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No hemos podido: Miguel Uribe Turbay (1986-2025): Futuro truncado

Por Santiago Londoño Uribe
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El asesinato del senador y precandidato a la presidencia Miguel Uribe Turbay no solo no logró unirnos en el dolor, el rechazo y la condena de la violencia, sino que desencadenó una marea de odio y señalamientos que dan fe de las profundas grietas que nos separan. Nadie esperaba odas ni obituarios positivos de parte de opositores o del gobierno, pero algunos ilusos, como yo, alcanzamos a creer que quienes han sido objeto de violencia política, y ahora lideran el Estado, alzarían su voz, con contundencia y sin matices, contra ese crimen. Pero no fue así.

Bodegas, comentaristas y algunos funcionarios remataban sus mensajes sobre el líder asesinado con un largo y cizañero «pero»: que era un facho; que era un delfín; que era un explotador; que realmente no hizo nada valioso; que nunca dijo x o y o z. En otras palabras, el mensaje central era «no es uno de los nuestros» y, por ende, su muerte es menos grave, previsible o, simplemente, esperable. 

Sí, tal cual ha hecho la parte de la derecha con los muertos que no son de ellos. El presidente, que inicialmente envió un mensaje claro condenando el atentado, dijo en un discurso, un día después del entierro, que por ahora la investigación no apuntaba al «odio político» como motivación del asesinato. Mañoso e irresponsable.

En el otro lado también hubo reacciones previsibles, facilistas y condenables.

Excluyo de este análisis a los familiares de Miguel, porque ante el dolor, la oscuridad y la rabia que los envolvía, no creo que uno pueda ni deba exigir mucho. Aun así, los mensajes de su esposa me parecieron responsables y llenos de humanidad. Los operadores políticos de la derecha, sin embargo, mostraron toda su bajeza calculada.

El expresidente condenado trinó desde Llanogrande contra el otro expresidente que alguna vez fue suyo, pero que «lo traicionó» y que osó aparecerse en la cámara ardiente.

En su discurso, leído por el director del CD, dejó en el aire que el exterminio de la UP fue propiciado por ellos mismos. Algunos candidatos, incluso los que ejercen funciones públicas, buscaron votos con la foto del líder asesinado porque en este mundo de redes y de campañas eternas no se desaprovecha nada. Ni los muertos. Hubo señalamientos directos al presidente Petro y gritos de «crimen de Estado». Si, exactamente como lo ha hecho la izquierda (no sin razón).

No estamos igual que hace 30 años. Durante el gobierno de Virgilio Barco fueron asesinados 4 candidatos presidenciales y cerca de 3.500 militantes de la UP, entre alcaldes, concejales, diputados y miembros.

Eso, no obstante, no quiere decir que estamos bien. La danza de la muerte y la política persiste, aunque sea invisible para funcionarios, bodegas y artistas de izquierda. 101 lideres sociales y políticos asesinados en 2025 y cerca de 500 desde el inicio del gobierno Petro. Miguel Uribe Turbay era el senador más votado de la oposición, precandidato a la presidencia por el Centro Democrático y fue asesinado con dos disparos en la cabeza, mientras hacía campaña en un parque público. Eso, en cualquier democracia, es un desastre y cuestiona profundamente a las instituciones y a la sociedad en general.

Nuestra tragedia nacional es pensar que esto es normal o que, en palabras del nefasto falso pastor (nombrado embajador en Brasil), es riesgo propio de la política, así como caer es un riesgo de montar en bicicleta.

Nunca conocí personalmente a Miguel Uribe Turbay. No me gustaban algunas de sus propuestas (legalizar el porte de armas) y cuando dijo que Dylan Cruz se le había atravesado a la bala me pareció indolente (aunque luego matizó), pero eso no tiene ninguna importancia o relevancia. Ninguna opinión, postura o propuesta da derecho a matar o minimiza el horror de morir violentamente. Nuestro rechazo al vil asesinato tiene que ser absoluto y contundente, más allá de que otros intenten capitalizarlo, relativizarlo o minimizarlo. No estamos ni podemos estar en la competencia de la indecencia y menos frente al asesinato.

Voy a terminar, como suelo hacerlo, con un sueño de futuro (que suena a utopía, pero no lo es). Espero que Alejandro Uribe Tarazona, el hijo de Miguel y María Claudia, y Lucía, mi hija, y millones de niños y niñas que hoy crecen en este país dolido tengan la inteligencia, la consciencia y la empatía para transformarlo no desde la transitoria, cambiante y ligera política electoral, sino desde la postura ética de respeto a la integridad y a la dignidad de los otros. De todos los otros.

Nosotros, desafortunadamente, no lo estamos logrando.

Santiago Londoño Uribe

Publicado en la revista UN PASQUÏN, Colombia

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1 comentario

John Arbeláez Ochoa 22 septiembre, 2025 - 8:42 am

Atinado análisis sobre nuestra realidad colombiana, Santiago. Como bien lo afirmas, sólo con base en una formación Ética a todos los niveles de nuestra sociedad, lograremos sacudirnos de la infamia que seguimos perpetuando en esta cultura de la violencia. Sólo así podremos librarnos de ese estigma que nos endilgó aquel político del siglo pasado cuando afirmó: “Colombia es un país de cafres” con todo respeto por los Cafres…

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