La tarima principal del recinto de la Asamblea General (AG) de las Naciones Unidas es una verdadera hoguera de las vanidades. Una vez al año suben al podio de mármol verde los jefes de Estado del mundo para dar su discurso ante las delegaciones de los 193 países miembros.
En los 80 años de existencia de la organización, a pesar de que los acuerdos protocolarios limitan las intervenciones a 15 minutos, hay quienes no respetan ese límite de tiempo, como Fidel Castro en 1960, cuya intervención duró 4 horas y 29 minutos, o quienes llevan objetos o ayudas distintas a las necesarias para pronunciar sus palabras: personajes como Netanyahu han subido al estrado con documentos y dibujos para agregarles drama a sus palabras. Otros, como Bukele, llevaron su celular para tomarse un selfie con toda la asamblea de fondo y resaltar así su imagen del dictador más cool del mundo.
A diferencia del Consejo de Seguridad, donde se aprueban resoluciones de obligatorio cumplimiento en temas de paz y seguridad, en la AG se discuten temas generales y sus resoluciones no son vinculantes, aunque pueden representar consensos y acuerdos políticos mayoritarios. Esto permite, y en algunos casos impulsa, a los jefes de Estado a decir cualquier cosa que les venga en gana, sin tener que sustentarlo y, en la mayoría de los casos, sin ningún tipo de consecuencia.
Así, en su larga historia, la Asamblea ha escuchado todo tipo de discursos: Chávez, al referirse a George W. Bush, se despachó contra el diablo que dejó el espacio oliendo a azufre. Gadafi rompió la Carta de las Naciones Unidas frente a los delegados para condenar su incapacidad. En 1960, Nikita Khrushchev, primer secretario de la URSS, respondió al discurso del representante de Filipinas quitándose su zapato y mostrándolo en señal de amenaza, para luego pedir un punto de orden y subir al podio, visiblemente ofuscado, y responder a los señalamientos y ataques al régimen soviético.
El podio de la AG, como todos los podios, suele ser el lugar para desplegar amenazas, expresiones de fuerza, ingenio y desfachatez. La celebración de los 80 años de la ONU y su AG se realizan a la par con un genocidio en desarrollo en Gaza, una guerra de agresión en Europa y con más del 72% de los habitantes del mundo viviendo bajo regímenes no democráticos.
Con este contexto de fondo, y luego de enfrentar prácticamente solo durante 3 años y 7 meses al ejército ruso, el presidente de Ucrania, Volodimir Zelensky, dijo en su discurso: «Si una nación quiere la paz, tiene que conseguir armas… ni el derecho internacional, ni la cooperación permiten decidir quién sobrevive». Una conclusión devastadora, pero tristemente acertada. El sistema internacional, que nunca fue infalible pero mantuvo ciertos balances y acuerdos, está desmoronándose y no se vislumbran nuevos consensos o instituciones internacionales para tramitar tensiones y conflictos.
A ese podio llegó, por última vez en su mandato, Gustavo Petro. Nuestro presidente habló de todo por 40 minutos. Como le gusta. Empiezo por los aciertos. Condenó el genocidio de Israel en Gaza. Cuestionó el ataque a lanchas en el Caribe que, en efecto, constituyen ejecuciones extrajudiciales y de nada sirven para solucionar el problema de fondo. También fue importante insistir en la transición energética (aunque acá no vaya bien).
Pero al presidente le pueden su ideología y su ceguera histórica y, convencido, dijo que «el socialismo de Stalin debió volverse global». ¿En serio? Hay entre 13 y 15 millones de ciudadanos soviéticos muertos bajo el régimen estalinista que rechazarían esa afirmación. Al compañero Gustavo no le gusta la democracia por burguesa y liberal y, para que no quede duda, añoró públicamente y frente a todo el mundo una dictadura en manos de un asesino en masa. «Libertad o muerte», dijo Petro al cerrar y su ministro de educación, también admirador de Stalin, lo aclamaría con un «Se llama dignidad».
A ese podio llegó también otro gran crítico de la democracia: Donald Trump, quien habló 16 minutos más que Petro y en su discurso mintió. Mintió cuando dijo que había acabado, solo y sin ayuda, siete guerras. Mintió cuando dijo que Londres, bajo su alcalde musulmán Sadiq Khan, estaba adoptando la ley sharía. Mintió cuando dijo que el calentamiento global era un chiste. Trump no tiene ideología e ignora la historia. Lo suyo es el personalismo y la búsqueda de lucro.
Más allá de las apariencias y ciertas posiciones pasajeras, Trump y Petro no son tan distintos. Ambos creen en el papel del hombre providencial, llámese Stalin, Trump o Petro, y para ambos este invento lento, engorroso y complejo que se llama democracia es un estorbo. Ambos son orgullosos, megalómanos y especialistas en repartir afuera responsabilidades y culpas por sus propias incapacidades y errores.
Nada como un podio y una audiencia pasiva para aumentar el humo de la vanidad.
Santiago Londoño Uribe
Noviembre, 2025


3 Comentarios
Santiago: Muy pertinentes y objetivos tus comentarios. Saludos. Hernando
Bien dicho, Santiago. Los vanidosos, en especial los que detentan el poder -político, económico o religioso- son imbéciles que no han descubierto la fragilidad de esa búsqueda de fama y reconocimiento que secretamente los motiva. Se toman a si mismos tan en serio que causan risa.
Excelentes reflexiones en torno a la vanidad de estos figurones soberbios y desproporcionados. Como decían los sabios griegos: “Matayotes matayotetos kai panta matayotes”