvaje que tanto se critica hoy.

Juan L. Gómez C.

Julio, 2022

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La política es, quizá, la actividad más importante que puede desarrollar el ser humano. Los políticos hacen Constituciones, distribuyen presupuestos y deciden sobre lo divino y lo humano a su mejor juicio y decisión. Ellos regulan y controlan desde lo macro hasta lo micro, sin dejar actividad alguna por fuera. 

Los políticos no siempre hacen una buena administración, que consiste en tres tareas básicas: regular, entrenar y controlar. Generalmente, en los países en vías de desarrollo sobrerregulamos, entrenamos poco y controlamos mediocremente. No es difícil concluir entonces que, a menor administración o gerencia de la cosa pública, mayor nivel de corrupción.

Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, pues ¿de dónde salen los políticos sino de la misma masa de gobernados? Así, el desarrollo de las naciones se ve limitado porque el nivel de desarrollo cultural dificulta la creación de consensos para elegir a los mejores.

La experiencia de lo que vemos en pequeños y grandes municipios colombianos podríamos determinarla, en mayor o menor grado, como una política de mendicidad, en donde alcalde y concejales son elegidos por votación secreta, mediante elecciones periódicas, contaminadas por una práctica ancestral de intercambio de favores, práctica que con el paso del tiempo evolucionó a una compra de votos y más recientemente a promesas de contratos por votos. Para recuperar su inversión, los políticos deben contratar obras públicas con sobrecostos y los ciudadanos inermes se ven obligados a mendigar servicios eficientes.

En general, los ciudadanos están desanimados y desmoralizados e, incluso, algunos atemorizados (en las zonas más apartadas y desprotegidas) ante las posibles represalias por parte de algunos políticos, de quienes se rumora que tienen contactos con agentes armados al margen de la ley. De esta forma se completa un círculo vicioso, para salir del cual se requiere un cambio cultural en la base de la población con el fin de organizarse y elegir gobernantes adecuados.

Como actividad fundamental, la política está sometida a graves riesgos de cuyo manejo depende la generación de riqueza y el bienestar de los pueblos. Un buen gobierno generará riqueza y bienestar para todos; un gobierno mediocre, riqueza para unos y pobreza para otros, y un mal gobierno pobreza para todos.

Se concluye, entonces, que el primer deber de todo ciudadano es participar en política, debatiendo y planteando soluciones, eligiendo a los mejores y finalmente ejerciendo control, lo cual implica delatar a los corruptos. Cada pueblo o nación deberá encontrar su propio sistema político, unos más representativos o autoritarios, pero que todos atiendan a sus raíces culturales.

Independientemente del sistema político, es urgente reformarnos por las buenas hacia una mejor y más limpia administración pública, lo cual es responsabilidad tanto de electores como de elegidos. Lo contrario es suicida para todos. Quizá la pandemia, al desnudar muchos problemas sociales, acelere los procesos de depuración política. Con que cumpliéramos las amplias y diversas leyes laborales y de protección social, así como la administración limpia e inteligente de los recursos existentes, daríamos un paso gigantesco hacia el progreso. 

Muchos de los problemas actuales de los pequeños municipios o pequeñas aldeas no requieren presupuesto adicional, sino respeto a la ley y, principalmente, a los derechos de los demás.

Finalmente, me inclino porque gane el Centro Esperanza, particularmente por la participación ahí de Alejandro Gaviria. Los programas, como el papel, aguantan todo (y, además, no alcanza la plata para tantas promesas), y los candidatos necesariamente nos pintan pajaritos de oro. Votemos sobre todo por quien con su hoja de vida nos haga soñar con un mejor país donde progresivamente avancemos en justicia, equidad y paz. 

Sin mejorar la productividad no alcanzaremos el progreso. Miro con envidia un país como Corea del Sur, actualmente considerado primero en innovación a nivel mundial y donde la gente moría de hambre después de la guerra en los años cincuenta del siglo pasado. Allí, aún en los municipios más pequeños, se ve un progreso caracterizado por empleo, tanto industrial como agrícola, liderado por administraciones nacionales y municipales eficientes. 

Más que un pedazo de papel con unas promesas improbables, miremos la hoja de vida del candidato que nos demuestra su personalidad y desempeño. Al fin de cuentas estamos eligiendo (“contratando”) a alguien que va a trabajar para nosotros.  

Juan Laureano Gómez

Marzo, 2022

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De todos los relatos de horror y barbarie revelados en la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición hay uno que me impresionó particularmente: el del paramilitar que recibió la orden de matar a todos los habitantes, mujeres u hombres, adultos o niños, que fueran a salir de un caserío. 

Cuando se acercaban al sitio señalado, los hombres armados vieron venir una pareja de jóvenes mujeres. El comandante dio la orden de disparar a la de mayor altura, que fue ultimada al instante. La segunda joven logró correr y se abrazó a los pies del comandante, suplicando por su vida, diciéndole: “no me mate, yo me le entrego…, yo soy virgen y, si no lo fuera, entonces usted me mata”. Sin embargo, el comandante desenfundó su arma, la mató y luego la descuartizó, porque si no lo hacía lo mataban a él, según su relato.

Vienen a la memoria otras barbaries. Durante la segunda guerra mundial el exterminio no fue solo de los judíos. En la invasión del ejército alemán a Rusia, la orden era arrasar con todo, de tal forma que se agrupaba a los campesinos y los fusilaban para luego quemar las aldeas y los campos. En esa misma guerra, por un error de la aviación alemana que terminó bombardeando Londres ‒según la historia oficial‒, se desató un bombardeo indiscriminado de ciudades por parte y parte con miles y miles de víctimas. 

En 1900, durante la guerra de los bóxers en China, luego que los rebeldes ocuparan la embajada alemana y mataran al embajador e hicieran otras atrocidades, ocho potencias europeas organizaron una invasión de China. La despedida de los soldados alemanes que iban a ese país incluyó la exhortación oficial a acabar con todo lo que encontraran a su paso.  

Y las cosas empeoran si seguimos retrocediendo en el tiempo, a las guerras religiosas, a las Cruzadas, a los antiguos imperios de India, China y Persia… Corrían ríos de sangre, literalmente. Durante la primera Cruzada los musulmanes fueros sorprendidos: los cristianos lograron tomar Jerusalén; la mortandad fue tan grande que ‒según unos historiadores‒ la sangre llegaba hasta las rodillas de los soldados y, para otros, hasta la altura de los tobillos. Algo similar pasaba en los sacrificios humanos de los aztecas. Así, la barbarie no es novedosa entre los humanos, a pesar de lo cual con frecuencia pensamos y, sobre todo, sentimos que nuestra barbarie es única y, por supuesto, la más dolorosa de todas, pues es la que nos correspondió vivir.

En la oración universal ‒el padrenuestro‒ pedimos que se nos perdone, así como perdonamos a los que nos ofenden, quizás como forma de reconciliarnos con el destino cruel de nuestra naturaleza, en la que a veces uno sufre lo que hacen otros y, luego, otros sufren lo que hacemos nosotros. Aun así, las perspectivas de la violencia cambian de acuerdo con la educación; por ejemplo, los militares que se entrenan para la guerra, y los ejércitos (legales e ilegales) que abundan.

Es muy probable que el futuro sea mejor, aunque el proceso de mejora sea lento y solo veamos resultados en unos diez años o más.  No nos desanimemos…, la humanidad ya superó dos guerras mundiales. Es reconfortante pensar que después de la tempestad viene la calma. 

El camino a la paz requiere sacrificios. No olvidemos que la paz permite todas las oportunidades, mientras la guerra materializa todos los riesgos. Quisiéramos pensar que lo sucedido en Colombia es único en el mundo, pero no es así, como lo demuestra la historia universal. 

Juan Laureano Gómez

Enero, 2022

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En un mundo cada vez más digitalizado y con mayores flujos de información y automatización se hace esencial mantener una ciberseguridad adecuada que provea sostenibilidad a las empresas y gobiernos.

A las pandemias del COVID-19 y de las redes sociales se ha unido la epidemia de hackeos, entre los cuales se cuentan el del mayor oleoducto de Estados Unidos (Colonial Pipeline), que transporta gasolina y otros combustibles desde Texas hasta Nueva Jersey (8800 km). Se hizo en mayo de 2021 y resultó en un pago de rescate en bitcoins equivalente a cinco millones de dólares. Los criminales vulneraron una entrada vía VPN (red privada virtual, por sus siglas en inglés) que no contaba con doble seguridad, es decir, solo requería una contraseña sin requerimiento adicional (por ejemplo, mediante un mensaje de texto a un celular).

También en mayo pasado, JBS (nombre formado por las iniciales del nombre de su fundador, el brasileño José Batista Sobrinho), la empresa procesadora de carne más grande del mundo, sufrió ataques que paralizaron su operación en Estados Unidos, Canadá y Australia. En Estados Unidos incluso los departamentos de policía han optado por pagar rescates para no perder información crítica o para no incurrir en el costo de reconstruir los sistemas de información. Para la mayoría de las empresas un riesgo relevante es el de las demandas de sus usuarios por la revelación de información confidencial de ellos que está en poder de las empresas. 

Cualquier empleado sin preparación suficiente o con actitud desprevenida puede originar un hackeo al bajar de internet información contaminada o al perder su clave de acceso. La pandemia del COVID-19 desplazó a sus casas a millones de empleados que antes contaban con ambientes más seguros en las oficinas de las entidades donde trabajaban y que en sus hogares estaban sujetos a mayores distracciones por atender múltiples actividades en la familia, como el cuidado de niños y tareas del hogar.

En cualquier lugar donde haya conectividad existen riesgos de ciberseguridad. Muchos procesos ahora están automatizados y reciben órdenes a través de redes informáticas que pueden ser vulneradas.

Entre las acciones que pueden tomar las empresas (algunas de las cuales también pueden ser aplicables a individuos) para protegerse en estos temas está la toma de conciencia del riesgo, es decir, fortalecer la cultura del riesgo. 

La ciberseguridad es uno de los tres riesgos de mayor importancia actualmente, según varios sondeos de opinión. Este riesgo debe incorporarse en la planeación estratégica y en los planes de acción de empresas y otras entidades, como las universidades. Las que elaboren Mapas de Riesgo tendrán las herramientas para la identificación, análisis, evaluación y seguimiento de cada riesgo particular relacionado con la ciberseguridad 

Todo acceso a computadores, fuentes o redes de información debe incluir un doble control (como una contraseña y la confirmación mediante un código adicional vía mensaje de texto). Actualmente existen herramientas para el acceso sin contraseñas ‒por ejemplo, a través de la identificación biométrica‒, pero su popularización es aún lenta.

Así como en temas de cumplimiento se exige cero tolerancia, en cuestión de ciberseguridad debe manejarse cero confianza para el manejo de los controles.

No hay almuerzo gratis o de eso tan buen no dan tanto, decimos coloquialmente como prevención de lo que no nos cuesta. En verdad, internet provee un gran volumen de información gratuita, pero no por eso está libre de riesgos que pueden resultar muy costosos.

Juan L. Gómez

Enero, 2022

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Ante el misterio de la vida y del universo muchos nos acogemos, en general, a la tutela de un Padre Celestial. Esta decisión también hace parte de la celebración cristiana de la Navidad.

La Navidad es la celebración de la vida, es decir, de la familia. Es recordar la niñez; es volver a un mundo sencillo bajo la tutela de los padres y de un Padre Celestial, es decir, el Creador del universo. Ese padre del cielo y esa niñez de la que cantó Miguel de Unamuno en su Cancionero (1928-1936) estos versos:

Agranda la puerta, Padre,

porque no puedo pasar;

la hiciste para los niños,

yo, he crecido, a mi pesar.

Si no me grandas la puerta,

achícame por piedad;

vuélveme a la edad bendita

en que vivir es soñar.

Eso es lo que corresponde ahora con el transcurso de los años: reconocer al Padre del cielo y volver a esa edad bendita de la sencillez y la confianza, para seguir soñando.

Navidad es también recordar…: es recoger el musgo en la finca de la abuela que bordeaba un río, con un salto de agua y con paseo de olla incorporado, es construir el pesebre grande y cocinar los amasijos en un horno de barro, bajo la dirección de las tías solteras, y es hacer una olla inmensa de tamales para repartir a toda la familia, una tarea que duraba varios días. 

Particularmente, me acuerdo de la navidad en que me regalaron una pistola artesanal que disparaba rascaniguas (o triquitraques). Para estrenarla, salimos a las calles del pueblo con mis hermanos y a la primera persona que encontramos (una matrona muy distinguida), le disparé con mi pistola, a lo cual la señora respondió con un bofetón, llamándome “chino atrevido”.

Más adelante, en los años de seminario, recuerdo las serenatas antes de la misa de medianoche y luego natilla, buñuelos y regalos.

La mejor de las navidades fue cuando, recién nacido mi primer hijo, estrené la paternidad. Ese niño fue mi niño Jesús, la encarnación del milagro de la vida y del universo, y prueba viviente del Dios Creador. Comprendí, entonces, por qué las religiones encarnamos a Dios en un hermano mayor, en nuestro caso Jesucristo, de cuyos labios aprendimos a orar empezando con la advocación Padre nuestro que estas en los cielos… Un solo Padre y todos hijos de Dios, para ser solidarios, justos y equitativos.

En esta navidad tuve una gran sorpresa. Cuando le pregunté a uno de mis familiares más cercanos acerca de su preferencia para obsequiarle un regalo, me respondió que el dinero que yo tuviera asignado para ese regalo se lo entregara a una persona bien pobre. 

Desafortunadamente, Navidad se identifica ahora con el consumo desbordado y muchas veces innecesario. Contribuyamos al mejoramiento del medio ambiente y de la equidad compartiendo con los más necesitados.

Juan Laureano Gómez

Diciembre, 2021

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Nuestro compañero Juan Laureano, con una amplia trayectoria en el mundo del riesgo bancario en el Bank of America, tanto en Colombia como en Estados Unidos, se ha dedicado últimamente a estudiar el blockchain y las criptomonedas, con miras a editar su segundo libro relacionado con la gestión de riesgos en la pospandemia del COVID-19. En su charla con nuestro grupo, a pesar de considerarse “amateur” en este tema, nos acercó de manera cultural para compartir su información sin ánimo de recomendar ninguna alternativa a los interesados. Luego de una introducción, algo de la tecnología que conlleva este asunto, sus consecuencias en las finanzas, en la economía y en la  sociología, su charla y las preguntas que siguieron nos abrieron la curiosidad sobre este tema tan interesante, aparentemente de repercusiones futuras inimaginables.

Exjesuitas en tertulia- Noviembre 11, 2021
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El manejo de la pandemia que estamos viviendo ha debido convocar a los países de América Latina. Si nos hubiéramos unido cabría la posibilidad de desarrollar una vacuna latinoamericana contra el COVID-19. O, también, pensar en una criptomoneda común.

El COVID-19 es un llamado a la unidad latinoamericana. Históricamente, ha habido imperios dominantes y hasta no hace mucho los imperios se creaban a sangre y fuego; sin embargo, ahora, ante el riesgo de la mutua destrucción por las armas atómicas, se compite en guerras frías; la primera, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta poco antes del fin del siglo pasado, entre Estados Unidos y Rusia, que ahora es entre Estados Unidos y China, aunque sin alcanzar las mismas dimensiones. 

Hoy, la competencia es por los mercados de bienes y servicios, que va a ganar quien tenga más peso en el mercado mundial. La cereza en el pastel es la dominación monetaria y financiera, pues le permite al poder dominante emitir dinero impunemente para apalancar su propio crecimiento y competitividad.

En contraposición, para los países pobres la emisión monetaria está limitada por el mercado interno, so pena de generar inflación y ruina generalizada. Por ello, se ven obligados a endeudarse en moneda fuerte, volviéndose así cada vez más dependientes del poder dominante. Pensemos, por ejemplo, en Venezuela: no obstante tener las mayores reservas de petróleo del mundo, ha caído en la hiperinflación y la pobreza por su falta de disciplina fiscal e ineficiencia general. 

Las monedas dominantes en el mundo son el dólar estadounidense, el yuan chino, el euro y el yen japonés. De estos países, Japón es la nación con mayor nivel de deuda pública en comparación con su producto interno bruto, actualmente de alrededor de 2.5 veces. La emisión monetaria inorgánica no ha cesado en Japón desde la década de 1980, cuando el país experimentó una enorme burbuja inmobiliaria que generó una gran crisis económica. Como los economistas saben, las crisis financieras se solucionan mediante emisiones monetarias y es lo que están haciendo los países con monedas fuertes debido a la crisis provocada por el COVID-19.

Seguimos muy lejos de lograr una unión latinoamericana. El desarrollo de una vacuna contra el COVID-19 fue una oportunidad perdida por falta de confianza en nosotros mismos. Ahora que la vacuna Soverana-2 de Cuba ha sido autorizada por la Organización Mundial de la Salud, qué bueno habría sido aliarnos para generar nuestra propia vacuna, no solo con Cuba, sino también con Brasil, donde también se está desarrollando otra contra el COVID-19. Aliarse respetando las ideologías de cada país y sin entrometerse en asuntos internos, lo que de todas maneras ni hacemos ni podemos hacer. 

Por otro lado, en Colombia, la autorización de la Superfinanciera a algunos bancos para explorar el uso de las criptomonedas es positiva. China está avanzando rápidamente en una criptomoneda respaldada por el yuan; en India, está en trámite una ley para prohibir el uso de criptomonedas extranjeras, pendiente de su propia emisión. 

Pero aún más importante que explorar el uso de las criptomonedas, es disminuir el uso del dinero físico, aumentando al mismo tiempo los pagos digitales para ganar tiempo y transparencia. De todas maneras, el cada vez mayor uso de las criptomonedas parece imparable. 

¿Contribuirán estas a una mayor autonomía financiera para los países emergentes? ¿Deberíamos en Colombia desarrollar una criptomoneda respaldada por el Banco de la República?  ¿Llegaremos a tener en Latinoamérica una criptomoneda común? Además, ¿qué tanta emisión inorgánica de dinero puede soportar un país como Colombia, sin generar inflación? 

Sin duda, de mantenerse una adecuada generación y distribución de bienes y servicios algún margen habrá. Los paros y protestas recientes en varios países de la región, producto de la inestabilidad social y política, han generado inflación de productos alimenticios porque interrumpen las cadenas de suministro y producción, lo que representa un peligro mayor que una moderada emisión monetaria.  

Pandemia y criptomonedas son temas muy complejos, pero lo menos que puede  hacerse en esta situación de crisis es investigar e innovar. 

Juan L. Gómez

Octubre, 2021

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El libro Inteligencias múltiples. La teoría en la práctica, de Howard Gardner, publicado en 1995, abrió la concepción de que había de inteligencia en varias dimensiones, como la inteligencia interpersonal y la intrapersonal, la corporal, la naturalista o la musical.

Hoy se habla de muchas formas de inteligencia. Están la lógica-matemática, la lingüística y la espacial, entre otras. Después empezó a hablarse de la inteligencia emocional, como un camino para conocer y controlar las emociones. La inteligencia social, también denominada interpersonal, facilita la interacción con los otros. Desarrollar ese tipo de inteligencia nos ayuda a escuchar, hablar y, en general, a desenvolvernos en el tiempo y de la manera indicada.

Los humanos somos seres sociales por naturaleza, pero eso no nos dota automáticamente del equilibrio necesario para interactuar con los demás. Necesitamos un gran refuerzo mediante la educación (entre más temprano, mejor), para adquirir el sentido de lo comunitario, basado en el respeto a los otros y el diálogo en busca del bien común como el bien mayor (incluso mayor que el bien individual, si alguna vez fuesen antagónicos). La libertad, por ejemplo, es un bien individual muy preciado, pero sin límites termina en el desorden, que es un mal para toda la comunidad. El individuo es libre, pero dentro del orden, que es el respeto a los demás.

Buena parte de los problemas de inequidad e injusticia vienen de un bajo nivel de capital social. Para construir capital social se requiere educar a los niños en los valores comunitarios y en el sentido de nación como empresa común que debemos construir todos. No ayuda minimizar asignaturas en el currículo escolar, como ha sucedido con la historia y la geografía y otras disciplinas humanísticas ‒incluidas en un área llamada ciencias sociales‒, y la filosofía, que nos ubican en el tiempo y el espacio como seres sociales pensantes.

Tampoco ayuda que no se evalúen los profesores. ¿Qué mensaje se envía a los educandos cuando los maestros no permiten ser evaluados si en el mundo exterior todo está sujeto a evaluación y supervisión?  

El desarrollo de las redes sociales ha complicado aún más las cosas por la proliferación de noticias falsas que exacerban el inmediatismo de la sociedad de consumo. No hay tiempo ni base intelectual para filtrar, ordenar y asimilar tanta información circulante, promotora de cambios inmediatos y supuestamente fáciles de implementar.

Tampoco la sociedad ha desarrollado mecanismos de control de los nuevos canales digitales, en los cuales cada uno expresa lo que quiere, generalmente de forma inmune y sin tener que responder por lo que se dice. Son fenómenos sociales desbordantes en todas partes del mundo (una pandemia más voraz que el COVID-19, pues no tiene vacuna), con excepción de los regímenes totalitarios.

Los riesgos de las redes sociales, como sistema de información errático y caótico, apenas están empezándose a sentir. La tecnología es buena o mala, según se use. En sí misma no lleva implícito ningún control o análisis de riesgo.

El mal uso de las redes sociales puede distorsionar y aun destruir el capital social de una nación, sobre todo si el fenómeno se acentúa por fallas (en el sistema educativo), generadoras de un bajo coeficiente de inteligencia social. 

Juan L. Gómez

Septiembre, 2021

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