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Luis Guillermo Arango

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Al ser informados de la transición de nuestro querido Luis Guillermo hacia su nueva forma de existir, como un homenaje a su vida y su permanente presencia en nuestras vidas y nuestras tertulias de compañeros exjesuítas , hemos decidido publicar ayer y hoy, estas reflexiones que él compartió con nosotros en Septiembre del año pasado. Gracias Luis Guillermo, amigo y compañero!

7. Época de escribir.

Un día amanecí con deseos de escribir las respuestas que iba encontrando en mis búsquedas interiores. Este paso me ayudó a aclarar mis pensamientos, mis respuestas. En esta época continúo actualmente. 

Mi primer escrito fue el 3 de enero de 2023: “¿Será eso?”, lo titulé. Había encontrado una certeza constatable: Todo el universo es energía. Todos los seres, tanto los que llamamos vivos como los aparentemente inertes, estamos constituidos por energía. Concluí, con certeza, que todos somos energía. Que todos los seres del universo estamos interconectados unos con otros mediante esa energía. Esa es la base científica para las sanaciones a distancia: la energía cuántica. Quizás aquí se encuentre una veta maravillosa para nuevos descubrimientos en pro de la prevención y curación de enfermedades.

Descubrí que había “algo” más en esa energía que la hacía VITAL. No atinaba a comprender qué era ese “algo” que intuía. Pero percibí que esa energía es dadora de vida, que participa de su propio ser para dar lugar a otros seres, cada uno con apariencia diferente. Un solo ejemplo, tomado de un par de elementos químicos: El hidrógeno y el oxígeno se unen en determinada proporción para dar lugar al agua, sin dejar de ser lo que es cada cual. Cada uno participa de lo que es en sí mismo y así se une a otro ser o elemento que también se entrega en su totalidad. De esa entrega total mutua nace, brota o se crea, como se le quiera llamar, una apariencia diferente de energía, un ser diferente, un nuevo ser. Encontré que esto sucede en el interior de cada uno de los seres existentes.

Además, me percaté de que hay seres que están formados por un conjunto de elementos que tienen “algo” que los mantiene unidos conformando una apariencia específica. Son organismos vivos que nacen, crecen, se multiplican y mueren. Siguen siendo energía, pero VITAL y organizados.

En los vegetales, a eso que los mantiene unidos lo llamamos simplemente vida vegetativa; en los animales, vida instintiva y, en los humanos, vida consciente (¿alma?).

Me surge una pregunta: ¿con qué derecho decimos que solo los humanos tenemos vida consciente o alma? ¿Qué sabemos del interior de los animales y de las plantas? Cada día se acepta más la inteligencia de los animales. Como no sabemos lo que pasa en su interior, nos quedamos tranquilos afirmando que obran solo por instinto.

De las plantas, pienso lo mismo. Recuerdo el resultado del experimento con unas plantas de la misma clase ubicadas en dos habitaciones distintas. A unas les pusieron música rock. A las otras, música clásica. Después de un tiempo, encontraron que las que tenían música clásica crecían en dirección al parlante, como abrazándolo; en cambio, las del rock, crecían alejándose de él. ¿Será que también tienen inteligencia, diferente a la nuestra, pero inteligencia? 

¿Acaso todos los seres tenemos consciencia-alma?

Comencé, entonces, a preguntarme: ¿Será eso, esa energía vital, lo que llamamos Dios? 

En mayo 15 de 2024, di un paso más en mi proceso: al ver que lo más íntimo y constitutivo de la energía vital de la Naturaleza es siempre dar de sí mismo participándose al otro, caí en la cuenta de que ese “algo”, esa “fuerza”, ese “motor” que lleva a actuar así a la energía vital es lo que llamo AMOR. 

En ese momento brilló en mi interior una intensa y brillante luz: ahí, en esa energía vital había “algo” dándose, participándose a sí mismo, como motor de toda esa energía vital del universo entero. Pero no como algo “externo” al universo, sino como algo interno, que lo constituye en lo más propio de cada ser.

Solo en ese momento me atreví a darle nombre a ese “algo”, que venía intuyendo desde hacía tantos años y al que ya le había añadido lo de “vital”, porque da vida. 

Sí, es lo que venía presintiendo y que no me atrevía a admitirlo: Ese “algo”, ese motor, esa fuerza interna de cada ser del universo, ese AMOR es DIOS.  Así de sencillo: llegué a la conclusión de que a ese “algo” debía llamarlo DIOS-AMOR, así, sin más, sin ningún atributo diferente. 

Para mí, el AMOR es la auténtica revelación de lo que es Dios que está en cada ser. A esta conclusión llegué al contemplar la Naturaleza. Claro, la Naturaleza es el camino por el cual DIOS-AMOR se nos revela. Se nos da a conocer como Amor en el actuar mismo de esa energía vital que constituye la Naturaleza completa. Solo necesitamos “contemplarla para alcanzar Amor”. La Naturaleza nos revela a gritos al DIOS-AMOR.

El 23 de mayo de 2024, reflexionando sobre lo hallado, entendí que todos los seres estamos hechos de lo mismo y para lo mismo: estamos hechos, constituidos, creados para amar. Somos SERES PARA AMAR. Ese es nuestro ADN más íntimo. Pero no solo los seres humanos, todos los seres del universo.

Deduje que el criterio fundamental de la vida de cada ser del universo entero es, simplemente, actuar siendo coherente con lo que es en sí mismo, es decir, amando, dándose, participándose, entregando parte de sí al otro, sin imposiciones ni rechazos.

El 9 de julio de 2024, siguiendo el hilo de mis pensamientos, percibí con claridad que ese “algo” de la energía vital, que llamo DIOS-AMOR, no solo es absolutamente indescriptible, sino que no puede ser parcelable. Es decir, no puede convertirse en propiedad privada de nadie.

Entendí que las diferentes religiones no pueden atribuirse el privilegio de ser dueñas o poseedoras de Dios, como si fuera su propiedad privada, de tal manera que quien no acepte la totalidad de lo que cada religión o iglesia dice u ordena está en el peor de sus errores y, por tanto, debe ser estigmatizado y rechazado.

El 21 de agosto de 2024, constaté que la Naturaleza, en sí misma, es una constante y maravillosa ebullición de nuevos seres, de nuevas vidas, de nuevas apariencias de energía vital. 

En efecto, si observo con detenimiento, por ejemplo, mi cuerpo, encuentro que cada segundo se están renovando millones de células. Mi cuerpo de hoy no es exactamente el mismo de ayer.

En un bosque, cuántas nuevas hojas van apareciendo y creciendo cada día. En un prado cualquiera, cuántos brotes nuevos de vida, pequeñas flores aparecen en donde uno menos espera, cuántos pequeños animales por entre la hierba… En otras palabras, la Naturaleza es una creación continua, que nunca para. 

La Creación, para mí, no es algo que sucedió por allá hace millones y millones de años, sino que está ocurriendo en cada instante y en todo el universo. 

Siguiendo el hilo de esa ebullición creadora, encontré que el DIOS-AMOR, al participarse en cada nuevo ser, Él mismo queda allí impreso, como si fuera un sello o una marca imborrable. Como una especie de marca registrada. 

El 23 de agosto de 2024, entreví que esa marca registrada, en mí y en cada ser, es mucho más que una marca que se estampa una vez y permanece siempre igual, sino que cada instante se renueva.

Cada instante del universo es el fruto, el resultado patente de una nueva participación de DIOS-AMOR. La Creación es algo actual, de cada instante. La Creación se da cada segundo. Más aún, es el permanente actuar creador del DIOS-AMOR.

Hoy me veo como mi propio testigo de que esa marca es algo vivo en mí, que me conduce día a día, creándome en cada momento, participándome en cada instante del AMOR que Él es, y, simultáneamente, dándome la fuerza necesaria para vivir de manera coherente con ese SER PARA AMAR que soy, en medio, eso sí, de las necesarias y cotidianas incoherencias propias de esta vida terrenal.

Hasta hoy, ese ha sido mi camino de reflexiones, hallazgos y vivencias profundas. Paso a paso, etapa por etapa.

8. Etapa final.

Intentaré esbozar la manera como me imagino la etapa final, el después de la muerte. ¿Qué hay más allá de la muerte? Y digo imagino, porque la ciencia no puede llegar a ese más allá. Todo lo que se diga es imaginado o deseado.

Vienen a mi mente dos hipótesis contrarias entre sí. Una, sí existe el más allá. La otra, no existe el más allá. Ninguna de las dos hipótesis puede ser probada científicamente.

A. Existe el más allá:

En este sentido, encuentro dos tipos de esperanzas o caminos posibles:

a) El camino de la Fe.

Con lo que he vivenciado tan profundamente hasta ahora, espero que, al momento de mi muerte, el DIOS-AMOR culminará su obra de creación transformándome definitivamente en un SER DE AMOR, como real y verdadero hijo de DIOS-AMOR. No sé en qué consistirá esa transformación, ese nuevo SER DE AMOR. Ni siquiera intento imaginármela, pero esa es mi esperanza, mi deseo. 

b) El camino más cercano a la Ciencia:

Siguiendo solo el camino de la Ciencia, me imagino que, al morir, la transformación que ocurrirá consistirá en convertirme en otra apariencia diferente, en otro ser, que puede ser humano o no humano, pero con el mismo sentido de todos los seres: continuar siendo un SER PARA AMAR, como lo son aun los elementos químicos, conscientes o no de serlo.

Esa transformación será sucesiva y eterna. Todos los seres actuales son el fruto de esa transformación sucesiva y eterna. “La energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma”, según Antoine Lavoisier, en el siglo XVIII. 

Tal vez por esto último he pedido que mis cenizas se esparzan al pie de un árbol para que los elementos que queden de mi cuerpo puedan seguir haciendo el bien a su alrededor.

B. No existe el más allá. 

Esa es la otra de las dos hipótesis. Pero ni siquiera se podrá decir que amanecerá y veremos, porque no habrá nada ni quién lo diga.

Obviamente, prefiero pensar y creer que sí existe el más allá. 

NOTA FINAL:

Soy consciente de que mi camino de búsqueda continuará hasta que llegue la hora de mi muerte. No sé qué más encontraré. Lo cierto es que ante las vivencias que he tenido hasta hoy, solo me queda admiración, gratitud y deseos intensos de dejarme llevar por ese camino de AMOR, impulsado por el DIOS-AMOR que vive y siento en mí y en todo el universo.

Luis Guillermo Arango Londoño

Septiembre 19, 2024

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Gratitud

Por Luis Guillermo Arango
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El pasado jueves 28 de noviembre, coincidiendo con nuestra tertulia semanal, parte del mundo occidental celebró el tradicional Día de Acción de Gracias de este 2024. Se nos ocurrió que podría ser enriquecedor que en nuestra tertulia tratáramos ese tema. Aquí consignamos algunos testimonios.

Hace ya bastantes años, el director de un curso de Relaciones Humanas nos propuso hacer un ejercicio individual que me sacudió profundamente. Desde entonces me parece estar viviéndolo cada momento.

El ejercicio nos planteaba la pregunta: “¿A cuántas de las personas con las que has tenido relación directa el día de hoy les deberías dar gracias por algo en particular?”

Al comentar el resultado en grupo, la variedad fue enorme:

– A 3 personas, dijo uno: a mis padres y a mi hermano mayor.

– A 5 personas, comentó otro: a mis padres, una tía y a dos de mis abuelos.

Cada uno fue compartiendo así sus hallazgos. Unos con mayor número de personas, otros con menos. Incluso hubo alguien que dijo que a nadie.

De repente se levantó uno que dijo: “Hoy, concretamente hoy, le tengo que dar gracias a millones y millones de personas que han hecho algo por mí”.

El director del curso le pidió que explicara cómo había llegado a esa conclusión.

“En primer lugar, dijo, a mis padres, pues sin ellos no existiría yo. A usted, que nos ha propuesto este ejercicio que me ha llevado a ver la relación tan definitiva que tengo con una infinita cantidad de personas que han hecho posible que disfrute de cada cosa y persona con las que entro en contacto en cada instante”.

¿Cómo así?, le preguntó el Director.

“Sí, por ejemplo, miremos la silla en la que me he sentado hoy. ¿Cuántas personas han intervenido para que hoy pudiera descansar mientras participo de este curso? Voy a intentar nombrar solo unas cuantas. Las personas que asearon hoy la silla para que la encontrara limpia, los que la diseñaron, los obreros de la fábrica en donde se hizo, los que la transportaron hasta acá, los que pensaron en crear esa fábrica, los que la construyeron, sus actuales empleados… ¿Sigo? Los que fabricaron el camión que la transportó, los que hicieron las vías por donde vino ese camión hasta acá…”

“¿Estoy exagerando?”, dijo. “Lo impactante es que, si cualquiera de esas personas hubiera fallado, yo no habría podido disponer de esta silla hoy.

¿A cuántas personas que van en esa corta enumeración que he hecho, solo pensando en esta silla, les debo agradecer? ¿A 100? ¿A 500? ¿A mil?

Y esa enumeración es aún cortísima. Falta algo fundamental. Ninguna de esas personas habría podido contribuir a que esta silla estuviera acá, hoy, para mí, sin sus padres que les dieron la vida. Y, obviamente, sin sus abuelos y demás ancestros hasta donde se pierde la vista en la lejanía de los siglos. ¿Cuántas personas, entonces, han contribuido concretamente para que yo hoy me pudiera sentar en esta silla? ¿Miles?, ¿Millones? Y esto no es una ficción. Es una comprobable y maravillosa realidad”.

“Estas mismas preguntas, continuó, me puedo hacer con respecto a cada cosa que veo, a cada persona con la que me encuentro cada día, al piso sobre el que estamos, al carro en el que vinimos, a la comida que nos han dado…”

Hasta acá, la historia de lo ocurrido en ese curso de Relaciones humanas.

Si aplicamos ese ejercicio propuesto a esta reunión virtual en la que estamos hoy aquí: ¿a cuántas personas les debemos agradecer el poder estar acá sentados, cada uno en su casa? Un solo ejemplo: ¿cómo no estar agradecidos con quien inventó el zoom y con quienes inventaron Internet, incluidos, obviamente, sus padres y todos sus antepasados? Si hubiera faltado uno solo de ellos, siglos y siglos atrás, no podríamos estar disfrutando de esta reunión.

Casi que podría decir que lo que somos cada uno de nosotros en este instante, se lo debemos a toda la humanidad, más aún, a todo el universo. Somos fruto de todo el universo.

¿Cómo no vivir, entonces, permanente, profunda y eternamente agradecidos?

Luis Guillermo Arango

Noviembre 28, 2024

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Prácticamente, desde pequeño, he pasado año tras año buscando el sentido de la vida. Algunas veces me he definido como un ser en búsqueda. Ha sido un recorrido fantástico. Con satisfacciones, luces, oscuridad, temores y nuevas luces y satisfacciones.

Intentaré escribir, a grandes rasgos, los pasos más decisivos de mi caminar.

1. Época del Colegio. 

    Fe ciega en la autoridad, en lo que los demás me iban diciendo que era la verdad, la única Fe verdadera, fuera de la cual no había salvación. 

    Autoridad encarnada en mis padres, con su fe católica, de carbonero, a toda prueba. Padre, Hijo, Espíritu Santo, Virgen María, cielo, infierno, purgatorio, pecado, confesión, misa. 

    Había que creerles y decirles “sí”, a lo que dijeran los sacerdotes, los obispos y los Papas. Estos últimos no podían equivocarse cuando hablaban “ex catedra” en temas de fe y costumbres. Había que creerles a pie juntillas.

    2. Época de Jesuíta, durante 18 años.

    Fe meditada, documentada, apologética. Más vivencial que en la época anterior. Básicamente las mismas creencias. Intensificación en que el camino es servir y amar al otro. Comencé a fijarme más en la Naturaleza, a presentir que algo en ella me llevaba no solo a admirarla, sino a escucharla. Era la “contemplación para alcanzar amor” de los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola.

    3. Época del descubrimiento del amor a una mujer.

    Apertura a un mundo completamente desconocido para mí hasta mis 35 años. Retiro de la Compañía de Jesús. Matrimonio. 

    Al comienzo, mi vida interior continuó igual, como por inercia, sin mucho cambio ni muchas dudas. Continué admirando a la Naturaleza. Quería aprender a escucharla.

    4. Época de alejamiento. 

    Los sermones insulsos en la mayoría de las misas dominicales me hicieron sentir que salía de la misa peor de lo que había llegado. Poco a poco renuncié a la práctica de los sacramentos, entre ellos a la Misa dominical, a la cual ya solo veía como símbolo del compromiso en comunidad de amar a todos y a todo. Así continúo viéndola hoy.

    Comencé a comprender que todo en el universo es energía, que somos energía.

    5. Época de búsqueda intelectual religiosa.

    Fue una etapa en la que comencé a sentir libertad interior para pensar por mí mismo, sin tener que creer en lo que los dueños de la Fe decían u ordenaban. 

    En todo este tiempo conté con la ayuda del mejor especialista en sagradas escrituras que había en Colombia, el Padre Gustavo Baena, jesuita, quien, después de 30 años de ser profesor en la Universidad Javeriana, en Bogotá, vive en Medellín su merecido descanso académico. Escuché todos sus cursos, incluso algunos de ellos los transcribí. Me leí y subrayé su obra principal, el libro “Fenomenología de la Revelación. Teología de la Biblia y Hermenéutica” (1.244 páginas). 

    Terminé con más dudas que certezas. Sentí que, poco a poco, casi sin darme cuenta, se me fue derrumbando todo el andamiaje religioso que sostenía mi Fe.

    6. Época de reflexiones.

    Época de preguntas internas que se fueron volviendo cada vez más apasionantes sobre el sentido de la vida y del universo mismo. Largas horas, muchos días y muchos meses reflexionando. Ya, como pensionado, disponía de todo el tiempo posible para dedicarlo a “pensar pensamientos”, como suelo decir.

    Sentía en mí una fuerza interior que me impulsaba a seguir preguntándome y a revisar las respuestas burdas que me iba dando a mí mismo.

    La sensación de que todo el universo es energía se me volvió más clara e intensamente comprendida. Me convencí de que soy energía y de que, como tal, soy parte integrante de todo el universo.

    Luis Guillermo Arango Londoño

    Septiembre 2024

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    Mirar la especie humana como en una película a alta velocidad permite vislumbrar hacia dónde se dirige.

    Inició hace miles de años. Su lugar común de evolución siempre ha sido el planeta tierra, al menos hasta donde se sabe hoy.

    Apareció en distintos lugares y en tiempos diferentes.

    La especie humana no ha vivido en una comunidad desde el inicio. En su evolución social ha ido pasando por diversas etapas que progresivamente la han ido llevando a que aflore su verdadero ser como comunidad.

    Este proceso podría decirse que pasa por un largo período de “parcelación comunitaria” durante el cual va abriéndose hacia un período, también muy prolongado en su evolución, de “comunidad global”.

    Las primeras parejas de padres con sus hijos buscaron protegerse, entre sí, de otras parejas y de los peligros circundantes. Ese fue su primer grupo base. Para ellos, esa era su comunidad. Así surgió la primera parcela comunitaria.

    Luego se fueron uniendo en grupos familiares, primeros vestigios de una comunidad más amplia. Así, por entre la maraña de parcelaciones comunitarias, va abriéndose campo la noción de comunidad propiamente dicha.

    Esas pequeñas parcelas comunitarias familiares ampliaron poco a poco sus límites, convirtiéndolas en comunidades tribales con mayor consciencia de comunidad.

    Transcurrieron muchos siglos o quizás milenios, en ese estado incipiente de comunidad.

    Poco a poco unas tribus fueron entrando en contacto con tribus vecinas, con las cuales luchaban en defensa de sus propias parcelas comunitarias. Luego se aliaron unas con otras para conformar regiones, reinos, imperios, países.

    La noción de comunidad fue tomando mayor notoriedad y consciencia.

    Se crean organizaciones mundiales que van permitiendo el desarrollo más claro de la idea de que la humanidad está llamada a vivir como una sola comunidad global. Esa es su meta evolutiva.

    De hecho, actualmente se habla de que no deberían existir fronteras que separen países, es decir, no continuar parcelando la comunidad global, puesto que todos los seres humanos son iguales, con iguales derechos, sin excluirse unos a otros por sexo, raza, religión o país. La humanidad misma está llamada a ser una sola comunidad global, sin parcelas.

    Este mismo proceso de parcelación comunitaria hacia una comunidad global ocurre en el campo de las religiones.

    En efecto, cada religión, al nacer, tiende a encerrarse en sí misma, en un proceso natural de auto afirmación, de auto reconocimiento, como algo diferente de los otros grupos religiosos. Cada nueva religión pone sus propios límites, los cuales no se pueden traspasar. Esa es su etapa de parcelación religiosa.

    Este período ha llevado a las diferentes religiones a declararse mutuamente la guerra a muerte para defender sus “parcelas”, es decir, sus propias “verdades” como las únicas valederas, y a menospreciar a las de otras religiones como herejías o idolatrías.

    Desde la segunda mitad del siglo XX, poco a poco se viene notando una tendencia cada vez más fuerte hacia el diálogo inter religioso.

    La meta que parece entreverse en este campo religioso, aunque aún lejana, es la de una sola comunidad religiosa global en la cual todos sus miembros crean en un solo Dios que ha impreso en cada uno su ADN propio, es decir, el de que deben vivir como lo que son: seres para amar. Con un distintivo característico: que cada cual vaya encontrando su propio camino, sin límites de parcela, sin dogmas ni mandatos que separen a los unos de los otros.

    Posiblemente falten siglos o milenios, quizás, para que la humanidad llegue a ser una única COMUNIDAD GLOBAL cuya dinámica interior sea el amor a todos y a todo, personas, animales o cosas, sin distingos ni exclusiones.

    Solo entonces se dará la verdadera paz global tan anhelada por todos.

    Luis Guillermo Arango

    Julio, 2024

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    En la tertulia del jueves 14 de marzo quisimos compartir nuestras experiencias de vida, una vez que la edad nos ha permitido “jubilarnos”. Este es el testimonio de Luis Guillermo Arango, 87 años.

    Cuando fue mi primera jubilación, a los 60, no quise “parar en seco” mi vida activa dedicada de lleno a trabajar en Sura en diferentes frentes, durante 20 años.

    Comencé, entonces, de inmediato, a prestar asesorías en seguros personales, con Sura. Tomé esta actividad como un auténtico servicio, especialmente en los campos de Salud, Vida, Automóviles y Hogar. Fueron otros 20 años de realización personal.

    Al llegar a los 80, decidí jubilarme por segunda vez. Dejé a mis asegurados al cuidado de mi hija e inicié una nueva actividad que había soñado toda la vida: la lectura.

    Siempre me ha encantado la historia, descubrir de dónde hemos venido surgiendo a lo largo de los siglos y milenios. Escogí un método poco científico, pero sí muy agradable, al menos para mí: las novelas históricas.

    Un día, por pura curiosidad, me dio por utilizar el Google Earth para saber dónde quedaba una ciudad de la que se hablaba en una de esas novelas. Esto me abrió el camino hacia otro de mis grandes deseos: VIAJAR. Descubrí los viajes digitales. Qué maravillas las que he podido admirar y disfrutar. Cuánta geografía he aprendido así en los cinco continentes.

    A medida que voy leyendo una novela histórica, voy buscando dónde queda cada pueblo mencionado, lo ubico visualmente en el Continente, luego voy haciendo zoom en su respectivo país, hasta llegar a su casco urbano. Visualizo sus calles…, averiguo datos sobre su región, geografía, raza…

    Para citar un solo ejemplo, hace poco terminé de leer “La maldición de la Reina Leonor”, de José María Pérez, que se desarrolla en la Edad Media (fines del siglo XII y comienzos del XIII) en los reinos de Castilla y León. Fui recorriendo, poco a poco, toda la parte norte de España, desde Burgos y León hasta Santiago de Compostela. Fue un viaje fantástico hacia la España de la Edad Media.

    Eso es lo que hago ahora en mi segunda jubilación, a mis 87 años: leer y viajar por todo el mundo. A eso le dedico gran parte del día, sin afanes ni contratiempos de transportes u hospedajes, sin incomodidades, feliz en mi hogar de 5 estrellas.

    Luis Guillermo Arango Londoño

    Marzo, 2024

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    En nuestra tertulia del 15 de febrero, tuvimos el regalo de conversar con el Padre Arturo Sosa, S.J., general de los jesuitas en el mundo. A raíz de su presencia y de lo que nos dijo, consideramos estimulante traer a nuestro blog “en vivo y en directo”, las manifestaciones de algunos de nosotros.

    Exjesuitas en tertulia- Febfrero 22, 2024
    Exjesuitas en tertulia- Febrero 22, 2014
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    La publicidad es la herramienta tradicional directa del marketing, y tiene como uno de sus objetivos divulgar un producto para estimular su consumo. Más ecos de la tertulia tenida con Germán Puyana.

    O sea que la publicidad busca crear una imagen mediante la manipulación de las emociones del consumidor, de tal manera de atraerlo, hasta lograr que “compre” lo que se le muestra. Y cuantos más resortes emocionales logre mover, tanto mejor publicidad será. 

    Para lograr su objetivo, la publicidad echa mano de las emociones propias del ser humano. 

    Con mayor frecuencia se escucha hoy que muchas familias han decidido no volver a ver televisión ni a comprar periódicos. ¿Por qué? Porque se sienten apabulladas por las noticias orientadas hacia lo negativo. Encuentran que, en su inmensa mayoría, la prensa y la televisión son cada día más negativistas y quieren liberarse de eso.

    La televisión y la prensa, para ganar dinero y atraer mayor audiencia o lectores o “rating”, echan mano aún de los peores instintos del ser humano, como el deseo de venganza, el sadismo, el voyerismo, el arribismo, la ambición desmedida, el deseo de dinero fácil y rápido, aunque eso implique hundir o perjudicar a los demás. No hace mucho tiempo hubo un exitoso programa de televisión cuyo título desenmascaraba esta cruda realidad: “Todo por la plata”.

    ¿Resultado? La prensa y la televisión colombianas han ido formando una imagen que, con el paso del tiempo, se ha ido arraigando en la sociedad, hasta convertirse en una cultura, en un modo de ser.

    Basta con mirar cuáles son las noticias más sobresalientes o las películas que logran mayor “rating”: las de asesinatos, violaciones, robos, infidelidades, contrabandos, narcotráfico. ¿Cuántas películas y series se le han dedicado a Pablo Escobar, el hombre que peores consecuencias le dejó a Colombia? ¿Por qué? Porque eso sube el “rating” y las ganancias.

    A nivel internacional, cuando arrestan alguna banda de asesinos o atracadores, entre ellos hay colombianos. Se dice que los mejores “gatilleros” son los colombianos. Y eso se publica. ¿Mensaje subliminal que deja?: “Son unos verracos”, casi ¡héroes!

    Quienes vivimos en Colombia sabemos que ellos son una minoría. ¿Pero, a qué se debe esa terrible imagen? A nuestra prensa y televisión, contagiadas de que todo vale por la plata. Todos sabemos que el narcotráfico es manejado por gente sin hígado, sin escrúpulos de ninguna clase, pero diariamente se les da publicidad a sus andanzas y riquezas. Puede que en esas publicaciones no se diga que son ideales imitables, pero a lo jóvenes eso les atrae.

    Seguramente los altos directivos de las agencias de publicidad y de las empresas de televisión están en contra del narcotráfico, de los asesinatos y demás, pero como el publicarlo les da dinero…no importa. Al fin y al cabo, “Todo por la plata”.

    La publicidad es una herramienta muy poderosa para crear imagen y cultura. Todo depende de cómo se utilice y qué tipo de emociones decida hacer vibrar.

    Lo cierto es que, hoy, Colombia es un país víctima de su propia publicidad.

    Luis Guillermo Arango Londoño

    Diciembre 9 de 2023

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    Corriendo el riesgo de no poder editar su improvisación durante la tertulia sobre este tema, Luis Guillermo Arango nos manifestó su gran aprendizaje de su vida de Jesuita. Con esta nueva entrega en vídeo, continuamos compartiendo con nuestros lectores las entregas individuales de nuestros compañeros sobre este tema tan personal de todos nosotros.

    Exjesuitas en tertulia- 7 de Septiembre, 2023
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    El evocador artículo enviado a nuestro blog por Chucho Ferro para el día del padre de este 2023, nos animó a muchos a escribir “cartas” inspiradas en nuestros padres, que venimos publicando aquí. Es el turno de Luis Guillermo Arango.

    Mi padre nació cuando apenas iniciaba el siglo XX, en un pueblo de Antioquia en donde abundaban las minas de oro. 

    Hijo único. Estudiaba Primaria en la escuela del lugar. Sobresalió por su habilidad para hacer cálculos aritméticos. Dejaba maravillado a todo el mundo, pues no necesitaba papel y lápiz. Muchos años después, cuando íbamos en carro a la finca que teníamos junto a San Antonio de Pereira, se daba gusto haciéndome sumar, restar y multiplicar durante todo el camino.

    Su padre tuvo un revés económico total y se vio obligado a migrar con su familia al pequeño pueblo de Santiago que se encuentra a la entrada del túnel de La Quiebra. Con dolor en el alma, tanto de sus padres como de él mismo, tuvo que abandonar sus estudios cuando cursaba el tercer año de primaria para iniciar su vida de trabajo y así ayudar a su casa.

    No se dio cuenta de que la Universidad de la Vida le estaba dando la oportunidad de iniciar la carrera hacia su doctorado en comercio. 

    Uno de los habitantes de Santiago que acogió a su familia le dijo un día a mi padre, que para ese momento tenía 10 años: 

    – “Guillermo, ¿Sabe sumar, restar, multiplicar y dividir? “ 

    – “Claro que sí, eso me gusta mucho”, le respondió. 

    – “Entonces, si le regalo este bulto de sal, ¿se le mide a revenderlo por cucharadas?”

    En más de una ocasión, mi padre me confesó que una de las más grandes alegrías de su vida fue cuando, al terminar las ventas de sal ese primer día, le pudo comprar a sus papás la comida de esa noche. Así, en la esquina de la plaza de Santiago, comenzó mi padre su carrera comercial. 

    No sé cuánto tiempo duró con las ventas de sal ni cómo fue evolucionando su actividad en las ventas. En 1965 tuve la oportunidad de viajar a Santiago. Vi a un señor ya mayor en la plaza y se me ocurrió preguntarle si había conocido a Guillermo Arango que había vivido allí hacía casi 50 años. De inmediato, me dijo: “¿A Guillermito, el niño que vendía cucharadas de sal allí en aquella esquina?, ¡Cómo no me voy a acordar!”.  Por supuesto, mi emoción fue enorme.

    En su trabajo, mi padre siempre se distinguió por su escrupulosa exactitud en sus cuentas. Prefería anticipar el pago de sus deudas sin dejarlas llegar al plazo pactado. Su palabra valía más que un documento escrito.

    Veló con amor por sus padres para que nunca les faltara nada. Cuando vio que podía sostener una familia, a los 31 años, se casó con mi madre, una jovencita de 20 años. Así fue creciendo, con una envidiable fe de carbonero, meticulosamente practicante, optimista, responsable, alegre. Su doctorado en comercio lo alcanzó cuando llegó a ser propietario de su propia agencia de telas. 

    A diario pedía morir “de repente y en tu gracia, Señor”.  Murió de un infarto fulminante.

    Luis Guillermo Arango Londoño

    Julio, 2023

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    Me encantó su actitud sincera de acogida a todos y a cada uno con sus diferencias particulares y opuestas entre sí y con lo que él mismo cree o piensa.

    Me llegaron hondo varias de sus respuestas. Entre todas, la que le dio a la que fue monja y hoy es no creyente. Qué respeto, qué cariño, qué comprensión. Le dijo: “No te quiero convencer. Te respeto. Sé tú misma. No seas esclava de ideologías. Sé coherente ente lo que pensás, lo que sentís y lo que hacés”

    Para mí, esa frase es fundamental para el verdadero amor y el auténtico respeto. Personalmente admiro más a quien está en permanente búsqueda, a quien, como dice Francisco, se atreve a ir a las fronteras, a arriesgarse a ser libre de ideologías, que a quien se abandona a la vida muelle de creer que ya todo lo sabe, que todo lo tiene solucionado, que se cree dueño de la única verdad verdadera y que a los demás los ve “con pesar por estar en el error” por el simple hecho de no pensar como él. 

    No entendí su argumento, según él, teológico, de que el hombre es para el Ministerio y la Mujer para la Maternidad.

    En síntesis, vi en el Papa a un verdadero Pastor.

    Luis Guillermo Arango Londoño

    Junio, 2023

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    Continúa Luis Guillermo hablándonos de grandes temas, a través de sencillos diálogos entre padre e hijo…

    Un fin de semana, cuando paseaban por la finca, José, estudiante de grado 11, le preguntó a Ignacio, su padre: 

    – Papá, ¿Qué es Dios? ¿Alguien lo ha visto? ¿Podemos llegar a él con nuestra razón?

    – Personalmente, le contestó Ignacio, creo que no podemos conocerlo por medio de la razón.

    – ¿Por qué estás tan seguro? 

    – Porque para que algo llegue a nuestra mente tiene que pasar primero por los sentidos. Y a Dios no lo podemos ver, ni oír, ni sentir.

    – ¿Cómo así? ¿No existe otra manera para conocer algo?

    – Sí, hijo. ¿A ti no te ha pasado a veces que experimentas algo de manera tan profunda que hasta te hace cambiar tu manera de obrar, sin que puedas probar con argumentos racionales la verdad de eso que te pasó? 

    – Sí, varias veces al mirar la maravilla de las estrellas, de los árboles, de los animales…

    – Exacto, esa es otra manera de conocer. Ahí has experimentado algo que no es racional, pero que es muy real, ¿no te parece? Ese es el único camino que yo veo para llegar a Dios sin deformarlo.

    – ¿Cómo así que sin deformarlo?, preguntó José.

    – Sencillo, le respondió Ignacio, cualquier cosa que digamos o pensemos de Dios por medio de la razón es un simple invento de nuestra imaginación. Y lo peor es que nos quedamos convencidos de que eso que imaginamos es la pura verdad. Esa creación humana, racional, la convertimos en Dios, que no viene a ser más que un ídolo.

    – ¿Un ídolo?

    – Sí, hijo. Incluso le colgamos una serie de adjetivos que no son más que simples proyecciones de lo que quisiéramos llegar a ser nosotros.

    – ¿Cómo cuáles?, preguntó, intrigado, José.

    – Como nosotros somos tan limitados en tantos campos, nos imaginamos que ese Dios es todo lo contrario, es decir, que debe saberlo todo, debe poderlo todo, debe estar en todas partes al mismo tiempo.

    – Pero, él sí es la máxima justicia, ¿o tampoco?

    – Qué bueno que pusiste ese ejemplo. ¿Qué es la justicia para la mayoría de la gente?, preguntó el papá.

    – Pues que el que la hace la paga, que tiene que haber castigo cuando se hace algo malo, respondió José.

    – Correcto, dijo Ignacio. Al imaginar a ese Dios, pensamos que debe ser justo por excelencia y, por lo tanto, decimos que es castigador y vengativo como nosotros; más aún, decimos que debemos desagraviarlo, como si fuera como nosotros, como si pudiéramos ofenderlo. Y lo que hacemos con esos razonamientos es crear un ídolo que termina siendo una simple caricatura de lo que es el ser humano o de lo que quisiéramos llegar a ser.

    – ¿Entonces?, preguntó intranquilo, José.

    – Por tratar de llegar a Dios por la razón, se han creado infinidad de ritos de adoración a ese Dios-ídolo, junto con toda una intrincada estructura jerárquica entre sus seguidores, según las diferentes religiones que han existido y existirán.

    – Papá, entonces, ¿tú no crees en Dios?

    – Claro que sí creo, hijo, pero no en ese Dios-ídolo. Yo también, como tú me dijiste hace un momento, he experimentado profundamente la presencia de “algo” que no sé definir, pero que lo percibo en mi propio ser y en las flores, en los árboles, en todos los seres del Universo. 

    – Ah, ¡con razón te gusta tanto la naturaleza!

    – Sí, hijo, a ese Dios, al que queremos conocer, no podemos llegar por la razón. Únicamente podemos experimentarlo, vivenciarlo en nuestro interior por lo que hace. A Dios no se le piensa ni se le capta con los sentidos, sino que se le experimenta. Todos los seres del universo, nosotros incluidos, somos energía. Esta es una realidad constatable, medible.

    – Esa energía de la que hablas, ¿es lo que yo he percibido al quedarme maravillado al ver las estrellas y los árboles?

    – Exacto. Personalmente siento esa energía como algo pujante, generador de vida, con una variedad casi infinita de manifestaciones diferentes entre sí. Todas ellas conforman un conjunto de tal magnitud y belleza que queda uno maravillado, extasiado. A ese “algo” del que te hablaba, lo experimento como Amor. No sé nada más. Solo vivencio que acompaña a cada ser, que está en cada ser.

    – Entonces, a ese “algo” que tú dices, ¿lo llamarías Amor?

    – Sí, hijo, con temor, debido a la cantidad de ídolos que hemos creado y de las tergiversaciones que se le han dado a la palabra Amor, a ese “algo” me tomo el atrevimiento de darle el nombre de Dios-Amor, que está en todas mis células y en las de cada ser de todo el universo. Por eso, sin necesitar razonamientos, digo que en Él vivimos, nos movemos y existimos.

    – Gracias, papá.

    Luis Guillermo Arango Londoño

    Febrero, 2023

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    Un sencillo diálogo entre un colegial y su padre -parte de lo escuchado por el hijo en una clase de ciencias de primaria-se va remontando hasta llegar a una conclusión que no se esperaba al comienzo del relato.

    Cuando Roberto llegó del trabajo a su casa, salió Miguel corriendo a su encuentro con los brazos abiertos y una amplia sonrisa que desbordaba enorme satisfacción, le gritó:

    ‒Papi, papi, ya sé de qué estamos hechos tú y yo.

    ‒¿Cómo así, Migue? ¿De qué me hablas? 

    ‒En la clase de ciencias de hoy en el colegio, nos contaron que en todas las cosas que existen en el mundo hay un montón de seres pequeñitos que se llaman elementos químicos y que, de todos esos, en nuestro cuerpo hay cuatro superimportantes, porque lo llenan casi por completo.

    ‒¿Cuáles son esos, Migue?

    ‒El oxígeno, que es como el mandamás, porque es del que más hay en el cuerpo: más de la mitad de nuestro cuerpo está compuesto de oxígeno. Luego, le siguen otros tres elementos: el carbono, el hidrógeno y el nitrógeno. Claro que tenemos otros elementos más, pero en menor cantidad.

    ‒Bueno, Migue, hoy descubriste algo y por eso estás tan contento, ¿no es así?

    ‒Saber eso no es lo que me tiene así, ‒le contestó. Es que imagínate que cada uno de esos elementos tiene una responsabilidad propia en mi cuerpo y nadie puede remplazarlo. Sin ellos, no puedo vivir. ¡Estoy vivo por ellos! Me los imagino como un ejército muy grande trabajando seguido y seguido para que tú, mi mamá y yo vivamos. ¿No te parece maravilloso?

    ‒Sí, hijo, tienes toda la razón ‒dijo Roberto. ¿Cómo hará cada uno de esos elementos para saber qué trabajo en concreto es el que debe realizar?

    ‒Pues imagino que cada uno tiene como un motor que le da la fuerza, que es como una energía que lo impulsa a actuar.

    ‒¡Qué bien, hijo!

    ‒Ah, papi, pero ese motor o energía del oxígeno seguro hace que necesite unirse con otros elementos, porque él solo no puede hacer casi nada.

     ‒Yo pienso lo mismo. De esa unión de fuerzas o de energías de los distintos elementos van resultando los diferentes seres que hay en el universo, ¿no te parece?

    ‒Uy, papi, entonces el universo entero es una energía que está dentro de todo lo que vemos.

    ‒Sí, así es ‒dijo el papá con emoción. Y te agradezco, porque me has hecho caer en la cuenta de que tú, tu mamá, yo y todo lo que vemos existe gracias a esa energía vital del universo.

    ‒Claro, papi. Entonces, ¿no crees que le debemos dar gracias todos los días a esa energía que nos da la vida? Y, se me acaba de ocurrir, ¿no será que esa energía vital es lo que llamamos Dios?

    Luis Guillermo Arango Londoño

    Febrero, 2023

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    En un relato anterior, Miguel le comentaba a su papá lo que había escuchado de parte del profesor Gustavo en la clase de ciencias naturales de primaria. Hoy, el inquieto muchacho utiliza el celular para llegar a los billones de células del organismo y sacar conclusiones sociales.

    Miguel se acercó otro día a su papá y le dijo:

    ‒Papi, hoy en la clase de ciencias el profe Gustavo nos pidió que buscáramos en Google del celular cuántos aparatos o sistemas funcionan en el cuerpo humano y que mañana le lleváramos un comentario sobre eso. 

    ‒¿Y qué encontraste, Migue?

    ‒Que son ocho. En este momento me acuerdo del respiratorio, el digestivo, el circulatorio, el nervioso y el reproductor.

    ‒Sí, añade el locomotor, que son los músculos y los huesos, y el urinario y el endocrino, que son una serie de glándulas en diferentes partes del cuerpo, con funciones delicadísimas e indispensables.

    ‒Sí, esos eran los otros aparatos que me faltaban.

    ‒¿Y qué fue lo que más te impresionó de lo que encontraste?

    ‒Pues, imagínate que entre todos esos ocho aparatos hay unos cincuenta billones de células. Cada una de ellas tiene una misión propia. Pero lo que me asombró es que, para poder cumplirla, se unen unas a otras como ella y entre todas van formando los distintos tejidos del cuerpo.

    ‒¡Qué maravilla!, Migue.

    ‒Pero es que ahí no para todo, papi.

    ‒¿Cómo así?

    ‒Es que los tejidos se organizan en unos como grupos o equipos distintos para trabajar juntos hasta que logran formar los diferentes órganos del cuerpo.

    ‒¿O sea que cada órgano de nuestro cuerpo existe gracias al trabajo y esfuerzo de cada célula unida a las demás?

    ‒Si, papi, y si no se unieran, no podríamos tener ni corazón, ni pulmones ni nada del cuerpo.

    ‒¡Qué buena estuvo hoy tu clase!, Migue.

    ‒Pero todavía falta lo más maravilloso, papi.

    ‒¿Aún más?

    ‒Sí. Es que cada uno de esos aparatos o sistemas del cuerpo no se sientan a creerse los muy muy, o los más importantes del cuerpo.

    ‒¿Y entonces?

    ‒Pues que todos se juntan y colaboran entre sí, cada uno entrega lo mejor de sí mismo para que el cuerpo completo pueda funcionar. ¿Te imaginas un corazón por ahí solo? No serviría para nada, se moriría enseguida.

    ‒Y qué comentario es el que piensas hacerle mañana al profe Gustavo?

    ‒Dos cosas, papi. La primera es que la vida de nuestro cuerpo solo es posible porque desde su célula más pequeña hasta sus aparatos o sistemas completos se unen y colaboran entre sí buscando el bien de todos. De lo contrario, moriríamos.

    ‒Y la segunda?

    ‒ Que nuestro cuerpo nos muestra instrucciones para nuestra propia vida. Que lo único que debemos hacer es leerlas y ponerlas en práctica. Si hiciéramos eso, no viviríamos peleando y matándonos entre nosotros mismos, solo por demostrar que somos los más importantes o los más poderosos.

    Luis Guillermo Arango Londoño

    Febrero, 2023

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    Esta historia real me la contó una persona que es amigo mío desde la infancia. Me llevó a reflexionar, no obstante la sencillez de su relato.

    Un día, Alberto le hizo dos preguntas a Juan: “¿a cuántas personas le debes agradecer hoy algo en concreto?” y “¿tienes algún tipo de relación con ellas?”.

    La respuesta a tu primera pregunta es muy fácil, le dijo Juan. Empezó a contar esas personas en los dedos de la mano: su esposa, su hija, sus dos hermanos, su empleada del servicio… ¡Ah!, y también dos amigos con los que había hablado ese día. 

    Reflexionaba y cada vez le costaba más trabajo encontrar otras personas a quienes agradecer.

    “¿Tienes alguna silla en tu casa?”, le preguntó Alberto. “Claro que sí”, le contestó Juan. “¿Te has sentado hoy en ella?”, indagó Alberto. “Sí, esta tarde. ¿Por qué?”, replicó Juan. Entonces, Alberto le hizo una pregunta que revolcó interiormente a Juan: “¿has pensado cuántas personas hicieron posible que hoy pudieras sentarte en esa silla?”.

    Juan nunca había pensado en ello. Por eso, Alberto empezó a enumerarle a Juan solo unas cuantas personas: “el carpintero que la hizo”, le dijo. “¡Correcto!, una persona más para añadir a mi cuenta”, apostilló Juan. “¿Una persona más?”, le dijo Alberto. “¿Dónde dejas a los padres de ese carpintero y a todos sus antepasados? ¿Quién sabe hasta cuántos años, siglos o milenios atrás habría que ir…?”.   

    “Ah, no, eso es llevar las cosas al extremo. Yo estaba haciendo cuentas de personas reales”, le replicó Juan, a lo que Alberto respondió: “pero es que si solo un individuo de los de esa extensa lista, a quien calificas como no real, no hubiera intervenido, no habrías podido disfrutar de tu descanso hoy en esa silla. Ese antepasado es tan real como tú mismo”. 

    “Ahora, sigamos con algo más”, continuó Alberto. “Piensa en el ascensor por el que subieron la silla hasta tu apartamento. Dedica un momento a pensar en los que lo construyeron e instalaron y en todos los que contribuyeron a la elaboración de cada uno de sus componentes…, hasta los más pequeños tornillos, y en los antepasados de todas esas personas. Si uno solo de ellos hubiera faltado, no habrías podido llegar a tu apartamento”. “Basta”, le dijo Juan a Alberto. “Es una cantidad infinita de individuos a quienes les debo el gusto de poder sentarme en mi silla. Y no las conozco ni me es posible siquiera lograr llegar a conocerlas”.

    En ese momento ‒me comentó mi amigo‒, la imaginación de Juan comenzó a dar vueltas y vueltas. Cada cosa que miraba: el techo de la habitación, la lámpara, la luz eléctrica que lo estaba iluminando en ese instante, sus manos (ahí vio a sus padres con toda su familia hacia atrás), cada bocado de comida que se había llevado a la boca (allí atisbó a los campesinos con sus cultivos, a los que hicieron los camiones que recogieron sus cosechas) y una larga fila de antepasados de cada uno de ellos…, hasta que llegó un momento en el cual Juan sintió que, dentro de él y frente a él, brotó una luz que fue ‒según dijo‒, como un resplandor de una intensidad tan brillante que le hizo percibir una infinita cantidad de personas y le hizo sentir también que era parte integral de toda la humanidad y que a todas ellas tenía que agradecerles. Más aún, que era parte integral de todo el universo. Una energía vital recorrió todo su cuerpo, según le comentó a Alberto. 

    “Ahora sí, le dijo Juan, respondo a tu segunda pregunta: gracias a todos y a todo el universo. Ese es mi tipo de relación con todos y cada uno de ellos: agradecimiento”,

    Y así, a partir de una sencilla silla, al mirar a las personas, a los objetos, a la naturaleza y al universo, Juan va cada día dándole gracias a todos y amando al universo en quien, según él, vive, se mueve y existe.

    Luis Guillermo Arango Londoño

    Febrero, 2023

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