Al ser informados de la transición de nuestro querido Luis Guillermo hacia su nueva forma de existir, como un homenaje a su vida y su permanente presencia en nuestras vidas y nuestras tertulias de compañeros exjesuítas , hemos decidido publicar ayer y hoy, estas reflexiones que él compartió con nosotros en Septiembre del año pasado. Gracias Luis Guillermo, amigo y compañero!
7. Época de escribir.
Un día amanecí con deseos de escribir las respuestas que iba encontrando en mis búsquedas interiores. Este paso me ayudó a aclarar mis pensamientos, mis respuestas. En esta época continúo actualmente.
Mi primer escrito fue el 3 de enero de 2023: “¿Será eso?”, lo titulé. Había encontrado una certeza constatable: Todo el universo es energía. Todos los seres, tanto los que llamamos vivos como los aparentemente inertes, estamos constituidos por energía. Concluí, con certeza, que todos somos energía. Que todos los seres del universo estamos interconectados unos con otros mediante esa energía. Esa es la base científica para las sanaciones a distancia: la energía cuántica. Quizás aquí se encuentre una veta maravillosa para nuevos descubrimientos en pro de la prevención y curación de enfermedades.
Descubrí que había “algo” más en esa energía que la hacía VITAL. No atinaba a comprender qué era ese “algo” que intuía. Pero percibí que esa energía es dadora de vida, que participa de su propio ser para dar lugar a otros seres, cada uno con apariencia diferente. Un solo ejemplo, tomado de un par de elementos químicos: El hidrógeno y el oxígeno se unen en determinada proporción para dar lugar al agua, sin dejar de ser lo que es cada cual. Cada uno participa de lo que es en sí mismo y así se une a otro ser o elemento que también se entrega en su totalidad. De esa entrega total mutua nace, brota o se crea, como se le quiera llamar, una apariencia diferente de energía, un ser diferente, un nuevo ser. Encontré que esto sucede en el interior de cada uno de los seres existentes.
Además, me percaté de que hay seres que están formados por un conjunto de elementos que tienen “algo” que los mantiene unidos conformando una apariencia específica. Son organismos vivos que nacen, crecen, se multiplican y mueren. Siguen siendo energía, pero VITAL y organizados.
En los vegetales, a eso que los mantiene unidos lo llamamos simplemente vida vegetativa; en los animales, vida instintiva y, en los humanos, vida consciente (¿alma?).
Me surge una pregunta: ¿con qué derecho decimos que solo los humanos tenemos vida consciente o alma? ¿Qué sabemos del interior de los animales y de las plantas? Cada día se acepta más la inteligencia de los animales. Como no sabemos lo que pasa en su interior, nos quedamos tranquilos afirmando que obran solo por instinto.
De las plantas, pienso lo mismo. Recuerdo el resultado del experimento con unas plantas de la misma clase ubicadas en dos habitaciones distintas. A unas les pusieron música rock. A las otras, música clásica. Después de un tiempo, encontraron que las que tenían música clásica crecían en dirección al parlante, como abrazándolo; en cambio, las del rock, crecían alejándose de él. ¿Será que también tienen inteligencia, diferente a la nuestra, pero inteligencia?
¿Acaso todos los seres tenemos consciencia-alma?
Comencé, entonces, a preguntarme: ¿Será eso, esa energía vital, lo que llamamos Dios?
En mayo 15 de 2024, di un paso más en mi proceso: al ver que lo más íntimo y constitutivo de la energía vital de la Naturaleza es siempre dar de sí mismo participándose al otro, caí en la cuenta de que ese “algo”, esa “fuerza”, ese “motor” que lleva a actuar así a la energía vital es lo que llamo AMOR.
En ese momento brilló en mi interior una intensa y brillante luz: ahí, en esa energía vital había “algo” dándose, participándose a sí mismo, como motor de toda esa energía vital del universo entero. Pero no como algo “externo” al universo, sino como algo interno, que lo constituye en lo más propio de cada ser.
Solo en ese momento me atreví a darle nombre a ese “algo”, que venía intuyendo desde hacía tantos años y al que ya le había añadido lo de “vital”, porque da vida.
Sí, es lo que venía presintiendo y que no me atrevía a admitirlo: Ese “algo”, ese motor, esa fuerza interna de cada ser del universo, ese AMOR es DIOS. Así de sencillo: llegué a la conclusión de que a ese “algo” debía llamarlo DIOS-AMOR, así, sin más, sin ningún atributo diferente.
Para mí, el AMOR es la auténtica revelación de lo que es Dios que está en cada ser. A esta conclusión llegué al contemplar la Naturaleza. Claro, la Naturaleza es el camino por el cual DIOS-AMOR se nos revela. Se nos da a conocer como Amor en el actuar mismo de esa energía vital que constituye la Naturaleza completa. Solo necesitamos “contemplarla para alcanzar Amor”. La Naturaleza nos revela a gritos al DIOS-AMOR.
El 23 de mayo de 2024, reflexionando sobre lo hallado, entendí que todos los seres estamos hechos de lo mismo y para lo mismo: estamos hechos, constituidos, creados para amar. Somos SERES PARA AMAR. Ese es nuestro ADN más íntimo. Pero no solo los seres humanos, todos los seres del universo.
Deduje que el criterio fundamental de la vida de cada ser del universo entero es, simplemente, actuar siendo coherente con lo que es en sí mismo, es decir, amando, dándose, participándose, entregando parte de sí al otro, sin imposiciones ni rechazos.
El 9 de julio de 2024, siguiendo el hilo de mis pensamientos, percibí con claridad que ese “algo” de la energía vital, que llamo DIOS-AMOR, no solo es absolutamente indescriptible, sino que no puede ser parcelable. Es decir, no puede convertirse en propiedad privada de nadie.
Entendí que las diferentes religiones no pueden atribuirse el privilegio de ser dueñas o poseedoras de Dios, como si fuera su propiedad privada, de tal manera que quien no acepte la totalidad de lo que cada religión o iglesia dice u ordena está en el peor de sus errores y, por tanto, debe ser estigmatizado y rechazado.
El 21 de agosto de 2024, constaté que la Naturaleza, en sí misma, es una constante y maravillosa ebullición de nuevos seres, de nuevas vidas, de nuevas apariencias de energía vital.
En efecto, si observo con detenimiento, por ejemplo, mi cuerpo, encuentro que cada segundo se están renovando millones de células. Mi cuerpo de hoy no es exactamente el mismo de ayer.
En un bosque, cuántas nuevas hojas van apareciendo y creciendo cada día. En un prado cualquiera, cuántos brotes nuevos de vida, pequeñas flores aparecen en donde uno menos espera, cuántos pequeños animales por entre la hierba… En otras palabras, la Naturaleza es una creación continua, que nunca para.
La Creación, para mí, no es algo que sucedió por allá hace millones y millones de años, sino que está ocurriendo en cada instante y en todo el universo.
Siguiendo el hilo de esa ebullición creadora, encontré que el DIOS-AMOR, al participarse en cada nuevo ser, Él mismo queda allí impreso, como si fuera un sello o una marca imborrable. Como una especie de marca registrada.
El 23 de agosto de 2024, entreví que esa marca registrada, en mí y en cada ser, es mucho más que una marca que se estampa una vez y permanece siempre igual, sino que cada instante se renueva.
Cada instante del universo es el fruto, el resultado patente de una nueva participación de DIOS-AMOR. La Creación es algo actual, de cada instante. La Creación se da cada segundo. Más aún, es el permanente actuar creador del DIOS-AMOR.
Hoy me veo como mi propio testigo de que esa marca es algo vivo en mí, que me conduce día a día, creándome en cada momento, participándome en cada instante del AMOR que Él es, y, simultáneamente, dándome la fuerza necesaria para vivir de manera coherente con ese SER PARA AMAR que soy, en medio, eso sí, de las necesarias y cotidianas incoherencias propias de esta vida terrenal.
Hasta hoy, ese ha sido mi camino de reflexiones, hallazgos y vivencias profundas. Paso a paso, etapa por etapa.
8. Etapa final.
Intentaré esbozar la manera como me imagino la etapa final, el después de la muerte. ¿Qué hay más allá de la muerte? Y digo imagino, porque la ciencia no puede llegar a ese más allá. Todo lo que se diga es imaginado o deseado.
Vienen a mi mente dos hipótesis contrarias entre sí. Una, sí existe el más allá. La otra, no existe el más allá. Ninguna de las dos hipótesis puede ser probada científicamente.
A. Existe el más allá:
En este sentido, encuentro dos tipos de esperanzas o caminos posibles:
a) El camino de la Fe.
Con lo que he vivenciado tan profundamente hasta ahora, espero que, al momento de mi muerte, el DIOS-AMOR culminará su obra de creación transformándome definitivamente en un SER DE AMOR, como real y verdadero hijo de DIOS-AMOR. No sé en qué consistirá esa transformación, ese nuevo SER DE AMOR. Ni siquiera intento imaginármela, pero esa es mi esperanza, mi deseo.
b) El camino más cercano a la Ciencia:
Siguiendo solo el camino de la Ciencia, me imagino que, al morir, la transformación que ocurrirá consistirá en convertirme en otra apariencia diferente, en otro ser, que puede ser humano o no humano, pero con el mismo sentido de todos los seres: continuar siendo un SER PARA AMAR, como lo son aun los elementos químicos, conscientes o no de serlo.
Esa transformación será sucesiva y eterna. Todos los seres actuales son el fruto de esa transformación sucesiva y eterna. “La energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma”, según Antoine Lavoisier, en el siglo XVIII.
Tal vez por esto último he pedido que mis cenizas se esparzan al pie de un árbol para que los elementos que queden de mi cuerpo puedan seguir haciendo el bien a su alrededor.
B. No existe el más allá.
Esa es la otra de las dos hipótesis. Pero ni siquiera se podrá decir que amanecerá y veremos, porque no habrá nada ni quién lo diga.
Obviamente, prefiero pensar y creer que sí existe el más allá.
NOTA FINAL:
Soy consciente de que mi camino de búsqueda continuará hasta que llegue la hora de mi muerte. No sé qué más encontraré. Lo cierto es que ante las vivencias que he tenido hasta hoy, solo me queda admiración, gratitud y deseos intensos de dejarme llevar por ese camino de AMOR, impulsado por el DIOS-AMOR que vive y siento en mí y en todo el universo.
Luis Guillermo Arango Londoño
Septiembre 19, 2024


3 Comentarios
Varias veces comentamos con Luis Gmo. sobre la energía vital del universo, la energía de todo lo creado, en la cual coincidimos. La espiritualidad de ese querido amigo me iluminó en muchos aspectos de la existencia y de la no existencia. Tengo la certeza de que sigue vivo en el amor de su familia y de sus amigos que tanto lo admiramos y estuvimos unidos con él en sus últimos años. La energía del amor no desaparece.
Entre 1963-65 conviví con Luis Guillermo en Chapinero (él en Teología y yo en Filosofía) Años más tarde, Julio Roberto me dió noticia de L.G. Vinimos a “vernos” en la tertulia y compartimos e intercambiamos en el blog. Hoy me acompaña en la ciudad y el mar. Gran persona y amigo.
Por el IN MEMORIAM de Jaime Escobar me he enterado de la muerte sorpresiva de Luis Guillermo, en realidad no alcanzo a seguir el Whatsapp del grupo siempre pues la producción es muy abundante. En los últimos años tuvimos la oportunidad de volver a encontrarnos con Luis Guillermo por este medio. Reviví con sumo gusto su acompañamiento en Villa Gonzaga cuando fue subprefecto de los “apostólicos” junto con Darío Restrepo: significaba un respiro en la disciplina “tesa” que tanto el sistema como Darío llevaban adelante. Ha sido reconfortante leer su escrito, muy bello, de 2024, se nota que esperaba de verdad en el amor de Dios por el mundo.