Como suele pasar con muchos momentos importantes en la vida, la suerte y la casualidad quisieron que yo llegara a ese ejercicio de encuentros y conexiones entre empresarios, líderes sociales y políticos en un centro de retiro en la Sabana de Bogotá.
Me encontré hace varios meses en un evento, al que no tenía planeado ir, con la directora de una organización que desde hace 16 años forma líderes y promueve encuentros improbables en diferentes regiones del país. Cuando le conté a qué estaba dedicado me dijo: «Le tengo la invitación».
La regla en nuestras sociedades es que, a pesar de que los asentamientos humanos son cada vez más poblados y diversos, cada quien vive encerrado en un mundo pequeño en términos territoriales y sociales, y se conecta con personas muy parecidas a sí mismas. Algunas sociedades promueven y facilitan el uso y ocupación de bienes públicos donde es posible el encuentro de personas de historias, formaciones y condiciones sociales distintas. El transporte público y la oferta cultural y artística son, en estas sociedades, espacios diversos.
En América Latina, no obstante, las ciudades y poblaciones suelen ser fracturadas, fragmentadas y, en muchos casos, segregadas. Trabajamos, estudiamos y nos divertimos con personas muy parecidas a nosotros. Cuando hay contacto y relaciones entre personas de diversas clases sociales, estas suelen ser transaccionales y asimétricas.
Es bastante excepcional poder reunir en un mismo espacio, de manera sostenida y en un formato horizontal (de igual a igual), a empresarios de diversos sectores, líderes sociales de diferentes regiones y especialidades y políticos de varios movimientos, ideologías y posturas. Eso fue lo que viví el fin de semana pasado en el municipio de Subachoque. Líderes de la primera línea, vicepresidentes de entidades financieras, firmantes de acuerdo de paz, concejales, gerentes de constructoras, representantes estudiantiles, defensores de DD.HH, funcionarios públicos y múltiples perfiles más reunidos con el objetivo de conectarnos cara a cara, palabra a palabra.
Este espacio es corto para compartir todas las reflexiones, preguntas, retos y conclusiones que me quedaron, pero voy a intentar detenerme en algunas que creo son urgentes para este mundo en el momento actual.
En primer lugar, y como punto de partida, hay que reconocer que todos nos movemos por el mundo atravesados por sesgos, prejuicios, paradigmas y estereotipos. A partir de estos juzgamos y catalogamos a los otros y, especialmente, a los otros que no conocemos y que vemos distantes. Despojarse de esas lastres es una labor consciente y dispendiosa.
En la misma línea solemos vernos a nosotros mismos como seres complejos con múltiples facetas, pero cuando se trata de los otros nos gusta la mirada unidimensional. Ese otro es solo y exclusivamente un empresario o un político, o un académico o un líder social cuando en la realidad todos somos multidimensionales. Somos padres, hijos, hermanos, amigos, lectores, escritores, coleccionistas, voluntarias, bailarines, comensales, jefes, empleadas, emprendedores y soñadores todo esto a la vez. Parafraseando a Edgar Morin, aceptar la complejidad de los otros no separa, integra.
En nuestro trato con los demás partimos siempre de que sus acciones o posiciones son el resultado de un proceso consciente, cerebral, racional y coherente. La realidad es que somos seres emocionales que también, y principalmente, nos movemos impulsados por el miedo, la rabia, la atracción y la vanidad, por solo mencionar algunas emociones. Indagar sobre lo que sentimos y sobre lo que sienten los demás nos puede dar muchas claridades sobre sus acciones y opiniones, pero, sobre todo, puede servirnos para tener mejores y más civilizados conflictos e incluso para lograr acuerdos y puntos en común.
La conclusión más importante y emocionante que me traje del encuentro (y que confirma presupuestos sobre los que trabajo hace años) es que este país está lleno de personas talentosas, comprometidas y dispuestas a conectarse desde la diferencia para buscar acuerdos sobre el futuro. Muchos trabajan en condiciones precarias y riesgosas, otros tienen que superar estereotipos y paradigmas por su historia o sector, pero todos tienen competencias y conocimientos valiosos para fortalecer la democracia y para insistir en el urgente proyecto nacional de construir paz.
Yo lo dije en una columna anterior llamada «A conversar», pero el estado del mundo y bajo la dictadura tremenda del algoritmo que premia, impulsa y multiplica la confrontación y el señalamiento, quiero insistir: aislados y fracturados somos terriblemente vulnerables a la manipulación del populismo y de los negocios que se alimentan de nuestras «emociones tristes».
Necesitamos recuperar la capacidad del encuentro personal y de la conversación con los que piensan distinto y viven más allá de nuestra pequeña burbuja.
Solo ahí se construye confianza. Solo ahí se alimenta la esperanza.
Santiago Londoño Uribe
Publicado en la revista Un Pasquín


1 comentario
Valioso análisis de la diversidad tanto al interior personal como de la humanidad en general que nos debe guiar en nuestro actuar frente a los demás.