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Juan Laureano Gómez – Mi vida en el exterior – Aprendizajes

Por Juan Laureano Gomez
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El jueves 3 de julio pasado escogimos como tema de nuestra tertulia semanal intercambiar y enriquecernos con las experiencias como migrantes de muchos de nosotros que hemos vivido más de cinco años en algún otro país. Presentamos hoy una de las participaciones individuales durante la tertulia.

Exjesuitas en tertulia – 3 de Julio, 2025- Juan Laureano Gómez desde Montería, Colombia

Mi primer viaje al exterior fue recién salido del juniorado en 1968. Uno de mis hermanos mayores vivía entonces en New Yok y cuatro años atrás cuando él se retiraba de la compañía me dijo poco antes de subir al avión: si algún día quieres viajar a los EE.UU. allá te espero. Así que poco antes de salir de la compañía le escribí y me mandó los tiquetes. A mis veinte años fue mi primer vuelo, y a la gran manzana.

Mi hermano vivía en Queens y el primer paseo de rigor fue visitar Manhattan. Cruzar el Brooklyn Bridge una mañana de agosto en pleno verano, admirar el skyline y luego recorrer las calles me dejaron sin respiración. La distancia era grande entre mi pueblo natal Charalá y los rascacielos Neoyorkinos.

Completé casi dos años en ese mi primer viaje, aprendí el inglés y un poco de contabilidad, y me quedó una gran admiración por los valores de la democracia, los derechos humanos y la libertad. Disfruté mucho de los museos y la vida cultural de la gran ciudad, aprovechando al máximo los beneficios de la visa de estudiante que permitía descuentos en muchas actividades. En el Centro de Estudiantes Internacionales se ofrecían eventos y entradas gratis con buena frecuencia y, mejor que todo, un tutor personal gratis para mejorar la conversación. En mis charlas con el tutor, un voluntario ya en uso de buen retiro, comenté que mi país Colombia era un país pobre y su respuesta fue: “Todos, países o personas, somos o fuimos pobres”

Cuando regresé a Colombia empecé a trabajar con un banco internacional, y después de cinco años trabajé como auditor viajando por Latino América por casi un año. Hacíamos auditoría de las sucursales del banco en la región. La gerencia de la oficina que visitábamos nos atendía muy bien con cena de despedida y los fines de semana visitábamos los sitios de interés, de los cuales recuerdo particularmente Machu Pichu y el Tigre en Buenos Aires. Pero era fatigante estar viajando continuamente sin un hogar fijo y se acentuaba la soledad y el desarraigo.

Luego fui asignado por el banco a Bolivia, donde trabajé nueve largos años. Siempre me cuestionaba cómo un país mayoritariamente indígena era manejado por una minoría blanca. Un policía de tránsito de origen indígena salía usualmente mal parado en una discusión por infracciones de tránsito con una persona de mayor rango social. Recién llegado imperaba la dictadura del General Banzer y todo parecía estable, pero antes de dos años, los problemas sociales desembocaron en inestabilidad política y numerosos golpes de estado.  

En los nueve años de mi vida en Bolivia, hubo 10 presidentes, de los cuales solo uno fue producto de una elección popular. Creo fue el golpe del coronel Alberto Natuch (1979) que duró menos de un mes en el poder, el que más recuerdo, pues los aviones de guerra sobrevolaban la plaza principal de Cochabamba, a escaso metros de la oficina del banco, donde apresuradamente resguardábamos todo en la bóveda para abandonar el banco. Era usual en los golpes de estado que quien encabezaba la rebelión amenazaba la guarnición local esperando el pliegue del comandante local a la naciente revolución. La oficina del banco se había inaugurado el año anterior y yo fui el primer gerente de operaciones, y confieso que nunca en mi vida tuve que trabajar tanto como en esa apertura y puesta en marcha.

Al final, hasta los golpes de estado y las marchas sobre las ciudades, cuando los mineros entraban reventando tacos de dinamita (cachorros), se volvieron rutina. Pero el deterioro económico generó una hiperinflación del 11.750 % en el año 1985. En el banco los salarios se duplicaban cada semana en línea con las subida de precios en los almacenes. El desempleo y las ollas de los pobres pululaban en la ciudad. Una cena con vino nacional en el mejor hotel de la ciudad valía solo US$2.

Desde La Paz viví la toma del palacio de justicia en Bogotá y la tragedia de Armero (6 y 13 de noviembre de 1985, respectivamente). Un mensajero del banco de marcado origen indígena me decía: “es castigo de Dios”, se refería a las malas noticias desde Colombia por la guerrilla y el narcotráfico. 

Con la colonia colombiana organizamos en La Paz el banquete del millón por Armero. Asistieron el recién elegido presidente de la República, sus ministros y comandantes. En la oficina del banco vendí boletas a muchos de los clientes: eran tan solo us$10 por persona, muy caro por la inflación rampante. En la colonia me escogieron para ser el presentador del banquete, hubo subasta de arte y se recolectaron varios miles de dólares que entregamos al Minuto de Dios en Bogotá.

Bolivia tiene una geografía muy variada y hermosa: el nevado del Illimani, notoriamente visible desde La Paz; el lago Titicaca donde era frecuente ir a almorzar el domingo; y el viaje desde la Paz hacia los Yungas en la cuenca del Amazonas por la carretera de la muerte (desde los 4.650 metros de altura); el valle de Cochabamba y el viaje desde la ciudad al Chapare (también en la cuenca del Amazonas); y el valle de Santa Cruz de la Sierra y las selvas de Trinidad limitando con el Brazil. Cerca de la ciudad de El Beni (capital de la provincia de Trinidad), está el río Mamoré que unido al río Beni hacen el río Madeira, uno de los mayores afluentes del Amazonas. Allí se aprecian la vista del ñandú en las sabana y la subienda de pescado en el Mamoré. 

El 1 de abril de 1986, diez años exactos después de salir a viajar por Latino América, regresé a Colombia, hasta el año 2001 en que fui a trabajar por casi ocho años en Miami. En el interino tuve numerosos viajes a EE. UU., sobre todo a San Francisco donde operaba la casa matriz del banco y un centro de entrenamiento internacional, donde tuve la suerte de tomar dos cursos de 3 meses cada uno, antes que el advenimiento del internet convirtiera el entrenamiento al modo virtual. Entre los restaurantes de San Francisco “the Cliff House” (la casa en el acantilado, cerrado en el 2020), tenía una vista espectacular sobre el océano pacífico.

El trabajo en Miami entre 2001 y 2008 me permitió proveer a mis hijos con una educación bilingüe, amén que mi esposa estudió dos años de nutrición a nivel técnico, para todos estudios de mucha utilidad. Mi esposa también inició sus clases de cocina entre los vecinos de Key Biscayne, donde tuvimos la suerte de vivir, y donde vivimos experiencia muy positivas. Digo que en ninguna otra parte viví tan sabroso como allá, en lo laboral, las relaciones humanas, y el ambiente en general.  

En lo negativo, a poco tiempo de llegar, vivimos la experiencia de septiembre 11 y su impacto en la polarización de la sociedad que aún hoy persiste, incluyendo las subsecuentes guerras de nunca acabar.

Por trabajo, por estudio y por placer (especialmente cultural), vivir en el exterior por 20 años, fue de lo mejor que me ha sucedido. Y el mejor consejo en el exterior: en Roma vive como los Romanos, es decir, haz lo que veas, y, en caso de duda: genuflexión.

JUAN L. GOMEZ C.

Julio, 2025

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1 comentario

John Arbeláez Ochoa 6 agosto, 2025 - 8:51 am

Increible periplo de ese niñito (jejeje) que conocí estudiando en el colegio Ortiz de Tunja por allá en los lejanos 1960. Maravilloso recorrido por países y culturas que te dejan profunda huella en el alma. Felicitaciones Juan L.

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