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Luis Guillermo Arango

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La publicidad es la herramienta tradicional directa del marketing, y tiene como uno de sus objetivos divulgar un producto para estimular su consumo. Más ecos de la tertulia tenida con Germán Puyana.

O sea que la publicidad busca crear una imagen mediante la manipulación de las emociones del consumidor, de tal manera de atraerlo, hasta lograr que “compre” lo que se le muestra. Y cuantos más resortes emocionales logre mover, tanto mejor publicidad será. 

Para lograr su objetivo, la publicidad echa mano de las emociones propias del ser humano. 

Con mayor frecuencia se escucha hoy que muchas familias han decidido no volver a ver televisión ni a comprar periódicos. ¿Por qué? Porque se sienten apabulladas por las noticias orientadas hacia lo negativo. Encuentran que, en su inmensa mayoría, la prensa y la televisión son cada día más negativistas y quieren liberarse de eso.

La televisión y la prensa, para ganar dinero y atraer mayor audiencia o lectores o “rating”, echan mano aún de los peores instintos del ser humano, como el deseo de venganza, el sadismo, el voyerismo, el arribismo, la ambición desmedida, el deseo de dinero fácil y rápido, aunque eso implique hundir o perjudicar a los demás. No hace mucho tiempo hubo un exitoso programa de televisión cuyo título desenmascaraba esta cruda realidad: “Todo por la plata”.

¿Resultado? La prensa y la televisión colombianas han ido formando una imagen que, con el paso del tiempo, se ha ido arraigando en la sociedad, hasta convertirse en una cultura, en un modo de ser.

Basta con mirar cuáles son las noticias más sobresalientes o las películas que logran mayor “rating”: las de asesinatos, violaciones, robos, infidelidades, contrabandos, narcotráfico. ¿Cuántas películas y series se le han dedicado a Pablo Escobar, el hombre que peores consecuencias le dejó a Colombia? ¿Por qué? Porque eso sube el “rating” y las ganancias.

A nivel internacional, cuando arrestan alguna banda de asesinos o atracadores, entre ellos hay colombianos. Se dice que los mejores “gatilleros” son los colombianos. Y eso se publica. ¿Mensaje subliminal que deja?: “Son unos verracos”, casi ¡héroes!

Quienes vivimos en Colombia sabemos que ellos son una minoría. ¿Pero, a qué se debe esa terrible imagen? A nuestra prensa y televisión, contagiadas de que todo vale por la plata. Todos sabemos que el narcotráfico es manejado por gente sin hígado, sin escrúpulos de ninguna clase, pero diariamente se les da publicidad a sus andanzas y riquezas. Puede que en esas publicaciones no se diga que son ideales imitables, pero a lo jóvenes eso les atrae.

Seguramente los altos directivos de las agencias de publicidad y de las empresas de televisión están en contra del narcotráfico, de los asesinatos y demás, pero como el publicarlo les da dinero…no importa. Al fin y al cabo, “Todo por la plata”.

La publicidad es una herramienta muy poderosa para crear imagen y cultura. Todo depende de cómo se utilice y qué tipo de emociones decida hacer vibrar.

Lo cierto es que, hoy, Colombia es un país víctima de su propia publicidad.

Luis Guillermo Arango Londoño

Diciembre 9 de 2023

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Corriendo el riesgo de no poder editar su improvisación durante la tertulia sobre este tema, Luis Guillermo Arango nos manifestó su gran aprendizaje de su vida de Jesuita. Con esta nueva entrega en vídeo, continuamos compartiendo con nuestros lectores las entregas individuales de nuestros compañeros sobre este tema tan personal de todos nosotros.

Exjesuitas en tertulia- 7 de Septiembre, 2023
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El evocador artículo enviado a nuestro blog por Chucho Ferro para el día del padre de este 2023, nos animó a muchos a escribir “cartas” inspiradas en nuestros padres, que venimos publicando aquí. Es el turno de Luis Guillermo Arango.

Mi padre nació cuando apenas iniciaba el siglo XX, en un pueblo de Antioquia en donde abundaban las minas de oro. 

Hijo único. Estudiaba Primaria en la escuela del lugar. Sobresalió por su habilidad para hacer cálculos aritméticos. Dejaba maravillado a todo el mundo, pues no necesitaba papel y lápiz. Muchos años después, cuando íbamos en carro a la finca que teníamos junto a San Antonio de Pereira, se daba gusto haciéndome sumar, restar y multiplicar durante todo el camino.

Su padre tuvo un revés económico total y se vio obligado a migrar con su familia al pequeño pueblo de Santiago que se encuentra a la entrada del túnel de La Quiebra. Con dolor en el alma, tanto de sus padres como de él mismo, tuvo que abandonar sus estudios cuando cursaba el tercer año de primaria para iniciar su vida de trabajo y así ayudar a su casa.

No se dio cuenta de que la Universidad de la Vida le estaba dando la oportunidad de iniciar la carrera hacia su doctorado en comercio. 

Uno de los habitantes de Santiago que acogió a su familia le dijo un día a mi padre, que para ese momento tenía 10 años: 

– “Guillermo, ¿Sabe sumar, restar, multiplicar y dividir? “ 

– “Claro que sí, eso me gusta mucho”, le respondió. 

– “Entonces, si le regalo este bulto de sal, ¿se le mide a revenderlo por cucharadas?”

En más de una ocasión, mi padre me confesó que una de las más grandes alegrías de su vida fue cuando, al terminar las ventas de sal ese primer día, le pudo comprar a sus papás la comida de esa noche. Así, en la esquina de la plaza de Santiago, comenzó mi padre su carrera comercial. 

No sé cuánto tiempo duró con las ventas de sal ni cómo fue evolucionando su actividad en las ventas. En 1965 tuve la oportunidad de viajar a Santiago. Vi a un señor ya mayor en la plaza y se me ocurrió preguntarle si había conocido a Guillermo Arango que había vivido allí hacía casi 50 años. De inmediato, me dijo: “¿A Guillermito, el niño que vendía cucharadas de sal allí en aquella esquina?, ¡Cómo no me voy a acordar!”.  Por supuesto, mi emoción fue enorme.

En su trabajo, mi padre siempre se distinguió por su escrupulosa exactitud en sus cuentas. Prefería anticipar el pago de sus deudas sin dejarlas llegar al plazo pactado. Su palabra valía más que un documento escrito.

Veló con amor por sus padres para que nunca les faltara nada. Cuando vio que podía sostener una familia, a los 31 años, se casó con mi madre, una jovencita de 20 años. Así fue creciendo, con una envidiable fe de carbonero, meticulosamente practicante, optimista, responsable, alegre. Su doctorado en comercio lo alcanzó cuando llegó a ser propietario de su propia agencia de telas. 

A diario pedía morir “de repente y en tu gracia, Señor”.  Murió de un infarto fulminante.

Luis Guillermo Arango Londoño

Julio, 2023

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Me encantó su actitud sincera de acogida a todos y a cada uno con sus diferencias particulares y opuestas entre sí y con lo que él mismo cree o piensa.

Me llegaron hondo varias de sus respuestas. Entre todas, la que le dio a la que fue monja y hoy es no creyente. Qué respeto, qué cariño, qué comprensión. Le dijo: “No te quiero convencer. Te respeto. Sé tú misma. No seas esclava de ideologías. Sé coherente ente lo que pensás, lo que sentís y lo que hacés”

Para mí, esa frase es fundamental para el verdadero amor y el auténtico respeto. Personalmente admiro más a quien está en permanente búsqueda, a quien, como dice Francisco, se atreve a ir a las fronteras, a arriesgarse a ser libre de ideologías, que a quien se abandona a la vida muelle de creer que ya todo lo sabe, que todo lo tiene solucionado, que se cree dueño de la única verdad verdadera y que a los demás los ve “con pesar por estar en el error” por el simple hecho de no pensar como él. 

No entendí su argumento, según él, teológico, de que el hombre es para el Ministerio y la Mujer para la Maternidad.

En síntesis, vi en el Papa a un verdadero Pastor.

Luis Guillermo Arango Londoño

Junio, 2023

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Continúa Luis Guillermo hablándonos de grandes temas, a través de sencillos diálogos entre padre e hijo…

Un fin de semana, cuando paseaban por la finca, José, estudiante de grado 11, le preguntó a Ignacio, su padre: 

– Papá, ¿Qué es Dios? ¿Alguien lo ha visto? ¿Podemos llegar a él con nuestra razón?

– Personalmente, le contestó Ignacio, creo que no podemos conocerlo por medio de la razón.

– ¿Por qué estás tan seguro? 

– Porque para que algo llegue a nuestra mente tiene que pasar primero por los sentidos. Y a Dios no lo podemos ver, ni oír, ni sentir.

– ¿Cómo así? ¿No existe otra manera para conocer algo?

– Sí, hijo. ¿A ti no te ha pasado a veces que experimentas algo de manera tan profunda que hasta te hace cambiar tu manera de obrar, sin que puedas probar con argumentos racionales la verdad de eso que te pasó? 

– Sí, varias veces al mirar la maravilla de las estrellas, de los árboles, de los animales…

– Exacto, esa es otra manera de conocer. Ahí has experimentado algo que no es racional, pero que es muy real, ¿no te parece? Ese es el único camino que yo veo para llegar a Dios sin deformarlo.

– ¿Cómo así que sin deformarlo?, preguntó José.

– Sencillo, le respondió Ignacio, cualquier cosa que digamos o pensemos de Dios por medio de la razón es un simple invento de nuestra imaginación. Y lo peor es que nos quedamos convencidos de que eso que imaginamos es la pura verdad. Esa creación humana, racional, la convertimos en Dios, que no viene a ser más que un ídolo.

– ¿Un ídolo?

– Sí, hijo. Incluso le colgamos una serie de adjetivos que no son más que simples proyecciones de lo que quisiéramos llegar a ser nosotros.

– ¿Cómo cuáles?, preguntó, intrigado, José.

– Como nosotros somos tan limitados en tantos campos, nos imaginamos que ese Dios es todo lo contrario, es decir, que debe saberlo todo, debe poderlo todo, debe estar en todas partes al mismo tiempo.

– Pero, él sí es la máxima justicia, ¿o tampoco?

– Qué bueno que pusiste ese ejemplo. ¿Qué es la justicia para la mayoría de la gente?, preguntó el papá.

– Pues que el que la hace la paga, que tiene que haber castigo cuando se hace algo malo, respondió José.

– Correcto, dijo Ignacio. Al imaginar a ese Dios, pensamos que debe ser justo por excelencia y, por lo tanto, decimos que es castigador y vengativo como nosotros; más aún, decimos que debemos desagraviarlo, como si fuera como nosotros, como si pudiéramos ofenderlo. Y lo que hacemos con esos razonamientos es crear un ídolo que termina siendo una simple caricatura de lo que es el ser humano o de lo que quisiéramos llegar a ser.

– ¿Entonces?, preguntó intranquilo, José.

– Por tratar de llegar a Dios por la razón, se han creado infinidad de ritos de adoración a ese Dios-ídolo, junto con toda una intrincada estructura jerárquica entre sus seguidores, según las diferentes religiones que han existido y existirán.

– Papá, entonces, ¿tú no crees en Dios?

– Claro que sí creo, hijo, pero no en ese Dios-ídolo. Yo también, como tú me dijiste hace un momento, he experimentado profundamente la presencia de “algo” que no sé definir, pero que lo percibo en mi propio ser y en las flores, en los árboles, en todos los seres del Universo. 

– Ah, ¡con razón te gusta tanto la naturaleza!

– Sí, hijo, a ese Dios, al que queremos conocer, no podemos llegar por la razón. Únicamente podemos experimentarlo, vivenciarlo en nuestro interior por lo que hace. A Dios no se le piensa ni se le capta con los sentidos, sino que se le experimenta. Todos los seres del universo, nosotros incluidos, somos energía. Esta es una realidad constatable, medible.

– Esa energía de la que hablas, ¿es lo que yo he percibido al quedarme maravillado al ver las estrellas y los árboles?

– Exacto. Personalmente siento esa energía como algo pujante, generador de vida, con una variedad casi infinita de manifestaciones diferentes entre sí. Todas ellas conforman un conjunto de tal magnitud y belleza que queda uno maravillado, extasiado. A ese “algo” del que te hablaba, lo experimento como Amor. No sé nada más. Solo vivencio que acompaña a cada ser, que está en cada ser.

– Entonces, a ese “algo” que tú dices, ¿lo llamarías Amor?

– Sí, hijo, con temor, debido a la cantidad de ídolos que hemos creado y de las tergiversaciones que se le han dado a la palabra Amor, a ese “algo” me tomo el atrevimiento de darle el nombre de Dios-Amor, que está en todas mis células y en las de cada ser de todo el universo. Por eso, sin necesitar razonamientos, digo que en Él vivimos, nos movemos y existimos.

– Gracias, papá.

Luis Guillermo Arango Londoño

Febrero, 2023

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Un sencillo diálogo entre un colegial y su padre -parte de lo escuchado por el hijo en una clase de ciencias de primaria-se va remontando hasta llegar a una conclusión que no se esperaba al comienzo del relato.

Cuando Roberto llegó del trabajo a su casa, salió Miguel corriendo a su encuentro con los brazos abiertos y una amplia sonrisa que desbordaba enorme satisfacción, le gritó:

‒Papi, papi, ya sé de qué estamos hechos tú y yo.

‒¿Cómo así, Migue? ¿De qué me hablas? 

‒En la clase de ciencias de hoy en el colegio, nos contaron que en todas las cosas que existen en el mundo hay un montón de seres pequeñitos que se llaman elementos químicos y que, de todos esos, en nuestro cuerpo hay cuatro superimportantes, porque lo llenan casi por completo.

‒¿Cuáles son esos, Migue?

‒El oxígeno, que es como el mandamás, porque es del que más hay en el cuerpo: más de la mitad de nuestro cuerpo está compuesto de oxígeno. Luego, le siguen otros tres elementos: el carbono, el hidrógeno y el nitrógeno. Claro que tenemos otros elementos más, pero en menor cantidad.

‒Bueno, Migue, hoy descubriste algo y por eso estás tan contento, ¿no es así?

‒Saber eso no es lo que me tiene así, ‒le contestó. Es que imagínate que cada uno de esos elementos tiene una responsabilidad propia en mi cuerpo y nadie puede remplazarlo. Sin ellos, no puedo vivir. ¡Estoy vivo por ellos! Me los imagino como un ejército muy grande trabajando seguido y seguido para que tú, mi mamá y yo vivamos. ¿No te parece maravilloso?

‒Sí, hijo, tienes toda la razón ‒dijo Roberto. ¿Cómo hará cada uno de esos elementos para saber qué trabajo en concreto es el que debe realizar?

‒Pues imagino que cada uno tiene como un motor que le da la fuerza, que es como una energía que lo impulsa a actuar.

‒¡Qué bien, hijo!

‒Ah, papi, pero ese motor o energía del oxígeno seguro hace que necesite unirse con otros elementos, porque él solo no puede hacer casi nada.

 ‒Yo pienso lo mismo. De esa unión de fuerzas o de energías de los distintos elementos van resultando los diferentes seres que hay en el universo, ¿no te parece?

‒Uy, papi, entonces el universo entero es una energía que está dentro de todo lo que vemos.

‒Sí, así es ‒dijo el papá con emoción. Y te agradezco, porque me has hecho caer en la cuenta de que tú, tu mamá, yo y todo lo que vemos existe gracias a esa energía vital del universo.

‒Claro, papi. Entonces, ¿no crees que le debemos dar gracias todos los días a esa energía que nos da la vida? Y, se me acaba de ocurrir, ¿no será que esa energía vital es lo que llamamos Dios?

Luis Guillermo Arango Londoño

Febrero, 2023

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En un relato anterior, Miguel le comentaba a su papá lo que había escuchado de parte del profesor Gustavo en la clase de ciencias naturales de primaria. Hoy, el inquieto muchacho utiliza el celular para llegar a los billones de células del organismo y sacar conclusiones sociales.

Miguel se acercó otro día a su papá y le dijo:

‒Papi, hoy en la clase de ciencias el profe Gustavo nos pidió que buscáramos en Google del celular cuántos aparatos o sistemas funcionan en el cuerpo humano y que mañana le lleváramos un comentario sobre eso. 

‒¿Y qué encontraste, Migue?

‒Que son ocho. En este momento me acuerdo del respiratorio, el digestivo, el circulatorio, el nervioso y el reproductor.

‒Sí, añade el locomotor, que son los músculos y los huesos, y el urinario y el endocrino, que son una serie de glándulas en diferentes partes del cuerpo, con funciones delicadísimas e indispensables.

‒Sí, esos eran los otros aparatos que me faltaban.

‒¿Y qué fue lo que más te impresionó de lo que encontraste?

‒Pues, imagínate que entre todos esos ocho aparatos hay unos cincuenta billones de células. Cada una de ellas tiene una misión propia. Pero lo que me asombró es que, para poder cumplirla, se unen unas a otras como ella y entre todas van formando los distintos tejidos del cuerpo.

‒¡Qué maravilla!, Migue.

‒Pero es que ahí no para todo, papi.

‒¿Cómo así?

‒Es que los tejidos se organizan en unos como grupos o equipos distintos para trabajar juntos hasta que logran formar los diferentes órganos del cuerpo.

‒¿O sea que cada órgano de nuestro cuerpo existe gracias al trabajo y esfuerzo de cada célula unida a las demás?

‒Si, papi, y si no se unieran, no podríamos tener ni corazón, ni pulmones ni nada del cuerpo.

‒¡Qué buena estuvo hoy tu clase!, Migue.

‒Pero todavía falta lo más maravilloso, papi.

‒¿Aún más?

‒Sí. Es que cada uno de esos aparatos o sistemas del cuerpo no se sientan a creerse los muy muy, o los más importantes del cuerpo.

‒¿Y entonces?

‒Pues que todos se juntan y colaboran entre sí, cada uno entrega lo mejor de sí mismo para que el cuerpo completo pueda funcionar. ¿Te imaginas un corazón por ahí solo? No serviría para nada, se moriría enseguida.

‒Y qué comentario es el que piensas hacerle mañana al profe Gustavo?

‒Dos cosas, papi. La primera es que la vida de nuestro cuerpo solo es posible porque desde su célula más pequeña hasta sus aparatos o sistemas completos se unen y colaboran entre sí buscando el bien de todos. De lo contrario, moriríamos.

‒Y la segunda?

‒ Que nuestro cuerpo nos muestra instrucciones para nuestra propia vida. Que lo único que debemos hacer es leerlas y ponerlas en práctica. Si hiciéramos eso, no viviríamos peleando y matándonos entre nosotros mismos, solo por demostrar que somos los más importantes o los más poderosos.

Luis Guillermo Arango Londoño

Febrero, 2023

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Esta historia real me la contó una persona que es amigo mío desde la infancia. Me llevó a reflexionar, no obstante la sencillez de su relato.

Un día, Alberto le hizo dos preguntas a Juan: “¿a cuántas personas le debes agradecer hoy algo en concreto?” y “¿tienes algún tipo de relación con ellas?”.

La respuesta a tu primera pregunta es muy fácil, le dijo Juan. Empezó a contar esas personas en los dedos de la mano: su esposa, su hija, sus dos hermanos, su empleada del servicio… ¡Ah!, y también dos amigos con los que había hablado ese día. 

Reflexionaba y cada vez le costaba más trabajo encontrar otras personas a quienes agradecer.

“¿Tienes alguna silla en tu casa?”, le preguntó Alberto. “Claro que sí”, le contestó Juan. “¿Te has sentado hoy en ella?”, indagó Alberto. “Sí, esta tarde. ¿Por qué?”, replicó Juan. Entonces, Alberto le hizo una pregunta que revolcó interiormente a Juan: “¿has pensado cuántas personas hicieron posible que hoy pudieras sentarte en esa silla?”.

Juan nunca había pensado en ello. Por eso, Alberto empezó a enumerarle a Juan solo unas cuantas personas: “el carpintero que la hizo”, le dijo. “¡Correcto!, una persona más para añadir a mi cuenta”, apostilló Juan. “¿Una persona más?”, le dijo Alberto. “¿Dónde dejas a los padres de ese carpintero y a todos sus antepasados? ¿Quién sabe hasta cuántos años, siglos o milenios atrás habría que ir…?”.   

“Ah, no, eso es llevar las cosas al extremo. Yo estaba haciendo cuentas de personas reales”, le replicó Juan, a lo que Alberto respondió: “pero es que si solo un individuo de los de esa extensa lista, a quien calificas como no real, no hubiera intervenido, no habrías podido disfrutar de tu descanso hoy en esa silla. Ese antepasado es tan real como tú mismo”. 

“Ahora, sigamos con algo más”, continuó Alberto. “Piensa en el ascensor por el que subieron la silla hasta tu apartamento. Dedica un momento a pensar en los que lo construyeron e instalaron y en todos los que contribuyeron a la elaboración de cada uno de sus componentes…, hasta los más pequeños tornillos, y en los antepasados de todas esas personas. Si uno solo de ellos hubiera faltado, no habrías podido llegar a tu apartamento”. “Basta”, le dijo Juan a Alberto. “Es una cantidad infinita de individuos a quienes les debo el gusto de poder sentarme en mi silla. Y no las conozco ni me es posible siquiera lograr llegar a conocerlas”.

En ese momento ‒me comentó mi amigo‒, la imaginación de Juan comenzó a dar vueltas y vueltas. Cada cosa que miraba: el techo de la habitación, la lámpara, la luz eléctrica que lo estaba iluminando en ese instante, sus manos (ahí vio a sus padres con toda su familia hacia atrás), cada bocado de comida que se había llevado a la boca (allí atisbó a los campesinos con sus cultivos, a los que hicieron los camiones que recogieron sus cosechas) y una larga fila de antepasados de cada uno de ellos…, hasta que llegó un momento en el cual Juan sintió que, dentro de él y frente a él, brotó una luz que fue ‒según dijo‒, como un resplandor de una intensidad tan brillante que le hizo percibir una infinita cantidad de personas y le hizo sentir también que era parte integral de toda la humanidad y que a todas ellas tenía que agradecerles. Más aún, que era parte integral de todo el universo. Una energía vital recorrió todo su cuerpo, según le comentó a Alberto. 

“Ahora sí, le dijo Juan, respondo a tu segunda pregunta: gracias a todos y a todo el universo. Ese es mi tipo de relación con todos y cada uno de ellos: agradecimiento”,

Y así, a partir de una sencilla silla, al mirar a las personas, a los objetos, a la naturaleza y al universo, Juan va cada día dándole gracias a todos y amando al universo en quien, según él, vive, se mueve y existe.

Luis Guillermo Arango Londoño

Febrero, 2023

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Las dos últimas reuniones de los jueves, donde invitamos a conferencistas para que nos expongan diversos temas, las dedicamos a compartir nuestras experiencias con los libros, con el fin de compartir cuáles han sido nuestros libros favoritos. Este breve artículo nos introduce a esa temática vital.

Un tema aparentemente sencillo: ¿cuál es el libro que más le ha impactado en su vida? Solo 30 o 50 personas, “amigos de toda la vida”, comunicándose a través de zoom.

¡Cuánta riqueza acumulada en cada uno a lo largo de los años! ¡Qué conjunto de energía vital entremezclada! ¡Qué diversidad de experiencias! ¡Qué variedad de sentimientos en cada uno! ¡Qué capacidad la de cada cual para dejarse “tocar” por un libro, por una frase o por una palabra! ¡Qué riqueza interior dejó ver cada persona del grupo, que compartió sus lecturas!

Algo que me impactó profundamente: los autores de esos libros, provenientes de numerosos países, ni imaginaron que producirían esa pluralidad de reacciones, que incluso orientarían la vida de esas personas cuando estaban escribiendo sus novelas, sus ensayos, sus poemas, sus textos. Muchos de ellos vivieron hace siglos. 

Me viene a la memoria aquella idea ‒no sé de quién es‒, que expresa que cuando una mariposa aletea en un continente, su efecto se siente al otro lado de la Tierra. Es sobrecogedor palpar que todos somos uno, un mismo cuerpo universal, que formamos parte integral de una misma energía que nos penetra en todos los sentidos y que, gracias a eso, permite que nos estemos comunicando permanentemente, aun sin darnos cuenta, con una cantidad insospechada de personas y de seres en general.

¡Qué responsabilidad la que tenemos con cada respiración, con cada acto, incluso con cada pensamiento!  Estamos incidiendo en cada instante en la vida misma y en la naturaleza toda.

Esta Maravilla produce un Éxtasis tal que dan deseos de dejarse llevar por esa Energía.

Luis Guillermo Arango Londoño

Junio, 2021

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En el transcurso de la existencia hay pocas preguntas fundamentales. El autor da su contestación personal a estos dos interrogantes claves. Sin embargo, una pregunta final queda pendiente de respuesta.

La vida

Soy parte del universo. Una multimultillonésima parte, si se quiere, pero parte. El universo es una energía poderosa que continuamente está produciendo, vale decir, creando nuevos seres, siempre con apariencias diferentes. Por eso, todos somos hechuras, creaturas de esa energía y, por lo tanto, también somos energía. Nuestra esencia es energía y nuestra apariencia es nuestra existencia, como manera única e irrepetible de ser en este momento. 

Esa energía universal la percibo como una entrega permanente de sí. Por eso, es puro amor. Por eso, la llamo Dios. Otras personas le darán otros nombres pero, en el fondo, pienso que todos nos referimos a lo mismo. Y nosotros, seres humanos, animales y cosas, puesto que somos sus creaciones, todos somos hijos de Dios. 

Nuestra vida se realiza compartiendo esa misma energía con los demás, con todo el universo, es decir, generando y transmitiendo amor a cuanto nos rodea. No podemos hacer otra cosa, pues somos una chispa de esa Energía-Amor. Todos tendemos a buscar el bien. Sin embargo, muchas veces, cuando internamente pensamos que estamos obrando bien, no caemos en la cuenta de que estamos causando un terrible mal a nosotros mismos, a los demás o al universo en sí.

La muerte

Obviamente, nadie ha “regresado” (hablando como si la muerte fuera un “irse”) a decirnos cómo es o qué pasa con la muerte y después de ella. Pero, siendo consecuente con lo que he dicho que es la vida para mí, deduzco que la muerte viene a ser un desaparecer nuestra apariencia actual, para continuar nuestra energía integrada con el universo entero, con esa Energía-Amor, pero con otra apariencia distinta, es decir, con otra existencia diferente. 

Con la muerte se sigue viviendo, se sigue siendo Energía-Amor, pero con un cambio de apariencia, con otro tipo de existencia. 

¿Cuál?

Luis Guillermo Arango Londoño

Febrero 2021

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En la exposición de Silvio Zuluaga y su brillante equipo sobre la positividad, la primera de las herramientas sugeridas fue la de partir de los datos o hechos. En otras palabras, es el famoso aferantur codices: apórtense las pruebas.

En la exposición de Silvio Zuluaga y su brillante equipo sobre la positividad, la primera de las herramientas sugeridas fue la de partir de los datos o hechos. En otras palabras, es el famoso aferantur codices: apórtense las pruebas.

Esa, se dice, es la base para cualquier diálogo, con el fin de evitar discusiones estériles o iracundas.

Creo en ese punto de partida. Pero qué difícil es estar en ese punto de partida. Por eso, me asaltan dudas cuando se empieza a “dialogar” sobre temas políticos. 

Con lo siguiente no me refiero a los integrantes de nuestro grupo, sino “al común de los mortales”.

Imaginemos una reunión de amigos o de familiares. ¿Cuántas de esas personas comunes y corrientes están tan empapadas, desde dentro, del tema político sobre el que desean tratar, como para poder aportar datos o hechos reales y concretos? ¿Cuántos cuentan como herramientas de acercamiento al tema solo con lo que leen en los periódicos, con lo que ven en la televisión o con lo que oyen en la radio? No me atrevo a dar un porcentaje. ¿Alguien lo sabe? ¿De pronto alguna encuesta como la que nos hizo Silvio nos daría ese resultado?

Y lo peor de todo es que la sensación que dejan estas herramientas que están al alcance de todos es la de haber quedado convencidos de que se puede hablar “con conocimiento de causa”. Tranquilamente se inventan porcentajes, dichos con tal seguridad que hasta se los da por científicamente verdaderos. Al menos eso es lo que creen los partidarios de cada uno de los dos o más bandos que de inmediato brotan. Lo dejan translucir sus inmediatas reacciones: “Ah, es que claro, tú estás parcializado porque lo que lees es de El Tiempo”, o “Tú sigues a El Espectador o a la revista Semana”.  O se personaliza: “Claro, es que se ve que tu tendencia es petrista o uribista, izquierdista o derechista, de ultraizquierda o ultraderecha. Cada cual se siente dueño de la verdad.

Una cosa es dialogar sobre un tema político a partir de datos y otra, muy distinta, a partir de opiniones. 

Un ejemplo claro y reciente de dialogar a partir de datos es lo que hizo Juan Camilo Restrepo hace poco en nuestro grupo que, en mi opinión, fue excelente y constructivo. 

Me da la impresión de que dialogar a partir de opiniones (obtenidas de las herramientas que acabo de mencionar) tiene el peligro de que rápidamente se convierta en un “dialegato”, si no se tiene la madurez y respeto por la opinión del otro.

Luis Guillermo Arango Londoño

Febrero, 2021

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Faltando un mes para cumplir 19 años de haber ingresado, me retiré de la Compañía de Jesús en diciembre de 1973. Mis creencias continuaron intactas, pero las prácticas religiosas fueron espaciándose lentamente.

En Medellín, asistí a diversas conferencias y cursos del P. Gustavo Baena sobre Jesús, la Biblia y los Sacramentos. Estudié a fondo todos sus libros y conversé muchas veces con él. Me produjo fuerte cuestionamiento intelectual y espiritual. Concluí que a Dios no se le puede conocer por la razón y que todo lo que digamos de él son meras construcciones mentales. Fue una época de total desaprendizaje de las teologías recibidas en las Facultades Eclesiásticas.

También entendí que solo podemos conocer lo que nos llega por los sentidos o por lo que llamamos experiencias o vivencias. Y que las vivencias, por sí mismas, son inexpresables. Cualquier intento por expresarlas las complica y enreda. Si intentamos expresar con palabras las vivencias que tengamos de Dios, las volvemos simples caricaturas de Dios. Por eso mismo, la explicación que haga de mis vivencias de Dios, con seguridad me quedarán distorsionadas.

Mi vivencia fundamental es que, al entrar en mi propio interior o al contemplar la naturaleza, siento que cada célula o átomo de mi cuerpo y de todo lo que me rodea forma parte integral de una poderosa corriente o energía vital de amor que en cada instante está creándome a mí y a todo el universo, participándonos de esa misma chispa de energía que nos convierte a todos en cocreadores permanentes mediante obras de amor. 

Ante esta vivencia lo único que siempre me nace es agradecimiento, adoración y acatamiento. Como vivencia que es, simplemente la disfruto, la vivo, la acepto. A esa fuerza o energía de amor la llamo Dios, pero sin calificativos ni razonamientos. Esa es mi fe. Y esa es la fuente del respeto y amor que les debo a los demás y al universo entero.

Las lecturas de Baena también me llevaron a concluir que Jesús no pretendió crear ninguna iglesia. Quien sí lo hizo fue san Pablo. Todas las iglesias, incluida la católica, son totalmente humanas y terrenas. Los seguidores de Jesús comenzaron viviendo sus ideales a plenitud pero, como todo grupo humano con ideales comunes, buscaron “identificarse” y “diferenciarse” y se volvieron iglesias con estatutos, normas y dogmas y empezaron a volverse “excluyentes”: nosotros sí, ellos no. 

Mi Iglesia, por nacimiento, ha sido la católica, pero sus dogmas, para mí, solo son fruto humano, propio de la cultura de cada época, y no acepto sus normas excluyentes, pues las veo absolutamente opuestas a lo que percibo en la creación que acoge y envuelve todo, a los seres humanos, buenos, malos, creyentes o no creyentes, de una iglesia o de otra, de una religión o de otra, y a todo el universo, y que con todos ellos, sin distinciones, continúa su creación. 

Tampoco veo que la Iglesia tenga que meterse a legislar sobre moral y costumbres bajo pena de pecado. Cada persona debe regirse por su propia conciencia, procurando ser lo más consecuente posible consigo mismo. A la Iglesia católica, al jerarquizarse, le penetró el virus del poder y de la ambición del dinero y se corrompió casi desde el comienzo.

No obstante, algunas veces acudo a la Eucaristía, pero sin pretender entenderla, porque me enredo. Al comulgar siento que internamente me uno a Jesús y a los demás y eso me ayuda a amarlos.

Creo que Jesús es hijo de Dios, pero como lo somos todos nosotros, como frutos que somos de la misma creación, pero me abstengo de disquisiciones sobre si su naturaleza es humana o divina o humano-divina. 

Siento afecto y cariño por María, la madre terrenal de Jesús, sin calificarla con ninguno de los atributos que le asigna la Iglesia católica; simplemente, para mí, es María, la madre de Jesús. Y confieso que siento a Jesús y a María en mí, con una presencia especial de amor, absolutamente inexplicable.

¿Resurrección? Confío en que se dé, pero no sé cómo. Me la imagino como un fundirnos de nuevo en esa misma fuerza creadora continua.  

Y hasta ahí voy hoy, en agosto de 2020, a mis 83 años, en mi camino de búsqueda, hasta y hacia donde esa fuerza maravillosa me lleve con toda la creación.

Luis Guillermo Arango Londoño

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