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Santiago Londoño Uribe

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Los que aún no se han visto la serie Rigo pueden estar tranquilos porque no los voy a espoliar (americanismo de spoil, “revelar detalles”) con esta columna. Nada de lo que acá comentaré sobre la vida de nuestro colorido y sagaz «Toro de Urrao» es nuevo o sorpresivo.

Quiero, eso sí, compartir algunas reflexiones que me ha suscitado la excelente puesta en escena del Canal RCN que por estos días es tema de conversación en empresas, colegios, universidades, bares, obras de construcción y mentideros políticos. Todo el mundo habla de Rigo.

Una buena historia tiene que tener un buen palabrero detrás. En este caso el azar juntó a un protagonista al que le encanta contar historias con un guionista excelso.

César Augusto Betancur, también conocido como «Pucheros», es el responsable de un verdadero festival de la palabra, de la picaresca, del humor paisa y del encuentro afortunado e inspirado de las narrativas del campo y la ciudad. «Pucheros» demuestra que se puede escribir con altura, inteligencia, estructura y claridad aun cuando se haga con el parlache juvenil o los «montañerismos» del suroeste antioqueño. Genial.

Ese guion soberbio es interpretado por algunos de los mejores actores y actrices que tiene este país. Robinson Díaz es el papá de Rigo. Chancero, querido, bebedor, soñador y motor de la carrera ciclística de su hijo. Sandra Reyes es Doña Aracely. Su mamá. Orgullosa, protectora y vulnerable. Su mirada desolada y su duelo nos duele a todos hasta destrozarnos. Ramiro Meneses es el tío Lucho. ¡Qué personaje! Una fuerza vital capaz de hacernos destornillar de la risa y, medio capítulo después, tirarnos al suelo llorando a abrazarlo en el lecho de un rio seco. Julián Arango es Evaristo Rendón, un baboso calculador, un delincuente y una porquería, pero es perfecto. Juan Pablo Urrego estudió tan bien a su personaje, que ataca en las subidas igual a Rigo en sus mejores momentos. Tremendo reto interpretar a un tipo del carisma y la chispa del urraeño, que, además, está vivito y opinando. Ana María Estupiñán es Michelle, simplemente Michelle. La paisa frentera, emprendedora y romántica que con la mirada tumba paradigmas. Las otras Durango (madre y hermana), la tía Berenice y Girlesa son maravillosas. Yesenia Valencia (Silvia), Elizabeth Chavarriaga (Sofia), Andrea Guzmán (Girlesa) y Ella Becerra (Berenice) son mujeres poderosas y recursivas que le ponen ritmo y pausa a una historia que fácilmente pudo haber sido de hombres y para hombres.

Como cada cierto tiempo, en las últimas semanas se avivó en nuestro país un debate que, aunque tiene posibilidades interesantes, suele quedarse en lugares comunes y bastante insulsos. Me refiero a la discusión sobre las narcoseries que se enmarca en una reflexión más amplia sobre cómo debemos narrar nuestra accidentada y compleja historia reciente. No entraré en los detalles del debate, pero estoy convencido de que Rigo es un buen ejemplo de cómo es posible contar los aspectos más oscuros y sórdidos de nuestra historia actual, sin caer en la

banalización, la caricatura (que es válida, pero tiene su espacio), la exageración o la exaltación del delito.

En el Urrao de principios de siglo XX que se describe en la serie, los guerrilleros son reclutados en el territorio y son compañeros y vecinos de los protagonistas. Los paras llegan a la región con el apoyo y auspicio de actores locales y se mueven entre silencios y complicidades de las autoridades. Ambos son violentos y despiadados y la mayoría de los ciudadanos quedan a merced de su poder en condición de víctimas. Se juega la vida, la extorsión se paga a dos manos y los políticos son marrulleros y calculadores.

En medio de ese berenjenal está Rigoberto Urán. La suya es la historia de la víctima que renuncia a la venganza y se aleja de la violencia. Esa, aunque no nos demos cuenta y hayamos hecho pocos esfuerzos por narrarla, es la historia de la inmensa mayoría de las nueve millones quinientos noventa y tres mil trescientas cincuenta y seis víctimas que habitan este país.

Claro, ninguno de ellas ganó medalla olímpica ni etapas en las tres grandes vueltas, pero esas historias vale la pena contarlas porque en la narrativa de los ejércitos, los capos, los secuestradores y los sicarios, olvidamos a quienes eligieron romper el ciclo de la violencia y esos, y no los guerreros, son los que han mantenido este país ligeramente a flote.

No hay que ignorar ni maquillar nuestra historia. En medio de la violencia descarnada, de los ejércitos que se reciclan y de una corrupción rampante, estamos llenos de historias de amor, de lealtad, de superación y de belleza. Historias dignas de ser contadas y, por lo visto con la serie “Rigo”, listas para ser consumidas. Toca, eso sí, narrarlas, como dice Doña Aracely, “con fundamento, mijo”.

Santiago Londoño Uribe

Publicado en Un Pasquín

Febrero 2024

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Me gusta mucho el ejercicio realizado por el periódico El Espectador y sus columnistas llamado «Cambié de opinión».

En un mundo de tribalismos donde salimos todos los días a defender a muerte el «lado correcto de la historia», a votar por «la última oportunidad de salvar a la patria» y a corregir o a aclararles a «miles de incautos, perdidos y engañados» lo equivocados que están, es refrescante ver una actividad que gire alrededor de la autocrítica, la humildad y el reconocimiento de las limitaciones propias.

El debate público, lo que queda de él, se mueve cada vez más hacia los extremos sin tratar de entender al otro, su historia y su contexto; se habla duro y con contundencia contra los «otros» para reafirmar posiciones, ganar likes o sumar votos de los «nuestros».

Durante buena parte de mi vida adulta me he dedicado a estudiar, a entender y a trabajar en el Estado. Lo he hecho desde la universidad, desde la rama judicial, desde las corporaciones de elección popular y, finalmente, desde el ejecutivo. Me interesó siempre comprender y desarrollar las facultades, competencias y poderes de lo público para intervenir y transformar la sociedad.

En el camino he obtenido logros emocionantes, cientos de aprendizajes, pero también he cometido errores e injusticias y he tenido desilusiones profundas y dolorosas. Así mismo, he conocido gente maravillosa y comprometida y, obviamente, personajes oscuros y macabros.

También confirmé que el Estado es, bajo ciertas condiciones, un vehículo eficaz para mejorar la situación de millones de ciudadanos, para la administración de justicia y para construir condiciones de seguridad y convivencia. No obstante lo anterior, y muy seguramente porque estaba “de cabeza” en lo estatal, también reconozco que sobredimensioné y romanticé al ente público e ignoré o minimicé la participación y responsabilidad de otros sectores en la construcción de las sociedades y en la solución de sus problemas fundamentales.

Hoy pienso que la fortaleza de una sociedad no reside única ni principalmente en el Estado que tenga o en la clarividencia y competencia de sus gobernantes, sino en la capacidad de construir relaciones proactivas, respetuosas, colaborativas y estratégicas entre sectores público, privado, social y académico.

El Estado puede ser un movilizador, un detonador y un aliado estratégico, pero no puede ser ni el único ni el principal responsable de la dirección y el impulso que tome una sociedad. De una parte, es limitado pensar que un Estado pueda, en todo momento y en cualquier tema, representar sociedades tan plurales, diversas y complejas como en las que vivimos. Por otra, es peligroso depositar en él y en sus funcionarios tanto poder y tanta incidencia en la construcción de futuro.

Lo he dicho ya en muchas ocasiones: hay temas tan importantes y sensibles en una sociedad que no se pueden conectar cien por ciento a la caprichosa, inestable y siempre cambiante decisión del electorado. Tampoco, para que quede claro, podemos depender exclusivamente de las fuerzas del mercado.

El poder de una sociedad y su posibilidad de avanzar -y ahí está mi cambio de opinión- no está en ningún actor, sino en el tejido de relaciones, comunicación, acuerdos y colaboración logrados entre el abanico de actores que la habitan. El Estado no es solo uno y no es homogéneo, ni estable, ni necesariamente representativo.

Tengo que reconocer que mi cambio de opinión, por lo menos inicialmente, no ha sido el resultado de una reflexión desapasionada y estructurada o de un balance sesudo, sino de una cadena de eventos y situaciones que, en buena parte, no he controlado directamente. Tomé distancia del Estado no por decisión propia, sino porque los proyectos electorales de los que hice parte perdieron.

Perdieron contundentemente, además. Esa distancia me ha ayudado. De seguir gobernando, muy seguramente mi opinión no habría cambiado. Uno, finalmente, no es lo que le pasa, sino lo que hace con lo que le pasa.

Hoy me dedico a intentar entender cómo se construye confianza entre los diferentes sectores de la sociedad, a poner en movimiento procesos para romper estereotipos y paradigmas y a lograr tejidos que nos atraviesen y nos conecten. Aunque tengo ideas y proyectos sobre lo que es una mejor sociedad, renuncié a intentar desarrollarlos por las urnas y hoy me preocupa mucho más construir lo que los teóricos llaman gobernanza.

Mi cambio de opinión es personal. No pontifico ni busco evangelizar. Claro que no podemos renunciar a elegir buenos gobiernos y gobernantes decentes y eficaces, pero hoy estoy convencido de que hay que trabajar muy duro para que la sociedad no se hunda cuando no lo hacemos. Ante la radicalización y la polarización del debate y ante el todo o nada de las elecciones, elijo tejer confianza con los diferentes en un plano horizontal.

Santiago Londoño Uribe

Publicado en la revista Un Pasquín

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En los municipios siempre hablo de la necesidad de darle grandeza a la política, para que mi hija de 4 años pueda responder con orgullo “es político”.

Llevo ya varios meses recorriendo los municipios y veredas del departamento de Antioquia. Lo hago como parte de un proyecto de participación y organización política y, desde lo personal, como una especie de terapia contra la desesperanza y la incertidumbre. En años anteriores, y como parte de mis responsabilidades en la función pública, tuve el gran privilegio y orgullo de visitar (decir conocer es extremadamente ambicioso e injusto) los 125 municipios que hacen parte del departamento.

Antioquia -lo decía el exgobernador Sergio Fajardo- es como un país. Flanqueadado por los ríos Magdalena y Atrato y atravesado por el río Cauca, con playas en el mar Caribe, numerosos páramos, extensas y ancestrales zonas mineras, 94 municipios cafeteros, selvas tupidas y áreas metropolitanas con avances y problemas equiparables a los de ciudades de países desarrollados, cerca de 6,5 millones de habitantes en 63 000 kilómetros cuadrados y 4300 veredas. Tomaría una vida entera poder realmente conocerlo.

Pero más que kilómetros recorridos o localidades visitadas, me interesa compartir algunas reflexiones sobre lo que la gente expresa en las plazas públicas, en las reuniones comunales o en los momentos cuando se charla alrededor de un tinto. 

En primer lugar, hay que señalar que la inmensa mayoría de las personas que vive en nuestros municipios (exceptuando las ciudades capitales, algunas intermedias y las áreas metropolitanas) no lo hace inmersa en la explosión informativa que nos abruma a algunos y, aunque hay posibilidades de conectarse a Internet (algunas plazas y edificios públicos), la cantidad de información que se recibe en las zonas rurales es poca.

El efecto directo de esta situación es que los problemas y preocupaciones de la gente se relaciona con su vida cotidiana: la vía, la institución educativa, el microtráfico local, el agua de la vereda, el futuro de sus hijos. El Estado no es nunca el Palacio de Nariño o el Congreso. El Estado es el concejal conocido, el alcalde algo más lejano, la Policía Nacional (en los cascos urbanos) y, de cuando en cuando, los funcionarios de chaleco (departamental o nacional) quienes hacen acompañamiento a familias y comunidades.

Como las relaciones entre las personas siguen siendo directas y las fuentes de información escasas, se juzga la efectividad y legitimidad del Estado por sus resultados tangibles en el territorio y no por su destreza comunicacional, sus seguidores en Twitter y Facebook o por los reconocimientos, señalamientos y ataques de otros.Estado es igual a presencia y efectividad.

Para quienes estamos inmersos en la intensa, irresponsable, y en muchos casos difamatoria discusión política en las redes, en ciertos espacios de discusión y hasta en algunas familias, anima mucho poder conversar y debatir en ambientes más tranquilos donde se habla desde las realidades territoriales y se expresan opiniones de manera pausada y con muchas menos influencias e interferencias.

Obviamente, hay posiciones políticas y críticas, pero sin las pasiones destructoras que han invadido la discusión política. La Violencia de mediados de siglo XX dejó marcas profundas en muchas comunidades y hoy parece existir un espacio sosegado para el intercambio político.Se encuentran, por supuesto, seguidores y admiradores del expresidente Uribe, pero rara vez esa cercanía va acompañada del señalamiento de traidor al presidente Santos y no es nada común escuchar el término “castrochavismo”. La gente no ha caído en las pequeñas luchas de los presidentes.

Es verdad que aún en los municipios pequeños o alejados de las grandes ciudades, la política y los políticos generamos desconfianza, cansancio y cierta distancia. No hay que tener redes o muchos medios de comunicación para sentir que buena parte de la actividad política ha estado lejos de las necesidades y de los derechos de la gente.

El clientelismo, la mentira, la manipulación, la corrupción y la desconexión de una clase política enfocada solo en ganar elecciones, hacen un daño real y la gran mayoría de las personas suele expresarlo. Precisamente por esto es tan importante llegar a los territorios para reivindicar la actividad política como una de las acciones humanas más valiosas y admirables. Recordarles que lo fundamental en política es la vocación de servicio y que se busca y ejerce el poder para transformar la vida de los ciudadanos. Todo lo demás son perversiones y desfiguraciones. Hay que volver a los territorios para mirar a la gente a los ojos y decirle, muchas veces, que el voto sigue siendo una herramienta poderosa para transformar, pero que hay que saber elegir a quienes verdaderamente nos representen y de quienes nos sintamos orgullosos.

Este fin de semana pasado caminé por la plaza de un pequeño municipio con dos exalcaldes. Habían sido elegidos antes de los 25 años de edad; para ambos fue su primer contacto con el mundo electoral y continúan trabajando en diferentes espacios por su territorio. Nos demoramos mucho tiempo en recorrer una corta distancia. Los saludos y abrazos afectuosos de la gente impedían el avance. Cariño y agradecimiento en grandes cantidades. Hay una manera decente y digna de ejercer la actividad política y la gente, cuando puede escoger, la reconoce y la agradece.

En mis charlas municipales hablo de la necesidad de darle altura y grandeza a la política y siempre digo que uno de mis objetivos es lograr que cuando a mi hija de 4 años le pregunten ¿qué hace tu papá? Ella saque pecho, suba el mentón y diga, “es político.”

Artículo publicado el 30 de abril 2017 en el blog Las 2 Orillas

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Leí, hace poco, una extensa y muy bien documentada biografía de J. Robert Oppenheimer, conocido por muchos como “el padre de la bomba atómica”. Este físico norteamericano de origen judío es quizás uno de los personajes más enigmáticos e influyentes del siglo XX. 700 páginas que narran una vida que, como un crisol, mezcla la ciencia, la ética, el humanismo y la política de una manera inspirada y trágica. 

El 16 de julio de 1945, a las 5:29 a.m. -hoy se cumplen 78 años- en el desierto de Nuevo México se iluminó el cielo con la primera explosión de una bomba nuclear en la historia. La ciencia había logrado desencadenar el poder del átomo y al frente de ese esfuerzo estaba Oppenheimer. Según él mismo, ante el hongo brillante que escalaba hacia la atmósfera, recitó un verso del poema épico hindú, Bhagavad Gita: “Ahora me he convertido en la Muerte, destructor de mundos”. 

Lo que pocas personas saben es que el físico leía en sánscrito y era un estudioso de la cultura antigua y sus mitos. La mayoría de la gente también ignora que en los años 30 y principios de los 40, Oppenheimer fue activo en varios comités y organizaciones cercanas al partido comunista de EE UU y que apoyó la causa republicana en la Guerra Civil española y las luchas contra los regímenes fascistas europeos.  

Estas relaciones que incluían a su esposa y a sus más cercanos amigos propiciaron, años más tarde, su caída en medio de la cacería de rojos del Senador McCarthy y del eterno y oscuro director del FBI, J. Edgar Hoover. El héroe americano que le había entregado a su país el “mazo más grande”, dándole así un papel central en la geopolítica, no se salvó de la histeria anticomunista de los años 50.

Más allá de las proezas científicas y organizacionales (liderar un equipo de más de 700 científicos entre los cuales había 20 ganadores o futuros ganadores del premio Nobel) y de sus posiciones políticas, me interesan las reflexiones y los profundos cuestionamientos que lo acompañaron durante sus años de éxito y en los de su caída.  

Sin precedentes, Oppenheimer y la mayoría de los científicos que lo acompañaron eran conscientes de que estaban construyendo un arma con un poder de destrucción terrible. Lo hacían, no obstante, -esto no se puede pasar por alto-en medio de una guerra contra Hitler y los nazis. Los nazis también tenían un programa nuclear liderado por uno de los más brillantes físicos del momento, Werner Heisenberg (Premio Nobel 1932), y por ende la velocidad y efectividad del Proyecto Manhattan (nombre clave del proyecto de la bomba norteamericana) eran cruciales. 

Cuando Alemania capituló -mayo 5 de 1945- la pregunta por la necesidad y el sustento ético para avanzar con la bomba se hizo urgente. Japón no tenía la tecnología para buscar una bomba atómica y la balanza de la guerra ya avanzaba en su contra. Oppenheimer y algunos de sus compañeros plantearon posibilidades para evitar la opción nuclear, pero, una vez resuelto lo técnico, las decisiones estaban en cabeza del sistema político militar. La bomba ya no estaba en sus manos. 

Después de la guerra, Oppenheimer intentó aprovechar su reconocimiento y prestigio para abogar por una política de internacionalización de la energía nuclear. Pensaba que, una vez liberado el poder arrasador del átomo, la única forma de contenerlo y de evitar una carrera armamentista suicida, eran la transparencia y la acción colectivas. Esa carrera, lo sabemos ahora, ya había arrancado porque los soviéticos entendieron que Hiroshima y Nagasaki no eran solo un ataque al Japón, sino una advertencia.  

El diccionario de Cambridge define el término la opción nuclear como “una elección extrema para enfrentar una situación particular”. La frase, obviamente, nace en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, pero desde 1945, ha sido utilizada para describir situaciones variadas en política y negocios donde se considera echar mano de una extrema. La opción nuclear, más que cualquier decisión, está atravesada por una pregunta ética. Toda decisión extrema genera consecuencias que difícilmente se pueden prever y, mucho menos, controlar. 

En sus últimos días, enfrentando un cáncer agresivo, Oppenheimer reflexionaba sobre su vida y su obra. Muchos le preguntaban si sentía culpa por su trabajo y las consecuencias que este produjo. “Responsabilidad”, solía decir, “es un término que tiene que ver con la elección y la acción y las tensiones que se derivan entre ellas. Me siento responsable de mis acciones y de sus consecuencias. No culpable.”

Santiago Londoño Uribe

Julio, 2023

Publicado en Un Pasquín, Medellín.

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Hace algunos días tuve un largo almuerzo conversado con una gran amiga.  Tenemos, hace muchos años, una amistad de esas que dice uno “se fue así”. Es decir, ya no tenemos nada que probarnos ni sobre quiénes somos ni sobre la amistad que nos une. Llegamos a un tema que es recurrente entre quienes estamos rondando el medio siglo de existencia: los papás (madre y padre). 

Hablamos de su salud, sus manías, sus inseguridades y sobre el paso del tiempo. Descubrimos, entre muchas cosas, que ambos estamos dedicados a leer novelas que giran alrededor de la relación de los papás y los hijos (y nos recomendamos obras).  

Cada vez estoy más convencido de que con los años, la vida de cualquier ser humano irremediablemente se enfoca en intentar comprender ese gran misterio que son los papás. La búsqueda de los padres, en su condición de simples seres humanos, como un leitmotiv de la adultez. Una búsqueda que suele ser tardía (nos toma demasiado tiempo interesarnos por la vida de nuestros progenitores) y que está llena de espejismos y barreras. 

Y es que la relación con los papás es particular y tremendamente compleja. Para empezar, suele estar definida, descrita y determinada por estereotipos y paradigmas firmemente afincados y, como todos los estereotipos y paradigmas, ligeros e injustos.  Se dice “la madre” y, a renglón seguido, viene toda una chorrera de características y súper poderes.  Lo mismo pasa con “el padre” y su proveeduría y “fuerza”. Pero no solo es lo que dicta la cultura. Los hijos, durante muchos años, sólo los conocemos en su función de progenitores. En nuestros primero años, estas figuras están ahí para cuidarnos, protegernos y solucionar los problemas que surjan. Durante muchos tiempo son sólo papás. No tienen una historia y no parecen tener problemas ni debilidades ni dudas ni cuestionamientos.  

Y vamos creciendo y empezamos a ver rasgos y acciones de nuestros padres que no nos gustan. La adolescencia, con su ignorancia descarada disfrazada de contundencia, es la etapa de encontrarle las falencias y los defectos a los papás. Los confrontamos y los juzgamos duramente diciéndonos a nosotros mismos que somos distintos y, cómo no, mejores que ellos.  Ya no somos los niños asombrados ante estas figuras casi sobrehumanas, sino unos seres llenos de opiniones y sentencias.  Destruimos las figuras idílicas de la niñez, pero no tenemos con qué reemplazarlas porque no entendemos nada.  

Madurar es, en gran parte, bajarle la intensidad al juicio y a la condena para intentar comprender. Madurar también es presenciar la vejez y el deterioro de los padres.  Empiezan las enfermedades y los achaques, se hacen evidentes los vicios y, sobreviene la muerte y los hijos nos damos cuenta que no tenemos la más mínima idea de quiénes realmente son o eran estos seres amados que han dedicado su vida a nosotros. Y es una tragedia.  

Es un tragedia porque cuando intentamos remover la capa de paradigmas, estereotipos y juicios sobre la cual se ha desarrollado la relación, encontramos la resistencia de nuestros padres a compartir su historia íntima. Una historia que, como casi todas las historias, se mueve entre las fracturas, los miedos, las expectativas no cumplidas y los mitos.  Queremos conocer a nuestros padres, pero muchos de ellos no quieren, o no pueden, dejar de ser nuestros padres y, por lo tanto, no nos permiten llegar a conocer sus vidas, sus dolores y alegrías; su humanidad fundamental.   

Pero no todo está perdido. Corriendo el riesgo de sonar como coach o como consejero familiar, puedo decirles que hay esperanza. Quizás no estamos condenados a la fractura. No es la razón ni las preguntas complejas ni la investigación exhaustiva la que nos permitirá encontrarnos con los papás en un escenario diferente. Ahí solo funciona el amor.  La manera de conocer la historia de los padres(más allá de su condición de padres), que es a la vez la historia propia, es poner el filtro del amor (que no juzga, no condena y no intenta cambiar) en toda lo que tenga que ver con la relación. Allí donde están sus heridas hay que llegar con comprensión y cariño.    

Compartí algunas de estas reflexiones con mi amiga durante nuestro encuentro. Al final del almuerzo y de la conversación nos quedamos un rato en silencio. No puedo saber a ciencia cierta qué pensaba, pero, porque la conozco bien, creo que, como yo, estaba pensando en sus propios hijos pequeños. Pensábamos en cómo nos verían ahora, en la adolescencia y en la adultez. Pensábamos, seguramente, en no cometer con ellos algunos de los errores de nuestros padres con nosotros y, sobretodo, en que ojalá nos vean como simples seres humanos tratando de hacer la mejor labor posible en una relación verracamente jodida. 

Santiago Londoño Uribe

Junio, 2023

Publicado en Un Pasquín

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Me “retiré” (aunque siempre con el celular cerca) la primera semana del 2023 a una playa con familia y libros (de los que se mojan, pesan y huelen). Como soy un lector algo desordenado y me muevo más por intuición y por ciertas conexiones emocionales (temas generales, primeras frases, pendientes de años anteriores y estados de ánimo) terminé leyendo dos libros estupendos, aparentemente desconectados, que disfruté tremendamente. 

Esta columna, no obstante, no es sobre estos libros, sino acerca de un tema que por estos días me quita el sueño y que, ya verán, conecto con esas lecturas. Recientemente, Hector Abad Faciolince en El Espectador y David González en El Colombiano lo han tocado y es fuente de debate en diferentes foros académicos y de opinión en el mundo. 

Me refiero a la inteligencia artificial (IA) y su relación y aplicación en la escritura. Hoy los programas de IA pueden producir textos sobre casi cualquier tema con estructura, ortografía y redacción. Inicialmente los textos parecen muy básicos, precisamente porque detrás está la inteligencia artificial (máquinas que tienen acceso a datos e información casi ilimitada y que aprenden y mejoran). Seguramente, cada vez serán mejor estructurados, más claros e incluso con estilos refinados. Obviamente, este invento permitirá que las máquinas y sus programadores (ojo), se tomen (o se hayan tomado) ciertos campos de la escritura en la publicidad, las relaciones públicas, el mercadeo, el derecho, la política y el periodismo.

Mi preocupación, lo confieso, viene de mi relación con la palabra escrita. Una relación que nació en otra época y que claramente está ya superada en la gran mayoría de espacios y actividades. Yo me eduqué con la idea, y aun lo sigo pensando, que la palabra escrita tiene a la vez un poder tremendo y significa una inmensa responsabilidad. El poder de traspasar las fronteras del tiempo, las distancias, las razas, el género, las edades etc. La responsabilidad y el compromiso de atar al autor a sus palabras. La palabra escrita es, entonces, personal, intransferible y puede ser lo más cercano que tengamos a la inmortalidad. Por eso me afecta tanto la posibilidad de perderla.

Pienso entonces en los libros que leí en la playa: Antes de que el mar cierre los caminos de Andrea Mejía y El llano en llamas de Juan Rulfo. Dos libros publicados con una diferencia de casi 70 años y que parecieran tener poco en común. 

El primero escrito por una bogotana de 44 años, al comienzo de la tercera década del siglo XXI y el otro, la colección de cuentos que en 1953 puso a Rulfo en el gran mapa de la literatura en español. Más allá de estos datos, varios hilos conectan las dos obras. Para empezar, sobre Rulfo se han escrito ensayos, tratados y tesis, está el papel de la naturaleza en el relato. Tanto en los cuentos del mexicano como en la novela corta de Mejía el paisaje, el clima, el viento, los colores y los olores acompañan, moldean y en ocasiones definen la historia y los personajes. 

Los paisajes del Jalisco posrevolucionario que recorren y sufren los campesinos y bandoleros rulfianos destilan desolación y pobreza. El mar, la playa y la sierra que rodean la ciudad costera a la que llegan Pablo e Irene, los personajes de la novela, no son los destinos turísticos idílicos de un brochure de agencia de viajes, sino espacios pesados, sofocantes y hasta amenazantes que ambientan el misterio que flota en el trasfondo del relato. 

Hay un segundo hilo que une los textos: la violencia y la muerte como presencias sostenidas y definitorias. “Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno” dice uno de los personajes del cuento El hombre de Rulfo, pero esa frase tranquilamente puede servir de epígrafe para Antes de que el mar cierre los caminos.La muerte como presencia/ausencia que, en palabras de la autora bogotana “es algo imposible de comprender, demasiado grande para nosotros…”, va impulsando la novela y a sus personajes desde el duelo y las preguntas. En Rulfo, quien perdió a sus padres trágicamente siendo un niño, la muerte parece ser menos misteriosa y más cotidiana, pero ejerce también un poder tremendo sobre muchos de sus personajes (duelo, venganza o impulso). 

¿Por qué conectar a Rulfo y a Mejía con la IA? con el riesgo de equivocarme, pero pensando que es la última rama para salvarnos antes de caer por la cascada de la automatización y la despersonalización, creo que en la literatura, que se inventa las normas, que describe y crea contextos, que evita lo “correcto”, que traduce lo irremediablemente humano, que no tiene lógica temporal o geográfica, seguirá estando nuestro pequeño espacio. No parece mucho, pero ahí aun, hay un universo.

Santiago Londoño Uribe

Junio, 2023I

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Después de más de 70 años volvió la ultraderecha al poder en Italia. Llegó de la mano de tres partidos: Hermanos de Italia, la Liga del Norte y Forza Italia.

Una mujer, Giorgia Meloni, fue elegida la Primera Ministra de la historia del país y dos hombres, Mateo Salvini y Silvio Berlusconi, líderes de sendos partidos, la acompañan. Los tres representan una mezcla tragicómica de corrupción, nacionalismo y lucha contra el pluralismo.

Resulta paradójico que la primera mujer en el poder sea distante del feminismo y abiertamente contraria a las reivindicaciones de los grupos LGTBIQ. Ni ser joven ni ser mujer aseguran la mirada progresista, plural o decente. Estamos condenados, afortunadamente, a una mayor complejidad en la que ni la raza, ni la religión, ni el género, ni el nivel de ingresos matricula a las personas en ideologías o principios.

Así como en algunos países de América Latina gobierna la izquierda (en varias versiones), en Europa resurge la extrema derecha en Hungría, Polonia, Turquía y, aunque no en el poder, en Francia (41 % de los votos en las pasadas elecciones presidenciales) y en Suecia (segundo partido más votado). Cuando las encuestas pronosticaron un triunfo de la ultraderecha, se prendieron las alarmas por lo que esto podía significar para Italia, para la Unión Europea y para el mundo. A pesar de que, obviamente, vendrán cambios en la política y en el día a día de los italianos, estas alarmas y advertencias son algo exageradas y quizás sobredimensionadas.

2022 no es 1922 (año de la llegada de Mussolini al poder). A pesar de inestabilidades, amenazas a las democracias y excursiones militares en el vecindario, la derecha dura llega al poder con una Europa unida por un mercado común, una moneda única y un sistema supranacional de justicia en múltiples frentes (comerciales y de derechos humanos). Esta integración, que puede ser criticada desde muchos frentes políticos (Meloni lo ha hecho insistentemente), ha sido un apoyo fundamental para la economía italiana en varios momentos, especialmente en la pandemia y pospandemia. 

Italia tiene una deuda de 150 % de su PIB y tuvo que acogerse a un estricto plan de responsabilidad fiscal con la Unión Europea para poder recibir 200.000 millones de euros del fondo de recuperación. Sin estos recursos la economía italiana se hundoría. A pesar de todos los discursos anti Unión Europea, el nuevo gobierno ha expresado que trabajará dentro del sistema. Nada como un balance en rojo y un plan de ayuda del “enemigo” para bajar los ánimos populistas.

A pesar de los discursos antiaborto y antiderechos de la coalición ganadora, la realidad política italiana demuestra que en esos temas la derecha extrema está en una clara minoría, por lo que la nueva Primera Ministra, consciente del asunto, bajó el tono de su discurso a medida que la campaña avanzaba y viró hacia una mirada más pragmática que ideológica.

Italia también cuenta con un sistema, muy sui generis por lo demás, de frenos y contrapesos democráticos. La Primera Ministra tendrá que gobernar con el presidente Sergio Mattarella (centroizquierda), quien es elegido por el Parlamento y quien tiene la facultad, entre otras, de vetar los ministros que proponga Giorgia Meloni para hacer parte del Consejo. Así mismo, en la semana de las elecciones llegó a la presidencia del Tribunal Constitucional una jurista de centro, experta en leyes comunitarias y derechos humanos, Silvana Sciarra, la primera mujer en ocupar este cargo. Alexander Hamilton, promotor del sistema de frenos y contrapesos en la Constitución estadounidense, estaría orgulloso. 

Para terminar de despejar algunas dudas sobre las posibles consecuencias de la llegada de la extrema derecha al poder es necesario mencionar que Italia es firmante de la Carta Europea de Derechos Fundamentales y está bajo la jurisdicción de la Corte Europea de Derechos Humanos, lo cual quiere decir que las normas y decisiones nacionales relacionadas con los derechos de sus ciudadanos podrán ser llevadas ante este tribunal supranacional.

Mateo Salvini, líder de la Liga del Norte, exministro del Interior y promotor de políticas agresivas con los emigrantes, impulsó en 2019 una nueva legislación para contener o redireccionar la llegada de inmigrantes africanos al sur del país, pero encontró que la normatividad europea no le permitía cumplir sus grandes promesas de inmigración cero.

No se puede prever qué pasara en la animada escena política italiana (el promedio de duración de un gobierno desde 1948 es de 13 meses), pero lo cierto es que la conjunción entre un sistema de frenos y contrapesos con la colaboración e interdependencia de normas supranacionales y la apuesta por los derechos fundamentales con su tribunal comunitario parecen servir de contención ante las aventuras extremistas de los políticos. 

La democracia liberal puede estar en crisis en varios lugares del mundo, pero la paz sostenida y el crecimiento económico estable demuestran que el experimento europeo es exitoso y debe servir de ejemplo a otras regiones.

Santiago Londoño Uribe

Diciembre, 2022

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