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Culpa y responsabilidad 

Por Santiago Londoño Uribe
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Leí, hace poco, una extensa y muy bien documentada biografía de J. Robert Oppenheimer, conocido por muchos como “el padre de la bomba atómica”. Este físico norteamericano de origen judío es quizás uno de los personajes más enigmáticos e influyentes del siglo XX. 700 páginas que narran una vida que, como un crisol, mezcla la ciencia, la ética, el humanismo y la política de una manera inspirada y trágica. 

El 16 de julio de 1945, a las 5:29 a.m. -hoy se cumplen 78 años- en el desierto de Nuevo México se iluminó el cielo con la primera explosión de una bomba nuclear en la historia. La ciencia había logrado desencadenar el poder del átomo y al frente de ese esfuerzo estaba Oppenheimer. Según él mismo, ante el hongo brillante que escalaba hacia la atmósfera, recitó un verso del poema épico hindú, Bhagavad Gita: “Ahora me he convertido en la Muerte, destructor de mundos”. 

Lo que pocas personas saben es que el físico leía en sánscrito y era un estudioso de la cultura antigua y sus mitos. La mayoría de la gente también ignora que en los años 30 y principios de los 40, Oppenheimer fue activo en varios comités y organizaciones cercanas al partido comunista de EE UU y que apoyó la causa republicana en la Guerra Civil española y las luchas contra los regímenes fascistas europeos.  

Estas relaciones que incluían a su esposa y a sus más cercanos amigos propiciaron, años más tarde, su caída en medio de la cacería de rojos del Senador McCarthy y del eterno y oscuro director del FBI, J. Edgar Hoover. El héroe americano que le había entregado a su país el “mazo más grande”, dándole así un papel central en la geopolítica, no se salvó de la histeria anticomunista de los años 50.

Más allá de las proezas científicas y organizacionales (liderar un equipo de más de 700 científicos entre los cuales había 20 ganadores o futuros ganadores del premio Nobel) y de sus posiciones políticas, me interesan las reflexiones y los profundos cuestionamientos que lo acompañaron durante sus años de éxito y en los de su caída.  

Sin precedentes, Oppenheimer y la mayoría de los científicos que lo acompañaron eran conscientes de que estaban construyendo un arma con un poder de destrucción terrible. Lo hacían, no obstante, -esto no se puede pasar por alto-en medio de una guerra contra Hitler y los nazis. Los nazis también tenían un programa nuclear liderado por uno de los más brillantes físicos del momento, Werner Heisenberg (Premio Nobel 1932), y por ende la velocidad y efectividad del Proyecto Manhattan (nombre clave del proyecto de la bomba norteamericana) eran cruciales. 

Cuando Alemania capituló -mayo 5 de 1945- la pregunta por la necesidad y el sustento ético para avanzar con la bomba se hizo urgente. Japón no tenía la tecnología para buscar una bomba atómica y la balanza de la guerra ya avanzaba en su contra. Oppenheimer y algunos de sus compañeros plantearon posibilidades para evitar la opción nuclear, pero, una vez resuelto lo técnico, las decisiones estaban en cabeza del sistema político militar. La bomba ya no estaba en sus manos. 

Después de la guerra, Oppenheimer intentó aprovechar su reconocimiento y prestigio para abogar por una política de internacionalización de la energía nuclear. Pensaba que, una vez liberado el poder arrasador del átomo, la única forma de contenerlo y de evitar una carrera armamentista suicida, eran la transparencia y la acción colectivas. Esa carrera, lo sabemos ahora, ya había arrancado porque los soviéticos entendieron que Hiroshima y Nagasaki no eran solo un ataque al Japón, sino una advertencia.  

El diccionario de Cambridge define el término la opción nuclear como “una elección extrema para enfrentar una situación particular”. La frase, obviamente, nace en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, pero desde 1945, ha sido utilizada para describir situaciones variadas en política y negocios donde se considera echar mano de una extrema. La opción nuclear, más que cualquier decisión, está atravesada por una pregunta ética. Toda decisión extrema genera consecuencias que difícilmente se pueden prever y, mucho menos, controlar. 

En sus últimos días, enfrentando un cáncer agresivo, Oppenheimer reflexionaba sobre su vida y su obra. Muchos le preguntaban si sentía culpa por su trabajo y las consecuencias que este produjo. “Responsabilidad”, solía decir, “es un término que tiene que ver con la elección y la acción y las tensiones que se derivan entre ellas. Me siento responsable de mis acciones y de sus consecuencias. No culpable.”

Santiago Londoño Uribe

Julio, 2023

Publicado en Un Pasquín, Medellín.

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