Se puede dividir la vida en partes. Una primera son las relaciones y las hay hasta de cuatro tipos: unas llegan, otras se van, unas nunca llegaron, y otras nunca se van.
En la última categoría (las que nunca se van), cuenta que “la cercanía no queme, ni que la distancia congele”. Ahí pueden clasificar las relaciones matrimoniales de muchos años y las que tienes con los hijos, ya grandes e independientes. También con los conocidos cercanos: de alguna manera nos acompañarán mientras estemos vivos.
Las que llegan son el primer día del colegio, el primer novio, el primer empleo, la primera montada en avión, el primer viaje al exterior y, puede ser también, el primer puñetazo que nos dan o el que damos. También son importantes las que establecemos cuando encontramos lo que realmente queremos hacer y eso coincide con el empleo. Y todavía más importante aún, la que sellamos el día de la boda, “para toda la vida”, y cuando nos encontramos con el primer hijo que siempre fue un niño dios, o con la primera hija, una luna grande y dorada que nos alumbra en un inmensa playa. Y la que estableces con tu casa, fruto de tus primeros ahorros.
Las que se van, cuando las personas cercanas van muriendo una a una, como desgranándose. Al final todos en silencio, presintiendo el más allá. A veces de la mano de alguien cercano que tiembla más que el muerto. Usualmente, la muerte es primero gradual y luego súbita, tal como las quiebras económicas, las separaciones, e incluso los grandes conflictos como las guerras que se van incubando poco a poco. Estas son las relaciones que se van, que se pierden. Pero también hay muertes sin preaviso, aviones que se caen, carros que se estrellan, locuras que se desencadenan. Y de todas esas ausencias, algo queda vivo en uno.
Las que nunca vinieron son el pasado imposible de rehacer, o cuando estérilmente imaginamos lo que pudo haber sido, creyéndolo mejor de lo que realmente fue, cuando en verdad lo que pasó fue lo único que pudo haber pasado y fue por tanto lo mejor.
Una segunda parte de la vida es la “finiquitud”, porque cada día vivido es un día menos de vida y cada nuevo segundo entierra el segundo anterior; en todo ello está implícita la limitación innata de nuestra naturaleza. Y todo esto sucede rápidamente, al menos mientras estemos ocupados, o lentamente cuando el dolor físico o mental nos frena. El dolor es el campanazo de nuestra “finiquitud”.
Y una tercera parte de la vida es la trascendencia. No en valde tenemos religiones desde que tenemos registro de lo humano. Curiosamente, la mayor concentración de humanos se da en la India en el festival religioso Kumbh Mela donde, cada 12 años, millones de personas se bañan en los ríos sagrados Ganges, Yamuna y Saravasti para purificarse de los pecados y acercarse a la liberación espiritual, (salir del ciclo de reencarnaciones). Para este pasado 29 de enero se cree que se congregaron unas 100 millones de personas, durante 45 días. Entre cristianos y musulmanes también hay grandes peregrinaciones como el año santo y la visita anual a la Meca, respectivamente.
Las religiones, como la energía, no se acaban, se transforman, pero muy lentamente. Hoy, de manera permanente, la gente se congrega para el deporte, la música y el arte en general, y en todas esas actividades buscamos emociones para trascender por raticos, lo máximo a que podemos aspirar en este mundo, sin que eso impida que la trascendencia sea un impulso fundamental del accionar humano…, en el trabajo, en la familia, en el deporte, en la política…
Con todo y sus partes, la vida es una sola. Solo la compartimentalizamos para tratar de comprenderla mejor. Igual que el ser humano es uno solo, aunque lo dividamos en cuerpo y alma, o espíritu o mente.
Juan Laureano Gómez
Abril, 2025


3 Comentarios
Concisa, clara y eficaz taxonomía de nuestro humano devenir. Gracias, Juan Laureano.
Juan Laureano: Una maravillosa interpretación de la vida. Pensamientos claros y profundos, a la vez útiles y sencillos. Gracias. Saludos. Hernando
Querido Juan L. Uno es el que escribe, muchos somos los que leemos, y cada quien puede ponerle rostros o nombres a esas siluetas… y de ahí en adelante: historias, autobiografias o reflexiones. Para el ejemplo que traes al final, tenemos nosotros un paralelo, no concentrado en un dia y un sitio, sino permanente, multilocal y centrado en una PERSONA.