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Santiago Londoño Uribe

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Después de más de 70 años volvió la ultraderecha al poder en Italia. Llegó de la mano de tres partidos: Hermanos de Italia, la Liga del Norte y Forza Italia.

Una mujer, Giorgia Meloni, fue elegida la Primera Ministra de la historia del país y dos hombres, Mateo Salvini y Silvio Berlusconi, líderes de sendos partidos, la acompañan. Los tres representan una mezcla tragicómica de corrupción, nacionalismo y lucha contra el pluralismo.

Resulta paradójico que la primera mujer en el poder sea distante del feminismo y abiertamente contraria a las reivindicaciones de los grupos LGTBIQ. Ni ser joven ni ser mujer aseguran la mirada progresista, plural o decente. Estamos condenados, afortunadamente, a una mayor complejidad en la que ni la raza, ni la religión, ni el género, ni el nivel de ingresos matricula a las personas en ideologías o principios.

Así como en algunos países de América Latina gobierna la izquierda (en varias versiones), en Europa resurge la extrema derecha en Hungría, Polonia, Turquía y, aunque no en el poder, en Francia (41 % de los votos en las pasadas elecciones presidenciales) y en Suecia (segundo partido más votado). Cuando las encuestas pronosticaron un triunfo de la ultraderecha, se prendieron las alarmas por lo que esto podía significar para Italia, para la Unión Europea y para el mundo. A pesar de que, obviamente, vendrán cambios en la política y en el día a día de los italianos, estas alarmas y advertencias son algo exageradas y quizás sobredimensionadas.

2022 no es 1922 (año de la llegada de Mussolini al poder). A pesar de inestabilidades, amenazas a las democracias y excursiones militares en el vecindario, la derecha dura llega al poder con una Europa unida por un mercado común, una moneda única y un sistema supranacional de justicia en múltiples frentes (comerciales y de derechos humanos). Esta integración, que puede ser criticada desde muchos frentes políticos (Meloni lo ha hecho insistentemente), ha sido un apoyo fundamental para la economía italiana en varios momentos, especialmente en la pandemia y pospandemia. 

Italia tiene una deuda de 150 % de su PIB y tuvo que acogerse a un estricto plan de responsabilidad fiscal con la Unión Europea para poder recibir 200.000 millones de euros del fondo de recuperación. Sin estos recursos la economía italiana se hundoría. A pesar de todos los discursos anti Unión Europea, el nuevo gobierno ha expresado que trabajará dentro del sistema. Nada como un balance en rojo y un plan de ayuda del “enemigo” para bajar los ánimos populistas.

A pesar de los discursos antiaborto y antiderechos de la coalición ganadora, la realidad política italiana demuestra que en esos temas la derecha extrema está en una clara minoría, por lo que la nueva Primera Ministra, consciente del asunto, bajó el tono de su discurso a medida que la campaña avanzaba y viró hacia una mirada más pragmática que ideológica.

Italia también cuenta con un sistema, muy sui generis por lo demás, de frenos y contrapesos democráticos. La Primera Ministra tendrá que gobernar con el presidente Sergio Mattarella (centroizquierda), quien es elegido por el Parlamento y quien tiene la facultad, entre otras, de vetar los ministros que proponga Giorgia Meloni para hacer parte del Consejo. Así mismo, en la semana de las elecciones llegó a la presidencia del Tribunal Constitucional una jurista de centro, experta en leyes comunitarias y derechos humanos, Silvana Sciarra, la primera mujer en ocupar este cargo. Alexander Hamilton, promotor del sistema de frenos y contrapesos en la Constitución estadounidense, estaría orgulloso. 

Para terminar de despejar algunas dudas sobre las posibles consecuencias de la llegada de la extrema derecha al poder es necesario mencionar que Italia es firmante de la Carta Europea de Derechos Fundamentales y está bajo la jurisdicción de la Corte Europea de Derechos Humanos, lo cual quiere decir que las normas y decisiones nacionales relacionadas con los derechos de sus ciudadanos podrán ser llevadas ante este tribunal supranacional.

Mateo Salvini, líder de la Liga del Norte, exministro del Interior y promotor de políticas agresivas con los emigrantes, impulsó en 2019 una nueva legislación para contener o redireccionar la llegada de inmigrantes africanos al sur del país, pero encontró que la normatividad europea no le permitía cumplir sus grandes promesas de inmigración cero.

No se puede prever qué pasara en la animada escena política italiana (el promedio de duración de un gobierno desde 1948 es de 13 meses), pero lo cierto es que la conjunción entre un sistema de frenos y contrapesos con la colaboración e interdependencia de normas supranacionales y la apuesta por los derechos fundamentales con su tribunal comunitario parecen servir de contención ante las aventuras extremistas de los políticos. 

La democracia liberal puede estar en crisis en varios lugares del mundo, pero la paz sostenida y el crecimiento económico estable demuestran que el experimento europeo es exitoso y debe servir de ejemplo a otras regiones.

Santiago Londoño Uribe

Diciembre, 2022

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Hace algunos días un buen amigo, rapero y agricultor, me invitó a dictar un taller en un colegio de la Comuna 13 en Medellín. “Es la semana de la memoria”, me dijo, “entonces, háblales de tu vida y experiencia y de por qué la memoria es importante”.

Con muchas inquietudes emprendí la construcción de un taller para estudiantes de la comuna 13 de Medellín. Más que echarles un cuento sobre quién era yo y qué había hecho, me pareció interesante retar a los estudiantes con una pregunta, relacionada con mi vida y con mis andanzas, pero sobre todo con la vida de ellos, con su memoria y, especialmente, con su futuro. 

El día señalado nos encontramos en el patio central del colegio localizado en una de las laderas del centro occidente de la ciudad, cerca de la tristemente célebre escombrera. Los estudiantes en fila tras su profesor o profesora y nosotros, los invitados (sociólogos, abogados, diseñadores, periodistas, administradores), esperando la presentación inicial y la asignación de grupo.  Me tocó en suerte un grupo de sexto (yo creía que hablaría con los de 11 que estaban a punto de graduarse). 22 jóvenes de 12 años con esa mezcla de energía y apatía que define la adolescencia y que se potencia al máximo los viernes durante las últimas dos horas de la jornada escolar, cuando ya el proyecto único de la vida es abandonar el colegio y lanzarse al fin de semana. 

“La política, ¿eso pa’ qué?” es la pregunta que les suelto a mis 22 alumnos de ocasión como impulso del taller.  Sus caras pasan de la expectativa a la duda y, en muchos, a la desconfianza. Yo conozco bien esa reacción. Difícil encontrar un concepto y una actividad más deslegitimada y señalada que la política.  Aun así, o precisamente por eso, siempre he considerado que es necesario abogar por entenderla mejor, así como sus nefastos o esperanzadores resultados. La política, a diferencia de otras actividades humanas, se alimenta y se fortalece con la apatía, la inacción y el repudio de los seres humanos. Ignorar sus estructuras, actores y alcances, nos hace absolutamente vulnerables. “El que ignora la política permite que se cuele en su domicilio, en su bolsillo y en su cuerpo”, les digo para incomodarlos. 

Estas reflexiones, que suelen enganchar a muchos públicos, no funcionaron con el grupo de sexto y tuve que empezar a compartir ejemplos concretos sobre la relación entre la política y sus vidas.  Empecé con la educación pública.  Esa es una decisión política. Hubo algunas miradas de aprobación, pero nada de interés. Pasé por los servicios públicos domiciliarios. Poco los movió.  Les pregunté si sabían que en ese preciso momento un tribunal de nueve personas decidía si el aborto seguiría siendo un delito en Colombia.  Inmediatamente las primeras tres filas de la clase, ocupadas por mujeres, me miraron con atención. “¿Es delito?” preguntó una. “¿Y los tres casos qué?” agregó otra. Conversamos sobre los derechos de las mujeres. Sobre sus madres y abuelas y sobre el mundo que vivieron.  Les pregunté si creían que los derechos logrados por las mujeres eran resultado de un arranque de amabilidad de los machos. Se rieron mientras miraban desafiantes a los hombres que permanecían en silencio en el fondo del salón.  Recordé entonces a la novelista Laura Restrepo quien dice que la única revolución triunfante del siglo XX fue la de las mujeres. En el grado sexto de la I.E Eduardo Santos de Medellín, estamos de acuerdo.

Finalizando el taller le pregunté a una de las chicas qué quería estudiar. Me contestó con una voz suave y acompasada que le gustaba la programación de computadores.  Reconocí su acento y me dirigí a la clase: “¿Por qué es importante la política?” les repetí la pregunta.  “Hablemos de Venezuela. Nuestro vecino”. Los ojos de la chica se aguaron y en sus compañeros noté algo que podría parecerse a la solidaridad. Al final del proceso conversé con ella. Su llegada a la Comuna 13. Sus padres y 5 hermanos. El esfuerzo por reconstruir sus vidas. Su abuela enferma en el Estado Lara. La falta de medicamentos. El desarraigo y el nuevo comienzo lleno de preguntas e inseguridades. Martín Caparrós dice en su ensayo Ñamérica: “La inmigración es la forma más terminante de decir que no hay futuro: que en ese sitio no hay futuro”.  ¡Claro que la política importa! 

A las etapas más oscuras del último siglo las precedió un hastío de la población por la política y una desilusión profunda de la democracia liberal. A pesar de algunos avances reales en ciertos campos en los últimos años, nada está ganado. Todo puede empeorar o, quizás y con mucho trabajo, podemos dar uno a varios pasos en el camino de la mejora.  

La democracia es un taller continuo.    

Santiago Londoño Uribe

Mayo, 2022

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El abogado y exsecretario de gobierno de Antioquia asegura que no hay rincón de Colombia que no haya vivido el conflicto armado y que eso debería ser una oportunidad de encontrarnos y decir: ¡Esto que nos pasó es un desastre! La Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición (CV) lo entrevista.

Santiago Londoño Uribe (SLU), abogado de la Universidad de los Andes y magíster en Derecho Internacional Humanitario y Derechos Humanos, aseguró que la resistencia es una de las cosas que nos unen como país, y que no habrá una nueva narrativa mientras la institucionalidad no reconozca su responsabilidad y se comprometa con la no repetición. Londoño también es fundador del pregrado de Ciencia Política de la universidad Eafit. En la arena pública empezó el recorrido como concejal en 2008, y entre 2012 y 2015 fue secretario de gobierno de Antioquia.   

CV. Cuéntele a las personas que van a leer esta entrevista desde dónde habla, quién es usted.

SLU. A los 23 años, mientras estaba en la Universidad de los Andes, fui inspector de policía y tránsito del municipio de Jardín, Antioquia. Eso me dio la oportunidad, siendo muy citadino, de entender dinámicas que pasaban por lo rural, como el conflicto armado. Después hice una maestría y le metí teoría a ese tema que, para mí, es el problema central de este país: el conflicto nunca ha permitido que enfrentemos problemas estructurales, como la desigualdad; ha servido para desenfocar las políticas públicas y chuparse el presupuesto. Luego de estar casi una década en la academia fui elegido concejal. En 2012 empecé el cargo más emocionante que he tenido, el más duro también: ser secretario de gobierno de Antioquia. Son 125 municipios muy complejos. Tenía las responsabilidades de la política de seguridad del departamento, pero al mismo tiempo de todo lo que tenía que ver con víctimas y derechos humanos. Existe la idea, y eso es parte de nuestra fractura, de que la defensa de derechos humanos se hace desde la oposición, pero, todo lo contrario, la seguridad no se puede hacer de espaldas a los derechos humanos. No hay tal cosa como una política de seguridad sin una gran línea de derechos humanos.

CV. Teniendo ese panorama de un departamento clave en el conflicto armado interno, ¿cuál considera que es el gran reto de la Comisión de la Verdad?

SLU. Si bien el derecho y la política son herramientas importantes para entender la realidad y para transformarla, no son las mejores herramientas para generar tejido social o para intentar buscar bases compartidas entre comunidades. La política es de ganar o perder elecciones. El derecho es adversarial, generalmente. El arte, en cambio, tiene muchas más herramientas y facultades para entender la realidad que compartimos, no lo que nos diferencia o nos fractura. Creo que la búsqueda de la verdad debe pasar por ahí. La Comisión de la Verdad, precisamente por no ser adversarial, por no estar dedicada a la aplicación de lo judicial ‒que esa es la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP)‒ es la que tiene las mejores herramientas para construir un relato que una al país. Con algunas particularidades, no hay rincón de este país que no haya vivido este conflicto armado. Eso debería ser una oportunidad de encontrarnos y decir: ¡Esto que nos pasó es un desastre!, una catástrofe humanitaria que no puede volver a pasar. Creo que la Comisión, como lo viene haciendo, debe enfocarse en eso, con un gran número de personas diferentes para hablar de lo que significó este conflicto. Estoy convencido de que en esa narración encontramos muchos más puntos en común que diferencias. Necesitamos mover las emociones políticas de la reconciliación y la reconstrucción, como dice Martha Nussbaum.

CV. ¿La resistencia es un punto común?

SLU. Yo creo que cada comunidad, sector e individuo ha enfrentado la guerra de una manera distinta, pero comparten la capacidad de superarlo. Hay un estudio que revisó 35 conflictos armados en todo el mundo y concluyó que, si bien en los primeros momentos hay un rompimiento del tejido social, unos años después el efecto es todo lo contrario. Es decir, se analizó y se documentó que las sociedades, después de ciertos años del conflicto, son mucho más unidas y solidarias. El conflicto al principio quiebra y rompe, pero después de unos años la gente entiende que lo único que le queda es el vínculo.

CV. ¿Y ese hilo narrativo es el que le parece importante contar?

SLU. Yo creo que hay que tratar de llegar ahí: el conflicto rompe, fractura; pero las comunidades, los individuos y los sectores son capaces de reconstruir, de repensarse y de salir adelante.

CV. ¿Qué más cree que nos une?

SLU. Hoy somos capaces de reconocer que no podemos volver a vivir esto, que nunca fue justo, que no era justo ni secuestrar, ni desaparecer, ni amenazar, ni cobrar vacunas, ni usar las fuerzas del Estado ilegalmente. Si eso logramos hacerlo desde lo humano, sin partido político, sin color, yo creo que la Comisión cumple con creces sus funciones. Y para eso el arte, la cultura, la literatura son mucho mejores herramientas que el derecho y la política.

CV. En ese giro del relato de nación, ¿qué rol tiene la institucionalidad?

SLU. Tiene que hacer su propio proceso de mea culpa y pedir perdón porque fue otro actor del conflicto. Cuando el Estado debió haber sido el tercero que aseguraba condiciones, que protegía, que permitía que hubiera seguridad o que tomaba decisiones en justicia, fue verdugo, persecutor, violador de derechos. Cuando el Estado rompe el principio de confianza tiene que reconstruirla y reconstruir el tejido institucional. Creo que no habrá una nueva narrativa si no se da ese proceso. La institucionalidad tiene que reconocer que fue parte del problema y que, para ser parte de la solución, tiene que hacer cambios, entendiendo qué no puede volver a pasar y acoger las recomendaciones que haga la Comisión.

CV. ¿Y los empresarios?

SLU. En muchos casos se piensa que su rol fue reactivo, que estaban haciendo lo suyo y les cayó el conflicto armado, pero no son capaces de hacer extensivo ese análisis a las comunidades. Existe la idea de que, si a esta gente del Bajo Cauca o de Urabá les cayó la guerra tan duro, “por algo sería”. Ahí hay un problema profundo, porque se crean categorías de víctimas: las puras y las que no lo son tanto porque estaban cerquita a los territorios que se consideraban guerrilleros, o eran de izquierda. Con esa mirada es muy difícil reconocer responsabilidades y ser empático. Unos sí eran víctimas, porque estaban generando empleo, pagando impuestos y llegaron por ellos, pero los otros, que son del territorio, “vaya usted a saber”. Explicar la estigmatización es parte del reto de la Comisión. El otro problema es que hay una mirada poco autocrítica. Lo que alcanza a leer uno en sentencias judiciales, en investigaciones académicas es que, en términos generales, los empresarios sabían lo que pasaba y pagaban, algunos porque les tocaba, pero entendían a dónde iba el asunto. Esto ha sido tabú para muchos sectores. 

CV. ¿Por qué cree que es tan difícil hacer estos reconocimientos?

SLU. Porque pareciera que, si hay un reconocimiento de responsabilidades, de alguna manera queda teñido para siempre. Y no. Reconocer qué se hizo, qué se financió, definitivamente tiene un impacto, pero no quiere decir que nos vamos a quedar ahí. Hay que entender que, si somos responsables, lo hicimos por necesidad extrema. Eso no quiere decir que está bien, pero el Estado no debió haber dejado nunca solo a nadie. El Estado dejó solo a la gran mayoría, por corrupto, por inepto, por pequeño, por miope, por lo que sea, pero a donde vaya uno encuentra historias de gente que está echada a la deriva. Y los empresarios no son la excepción. Hay que reconocer que muchos, de muy buena fe, hicieron empresa, contrataron gente, pagaron impuestos, pero no tenían quién los cuidara. La decisión fue equivocada, sin duda alguna. La gran lección de este país tendría que ser, primero, que el Estado tiene un papel en la defensa de los territorios y de las personas, que no puede dejarle a nadie y, segundo, que el momento en que se toma la decisión de ir a las armas, así sea para defenderse, es un momento fracasado y trágico. No hay ninguna historia de una defensa que sea solo defensa. Todas las defensas terminaron en catástrofes humanitarias, porque la lógica de la guerra es así.

CV. Usted acaba de hacer una investigación en la comuna 13 de Medellín sobre procesos de gobernanza urbana. ¿Qué podría decir sobre la participación de la comunidad en la construcción de ese relato compartido?

SLU. En las instituciones subestimamos a las comunidades y a su capacidad intrínseca de organizarse y de entender qué es lo mejor para ellas. Tienen muchas herramientas que hay que entender, que hay que potenciar. Ellas saben muy bien cómo pueden reconstruirse. Necesitan apoyo y recursos. Hay que poner la institución a favor de sus iniciativas, no imponiéndoles, desde Bogotá, el diseño de un proceso. Esta gente es la que realmente vivió el conflicto en carne propia, saben cuáles son las particularidades de su territorio y, sobre todo, cuáles son sus capacidades. Otra lección es que esto hay que hacerlo entre muchos y entre los diferentes. 

CV. ¿Qué cree que debería pasar con el Informe Final? ¿Qué obligación tenemos como ciudadanos, como instituciones, como colectivos, como comunidad?

SLU. Lo primero, y eso estoy seguro de que lo están haciendo así, debe tener voces de gente muy distinta, de historias muy distintas, para que cuando eso se lea, se lleve al teatro, se ponga en un documental, se lleve a la música, a todo lo que van a hacer y la gente diga: ahí estoy yo. Si yo no soy capaz de reconocerme ahí, es un documento como muchos de los que hay, como los libros del Centro Nacional de Memoria Histórica, que a mí me encantan y han sido muy útiles, pero no han permeado a la sociedad. Segundo, que el relato conmueva, que yo entienda eso que pasó, entienda lo que es ser un secuestrado, lo que era ser un guerrillero que perdió a su mejor amigo, a su mamá, o que un día dijo no puedo con esto y tengo que irme. Es muy duro porque seguimos en el conflicto. Si hubiera sido un cierre, la gente habría tenido tiempo de decir: se acuerdan de… Pero no. Hoy seguimos contando masacres.

Abril, 2022

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¿Qué está sucediendo en Tibú, Norte de Santander? Para entenderlo hay que remontarse a comienzos del siglo XX, cuando comenzó la concesión petrolera. En esta población la ausencia del Estado ha sido enorme y ello se refleja, por ejemplo, en su tasa de homicidios por 100.000 habitantes ‒la más alta del país‒, en una impunidad de 93 % en los casos de homicidio y de 99 % en la de desaparecidos.

En el primer video aparecen el joven de 18 años y el niño de 12 en el local comercial, maniatados con cinta pegante y una cara de terror impactante. Mientras el video enfoca a los protagonistas, se oye una voz masculina en off que dice “lamentablemente son muchachos muy jovencitos, no queremos verlos mañana por allá tirados en alguna orilla de las carreteras”.

En el segundo video, también dentro del establecimiento de comercio, los “detenidos” están detrás de un hombre desafiante con gorra negra, camiseta roja de manga larga y un morral, que explica que ellos (¿quiénes?) se “están haciendo cargo” (dos personas por fuera del cuadro le extienden el puño en señal de agradecimiento y él responde con un gesto similar y una cara de autoridad servicial). El mismo sujeto añade: “si las autoridades los sueltan y después… (corto silencio), eso ya no es problema de nosotros.” El video termina con el “vocero” del grupo autorizando a las personas presentes para que hagan videos y tomen fotos del joven y el niño. El tercer momento de esta película macabra son las fotografías del joven y el niño tirados boca abajo, aun con las manos amarradas, en un rastrojo en la vía que conecta a Tibú con El Tarra, con la cabeza destrozada por proyectiles, en medio de una mancha de sangre ya seca.  

Para entender lo que pasa en Tibú, Norte de Santander y, en general, en la zona del Catatumbo, hay que retroceder la película 115. Esta zona limítrofe con Venezuela fue objeto de concesión petrolera en 1905 con el contrato entre el presidente Rafael Reyes y el general Virgilio Barco. El general Barco “engordó” su concesión hasta 1914, cuando la cedió a las empresas estadounidenses Colombian Petroleum Company y South American Gulf Oil Company. Estas empresas iniciaron un proceso de intervención y construcción que permitió que, entre 1938 y 1968, la zona tuviera vías carreteables (en 1968 eran 800 km), hospitales, escuelas, clubes sociales, barrios con alcantarillado y luz eléctrica para los ingenieros, profesionales y extranjeros, grandes extensiones de potreros para ganado, más de 500 pozos petroleros, un oleoducto de 400 km hasta Coveñas en el golfo de Morrosquillo y tres aeropuertos, entre los cuales figuraba el de El Tarra ‒que en 1938 tenía el mayor número de vuelos entrantes y salientes de toda Suramérica (Renán Vega, 2009)‒. Todo esto sin la presencia del Estado y todo a pesar de la pobreza generalizada de la población. 

Empezando la década de los 30, y por petición de las compañías petroleras, llegó el ejército para enfrentar a las tribus indígenas Motilones-Barí. Entre 1910 y 1960 el número de indígenas presentes en el territorio cayó un 70 % y las tribus perdieron cerca de 11.900 km². Hubo incluso algunas épocas en las que las empresas petroleras pagaban precio por cabeza de los indígenas en sus territorios. La violencia como herramienta de control social.

En 1945, aún sin una presencia del Estado, Tibú se convirtió en corregimiento de Cúcuta y 32 años en municipio. Con 2737 km² (1000 km² más que Bogotá D.C.) y una extensa frontera con Venezuela, el territorio recibió la presencia del ELN y del EPL (década de los 70), de las FARC (década de los 80), de los paramilitares (finales de los 90), del Clan del Golfo y los Rastrojos (después de 2004) y, para rubricar la gesta de muerte y dolor, de las disidencias de las FARC (después de 2017). 

En principio, son los recursos de la extracción petrolera y la porosa frontera con Venezuela lo que atrae a los actores armados, pero ya en los primeros años de este siglo la ausencia estatal y la multiplicidad de actores armados inauguraron el negocio de los cultivos de coca y su transformación con toda la parafernalia de desplazamiento, corrupción y muerte que lo acompaña. 

En 2020, año de encierro y de pandemia (bueno, quizás solo en algunas grandes ciudades) Tibú tuvo una tasa de 206 homicidios x 100.000 habitantes (Bogotá, 12 x 100.000, Medellín, 14 x 100.000, Cali 43 x 100.000 y Cúcuta de 38 x 100.000). Estas cifras van acompañadas de un 93 % de impunidad. Respecto a la desaparición forzada Tibú, con 45.000 habitantes, tuvo 1268 desaparecidos entre 1985 y 2018, mientras Medellín, con 2.400.000 habitantes, 2977. ¡Una barbaridad! La impunidad en este caso es del 99 %. Nadie responde. 

La histórica ausencia estatal (concesión petrolera, coca, pobreza generalizada); la presencia constante de actores armados ilegales; la violencia homicida, la desaparición forzada y la impunidad generalizada condenaron a muerte hace muchos años a los presuntos ladrones “detenidos” por los ciudadanos en ese local comercial. El Estado, en buena parte ausente de esta película, no aparecería milagrosamente ese sábado en el casco urbano de Tibú. Lo predecible, dolorosamente, era ‒como dijo el ciudadano del primer video‒ que los encontrarán tirados en la orilla de una carretera. 

No hay derecho. No hay Estado. ¡Ay, país! 

Santiago Londoño Uribe

Enero, 2022

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En una mañana soleada de otoño, nueve años después de que Fukuyama sentenciara que había llegado «El fin de la historia», cuatro aviones piloteados por terroristas islámicos movieron, otra vez, con fuerza el motor y los engranajes invisibles del tiempo y la distancia. La democracia liberal original (1776) y el lado ganador de la Guerra Fría recibía, por primera vez desde la independencia, un ataque coordinado y certero en su suelo continental. 2977 personas murieron ese 9 de septiembre de 2001. Ese día también murió la idea de un mundo unipolar y nació la «guerra contra el terrorismo».

Así como durante casi medio siglo la lucha contra la amenaza roja había atravesado todas las decisiones de política exterior de los poderes de Occidente, la guerra contra el terrorismo sería la escuela y el filtro que alimentaría las relaciones internacionales y la geopolítica de inicios del siglo XXI. Una guerra muy sui generis, ya que por primera vez el enemigo no controlaba un territorio, ni grandes ejércitos ni estructuras oficiales de poder. 

El terrorismo que atacó las Torres Gemelas y el Pentágono se había alimentado en la entraña misma de las democracias liberales y había actuado con sus propias herramientas. La libertad de movimiento, las comunicaciones abiertas y la tecnología (sellos del liberalismo occidental que había vencido al comunismo) eran ahora utilizadas por los grupos que enfrentaban a gobiernos democráticos con un proyecto religioso y fundamentalista.

A pesar de que la célula terrorista que había ejecutado los ataques tenía a la ciudad de Hamburgo, Alemania, como centro de operaciones, la presencia de Osama Bin Laden, líder de Al Qaeda, en Afganistán fue la disculpa perfecta para lanzar un ataque que removiera a los líderes talibán (en ese momento en el poder) y preparara una posterior invasión. El 7 de octubre de 2001 empezaba la que sería la guerra más larga, y el fracaso bélico más costoso, en la historia de Estados Unidos. 

Más de 800.000 militares participaron en operaciones. De esos, 2352 (1141 de la coalición) murieron y 20.666 resultaron heridos. 66.000 soldados y policías afganos y 47.245 civiles murieron en el enfrentamiento con la insurgencia Talibán. 2.2 billones (millones de millones) de dólares valió la factura de la aventura afgana, lo cual quiere decir que Estados Unidos se gastó (desperdició) en este esfuerzo más que lo que le costó reconstruir Europa después de la Segunda Guerra Mundial con el Plan Marshall. Se calcula que 40 % de los recursos quedaron en manos de los Talibán, los señores de la guerra y políticos corruptos dentro del gobierno afgano apoyado por los norteamericanos. Todo un festival del peculado.

Las guerras, todas las guerras, son eventos complejos y cambiantes en los que se cruzan proyectos colectivos, intereses mezquinos y grandes ideales, y en los que se enfrentan y matan personas de muy diferentes procedencias e ideologías. Los conflictos bélicos, al fin de cuentas, suelen ser absurdos y los pierden todos los participantes. 

El documental Restrepo, de 2010, es una buena representación de lo que fue el conflicto armado en Afganistán. La película, llamada así por el soldado y médico colombiano nacionalizado, Juan Sebastián Restrepo, acompaña a los hombres de un pelotón del ejército en su estadía en el valle de Korangal en el oriente del país, quienes narran su vida allí y cómo la muerte en combate de Restrepo al inicio de la expedición los marca profundamente. A lo largo de un año de grabación vemos a los soldados combatiendo a un enemigo invisible e intentando crear vínculos de confianza con los habitantes del valle. Los soldados permanecen encerrados en su puesto de avanzada la mayor parte del tiempo y su gran “triunfo” es la construcción de otro pequeño puesto militar a 200 metros del existente. La historia gira alrededor de la relación de hermandad que se crea entre los soldados, así como de las afectaciones psicológicas que sufren por la exposición constante al fuego enemigo. El documental termina con un aviso que dice: «En abril de 2010, el ejército de EE.UU. abandona el valle de Korengal. 50 soldados murieron peleando allí». Una frase premonitoria.

Hace pocas semanas, casi 20 años después de su llegada, terminó la presencia estadounidense en Afganistán y volvieron los Talibán al poder. La construcción de una democracia liberal en el país fracasó rotundamente. En la improvisada y apresurada salida de los estadunidenses apareció un nuevo grupo terrorista, ISIS-K (variante del extinto ISIS de Siria e Irak), que ya mató 170 personas en un atentado suicida cerca al aeropuerto de Kabul. 

Un personaje de Umberto Eco, en El péndulo de Foucault, pronuncia una frase que puede acompañar este aniversario: «Todo se repite en un círculo. La historia es una maestra porque nos enseña que no existe».

Santiago Londoño Uribe

Noviembre, 2021

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Colombia y Venezuela son dos hermanos separados al nacer que comparten una frontera larga, compleja, porosa y aun en espera de delimitación. Dos países que compiten y se enfrentan constantemente por el reconocimiento y el amor… del otro. 

Según Louis Perú de Lacroix, Simón Bolívar, el padre desilusionado de ambos hermanos, solía decir que “Colombia era una universidad y Venezuela un cuartel…”. Durante el siglo XIX y principios del XX, Colombia fue el hermano platudo (quina, tabaco, café) hasta que las reservas petroleras (las mayores del mundo) dispararon los ingresos de Venezuela. 

En el plano político, y reafirmando la frase del Libertador, a lo largo de su historia Colombia ha tenido una gran mayoría de gobiernos civiles mientras en Venezuela, salvo 40 años entre el dictador general Marco Pérez Jiménez y la llegada del coronel Hugo Chávez, han gobernado los caudillos militares. Sin embargo, la violencia política en nuestro país (guerras civiles del siglo XIX y conflicto armado de la segunda parte del siglo XX y principios del XXI) ha sido un libro largo y doloroso para nosotros, mientras para Venezuela solo capítulos de una novela más amplia y reciente. 

Esta semana terminé de leer Los restos de la revoluciónCrónicas desde las entrañas de una Venezuela herida de la periodista Catalina Lobo-Guerrero. Una investigación profunda, bien documentada y escrita que describe a fondo la revolución bolivariana, especialmente a partir de la muerte de Chávez el 5 de marzo de 2013 hasta la victoria de la oposición en las elecciones de locales y parlamentarias de 2015.

El libro, que entrelaza el periodo señalado con eventos importantes en la historia reciente del país, como “El caracazo” de 1989, el golpe de estado de Chávez en 1992, la caída definitiva de los partidos tradicionales y el cuestionamiento generalizado de la institucionalidad y la Constitución en 1998 y el golpe contra Chávez de 2002, es una lectura necesaria para entender no solo la situación política del vecino; también es una alerta sobre la fragilidad y vulnerabilidad de la democracia y sus instituciones. 

Yo he sido de los que, por desconocimiento quizás o hasta por orgullo, han advertido que las situaciones de Venezuela y Colombia no son comparables. La historia democrática, las instituciones, los mandatarios, la estabilidad económica etc., no permiten que hagamos analogías fácilmente. Me molesta, por simplista y manoseado, el cuento de la amenaza castrochavista. La lectura de este libro de Lobo-Guerrero, no obstante, me obligó a ir más allá de los asuntos aparentemente más obvios para intentar entender cómo las sociedades rompen los diques mínimos de la democracia y se embarcan en aventuras autoritarias. 

Cuando Hugo Chávez se entregó después del golpe de estado fallido en 1992 dijo en vivo ante los medios nacionales que “lamentablemente, por ahora, los objetivos no fueron logrados”. Chávez sabía que cerca del 66 % de la población apoyaba un cambio profundo y que bastaría esperar y ajustar los medios para llegar a realizarlo. Los partidos políticos estaban en una gran crisis, las instituciones y la Constitución generaban desconfianza, la corrupción era rampante y la economía padecía la caída del precio del petróleo y adolecía de una estructura de privilegios y subsidios insostenible. En 1998, por la vía democrática, arrancó la revolución bolivariana y el desmonte de la democracia en Venezuela. 

En la última encuesta de la firma Invamer-Gallup se confirmó y agudizó un patrón preocupante en el que venimos hace ya muchos años. Los niveles de desconfianza y desaprobación de nuestras instituciones llegan a históricos alarmantes. Instituciones como la Procuraduría y la Contraloría están por encima de 65 % de desaprobación, la Fiscalía en 71 % (los entes de control todos entregados a amigos del gobierno), el Presidente en 76 % y el Congreso de la República y los partidos políticos por encima de 85 %. ¡Estos últimos están un porcentaje de desaprobación en el margen de error con el ELN! 

La respuesta del gobierno nacional a las multitudinarias movilizaciones ha sido soberbia, distante y, en no pocos casos, violenta y autoritaria. La CIDH, tal como lo ha hecho múltiples veces con la Venezuela bolivariana, dejó esto claro. 

Al autoritarismo (a la desaparición del Estado social de derecho) no se llega solo por el extremo izquierdo. Ahí está, en el fondo, la lección más importante de la caída de las democracias. Cuando las instituciones democráticas llegan a su punto de quiebre las sociedades quedan en bandeja de plata para cualquier aventura. Desprovistas de una malla de protección democrática, las mayorías arrasan por igual con el régimen económico, los derechos fundamentales y las elecciones periódicas. 

Aquellos que impulsan y aplauden la represión de las movilizaciones están, precisamente, abriendo la puerta para que la reacción electoral le apueste a proyectos populistas en contra, entre otros, de la libertad de empresa. A Venezuela también se llega por las aulas de la universidad.

Santiago Londoño

Octubre, 2021

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Entender, o tratar de entender, qué nos motiva o nos impide actuar de determinada manera en ciertas circunstancias y contextos es fascinante, aleccionador y bastante retador. Sin cambios en los comportamientos y las reacciones no hay institucionalidad o inversión que logre verdaderas transformaciones.

Últimamente, en parte impulsado por las extrañas y nefastas elecciones que he presenciado desde el 2015 (Trump, Brexit y plebiscito, entre otras) y en parte por puro interés académico, he leído acerca de lo que se conoce como estudios del comportamiento. Entender, o tratar de entender, qué nos motiva o nos impide actuar de determinada manera en ciertas circunstancias y contextos es fascinante, aleccionador y bastante retador. Estoy lejos de ser un experto en el tema, y me excuso con quienes sí lo son por los errores y las ligerezas de este texto. Sin embargo, a continuación, comparto algunas reflexiones sobre asuntos que me apasionan. 

En octubre de 2018 publiqué la columna titulada Inequidad e Indignación (https://www.unpasquin. com/2018/10/inequidad-e-indignacion/). Como cierre enuncié varias preguntas y entre ellas resalto esta: ¿por qué no hemos reaccionado de manera conjunta y coordinada como sociedad ante los inaceptables niveles de inequidad? Nos enorgullecen los rankings de todo tipo, pero somos ciegos y sordos ante aquellos en los que nos listan entre los tres países con peores indicadores en temas de inequidad del mundo. 

¿Por qué somos indiferentes? ¿Por qué la falta de empatía? El investigador Paul Piff, profesor de psicología y comportamiento social de la Universidad de California, es reconocido en el medio por su experimento con el conocido juego de mesa Monopolio realizado en el año 2013. 

Piff y varios colegas invitaron cerca de 200 estudiantes a jugar Monopolio en parejas, pero con una variante, una versión tramposa. Al iniciar lanzaban una moneda para definir un rol a cada jugador, rico o pobre; el primero tenía varios privilegios de los que carecía el segundo: empezaba el juego con el doble de dinero que su oponente; lanzaba dos dados, mientras el pobre solo uno, y cada vez que pasaban por un lugar designado ganaba $200, mientras el pobre ganaba $100. Los investigadores analizaban la actuación de cada jugador con cámaras escondidas y luego hacían una entrevista sobre el desempeño del juego. 

Los resultados fueron complejos. No obstante ser el azar y una moneda la única razón por la cual un jugador tenía todas las ventajas, los jugadores ricos se comportaban de manera soberbia. Se reían de la suerte de sus contrincantes pobres, celebraban cada triunfo con gestos agresivos y eran ruidosos y altivos al mover sus fichas por la tabla. Todo lo que hacían apuntaba a reafirmar que lo que les ocurría era merecido. 

Al finalizar el juego los investigadores preguntaron a los ganadores por su experiencia y les pidieron que explicaran las razones por las cuales habían ganado tan contundentemente. Nadie habló de la moneda y, en general, todos hablaron de su estrategia, de su capacidad, de jugadas maestras y de su fortaleza en el manejo de inversiones y dinero. Merecidos. 

Piff y sus colegas han realizado otros tantos experimentos alrededor de la hipótesis que plantea que mientras más ricas sean las personas serán menos empáticas, menos compasivas y más cercanas al autointerés y a considerar lo que tienen como un hecho merecido, al igual que la condición de pobreza de los otros. Los resultados de todos esos experimentos, desafortunadamente, confirman la hipótesis. 

Afortunadamente los estudios del comportamiento sostienen que así como los seres humanos somos capaces de identificar las motivaciones o los condicionantes de nuestras acciones, así también podemos modificarlas y transformarlas. No estamos ni diseñados ni condenados a actuar de una u otra forma. 

Los sentimientos o emociones morales y políticos, para citar a Martha Nussbaum, pueden aprenderse y se deben siempre ejercitar. Igual que lo hicieron filósofos y pensadores como John Stuart Mill y Rabindranath Tagore, los investigadores del Monopolio Tramposo encontraron que resaltar los efectos y transformaciones resultantes de la colaboración, la cooperación y la empatía, así como comunicar las condiciones de vida de quienes pasan dificultades, modifican las actitudes y las acciones imperantes de apatía y egoísmo. 

El statu quo no es inmodificable. La inequidad no puede ser una condición necesaria ni mucho menos deseable. Los grandes cambios requieren modificar actitudes y comportamientos. La empatía, la compasión y la corresponsabilidad, por mencionar algunos, son emociones y valores poderosos y transformadores, pero no son innatos y estamos haciendo muy poco por educar a nuestros hijos y a nosotros mismos en ellos. 

Sin cambios en los comportamientos y las reacciones no hay institucionalidad o inversión que logre verdaderas transformaciones.

Santiago Londoño Uribe

Septiembre 2021

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“Bárbaro” admite significados distintos, se trate de remontarse a su origen en Grecia, a quienes asolaron las fronteras del norte del imperio romano, a su significado en Argentina o al uso que le damos cuando vemos acciones violentas. Los meses de movilizaciones han servido, entre otras cosas, para resaltar el nivel de fractura, distancia y desconfianza en el que vivimos los colombianos

«Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron. Algunos han venido de las fronteras y contado que los bárbaros no existen.» ‒ Konstantino Kavafis 

Fernando Aramburu, escritor vasco ganador de varios premios y autor de la novela Patria, dice en el prólogo de su libro Utilidad de las Desgracias que renunció a su columna de opinión semanal en el diario El Mundo después de 81 entregas porque, entre otras cosas, lo “acechaba el peligro de la repetición”. Este es un riesgo que efectivamente nos acecha a quienes intentamos semana a semana, mes a mes, darle forma a ideas, reflexiones, propuestas y hasta quejas en columnas de opinión. 

En este caso concreto, confieso que he caído en una doble repetición: me sirvo del título de dos célebres y profundos textos, el poema de Konstantino Kavafis*, escrito en 1898, y la novela del Nobel sudafricano J.M. Coetzee, de 1980. Repito también una reflexión sobre la condición humana que suele atravesar mis textos y mis preocupaciones y que ahora, en medio de las movilizaciones, protestas, violencia, reacciones y señalamientos, siento la necesidad de volver a compartir. 

El término “bárbaro” tiene origen en la Grecia antigua y se usaba para referirse a todo aquel que no hablaba la lengua. La palabra era sinónimo de “balbuceador” (aquel al que no se le entiende o solo se le entiende un bar bar bar; hoy, bla bla bla). Los romanos utilizaron el término para referirse a los pueblos que presionaban sus fronteras del norte (Godos, Visigodos, Suelos, Alanos) y, consecuentemente, además de extranjeros que no hablaban la lengua, eran también una amenaza. El término fue cambiando y se convirtió en un adjetivo para referirse a cualquiera que sea fiero, cruel, tosco, grosero o inculto (en algunos casos y culturas también significa llamativo, excelente y magnífico: ¡Bárbaro, che!). 

Los meses de movilizaciones han servido, entre otras cosas, para resaltar el nivel de fractura, distancia y desconfianza en el que vivimos los colombianos. Las reacciones y los discursos surgidos como respuesta o apoyo al paro nacional y sus formas dan cuenta de múltiples grupos que, entre el miedo, la rabia y las reivindicaciones simplistas, se enfrentan y se distancian. Todo manifestante es vándalo (de nuevo un término traído de la Roma antigua, cargado de amenaza) o enemigo de las instituciones, o perezoso y aprovechado. También, todo empresario es explotador, acaparador y enemigo de los pobres. Los policías son todos asesinos y torturadores y, finalmente, todos los políticos son corruptos, violentos y mentirosos. Los bárbaros, consecuentemente, ya franquearon las murallas y las puertas y están entre nosotros. 

Los discursos y la reacción armada con que se recibió a la Minga indígena en Cali demuestran que en pleno siglo XXI, y más de 30 años después de que la Constitución Política reconociera los derechos de los pueblos originarios, existen aún inmensas distancias, prejuicios y desconfianzas entre ciudadanos que viven en un mismo territorio. El presidente de la República, quizás mimetizado con la oscuridad en su visita furtiva a Cali, llegó incluso a pedir a la Minga que se guardara otra vez en sus resguardos (¿dónde deben estar?). “Indios = bárbaros”. La presencia de las Mingas en Bogotá en 2019 y en Medellín hace unos días, demuestran que el reconocimiento, el respeto y la buena comunicación permiten la manifestación pacífica, los acuerdos exitosos y que los indígenas no son una amenaza. 

En el sur de Medellín, para algunos, los bárbaros son los grafiteros que se atrevieron a cruzar el río y la Avenida 33 para pintar en la Transversal Intermedia de la Comuna 14, El Poblado, un mural que decía “Convivir con el Estado”. “Se nos metieron”, “que pinten allá en sus barrios, pero que no se vengan para acá”, “ojo que el paso siguiente es la destrucción de negocios” decían, alarmados, vecinos por grupos de Whatsapp. Días después, y con los himnos nacional y antioqueño de fondo, un grupo de personas acompañadas por la policía borraba el mural intruso. Un triunfo de la Roma civilizada sobre las hordas bárbaras del norte. Una expedición a borrar otro mural (pintado, borrado por el ejército y vuelto a pintar) en San Juan con la 80 (“puro norte”) fue abortada entre múltiples llamados a evitar las confrontaciones. 

Las obras de Cavafis y Coetzee coinciden en resaltar que, a pesar de las amenazas (reales o inventadas), los bárbaros son cómodos y necesarios para las “sociedades civilizadas” porque sirven como parámetro de medición y comparación y, lo más importante, son depositarios de la culpa para muchos de los problemas que la civilización no logra o no quiere solucionar. 

El paro nacional ha profundizado las distancias, ha resaltado los muros y ha demostrado que aún nos falta mucho para acercarnos a un “nosotros”. El liderazgo político es actor central para profundizar las fracturas o para construir narrativas y proyectos colectivos. 

¿Seguimos inventando bárbaros o nos ponemos a trabajar en un proyecto de país en el que quepamos todos? De eso se trata el 2022.

* Kavafis (1999). Poesía selecta. Barcelona: Edicomunicación, p. 24-25; Coetzee, J. M. 2016. Esperando a los bárbaros. Barcelona: Debolsillo.

Santiago Londoño Uribe

Agosto, 2021

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Suele pasar inadvertido bajo el peso de los errores y atropellos de su política exterior, se desfigura con el racismo estructural y languidece detrás de la fauna variopinta de su bipartidismo, pero no puede negarse lo fascinante del experimento democrático de Estados Unidos, desde su fundación hace 226 años.

Suele pasar inadvertido bajo el peso de los errores y atropellos de su política exterior, se desfigura con el racismo estructural y languidece detrás de la fauna variopinta de su bipartidismo, pero no puede negarse lo fascinante del experimento democrático de Estados Unidos, desde su fundación hace 226 años. Con todos sus defectos, el sistema nacido de la declaración de Filadelfia de 1776 sigue siendo la democracia más antigua y una de las más estables del mundo. Y una de las razones para esta longevidad y estabilidad es una robusta tradición de libertad de prensa y de proyectos periodísticos serios y estructurados.

Las ciudades costeras, incluso siendo colonias británicas, construyeron un tejido de publicaciones en las que se discutían eventos y temas diversos y se expresaban opiniones que, con ciertas estrategias, llegaban incluso a ser críticas de decisiones de la Corona. Al grito de independencia se calcula que circulaban 50 periódicos y más de 400 panfletos. Entre los Padres Fundadores hubo editores y periodistas como Benjamín Franklin y plumas tan poderosas como la de Thomas Jefferson quien escribió: “si tuviera que decidir si debemos tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, no dudaría en preferir lo segundo”. La revolución tuvo tanta tinta como plomo.

La prensa jugó un papel central en otros dos momentos cruciales de la historia temprana de EE.UU. Cientos de publicaciones como El Federalista se echaron al hombro la defensa del proceso constitucional de 1789. Sesenta años después en la discusión sobre la esclavitud que llevó a la guerra civil de 1861, periódicos, panfletos y revistas alimentaron (no siempre respetando la ética periodística) el debate y la confrontación armada. En esta etapa nace en Boston la revista The Atlantic (1857). Su lema “Cuestionando supuestos y buscando la verdad”. Entre sus fundadores: Ralph Waldo Emerson, Nathaniel Hawthorne, Herman Melville, Harriet Beecher Stowe y Henry W. Longfellow. Era antiesclavista, pero en su misión dejó claro que no sería vehículo de ningún partido o secta y que “siempre tendría en mente ese elemento moral que trasciende a los partidos y a los individuos.” Ciento sesenta años después de su primer número la revista hizo un listado de sus “compromisos guías”:

– Buscar la verdad por encima de las historias: más que una narrativa interesante, hay que hacer reportería honesta.

– Un artículo y un argumento son el principio de una conversación no una manera de llevarse el punto.

– Ir más allá de lo que pasa para llegar a lo que importa: el objetivo es entender qué significan las noticias ahora y en el futuro.

– Diversidad: las ideas, las claridades y las buenas preguntas pueden venir de cualquier parte del espectro político. Hay que estar dispuesto a tenerlas en cuenta.

– A pesar de la hiperconectividad y la avalancha de información hay que seguir conectado con el mundo. Alejarse no es una opción. 

Concuerdo.

Los 15 años de Un Pasquín*, en medio de una crisis profunda de la democracia en EE.UU., de una pandemia mundial y de nuestros propios retos institucionales y humanitarios, son un buen momento para reivindicar la libertad de prensa como valor democrático-liberal y el buen periodismo como antídoto contra la posverdad y el populismo. En los últimos años el mundo ha visto como sus grandes medios de comunicación pasan a ser controlados por grupos económicos con cuantiosas inversiones en los asuntos públicos (contratos, elecciones, etc.) generando conflictos de interés y cuestionamientos profundos. A la vez, y sobre todo en formato digital, han surgido múltiples medios independientes que investigan y preguntan y, como en el caso de Un Pasquín, logran reunir miradas plurales de la realidad bajo estándares éticos con el objetivo, similar a la revista bostoniana, de iniciar o fortalecer conversaciones y diálogos.

Este movimiento centrífugo hacia nuevos espacios para comunicar y opinar lejos de los grandes poderes requiere de un cambio de mentalidad de los lectores en cuanto a reconocer el valor y el costo del buen periodismo y de los foros de debate y opinión. En términos populares “hay que meterse la mano al dril” para apoyar estos medios ya que la información no se organiza, analiza ni difunde sola.

Cullen Murphy, editor de The Atlantic de 1985 a 2006, dijo que su revista intentaba ser algo así como la mesa de comedor de la nación. Un espacio en donde se pudieran sentar escritores, empresarios, políticos, militares, religiosos, ateos, conservadores, liberales, científicos, gentes de diferentes razas a conversar. Yo quiero agradecerle a Vladdo por construir y mantener, casi solo, esta mesa de encuentro y por permitirme compartir y aprender. Que sean muchos años más.

Santiago Londoño Uribe

Febrero, 2021

https://www.eltiempo.com/cultura/musica-y-libros/vladdo-cuenta-como-se-creo-un-pasquin-hace-15-anos-563814

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Escribo esta columna exactamente a siete días de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. El último bisiesto, que para mí arrancó en octubre de 2015 con las elecciones regionales, fue un doloroso aterrizaje electoral del que aún estoy recuperándome. El año de perderlo todo, para parafrasear a mi querido Ricardo Silva Romero, arrancó con el suicidio británico en el referendo del Brexit, siguió con el pequeño (en votos) pero desastroso triunfo del No en nuestro plebiscito y terminó con broche de oro con la llegada del mentiroso anaranjado a la Casa Blanca.

Quienes hemos estado en política sabemos que en las elecciones normalmente hay algunas candidaturas o propuestas, casi siempre marginales, que hacen uso del racismo, la xenofobia, la discriminación y la mentira sostenida como estrategias. Ese año, no obstante, estas armas políticas lograron posicionarse en lo alto de dos de las democracias más antiguas y estables del mundo. Para el caso colombiano, en una de las jornadas electorales más importantes de nuestra historia, brilló la mentira. El populismo –que propone soluciones simplistas a problemas complejos, que inventa amenazas como los violadores mexicanos, los refugiados sirios que llegan en masa o el castrochavismo que se toma el poder– demostró que seguía vigente y que no era solo un mal de repúblicas bananeras o sistemas débiles. 

Un fracaso, resultante de acciones respetuosas de las normas y de los principios de la ética, no es moralmente reprochable y no define a quien lo ejecuta.

Con el tiempo las soluciones simplistas, no obstante, se chocan con realidades tozudas. En el caso del Reino Unido la promesa de una negociación clara y sin dolor para la salida de la Unión Europea se ha enfrentado a un proceso largo, complicado y doloroso que tiene al gobierno muy cerca de la salida “barranco” (sin tratado). Esto significaría un golpe mortal para la ya aporreada economía de las islas en medio del COVID-19. El Primer Ministro, Boris Johnson, apodado hasta ahora ‘El hombre teflón’ porque nada parecía afectar su imagen, está ya en las encuestas cerca al 60 % de desaprobación. Para terminar y pasar a nuestro segundo capítulo del populismo enfrentando realidades, el futuro comercial del Reino Unido también depende de los resultados de la elección estadounidense. Johnson ha sido muy cercano a Trump, quien ha aplaudido el Brexit como una manera de quitarle peso a la Unión Europea. Biden reconoce la importancia de la “relación especial” entre ambos países, pero buscará mejores relaciones con los grandes del continente.

En estos casi cuatro años Donald Trump nos ha sorprendido con muchas frases absurdas, ilógicas y, sobre todo, mentirosas. Según un servicio del Washington Post, desde su posesión ha dicho 22,247 frases falsas o engañosas. Esta es su estrategia para debilitar la frontera entre lo que es cierto y lo que no lo es. Hace unos días el candidato-presidente pronunció una frase apoteósica y terrorífica. Terminando un evento de campaña en Nevada, Trump le advirtió a su público que si su contrincante ganaba las elecciones “iba a escuchar a los científicos”. Así como lo oyen. Trump ve la relación con la ciencia como una amenaza. De no ser porque el mundo está enfrentando un virus agresivo y tremendamente contagioso y una crisis climática profunda, esa frase se citaría en un programa de humor político. Pero, en este momento, con 1.16 millones de muertos en el mundo y con 226.000 en Estados Unidos, lo que dice y hace Trump es criminal. La muerte también es una realidad tozuda.

Las mentiras reiteradas y sostenidas desde los espacios de poder no son cuestiones menores. Las sociedades necesitan de niveles básicos de confianza para funcionar; cuando no es así, tambalean los cimientos de la democracia y de sus instituciones. En Estados Unidos los votos y el colegio electoral decidirán si la verdad dejó de importar. La reelección de Donald Trump sería un mensaje perverso y tendría que preocupar a todo aquel que crea en el debate basado en las evidencias y en el respeto. La democracia siempre está en riesgo.    

Santiago Londoño Uribe

Noviembre 2, 2020 

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