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Jorge Luis Puerta

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Hace una semana tuve temor de expresar que para mí, HOY, la Navidad carece de sentido.

Porque la Navidad para mí, se ha ido diluyendo con el tiempo. Cuando Darío nos planteó la pregunta, estuve a punto de responder: Navidad = Nietos. Pero no. Eso fue hace unos años, cuando cometí la locura de disfrazarme de Papá Noel en la cálida Navidad limeña…por mis nietos. Difícil olvidar el sudor y el  ahogo.

La Navidad comenzó a diluirse cuando los hijos se fueron viniendo en tropel; entonces, lo único que querías era salir corriendo de esa histeria por acumular regalos, por consumir, porque la plata no alcanzaba. Fueron entonces los paseos, los campamentos a orillas de los ríos, la cocina al aire libre, los paisajes, los mejores sustitutos de la Navidad.

La disolución se agravó los cuatro años que estuvimos en París. Mi beca llegaba apenas a los 350 dólares mensuales y el consumismo era mayor, las grandes vitrinas de mil colores y de cien mil juguetes distintos eran una herida en carne viva para los niños. Para completar la beca, me tocó desde vender periódicos en las frías noches de Navidad, hasta lavar tubos de ensayo. El campo, la nieve, el nuevo frío, del cual desconocíamos su crudeza, también nos sirvieron de refugio.

Sin embargo, nada de eso alcanza a borrar los recuerdos que coinciden con muchas de las cosas que cada uno de ustedes nos regaló la semana pasada. Navidad también llegó a ser -hace mucho tiempo- familia ampliada, primos y primas. Mi primer beso fue navideño… a los 9 años, con una prima que nos visitaba de Medellín. Tíos, disfraces, globos, árbol, pólvora, buñuelos, natilla (a los 10 me dejaron pilar el maíz en el pilón de los abuelos) -recuerdo, con enorme fruición- que el premio mayor era el raspado de la paila. O cuando mi madre me dejaba estirar la melcocha para hacer las “velitas” de panela, que se iban blanqueado mágicamente, como hace la señora de la foto.Pero HOY, si quiero responder sinceramente a la pregunta, mi Navidad me la han dado ustedes !!!

Jorge Luis Puerta

Diciembre, 2021

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El derecho a la calle es un excelente indicador del machismo que aún persiste en permanecer entre nosotros. 



Manifestación tras la muerte de Sarah Everard frente a Scotland Yard, en Londres, el pasad16 de marzo. Fotografía de Henry Nicholls / Reuters*

Hace ya un tiempo, cuando mi última hija tenía 16 o 18 años, conversábamos sobre cómo era sentirse mujer hoy.

“Papá, me decía, ustedes los hombres nunca tienen que pensar cómo deben salir a la calle. Para nosotras es una necesidad: pensar ¿a dónde voy? ¿Cómo tengo que vestirme para no arriesgarme demasiado?”. Sus palabras fueron una iluminación como la de un rayo sobre esa sociedad salvaje que desde hace siglos hemos creado y seguimos manteniendo.

Una mujer camina sola, por cualquier calle, de cualquier ciudad, de noche. Debería ser algo totalmente normal. Pero en nuestro mundo no lo es… Si no, veamos el caso de Sarah Everard, de 33 años, que caminaba sola por las calles de Londres, la noche del pasado 3 de marzo. Una semana después, Wayne Couzens, de 48, miembro de la policía metropolitana de Londres, confesó haberla violado y asesinado[1].

Julia Ducournau, la directora francesa de cine de 37 años que acaba de ganar la Palma de Oro en el Festival de Cannes por su película Titane, afirmaba en una reciente entrevista: 

“Mira, cada vez que sale una mujer a la calle, siente algo de miedo (…). Cuando vuelve a casa de noche, cuando te cruzas con un tipo de madrugada por la noche en el metro. Tenemos un problema enorme de distinta percepción del espacio público entre hombres y mujeres. Me indigna profundamente esa marca que llevamos las mujeres en la espalda de víctima predesignada. En mayor o menor medida todas hemos sentido eso”.

Antes de hablar de igualdad de derechos entre hombres y mujeres, de cuotas de equidad de género en el mundo laboral y político, de equiparación salarial, nos acecha esta pregunta tan básica y desafiante: ¿por qué una mujer joven no puede practicar el derecho elemental de caminar por la calle, sola, de noche, sin dejar de sentirse una víctima en ciernes?

Y es que el acechador puede ser cualquier hombre con su instinto fuera de control, con la fuerza y la capacidad para aprovecharse de esa mujer “sospechosa” por el simple hecho de caminar sola, de noche, por cualquier calle de cualquiera de nuestras ciudades o pueblos.

Y esa es la sociedad “occidental y cristiana” de la que necesitamos desaprender aún tantas cosas, para llamarnos civilizados… 

* Cfr. https://elpais.com/opinion/2021-06-03/caminar-sola-de-noche.html

Jorge Luis Puerta


[1] Amanda Mauri, escritora española, en El País de Madrid, comenta la noticia del asesinato de Sarah Everard.

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A los lectores del blog queremos contarles que desde hace 14 meses venimos reuniéndonos, semana a semana, en tertulias amigables, para conversar sobre muy diversos temas. Esas tertulias alimentan el blog y este aprovecha lo compartido allí. 

Ante la dolorosa situación que atravesamos en Colombia decidimos manifestarnos. Por eso, les propusimos a quienes desearan hacerlo, que escribieran un texto breve al respecto.

Este artículo hace parte de la cosecha que obtuvimos.

En un principio, pensé que mi reflexión sobre la actual situación colombiana iba a ser muy original porque partía de los eufemismos; pero, al entrar a Internet y buscar información sobre el tema en Colombia, me sorprendí porque había sido abordado por muchos. Me alegré y me animé a escribir lo que sigue.

El DRAE define eufemismo como una “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería duramalsonante.

Esta definición suena sospechosa porque… ¿quién determina qué es una “manifestación suave y decorosa”? Hay alguien detrás que maneja los hilos, que quiere manipular el lenguaje para desfigurar la realidad, porque esta, a menudo, es subversiva, molesta y hasta criminal. Alguien que dice o piensa: “como no puedo controlar esa realidad, al menos voy a hacerlo con su significación…”.

La política colombiana ha sido un jardín fértil para los eufemismos. Veamos: el Frente Nacional (1958-1974), que podría haber sido una amplia convocatoria a todos los estratos y grupos políticos del país, se convirtió en una estrecha componenda entre liberales y conservadores ‒representantes de la élite colombiana‒ para repartirse el poder durante 16 años continuos. Tuvo muy poco de nacional, pues fue excluyente, clasista y racista, en un país multirracial y multicultural. Allí reside una de las causas de la mucha rabia histórica acumulada que hoy ha estallado.

Cuando en Perú escuché por primera vez la expresión Centro Democrático, imaginé que se trataba de un partido de centro, lejos de los extremos, capaz de convocar a mucha gente de buena voluntad, dispuesta a trabajar por el bien de Colombia. Y no: se ha tratado del paramilitarismo agazapado en las Convivir (¡joya de eufemismo!), que lo menos que produjeron fueron persecuciones y desplazamientos forzados para limpiar territorios codiciados por otros. Y esto sin hablar de los falsos positivos, que ocultan la verdad de las ejecuciones extrajudiciales. ¡Otro eufemismo!

La tensa y violenta situación actual viene de muy atrás y es un territorio plagado también de eufemismos: no se asesina, se da de baja; no se secuestran ciudadanos, son retenidos. Tampoco hay masacres, solo se trata de homicidios múltiples. El Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD), nominalmente estatuido para controlar y proteger a los habitantes, a menudo es la gasolina que enciende la hoguera. Resistir a la revolución molecular disipada[1] se convierte en bandera de lucha contra el enemigo interno, que hoy son todos aquellos jóvenes que están en la primera fila reclamando sus derechos negados.


Termino con las palabras recientes de María Jimena Duzán[2]: “la democracia colombiana (…) ha sabido disfrazar con elegancia su ethos primigenio y brutal”. 

Solo cuando seamos capaces de tomar conciencia y atender con hechos a las fuerzas sociales que ya han despertado, podremos volver a llamar al pan pan y al vino vino, sin eufemismos, y… entendernos.

Jorge Luis Puerta


[1] https://elpais.com/internacional/2021-05-07/la-revolucion-molecular-disipada-la-ultima-estrategia-de-alvaro-uribe.html

[2] El País, Madrid, 01.06.21

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Hemos tomado “prestado” el título del libro reciente de Victoria Camps[i]. Mujer valiente, por su capacidad de sacar lo privado a lo público y de hablar sobre la Ética del Cuidado, cuando ello no se mencionaba. Escrito por Carlos Alberto Posada y Jorge Luis Puerta.

En mi casa fuimos finalmente tres hermanos. Digo finalmente, porque hubiéramos sido seis, si las muertes prematuras, epidemia de la época, no hubieran dado cuenta de tres de ellos, casi recién nacidos. Cuando a mi madre la incapacitó una isquemia, era lo “normal” que fuera la mujer ‒mi hermana[i]‒ quien se encargara de cuidarla. Como mi hermana no lo hizo, falleció sin que la familia, incluida mi madre, se lo perdonaran.

En un ambiente de múltiples cambios, claramente exigidos por problemas urgentes sin resolver, Colombia y América Latina están buscando soluciones políticas, sociales y económicas en pos de metas promisorias. El momento es oportuno, porque venimos de una etapa positiva, aunque insatisfactoria, de crecimiento económico; hoy estamos obligados a definir cómo distribuir los logros obtenidos, en beneficio de toda la sociedad. La democracia exige asumir la cuestión de la desigualdad como problema prioritario. Hay que identificar y adelantar políticas que permitan el acceso a bienes, a oportunidades y a derechos para que todos podamos ejercer una ciudadanía plena. 

La pandemia del coronavirus y el aumento mundial de la esperanza de vida[ii], han cambiado ‒afortunadamente para toda la sociedad‒ muchos de esos roles que se creían “naturales”: uno de ellos, el del cuidado de los ancianos entregado a las mujeres y a las familias, sin ninguna responsabilidad del Estado. Y en el caso de los hospitales, las enfermeras cumplían un rol meramente auxiliar de los profesionales de la medicina.

El Estado se sentía tranquilo de que organismos caritativos privados, asistenciales, benefactores, se hicieran cargo de los ancianos, de los enfermos terminales, de todos aquellos “sin valor” para nuestras sociedades “modernas, dinámicas y competitivas”.

Esta pandemia nos ha permitido revalorar la ética del cuidado al mostrarnos como seres frágiles que necesitamos de los demás. La necesidad, el derecho al cuidado que tenemos todos, nos revela su dimensión política. “En un contexto patriarcal, el cuidado es una ética femenina; en un contexto democrático, el cuidado es una ética humana”, afirma Victoria Camps, citando a Carol Gilligan, otra pionera. Y remata: “Esta sociedad cuidadora es algo absolutamente fundamental en estos tiempos. La soledad, el derecho a una muerte digna, son ejemplos de un fenómeno cada vez más amplio, que afecta a más gente, que se ha ignorado y que necesita una atención, una asistencia, un cuidado”[iii].

El concepto de “economía del cuidado” quiere dar cuenta de la importancia del aporte de bienes, servicios y actividades relativos a las necesidades más básicas y necesarias para la existencia y reproducción de las personas. La noción de cuidado se refiere a que el bien o servicio provisto “nutre” a otras personas, otorga elementos físicos y simbólicos para sobrevivir en sociedad; el término “economía del cuidado” afirma que estos bienes o servicios sí contribuyen a generar valor económico. 

El trabajo del cuidado que involucra a las personas puede ser o no remunerado; pero el trabajo del cuidado no pagado, sucede en hogares, en comunidades, en comedores, en construcción de infraestructura o en mejoras de diferente tipo. En estos casos, por lo regular hay fuerza de trabajo femenina y los niveles de remuneración son muy bajos. Por eso hay que entender que la producción de bienes y servicios del cuidado es imprescindible para la reproducción humana y para generar capacidades sociales. Por tanto, ya que son indispensables para el desarrollo de las personas, debe tener responsables, sean personas o instituciones. Ese trabajo, prioritariamente femenino, no lo han reconocido ni valorado la política, ni la economía.

Se abre todo un mundo a la especialización académica del cuidado, en universidades e institutos, para moldear actitudes como las de vigilancia, asistencia, ayuda, control, conocimientos científicos, que demandan “cercanía, respeto y empatía con la persona a la que hay que cuidar”. 

Que el cuidado sea un objetivo político “significa hacer que las administraciones sean organismos aptos para cumplir su misión de atender y auxiliar a la ciudadanía más necesitada. Significa diseñar estructuras que propicien la redistribución de las obligaciones de cuidarnos mutuamente. Significa también, tomarse en serio la llamada «transición ecológica» y hacer del cuidado de la «casa común» una preocupación sostenida y prioritaria”, afirma Victoria Camps.

Nosotros, los que hoy pasamos de 70 años, somos una de las primeras generaciones conscientes de esta nueva realidad. Por eso debemos ser parte de la solución y no del problema. La jubilación que hoy gozamos, quiere dejarnos en la inactividad y… nosotros deseamos seguir activos, viajar, leer, escribir, aprender, trabajar, aunque sea parcialmente… como lo hacen muchos otros. 

Modelar esa nueva sociedad del cuidado es también otro reto al que podemos contribuir.


[i] María Victoria Puerta.

[ii] Naciones Unidas afirma que, en 2050, una de cada seis personas será mayor de 65 años. Ver informe Perspectivas de la población mundial 2019

https://www.cepal.org/es/publicaciones/45989-perspectivas-la-poblacion-mundial-2019-metodologia-naciones-unidas-estimaciones

[iii] Tronto, Joan (2013). Caring Democracy. Markets, Equality, and Justice. Nueva York: NYU Press.

Jorge Luis Puerta y Carlos Posada

Junio, 2021


[i] Camps, Victoria (2021). Tiempo de cuidados. Barcelona: Arpa.

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El agente topo, de la chilena Maite Alberdi (37 años) es la única película latinoamericana que compite en los premios Óscar este 2021. Su obra es una valiente docuficción que, cual espejo, nos devuelve la imagen de las consecuencias de ser viejo en nuestras “modernas sociedades”.

“… Los residentes se sienten solos…, no los vienen a visitar y a algunos ya los abandonaron. La soledad es lo más grave de este lugar…” escribe en su diario Sergio, el agente topo de 84 años, casi al final de la película.

Lo que él narra es lo que se vive en las casas de retiro para ancianos, en las residencias para la tercera edad, en las casas de reposo, en los centros de retiro para mayores, eufemismos todos de una cruda realidad: depósitos de viejos. La sociedad de las innovadoras tecnologías no sabe qué hacer con ellos. Ya no son productivos, estorban, se los arrincona, se los jubila y se los abandona, lo que acelera el deterioro de su calidad de vida, haciéndolos totalmente dependientes. Temas de los que nos cuesta hablar, pero que debemos hacerlo.

Y, como siempre, surge el negocio: “¿Están ustedes listos para dejar su hogar y unirse a una casa de retiro? ¿Reducir las responsabilidades es importante para ustedes? ¿Se ven viviendo en un porvenir en ambientes de amistad y respeto, y en compañía de otros adultos mayores? ¿Necesitan de servicios médicos cercanos?¿Se imaginan recibiendo ayuda extra a futuro con actividades cotidianas, como vestirse y bañarse? (…) Contáctennos, ya sea a través de este sitio web o en nuestras instalaciones. Les atenderemos con cordialidad y profesionalismo. Recuerden que la mejor casa de retiro la encontrarán en Lúmina Senior Care. ¡Gracias por su visita!”[1].

En España, el impacto del coronavirus en las residencias de mayores ha sido de 29.457 muertes desde el inicio de la pandemia[2] donde, además, se encontraron condiciones fatales: casi ninguna contaba con la atención médica especializada para el tratamiento del covid-19. Carecían de equipos de protección y los profesionales y técnicos que los atendían comenzaron a caer por el contagio. Pasaron a veces días y semanas en que los cadáveres “compartieron espacios” con los vivos porque había otras prioridades…

Pero lo peor de todo fue la decisión de las autoridades de Madrid: impidieron que muchos de los residentes pudieran recibir la atención médica en los hospitales colapsados y… dieron prioridad a otros segmentos de la población, excluyendo así a las personas mayores.

Surgen, entonces, las preguntas claves: ¿cómo deseamos envejecer? ¿Cómo queremos que nuestra población envejezca dignamente? El futuro está en juego. Los chilenos están poniendo este tema sobre la mesa para la preparación de una nueva Constitución. 

No puedo dejar de referirme a una de nuestras recientes tertulias cuando hablábamos con Hernando Bernal del transhumanismo y del futuro cercano de los ciborgs: es duro constatar que el ritmo vertiginoso de las nuevas tecnologías tarde tanto para convertirse en políticas en favor del bienestar cotidiano de la población porque, además, todo esto, incluidas las residencias en cuestión, es directamente proporcional a la capacidad adquisitiva. 

El debate queda abierto…

Jorge Luis Puerta

Abril, 2021


[1] http://luminaseniorcare.com/casas-de-retiro-para-adultos-mayores/

[2] https://www.rtve.es/noticias/20210322/radiografia-del-coronavirus-residencias-ancianos-espana/2011609.shtml

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La tertulia sostenida con Isabel Corpas de Posada sobre la Presencia/ausencia de la mujer en 2000 años de cristianismo me impulsó a escribir estos tips para tratar desaprender nuestras formas patriarcales de relacionarnos con la mujer, con las que muchos de nosotros crecimos.

  1. La primera imagen que presentó Isabel de las monjas que limpian el altar mientras los prelados esperan al costado es una síntesis histórica elocuente: ellas sirven, hacen la limpieza, preparan el escenario… para que los protagonistas entren a actuar; luego…, ellas saldrán de la escena.
  2. Reconocer que la asignación de roles a los géneros es algo meramente cultural que podemos cambiar.  Un buen ejemplo lo he encontrado recientemente en la serie Las mujeres de Bletchey: San Francisco. Cuando los hombres fueron al frente durante la segunda guerra mundial, ellas ocuparon sus puestos en la industria, en la banca, en la prensa e, incluso, en labores de espionaje, con altísimos rendimientos.
  3. El término micromachismo ayuda a comprender la importancia de la tarea de desaprender, aunque sea ambiguo. Tiene algo de eufemismo suavizante. El machismo no es “pequeño” ni “grande”; es simple machismo, sin atenuantes. Sin embargo, rescato el concepto de conductas cotidianas acuñado por el sicólogo argentino Luis Bonino, que empezó a utilizarlo en 1990. Posteriormente, la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México ‒entre otras instancias‒ subrayó el significado de mecanismos “sutiles” y “cotidianos” de dominación, de los hombres hacia las mujeres: “Se caracterizan por no ser abiertamente violentos e incluso pueden ser advertidos como aceptables y esperados”*. 

Algunos ejemplos (cada persona puede ampliar esta lista con sus experiencias de vida):

  • No tomo en cuenta a la pareja en las decisiones que nos afectan a los dos.
  • Cuando las amigas de ella le dicen “¡Qué suerte tienes que él te ayude en casa!”… como si las tareas del hogar no nos correspondieran a ambos en condiciones de igualdad.
  • Compartimos la creación de una intimidad y confianza a partir de secretos, miedos y traumas…, que a veces utilizo contra ella…
  • El otro día, cuando un amigo se quedaba al cuidado de sus nietos, se me deslizó el comentario: “Hoy te han dejado de niñera”.
  • Alguna vez me he sentido incómodo porque mi compañera ha tenido más éxito profesional que yo.
  • Invitado a comer en la casa de unos amigos, he felicitado a la mujer por la comida, sin preguntar antes quién había cocinado.

Esa tarea de desaprender, insistiendo en los condicionamientos históricos y sociales, tiene que llevarnos a colaborar en la construcción de “nuevas masculinidades”…, porque nos falta mucha letra pequeña por leer y muchas cosas por hacer.

https://www.milenio.com/estilo/micromachismos-ejemplos-de-machismos-que-todos-hemos-cometido

Jorge Luis Puerta

Abril, 2021

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Dos escritores de varios artículos aparecidos en este blog están presentes en este comentario de la reciente novela de Luis Arturo Vahos, donde la amistad se concreta en la escritura de una reseña.

Entre Luis Arturo y yo hay una de esas amistades de toda la vida que ha navegado tiempos y espacios sin sufrir mella. Ahora, esta pandemia que todo lo invade nos ha vuelto a encontrar ‒como son nuestras reuniones de los jueves‒ a distancia. Él me insistió en que escribiera estas líneas y yo lo hago agradecido, como deuda de amistad.

Me atreví ‒no sin cierto temor a encontrar algo anodino‒ a atravesar el dintel de la puerta de Semillas de fuego y, como Alicia en el país de las maravillas, algo más fuerte que mis estereotipos me fue jalando, me fue atrapando, sin poder retirar mis ojos del texto. 

Cuando abandonaba la lectura, las preguntas siempre eran las mismas: ¿qué te retiene?, ¿qué te mueve a continuar leyendo? Me costó varias decenas de páginas averiguarlo: no era otra cosa que la tensión de la vida, la lucha por sobrevivir, la búsqueda de la armonía y de la paz que traslucía en sus páginas.

El narrador de esta historia es la misma persona de a pie que, a sus 68 años, se propuso correr en cuatro de las más famosas maratones del mundo y lo logró: Londres, Nueva York… Cuando médicamente le habían prohibido volver a correr, para evitar riesgos de salud, y tuvo que hacerlo, asumió el reto de otra carrera que nos regala en esta novela, con la única pretensión de demostrar que está vivo.

Volvamos a mi papel de lector: reconozco el arte, cuando me provoca, cuando me hace evocar. Leyendo Semillas de fuego me provocó ser dibujante, ser director de cine, para traducir en imágenes quietas y en movimiento esas descripciones detalladísimas del espacio donde actúa un hombre del pasado y se sobrepone a diversas dificultades, personales y de grupo.

Volvieron a visitarme Robinson Crusoe, Asterix y Obelix, el Adriano de Marguerite Yourcenar y la pareja de danza compuesta por Liza Minnelli y Mijaíl Barýshnikov.

Es que Semillas de fuego tiene mucho de fundacional, de origen. Al ubicar la acción en la isla griega de Samos, hacia el siglo V antes de nuestra era, Luis Arturo nos lleva a los orígenes de nuestra cultura occidental, a esos ritos iniciáticos cuando los dioses compartían la vida cotidiana con los hombres, sintiendo las mismas pasiones que ellos, cuando una comunidad debía construir normas para sobrevivir en un espacio hostil. 

Cuando los nietos y los nietos de los nietos de Luis Arturo se animen a atravesar el dintel de esta puerta, comprenderán que su abuelo encontró esta sencilla forma de trascender y le darán las gracias a la vida.

Jorge Luis Puerta

Marzo, 2021

Vahos, Luis Arturo (2020), Semillas de fuego. Bogotá; Disonex.

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Mentiras, ocultamiento de la verdad, silencios cómplices, abuso de poder, juego con la vida y la muerte de los otros. ¿Habrá vacunas contra todo eso? 

Tristemente sí es verdad tanta mentira, si tomamos solo los casos de Argentina (“vacunatorio VIP”) y Perú (“vacunagate”). Presidentes, ministros, altos funcionarios públicos, prelados de la Iglesia, “entornos familiares”, amistades, hasta empleados administrativos “se saltaron la cola”, se vacunaron antes que todos, a escondidas, en silencio, “porque el temor a enfermar era mucho” como lo manifestó la ahora exministra de salud del Perú o porque “yo no me puedo dar el lujo de enfermarme”, en declaraciones de la hoy excanciller peruana, así como el “yo no me di cuenta que estaba haciendo algo que no correspondía”, que declaraba a la prensa el exministro argentino de salud, Ginés García[1]. Los tres se vieron obligados a renunciar por este escándalo y todos lo negaron en su momento. 

Una vez más, la ficción es superada por la realidad.

Una pregunta ‒entre muchas‒ queda flotando: ¿cuántas muertes hubieran podido evitarse si las vacunas hubieran llegado a quienes realmente las necesitaban para prolongar sus vidas? Los marcos legales nacionales e internacionales se quedan cortos para calificar y sancionar debidamente este delito de lesa humanidad. Por ahora, algunas renuncias y sanciones administrativas; aún no se sabe si se llegará hasta las denuncias penales porque… ¡hay tantos atajos!

¿Y cómo explicamos al mundo este acceso privilegiado a la vacunación por parte de personas allegadas al poder? Desde los virreinatos, nuestros Estados se han basado en el “respeto al señor” y, en los últimos tiempos, con el individualismo exacerbado, hay una dinámica social instalada: salones vip, clubes vip, invitados vip, casas de citas vip. El privilegio y la exclusión son prácticas cotidianas naturalizadas, como afirma la psicoanalista Nora Merlin[2], que funcionan socialmente y contradicen cualquier práctica democrática.

En este patrón histórico, conseguir las cosas suele ser asunto no de derechos, sino de personas privilegiadas y de “vara alta”; saltarse la cola se ha vuelto parte de la normalidad. Se sintetizan aquí tres males de fondo que se arrastran y que la “modernidad” no ha hecho sino consolidar y extender como patrón de conductas sociales: el uso –o concesión– de privilegios para atrasar a los demás, la irrelevancia de las reglas y la mentira como parte de la conducta oficial[3].

El único antídoto posible contra esta otra pandemia son unas fuertes estructuras ciudadanas, con conciencia cívica, que encarnen verdaderos valores democráticos de respeto a la solidaridad y a los derechos humanos.

Jorge Luis Puerta


[1] Página 12, Buenos Aires, Argentina, 25 de febrero 2021.

[2] Argentina. Magister en ciencias políticas, Autora de La reinvención democrática. Un giro afectivo. Buenos Aires: Letra Viva, 2020.

[3] Lo afirma Diego García Sayán, excanciller del Perú y miembro de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

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La foto nos cuenta… que esto sucede en cualquiera de nuestras ciudades, en cualquier calle de esos barrios que, “pomposamente”, denominamos periféricos. 

Al fondo, casas autoconstruidas que, año a año, añaden pisos al ritmo de los pocos ahorros logrados. También están los pequeños negocios que permiten soñar con un ascenso social reflejado en el nombre del aviso que se vislumbra: Barber Shop.

Foto: El Comercio, Lima, Perú

En primer plano, el drama: las colas de tanques de oxígeno formadas por la gente…para prolongar la vida de un familiar. Todos guardan su turno y, para no perderlo, duermen a la intemperie y aguardan 12, 15 horas, con el riesgo que las existencias se acaben antes. Quienes no cuentan con sillas, recogerán cartones o plásticos para poder descansar un rato sobre ellos. Los sanos de la familia se turnarán para hacer respetar sus “derechos”.

Los vivos (siempre hay quienes pescan en río revuelto) venden los puestos al precio que se les antoja. Los precios de los cilindros suben como si tuvieran taxímetros. Algunos revendedores llegan a cobrar hasta cinco veces más de su valor real. No importa. “Mi esposo espera”, “…mis hermanos me han dicho que debo regresar con algo para que mi madre no tenga que ir a un hospital, porque camas no hay y…recursos tampoco; el oxígeno que tiene le alcanzará para 4 horas más…”. “Todo es plata y un balón de oxígeno solo alcanza para un día” dice otra persona.[i]

Hasta el negocio de las estafas por Internet está floreciendo. Te ofrecen el servicio, pagas y el oxígeno nunca llega a tu casa. La policía reporta el crecimiento de esta modalidad que se aprovecha de la necesidad de otros. Alguien dice: “No solo hay reventa y precios inflados, sino también oxígeno de mala calidad, tanques inseguros, cilindros repintados”. En México se han reportado varios casos de robos cuantiosos de oxígeno, de clínicas y hospitales.

Y es que la demanda supera en mucho la oferta que el Estado puede asegurar. Es el resultado de una “crisis de oxígeno” en América Latina y algunos países de África y de Asia, agudizada por la pandemia del COVID-19. Algunos hospitales han visto aumentar la demanda de oxígeno entre cinco y siete veces los niveles normales debido al aumento de pacientes. En el Perú se afirma que si el ritmo de los contagios continúa creciendo en esta segunda ola los próximos meses, la demanda diaria de oxígeno sería de entre 1 y 3 millones de m³, cuando la oferta “formal” nacional diaria bordea solo los 800.000. 

¿Qué se puede hacer? Privilegiar la producción de oxígeno medicinal sobre el industrial. Garantizar la importación y estimular la instalación de plantas nacionales productoras y/o concentradoras de oxígeno. Concertar entre lo público y lo privado para aprovechar al máximo la capacidad instalada. Aprovechar las redes para monitorear el uso correcto del oxígeno en casa. Enseñar a utilizar masivamente los oxímetros que se colocan en el dedo para medir los niveles de oxígeno en la sangre.

“Necesitamos pensar en el oxígeno tanto como pensamos en la electricidad, el agua u otros servicios básicos. Si vives o mueres, depende a menudo de si consigues oxígeno o no”, dice Lisa Smith, del programa de dinámicas de mercado de PATH[ii].

Jorge Luis Puerta P.


[i] Citada en El Comercio, Lima, Perú, enero 31, 2021

[ii] Citada en Semana.com, Bogotá, Colombia, febrero 2, 2021 https://www.semana.com/mundo/articulo/como-la-covid-19-esta-causando-una-crisis-de-oxigeno-en-america-latina-y-algunos-paises-en-desarrollo/202111/

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Memoria de unas semanas, trágicas y promisorias, vividas en Perú en este noviembre pasado, cuando la “generación del Bicentenario” (2021), de los ciudadanos jóvenes, se rebela contra la corrupción de la clase política y comienza un proceso de cambio hacia una nueva constitución.

Entrevista con Jorge Luis Puerta, quien vive en el Perú desde 1982.
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…y el arte hecho vida

Todo comenzó inesperadamente. La última vez que nos vimos, mi hermana María Victoria, sobreviviente de casi siete operaciones de todo tipo ‒¿de ahí su identificación con Frida?‒ me hizo prometerle que si tenía la oportunidad de estar en México visitara la Casa Azul, testigo de la vida y muerte de Frida Kahlo  con su Diego Rivera. Tota murió en enero 2016.

Foto: Peter Andersen – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0 
https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=296837  

En noviembre de ese año pude cumplirle la promesa. Fueron seis horas de una experiencia casi religiosa (en el sentido de re-ligare): sentí que juntos hicimos el recorrido por toda la casa.

La rebelión de la vida hierve por toda la Casa Azul. Rebelión contra la polio infantil; rebelión contra el fatal accidente sufrido en su juventud, que le dejó a Frida secuelas irreparables en todo su cuerpo; rebelión que explota en colores, en formas, en la naturaleza del jardín interior, en la riqueza artesanal de México presente en todas partes.

Lo más elocuente es que esta rebelión de la vida surge desde la cama a la cual estuvo atada durante mucho tiempo (su madre instaló un espejo en el techo del baldaquino para que ella pudiera pintar sus autorretratos) y desde el estudio, donde la silla de ruedas y el caballete son testimonios fieles de su pasión por pintar, como impulso de la vida.

Visitamos la Casa Azul el día de muertos, fiesta nacional mexicana como ninguna. Aquí está el altar de muertos, que ella acostumbraba a poner cada año, otra explosión de color y de vida, con su foto en el centro, rodeada de cempasúchil o flor de los muertos que los guía a la eternidad.

Ese día había también en la casita aledaña que da al patio y que creo que era la de los cuidanderos una exposición de los vestidos y joyas usados por Frida. Primero el dolor: arneses de acero forrados en tela y correajes que trataban de hacerle llevadera la vida. Y luego, de nuevo, la explosión de colores, texturas, tejidos de maravillosas obras artesanales de todo suMéxico, algunas de ellas diseñadas o retocadas por ella misma, apoyada por las manos diestras de su madre. 

La leyenda cuenta que a las funciones públicas (conciertos y otros eventos) Frida llegaba expresamente un poco tarde… para lucir, con un orgullo no disimulado, sus tocados mexicanos.

Pasé dos horas en el jardín, a la sombra de los árboles…, en silencio. Al fondo, unas jóvenes escolares visitaban la exposición, guiadas por su profe, una guía sin par…

“El arte más poderoso de la vida es hacer del dolor un talismán que cura, una mariposa que renace florecida en fiesta de colores”… escribió Frida en su diario.

Jorge Luis Puerta

Huaraz, noviembre 2020

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Cocinar es también un acto político. Si somos carnívoros, estimulamos la ganadería y sus efectos sobre el medio ambiente. Si compramos chips de papa importada le estamos dando la espalda a nuestros campesinos productores. La opción de comprar en el supermercado los Corn Flakes del desayuno delata nuestra preferencia por el alimento industrializado e importado sobre lo producido en nuestros territorios.

Sección de papas en un mercado mayorista de Lima. Foto: Jorge Luis Puerta.

Es un sinsentido que en Perú, una de las cunas de las más de 3500 variedades de papa ofrecidas al mundo y de 7438 tipos de papas nativas, se importen congeladas y precocidas, sobre todo para los restaurantes de comida rápida.

Bocusse, famoso chef y empresario, y Regouby, notable comunicador político, franceses los dos, nos dicen: “El acto de comer implica una responsabilidad colectiva que va de la tierra al plato”. Por lo tanto, y mucho más evidente durante esta pandemia, nuestra alimentación debe ser una dirigida, consciente y responsable.

Contra la masificación de una única culinaria, contra “la macdonalización del paladar” ellos nos plantean el reto a comer de acuerdo con la pluralidad y la variedad de cada cultura. La monocultura amenaza la riqueza de la biodiversidad expresada en cada plato de cada grupo social. Aquí donde vivo ‒Ancash, Perú‒ el mismo cuy con papas tiene variaciones propias de cada localidad. Eso se repite en muchos platos por todo el país.

El reconocimiento de la importancia de los mercados cercanos, del trabajo que le debemos a la agricultura familiar, de la preservación y el desarrollo de la biodiversidad que hacen colectivos ciudadanos e instituciones especializadas, se convierten en nuevas formas de hacer política porque  proclamamos el fortalecimiento y la expansión de un mundo megadiverso e inclusivo.

Siento que debo terminar esta nota, compartiendo con ustedes el hermoso texto de Paloma Díaz-Mas en la introducción de su reciente libro El pan que como[1]:

¿Cuántas personas habrán intervenido en el proceso de preparar estos platos que hoy, a falta de tiempo, no he cocinado yo, sino que he comprado en un pequeño establecimiento de comidas preparadas del barrio? ¿Y cuántas madrugaron y se esforzaron para que los ingredientes llegasen al mercado, a las manos que iban a cocinarlos y, finalmente, a mí? Y, antes de eso, ¿cuántas personas trabajaron para producirlos, recolectarlos y distribuirlos?

El cálculo empieza a marearme: para que yo tenga aquí, sobre la mesa, un primer plato, un segundo y un postre, deben de haber intervenido centenares, quizás miles de personas. Su tiempo, su trabajo (casi siempre mal pagado), su cansancio, su sacrificio, su vida esforzada están aquí, encima de la mesa, sobre el plato y entre los cubiertos que voy a utilizar.

Bocusse y Regouby nos recuerdan a Massimo Bottura, reconocido chef italiano, cuando insiste que el producto principal de todo buen cocinero es la cultura[2].

Jorge Luis Puerta

Noviembre, 2020


[1] Paloma Díaz-Mas (2020), El pan que como. Barcelona: Anagrama.

[2] Entrevista en: https://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-16824022


[*] Alain Ducasse y Christian Regouby (2018), Comer es un acto político. Tafalla (España): Editorial Txalaparta.

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Madera

Por Jorge Luis Puerta
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Me cuentan, y también lo leo, que nuestra dolorida costa Pacífica colombiana, por la que viajé tantas veces, abandonada eternamente por el Estado, se ha encontrado desde hace años con los efectos de la guerra fratricida nacional y con el tráfico de todo tipo de sustancias.

Hace un tiempo, la madera atraía a familias enteras. Padres, hijos y otros parientes, se internaban en esos bosques inhóspitos, amenazantes, buscando una “mancha” que les permitiera sobrevivir durante algunos meses. Había empresas multinacionales que necesitaban “tragarse” la madera para fabricar pulpa de papel y para otros usos.

Con el tiempo y el sudor de hombres y niños esa madera navegaba por ríos y quebradas días enteros y llegaba a los sitios donde las empresas la compraban, pagando poco y mal. Descontaban peso a las “trozas” mojadas, además, las balanzas eran suyas. Había que vender, pues era impensable e imposible volver, río arriba, con tanto peso. 

El descontento parió una idea de mejora: ¿por qué no organizamos lugares de acopio más cercanos a nuestras viviendas, con pesas bien calibradas, con secaderos, con capacidad para tratar esas trozas tan enormes? Y fueron surgiendo dos, tres, cinco sitios…, pero las empresas no venían a comprar, de lo acostumbradas que estaban a recibir y pagar solo lo que le llevaban…

Pasaron muchos días. Algunos comenzaron a desanimarse…, cuando un fin de semana apareció un barco comprador. Nuestros ojos no podían creerlo. Ahora, la negociación fue totalmente diferente. El sudor se transformó en lágrimas de alegría.

Hubo una celebración interminable…

Jorge Luis Puerta

Octubre 2020

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Ella

Por Jorge Luis Puerta
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Ella tiene 40 años y su primera hija (Neve Te Aroha ‒aroha significa amor en maorí‒) tiene ahora dos. Cuando la lactaba, la llevaba consigo a su trabajo. Y su trabajo le exigió asistir a la Asamblea de las Naciones Unidas, acompañada por su marido, un presentador de TV que dejó de serlo para co-ocuparse de Neve. Como ella misma afirmó a la prensa, “…no soy la primera mujer que hace tareas múltiples, no soy la primera mujer que trabaja y tiene un bebé…”.

Ella vive en un país pequeño y lejano, compuesto por un grupo de islas del Pacífico, poblado por cinco millones de personas que pertenecen a 200 grupos étnicos y hablan 160 lenguas diferentes. 

Cuando el año pasado un joven supremacista blanco entró a dos mezquitas repletas de musulmanes que asistían a los servicios religiosos del viernes, disparó, mató a 51 personas y dejó heridas a 49, ella firmemente, declaró a la prensa[1]:

Un hombre de 28 años, un ciudadano australiano, ha sido acusado de homicidio. (…) Enfrentará toda la fuerza de la ley. Las familias de los caídos tendrán justicia. Él buscaba muchas cosas de este acto de terror y una de ellas era notoriedad. Por eso, nunca me escucharán decir su nombre. Es un terrorista. Es un criminal. Es un extremista. Pero él, cuando yo hable, no tendrá nombre. 

Acto seguido, ella acompañó a todas las familias de las víctimas, cubierta con un hiyab(pañuelo islámico).

Jacinda Ardern, considerada mundialmente como una de las mejores conductoras de la lucha contra el COVID-19 (un total de 25 muertes, cinco fallecimientos por cada millón de habitantes en su país), se autodefine como socialista, feminista y progresista. Renunció a la religión mormona de su familia porque esta creencia se opone al matrimonio igualitario. 

Cuando la semana pasada fue reelegida como primera ministra de Nueva Zelanda, con la aplastante mayoría de un 49.1 % de los votos, sus primeras palabras fueron ofrecer diálogo al partido verde que solo había obtenido un 7 % de la votación. Lamentó, también, que el mundo haya perdido la habilidad de ver el punto de vista del otro, lo que me recordó algunos de los pasajes de la encíclica Fratelli tutti de Francisco y más cuando remató: “…somos [una nación] demasiado pequeña para perder de vista la perspectiva de los demás”

“La esperanza que representan estadistas como la joven señora Ardern es que han tomado el camino difícil de buscar la unión de la sociedad para resolver problemas, sin caer en la tentación de dividir, confrontar y fragmentar. (…) Consensuar requiere una alta dosis de humildad y de sentido práctico. Requiere dejar al lado la desconfianza y los intereses políticos para tender puentes con los contrincantes. (…) El verdadero liderazgo político consiste en tomar decisiones difíciles y muchas veces las decisiones más difíciles son las que sacrifican el orgullo, el prestigio o la trayectoria del que las toma”[2].

“Y es que, al final de cuentas, los valores son el cemento que puede mantener unido a un país, cuando el odio y el miedo lo quieren separar”[3].

Jorge Luis Puerta

Octubre, 2020


[1] Citado por Luis Antonio Espino en https://www.letraslibres.com/mexico/politica/jacinda-ardern-el-poder-del-discurso-para-unir-un-pais

[2] Luis Guillermo Vélez, nota en https://www.larepublica.co/analisis/luis-guillermo-velez-cabrera-402232/jacinda-ardern-3076967

[3] Espino, Luis Antonio, o. c.

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Mercados

Por Jorge Luis Puerta
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Hace años me hice una promesa: lugar a donde viajo, mercado que visito. Los mercados son las grandes vitrinas de las ciudades, de los países, mapas vivos de las costumbres de cualquier cultura. 

Son, además, una experiencia sensorial única, por la mezcla de colores, sabores, sonidos y para el tacto. Me viene como ráfaga a la memoria aquella escena de Amelie, la película francesa del 2001 donde, en el mercado, ella mete su mano en un costal de lentejas… proyectándonos esa frescura profunda que hay que sentir alguna vez…

Mercado de La Perseverancia- Bogota Foto:Google

Rememoremos: comencemos por el humilde mercado de la Perseverancia ‒mi barrio en Bogotá‒ hoy universalizado por el interés de Netflix de dar a conocer al grupo de señoras que han revitalizado el comedor con propuestas innovadoras de todo el país, muy bien acogidas por los clientes.

En Francia los mercados son muchos. Uno me es entrañable: el Marché d’Aligre, en París, cerca de donde vivíamos. Allí conseguíamos desde plátanos verdes africanos para hacer nuestros patacones, hasta enormes mangos de Malí ‒uno solo alcanzaba para toda la familia, éramos seis‒ cuyo vendedor, un árabe parlanchín, ofrecía tajaditas gratis a la gente que hacía largas colas para probar.

Marche d’Aligre, Paris. Foto: Google

El Bourogh Market de Londres nos embriaga con la variedad infinita de comida artesanal de todo el mundo y con su popular fish and chips sencillo, pero buscado por todos. Y ni qué decir del mercado del Covent Garden que se me clavó en la mente cuando lo vi por primera vez en aquella My Fair Lady de la adorable Audrey Hepburn de mis 19 años y me dije que algún día tendría que estar allí.

Bourough Market y Covent Garden, Londres. Fotos: Google

En Perú, en el marco del boom gastronómico que rompe fronteras, los mercados se están convirtiendo en restaurantes improvisados de muy buena y variada comida callejera. En Lima, un mercado de barrio, como el de Surquillo, es un punto obligado de visita. Sus comerciantes organizados ofrecen una muestra de todo el Peru, en un espacio chico, pero acogedor.

Mercado de Surquillo, Lima y Mercado Central de San Pedro, Cusco. Fotos: Google.

En Cusco, el mercado central de San Pedro siempre tuvo una particularidad marcada para mí: allí hallas todas las posibilidades para librarte del mal de ojo, para encontrar las ofrendas rituales obligadas en el pago a la tierra, en la construcción, en el techado de tu casa, para las limpias de huesos, digestivas y hasta de males del corazón y de otros mas difíciles como el susto…

Y, como se debe, hay que terminar este viaje en los mercados de México. Por sus dimensiones, todo allí es enorme. También la variedad de colores, de sabores, de olores. Sin embargo, la memoria retiene dos pequeños que nos produjeron experiencias memorables: el de Mazatlán, por su variedad de taquerías, moles y mezclas para los tacos, y el de Oaxaca con sus pasadizos de carnes fritas o asadas a la brasa, callejón de humo y de olores inimaginables; por los chapulines tostados de todos los tamaños que se ofrecen a la entrada y la gente se los lleva en bolsitas, como si fuera maní.

Mercado de Oaxaca y Mercado de Mazatlán. Fotos: Jorge Luis Puerta

Ray Bradbury en su novela Vino del estío, celebra sublimemente a los mercados: un viejo coronel norteamericano a punto de morir en un sanatorio de Illinois, ha logrado hacer una llamada furtiva que es recibida a tres mil kilómetros de distancia… en México. Pide que abran la ventana, que pongan el teléfono allí. Entonces escuchó “…la débil y tinteneante música de un organillo donde sonaba La marimba… y el ruido de las tortillas que se freían en las cocinas del mercado”.

La vida de los mercados convocada como último recuerdo antes de partir…

Jorge Luis Puerta

Octubre 18, 2020

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