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Tierno como un poeta

Por Santiago Londoño Uribe
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Los que aún no se han visto la serie Rigo pueden estar tranquilos porque no los voy a espoliar (americanismo de spoil, “revelar detalles”) con esta columna. Nada de lo que acá comentaré sobre la vida de nuestro colorido y sagaz «Toro de Urrao» es nuevo o sorpresivo.

Quiero, eso sí, compartir algunas reflexiones que me ha suscitado la excelente puesta en escena del Canal RCN que por estos días es tema de conversación en empresas, colegios, universidades, bares, obras de construcción y mentideros políticos. Todo el mundo habla de Rigo.

Una buena historia tiene que tener un buen palabrero detrás. En este caso el azar juntó a un protagonista al que le encanta contar historias con un guionista excelso.

César Augusto Betancur, también conocido como «Pucheros», es el responsable de un verdadero festival de la palabra, de la picaresca, del humor paisa y del encuentro afortunado e inspirado de las narrativas del campo y la ciudad. «Pucheros» demuestra que se puede escribir con altura, inteligencia, estructura y claridad aun cuando se haga con el parlache juvenil o los «montañerismos» del suroeste antioqueño. Genial.

Ese guion soberbio es interpretado por algunos de los mejores actores y actrices que tiene este país. Robinson Díaz es el papá de Rigo. Chancero, querido, bebedor, soñador y motor de la carrera ciclística de su hijo. Sandra Reyes es Doña Aracely. Su mamá. Orgullosa, protectora y vulnerable. Su mirada desolada y su duelo nos duele a todos hasta destrozarnos. Ramiro Meneses es el tío Lucho. ¡Qué personaje! Una fuerza vital capaz de hacernos destornillar de la risa y, medio capítulo después, tirarnos al suelo llorando a abrazarlo en el lecho de un rio seco. Julián Arango es Evaristo Rendón, un baboso calculador, un delincuente y una porquería, pero es perfecto. Juan Pablo Urrego estudió tan bien a su personaje, que ataca en las subidas igual a Rigo en sus mejores momentos. Tremendo reto interpretar a un tipo del carisma y la chispa del urraeño, que, además, está vivito y opinando. Ana María Estupiñán es Michelle, simplemente Michelle. La paisa frentera, emprendedora y romántica que con la mirada tumba paradigmas. Las otras Durango (madre y hermana), la tía Berenice y Girlesa son maravillosas. Yesenia Valencia (Silvia), Elizabeth Chavarriaga (Sofia), Andrea Guzmán (Girlesa) y Ella Becerra (Berenice) son mujeres poderosas y recursivas que le ponen ritmo y pausa a una historia que fácilmente pudo haber sido de hombres y para hombres.

Como cada cierto tiempo, en las últimas semanas se avivó en nuestro país un debate que, aunque tiene posibilidades interesantes, suele quedarse en lugares comunes y bastante insulsos. Me refiero a la discusión sobre las narcoseries que se enmarca en una reflexión más amplia sobre cómo debemos narrar nuestra accidentada y compleja historia reciente. No entraré en los detalles del debate, pero estoy convencido de que Rigo es un buen ejemplo de cómo es posible contar los aspectos más oscuros y sórdidos de nuestra historia actual, sin caer en la

banalización, la caricatura (que es válida, pero tiene su espacio), la exageración o la exaltación del delito.

En el Urrao de principios de siglo XX que se describe en la serie, los guerrilleros son reclutados en el territorio y son compañeros y vecinos de los protagonistas. Los paras llegan a la región con el apoyo y auspicio de actores locales y se mueven entre silencios y complicidades de las autoridades. Ambos son violentos y despiadados y la mayoría de los ciudadanos quedan a merced de su poder en condición de víctimas. Se juega la vida, la extorsión se paga a dos manos y los políticos son marrulleros y calculadores.

En medio de ese berenjenal está Rigoberto Urán. La suya es la historia de la víctima que renuncia a la venganza y se aleja de la violencia. Esa, aunque no nos demos cuenta y hayamos hecho pocos esfuerzos por narrarla, es la historia de la inmensa mayoría de las nueve millones quinientos noventa y tres mil trescientas cincuenta y seis víctimas que habitan este país.

Claro, ninguno de ellas ganó medalla olímpica ni etapas en las tres grandes vueltas, pero esas historias vale la pena contarlas porque en la narrativa de los ejércitos, los capos, los secuestradores y los sicarios, olvidamos a quienes eligieron romper el ciclo de la violencia y esos, y no los guerreros, son los que han mantenido este país ligeramente a flote.

No hay que ignorar ni maquillar nuestra historia. En medio de la violencia descarnada, de los ejércitos que se reciclan y de una corrupción rampante, estamos llenos de historias de amor, de lealtad, de superación y de belleza. Historias dignas de ser contadas y, por lo visto con la serie “Rigo”, listas para ser consumidas. Toca, eso sí, narrarlas, como dice Doña Aracely, “con fundamento, mijo”.

Santiago Londoño Uribe

Publicado en Un Pasquín

Febrero 2024

1 comentario
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1 comentario

Julio Hidalgo 9 abril, 2024 - 8:52 am

Gracias por tu aporte. Definitivamente Rigo el verdadero y real, es un personaje que está dejando una huella importante en el imaginario popular (no soy nada amigo de las telebobelas), pero esta novela es la excepción porque rompe con las series sobre Pablo Escobar, que ayudan a seguir cargando este INRI que nos avergüenza y nos califica ante los demás países. No podemos hacerle propaganda y repetir una época que nos entristece. Rigo , su frescura, y lenguaje es de admirar. Paisa berraco, alegre y aterrizado.

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