Somos miles de millones de seres humanos interactuando en las redes sociales, un fenómeno nuevo que lleva las comunicaciones a un nivel jamás imaginado por quienes estamos por encima de los cincuenta años.
Con el nacimiento del Internet, desde el primer mensaje entre la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y el Instituto de Investigación de Stanford el 29 de octubre de 1969, se sentaron las bases de las redes sociales; pero fue recién a principios de este siglo, cuando plataformas como Facebook masificaron el intercambio de contenido entre grupos humanos.
Entre las diez empresas más grandes del mundo por su valor de mercado, hay dos estrechamente relacionadas con las redes sociales: Google (el motor de búsqueda, YouTube, Gmail, Google Maps y Android) con más de 4.000 millones de usuarios (solamente YouTube pasa de 2.500 millones), y Meta (incluye plataformas como Facebook –2.100 millones- Instagram, WhatsApp -2.000 millones- y Messenger).
El poder combinado de estas empresas y su capacidad para manipular información con fines comerciales, políticos e ideológicos o, hasta para espiar a los usuarios, está por encima de la comprensión del común de la humanidad, y solo sería comparable con el poder de las religiones para definir el destino de los pueblos.
Durante las cruzadas, en el año 1212, surgió una peregrinación masiva de niños europeos para llegar a Tierra Santa y liberar a Jerusalén de manos musulmanas. Aunque no fue aprobada formalmente por la Iglesia, ni contó con el apoyo de las monarquías de la época, fue inspirada por visiones y creencias religiosas. Terminó ciertamente en tragedia, pues la mayoría de los niños murió en el camino por el hambre y las enfermedades, mientras otros fueron vendidos como esclavos, sin lograr el objetivo. Hoy diríamos que fue una expresión de fanatismo religioso, aunque no es fácil juzgar el pasado con los criterios actuales.
Los jóvenes están expuestos a caer en ideologías extremas y todos estamos sujetos a manipulaciones con fines políticos y comerciales. Para empezar, las empresas mencionadas tienen ánimo de lucro, que está bien, porque así son sostenibles y, por tanto, generan ingresos por publicidad.
Cierto o no, hoy asignamos a las redes sociales un gran poder de convencimiento. Petro triunfó por las “bodegas” de informática donde se programaban ataques y apoyos; Elon Musk dirigió una campaña orientada a un millón de personas no dispuestas a votar en los estados claves para incidir en la elección de Trump; el Brexit tuvo manipulación rusa, el voto contra el referéndum por la paz en Colombia fue influenciado por las falsas noticias, etc… etc…
El denominador común de todas estas afirmaciones es que la arena pública se ha trasladado a las redes sociales, y sus influenciadores (you tubers, podcasters, tik tokers, etc…), comandan audiencias millonarias. En el caso de Elon Musk, dueño de la plataforma X (antes Twitter), su influencia ha aumentado considerablemente después de la elección de Trump y ahora se siente con derecho a intervenir en todo lo humano y divino. Es tal la influencia que algunos lo llaman el verdadero presidente, y muchos políticos le temen y siguen sus indicaciones públicas y no sabemos si también las privadas. Una campaña negativa de Musk puede dar fácilmente al traste con la carrera política de un oponente (como lo fue Kamala Harris). Los mismos gobiernos se han vuelto dependientes de las redes sociales como vemos con Trump y Petro, que parecen mandar desde allí, sin dar descanso ni en los feriados.
El rápido desarrollo de las redes sociales como sistema de información errático y caótico ha favorecido la proliferación de noticias falsas que exacerban el inmediatismo de la sociedad de consumo. No hay tiempo ni base intelectual para filtrar, ordenar y asimilar tanta información circulante, promotora de cambios inmediatos y supuestamente fáciles de implementar.
Los pocos mecanismos de control desarrollados por la sociedad sobre los nuevos canales digitales, son desbordados. Cada uno expresa lo que quiere… impunemente. Son fenómenos sociales sin mayor control, en todas partes del mundo (una pandemia sin vacuna hasta ahora), con excepción de los regímenes totalitarios.
El mal uso de las redes sociales puede distorsionar y aun destruir el capital social de una nación, sobre todo si el fenómeno se acentúa por fallas en el sistema educativo, generadoras de un bajo coeficiente de inteligencia social. Los humanos somos seres sociales por naturaleza, pero eso no nos dota automáticamente del equilibrio necesario para interactuar con los demás. Por eso necesitamos un gran refuerzo mediante la educación (entre más temprano, mejor), para adquirir el sentido de lo comunitario, basado en el respeto a los otros y en el diálogo en busca del bien común, como el bien mayor.
Yo confieso que soy un “comenoticias” principalmente de you tube y de los podcasts. Es una adición diaria: en la mañana el tema es las finanzas, y en la noche la geopolítica, para completar unas tres horas diarias; y, poco a poco, me he ido como encariñando con los personajes que me hablan y me cuestionan. De alguna forma, los temas y los personajes se vuelven amigos que generan usualmente gratitud, pero también angustia por la marcha de los negocios y del mundo en general.
Después de tantos años de trabajo en un banco, no puedo prescindir de ese mundo de las monedas, las tasas de interés y el valor de las acciones. Y por otras experiencias, veo con creciente curiosidad la marcha de las guerras con sus ofensivas, contraataques, exhibición de armas viejas y nuevas; y, sobre todo, de la pugna por la hegemonía mundial. Confieso, sin embargo, que ya no soporto más noticias sobre la destrucción de Gaza.
Refiriéndose a la problemática del hombre moderno, con frecuencia se oye decir que “la vida ha perdido su sentido”; pero, más bien creo que “el sentido de la vida ha cambiado”. O así por lo menos se observa en los jóvenes. Nosotros crecimos en tiempos de más escasez y desarrollamos un “sentido”, que en su momento nos ayudó. Ahora todos tenemos celular y acceso a las redes sociales, donde mayoritariamente por algún consenso “mágico” se establece una “filosofía popular”, que da “sentido” a la vida.
Mis hijas tienen un podcast: “Dos Cabras Locas”. El nombre viene de cómo las llamaba la madre para corregirlas. Por tres años han batallado para ganar audiencias, con un esfuerzo considerable robado al tiempo libre que les dejan sus empleos. Yo no siempre las escucho, porque como dice la menor: “la audiencia esperada no son los adultos” o, diría yo: “el tema no es para cuchos”. Y, como es lógico, las diferencias generacionales se notan.
Estos fenómenos están cambiando el mundo aceleradamente y sin marcha atrás, y solo nos queda manejar el exceso de información evitando intoxicarnos, proteger a los menores con acompañamiento y pedagogía, y esperar un cambio para lo mejor, exigiendo a los gobiernos un mayor control.
Juan Laureano Gómez
Febrero, 2025


2 Comentarios
Juan Laureano, muy sensatas y oportunas tus reflexiones. Gracias.
Juan Laureano. Bien complejo el tema del control de las redes sociales. Creo que además de lo que puedan hacer los gobiernos, ojalá sin extremismos que afecten libertades, es un asunto de educación y de manejo de habilidades críticas por parte de los usuarios. Cordial saludo. Hernando