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¡Qué piedra![1]

Por Santiago Londoño Uribe
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Por el título, pensará el lector que esta columna se dedicará a comentar y a analizar los hechos de estas últimas semanas que, para usar un dicho muy nuestro, me han sacado la piedra.

El descarado fraude de Maduro y su combo de violentos y corruptos. El silencio cómplice del gobierno Petro. La campaña camuflada de la directora-candidata y su financiación con recursos públicos. El desastroso manejo del tema de pasaportes y de la salud. La masacre número 44 del año en Remedios, Antioquia…

Pero no es así. Escribo, literalmente, sobre una piedra.

La noticia se publicó en varios diarios y yo la leí en El País de España. Un grupo de geólogos había decidido estudiar a fondo la «piedra del altar» situada en el centro del gran monumento neolítico Stonehenge (Salisbury, Inglaterra). Durante el siglo xx diferentes estudios de las más de 80 rocas presentes en el conjunto demostraron que la gran mayoría de estas (las más grandes) venían de una cantera situada, aproximadamente, a 20 km del sitio. Otras, bautizadas rocas azules (bluestones), han sido conectadas con canteras situadas en las colinas Preseli de Gales a 240 km de distancia. Después de exámenes geoquímicos detallados se demostró que la «piedra del altar», que se pensó pertenecía a las rocas azules, presentaba diferencias importantes con estas y por lo tanto fue necesario ampliar el rango de búsqueda.

La comparación de muestras de diferentes fuentes en las islas británicas e Irlanda llevó al grupo de investigadores a concluir, con un 95% de confiabilidad, que la “piedra del altar” con su color verdusco y sus 6 toneladas de peso, proviene de la costa nororiental de Escocia, ¡a 750 km de Stonehenge!

La historia de Stonehenge es fascinante y misteriosa. Se sabe que la intervención en el sitio empezó cerca de 3000 A.C. cuando las tribus nómadas se asentaron debido a los avances en agricultura y ganadería y empezaron a construir sitios de adoración y espiritualidad, así como herramientas de observación astronómica para planear siembras y cosechas según los solsticios. Descubrimientos arqueológicos de artefactos y estudios de ADN de restos humanos en la zona del monumento han demostrado su relevancia, no solo en las islas británicas, sino también en la Europa continental que lo relacionan con antiguos habitantes de los Alpes y del Mar Báltico. El auge de la centralidad se dio en la era del bronce (2200 a 2000 A.C) y, sin muchas claridades sobre el por qué, los pobladores lo abandonaron aproximadamente en 150 A.C.

Pero volvamos a nuestra piedra. Imagínense la secuencia de eventos, decisiones y acciones que se dieron para que un pedazo de piedra de 6 toneladas situado a 750 km, sea priorizado, identificado, moldeado, transportado y, finalmente, depositado en el centro del monumento. Hoy, 2024, sería un megaproyecto. Hace 4 000 años parecía más un milagro. 

Algunos a estas alturas estarán pensando, «bueno, pero por la misma época en Egipto los faraones estaban construyendo las pirámides que son mucho más impresionantes y complejas que Stonehenge». Sí, pero hay una diferencia que no es menor y que nos habla de las distancias entre modelos de sociedades antiguas. Stonehenge fue construido sin el uso de esclavos. Es decir, quienes imaginaron, diseñaron y construyeron el monumento insular eran personas libres. El impulso y la energía que movieron y organizaron esos monolitos y dinteles provenía no del miedo al látigo, sino de la fe, la creencia, la espiritualidad e incluso la ciencia.

Como no tenemos recuentos ni documentos escritos de la época, son las zonas arqueológicas y las piedras las que nos hablan y con las que tenemos que dialogar. 

Esa “piedra del altar” y su largo proceso de transporte (por mar muy seguramente) me recuerda la capacidad increíble del ser humano para construir narrativas, dar significado y valor a objetos y animales y su búsqueda incesante por darle sentido a la existencia.

No hay otra explicación para los esfuerzos monumentales en los que incurrían sociedades enteras, corriendo grandes riesgos e invirtiendo recursos valiosos y escasos en proyectos que no aportaban a la supervivencia biológica o a la seguridad física.

Byung-Chui Ran, el filósofo surcoreano, dice que los rituales dan estabilidad a la vida y cumplen un papel central en la salud psicológica y el equilibrio social. Ir por esa gran piedra a los confines del mundo, más que un capricho o una excentricidad era una manera de fortalecer el tejido social y de alejar la angustia de la muerte de los pueblos e individuos que asistían a Stonehenge. 

De acuerdo con lo anterior, creo que nos equivocamos cuando en nuestro argot popular confundimos o equiparamos la rabia con la piedra. La piedra, como en los monumentos neolíticos, está ahí para permanecer y dar estabilidad. La rabia, ni genera estabilidad ni puede permanecer.


[1] En el lenguaje cotidiano de Colombia, la expresión “me sacó la piedra” es sinónimo de rabia: “esa injusta decisión arbitral me sacó la piedra”.

Santiago Londoño Uribe

Publicado en Un Pasquín

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4 Comentarios

Humberto Sánchez Asseff 16 septiembre, 2024 - 8:49 am

Santiago, buenos días. Aunque no tengo el gusto de conocerte personalmente, tu padre Juan Camilo fue parte complementaria de nuestra formación en la Compañía de Jesús. Muchas gracias por compartir la información que leíste sobre la piedra del altar de Stonehenge. Para mí es novedoso y extraordinario.

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John Arbeláez Ochoa 16 septiembre, 2024 - 9:57 am

Esos pueblos llamados por nosotros “primitivos” nos dan lecciones sobre la construcción del tejido social que no hemos podido ni siquiera remendar en nuestro país, buscando objetivos comunes para la construcción de nuestra nación. Excelente reflexión Santiago. Mil gracias.

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JUAN L GOMEZ C 16 septiembre, 2024 - 5:23 pm

Muy interesante, “alejar la angustia de la muerte” sigue siendo, de forma conciente o inconciente, una prioridad que se acelera con el pasar de los años. Pero, en el mundo “hyperinformado” e “hyperentretenido” de hoy los rituales se están volviendo más individuales y más digitales, sin que pareciera posible la marcha atrás, excepto que una hecatombe nuclear nos devolviera a la edad de piedra.

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Juan Gregorio Vélez 17 septiembre, 2024 - 7:20 am

Gracias Santiago. Pienso que esas piedras tenían un sentido parecido al de nuestras antenas actuales: atraían y atraen la energía del universo para conectarnos.

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