Utopías de los Años 60’s. ¡Queríamos Cambiar el Mundo! es el libro de Ricardo Mosquera publicado hace poco por el Grupo Editorial Ibáñez. Las memorias de Ricardo Mosquera recorren el tránsito de una utopía militante ‒que creía conocer el destino y el camino‒ hacia una comprensión más escéptica, compleja y abierta del cambio social.
Ricardo y la promesa de la buena vida
Este libro me hace recordar mejores tiempos. El texto de Ricardo es una reflexión acerca de la utopía de quienes pensamos que podíamos cambiar el mundo y que teníamos los instrumentos para hacerlo:
“Se cuenta en la Historia de Utopía que los primeros pobladores de aquel país combatieron entre ellos a causa de las diversas religiones que profesaban, con grandes males para todos, y finalmente había decidido en sus leyes que cada cual pudiese profesar la religión que más concordara con sus sentimientos, sin ser molestado por nadie. Que si alguno deseaba convencer a otro lo hiciera con modestia y con razonamientos, no usando nunca violencia ni injuria…”.
Las utopías sobre la felicidad de los seres humanos se han expresado de diversas maneras, pero todas tienen un elemento común y es la búsqueda de la buena vida. Y desde los diálogos socráticos, la buena vida es el arte de conjugar virtuosidad con riqueza.
La riqueza es una condición necesaria, pero no suficiente para alcanzar la felicidad. Sabemos qué es la riqueza, pero tenemos muchas interpretaciones sobre el significado de la virtud. En cada sociedad y en cada coyuntura vamos precisando el contenido de una vida virtuosa. Gabriel Restrepo en su presentación del libro de Ricardo rescata las virtudes de la parsimonia, la prudencia y la perseverancia.
En el siglo XIX los economistas estaban empeñados en la “gran búsqueda”, como la llamó Sylvia Nasar. Trataban de encontrar la forma como el desarrollo económico se podría expresar en mejores condiciones de vida para la mayoría de la población.
Aquellos economistas criticaron la ley de pobres porque decían que, en lugar de administrar limosnas, se debe buscar que no haya pobres. Para Marshall “…la locura de la ley de pobres es la peor amenaza de la historia de Inglaterra”. Y más adelante agrega: “…los reformadores de la ley de pobres escogieron un remedio cruel”. Y remata con ironía: “… cada nación elige tener los pobres que decide financiar”.
Por aquellos años, Mill propone la causalidad circular entre desarrollo y libertad. Una nación es más libre, dice, si es más desarrollada y, a su vez, es más desarrollada si es más libre. La versión moderna es de Sen, quien recupera la causalidad circular de Mill, y muestra que las personas son más libres si amplían el espacio de sus capacidades, de tal manera que puedan llevar a cabo el tipo de vida que consideran valioso.
En su Crítica al Programa de Ghota dice Marx:
“En la fase superior de la sociedad comunista ‒después de que se haya superado el sometimiento del individuo a la división del trabajo, y se haya desvanecido la antítesis entre el trabajo mental y físico‒, el trabajo no será solamente un medio de vida, sino la prioridad de la vida. Las fuerzas productivas irán a la par con el desarrollo de los individuos, y fluirán de manera abundante los mecanismos para compartir la riqueza. Solamente en este momento se superará el horizonte estrecho de los derechos burgueses, y la sociedad entera podrá anunciar su nuevo mensaje: cada uno de acuerdo con sus capacidades, ¡y a cada uno según sus necesidades!”.
Hace casi 100 años, cuando Keynes publicó Las Posibilidades Económicas de Nuestros Nietos, imaginaba una sociedad donde las necesidades básicas de todos los seres humanos estuvieran resueltas. La humanidad se encontraría libre de las preocupaciones materiales esenciales.
“Mi conclusión es que dentro de cien años, suponiendo que no haya guerras importantes ni aumento significativo de la población, el problema económico podría resolverse, o por lo menos su solución podría estar al alcance. Esto significa que el problema económico no es ‒si miramos hacia el futuro‒ el problema permanente de la raza humana. […] Así, por primera vez desde la creación, el hombre se enfrentará con su problema real, su problema permanente ‒cómo usar su libertad respecto de las preocupaciones económicas, cómo ocupar su ocio‒, que la ciencia y el interés compuesto habrán ganado para él, para vivir sabia y agradablemente y bien”.
Ricardo, como mesías
En cierta forma hemos tenido claro el punto de llegada.
El asunto absolutamente novedoso de la Utopía de la primera etapa de la vida de Ricardo, y de la vida de gran parte de los que estamos aquí, es que además de tener claro el ideal también pretendíamos conocer el camino para lograrlo. Obviamente, había diferencias en las modalidades específicas del tipo de revolución, pero todas las vertientes de los diferentes grupos políticos ofrecían un camino.
Había una clara dimensión teleológica. Desde el Qué Hacer de Lenin se proponían caminos. No solamente se diseñaban fines, sino que también se prefiguraban los medios. Ricardo recuerda aquel mensaje del Che: “¡Crear dos, tres, muchos Vietnam!”. Y aquellas consignas “Libertad o Muerte”. Y en la versión del ELN, Nupalón, “Ni un paso atrás, liberación o muerte”.
Varias frases de Ricardo ponen en evidencia su profundo mesianismo, que se expresa en la convicción de conocer el destino final, y en el llamado de la historia a ser un sujeto absolutamente indispensable del proceso de redención.
“En este contexto, la utopía para un joven provinciano no solo consistía en transformar el mundo, sino en convertirse en el sujeto de cambio que pudiera hacer posible esa transformación” (p. 55).
“Mi formación estuvo guiada por una concepción de la utopía que abarcaba dos dimensiones fundamentales: cambiar el mundo y, simultáneamente, construir un sujeto capaz de habitar y sostener ese mundo transformado” (p. 58).
Y era tan clara su responsabilidad mesiánica que duda aceptar la beca para México. De alguna manera sentía que sin él podría fracasar la revolución en Colombia. El drama que describe bien en el libro se refleja en esta frase: “Aceptar la beca significaba transitar una línea delgada entre la coherencia ideológica y la necesidad de formación” (p. 83).
Ricardo y la catalaxia
Este ideal mesiánico se va rompiendo. Se juntan numerosas realidades. Y la revolución no fue una fiesta. El drama de Camilo, su muerte en la guerrilla, las dificultades de construir el Frente Unido, las disputas interminables dentro del trostkismo, las sospechas cada vez más confirmadas sobre los abusos de la dictadura stalinista… y el reconocimiento con dolor, de que: “… algo se quebró en nuestro círculo cuando conocimos del asesinato de José Raquel Mercado. Largos silencios, indignación por la brutalidad de su muerte y la certeza de que con ella caía también una parte de nuestra fe en la lucha armada” (p. 80).
En este segundo momento de su vida, el lenguaje de Ricardo cambia de manera sustantiva. Me atrevería a calificar este momento como de cataláctico. Hayek define así la catalaxia: “… usamos el término catalaxia para describir el orden que resulta de la interacción de numerosos individuos en el mercado. La catalaxia viene del verbo griego katallattein (o katallassein) que quiere decir, no solo “intercambiar”, sino también “admitir en comunidad”, y “cambiar al enemigo en amigo”.
La interacción de los individuos en el mercado lleva a resultados inesperados. Y estos procesos colectivos son posibles si se realiza el intercambio y, para ello, se requiere que el enemigo pase a ser amigo.
En este mismo contexto, la obra magistral de Mises, se escribe en un momento en el que Stalin está en su apogeo. El dictador muere en 1953 y La Acción Humana fue escrita en 1949. Por aquellos días, en Comprensión y Política, Hannah Arendt recuerda que la obligación de los seres humanos es tratar de entender un fenómeno tan complejo como el totalitarismo. Y en este proceso, continúa Arendt, es necesario aceptar con dolor, dos conclusiones: primera, que a pesar de todos los esfuerzos, nunca entenderemos el totalitarismo. Y, segunda, siempre habrá nuevas modalidades de totalitarismo. Basta ver la acción conjunta de Israel-USA en el genocidio de Gaza.
Ricardo acepta la catalaxia en dos sentidos. Primero, reconoce que nadie puede prefigurar el futuro. Y, segundo, acepta que los cambios no dependen de sujetos brillantes, sino de transformaciones progresivas de la sociedad.
Termina rechazando la linealidad propia del historicismo marxista. Y ello se expresa muy bien en su reflexión sobre la ciudad, entendida como un “caos organizado”. El sentido de las preguntas se modifica de manera radicalmente diferente. Su preocupación es de otra naturaleza: “… más allá de los modelos técnicos y las políticas públicas, lo que realmente estaba en juego era una disputa por el alma de la ciudad. ¿A quién pertenece la ciudad?” (p. 111).
Sus estudios en México le ayudan a tener una percepción diferente de la sociedad. Como rector de las universidades Surcolombiana, la Nacional y la Autónoma, concibe el cambio desde otra perspectiva muy diferente de la del militante mesiánico.
“La rectoría de la Universidad Nacional no fue simplemente el inicio de una nueva etapa. Representó la puesta a prueba más exigente de una utopía que me había acompañado desde mis años de estudiante: la convicción profunda de que la educación, la ciencia y la tecnología no podían limitarse a observar pasivamente la realidad, sino que debían convertirse en instrumentos activos de transformación social” (p. 148).
“Siempre he creído que las universidades no están hechas solo para interpretar el mundo, sino para imaginarlo de nuevo, con lucidez y audacia” (p. 258).
Y como legislador tiene una comprensión de la sociedad más rica porque advierte sobre su complejidad. Es necesario negociar y llegar a acuerdos: “Aprendí que legislar implicaba traducir ideales en propuestas viables, negociar sin claudicar, y defender principios en medio de presiones partidistas y urgencias nacionales. Allí trabajamos, entre otras cosas, en la formulación de la ley 30 de 1992” (p. 179).
Ricardo ha abierto los ojos hacia el mundo, prestándole especial atención a China e India: “… comprendí que la utopía debía cambiar de ropaje, pero no de esencia. Ya no se trataba únicamente de soñar con revoluciones nacionales, sino de pensar en grandes procesos de integración regional, como los que Europa había logrado tras dos guerras devastadoras” (p. 201).
Este rasgo lo rescata Alejandro Gaviria en el prólogo. Muestra que siempre hay una tensión entre el deseo de justicia y la cautela liberal, entre la lucidez y el necesario optimismo, y entre los desafíos del presente y nuestros precarios instrumentos para enfrentarlo.
Como parlamentario entendió la necesidad de mirar el territorio y por ello se presentó como “un opita con dimensión nacional”.
Ricardo el escéptico
Comparto con Ricardo su sensación de frustración. Sin duda, Petro ha desperdiciado la oportunidad de avanzar hacia cambios estructurales de la sociedad colombiana. Era un momento privilegiado para haber consolidado un proyecto socialdemócrata ambicioso. No se están logrando las metas anunciadas. Y la raíz del problema ha sido la incapacidad para gobernar.
“Después de décadas de lucha por la transformación me encuentro ante la paradoja más desconcertante de mi vida pública: presenciar cómo la llegada histórica de la izquierda al poder termina por erosionar la credibilidad de la utopía transformadora” (p. 265).
Y de manera contundente afirma: “He aprendido a desconfiar de los mesías…” (p. 269).
Publicado en la revista Razón Pública


1 comentario
Jorge Iván, me recordaste otra utopía, también de los años 60s : “El verdadero desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico, debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre” ¿simple?… En un seminario en el que se nos pidió describirnos a nosotros mismos con un dibujo, me impresionó el de un directivo que dibujó un enorme signo $; era economista. Y, finalmente, lo cierto es que Mesías solamente hay Uno.