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Santiago Londoño Uribe

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El sistema multilateral nacido después de los 80 millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial no era la panacea, pero logró evitar el conflicto a gran escala y creó instituciones en temas de DD. HH., comercio, finanzas, educación, ciencia, cultura e integración política que transformaron el mundo y las vidas de miles de millones de personas. 

Como cualquier sistema, tuvo ganadores y perdedores, pero su presupuesto, tener foros de encuentro estables entre países y normas internacionales para reglamentar sus relaciones es mejor que no tenerlas, y sus objetivos, la paz, la defensa de los DD. HH. y el desarrollo económico, siguen siendo centrales y deseables en el mundo de hoy. 

Hablo en pasado porque ese sistema está desapareciendo a una gran velocidad y lo digo con preocupación porque, a pesar de que en varias latitudes y en sociedades aparentemente muy distintas hay gente aplaudiendo, nada bueno va a surgir de este cambio.

La muerte del sistema no ha sido súbita, sino que como suele pasar con los organismos longevos, ha resultado de múltiples afecciones, dolencias y males que se acumulan, se relacionan, se ignoran, o simplemente se impulsan. Algunos de estos males llevan años atacando el sistema y otros han sido recientes y contundentes.

Entre los primeros figuran temas como el empeoramiento de las condiciones económicas, de seguridad y climáticas en vastas regiones, con los altos costos humanos que conllevan. Conectado a éstos también está el tema de la inmigración de millones de personas en búsqueda de mejores condiciones y lo que esta genera en los países receptores en términos políticos y económicos. 

Otro de los males que han venido afectando la salud del sistema multilateral es la manera como se han ido degradando las democracias en casi todas las regiones del mundo. El deterioro del Estado de derecho y de la democracia liberal ha significado la violación sistemática y generalizada de los DD. HH. de grandes grupos poblacionales (políticos, raciales, religiosos) y un distanciamiento de muchos países de los foros multilaterales y de las normas supranacionales que se habían establecido en los años cuando se pensaba que la democratización de los regímenes políticos no solo era deseable, sino inevitable.

Entre los hechos recientes y contundentes que han afectado profundamente el sistema multilateral está la invasión rusa a Ucrania que incluye crímenes de guerra y contra la humanidad, así como los actos agresivos (sabotajes, drones y ciberataques) efectuados por Putin contra varios países europeos. 

El genocidio israelí en Gaza, liderado por Netanyahu y su gobierno, mostraron la dolorosa incapacidad del sistema para evitar o detener un crimen que precisamente le dio vida al mismo. Finalmente, está la deriva autoritaria y seudo-aislacionista de EE. UU. Desde sus orígenes el sistema multilateral fue impulsado, promovido y en buena parte financiado por los estadounidenses. Lo anterior no quiere decir que los gringos siempre jugaron bajo las normas del derecho internacional, pero de manera directa y tácita se entendía que buena parte del funcionamiento del estandarte internacional dependía de la voluntad, la capacidad y los recursos de la potencia norteamericana.

Trump nunca ha valorado el sistema multilateral porque no lo entiende y porque lo suyo son los negocios personales y familiares. El 4 de diciembre su administración publicó un documento llamado Estrategia de Seguridad Nacional, que muy seguramente Trump no ha leído. El mismo plantea la nueva visión norteamericana de las relaciones internacionales y del papel de EE. UU. en las mismas. Control de la inmigración, control militar y policial del narcotráfico y mayor intervención y control en el hemisferio occidental (Doctrina Monroe-corolario Trump) impidiendo injerencia de otros poderes como China y la Unión Europea en América Latina. Frente al papel, el documento apoya la soberanía estatal vs. lo comunitario, propuesta que le pareció “atractiva” al portavoz del Kremlin. Rusia ya no es un adversario y si los europeos tenían todavía alguna duda de que estaban solos frente a Putin, esto ya es un hecho.

Para algunos sectores de la izquierda, siempre sospechosos del multilateralismo por occidental y capitalista, este proceso ha sido lógico (debido a la decadencia de occidente) y bienvenido. Para otros sectores de la derecha que señalan y condenan el liberalismo y la supranacionalidad, la muerte del sistema internacional es el primer paso para asegurar sociedades más homogéneas y, en su visión, más seguras.

Quienes aplauden la muerte del sistema multilateral, no obstante, omiten muy convenientemente reconocer que este no será reemplazado por un sistema mejor, ni siquiera por un sistema, sino que en los próximos años estaremos en manos del cálculo, el interés, la intuición y el capricho de personajes como Trump o Putin.

Hace unos días en un grupo de WhatsApp algunos alentaban una intervención militar de EE. UU. en Venezuela y yo pensaba en cómo, para Donald y sus asesores, esta costa norte de América Latina venía siendo, toda, una tierra de narcos y comunistas que hablan español y mandan violadores y “bad hombres” a la frontera. Bajo esa lógica, les da lo mismo bombardear el Estado Miranda o el Departamento de Bolívar.

Horas después de la discusión por la red, Trump advirtió que venía por las “fábricas de cocaína” en territorio colombiano. Nada bueno va a salir de esto.

Santiago Londoño Uribe

Publicado en la revista UN PASQUÍN

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Como suele pasar con muchos momentos importantes en la vida, la suerte y la casualidad quisieron que yo llegara a ese ejercicio de encuentros y conexiones entre empresarios, líderes sociales y políticos en un centro de retiro en la Sabana de Bogotá. 

Me encontré hace varios meses en un evento, al que no tenía planeado ir, con la directora de una organización que desde hace 16 años forma líderes y promueve encuentros improbables en diferentes regiones del país. Cuando le conté a qué estaba dedicado me dijo: «Le tengo la invitación».

La regla en nuestras sociedades es que, a pesar de que los asentamientos humanos son cada vez más poblados y diversos, cada quien vive encerrado en un mundo pequeño en términos territoriales y sociales, y se conecta con personas muy parecidas a sí mismas. Algunas sociedades promueven y facilitan el uso y ocupación de bienes públicos donde es posible el encuentro de personas de historias, formaciones y condiciones sociales distintas. El transporte público y la oferta cultural y artística son, en estas sociedades, espacios diversos. 

En América Latina, no obstante, las ciudades y poblaciones suelen ser fracturadas, fragmentadas y, en muchos casos, segregadas. Trabajamos, estudiamos y nos divertimos con personas muy parecidas a nosotros. Cuando hay contacto y relaciones entre personas de diversas clases sociales, estas suelen ser transaccionales y asimétricas.

Es bastante excepcional poder reunir en un mismo espacio, de manera sostenida y en un formato horizontal (de igual a igual), a empresarios de diversos sectores, líderes sociales de diferentes regiones y especialidades y políticos de varios movimientos, ideologías y posturas. Eso fue lo que viví el fin de semana pasado en el municipio de Subachoque. Líderes de la primera línea, vicepresidentes de entidades financieras, firmantes de acuerdo de paz, concejales, gerentes de constructoras, representantes estudiantiles, defensores de DD.HH, funcionarios públicos y múltiples perfiles más reunidos con el objetivo de conectarnos cara a cara, palabra a palabra.

Este espacio es corto para compartir todas las reflexiones, preguntas, retos y conclusiones que me quedaron, pero voy a intentar detenerme en algunas que creo son urgentes para este mundo en el momento actual.

En primer lugar, y como punto de partida, hay que reconocer que todos nos movemos por el mundo atravesados por sesgos, prejuicios, paradigmas y estereotipos. A partir de estos juzgamos y catalogamos a los otros y, especialmente, a los otros que no conocemos y que vemos distantes. Despojarse de esas lastres es una labor consciente y dispendiosa.

En la misma línea solemos vernos a nosotros mismos como seres complejos con múltiples facetas, pero cuando se trata de los otros nos gusta la mirada unidimensional. Ese otro es solo y exclusivamente un empresario o un político, o un académico o un líder social cuando en la realidad todos somos multidimensionales. Somos padres, hijos, hermanos, amigos, lectores, escritores, coleccionistas, voluntarias, bailarines, comensales, jefes, empleadas, emprendedores y soñadores todo esto a la vez. Parafraseando a Edgar Morin, aceptar la complejidad de los otros no separa, integra.

En nuestro trato con los demás partimos siempre de que sus acciones o posiciones son el resultado de un proceso consciente, cerebral, racional y coherente. La realidad es que somos seres emocionales que también, y principalmente, nos movemos impulsados por el miedo, la rabia, la atracción y la vanidad, por solo mencionar algunas emociones. Indagar sobre lo que sentimos y sobre lo que sienten los demás nos puede dar muchas claridades sobre sus acciones y opiniones, pero, sobre todo, puede servirnos para tener mejores y más civilizados conflictos e incluso para lograr acuerdos y puntos en común.

La conclusión más importante y emocionante que me traje del encuentro (y que confirma presupuestos sobre los que trabajo hace años) es que este país está lleno de personas talentosas, comprometidas y dispuestas a conectarse desde la diferencia para buscar acuerdos sobre el futuro. Muchos trabajan en condiciones precarias y riesgosas, otros tienen que superar estereotipos y paradigmas por su historia o sector, pero todos tienen competencias y conocimientos valiosos para fortalecer la democracia y para insistir en el urgente proyecto nacional de construir paz.

Yo lo dije en una columna anterior llamada «A conversar», pero el estado del mundo y bajo la dictadura tremenda del algoritmo que premia, impulsa y multiplica la confrontación y el señalamiento, quiero insistir: aislados y fracturados somos terriblemente vulnerables a la manipulación del populismo y de los negocios que se alimentan de nuestras «emociones tristes». 

Necesitamos recuperar la capacidad del encuentro personal y de la conversación con los que piensan distinto y viven más allá de nuestra pequeña burbuja.

Solo ahí se construye confianza. Solo ahí se alimenta la esperanza.

Santiago Londoño Uribe

Publicado en la revista Un Pasquín

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La tarima principal del recinto de la Asamblea General (AG) de las Naciones Unidas es una verdadera hoguera de las vanidades. Una vez al año suben al podio de mármol verde los jefes de Estado del mundo para dar su discurso ante las delegaciones de los 193 países miembros. 

En los 80 años de existencia de la organización, a pesar de que los acuerdos protocolarios limitan las intervenciones a 15 minutos, hay quienes no respetan ese límite de tiempo, como Fidel Castro en 1960, cuya intervención duró 4 horas y 29 minutos, o quienes llevan objetos o ayudas distintas a las necesarias para pronunciar sus palabras: personajes como Netanyahu han subido al estrado con documentos y dibujos para agregarles drama a sus palabras. Otros, como Bukele, llevaron su celular para tomarse un selfie con toda la asamblea de fondo y resaltar así su imagen del dictador más cool del mundo.

A diferencia del Consejo de Seguridad, donde se aprueban resoluciones de obligatorio cumplimiento en temas de paz y seguridad, en la AG se discuten temas generales y sus resoluciones no son vinculantes, aunque pueden representar consensos y acuerdos políticos mayoritarios. Esto permite, y en algunos casos impulsa, a los jefes de Estado a decir cualquier cosa que les venga en gana, sin tener que sustentarlo y, en la mayoría de los casos, sin ningún tipo de consecuencia. 

Así, en su larga historia, la Asamblea ha escuchado todo tipo de discursos: Chávez, al referirse a George W. Bush, se despachó contra el diablo que dejó el espacio oliendo a azufre. Gadafi rompió la Carta de las Naciones Unidas frente a los delegados para condenar su incapacidad. En 1960, Nikita Khrushchev, primer secretario de la URSS, respondió al discurso del representante de Filipinas quitándose su zapato y mostrándolo en señal de amenaza, para luego pedir un punto de orden y subir al podio, visiblemente ofuscado, y responder a los señalamientos y ataques al régimen soviético. 

El podio de la AG, como todos los podios, suele ser el lugar para desplegar amenazas, expresiones de fuerza, ingenio y desfachatez. La celebración de los 80 años de la ONU y su AG se realizan a la par con un genocidio en desarrollo en Gaza, una guerra de agresión en Europa y con más del 72% de los habitantes del mundo viviendo bajo regímenes no democráticos.

Con este contexto de fondo, y luego de enfrentar prácticamente solo durante 3 años y 7 meses al ejército ruso, el presidente de Ucrania, Volodimir Zelensky, dijo en su discurso: «Si una nación quiere la paz, tiene que conseguir armas… ni el derecho internacional, ni la cooperación permiten decidir quién sobrevive». Una conclusión devastadora, pero tristemente acertada. El sistema internacional, que nunca fue infalible pero mantuvo ciertos balances y acuerdos, está desmoronándose y no se vislumbran nuevos consensos o instituciones internacionales para tramitar tensiones y conflictos.

A ese podio llegó, por última vez en su mandato, Gustavo Petro. Nuestro presidente habló de todo por 40 minutos. Como le gusta. Empiezo por los aciertos. Condenó el genocidio de Israel en Gaza. Cuestionó el ataque a lanchas en el Caribe que, en efecto, constituyen ejecuciones extrajudiciales y de nada sirven para solucionar el problema de fondo. También fue importante insistir en la transición energética (aunque acá no vaya bien).

Pero al presidente le pueden su ideología y su ceguera histórica y, convencido, dijo que «el socialismo de Stalin debió volverse global». ¿En serio? Hay entre 13 y 15 millones de ciudadanos soviéticos muertos bajo el régimen estalinista que rechazarían esa afirmación. Al compañero Gustavo no le gusta la democracia por burguesa y liberal y, para que no quede duda, añoró públicamente y frente a todo el mundo una dictadura en manos de un asesino en masa. «Libertad o muerte», dijo Petro al cerrar y su ministro de educación, también admirador de Stalin, lo aclamaría con un «Se llama dignidad».

A ese podio llegó también otro gran crítico de la democracia: Donald Trump, quien habló 16 minutos más que Petro y en su discurso mintió. Mintió cuando dijo que había acabado, solo y sin ayuda, siete guerras. Mintió cuando dijo que Londres, bajo su alcalde musulmán Sadiq Khan, estaba adoptando la ley sharía. Mintió cuando dijo que el calentamiento global era un chiste. Trump no tiene ideología e ignora la historia. Lo suyo es el personalismo y la búsqueda de lucro.

Más allá de las apariencias y ciertas posiciones pasajeras, Trump y Petro no son tan distintos. Ambos creen en el papel del hombre providencial, llámese Stalin, Trump o Petro, y para ambos este invento lento, engorroso y complejo que se llama democracia es un estorbo. Ambos son orgullosos, megalómanos y especialistas en repartir afuera responsabilidades y culpas por sus propias incapacidades y errores. 

Nada como un podio y una audiencia pasiva para aumentar el humo de la vanidad.

Santiago Londoño Uribe

Noviembre, 2025

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El asesinato del senador y precandidato a la presidencia Miguel Uribe Turbay no solo no logró unirnos en el dolor, el rechazo y la condena de la violencia, sino que desencadenó una marea de odio y señalamientos que dan fe de las profundas grietas que nos separan. Nadie esperaba odas ni obituarios positivos de parte de opositores o del gobierno, pero algunos ilusos, como yo, alcanzamos a creer que quienes han sido objeto de violencia política, y ahora lideran el Estado, alzarían su voz, con contundencia y sin matices, contra ese crimen. Pero no fue así.

Bodegas, comentaristas y algunos funcionarios remataban sus mensajes sobre el líder asesinado con un largo y cizañero «pero»: que era un facho; que era un delfín; que era un explotador; que realmente no hizo nada valioso; que nunca dijo x o y o z. En otras palabras, el mensaje central era «no es uno de los nuestros» y, por ende, su muerte es menos grave, previsible o, simplemente, esperable. 

Sí, tal cual ha hecho la parte de la derecha con los muertos que no son de ellos. El presidente, que inicialmente envió un mensaje claro condenando el atentado, dijo en un discurso, un día después del entierro, que por ahora la investigación no apuntaba al «odio político» como motivación del asesinato. Mañoso e irresponsable.

En el otro lado también hubo reacciones previsibles, facilistas y condenables.

Excluyo de este análisis a los familiares de Miguel, porque ante el dolor, la oscuridad y la rabia que los envolvía, no creo que uno pueda ni deba exigir mucho. Aun así, los mensajes de su esposa me parecieron responsables y llenos de humanidad. Los operadores políticos de la derecha, sin embargo, mostraron toda su bajeza calculada.

El expresidente condenado trinó desde Llanogrande contra el otro expresidente que alguna vez fue suyo, pero que «lo traicionó» y que osó aparecerse en la cámara ardiente.

En su discurso, leído por el director del CD, dejó en el aire que el exterminio de la UP fue propiciado por ellos mismos. Algunos candidatos, incluso los que ejercen funciones públicas, buscaron votos con la foto del líder asesinado porque en este mundo de redes y de campañas eternas no se desaprovecha nada. Ni los muertos. Hubo señalamientos directos al presidente Petro y gritos de «crimen de Estado». Si, exactamente como lo ha hecho la izquierda (no sin razón).

No estamos igual que hace 30 años. Durante el gobierno de Virgilio Barco fueron asesinados 4 candidatos presidenciales y cerca de 3.500 militantes de la UP, entre alcaldes, concejales, diputados y miembros.

Eso, no obstante, no quiere decir que estamos bien. La danza de la muerte y la política persiste, aunque sea invisible para funcionarios, bodegas y artistas de izquierda. 101 lideres sociales y políticos asesinados en 2025 y cerca de 500 desde el inicio del gobierno Petro. Miguel Uribe Turbay era el senador más votado de la oposición, precandidato a la presidencia por el Centro Democrático y fue asesinado con dos disparos en la cabeza, mientras hacía campaña en un parque público. Eso, en cualquier democracia, es un desastre y cuestiona profundamente a las instituciones y a la sociedad en general.

Nuestra tragedia nacional es pensar que esto es normal o que, en palabras del nefasto falso pastor (nombrado embajador en Brasil), es riesgo propio de la política, así como caer es un riesgo de montar en bicicleta.

Nunca conocí personalmente a Miguel Uribe Turbay. No me gustaban algunas de sus propuestas (legalizar el porte de armas) y cuando dijo que Dylan Cruz se le había atravesado a la bala me pareció indolente (aunque luego matizó), pero eso no tiene ninguna importancia o relevancia. Ninguna opinión, postura o propuesta da derecho a matar o minimiza el horror de morir violentamente. Nuestro rechazo al vil asesinato tiene que ser absoluto y contundente, más allá de que otros intenten capitalizarlo, relativizarlo o minimizarlo. No estamos ni podemos estar en la competencia de la indecencia y menos frente al asesinato.

Voy a terminar, como suelo hacerlo, con un sueño de futuro (que suena a utopía, pero no lo es). Espero que Alejandro Uribe Tarazona, el hijo de Miguel y María Claudia, y Lucía, mi hija, y millones de niños y niñas que hoy crecen en este país dolido tengan la inteligencia, la consciencia y la empatía para transformarlo no desde la transitoria, cambiante y ligera política electoral, sino desde la postura ética de respeto a la integridad y a la dignidad de los otros. De todos los otros.

Nosotros, desafortunadamente, no lo estamos logrando.

Santiago Londoño Uribe

Publicado en la revista UN PASQUÏN, Colombia

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La primera novela de Javier Cercas que leí fue Los soldados de Salamina y me sacudió. ¡Qué forma de escribir! Qué poderosa manera de meterse de cabeza en un evento histórico tan vivo, controversial y explosivo como la guerra civil española, evitando todas las trampas de la corrección política y las conclusiones simplistas, sin caer ni en el cinismo ni en el relativismo. 

De ahí salté a El monarca de las sombras en la que, siguiendo con la guerra civil, hace personal la narración y acompaña el camino que llevó a su tío abuelo, Manuel Mena, desde un pequeño pueblo en Extremadura a las huestes franquistas y a morir, con solo 19 años, en la Batalla del Ebro. 

Pasé luego a la Anatomía de un instante y a la foto del teniente coronel Tejero disparando al techo del Congreso de los Diputados, mientras Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo se mantienen desafiantes en sus sillas. Una narración detallada, profunda y emocionante de un momento crucial en la historia de la democracia en España. 

Luego intenté, y no pude, con sus novelas policíacas, Terra alta e Independencia. Cercas me recapturó con su último libro que es, tal como él define el género de la novela, una mezcla de crónica de viaje, biografía, ensayo filosófico y una pequeña historia familiar. 

En El punto ciego, las conferencias dictadas por Cercas en la Universidad de Oxford en 2015, el autor dice: «La novela no es el género de las respuestas, sino el de las preguntas: escribir una novela consiste en plantearse una pregunta compleja para formularla de la manera más compleja posible…» y así buscar una respuesta. La respuesta, dice Cercas, es la búsqueda misma.

La pregunta de su último libro es, ni más ni menos, la pregunta por la resurrección y la vida eterna y el interlocutor es, nada más y nada menos que el Sumo Pontífice. Y no es una pregunta teórica formulada en un texto de ficción a un Papa inventado. Es una pregunta concreta y directa dirigida a Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, por un autor ateo y anticlerical que lo acompaña a un viaje a Mongolia. Fascinante.

El loco de Dios en el fin del mundo fue publicado en abril de 2025, menos de un mes antes de la muerte de Francisco. En él, Javier Cercas cuenta cómo, en una trama digna de una novela de espionaje, lo contactan del Vaticano para proponerle escribir un libro sobre el Papa y su viaje a Mongolia. Algo incrédulo y después de conversar con esposa y amigos, acepta con dos condiciones: que lo dejen escribir lo que quiera y que le permitan tener por lo menos cinco minutos a solas con el Papa para plantearle la pregunta.

Para quienes, como yo, somos bastante ignorantes sobre la Santa Sede, sus estructuras, actores y mecanismos, la primera parte del libro es una guía interesante. Dicasterios para la Comunicación, la Cultura y la Educación, la Doctrina de la fe (antes La Inquisición), editoriales, canales de televisión, emisoras de radio y páginas web.

Toda una máquina bien aceitada y poderosa al servicio del representante de Dios en la tierra. Detrás de esa máquina, hombres (casi todos) y mujeres (muy pocas aún) cultos, comprometidos, trabajadores y llenos de chispa. Las conversaciones de Cercas con los funcionarios del Papa son cercanas y llenas de humor y de gracia.

El perfil que hace Cercas de Francisco, el «Loco de Dios», es, fiel a su idea de la literatura y de la humanidad, complejo y contradictorio. Humano, demasiado humano para citar a Nietzsche. Irascible, imprudente y autoritario, pero a la vez humilde, servicial, tranquilo y sencillo. Cositero, pero estratégico y, en palabras de Paolo Ruffini, prefecto del Dicasterio para la Comunicación, «profético». Líder de la iglesia, pero anticlerical.

No voy a contarles qué pasó con la entrevista y La pregunta. Para saberlo tendrán que leer el libro. Sí voy a comentar sobre lo que concluye el autor, en chiste, a partir de sus conversaciones y del viaje al lejano oriente, acerca de lo que es necesario para solucionar todos los problemas de la iglesia: los misioneros. 

Después de visitar Ulan Bator y conocer a los curas que llevan más de 30 años enfrentando inviernos de -40 grados, en una cultura mayoritariamente budista (sólo hay cerca de 1.400 católicos), Javier Cercas, ateo y anticlerical, concluye que la paciencia, la fe, la horizontalidad y la disciplina con que trabajan en las márgenes los misioneros, serán las herramientas para el renacer de una iglesia que enfrenta múltiples crisis.

Pues ese chiste del escritor cacereño colado en el Vaticano parece que les sonó por lo menos a las dos terceras partes de los cardenales electores en el último cónclave. El pasado 8 de mayo fue elegido Papa León XIV, Robert Francis Prevost, misionero agustino. Los ateos, ya ven, no estamos tan perdidos.

Santiago Londoño Uribe

Publicado en la revista UN PASQUÍN, Colombia.

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Hace algunos días, conversando con un buen amigo hacíamos el balance de este 2024 y discurríamos acerca del próximo. «Este ha sido un año de mierda como todos los bisiestos, pero el entrante viene mejor. Es que estamos pagando la cagada del Papa Gregorio», me dijo, mientras nos tomábamos unas cervezas. 

De regreso a mi casa, en el trancón de un viernes cualquiera, pensé en la afirmación de mi amigo, quien es muy inteligente, pero bastante proclive a ciertas «versiones alternativas», y me pregunté por la curiosa relación entre la ciencia exacta y la especulación religiosa y cultural que suele estar presente en todos los tiempos.

Los seres humanos, todos y en todas las épocas, con énfasis y variaciones, nos movemos entre el análisis, la interpretación y la divulgación de hechos, leyes generales y datos constatables, la creencia y la fe. Entender y medir el tiempo es una de nuestras búsquedas científicas más antiguas. Planear viajes,programar la siembra, la cosecha y prepararse para el invierno,exigían de la observación, el análisis y la deducción acerca del paso del tiempo y del ciclo de las estaciones. Obvio, a la par los pueblos nutrían ese conocimiento con historias, personajes y explicaciones de todo tipo. Dioses, seres mágicos y animalespoderosos, entre otros, acompañaron las primeras reflexiones y deducciones científicas.

La historia del año bisiesto es un ejemplo interesante de la relación entre ciencia y superstición. En términos científicos, el problema es que el año solar es de 365 días, 5 horas, 48 minutos y 45.10 segundos (365.2422 día) Esto quiere decir que, si todos los años fueran solo de 365 días, cada año perderíamos cerca de un cuarto de día y acumularíamos esas “pérdidas” de tal forma que nuestro calendario no daría cuenta de las estaciones (hecho científico) y de las fechas religiosas (hecho cultural). Primavera, después de algunos años, sería enjulio, y fechas religiosas como la natividad, en febrero o marzo. La solución de las diferentes culturas fue intervenir el calendario sucesivamente, recortando y ajustando, con el predecible desorden y las implicaciones para planear.

El bisiesto que conocemos nació en el encuentro entre dos grandes culturas antiguas. Durante su larga estancia con Cleopatra, Julio César y sus científicos aprendieron a manejar el calendario egipcio y decidieron que había que modificar el romano para agregar un día a febrero (el mes más corto) cada 4 años. Para hacer la transición, Julio Cesar decidió que el año 46 A.C duraría ¡445 días! El Papa Gregorio XIII, responsable del desorden, según mi amigo, mucho después, modificó el calendario juliano para exceptuar los años seculares (terminados en 00) de ser bisiestos, salvo que fueran divisiblespor 400 (por eso el año 2000 fue bisiesto). En este caso, el ajuste hizo desaparecer 10 días de 1582; de octubre 4 a octubre 15.

Pero los números y los cálculos no hacen buenas historias (salvo para Hans Magnus Enzerberger) y lo que ha pasado con ese 29 de febrero que cada cuatro años le sumamos a nuestra existencia, tiene muy poco de ciencia y mucho de superstición y de justificación. «No fuimos nosotros, fue el bisiesto. Nada de azar (eso no existe), estamos en año bisiesto”. Hay en la historia un listado amplio de tragedias y catástrofes (plagas, guerras, persecuciones, asesinatos) ocurrido en años bisiestos. 

Esa «anomalía” de 24 horas parece que les descuadra la vida a ciertas personas y no a pocas sociedades. En Escocia y en Alemania los bisiestos son considerados malos años para la cosecha. En Grecia no se aconsejan los matrimonios, pero en Irlanda el 29 de febrero es un día para que las mujerespropongan casamiento. Además, los bisiestos pueden ser tema de buena literatura, por ejemplo, la novela de Ricardo Silva Romero, Cómo perderlo todo

Ante el paso inexorable del tiempo y frente a hechos y situaciones que no entendemos, yo también prefiero echarme algunos cuentos y, de vez en cuando, buscar a quién culpar de las desgracias. Confieso que me da cierta tranquilidad pensar que los próximos años sin 29 de febrero nos blindarán contra desgracias (no importando que Trump y Putin estén en el poder y que la crisis ambiental se profundice).

A los lectores que me han acompañado este bisiesto con sus comentarios, observaciones, sugerencias, quiero agradecerles y desearles lo mejor en los próximos 365 días. Que haya buenas cosechas, proposiciones amorosas, conversaciones incómodas, encuentros improbables y lecturas sabrosas. Que el entrante, que todos los entrantes, como dijo mi amigo, sean mejores.


Santiago Londoño Uribe

Publicado en la revista Un Pasquín

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Esta columna es, o intenta ser, una corta apología de la negación. Pienso que en una época en la que pulula el coaching y la literatura de autoayuda, en la que se sobrevalora el «sí» y el ser positivo y en la que «todo se puede porque los límites están en tu mente», alguien tendría que reivindicar la negativa. Alguien tiene que reconocer el valor y la importancia de poner límites y de decir no.

En 1999 se estrenó en televisión por cable una de las mejores series de la historia. En sus 6 temporadas, Los Soprano ganó 21 Premios Emmy, 5 Globos de Oro y el reconocimiento generalizado de la crítica. Además de un guion impecable y unos personajes complejos y profundos, la serie de mafiosos tiene un elemento muy particular y original que aún me sorprende y me divierte. Tony Soprano, el protagonista, es un jefe mafioso que, después de un colapso producido por un ataque de pánico, decide visitar a una psicoterapeuta. 

La Dra. Jennifer Melfi se convierte en un personaje fundamental y su relación analista-paciente con Tony es motivo de reflexiones profesionales, dudas personales y situaciones extremas (en algunos capítulos tiene que esconderse porque una facción mafiosa la quiere matar).

En el episodio 4 de la tercera temporada, la Dra. Melfi es violada en un parqueadero subterráneo saliendo de su consultorio. El violador es capturado por la policía, pero debido a un error en la cadena de custodia de las pruebas, es dejado en libertad.

Unos días más tarde, en un restaurante de comida rápida, ella se topa con una foto de su agresor con el encabezado «Empleado del mes». Ejemplar el HP. La psiquiatra, magullada, aporreada y llena de rabia, le dice a su propio analista, refiriéndose al atacante, que ella podría «estriparlo como un insecto», sin duda pensando en Tony y su ocupación.

La última escena del episodio es una sesión de análisis en la que la psiquiatra, sentada al frente del jefe mafioso, explota en llanto debido a la impotencia y al miedo que le produce la libertad de su violador. Este se acerca a consolarla preguntándole qué le pasa. Ella se trata de calmar y le indica que vuelva a su silla y él, viendo en su cara una mezcla de angustia y rabia, le pregunta otra vez, “¿Quieres decirme algo?».

La cámara se acerca a la cara de la doctora, llena de moretones e inflamaciones, durante varios segundos (que parecen minutos) y luego el silencio se rompe con un «No». La pantalla se vuelve negra. Fin del capítulo.

¿Por qué es tan importante ese «No»? La Dra. Melfi sabía perfectamente que solo con decir que la habían violado, sin siquiera señalar al agresor, habría puesto en movimiento una serie de eventos que, seguramente, desembocarían en su asesinato. Tony, un delincuente al que había diagnosticado con un trastorno de personalidad antisocial, tenía los medios, las capacidades y la absoluta falta de escrúpulos para averiguar quién había sido y para, en ejercicio del código mafioso, hacerlo pagar. 

El «no» de la psiquiatra, en silencio y en absoluta soledad, es la decisión ética por excelencia. El dolor, la rabia, la impotencia, la impunidad y la gran injusticia que acompañaban su caso la empujaban a decir aquello que pondría a girar la rueda de la venganza. No obstante lo anterior, la Dra. Melfi sabía que,aunque ella personalmente no iba a hacer nada ilegal, cuando le contara a su paciente lo que le había pasado, iba a cruzar una línea ética con graves consecuencias.

Pienso que la condición especial de lo ético es que significa una confrontación y un cuestionamiento íntimos. Las decisiones éticas no reciben aplausos o reconocimientos, porque en la mayoría de los casos se quedan en el fuero interno de quien las toma, así sus consecuencias puedan ser eventualmente públicas. La ética parte de la consciencia de la propia responsabilidad y se configura como un límite, como la negación de la acción. Somos éticos en cuanto vencemos nuestras pulsiones, para ponerlo en términos psicoanalíticos.

Por último, y siguiendo en la misma línea, podemos concluir que las sociedades sobreviven y algunas prosperan porque sus ciudadanos son capaces de decir no; de decirse no. No mato. No respondo. No agredo. No robo. No miento. No manipulo. No voy a vengarme. No hago parte.

Reivindiquemos el no.

Santiago Londoño Uribe

Artículo publicado en Un pasquín

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Por el título, pensará el lector que esta columna se dedicará a comentar y a analizar los hechos de estas últimas semanas que, para usar un dicho muy nuestro, me han sacado la piedra.

El descarado fraude de Maduro y su combo de violentos y corruptos. El silencio cómplice del gobierno Petro. La campaña camuflada de la directora-candidata y su financiación con recursos públicos. El desastroso manejo del tema de pasaportes y de la salud. La masacre número 44 del año en Remedios, Antioquia…

Pero no es así. Escribo, literalmente, sobre una piedra.

La noticia se publicó en varios diarios y yo la leí en El País de España. Un grupo de geólogos había decidido estudiar a fondo la «piedra del altar» situada en el centro del gran monumento neolítico Stonehenge (Salisbury, Inglaterra). Durante el siglo xx diferentes estudios de las más de 80 rocas presentes en el conjunto demostraron que la gran mayoría de estas (las más grandes) venían de una cantera situada, aproximadamente, a 20 km del sitio. Otras, bautizadas rocas azules (bluestones), han sido conectadas con canteras situadas en las colinas Preseli de Gales a 240 km de distancia. Después de exámenes geoquímicos detallados se demostró que la «piedra del altar», que se pensó pertenecía a las rocas azules, presentaba diferencias importantes con estas y por lo tanto fue necesario ampliar el rango de búsqueda.

La comparación de muestras de diferentes fuentes en las islas británicas e Irlanda llevó al grupo de investigadores a concluir, con un 95% de confiabilidad, que la “piedra del altar” con su color verdusco y sus 6 toneladas de peso, proviene de la costa nororiental de Escocia, ¡a 750 km de Stonehenge!

La historia de Stonehenge es fascinante y misteriosa. Se sabe que la intervención en el sitio empezó cerca de 3000 A.C. cuando las tribus nómadas se asentaron debido a los avances en agricultura y ganadería y empezaron a construir sitios de adoración y espiritualidad, así como herramientas de observación astronómica para planear siembras y cosechas según los solsticios. Descubrimientos arqueológicos de artefactos y estudios de ADN de restos humanos en la zona del monumento han demostrado su relevancia, no solo en las islas británicas, sino también en la Europa continental que lo relacionan con antiguos habitantes de los Alpes y del Mar Báltico. El auge de la centralidad se dio en la era del bronce (2200 a 2000 A.C) y, sin muchas claridades sobre el por qué, los pobladores lo abandonaron aproximadamente en 150 A.C.

Pero volvamos a nuestra piedra. Imagínense la secuencia de eventos, decisiones y acciones que se dieron para que un pedazo de piedra de 6 toneladas situado a 750 km, sea priorizado, identificado, moldeado, transportado y, finalmente, depositado en el centro del monumento. Hoy, 2024, sería un megaproyecto. Hace 4 000 años parecía más un milagro. 

Algunos a estas alturas estarán pensando, «bueno, pero por la misma época en Egipto los faraones estaban construyendo las pirámides que son mucho más impresionantes y complejas que Stonehenge». Sí, pero hay una diferencia que no es menor y que nos habla de las distancias entre modelos de sociedades antiguas. Stonehenge fue construido sin el uso de esclavos. Es decir, quienes imaginaron, diseñaron y construyeron el monumento insular eran personas libres. El impulso y la energía que movieron y organizaron esos monolitos y dinteles provenía no del miedo al látigo, sino de la fe, la creencia, la espiritualidad e incluso la ciencia.

Como no tenemos recuentos ni documentos escritos de la época, son las zonas arqueológicas y las piedras las que nos hablan y con las que tenemos que dialogar. 

Esa “piedra del altar” y su largo proceso de transporte (por mar muy seguramente) me recuerda la capacidad increíble del ser humano para construir narrativas, dar significado y valor a objetos y animales y su búsqueda incesante por darle sentido a la existencia.

No hay otra explicación para los esfuerzos monumentales en los que incurrían sociedades enteras, corriendo grandes riesgos e invirtiendo recursos valiosos y escasos en proyectos que no aportaban a la supervivencia biológica o a la seguridad física.

Byung-Chui Ran, el filósofo surcoreano, dice que los rituales dan estabilidad a la vida y cumplen un papel central en la salud psicológica y el equilibrio social. Ir por esa gran piedra a los confines del mundo, más que un capricho o una excentricidad era una manera de fortalecer el tejido social y de alejar la angustia de la muerte de los pueblos e individuos que asistían a Stonehenge. 

De acuerdo con lo anterior, creo que nos equivocamos cuando en nuestro argot popular confundimos o equiparamos la rabia con la piedra. La piedra, como en los monumentos neolíticos, está ahí para permanecer y dar estabilidad. La rabia, ni genera estabilidad ni puede permanecer.


[1] En el lenguaje cotidiano de Colombia, la expresión “me sacó la piedra” es sinónimo de rabia: “esa injusta decisión arbitral me sacó la piedra”.

Santiago Londoño Uribe

Publicado en Un Pasquín

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Los que aún no se han visto la serie Rigo pueden estar tranquilos porque no los voy a espoliar (americanismo de spoil, “revelar detalles”) con esta columna. Nada de lo que acá comentaré sobre la vida de nuestro colorido y sagaz «Toro de Urrao» es nuevo o sorpresivo.

Quiero, eso sí, compartir algunas reflexiones que me ha suscitado la excelente puesta en escena del Canal RCN que por estos días es tema de conversación en empresas, colegios, universidades, bares, obras de construcción y mentideros políticos. Todo el mundo habla de Rigo.

Una buena historia tiene que tener un buen palabrero detrás. En este caso el azar juntó a un protagonista al que le encanta contar historias con un guionista excelso.

César Augusto Betancur, también conocido como «Pucheros», es el responsable de un verdadero festival de la palabra, de la picaresca, del humor paisa y del encuentro afortunado e inspirado de las narrativas del campo y la ciudad. «Pucheros» demuestra que se puede escribir con altura, inteligencia, estructura y claridad aun cuando se haga con el parlache juvenil o los «montañerismos» del suroeste antioqueño. Genial.

Ese guion soberbio es interpretado por algunos de los mejores actores y actrices que tiene este país. Robinson Díaz es el papá de Rigo. Chancero, querido, bebedor, soñador y motor de la carrera ciclística de su hijo. Sandra Reyes es Doña Aracely. Su mamá. Orgullosa, protectora y vulnerable. Su mirada desolada y su duelo nos duele a todos hasta destrozarnos. Ramiro Meneses es el tío Lucho. ¡Qué personaje! Una fuerza vital capaz de hacernos destornillar de la risa y, medio capítulo después, tirarnos al suelo llorando a abrazarlo en el lecho de un rio seco. Julián Arango es Evaristo Rendón, un baboso calculador, un delincuente y una porquería, pero es perfecto. Juan Pablo Urrego estudió tan bien a su personaje, que ataca en las subidas igual a Rigo en sus mejores momentos. Tremendo reto interpretar a un tipo del carisma y la chispa del urraeño, que, además, está vivito y opinando. Ana María Estupiñán es Michelle, simplemente Michelle. La paisa frentera, emprendedora y romántica que con la mirada tumba paradigmas. Las otras Durango (madre y hermana), la tía Berenice y Girlesa son maravillosas. Yesenia Valencia (Silvia), Elizabeth Chavarriaga (Sofia), Andrea Guzmán (Girlesa) y Ella Becerra (Berenice) son mujeres poderosas y recursivas que le ponen ritmo y pausa a una historia que fácilmente pudo haber sido de hombres y para hombres.

Como cada cierto tiempo, en las últimas semanas se avivó en nuestro país un debate que, aunque tiene posibilidades interesantes, suele quedarse en lugares comunes y bastante insulsos. Me refiero a la discusión sobre las narcoseries que se enmarca en una reflexión más amplia sobre cómo debemos narrar nuestra accidentada y compleja historia reciente. No entraré en los detalles del debate, pero estoy convencido de que Rigo es un buen ejemplo de cómo es posible contar los aspectos más oscuros y sórdidos de nuestra historia actual, sin caer en la

banalización, la caricatura (que es válida, pero tiene su espacio), la exageración o la exaltación del delito.

En el Urrao de principios de siglo XX que se describe en la serie, los guerrilleros son reclutados en el territorio y son compañeros y vecinos de los protagonistas. Los paras llegan a la región con el apoyo y auspicio de actores locales y se mueven entre silencios y complicidades de las autoridades. Ambos son violentos y despiadados y la mayoría de los ciudadanos quedan a merced de su poder en condición de víctimas. Se juega la vida, la extorsión se paga a dos manos y los políticos son marrulleros y calculadores.

En medio de ese berenjenal está Rigoberto Urán. La suya es la historia de la víctima que renuncia a la venganza y se aleja de la violencia. Esa, aunque no nos demos cuenta y hayamos hecho pocos esfuerzos por narrarla, es la historia de la inmensa mayoría de las nueve millones quinientos noventa y tres mil trescientas cincuenta y seis víctimas que habitan este país.

Claro, ninguno de ellas ganó medalla olímpica ni etapas en las tres grandes vueltas, pero esas historias vale la pena contarlas porque en la narrativa de los ejércitos, los capos, los secuestradores y los sicarios, olvidamos a quienes eligieron romper el ciclo de la violencia y esos, y no los guerreros, son los que han mantenido este país ligeramente a flote.

No hay que ignorar ni maquillar nuestra historia. En medio de la violencia descarnada, de los ejércitos que se reciclan y de una corrupción rampante, estamos llenos de historias de amor, de lealtad, de superación y de belleza. Historias dignas de ser contadas y, por lo visto con la serie “Rigo”, listas para ser consumidas. Toca, eso sí, narrarlas, como dice Doña Aracely, “con fundamento, mijo”.

Santiago Londoño Uribe

Publicado en Un Pasquín

Febrero 2024

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Me gusta mucho el ejercicio realizado por el periódico El Espectador y sus columnistas llamado «Cambié de opinión».

En un mundo de tribalismos donde salimos todos los días a defender a muerte el «lado correcto de la historia», a votar por «la última oportunidad de salvar a la patria» y a corregir o a aclararles a «miles de incautos, perdidos y engañados» lo equivocados que están, es refrescante ver una actividad que gire alrededor de la autocrítica, la humildad y el reconocimiento de las limitaciones propias.

El debate público, lo que queda de él, se mueve cada vez más hacia los extremos sin tratar de entender al otro, su historia y su contexto; se habla duro y con contundencia contra los «otros» para reafirmar posiciones, ganar likes o sumar votos de los «nuestros».

Durante buena parte de mi vida adulta me he dedicado a estudiar, a entender y a trabajar en el Estado. Lo he hecho desde la universidad, desde la rama judicial, desde las corporaciones de elección popular y, finalmente, desde el ejecutivo. Me interesó siempre comprender y desarrollar las facultades, competencias y poderes de lo público para intervenir y transformar la sociedad.

En el camino he obtenido logros emocionantes, cientos de aprendizajes, pero también he cometido errores e injusticias y he tenido desilusiones profundas y dolorosas. Así mismo, he conocido gente maravillosa y comprometida y, obviamente, personajes oscuros y macabros.

También confirmé que el Estado es, bajo ciertas condiciones, un vehículo eficaz para mejorar la situación de millones de ciudadanos, para la administración de justicia y para construir condiciones de seguridad y convivencia. No obstante lo anterior, y muy seguramente porque estaba “de cabeza” en lo estatal, también reconozco que sobredimensioné y romanticé al ente público e ignoré o minimicé la participación y responsabilidad de otros sectores en la construcción de las sociedades y en la solución de sus problemas fundamentales.

Hoy pienso que la fortaleza de una sociedad no reside única ni principalmente en el Estado que tenga o en la clarividencia y competencia de sus gobernantes, sino en la capacidad de construir relaciones proactivas, respetuosas, colaborativas y estratégicas entre sectores público, privado, social y académico.

El Estado puede ser un movilizador, un detonador y un aliado estratégico, pero no puede ser ni el único ni el principal responsable de la dirección y el impulso que tome una sociedad. De una parte, es limitado pensar que un Estado pueda, en todo momento y en cualquier tema, representar sociedades tan plurales, diversas y complejas como en las que vivimos. Por otra, es peligroso depositar en él y en sus funcionarios tanto poder y tanta incidencia en la construcción de futuro.

Lo he dicho ya en muchas ocasiones: hay temas tan importantes y sensibles en una sociedad que no se pueden conectar cien por ciento a la caprichosa, inestable y siempre cambiante decisión del electorado. Tampoco, para que quede claro, podemos depender exclusivamente de las fuerzas del mercado.

El poder de una sociedad y su posibilidad de avanzar -y ahí está mi cambio de opinión- no está en ningún actor, sino en el tejido de relaciones, comunicación, acuerdos y colaboración logrados entre el abanico de actores que la habitan. El Estado no es solo uno y no es homogéneo, ni estable, ni necesariamente representativo.

Tengo que reconocer que mi cambio de opinión, por lo menos inicialmente, no ha sido el resultado de una reflexión desapasionada y estructurada o de un balance sesudo, sino de una cadena de eventos y situaciones que, en buena parte, no he controlado directamente. Tomé distancia del Estado no por decisión propia, sino porque los proyectos electorales de los que hice parte perdieron.

Perdieron contundentemente, además. Esa distancia me ha ayudado. De seguir gobernando, muy seguramente mi opinión no habría cambiado. Uno, finalmente, no es lo que le pasa, sino lo que hace con lo que le pasa.

Hoy me dedico a intentar entender cómo se construye confianza entre los diferentes sectores de la sociedad, a poner en movimiento procesos para romper estereotipos y paradigmas y a lograr tejidos que nos atraviesen y nos conecten. Aunque tengo ideas y proyectos sobre lo que es una mejor sociedad, renuncié a intentar desarrollarlos por las urnas y hoy me preocupa mucho más construir lo que los teóricos llaman gobernanza.

Mi cambio de opinión es personal. No pontifico ni busco evangelizar. Claro que no podemos renunciar a elegir buenos gobiernos y gobernantes decentes y eficaces, pero hoy estoy convencido de que hay que trabajar muy duro para que la sociedad no se hunda cuando no lo hacemos. Ante la radicalización y la polarización del debate y ante el todo o nada de las elecciones, elijo tejer confianza con los diferentes en un plano horizontal.

Santiago Londoño Uribe

Publicado en la revista Un Pasquín

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En los municipios siempre hablo de la necesidad de darle grandeza a la política, para que mi hija de 4 años pueda responder con orgullo “es político”.

Llevo ya varios meses recorriendo los municipios y veredas del departamento de Antioquia. Lo hago como parte de un proyecto de participación y organización política y, desde lo personal, como una especie de terapia contra la desesperanza y la incertidumbre. En años anteriores, y como parte de mis responsabilidades en la función pública, tuve el gran privilegio y orgullo de visitar (decir conocer es extremadamente ambicioso e injusto) los 125 municipios que hacen parte del departamento.

Antioquia -lo decía el exgobernador Sergio Fajardo- es como un país. Flanqueadado por los ríos Magdalena y Atrato y atravesado por el río Cauca, con playas en el mar Caribe, numerosos páramos, extensas y ancestrales zonas mineras, 94 municipios cafeteros, selvas tupidas y áreas metropolitanas con avances y problemas equiparables a los de ciudades de países desarrollados, cerca de 6,5 millones de habitantes en 63 000 kilómetros cuadrados y 4300 veredas. Tomaría una vida entera poder realmente conocerlo.

Pero más que kilómetros recorridos o localidades visitadas, me interesa compartir algunas reflexiones sobre lo que la gente expresa en las plazas públicas, en las reuniones comunales o en los momentos cuando se charla alrededor de un tinto. 

En primer lugar, hay que señalar que la inmensa mayoría de las personas que vive en nuestros municipios (exceptuando las ciudades capitales, algunas intermedias y las áreas metropolitanas) no lo hace inmersa en la explosión informativa que nos abruma a algunos y, aunque hay posibilidades de conectarse a Internet (algunas plazas y edificios públicos), la cantidad de información que se recibe en las zonas rurales es poca.

El efecto directo de esta situación es que los problemas y preocupaciones de la gente se relaciona con su vida cotidiana: la vía, la institución educativa, el microtráfico local, el agua de la vereda, el futuro de sus hijos. El Estado no es nunca el Palacio de Nariño o el Congreso. El Estado es el concejal conocido, el alcalde algo más lejano, la Policía Nacional (en los cascos urbanos) y, de cuando en cuando, los funcionarios de chaleco (departamental o nacional) quienes hacen acompañamiento a familias y comunidades.

Como las relaciones entre las personas siguen siendo directas y las fuentes de información escasas, se juzga la efectividad y legitimidad del Estado por sus resultados tangibles en el territorio y no por su destreza comunicacional, sus seguidores en Twitter y Facebook o por los reconocimientos, señalamientos y ataques de otros.Estado es igual a presencia y efectividad.

Para quienes estamos inmersos en la intensa, irresponsable, y en muchos casos difamatoria discusión política en las redes, en ciertos espacios de discusión y hasta en algunas familias, anima mucho poder conversar y debatir en ambientes más tranquilos donde se habla desde las realidades territoriales y se expresan opiniones de manera pausada y con muchas menos influencias e interferencias.

Obviamente, hay posiciones políticas y críticas, pero sin las pasiones destructoras que han invadido la discusión política. La Violencia de mediados de siglo XX dejó marcas profundas en muchas comunidades y hoy parece existir un espacio sosegado para el intercambio político.Se encuentran, por supuesto, seguidores y admiradores del expresidente Uribe, pero rara vez esa cercanía va acompañada del señalamiento de traidor al presidente Santos y no es nada común escuchar el término “castrochavismo”. La gente no ha caído en las pequeñas luchas de los presidentes.

Es verdad que aún en los municipios pequeños o alejados de las grandes ciudades, la política y los políticos generamos desconfianza, cansancio y cierta distancia. No hay que tener redes o muchos medios de comunicación para sentir que buena parte de la actividad política ha estado lejos de las necesidades y de los derechos de la gente.

El clientelismo, la mentira, la manipulación, la corrupción y la desconexión de una clase política enfocada solo en ganar elecciones, hacen un daño real y la gran mayoría de las personas suele expresarlo. Precisamente por esto es tan importante llegar a los territorios para reivindicar la actividad política como una de las acciones humanas más valiosas y admirables. Recordarles que lo fundamental en política es la vocación de servicio y que se busca y ejerce el poder para transformar la vida de los ciudadanos. Todo lo demás son perversiones y desfiguraciones. Hay que volver a los territorios para mirar a la gente a los ojos y decirle, muchas veces, que el voto sigue siendo una herramienta poderosa para transformar, pero que hay que saber elegir a quienes verdaderamente nos representen y de quienes nos sintamos orgullosos.

Este fin de semana pasado caminé por la plaza de un pequeño municipio con dos exalcaldes. Habían sido elegidos antes de los 25 años de edad; para ambos fue su primer contacto con el mundo electoral y continúan trabajando en diferentes espacios por su territorio. Nos demoramos mucho tiempo en recorrer una corta distancia. Los saludos y abrazos afectuosos de la gente impedían el avance. Cariño y agradecimiento en grandes cantidades. Hay una manera decente y digna de ejercer la actividad política y la gente, cuando puede escoger, la reconoce y la agradece.

En mis charlas municipales hablo de la necesidad de darle altura y grandeza a la política y siempre digo que uno de mis objetivos es lograr que cuando a mi hija de 4 años le pregunten ¿qué hace tu papá? Ella saque pecho, suba el mentón y diga, “es político.”

Artículo publicado el 30 de abril 2017 en el blog Las 2 Orillas

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Leí, hace poco, una extensa y muy bien documentada biografía de J. Robert Oppenheimer, conocido por muchos como “el padre de la bomba atómica”. Este físico norteamericano de origen judío es quizás uno de los personajes más enigmáticos e influyentes del siglo XX. 700 páginas que narran una vida que, como un crisol, mezcla la ciencia, la ética, el humanismo y la política de una manera inspirada y trágica. 

El 16 de julio de 1945, a las 5:29 a.m. -hoy se cumplen 78 años- en el desierto de Nuevo México se iluminó el cielo con la primera explosión de una bomba nuclear en la historia. La ciencia había logrado desencadenar el poder del átomo y al frente de ese esfuerzo estaba Oppenheimer. Según él mismo, ante el hongo brillante que escalaba hacia la atmósfera, recitó un verso del poema épico hindú, Bhagavad Gita: “Ahora me he convertido en la Muerte, destructor de mundos”. 

Lo que pocas personas saben es que el físico leía en sánscrito y era un estudioso de la cultura antigua y sus mitos. La mayoría de la gente también ignora que en los años 30 y principios de los 40, Oppenheimer fue activo en varios comités y organizaciones cercanas al partido comunista de EE UU y que apoyó la causa republicana en la Guerra Civil española y las luchas contra los regímenes fascistas europeos.  

Estas relaciones que incluían a su esposa y a sus más cercanos amigos propiciaron, años más tarde, su caída en medio de la cacería de rojos del Senador McCarthy y del eterno y oscuro director del FBI, J. Edgar Hoover. El héroe americano que le había entregado a su país el “mazo más grande”, dándole así un papel central en la geopolítica, no se salvó de la histeria anticomunista de los años 50.

Más allá de las proezas científicas y organizacionales (liderar un equipo de más de 700 científicos entre los cuales había 20 ganadores o futuros ganadores del premio Nobel) y de sus posiciones políticas, me interesan las reflexiones y los profundos cuestionamientos que lo acompañaron durante sus años de éxito y en los de su caída.  

Sin precedentes, Oppenheimer y la mayoría de los científicos que lo acompañaron eran conscientes de que estaban construyendo un arma con un poder de destrucción terrible. Lo hacían, no obstante, -esto no se puede pasar por alto-en medio de una guerra contra Hitler y los nazis. Los nazis también tenían un programa nuclear liderado por uno de los más brillantes físicos del momento, Werner Heisenberg (Premio Nobel 1932), y por ende la velocidad y efectividad del Proyecto Manhattan (nombre clave del proyecto de la bomba norteamericana) eran cruciales. 

Cuando Alemania capituló -mayo 5 de 1945- la pregunta por la necesidad y el sustento ético para avanzar con la bomba se hizo urgente. Japón no tenía la tecnología para buscar una bomba atómica y la balanza de la guerra ya avanzaba en su contra. Oppenheimer y algunos de sus compañeros plantearon posibilidades para evitar la opción nuclear, pero, una vez resuelto lo técnico, las decisiones estaban en cabeza del sistema político militar. La bomba ya no estaba en sus manos. 

Después de la guerra, Oppenheimer intentó aprovechar su reconocimiento y prestigio para abogar por una política de internacionalización de la energía nuclear. Pensaba que, una vez liberado el poder arrasador del átomo, la única forma de contenerlo y de evitar una carrera armamentista suicida, eran la transparencia y la acción colectivas. Esa carrera, lo sabemos ahora, ya había arrancado porque los soviéticos entendieron que Hiroshima y Nagasaki no eran solo un ataque al Japón, sino una advertencia.  

El diccionario de Cambridge define el término la opción nuclear como “una elección extrema para enfrentar una situación particular”. La frase, obviamente, nace en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, pero desde 1945, ha sido utilizada para describir situaciones variadas en política y negocios donde se considera echar mano de una extrema. La opción nuclear, más que cualquier decisión, está atravesada por una pregunta ética. Toda decisión extrema genera consecuencias que difícilmente se pueden prever y, mucho menos, controlar. 

En sus últimos días, enfrentando un cáncer agresivo, Oppenheimer reflexionaba sobre su vida y su obra. Muchos le preguntaban si sentía culpa por su trabajo y las consecuencias que este produjo. “Responsabilidad”, solía decir, “es un término que tiene que ver con la elección y la acción y las tensiones que se derivan entre ellas. Me siento responsable de mis acciones y de sus consecuencias. No culpable.”

Santiago Londoño Uribe

Julio, 2023

Publicado en Un Pasquín, Medellín.

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Hace algunos días tuve un largo almuerzo conversado con una gran amiga.  Tenemos, hace muchos años, una amistad de esas que dice uno “se fue así”. Es decir, ya no tenemos nada que probarnos ni sobre quiénes somos ni sobre la amistad que nos une. Llegamos a un tema que es recurrente entre quienes estamos rondando el medio siglo de existencia: los papás (madre y padre). 

Hablamos de su salud, sus manías, sus inseguridades y sobre el paso del tiempo. Descubrimos, entre muchas cosas, que ambos estamos dedicados a leer novelas que giran alrededor de la relación de los papás y los hijos (y nos recomendamos obras).  

Cada vez estoy más convencido de que con los años, la vida de cualquier ser humano irremediablemente se enfoca en intentar comprender ese gran misterio que son los papás. La búsqueda de los padres, en su condición de simples seres humanos, como un leitmotiv de la adultez. Una búsqueda que suele ser tardía (nos toma demasiado tiempo interesarnos por la vida de nuestros progenitores) y que está llena de espejismos y barreras. 

Y es que la relación con los papás es particular y tremendamente compleja. Para empezar, suele estar definida, descrita y determinada por estereotipos y paradigmas firmemente afincados y, como todos los estereotipos y paradigmas, ligeros e injustos.  Se dice “la madre” y, a renglón seguido, viene toda una chorrera de características y súper poderes.  Lo mismo pasa con “el padre” y su proveeduría y “fuerza”. Pero no solo es lo que dicta la cultura. Los hijos, durante muchos años, sólo los conocemos en su función de progenitores. En nuestros primero años, estas figuras están ahí para cuidarnos, protegernos y solucionar los problemas que surjan. Durante muchos tiempo son sólo papás. No tienen una historia y no parecen tener problemas ni debilidades ni dudas ni cuestionamientos.  

Y vamos creciendo y empezamos a ver rasgos y acciones de nuestros padres que no nos gustan. La adolescencia, con su ignorancia descarada disfrazada de contundencia, es la etapa de encontrarle las falencias y los defectos a los papás. Los confrontamos y los juzgamos duramente diciéndonos a nosotros mismos que somos distintos y, cómo no, mejores que ellos.  Ya no somos los niños asombrados ante estas figuras casi sobrehumanas, sino unos seres llenos de opiniones y sentencias.  Destruimos las figuras idílicas de la niñez, pero no tenemos con qué reemplazarlas porque no entendemos nada.  

Madurar es, en gran parte, bajarle la intensidad al juicio y a la condena para intentar comprender. Madurar también es presenciar la vejez y el deterioro de los padres.  Empiezan las enfermedades y los achaques, se hacen evidentes los vicios y, sobreviene la muerte y los hijos nos damos cuenta que no tenemos la más mínima idea de quiénes realmente son o eran estos seres amados que han dedicado su vida a nosotros. Y es una tragedia.  

Es un tragedia porque cuando intentamos remover la capa de paradigmas, estereotipos y juicios sobre la cual se ha desarrollado la relación, encontramos la resistencia de nuestros padres a compartir su historia íntima. Una historia que, como casi todas las historias, se mueve entre las fracturas, los miedos, las expectativas no cumplidas y los mitos.  Queremos conocer a nuestros padres, pero muchos de ellos no quieren, o no pueden, dejar de ser nuestros padres y, por lo tanto, no nos permiten llegar a conocer sus vidas, sus dolores y alegrías; su humanidad fundamental.   

Pero no todo está perdido. Corriendo el riesgo de sonar como coach o como consejero familiar, puedo decirles que hay esperanza. Quizás no estamos condenados a la fractura. No es la razón ni las preguntas complejas ni la investigación exhaustiva la que nos permitirá encontrarnos con los papás en un escenario diferente. Ahí solo funciona el amor.  La manera de conocer la historia de los padres(más allá de su condición de padres), que es a la vez la historia propia, es poner el filtro del amor (que no juzga, no condena y no intenta cambiar) en toda lo que tenga que ver con la relación. Allí donde están sus heridas hay que llegar con comprensión y cariño.    

Compartí algunas de estas reflexiones con mi amiga durante nuestro encuentro. Al final del almuerzo y de la conversación nos quedamos un rato en silencio. No puedo saber a ciencia cierta qué pensaba, pero, porque la conozco bien, creo que, como yo, estaba pensando en sus propios hijos pequeños. Pensábamos en cómo nos verían ahora, en la adolescencia y en la adultez. Pensábamos, seguramente, en no cometer con ellos algunos de los errores de nuestros padres con nosotros y, sobretodo, en que ojalá nos vean como simples seres humanos tratando de hacer la mejor labor posible en una relación verracamente jodida. 

Santiago Londoño Uribe

Junio, 2023

Publicado en Un Pasquín

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Me “retiré” (aunque siempre con el celular cerca) la primera semana del 2023 a una playa con familia y libros (de los que se mojan, pesan y huelen). Como soy un lector algo desordenado y me muevo más por intuición y por ciertas conexiones emocionales (temas generales, primeras frases, pendientes de años anteriores y estados de ánimo) terminé leyendo dos libros estupendos, aparentemente desconectados, que disfruté tremendamente. 

Esta columna, no obstante, no es sobre estos libros, sino acerca de un tema que por estos días me quita el sueño y que, ya verán, conecto con esas lecturas. Recientemente, Hector Abad Faciolince en El Espectador y David González en El Colombiano lo han tocado y es fuente de debate en diferentes foros académicos y de opinión en el mundo. 

Me refiero a la inteligencia artificial (IA) y su relación y aplicación en la escritura. Hoy los programas de IA pueden producir textos sobre casi cualquier tema con estructura, ortografía y redacción. Inicialmente los textos parecen muy básicos, precisamente porque detrás está la inteligencia artificial (máquinas que tienen acceso a datos e información casi ilimitada y que aprenden y mejoran). Seguramente, cada vez serán mejor estructurados, más claros e incluso con estilos refinados. Obviamente, este invento permitirá que las máquinas y sus programadores (ojo), se tomen (o se hayan tomado) ciertos campos de la escritura en la publicidad, las relaciones públicas, el mercadeo, el derecho, la política y el periodismo.

Mi preocupación, lo confieso, viene de mi relación con la palabra escrita. Una relación que nació en otra época y que claramente está ya superada en la gran mayoría de espacios y actividades. Yo me eduqué con la idea, y aun lo sigo pensando, que la palabra escrita tiene a la vez un poder tremendo y significa una inmensa responsabilidad. El poder de traspasar las fronteras del tiempo, las distancias, las razas, el género, las edades etc. La responsabilidad y el compromiso de atar al autor a sus palabras. La palabra escrita es, entonces, personal, intransferible y puede ser lo más cercano que tengamos a la inmortalidad. Por eso me afecta tanto la posibilidad de perderla.

Pienso entonces en los libros que leí en la playa: Antes de que el mar cierre los caminos de Andrea Mejía y El llano en llamas de Juan Rulfo. Dos libros publicados con una diferencia de casi 70 años y que parecieran tener poco en común. 

El primero escrito por una bogotana de 44 años, al comienzo de la tercera década del siglo XXI y el otro, la colección de cuentos que en 1953 puso a Rulfo en el gran mapa de la literatura en español. Más allá de estos datos, varios hilos conectan las dos obras. Para empezar, sobre Rulfo se han escrito ensayos, tratados y tesis, está el papel de la naturaleza en el relato. Tanto en los cuentos del mexicano como en la novela corta de Mejía el paisaje, el clima, el viento, los colores y los olores acompañan, moldean y en ocasiones definen la historia y los personajes. 

Los paisajes del Jalisco posrevolucionario que recorren y sufren los campesinos y bandoleros rulfianos destilan desolación y pobreza. El mar, la playa y la sierra que rodean la ciudad costera a la que llegan Pablo e Irene, los personajes de la novela, no son los destinos turísticos idílicos de un brochure de agencia de viajes, sino espacios pesados, sofocantes y hasta amenazantes que ambientan el misterio que flota en el trasfondo del relato. 

Hay un segundo hilo que une los textos: la violencia y la muerte como presencias sostenidas y definitorias. “Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno” dice uno de los personajes del cuento El hombre de Rulfo, pero esa frase tranquilamente puede servir de epígrafe para Antes de que el mar cierre los caminos.La muerte como presencia/ausencia que, en palabras de la autora bogotana “es algo imposible de comprender, demasiado grande para nosotros…”, va impulsando la novela y a sus personajes desde el duelo y las preguntas. En Rulfo, quien perdió a sus padres trágicamente siendo un niño, la muerte parece ser menos misteriosa y más cotidiana, pero ejerce también un poder tremendo sobre muchos de sus personajes (duelo, venganza o impulso). 

¿Por qué conectar a Rulfo y a Mejía con la IA? con el riesgo de equivocarme, pero pensando que es la última rama para salvarnos antes de caer por la cascada de la automatización y la despersonalización, creo que en la literatura, que se inventa las normas, que describe y crea contextos, que evita lo “correcto”, que traduce lo irremediablemente humano, que no tiene lógica temporal o geográfica, seguirá estando nuestro pequeño espacio. No parece mucho, pero ahí aun, hay un universo.

Santiago Londoño Uribe

Junio, 2023I

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Que sea esta última columna de 2022 la oportunidad de reconocer a quienes, en medio de estos tiempos convulsos de mentiras, guerras, abusos e incertidumbre, han brillado, transformado y aportado para hacer de este mundo un mejor lugar.

Empecemos con las cracks de la Selección Femenina sub 17, las subcampeonas del mundo en la India, quienes escribieron el capítulo más importante de nuestra historia futbolística. Sí, dirán que es una exageración o una prueba de mi ignorancia futbolística (y que olvido la Copa América que ganamos, las Libertadores, los cuartos del Mundial de mayores, el 5-0), pero dados los obstáculos que han enfrentado estas jóvenes (machismo rampante, inexistencia de una verdadera liga femenina, dirigentes corruptos y acosadores) ese triunfo raya con lo milagroso. Linda, Gabriela, Yésica, Oriana, Eliana, Ana María, todas: ¡muchas gracias! Nos pusieron a gritar, a acariciar un Mundial y le dieron a muchas mujeres un poderoso impulso y un sueño.

Si aún no leen El infinito en un junco, por favor, dense ese regalo este fin de año. Por sus páginas se desarrolla la biografía de la palabra escrita, las correrías de reyes, guerreros, esclavos, filósofos y científicos alrededor de la codificación, transmisión y preservación de la belleza, el conocimiento y la aventura humana a través de los libros. La escritora e investigadora maña, Irene Vallejo, combina datos, anécdotas y reflexiones profundas con un estilo de escritura que nos ata a sus páginas y a la vez libera nuestra imaginación. Es el libro de los libros y para quienes, como yo, nos movemos entre el recuerdo de lo leído, la emoción y el reto del texto actual y la posibilidad del que aún no se ha abierto, es una lectura soñada. Gracias.

Este año la pianista Teresita Gómez, a quien tengo el honor y el orgullo de llamar amiga, grabó dos especiales muy bellos y poderosos que recomiendo ver (ambos están en Youtube). Al iniciar el año la periodista Natalia Orozco entrevistó a Tere para el canal alemán Deutsche Welle en Español y hace apenas unas semanas la serie Aprendamos juntos 2030 del banco BBVA le dedicó un programa de una hora en su formato de conversación, preguntas e interpretación musical.

En ambos espacios Tere, quien cumple 80 años en 2023 (esperaría uno que se hagan sendos homenajes) habló de Bach, de la educación, del tango, de sus hijos, de la libertad y en un breve discurso ante la pregunta sobre la discriminación y el racismo dijo: ”Yo le diría a los jóvenes que dejemos de relacionarnos con los títulos y con los rótulos. ¿Por qué no empezamos a relacionarnos con la vibración de la gente? Me cae bien esa persona. (…) Entrar por otra parte del ser humano, no por la parte de la apariencia. (…) Y cuando la vibración no es afín, te haces a un lado simplemente. No pasa nada. (…) Nuestro vehículo se debe armonizar para estar en armonía con los otros”. No hay en Teresita un gramo de rencor o de desconfianza a pesar de a ver vivido expresiones tenaces de racismo y exclusión y tragedias humanas profundas. Amor, pasión, inspiración y mucho tumbao. Gracias por existir.

Termino reconociendo y agradeciendo a una categoría de seres humanos que, aunque no son tantos como uno quisiera, son muchos más de los que nos imaginamos. Yo los llamo los rebeldes del amor: seres que un día entienden que su vida, su educación, sus elecciones y sus luchas, que los han definido y les han dado norte y sentido a su trasegar, también son fuente de sesgos, prejuicios y limitaciones. Ese hallazgo doloroso dispara todo un arsenal de mecanismos de defensa (minimizar, ignorar, deformar), pero también pone en pie de lucha a quienes nos rodean, a los “nuestros”. Permitir cuestionamientos profundos en la tribu es peligroso pues puede desfigurar lo que nos une y, vaya riesgo, puede ser contagioso. El rebelde es cuestionado, amenazado y, finalmente, apartado. 

Aquel que a pesar del desgarre interno y del duro juicio de los “propios”, persiste en abrir su mirada y su corazón empieza a tejer con los “otros” y ahí, exactamente ahí, cambia la historia. Ese rebelde es fiel a sí mismo, pero también es fiel a un ideal amplio de humanidad en el que dejamos de juzgar por asuntos moralmente irrelevantes y nos acercamos a los universos de los “otros que, finalmente, terminan siendo sospechosamente parecidos a los nuestros”.

A los que superan pruebas extraordinarias. A los que cultivan la palabra que transmite belleza y conocimiento. A los que nos regalan la música que nos acerca a la trascendencia. A los rebeldes del amor. ¡Gracias!

Santiago Londoño Uribe

Diciembre, 2022

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