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Jaime Escobar Fernandez

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Tan pronto se supo el tránsito del P. Múnera, recibí la llamada de un antiguo alumno de ambos en los ya lejanos tiempos de finales de 1963, en el Colegio San Francisco Javier de Pasto: “Se nos fue Taladro, mi profesor de inglés” me dijo sin mayor preámbulo. “Taladro” fue el apodo que le “colgó” la tradicional, ingenua y a la vez mordaz malicia del estudiantado pastuso de la época.

Pasto sería el punto del nuevo encuentro con el P. Alberto; el primero, fue quizás en el año 1959, cuando él estaba a punto de terminar su etapa de estudios humanísticos, y yo sometido a las “horcas caudinas” de mi precaria habilidad en el manejo del griego que junto con el latín era necesario dominar en “conditio ineludiblis” como señal manifiesta de la vocación a la Compañía de Jesús, según el P. Jaime Rojas Llorente, S.J. 

Por misteriosos designios de la Providencia o de la suerte, el latín y el griego serían después, no solamente mi nutrición intelectual, sino también fuente importante del sustento familiar.

El P. Múnera terminó siendo nuestro profesor de griego antiguo al final de su estancia en Santa Rosa y tanto él como Vasco me ayudaron muchísimo en mis luchas con el Pro Corona de Demóstenes en manos del P. Manuel Briceño, S.J. y el Edipo Rey de Sófocles, a cargo del P. Jaime Rojas Llorente, S.J. de admirado recuerdo para algunos y olvido agradecido para otros. 

Durante la etapa de formación en Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá, y hacia mitad del estudio de las humanidades clásicas, todos debíamos pronunciar durante el almuerzo comunitario un “sermón” en español y otro en latín; el P. Múnera quizás fué el único que también lo hizo en griego antiguo y, si mal no recuerdo, lo haría en su momento Carlos Eduardo Vasco.

Yo apenas emitía el débil destello de luz de estrella fugaz en las noches silenciosas de un cielo dominado por las constelaciones intelectuales  de la época: Guillo Hoyos, Jorge Aurelio Díaz, José Fdo. Ocampo (Josefo), Fabio Vélez, Gilberto Gómez, Ernesto Parra, Alberto Betancur, Hernando Bernal y me perdonarán los que ignore en este conteo. 

Durante alguna tutoría de griego a cargo de Múnera y quizás ante mis torpezas en el manejo del entramado Helénico, me dijo con acento de confidencia: ¿Por qué no se retira? 

Mi siguiente encuentro con Múnera por fortuna, no terminó en desencuentro. Hacia mediado de 1959 y en pleno auge de Radio Sutatenza, nos llevaron de paseo a las instalaciones de la emisora en Belencito. Quedamos extasiados y a la vez entusiasmados ante la posibilidad que nos ofrecieron de “producir” emisiones sobre temas culturales o religiosos, ámbitos en los que, en apariencia, nos movíamos con soltura.

La visita a Radio Sutatenza en Belencito fue algo así como el detonante de sueños, ensayos e intentos de convertirnos en “realizadores” y “apóstoles audiofónicos” henchidos de fervor misionero. 

Encabezó este élan vital del momento el P. Múnera, con el respaldo de varios entusiastas; entre otros, la memoria musical prodigiosa de Oscar Ramírez quien ubicó y seleccionó el tema musical del “cabezote y el remate” de las grabaciones en audio y los temas de las “cortinas” ubicadas de modo estratégico a lo largo de los parlamentos preparados con incipiente rigor en el arte de guiones para emisión radiofónica. 

Todo el sueño de acción en la emergente modalidad de apostolado se hundió con más pena que gloria ante la insalvable barrera de la “frecuencia” de la energía eléctrica  pues la de Santa Rosa funcionaba a 50 ciclos por segundo y la de Belencito a 60; esta diferencia en el “ciclaje” ocasiona que los audios grabados en 50 ciclos suenen en “cámara rápida” al reproducirlos en 60 ciclos y en 50 cps, la voz se escucharía en “cámara lenta”.

He sido curioso toda la vida y ante el inconveniente presentado con las “frecuencias” me puse a “escarbar” en algunos manuales de radioaficionados que encontré en el pequeño cubículo de la azotea donde funcionaba la estación de radio y allí las indicaciones para “salir al aire” con el aparato que armé utilizando partes entresacadas de cajas con sobrantes electrónicos que posiblemente quedaron luego del ensamble de la estación de radio.

Alberto Múnera estuvo pendiente de mis progresos en ese terreno y celebró mucho escuchar la música que yo transmitía desde la azotea del edificio hasta el máximo de alcance que fue la “vaquería”, un poco más arriba de la piscina. El “artilugio” fruto de mi ingenuidad novicia en electrónica fue bautizado por Múnera como “Jimy” y en ese momento me recuperé del amago aquel de “¿Por qué no te sales?”.

Siempre he tenido el pálpito casi en el nivel de convicción de que el “Jimy” aquél fue como “el grano de mostaza” del Evangelio que con el tiempo, llegaría a ser árbol frondoso, abrigo de aves migrantes, hogar de nuevas generaciones de trinos y “multisonoros” cantares a la manera del mar en boca de Homero y que ha devuelto a su “sembrador” tan abundantes frutos que en reciente nota necrológica mereció el reconocimiento de “Hombre de radio”. 

Me reencontré con el P. Múnera a finales del año 1963, cuando llegué al Colegio San Francisco Javier en Pasto. Mi bienvenida y la respectiva presentación al alumnado consistió en un partido de basketball  de profesores vs. alumnos, evento que se realizó en el patio principal, a la entrada del edificio, que funcionaba también como cancha múltiple. El primer piso alrededor del escenario, así como los corredores del segundo, estaban atestados de estudiantes seguidores de uno u otro equipo y el consabido griterío al ritmo de las variaciones del marcador. 

Por supuesto, si no hubiera sido por el P. Múnera la “muenda” que nos hubieran dado los profesores habría quedado en la historia del Javeriano. Me enteré luego que las habilidades basketbolísticas de Múnera, ya observadas en Santa Rosa y Chapinero, le venían de familia pues según contaban, uno de sus hermanos fue jugador profesional en ese deporte.

Perdí contacto con “taladro” durante muchos años, quizá por aquella terrible sentencia de Voltaire sobre los clérigos según la cual ellos “entran sin conocerse, viven sin amarse y mueren sin llorarse”. Yo había ingresado como profesor hora-cátedra del Griego Bíblico en la Facultad de Teología, “por obra y gracia” del P. Pedro Ortiz Valdivieso, S.J. 

Con el apoyo del P. Múnera empecé también a orientar el “Latín de la Vulgata” como llamaban a esa materia. Siempre afirmé y apliqué en la práctica que yo enseñaba latín y griego y no las gramáticas de esos idiomas. Es difícil cambiar paradigmas inveterados. Por allí se empezó a encubar mi salida por la puerta de atrás de esa Facultad.

Fueron tiempos difíciles los que corrieron durante mi paso por Teología a pesar del apoyo indeclinable del Decano, Múnera y del P. Ortiz, profesor de exégesis bíblica. Mi enfoque siempre consistió en dar inicio al estudio con la lectura del texto en voz alta; luego, enderezaba la dicción y el “fraseo” de las oraciones para después  descender a los aspectos gramaticales.

Mi calvario se inició en la Maestría; jesuitas argentinos casi que dominaban el auditorio y ante la negativa de algunos a leer en voz alta el prólogo del Evangelio de S. Mateo, decidí no tenerlos en cuenta para esa etapa de lectura en voz alta. 

El desastre final llegó en el curso de “Latín de la Vulgata”; en el grupo predominaban extranjeros que apenas podían sostener una conversación en español y debían aprender latín. En la última fila se acomodaba, en posición estratégica, el pequeño grupo de estudiantes jesuitas argentinos que en la evaluación me lapidaron sin piedad; algunos de los extranjeros me comentaron que “no se explicaban por qué me hacían la guerra”…

Los fracasos en el Griego Bíblico y el Latín de la Vulgata, incrementaron las muestras de afecto no solamente durante su ejercicio de la Decanatura y la docencia del P. Pedro Ortiz, S.J, antes de su muerte y Múnera durante el tiempo que presidió a mi salida de la docencia universitaria de griego antiguo y latín.

Durante mucho tiempo en el cumpleaños y Navidad de Múnera, le enviaba saludos en griego como muestras no solamente de colegaje sino de aprecio indeclinable por el apoyo que me brindó durante mis primeros pasos en griego antiguo; para sorpresa mía, siempre los contestó en español, realidad que entendía con dificultad pero siempre tuve clara la cercanía en la distancia de “Taladro”.

Jaime Escobar

Diciembre, 2025

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“Cuando un amigo se va
queda un espacio vacío
que no lo puede llenar
la llegada de otro amigo”

¡Se me fue “Luingui” el querido, respetado y entrañable amigo Luis Guillermo Arango Londoño! El corazón me quedó arrugado por la noticia inesperada de su partida y el abandono en que deja a sus familiares, amigos y conocidos. Toda transformación impacta, pero mucho más cuando le llega a personas que nos fueron afectas por muchos años y múltiples motivos como ésta que inspira mi conmovido “In Memoriam”.

Mi relación de aprecio hacia “Luingui” empezó muy tarde, a pesar de la convivencia más o menos cercana durante los años de formación y luego de larga pausa no en el afecto sino en la cercanía muy al final de su existencia; relación que mantuvimos mediante esporádicas conversaciones telefónicas y cruce de mensajes por correo. Pocos meses atrás habíamos pactado el reencuentro que debería haber tenido lugar en el próximo mes de octubre durante la breve estadía que tenía prevista para ese entonces en Medellín.

Mi vinculación más estrecha y tal vez el comienzo de la larga amistad silenciosa quizás tenga su origen durante los estudios de filosofía en Chapinero. Cursaba yo mi primer año de filosofía cuando Camilo Moncada me invitó a formar parte con Luis Guillermo y Jorge Julio Mejía del grupo que llamó Coetus oratoriae, pomposo nombre para resucitar aquellas tardes dominicales de “tonos” durante los años de noviciado.

El Coetus oratoriae se reunía todos los martes a la hora de la “siesta”, en la sala de juegos de la azotea de Chapinero, además de otros espacios y allí, por turnos, exponíamos ante los ojos escrutadores de los coetistas y durante media hora, el tema que con anterioridad establecía Camilo. 

El asunto propuesto implicaba dos condiciones “horribles”: debería ser desarrollado con originalidad y en estricto cumplimiento de los 30 minutos asignados a la exposición; en caso de fallar en el intento de cumplir dichas restricciones, la “víctima” debería arriesgar el segundo intento ocho días después. Varias veces tuvimos que pasar bajo esas “horcas caudinas” antes de recibir el placet ansiado.

Camilo Moncada partió a su etapa de magisterio y quedamos de “tres mosqueteros” Jorge Julio, Luis Guillermo y yo; nos constituimos en garantes de la permanencia de la iniciativa “Moncadiana” pues con puntualidad envidiable mantuvimos fidelidad hasta el momento en que apenas quedábamos J.J. y yo por la etapa de magisterio que empezaba Luis Guillermo y en nuestras manos murió la iniciativa de Camilo Moncada.

Quizás Rodolfo De Roux en una de sus entrevistas de Ultratumba, nos haga el favor de entrevistar a Camilo Moncada para escuchar de primera mano cuál era el objetivo de su Coetus oratoriae; por mi parte, tengo mis sospechas sobre el tema y creo que pudiera ser hipótesis plausible.

Durante los primeros años de la década de los 60, vivimos la “bonanza” de las “Misiones Populares” en Centro y Suramérica. Buscaban nuestros “misioneros ambulantes” que así se les llamaba, “presionar” la conversión de los pecadores con el desarrollo de este modelo elemental: 1. Énfasis en las “Postrimerías del hombre” -muerte, juicio, infierno y gloria- y 2. Enmarcados en oratorias de corte ciceroniano; esto es, hiperbólica, metafórica, ardiente y con destino a desbocar la sensibilidad de los oyentes. 

La palma del apostolado de la conversión para librarse de la condena eterna la enarbolaba con incontrastable liderazgo el P. Enrique Huelin, S.J. malagueño (1913-2008) que al menos en la Medellín de mitad del siglo pasado abrió surcos profundos y removió las conciencias en una ciudad todavía de rosario en familia y comunión diaria.

El accionar como “orador sagrado” del P. Huelin, S.J. retomaba y ampliaba el sendero trazado por dos ilustres y recordados misioneros populares de la década del 50 encabezados por los P. Gabriel Ospina, S.J. -El Machazo Ospina- y el P. José Luis Correa -El Religioso Correa- y eso sin tener en cuenta para el tema “oratorio” del que hacía gala el P. Francisco Javier Mejía, S.J. y su trabajo con movimientos sindicales. 

Reflexionando ahora sobre los vagos recuerdos de aquellas épocas ya remotas del Coetus oratoriae, y las intervenciones de Luis Guillermo entonces me parece advertir que ya se vislumbraba esa inquietud por explorar su interior, identificar sus sentimientos y encontrarle su confeso sentido “energético” que marcaba la reflexión en la madurez de su periplo vital.

La experiencia de “perder” la compañía y la amistad de viejos amigos queda bien definida, en mi caso, por la maestría poética de Alberto Cortez en su composición poético musical: “cuando un amigo se va / queda un espacio vacío / que no lo puede llenar / la llegada de otro amigo”.”

Jaime Escobar Fernández

Agosto, 2025

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Ac ne quis a nobis hoc ita dici forte miretur

Cicerón, Pro Archia poeta[1]

Jaime Escobar

Escribí este artículo hace algún tiempo, por la celebración de los 100 años del P. Briceño. Cuando fue promovido a la Subdirección de la Academia Colombiana de la Lengua, el Instituto Caro y Cuervo lo calificó como “Escritor, Ensayista, Historiador, Hagiógrafo, Crítico y Poeta”. Algunos de sus versos son evidencia de la delicada sensibilidad natural de su alma enriquecida con las numerosas lecturas de todo género. Así redactó parte de su auto retrato: 

Soy sacerdote, tengo algunos grados,
…He hecho sonetos –hasta bien rimados-
Soy la compañía de Loyola.
La musa que me inspira no es coqueta
Y ahora me salen con que soy poeta
Pero eso sí: ¡Por pura carambola!”.

Este mes de mayo me parece propicio para traer a primer plano la “devoción” de Briceño por la Virgen y por la amada Compañía de Jesús. 

¿Secretos? Intimos sí; jamás “non sanctos”. “Intimos”, en cuanto fueron resultado de la ardentía de su joven y fogoso corazón y del “matrimonio espiritual” que dirían los místicos; “secretos”, además, por lo poco divulgados que, de alguna manera los convierten en “sin manifestación pública”, de aquellos devaneos que le urgía la sublimación de lo femenino, jardín vedado por el voto de castidad. 

“Manolo”, expresión familiar entre propios y extraños, tuvo señalados amores de todos conocidos como aquellos de los clásicos griegos y latinos que divulgó en conferencias y cátedras; no así sus requiebros a la “Señora de sus pensamientos” a la que “coqueteó” sin descanso una y otra vez con expresiones siempre nuevas y caballerescas: “La Virgen Nuestra Señora”; “Busco una princesa que he visto pasar”; “Altísima Reina de toda hidalguía”.

Otro de los amores, apenas divulgado y poco fijo en la memoria de sus hermanos de comunidad, fue la Compañía de Jesús, a mi modo de ver también “sublimación” de lo femenino. En la “consolación” de sus 50 años de vida religiosa le hizo brotar desde lo más íntimo de su alma el emocionado reconocimiento: “Gracias, Dios mío, gracias, por tantos años llenos! / […] y la bondad sin límites [1] de vuestra Compañía”.

La “señora” de Ignacio de Loyola y de “Manolo”. “estaba luego embebido en pensar en ella dos y tres y 4 horas sin sentirlo, […] porque la señora no era de vulgar nobleza: no condesa, ni duquesa, mas era su estado más alto que ninguno destas[2].  Para “Manolo” fue la Virgen aquella “señora”; en sus poemas, la Virgen es la señora entre abundante galantería caballeresca: “Reina”, “Señora”, “Princesa”, “Soldados”, “Caballero”, “Hidalguía”: “Yo soy peregrino… soy un Caballero / Busco una Princesa que he visto al pasar! / busco una Princesa … Yo soy un trovero / que anda vagabundo porque quiere amar”.

El amor a “Nuestra Señora”. El P. José del Rey, S.J., discípulo de “Manolo” en algún momento y luego colega en investigaciones históricas, rescató, imprimió y distribuyó la litografía multicolor de la Virgen María, que se conoce como “La Reina de la Compañía” por cuanto a sus pies está Ignacio de Loyola y demás santos de la Orden. “Manolo” tuvo siempre tras la puerta de su despacho a “La Reina de la Compañía” y el cuadro refleja sus dos amores íntimos: “La Virgen Nuestra Señora” y la Compañía de Jesús. De paso, anoto que tengo la fortuna de poseer esa litografía presidiendo nuestro albergue familiar, luego de haber sido enmarcada a la altura de sus merecimientos[3].

En el poema “Regina Societatis Iesu” (Reina de la Compañía de Jesús) llama a su “señora”: “¡Altísima Reina de toda hidalguía, / Madre serenísima de mi Capitán! / […] Humilde soldado de tu Compañía / juré guardar siempre tu Soberanía / ¡Altísima Reina de toda Hidalguía, / Madre Serenísima de mi Capitán”![4].

Otro poema “Reina de la Paz”, [5] están encabezado por los anagramas DMLTVS-MVSSITIM que, en su orden, podrían significar Da Mihi Lucem Tuam Virgo Maria (Ilumíname Virgen María) y el segundo, Maria Virgo Sanctissima Sine Invocare Tua Merita (María Virgen Santísima Permite Invocar Tus Merecimientos). ¿Serían necesarios más testimonios?.

Cuando “Manolo” sale del Hospital luego de su primer infarto, se dirige con la mayor familiaridad a su señora: “Te doy gracias, Señora, por la vida, / Te doy gracias, Señora, por la muerte: / Por esa mano de bondad tendida / Y por aquella invitación a verte” que pudo atender varios años después cuando se unió a la señora al morir mientras asistía a la celebración del V Centenario de la Gramática de Lebrija en España.

El amor a la Compañía. No fue “Manolo” destacado panegirista de la Compañía, al menos en público; “Los Jesuítas en el Magdalena. Historia de una misión” es apenas un elogio indirecto de los avatares y sacrificios de sus hermanos en religión, en aquellos tiempos con dificultades hoy apenas comprensibles; otras son las fuentes que dejan en evidencia el afecto por su comunidad y las encontramos en poemas y escritos que encabeza o cierra con los anagramas IHS, AMDG, marcas de genuina ignacianidad.

Dejó “Manolo” poemas de claro afecto agradecido, euforia desbordada, confesión manifiesta y orgullosa de pertenecer a la Compañía de Jesús: los 50 años de jesuita le inspiraron el soneto en el que se confiesa “Humilde soldado de tu Compañía” y en otro que califica de “autorretrato”, proclama: “soy de la Compañía de Loyola”; en los primeros versos (marzo de 1937) ante el “Cristo de mis votos” promete: “¡Mi Cristo y mi Sotana! Sed de cierto / -que para siempre formareis mi herencia- / testigos mudos de que el mundo ha muerto”. La ola de jesuitas que se ofrecían y eran admitidos como misioneros en el extranjero le inspiraron aquel manifiesto: “¡Jesuítas, hurra, alerta / que a guerra llamando están/[…] ¡Jesuitas! ¡Sin trinchera! / Luchar es vuestra misión / ¡Atentos! Que el Papa espera / Su “caballería ligera” / Al frente del batallón”[6].

Al estilo epigráfico latino. Varios escritos de “Manolo” están encabezados o clausurados con los anagramas IHS, AMDG, BMV, DMLTVS – MVSSITIM, individuales, apareados o acumulados, al parecer, de acuerdo con la importancia o la dificultad del tema que estaba trabajando. Aliento la esperanza de que algún acucioso explorador de archivos buceara en el Fondo Manuel Briceño Jáuregui, S.J. del Archivo Histórico Javeriano Juan Manuel Pacheco, S.J. de la Universidad Javeriana de Bogotá desentrañe y saque a luz las riquezas humanas y espirituales de Briceño.

Los anagramas “regados” por la mayoría de escritos, algunos originales con destino a la publicación y otros no, me antoja interpretarlos como claro afán de encontrar refugio protector a su intimidad riquísima y por lo mismo difícil pero reflejada en abundancia a lo largo de todos sus escritos y en especial, de su obra poética. 

Conservemos la esperanza de que algún día aparezca ese “Aladino” que alumbre todos los hasta ahora ocultos significados de la obra poética “briceñesca” pues de la prosa ya hay bastante claridad; de la poética no tanto. Esta “Trinidad”, bendita S.A.R. es la síntesis del P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J. Sacerdote, Académico y Religioso.


Jaime Escobar

Mayo, 2025

[1] Todos los poemas acá evocados se encuentran en el Fondo P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J. en el Archivo Histórico P. Juan Manuel Pacheco, S.J. de la Universidad Javeriana.

[2] Autobiografía no. 6 (ad finem). Fuente: www.jesuitasdeloyola.org/imgx/textos/autobiografia. Consultado el 03-08.2017.

[3] Ver la imagen al final.

[4] Original en el Fondo P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J.

[5] Recibe el nombre de ANAGRAMA la palabra que resulte de juntar las primeras letras de los vocablos que conforman la frase.

[6] Los originales de todos estos poemas reposan en el Fondo P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J.


[1] M. Tullius Cicero, pro Archia Poeta. Oratio ad Iudices, 1. 12-13, Ed. James S. Reid, Cambridge: At University Press, 1938. Traducción directa: “para que a ninguno de ustedes cause asombro esto que he dicho”.

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los maestros protegen e imponen la 
memoria, madre de las musas
“Lecciones de los Maestros”
George Steiner (Ed. Ciruela, 2004, p.143)

Tengo el presentimiento infundado de que quizás quedemos en vida pocos alumnos de “Rojitas” y su “magia” para ir explicando palabra por palabra, línea por línea, estásimo tras estásimo, coro tras coro, el Edipo Rey de Sófocles; todo ello, en los lejanos tiempos de Santa Rosa de Viterbo -Boyacá- al finalizar la década de los 50 y comenzar la de los 60. 

Generaciones posteriores a esos tiempos de maravilla no vivieron la experiencia o apenas les compartieron el testimonio respetuoso y agradecido por la aventura del trabajo intelectual con un Edipo Rey o una Eneida guiados por el talento y la didáctica magistral del P. Jaime Rojas Llorente. Rescato del desconocimiento o del olvido el accionar de esa figura menudita llena de vitalidad dentro y fuera del aula de clase. 

Corrieron  65 años antes de que uno de los discípulos del “Rojitas” de ese entonces,  Humberto Jaramillo Botero, acudiera al llamado para reincorporarse a la Universidad Javeriana de Cali, con el encargo de orientar el estudio y análisis de Edipo Rey en suplencia temporal del docente a cargo de esa cátedra de griego en el área de humanidades; en Humberto se prolonga, muchos años después, el legado del P. Jaime Rojas Llorente, S.J..

“Mi personaje inolvidable” preparaba con rigurosidad su materia. Gracias al “espíritu de recogimiento” que ha caracterizado al P. Fabio Ramírez, S.J. se conservan los cuadernos “Norma” en los que “el Maestro” registraba con pulida caligrafía cada una de las palabras del texto y en ocasiones su “adiuncta” o notas complementarias. 

Llegaba el P. Rojas al salón de clase “armado” con vara de madera ordenada al H. Vega, en la carpintería de la Casa de Formación; el dichoso adminículo era similar en forma y tamaño al de un “taco de billar”; podría calificarse este “apoyo didáctico” como especie de “arma cortopunzante” por extensión y por capacidad “punitiva” orientada directamente a la “víctima” que acababa de cometer algún “pecado” de pronunciación, olvidos en el “pensum” diario en los textos que debía aprenderse de memoria, cuya dificultad para fijarlo en el recuerdo solía estar en el “endiablado hipérbaton” exigido por las restricciones métricas de los hexámetros solemnes de la tragedia griega.

La mayoría de las veces cumplía su función esa especie de “rayo de la muerte” que era la dichosa vara divinamente lustrada con el “tapón” a la usanza de la época, barniz que no era más que la preparación obtenida al disolver escamas de goma laca en alcohol industrial. Con la venia del lector, inserto el rito de “taponar” la madera.

¿Cómo se aplicaba el “tapón”? Se esparcía el “preparado autóctono” regido por el “modo ancestral” de utilizarlo mediante “muñetón” -pequeña bolsa de trapos viejos- que una vez empapado con el barniz, se aplicaba mediante paciente ir y venir sobre el objeto en cuestión -de preferencia en día soleado- y que va dejando esa delgada película brillante, engalanadora, del objeto sometido a este tratamiento.

No es concebible el P. Jaime Rojas sin la compañía en el aula de clase de la temida vara en forma de taco de billar que alternaba de mano según la necesidad del momento y en ocasiones la asía con ambas manos en el extremo superior mientras con el cuerpo doblegado y la mirada por encima del aro de los anteojos, encaraba al “pecador” con la terrible sentencia:  ¡“pero hermaniiiito”!.

A finales de los años 50 y comienzos de los 60, la Casa de Formación de Santa Rosa de Viterbo alcanzó su cúspide de calidad académica para la formación en Humanidades Clásicas de los jóvenes jesuitas. El P. José Del Rey Fajardo, S.J. notabilísimo historiador nuestro, se benefició de esa “edad de oro” y “tamquam auctoritatem habens” afirmaba que los estudios humanísticos de ese entones no desmerecían de sus pares en Oxford o Cambridge. 

Me he preguntado muchas veces qué pudo haber originado el esplendor de las Humanidades Clásicas en Santa Rosa y creo haber encontrado al menos respuesta parcial en la feliz coincidencia en aquellos tiempos de una “trinidad bendita” en la academia con sus respectivos Padre, Hijo y Espíritu Santo. Me explicaré.

Manuel Briceño, Tulio Aristizábal y Jaime Rojas estaban a cargo de la escena. Mientras “Rojitas” se enfrentaba a Sófocles y su Edipo Rey, Briceño hacía lo propio con el Demóstenes de “Pro corona”; Tulio “armado de diapositivas” se adentraba tanto en el Arte Griego como en el universal. Para el año siguiente, Rojitas tocaba el eslabón del “Arma virumque cano” para abrir ese “santuario” de la cultura occidental que lo era La Eneida de Virgilio; Briceño por su parte, se deleitaba con Horacio y su “nunc est bibendum; nunc pede libero pulsanda tellus […] tempus era dapibus, sodalis” (Od. I, 37), mientras Tulio discurría por la historia universal, las artes y la música.

Briceño, Aristizábal y Rojas, cada uno a su manera, debieron enfrentarse al problema que significaba no ser inferior ni por conocimientos ni por habilidad didáctica con la que Briceño y Aristizábal hacían inolvidables cada una de sus clases. De Manolo quedan sus apuntes sobre Horacio, pródigos en notas al margen y adiciones; de Rojitas quedan sus apuntes de Edipo Rey y una muestra de los mismos estarán al final de este texto pulsando el PDF; de Tulio ignoro a dónde fue a parar su nutrida biblioteca de arte e inconmensurable colección de transparencias.

Empezando la década de los 60, aquella “Alejandría” quedó herida de muerte con el “cierre” de la Casa de formación en Santa Rosa. Manuel Briceño fue a parar a la Academia de la Lengua; Tulio Aristizábal a la facultad de Arquitectura de la Javeriana y Jaime Rojas a Barrancabermeja como Prefecto de disciplina del Seminario Diocesano desde 1961, luego su Rector en 1969; moriría el P. Jaime, en Bogotá un 21 de septiembre de 1975 quizás en el olvido de su glorioso pasado como helenista sobresaliente. 

Jaime Escobar Fernández

Abril, 2025

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 Nota de la producción: Por un error olvidamos publicar este documento al comienzo del año y “se quedó en el tintero” … Gracias a su autor y su gran memoria, lo recuperamos hoy, pues bien que lo merece aunque no sea el comienzo del año.

 Tenía la muy sana intención de corresponder a la gentil invitación de Darío Gamboa para compartir la evaluación personal de logros durante el año inmediatamente anterior, así como los sanos propósitos para el año 2025 que apenas comienza; nefasto imprevisto me privó de la presencia física en la tertulia, pero el registro de la sesión que con puntualidad londinense nos comparte Darío me permitió admirar y admirarme de los testimonios aportados por los contertulios. El recorrido por la grabación de los participantes me motivó a compartir, aunque sea de modo tardío, mis sentimientos en “este año que ya pasó y el nuevo que llega”.

          A mediados del siglo pasado, en el colegio de S. Ignacio de Medellín estudiábamos español en los textos del P. Félix Restrepo, S.J. que, con acierto, desarrolló el tema basándose en el enfoque de “El castellano en los clásicos”; allí memorizamos aquellos versos “Grandes autores contaron / que en el país de los ceros / el uno y el dos entraron / y desde luego trataron, / de medrar y hacer dinero”. Reservemos el 2 para identificar el lenguaje binario del 1 y el 0 que están en la raíz misma de la informática que ha medrado y hecho dinero sin cuento en menos de un siglo.

          Vida y Muerte es también el “lenguaje binario” de la existencia humana y fuente de inesperados desarrollos en la conducta humana en general y en la mía en particular, tal como lo comparto con la venia de todos cuantos tengan la generosidad de acercarse a husmear mi pasado.

          Del 2024 rescato dos hechos que me llegan muy hondo en el acontecer rutinario de estos últimos 365 días: mi cumpleaños número 86 el día de la fiesta de S. Francisco Javier, aniversario de mi Ordenación Sacerdotal con garantía de “imprimir carácter”, y la celebración de los 50 años de matrimonio el pasado 29 de diciembre, fiesta de la Sagrada Familia, también con la promesa de “La Gracia de Estado”, conceptos teológicos en los que puedo dar testimonio de pleno cumplimiento.

          Cumplir años y más cuando la cuenta va acentuando el deterioro físico, es ampliamente compensado por el afecto de amigos y conocidos que se hacen presentes y rejuvenecen al cumpleañero con felices augurios para lo que reste de vida y las promesas de mimo y cariños que llegan de todas partes el “día de los hechos”. Agradezco los mensajes que recibí en mi cumpleaños 86, en diciembre pasado; ése es mi primer importante acontecer del año anterior.

          De especial recordación es la celebración familiar de los 50 años de matrimonio con Aurora, la mujer que no busqué; la atravesó la Divina Providencia en mi camino y que como su nombre lo anuncia, significó en mi vida de recién “reducido al estado laical” la promesa de días luminosos; Homero la llamó de “rosados brazos” a la aurora y mi compañera de camino cada día me hace cantar como José Alfredo Jiménez: “Amanecí otra vez entre tus brazos / y desperté llorando, de alegría; / me cobijé la cara, con tus manos / para seguirte amando, todavía”.

          Intima fue la ceremonia del aniversario como íntimo fue el matrimonio, pues cuando llevé a la arquidiócesis el “restricto” correspondiente, monseñor Sarmiento Angulo, canciller de la época, me conminó, en tono papal, que el matrimonio tenía que celebrarse en estricta intimidad y mantenerme lejos de los lugares donde había sido visto como sacerdote.

          En el apartamento de una cuñada, Esperanza, en las Torres Jiménez de Quesada en el centro de Bogotá y teniendo como testigos al P. Antonio Gómez Caycedo, S.J y a la misma dueña del apartamento, el P. Javier Osuna, S.J. presenció nuestro compromiso y lo ratificó con su bendición y con la Eucaristía subsiguiente. El P. Osuna fue clave en mi proceso ante la Santa Sede, pues gracias a sus contactos con personalidades claves en la Curia Romana, el proceso fue en extremo rápido.

          Eses es el componente “Vida”, en el enfoque binario Vida-Muerte; comparto ahora el aspecto “Muerte” por estar cada vez más cercana. Me es difícil expresar mis sentimientos en este campo y por ello renuncio a mis propias palabras y me pongo en manos de los poetas que saben expresar en palabras las honduras del sentimiento humano. 

        La ya avanzada edad me ha vuelto más sentimental y “llorón” que nunca, terreno fértil en lágrimas por la partida de jesuitas muy queridos, de exjesuitas o de sus hermanos por igual y la mayoría de ellos más jóvenes que yo. Que el primer treno que salga sea de la voz autorizada de León de Greiff: “Señora Muerte que se va llevando todo lo bueno que en nosotros topa… / Solos, -en un rincón- vamos quedando / los demás… gente mísera de tropa”.

          Ernesto Noboa y Caamaño en su Aria de Olvido, refleja bien los sentimientos que me van floreciendo a mis 86 años: “Mi corazón es como un cementerio / que pueblan las cruces de lo que he perdido… / ¡Lo que no ha sepultado el Misterio, / va teniendo que hacerlo el Olvido! // Fraternal cariño que hoy se pudre inerte, / ternuras lejanas, pasión extinguida; / a los unos los segó la Muerte, / a los otros… los mató la Vida. […] Mi alma está poblada como un cementerio / con las negras cruces de lo que he perdido; /

¡Lo que no ha sepultado el Misterio, / va enterrando, piadoso, el Olvido”!

          Al atardecer de la vida escucho nítido el eco de los sentimientos que embargaron al P. Emilio Arango, S.J. quizás el mejor superior que haya tenido la Provincia: “Ábreme una fosa buen sepulturero. / Si vienes tú sólo, Padre, ¿Para quién? / Ya muere la tarde, cávala en silencio / y no me preguntes, hijo, ¿para qué”?

          Tal el inventario luctuoso del acápite “Muerte” en la “Evaluación” del año corrido pero ¿cuál el propósito para el 2025? Mi opción ante el porvenir también la encomiendo a esos hijos predilectos de la Divina Erato que inspira y corona de rosas a sus protegidos.

         El propósito para el 2025 también está en préstamo: ¡Muerte, hemos de conversar todos los días”! No de otra manera podré atender con la dignidad que se merece la visita de aquella ¡“Señora la muerte que estás meditando / en la noche negra, la mano en la sien/ ¡Hace mucho tiempo te estoy esperando / divina enlutada de ojos que no ven”!

          Si bien se trata de propósitos bastante luctuoso, busco la fuerza que me ofrece Miguel Hernández para confesar que: ¿“Morir?… ¿Podré resistir / tamaño acontecimiento, / o moriré en el momento / en que me vaya a morir / de pena y de sentimiento? // ¡Morir!, ¡Morir!… No quisiera / morir para siempre, no… / ¡Espérate, muerte!, ¡Espera! / ¡Y déjame que me muera / cuando te lo pida yo! / […] Sea, Señor, cuando quiera / tu poder: a él me sujeto. /  ¡Si toda mi vida espera, / alerta, mi calavera / apoyada en mi esqueleto”!

          Mi propósito para el 2025 está alentado por esperanzas que animó al palmirano Ricardo Nieto: ¡“Señor, cuando Tú quieras!… ¿Adónde irá la nave? / Lo ignoro, ¡mas tus brazos abiertos siempre están! / […] ¿A dónde? ¿A la lejana estrella que titila / en el espacio inmenso?… Al sur o al septentrión? No sé, mas mi esperanza en ti se halla tranquila; / yo sé que he de encontrarte / en medio de la nube o en la constelación”.

Jaime Escobar Fernández

Enero, 2025

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El jueves 6 de marzo tuvimos la idea de volver a encontrarnos para compartir un momento poético como el primero que tuvimos el año pasado. La particularidad fue que propusimos sacar algunos poemas del “baúl de los recuerdos” y nos llevamos muchas buenas sorpresas. En este blog iremos publicando a quienes en algún momento “cometieron” poesía, para el placer de todos. Jaime envió muy pronto su contribución pero no pudo acompañarnos y pidió que leyéramos alguno, pero lo olvidamos. Aquí están para nuestros lectores en su totalidad.

POEMAS INOLVIDABLES
ANTOLOGIA MINIMA
(DE COSECHA PROPIA)


TARDES
Jaime Escobar Fernandez, S.J.
El Ocaso
Enero de 1958

El humo blanco del caserío
En espirales voluble avanza
Y entre peñazscos, sonoro. lanza
Su estrepitoso caudal el río.

Vierte la tarde sobre el plantío
Fulgores rojos en lontananza.
Tornan los bueyes de su labranza
Al grave paso de viejo hastío.

Se oye un silbato doliente y seco
Que multiplica, jugando, el eco
Bajo la tarde multicolora,

Cuando en los cerros, ante el paisaje,
-como rindiéndole vallasaje-
Ruge la hirviente locomotora...



EL ANGELUS
Jaime Escobar Fernandez, S.J.
San Claver -Santandercito-
Enero de 1961

Plegaria humilde de sencilla gente,
oración de celeste melodía
que sobre el valle, cuando muere el día,
prolonga la campana suavemente.

El pobre, el rico, el corazón doliente
elevan su plegaria hasta María
y se escucha su grata sinfonía
al declinar el sol en occidente.

Oración de la tarde silenciosa
que dispersa la torre campesina
como pétalos blancos de una rosa

Y ya cuando la noche se avecina
por vigilar la oscuridad medrosa
monta guardia un lucero en la col


-POEMAS DE COSECHA FAMILIAR-
MONS. RODRIGO MEJIA SALDARRIAGA, S.J

VIRGEN
La virgen garza
Con tayo debil
Fresco lirio de mayo floreció en la playa.
En puntillas
Se acercó silenciosa hasta la orilla
Y en la arena mojada
Sus dos plantas
Esculpieron estrellas vespertinas.
Inclinose su cuello
Como un bejuco que acaricia el agua
Mientras la brisa
El Angelus rezaba con las ranas...
Modesta y pura
Cual Arcángel, en cruz abrió las alas;
Desplegó su vestido
Sin costura
Y ascendió al cielo
Como asciende blanca
La joven alma de la virgen tumba.

PEREGRINA

Señora de sonrisa campesina,
Sobre las andas de la fe sincera
Recorres entre cantos la pradera,
Pastorcita del campo, peregrina

Trocaste en viejo tul la percalina,
La orquídea en silvestre enredadera
Y al ver surgir la cruz en cada era
Fue tu llanto la lluvia cantarina.

Cuando pisas el polvo del sendero
Desgrana un pañolon de negra seda
Las cuentas de un rosario montañero

Y si te alejas, tu recuerdo queda
Como el perfume que esparció el romero
Mirándote subir por la vereda...


-POEMAS DE COSECHA EN OTRO HUERTO-

PIU AVANTI
Pedro Bonifacio Palacios
Aregentino

No te des por vencido ni aun vencido;
No te sientas esclavo ni aun esclavo;
Trémulo de pavor, siénte bravo
Y arremete feroz ya mal herido

Ten el tesón del clavo enmohecido
Que ya viejo y rüin vuelve a ser clavo;
No la cobarde intrepidez del pavo
Que amaina su plumaje al primer ruido.

Procede como Dios que nunca llora
O como Lucifer que nunca reza
O como el robledal que en su grandeza

Necesita del agua y no la implora.
Que muerda y vocifere vengadora
Ya rodando en el polvo tu cabeza.


JEUNEUSSE
Ricardo Nieto

Juventud. ¿Ya te vas? En tus altares
Donde Eros muestra su perfil divino,
Vertí una copa de sangriento vino
Perfumado con rosas y azahares.

Juentud, ¿Ya te vas? Tras los pinares
Palidece el lucero matutino
Y en las hondas cañadas del camino
Agoniza el rumor de tus cantares

Estréchame en tus brazos, alma mía,
¡No te vayas aún! Queda una copa
De Falerno en la mesa, todavía.

Con tu clámide azul mi frente arropa
Embriaguémonos juntos de ambrosía
Y al alejarte tú, ¡Rompe la copa!




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Con más frecuencia de lo deseable, escuchamos en las noticias, contemplamos en los noticieros e incluso, registran los medios escritos, que determinada comunidad sin techo o tierra, en algún punto de la geografía nacional, resuelve tomar posesión de predios que en apariencia están abandonados o al menos sin propietario o sin cuidados manifiestos.

Siempre tuvimos la sensación de que, si bien el asunto daba voces de alerta, poco o nada nos preocupaba porque al parecer, no habría posibilidad alguna de que el fenómeno de “invasión de terrenos” afectara el predio familiar a catorce kilómetros antes de la cabecera municipal de Pacho, en una de sus veredas que se conoce con el nombre de La Cabrera, otrora zona de influencia de Rodríguez Gacha[1] y ahora convertida en paraíso terrenal por gracia y virtud de moradores de trabajo incansable, emprendedores de trato amigable que han establecido cierta cultura de respeto por lo ajeno y afecto por el terruño..

De seis meses a esta parte, nuestra heredad ha sido, sin consentimiento nuestro, invadida por una comunidad advenediza, un enjambre de abejas de la especie denominada “sin aguijón”, una de cuyas ramas es conocida como “abejitas del café” o también, “abejitas del naranjo”.

Tal como suele suceder por parecidas vías de hecho en predios del país, llegó nutrida comunidad de abejas sin aguijón hasta la canasta de orquídeas que pende del techo, en el porche, a la entrada de la casa; allí cuidamos la especie conocida como “banderita” (Masdevalia). Con la mayor tranquilidad, las “invasoras” empezaron a armar su cambuche al abrigo generoso de una muy fértil y prometedora orquídea a la espera, a veces eterna, de floración generosa.

La comunidad “invasora” fue tomando cada vez más terreno hasta el punto de adueñarse  de casi toda la canasta y la orquídea empezó a manifestar deterioro suficiente como para tomar la decisión de ofrecerles, a quienes se ubicaron sin permiso, habitación aunque fuera provisional para evitar su ruina definitiva.

Hemos desarrollado buenas relaciones con vecinos y colaboradores en el entorno predial; uno de ellos que observó el estado ruinoso de la orquídea, al día siguiente se apareció con una pequeña caja cuadrada de madera de unos 20 cm de lado y otro tanto de altura que había fabricado la tarde anterior y ayudó con el “desalojo” de la comunidad que manifestaba su inconformidad invadiendo cabeza y manos de los intrusos con leves mordiscos, por no tener aguijón para defenderse; inesperado ejemplo de cómo recurrir a medios “disuasivos no violentos” en conflictos con agentes externos a la comunidad; de poco sirvió su “defensa” pues continuamos con el procedimiento, quedando advertidos para futuras intervenciones.

La recién llegada comunidad al predio familiar quedó instalada en su nueva “casa de interés social” y pronto pudimos observar que las “invasoras” ya con el consentimiento de los dueños del predio familiar, construyeron la puerta de entrada a la nueva mansión  valiéndose de cera elaborada por ellas misas y diseñaron la puerta de acceso con dicho material para dejar ingreso por la pequeña abertura en forma ovalada que según parece, originó que en otros lugares las bautizaran como abejas “boqu´e sapo”. 

Decidimos, entonces, hacerle seguimiento a las nuevas vecinas y ello nos permitió identificar varios rasgos de su “modus vivendi”, su “tradición ancestral”, su “hábitat”, su “cultura” o como quiera llamarse a la presencia y actividad de estas colonias de laboriosas polinizadoras de la vegetación circundante. 

Los investigadores brasileños llevan la delantera en el estudio del comportamiento de las abejas sin aguijón y el Instituto Humboldt en Colombia identificó en 2020, al parecer en forma preliminar, 120 especies “nativas” de abejas sin aguijón y 40 de ellas estaban a cargo de 175 cultores de esa especie.

La observación permanente de nuestras “abejas nativas” nos está aportando valiosas enseñanzas sobre el manejo del medio ambiente y la forma como ellas, a la vez que se benefician de la vegetación circundante, devuelven a la misma la simiente necesaria para sobrevivir y multiplicarse en ciclos incansables de vida y muerte.

Puede que no se acomode del todo a mis “señoritas” que también les llaman así, pero me viene a la memoria el poema de Enrique Álvarez Henao a la abeja con aguijón; los dos primer cuartetos del poema en forma de soneto nos enteran del modo de pensar el vate bogotano cuya casa quedaba junto al actual templo de S. Francisco en el centro de la capital.

Miniatura del bosque soberano

Y consentida del vergel y el viento;

Los campos cruza en busca del sustento

Sin perder nunca el colmenar lejano.

De aquí a la cumbre, de la cumbre al llano

Siempre en ágil constante movimiento;

Va y torna cual lo hace el pensamiento

En la colmena del cerebro humano.

Nuestras nuevas vecinas establecen en donde lleguen, parámetros de convivencia social muy definidos porque son comunidades grandes que no pueden subsistir sin “orden perfecto” manifestado en procedimientos tan bien calculados que podrían convertirse en paradigmas y propuestas de comportamientos deseables para cualquier comunidad humana.

  1. Son comunidades numerosas porque necesitan de ellas para sobrevivir.
  2. Identidad. Todas las abejas sin aguijón gozan de “registro civil” en el que figuran como   paratrigona paltata debiéndose añadir que son miembros destacados de esa mancomunidad de 120 especies registradas en Colombia en el año 2020.
  3. Mejoran sus viviendas. En posesión de su nueva mansión, se dedicaron a cerrarla por completo, no solamente para librarla de curiosos indeseables, sino también para mantener la temperatura interior, de mucha importancia para ellas.
  4. Sociedades complejas. Hormigueros, enjambres y avisperos albergan sociedades numerosas con alto grado de organización comunitaria.
  5. Conviven por virtud de un “orden justo”. Del “orden” surge la organización avanzada en estos reinos de los himenópteros.
  6. Organización avanzada. La distribución de tareas y responsabilidades comunales se da como si se enmarcaran en las líneas estructurantes de cualquier organigrama.
  7. Tienen jerarquías internas sin exclusión. Sin jerarquías parecería que la organización se hace inviable; abejas, hormigas y avispas las establecen con precisión.
  8. Respeto mutuo. Sin respeto no solamente desaparecen las jerarquías, sino que se destruye la convivencia social.
  9. La distribución del trabajo. La asignación de tareas y responsabilidades de estricto e irrenunciable cumplimiento sustentan la jerarquía y el respeto en las sociedades complejas. Se vuelven realidad las utopías en la naturaleza. 
  10. Laboriosidad. “Manual de funciones” y “jerarquía” es la condición principal en el emprendimiento de la acción. Nuestras “señoritas” vecinas, abren la puerta de su casa hacia las 8 de la mañana y la vuelven a cerrar al atardecer; trabajan de sol a sol.
  11. Se nutren del medio ambiente. Abejas, avispas y hormigas se nutren de la naturaleza que prospera en su entorno con la ventaja de que no la destruyen
  12. No depredan. Pareciera que los productores de agroquímicos nunca se asomaran a la naturaleza para diseñar “operaciones rastrillo”; sólo hasta años recientes y todavía con timidez se explora el recurso a “expoliadores” naturales que, viviendo los unos de los otros, cumplen con el ciclo de vida natural de los seres vivos. 
  13. Extractivas y retributivas. El accionar de este reino inmenso de los himenópteros es de naturaleza “extractiva”, pero retribuye los efectos de su trabajo con las bendiciones de la polinización que mantiene vivo el medio ambiente.
  14. Diligentes en su trabajo. Laborar es ley de la naturaleza susceptible de emprenderse con distintos grados de energía; las abejas sin aguijón lo realizan con evidente diligencia.
  15. Disuaden enemigos por medios no violentos. Sin aguijón, estas abejitas no tienen más opción que recurrir a medios disuasivos. Nuestras vecinas las “trigonas” muerden la piel que encuentren expuesta. 

Por fortuna los investigadores han ido identificando y compartiendo las condiciones de vida dentro de estas comunidades de abejas sin aguijón que a la postre se convierten en ejemplo vivo y modelo, difícil de alcanzar, de convivencia social en comunidades numerosas. ¿Cómo serían nuestras familias, vecinos, colegas, barrios, veredas, municipios, departamentos, países y continentes si además de cuidar el medio ambiente, diéramos igual o mayor importancia a imitarlo

Jaime Escobar Fernández

Marzo, 2025


[1] Famoso narcotraficante de la zona, ya fallecido.

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Siempre estoy presente en modo virtual durante la tertulia familiar de los jueves y repasar el video del evento me compensa con creces el vacío de la no-presencialidad, pues la grabación, al congelar el tiempo, me permite detener, retroceder o adelantar el curso de los acontecimientos en cada “encuentro familiar de los jueves”.

El “paso y repaso” de las intervenciones sobre el manejo personal del tiempo expuesto por los contertulios me llevó de sorpresa en sorpresa; de admiración en tránsito al respeto; del asombro al aprecio, a la envidia de la buena, aunque pude constatar que quizás me encuentre en la otra orilla en cuanto a la concepción y la práctica de las técnicas del manejo del tiempo; me explicaré pero antes, permítanme un poco de contexto vital.

Como hasta los 10 años, yo manejé el tiempo y lo empleaba en juegos, aventuras y frecuentes colaboraciones en sencillas labores del campo. La familia, hasta mediados del siglo pasado, era campesina y ni pensar en jardín infantil, ni transición, primaria, ni nada por el estilo. Mi primer año de educación formal, lo cursé en la escuela  pública del pueblo donde nací y el resto en Medellín, en acreditado colegio donde también cursó su primaria el inolvidable historiador y compañero el P. Alberto Gutiérrez Jaramillo, S.J. 

Antes del ingreso a Villa Gonzaga en 1952, las vacaciones de mitad y final de año me permitían liberarme de la tiranía del tiempo para organizarlo de acuerdo con las intuiciones del momento, el mejor de los cuales era salir de pesca a las quebradas cercanas para traer de regreso a casa, ensartados en una vara de helecho, los “barbudos” o “capitanes”, fruto de la faena vespertina que mi mamá preparaba en deliciosa fritura al empezar la noche. 

El ingreso a la escuela pública del pueblo y con ello al mundo de la educación formal, marcó el fin de la posibilidad de manejar mi tiempo; desde entonces hasta ahora, el tiempo es el que me maneja, me subyuga y cumple en mi vida la función perfecta de un tirano a quien sirvo como el más obsecuente seguidor de su imperio. 

Vinculado a la docencia por casi toda la vida, la tiranía del tiempo se ensañaba en mí con la responsabilidad de preparar clases, revisar trabajos, escribir material de apoyo, actualizar el contenido de las sesiones de trabajo, investigar tendencias en educación formal, redactar pruebas, asignar notas y resolver reclamos justificados unos, injustificados otros de cuantos se sentían afectados en sus derechos. Vacaciones y recesos en mi vida de docente también caían aplastadas por el yugo del tiempo. De todos los imperativos de ese deslizarse silencioso de las horas y los días, el más difícil pero más reconfortante al final de ese vasallaje fue el que me ligó a la vida familiar con su ineludible pero siempre placentera responsabilidad hogareña.

A los 83 años la política de presencialidad en educación luego de varios años de virtualidad, me expulsó y con razón, de las aulas de clase y esa marea de acontecimientos me abrió lugar entre los despojos que la deriva del oleaje abandona en las arenas somnolientas de las playas abandonadas; encontré que también allí hacía presencia el atentado en contra de la libertad de “hacer lo que me diera la gana” y me sometía a las “horcas caudinas” –Furculae Caudianae– de la responsabilidad personal, social y ecológica de cuanto me quedare de existencia terrena.

En paralelo, durante los diez últimos años, atendía el manejo del pequeño predio familiar cercano al Municipio de Pacho. Durante esta postrera etapa de mi vida y luego con el cese de actividades que me expulsó del aula, he podido acudir al campo de jueves a domingo porque, de lunes a miércoles, me “zambullo” en la red para apropiarme de conocimientos sobre el campo a la manera como Virgilio recogía las prácticas agrícolas de su tiempo en los exámetros maravillosos de las “Bucólicas”.

En el campo también es el tiempo quien me maneja; órdenes que recibo con la guía del calendario lunar, especie de documento bíblico vigente entre los campesinos del lugar; acepto los tiempos de siembra y cosecha en menguante, luna nueva y creciente; el giro de la esfera no permite detenerse a pensar ni planear qué siembro, qué cosecho, cuándo podo, cuándo abono. Toda la actividad del campo debo asumirla por no contar con obrero de cualquier clase a quien transmita para su ejecución las órdenes del tirano asentado en el trono de mi reloj de pulso.

Árboles y sembrados dan órdenes que debo cumplir de inmediato, si no quiero pagar las consecuencia de no hacerles caso; imperativos que se me comunican al revisar los pequeños cultivos de huerta, su desarrollo; el control de las enfermedades y la devastación de plagas incontroladas; el análisis del suelo para mejorar sus condiciones, la maleza que ha de eliminarse en algún lugar, el árbol seco que debe reemplazarse, el flujo normal del agua en tiempos de sequía; el seguimiento a lo 80 arbustos en producción que nos proporcionan anualmente el café que consumen hijos y familiares; esa implacable tiranía del tiempo me llega a la manera del anuncio del Arcángel que le arranca a María, como a mí también, el testimonio de entrega total;  ese grito de conformidad todopoderosa: “Hágase en mí según tu palabra”.

La tiranía del tiempo que experimento día a día me hace feliz y me llena de energías e ilusiones día tras día; si llueve, si hace sol mis alegrías son las mismas.

Puedo adoptar como lema de mi ya provecta edad, el “jingle” que abría los capítulos de Betty la Fea: “Ya tengo una convicción / camino bajo una sola dirección; voy firme sin confusión. / Perdona si te ofende / pero yo soy así, // Acéptame, recházame pero no quieras cambiarme / Sé que mi estilo de vida / no se parece a tu vida pero / ¡Qué le puedo hacer! / “¡Yo soy así!”.

Jaime Escobar Fernández

“Yo soy así”, Betty la fea

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La escena del desaguisado juvenil objeto de este memorioso escrito, es el sendero de montaña, tortuoso y pendiente que conduce desde la “Quinta de los Padres”, la casa de formación de los jesuitas en Santa Rosa de Viterbo -Boyacá- hasta “La Planta”, instalaciones de producción hidráulica de energía eléctrica establecidas por los jesuitas de mediados del siglo XX en apoyo, a veces suplencia, del entonces muy deficiente servicio público del ramo, suministrado a través del Municipio.

La rutina de la vida común durante los primeros años de formación para los jóvenes jesuitas incluía con regularidad, algunas actividades fuera del acontecer en la “vida común”; formaban parte de esta categoría los siempre esperados “almuerzos de campo” en lugares cercanos a la residencia; “meriendas lautas”, también al aire libre; “paseos” de día entero a pie o en el icónico camión de estacas F 8 que con cariño solíamos llamar “el camión del H. Cristancho” y que al H. Guido Arteaga, S.J., le inspiró el jingle obligado al final de paseos: “Qué buenos son los PP Jesuitas; qué buenos son que nos traen en camión”.

Para cerrar el inventario de estos “recreos” debo referirme a los “matinales” que eran paseos de una mañana a lugares cercanos y de alguna manera emblemáticos: Tobasía y su venerada imagen de La Virgen del Amparo; el Cerro del Aguila; La Cascada de la Virgen, hasta donde cargué con escalera al hombro repetidas veces porque me permitía cierta holgura en el empeño de “horadar un nicho” en la roca y reubicar allí la pequeña, ya desteñida “imagen de bulto” de la Virgen que alguien había entronizado en el lugar. Por supuesto, el matinal más atractivo para todos y antes de “la gruta de la Virgen de la cascada” era para mí, el de “La Planta”.

El lugar se ganó el nombre de “La Planta” porque allí se captaban las aguas del torrente de montaña en volumen considerable, para llevarlas a desembocar a la casa de máquinas, metros abajo, donde las turbinas convertían aquello en fluido eléctrico transportado luego por cables hasta La Quinta de los Padres en las afueras de la población de Santa Rosa de Viterbo. 

¿Quién concibió la idea, ubicó el terreno, diseñó la instalación, realizó los cálculos y cómo se transportó la energía a lo largo de varios kilómetros? Desde mis años en el Noviciado a mediados del siglo XX (1956) me empezó a intrigar el asunto y reiterados intentos posteriores en búsqueda del registro de los hechos que no parecen interesar ni a propios ni a extraños, he tenido que renunciar a seguirlo intentando.

El tema que me ocupa, desde luego, no es La Planta; es aquel paseo matinal en el que me comporté como el más inmaduro de los adolescentes tardíos pues apenas estaba acabando de estrenar 16 eufóricos y soñadores 16 años. “¡Inocencia! ¡Niñez! ¡Dichosos nombres! / Amo tus goces, busco tus cariños; / Cómo han de ser los sueños de los hombres, / Más dulces que los sueños de los niños! Juan Manuel Peza expresó con propiedad aquellos momentos de mi vida.

El “modo matinal” tenía sus encantos pues no se madrugaba tanto porque la hora de meditación se hacía por el camino; de la camarilla a la Eucaristía mañanera y de ahí al comedor para tomar el desayuno y recoger “la merienda” que se consumía a poco de arribar el lugar de destino; las “ternas” para el paseo estaban asignadas la víspera y cada quién conocía de antemano a los compañeros del camino tanto como al “superior” ad hoc de la jornada.

No recuerdo nombres de los compañeros de camino ocasionales de aquel matinal insepulto en la memoria, huérfano de lápida marmórea; tampoco, el nombre de aquel “superior” efímero pues terminado el paseo cesaban sus funciones. El hecho es que apenas salidos de casa iniciábamos la Meditación diaria que sólo terminaba con el anuncio de “coloquio” y la bendición de cierre surgidos de la adusta figura del superior “pro tempore”. 

Antes y después de superados los extramuros del poblado camino a La Planta, saludábamos a los esporádicos lugareños que se nos cruzaban por el recorrido; aquello era como un juego de mímica pues debíamos evitar las distracciones y concentrarnos en la meditación al modo de cuarta semana de los Ejercicios Espirituales, hablándole a las flores en los borde del camino, aspirando el aire fresco de la mañana y abismados en la belleza de los pequeños y algunos no tanto, sembrados de cebada en plena lozanía y agitados por el viento.

“Despachado” el asunto de la meditación, el diálogo entre lol caminantes se iba volviendo más animado, mientras se enriquecía con el saludo a los viandantes inesperados; a veces era más personal cuando nos deteníamos unos minutos para formular preguntas “de cajón”: el clima, el trabajo, a dónde se dirigían. 

En algún momento y durante estos intercambios de saludos, sin saber por qué, fui poseído por inesperado “daimon” travieso y juguetón que me indujo a preguntar a las personas que se cruzaban en nuestro camino por la ubicación de la casa de Doña Dulcinea; Dulcinea, a secas. El interpelado, quien fuese, movía su cabeza  de un lado para otro y luego de pensarlo un poco, me decía: “No hermanito, no la conozco”.

La misma pregunta sobre la casa de Doña Dulcinea la escuchó el enruanado de sombrero negro hasta las orejas camino del pueblo sabrá Dios a qué; otra campesina que le cambiaba de lugar a la vaca cautiva que había agotado el pasto a su alrededor, se alistaba para el ordeño, tampoco me supo dar cuenta de la casa de Doña Dulcinea. 

Casi llegando a La Planta, custodiando unas diez ovejas, la dueña hacia girar el huso casero hecho por mano propia donde iba enrollando el hilo de lana producido por su rebaño y quizás destinado a una tibia cobija o ruana a la manera de “la capa del viejo hidalgo” que cantara el poeta pereirano Luis Carlos Gonzáles, una y otra protectoras bienamadas para los fríos memorables en la región.

La señora de cierta edad que haciendo su ovillo de lana, alzó los ojos para mirar a “los padrecitos”, se adelantó al saludo con una calidez, empatía y transparencia que nos dejó por un momento sin palabras; sobrepuestos a la sorpresa, quise responderle con otra mayor y con toda seriedad le pregunté también por la casa de Doña Dulcinea; se quedó pensativa la señora y luego me entregó la misma negativa. 

Con ánimo socarrón le cambié la pregunta a mi ocasional anfitriona y con la intención de ofrecerle una ayuda a manera de consueta de comedia, le dije muy serio: 

– Señora, ¿Pero esta no es pues la vereda de “El Toboso”? 

– ¿El Toboso? (Repitió pensativa y con aire de triunfo me espetó): 

-¡Ah, no padrecito! ¿Doña Dulcínia del Toboso? ¡Eso es puro cuento hermanito! ¡Eso no! 

Mi ilustrada interlocutora se concentró en su hilado y yo partí “como perro regañado en misa” mientras retomaba el camino con el “rabo entre la patas” y el silencio indulgente  de mis compañeros de marcha. 

“Doña Dulcínia del Toboso” es una vergüenza que todavía me remuerde la conciencia después de 70 años.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 29 de septiembre del 2024

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Me disculpan si el título de esta colaboración haya quedado como salido del Oráculo de Delfos o de la Sibila de Cumas, pero trato de fijar la probable contribución del teatro, la TV y el cine a nuestra formación humana.

El proceso lo imagino algo así como la cadena que a partir de aquella Lectura de dramas durante el Juniorado en Santa Rosa de Viterbo,  avanzara con las representaciones teatrales en el inconcluso escenario del primer piso, debajo de la Capilla, con paredes de “mármol travertino” simulado con la habilidad artística del H. Gabriel Duque, S.J., siguiera con CENPRO TV y gozne final, el ciclo de películas famosas con sus respectivos cine-foros.

La lectura de dramas de hecho “rompía” el monótono correr de la “distribución ordinaria”, entre clases magistrales de griego, latín, historia del arte e historia universal en la mañana, las horas de estudio por la tarde y las quietes del medio día y la noche. 

Al ingresar de mañana al salón de clase, encontrábamos en el tablero el título del drama que se iba a leer, además de los personajes respectivos; era inevitable la sonrisa de alivio, en especial para aquellos que no habíamos alcanzado a memorizar el “pensum”, realizar la “pre-lección” o dar cuenta del texto asignado, previa consulta al diccionario.

El asunto de los “Dramas leídos” era propiedad casi exclusiva del P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J. quien se daba el lujo de adelantar la interpretación mediante estudiados cambios de voz que permitían identificar a los personajes, de acuerdo con el avance en el texto. 

En el inventario de dramas leídos se registra el Julio César de  William Shakespeare; Casa de Muñecas de Henrik Ibsen, Los árboles mueren de pie de Alejandro Casona, La zapatilla de raso de Paul Claudel, El Divino Impaciente de José María Pemán; Malvaloca de los hermanos Joaquín y Serafín Álvarez Quintero y algunas de sus comedias: “La cuestión es pasar el rato”; “Lo que tú quieras”.

Del tablero saltábamos al rudimentario teatro de la casa de Formación en Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá. Disfrutábamos del ciclo de teatro de final de año con puestas en escena tales como Que llegó Papá Noel, especie de sainete para “entregar regalos” cargados de ironía a miembros de la comunidad distinguidos durante el año por alguna actuación fuera de lo común y, por lo general, hilarantes risas. 

Cada 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, estaba cargado de sorpresas, como por ejemplo las servilletas con harina de trigo bien disimulada y que, al desplegarlas, dejaban la negra sotana “como cucaracha de panadería”; sopa sin sal y otras artimañas de la inventiva conventual inagotable, inspiradas quizás en las “chanzas pachunas” aprendidas en Patasía.

El programa central en la fiesta de Inocentes era la zarzuela, ensayada una y otra vez con el vestuario, como también con la búsqueda de actores de “afinación musical” suficiente, como para no vacilar durante la parte cantada de la obra. 

Al menos en una ocasión, se “importó” al P. Juan José Briceño Jáuregui, S.J. todavía en su etapa de formación teológica para el soporte musical; en otras oportunidades suplió el talento local la ejecución de la respectiva partitura. Fue inolvidable la puesta en escena de la zarzuela Los aparecidos, de Chueca y Valverde, con lucimiento especial de Agustín Lombana, Alberto Alvarado y Guido Arteaga.

La temporada de teatro de fin de año culminaba el 31 de diciembre con obas clásicas y no tanto. De especial recordación fue la puesta en escena de El proceso de Jesús, del dramaturgo italiano Diego Fabri, cuyo estreno se había celebrado en Italia pocos años antes, en 1955. La obra fue preparada por el P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J. quien mecanografió los parlamentos y se encargó del montaje de la obra. Fue tal el éxito que, poco tiempo después, con otros actores, la obra regresó a escena en el teatro Colón de Bogotá, con mayor éxito, según los comentarios de la época.

Los telones para las distintas obras de teatro eran pintados por el H. Gabriel Duque, S.J. para lo cual reunía y “pegaba” con engrudo a partir de almidón de yuca, el papel de sacos de cemento que extendía en el piso todavía “pelado” del teatro y allí, mediante brocha al extremo de una vara, iba dando forma a la escena que luego iría “colgada” en la incipiente tramoya del naciente escenario teatral.

El protagonismo del teatro tuvo, además, impulso significativo a través de los entonces hermanos Agustín Lombana Mariño y Alberto Alvarado Acevedo, apoyados por el P. Provincial  Emilio Arango, S.J. Fruto quizás de esos estudios y actividades relacionadas con el teatro, el aún hermano Hernando Martínez Pardo, durante sus años de teología, se ocupó de darle vida y funcionalidad al teatro construido en el primer piso del costado sur de la casa de formación de Chapinero.

Hernando mejoró el sistema de luces y telones, como preparativos para dos obras notables entre 1967 y 1970. Inolvidable fue la puesta en escena de The Caine Muthini (1954), llevada al teatro con el extraño título de Tempestad sobre el Caine. Fui parte del elenco. Poco tiempo después, Hernando “arrepechó” con el teatro del absurdo y puso en escena Los saludos de Eugène Ionesco, que se desenvuelve a través del encuentro de tres personajes que se saludan, una y otra vez, con creciente extravagancia y palabras sin sentido, raras y complejas. Coprotagonista de Los Saludos fue el P. Miguel Rozo Durán, S.J., de memorable actuación. Hernando, ya en teología, empezaba a consolidar sus capacidades de formador de actores, creador de escenarios y director de escena en forma magistral. 

Hernando y Jaime Heredia, fueron los más destacados discípulos del P. Nazareno Taddei, S.J., en ese entonces Director del Instituto de Ciencias de la Comunicación Social de la Universidad Católica de Milán, quien a su paso por Colombia dictó el curso Lectura estructural del filme. La actividad profesional de Hernando, una vez salido de la Compañía, es prueba más que fehaciente del influjo evidente del especialista italiano. Se convirtió en “oráculo del cine” gracias a su obra pionera sobre “Historia del Cine Colombiano”, además de los cursos y conferencias sobre el tema que le abrieron nicho de honor en ese medio especializado.

A Hernando lo “bautizó” el P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J. como “Lleritas”, por la similitud de su dentadura con la del famoso político y escritor Alberto Lleras Camargo. Otros, por lo indómito de su cabellera, lo llamaron “rancho e´paja”. Durante los estudios de teología, Hernando perdió a su papá y tuve la osadía de enviarle un poema de pésame que me inspiró en el momento la Musa que acompaña siempre a los melancólicos y célibes de aquel “début du siècle”. 

 No mucho tiempo antes de la muerte de Hernando, acaecida un 23 de diciembre de 2015, me cruzaba con él en los pasillos de la Universidad del Rosario y tuve la oportunidad de saludarlo, con la comprensible emoción, cuando se adelantaba el reconocimiento que le hiciera la U. del Rosario, por sus méritos como docente, reconocidos por discípulos y colegas.  

Jaime Heredia Pérez, durante veinte años, ha mantenido su columna semanal sobre crítica de cine.

Creo que estas actividades artísticas estaban pensadas para complementar la formación humana de los jóvenes jesuitas y quizás allí estén las raíces mismas de aquello que con el tiempo sería, la “conquista” de los medios masivos de comunicación, impulsada por el P. Rafael Valserra, S.J. que desembocaría en la creación de CENPRO TV y su realización insignia La Santa Misa por Televisión. 

CENPRO TV es el acrónimo de CEntro de PROducción de Tele-Vision” que luego se convertiría en la Corporación Social Para las Telecomunicaciones. En sus comienzos, acogió a muchos jóvenes jesuitas y colaboradores laicos que aceptaron la dura tarea del tratamiento de los medios de comunicación. Jesuitas “malquerientes” de la época afirmaban, con cierto tinte de ironía volteriana, que CENPRO TV era el  “crematorio de vocaciones” jesuíticas.

En las pantallas chicas de CENPRO TV se incubó el salto a la pantalla grande, gracias a la iniciativa de jesuitas jóvenes de la época como Hernando Martínez Pardo y José Fernando Ocampo. 

Corrían en aquellos días tiempos de cambio con el pomposo nombre de “aggiornamento”; se abandona primero la sotana; luego, incluso el “clergyman” de camisa coronada por cuellito blanco; se permitió fumar, gracias a un superior de la casa, fumador “salido del closet”, quien consiguió el permiso respectivo, sabrá Dios con cuál “título colorado”. Así comenzaba la época de asistir a la proyección de películas notables del momento, aunque tuvo algunos tropiezos que casi echan al traste el proyecto de “cine en su casa”. José Fernando Ocampo recordaba, en medio de sus risotadas características, que la primera película proyectada resultó con algunas escenas tan “subidas de tono”, que amenazaban el muy custodiado segundo voto. La habilidad persuasoria de Josefo salvó el proyecto.

Varias fueron las películas famosas que tuvimos la oportunidad de ver y comentar; recuerdo en especial To Kill a Mockingbird (Matar un Ruiseñor) y los clásicos de la “Nouvelle Vague”: Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups), Farenheit 451 de François Truffaut y Belle de jour (Bella de día), con la entonces despampanante Catherinne Deneuve, dirigida por Luis Buñuel. 

Cada película se acompañaba del respectivo foro a cargo, casi siempre de Hernando Martínez u otro discípulo aventajado de Taddei. La “nueva ola” del cine francés despertó tal interés que la biblioteca de Chapinero recibía con puntualidad envidiable la revista Cahiers du Cinéma que nos obligó a perfeccionar nuestro incipiente francés aprendido en el colegio y en cursos de vacaciones en Santa Rosa de Viterbo.

Mirando atrás éstas que hoy llamaríamos “actividades paraescolares”, apenas quedan recuerdos borrosos en algún ejemplar supérstite de aquellos “vanguardistas”. 

A la luz de estos acontecimientos, evoco el poema “A las ruinas de Itálica” de Roberto Caro (1573-1647): “Estos, Fabio, ¡Ay dolor! que ves ahora / Campos de soledad, mustio collado, / Fueron un tiempo Itálica famosa; / […] reliquia es solamente / de su invencible gente. / Solo quedan memorias funerales / donde erraron ya sombras de alto ejemplo; / este llano fue plaza, allí fue templo; / de todo apenas quedan las señales”.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 2 de septiembre de 2024

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La expresión genérica Spatadantza acoge variadas danzas populares de diversos orígenes y antigüedad, pero de manera especial, a aquellas asentadas en Guipúzcoa.

Participé en una de las Spatadanzas, la de las espadas, que interpretamos tal vez en 1957 o quizás 1958 cuando estábamos adelantando el estudio de las humanidades clásicas en la casa de formación de Santa Rosa de Viterbo, Boyacá; allí convergía una significativa representación de jóvenes jesuitas venezolanos. No todos los “extranjeros” habían nacido en Venezuela; la mayoría eran españoles venidos a “hacer la América”, como se decía entonces.

A la casa de formación en Santa Rosa acudían jóvenes jesuitas de la provincia de Venezuela y esta presencia “extranjera”, entre otros aportes, incorporó y enriqueció con sus tradiciones la cerrada cultura de la Compañía de Jesús en Colombia que había empezado a perder los aportes de jesuitas locales que fueron a formarse a Europa por carencias académicas en la naciente Provincia Colombiana y traían otras visiones del mundo .

Entre las contribuciones de estos temporales visitantes extranjeros con las que se enriqueció la cultura musical de los “escolares”, sobresalen los nuevos ritmos y temáticas en canciones que adoptamos los congéneres criollos. 

Empezamos a cantar en el camión del H. Cristancho -aquel F8 de estacas en el que nos transportaban como bovinos a feria ganadera, hasta la finca de vacaciones, San Rafael, entre los municipios de Duitama y Sogamoso. “El carite” y su “Ayer salió la nave Nueva Esparta, salió confiada a recorrer los mares”, “Mare mare de los indios”, canción infantil; “Cuando la perica quiere que el perico vaya a misa, se levanta muy temprano y la plancha la camisa”, otra ronda infantil; “yo no me explico cómo el perico teniendo un hueco debajo el pico pueda comer”. En cuanto a ritmos nuevos, el joropo venezolano se nos hizo familiar.

Los instrumentos musicales de la “murga” también recibieron su aporte con la incorporación de la zambomba, barrilete cubierto en uno de sus extremos por cuero tenso en cuyo centro se adhiere delgada caña que al frotarla, arrancaba sonidos un tanto roncos pero muy eficientes como percusión en el desarrollo de las melodías cantadas. La “murga” quedó, pues, integrada por acordeón, guitarras, maracas, pandereta, armónica cromática, carraca fabricada a partir de la mandíbula inferior de equinos, instrumento de percusión popular en los llanos de Venezuela y la zambomba de estirpe española.

El entonces H. Severiano Bidegain, S.J. apellido que delata su origen vasco, había nacido en Guipúzcoa en 1936 y por tanto, era dos años mayor que yo. El “Guipúzcoa” ingresó a la Compañía el 7 de septiembre de 1954; es decir, un mes antes que yo, afinidades de las que no fui consciente en ese momento. Nuestro éuskera de pura cepa estuvo en Santa Rosa durante los estudios de humanidades entre 1956 y 1958, cuando pasó a la Javeriana de Bogotá para cursar la filosofía. 

A pesar de su avanzada edad, con la reciedumbre típica de los vascos, todavía se mantiene activo, contra viento y marea, en labor pastoral entre feligreses venezolanos, asunto que es de admirar, aunque ya no tenga sus mismos arreos juveniles.

El H. Bidegain, tal vez en alguna crisis de nostalgia del terruño y de evocación de su niñez, en contraste con la adustez del entorno Santarrosano, consiguió que la aprobaran la preparación y demostración de los bailes típicos de su región: las spatadantzas muy tradicionales sobre todo en su natal Guipúzcoa.

Tal parece que el superior del momento, el P. Tulio Aristizábal, S.J. por decisión propia o luego de consulta con el superior de la casa o quizás con el mismísimo P. Provincial del momento, autorizó al H. Bidegain los bailes, la elección de los bailarines, la preparación  y el espectáculo final, que implicaba el gesto heterodoxo manifiesto en el “despojarse” de la santa sotana y ensayar, tanto como bailar “a pie limpio”; todo ello, impensable en el momento, porque cualquier actividad recreativa se practicaba “ensotanados”.

No sé por qué fui uno de lo elegidos para conformar esa especie de “Troupe de Mademoiselle Eglantine” pero de “factura” clerical. El H. Bidegain le canturrió las melodías de los bailes al H. Juan Bosco Salazar, el excelente músico pastuso y buen intérprete del acordeón, quien memorizó las melodías y nos acompañó en todos los ensayos, tanto como durante presentación final. 

De la vestimenta para la ocasión se ocupó la Sastrería en manos del bondadoso e inolvidable H. Montañez, S.J. Los bastones en madera, indispensables en el “baile de las espadas” -Spatadantza- fueron contribución de la carpintería en “outsoursing” ocasional pero el nombre del responsable de turno lo tengo olvidado para desgracia mía y laguna de esta crónica. La tradicional “boina vasca” ya era prenda familiar empleada en paseos, “meriendas afuera”, “almuerzos de campo”, matinales y paseos de día entero.

El primer sentimiento durante la experiencia de participar en Spatadanza fue ese “ataque de pudor” que significaba algo así como “desnudarse en público” al prescindir de la “santa sotana” durante los ensayos y por supuesto, en la presentación. 

Tuve que familiarizarme con la música y acoplar a la perfección los movimientos del cuerpo a la melodía, según las exigencias coreográficas explicadas y demostradas una y otra vez por el H. Bidegain. Siendo yo hijo de matrimonio campesino, estudiante de primaria tutelado por tías querendonas pero célibes, luego “villagonzago” durante dos años y otro tanto como novicio, no había tenido ni tiempo, ni ejemplo, ni oportunidad de aprender a bailar; llegué pues a la spatadantza en estado de completa virginidad, en ambos sentidos y ello significó el difícil aprendizaje de unir los movimientos corporales con los mensajes de la música estando yo en desventaja con mis colegas bailarines al parecer con mejores antecedentes que los míos. 

Se llegó el día de la presentación, aunque no recuerdo ni el motivo ni la fecha. Por supuesto, creo que todos estábamos nerviosos, expectantes y quizás también el público ocasional por lo insólito del evento. De apertura, el H. Bidegain expuso el origen y significado de estas danzas tradicionales y no recuerdo que hubiera justificado la presencia de este tipo de folklore en la adusta mansión de Santa Rosa, aunque es fácil suponer que argumentó motivos suficientes para la debida licencia; quizás el principal fuese la contribución de dicho espectáculo a la cultura general de los humanistas en formación.

Disfruté del baile, lo realicé con emoción y con los años he llegado a concluir que de forma imperceptible pero eficaz, la experiencia de spatadantza contribuyó a sacarme un poco de mi parroquialismo provinciano de paisa regionalista y también a reconocer y agradecer la iniciativa del H. Bidegain que de modo casi imperceptible pero real, contribuyó a mi formación como persona y por supuesto, preparación remota cuando viviendo ya fuera de la Compañía, estaba obligado a ser “parejo” de mi “media naranja”. Todavía “sufro” en reuniones festivas que incluyan música de viejotecas y ni pensar en Champetas y Reguetones a menos que adopte el papel “payaso de la fiesta”.

Por supuesto que de la dimensión espiritual de aquellas danzas se tomaron con fundamento las palabras del Salmo 150: “Alabadle al son de bocinas; con salterio y arpa; con pandero y danza; con cuerdas y flautas; con címbalos resonantes; con címbalos de júbilo”.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 13 de agosto del 2024

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En nuestra tertulia 192 del jueves 16 de mayo, nuestro compañero y amigo Jorge Julio Mejía S.J. nos presentó el tema “El Budismo y nosotros. Experiencia de un jesuita”, del cual se ha convertido en un reconocido experto. Jaime Escobar nos envía estas líneas, inspiradas en lo que provocó en él dicha charla, adobada siempre con el gusto de sus oportunas referencias clásicas.

Mientras hacía “correr” una y otra vez el video con la exposición de Jorge Julio, me sentí como Eneas mientras le contaba a los comensales en el palacio de Dido las desventuras de Troya, aparece el fantasma del “maestissimus Hector” de tal modo transformado con respecto a cómo era entre los vivos en aquel desastroso combate; visión que le hizo exclamar estupefacto el siempre actual: “Ei mihi, qualis erat, quantum mutatus ab illo” que traducido con libertad viene a ser como  “¡Dios mío, cómo ha cambiado!”

En virtud del mandato por santa obediencia que nos impartió hace poco, nuestro común amigo Samuel Arango, estoy frente al computador para cumplir su ley de “¡No lo diga; escríbalo!”. Redacto pues mi reflexión “ex post facto”, sobre la intervención “zénica” de nuestro compañero el P. Jorge Julio Mejía Mejía, S.J. 

Dice el bambuco de Fabio Ospina: “El bejuco cuando nace, nace hojita por hojita; / así comienza el amor, palabra por palabrita”. El loco de Epifanio Mejía nos cuenta que: “Por angostos caminos / de tierra y hojas / pasan negras hormigas / unas tras otras / para sus casas llevan / verdes hojitas / en sus espaldas”. ¿Dónde y cuándo me creció el bejuco? ¿Quién me trazó el camino? ¿Quién me asignó el papel de hormiga? Trataré de responderlo. 

Quizás, mi primer contacto visual con Jorge Julio deba remontarse al Noviciado en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, en los ya lejanos años de 1955; me parece que entre él y Enrique Grenier impulsaron la locura aquella del “Millón de Confíos” al Sagrado Corazón, no recuerdo buscando cuál “gracia”; menos mal que no había pandemia y nos libramos del “millón de Padrenuestros” en pro de alguna otra angustia piadosa del momento.

Siendo juniores, Rafael Parrado (“Ralph”), J.J. y yo nos embarcamos en la aventura de “armar Pesebre Navideño” distinto cada día y de acuerdo con el tema del momento en cada “posada”. La noche del 24 de diciembre la pasamos en vela, pues luego de la Misa de Gallo, todos recorríamos en contemplativo silencio y apagados susurros, el Pesebre apenas recién terminado; fue entonces cuando en realidad a mi “bejuco” le empezaba a brotar “hojita por hojita”. 

Ya en filosofía, nos embarcamos en un “coetus oratoriae” promovido por Camilo Moncada y luego de su marcha a magisterio, lo mantuvimos mucho tiempo Jorge Julio, Luis Guillermo Arango y yo. En cada reunión semanal, uno de los tres, elegido con anterioridad, debía seleccionar el tema de la exposición según criterios de “novedad” en contenido y forma de exponer; luego lo “evaluábamos”, por lo general en términos bastante severos.

En teología, Jorge Julio y yo colaboramos con el movimiento de las Guías Scout en el Colegio San Façon; en esa actividad hicimos amistades imborrables; J.J. tenía “palito” para ganarse el cariño de todo el mundo y esa “varita mágica” le abrió y le sigue abriendo intimidades incontables. 

Mi deformación de humanista clásico, si es que alcance algún día la dicha de llegar a serlo, me indujo a mirar en la exposición de Jorge Julio, las coincidencias de alguna manera sorprendentes entre el camino Zen de la oración, con las relaciones inventadas por mi loca imaginación mítica, nacida de esa “manía” de andar auscultando los arcanos griegos. 

Desde el minuto 10:04 hasta el 10:17 del video, nos enteramos que el Príncipe Sidharta fue llevado al sitio donde todo el dolor de la tierra estaba reunido. La impresión que sufre el príncipe Sidharta es tal que, a partir de ese momento él decide dedicarse el resto de su vida a la solución del sufrimiento humano. J.J. fue llevado a una sala de cirugía donde en ese momento “todo el dolor de la tierra estaba reunido” y es allí donde “J” decide dedicarse el resto de su vida a la solución del sufrimiento humano, empezando por el propio sacerdocio jesuita que, después de 16 años de academia teológica, se queda sin palabras ante el dolor propio y ajeno. 

Cuando Edipo se entera que mató a su propio padre y está en unión marital con su madre, la impresión que sufre [Edipo] es tal que desde ese momento él decide dedicarse el resto de su vida a expiar su pecado y nace de la pluma de Sófocles Edipo en Colona. No es muy distinta la suerte de Yocasta cuando a palacio llegan las noticias de que Antígona se suicida “por honor” a la manera griega y Hemón, su prometido, lo hace a los pies de la amada que prefiere ahorcarse antes que ser enterrada viva por haber sepultado a su hermano  Polinices, muerto en el intento de hacerse al trono de Tebas. Bien lo decía el poeta César Vallejo: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… ¡Yo no sé”!

El pasaje de “la barca” en el Ganges lo encuentro llamativo de forma singular; se trata del anciano aquel que “le explica a un jovencito (10:42) que el laúd, si uno le templa demasiado las cuerdas puede reventarlas, pero si no las templa lo suficiente, no suena. Es la primera iluminación que tiene Sidharta al comprender que la verdadera virtud está en el medio (11:00). Parado en frente del templo del Oráculo de Delfos, leo en el frontispicio “Μηδὲν ἄγαν”; “Nequit nimis”; “Aurea mediocritas” (Horacio); “Tanto cuanto (E.E.)”; “Ni tanto que queme el santo ni tampoco que no alumbre” (filosofía popular), ecos de aquella máxima que cobra fuerza en la caverna del dios Apolo.

En el mundo de las sombras y al abrigo de las ramas, quizás se encuentre cuanto perdure de  Pigmalión en Jorge Julio. “El árbol de Mohi es ese árbol que dice que todo existe. […] Yo me siento un buen rato porque yo estuve en ese lugar (12:13) y le digo al árbol interiormente: árbol, cómo me encantaría tener una hojita tuya (12:19) y figúrense que al rato el árbol me manda una hojita (12:23). Pigmalión fue el escultor mitológico consagrado a realizar el sueño perfecto de la perfección humana que al lograrlo, los dioses le dieron vida a su obra escultórica: la figura perfecta. 

De nuevo me encuentro esta vez con Eneas en su visita a la consulta paterna, que ya se encontraba en el mundo de las tinieblas; pudo realizar su sueño, gracias al “salvoconducto” de la “ramita dorada” que le facilitara la Sibila de Cumas. A la manera como el Papa es portavoz de la Iglesia, La Sibila es portavoz de Apolo el “olímpico” promotor de la moderación en todo sentido. “La Rama Dorada” es el ramo de hojas de oro que abre los accesos a todo lo ignoto; tal pareciera ser la “hojita de Bohi” en manos de J.J.

Yo toda mi vida había sido Mejía pero yo no había logrado ser Jorge Julio y peor todavía, yo había sido S.J. porque me habían enseñado cómo tenía qué vivir, cómo era el modo de ser y de vivir como jesuita pero yo quién era, no tenía ni idea; tenía que ser jesuita antes que nada. También a partir de ese momento yo empiezo a encontrar el camino por el cual yo podía ser yo mismo”. Vuelve a resonar en la caverna la voz de Apolo en Delfos para notificarnos que la vida tiene sentido si acogemos el principio de “Γνῶθι σεαυτόν”; “Gnosce te ipsum”; “Conócete a ti mismo”, lección que según Apolo es lo mejor que podemos aprender. Apolo señala la meta pero dejó la manera de alcanzarla a cada quien; Jorge Julio opta por la meditación Zen, pero ello no lo libera de las entrañas helénicas.

Afirma el historiador Salustio que “la primera utilidad que surge de los mitos es que nos mueven a interrogarnos y no toleran que nuestro poder cogitativo descanse indolentemente sobre los dioses y el mundo”. En el mito, según Salustio, “Estas cosas jamás sucedieron, pero existen siempre” y en “Los dioses y el mundo” afirma que “Este es en primer lugar el beneficio que se obtiene de los mitos, la investigación y posesión de una inteligencia no inactiva”. Joseph Campbell, hasta ahora el más importante compilador de tradiciones míticas recogidas en sus tres tomos “Las máscaras de Dios”, afirma que “El mito es el sueño colectivo y el sueño, el mito privado”.,

La vida y los trazos inescrutables de las Moiras, me ponen ahora ante un “Néstor” que se enredó en mi trocha de bejucos exuberantes de “hojitas” y “caminos de hormigas” llevándolas a cuestas. Mi afecto por Jorge Julio llegó hasta los límites mismos de las fronteras invisibles de la “amistad particular” y siento la necesidad de exclamar como Eneas: “¡Quantum mutatus ab illo” o como Helena la de Eurípides “τοῦτ᾽ἔστ᾽ἐκεῖνο”? (¿esto es aquello?).

J.J. hace el camino de la meditación Zen; yo lo he venido haciendo por los vericuetos más pedestres del culto griego a la razón; sendero como el que recorríamos en Santandercito, cuando al despuntar del día, emprendíamos la trocha a la cima de “Las Mitras”, aquellos peñascos que marcaban el horizonte de S. Claver en vacaciones mayores, formaciones ciclópeas, imagen de nuestros ideales místicos del momento.

Jaime Escobar Fernández

Agosto, 2024

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Nuestra tertulia semanal 201 trató sobre un tema muy personal: “El significado de mi profesión en mi vida”. Aquí el testimonio de Jaime Escobar. 

No sabría precisar si la “docencia” que he practicado desde que tenía 12 años hasta los 83 cumplidos cabe dentro de la categoría “profesión” o más bien debería llamarse un “apostolado” por alguno de estos motivos: la casi “gratuidad” de la actividad, el sacrificio permanente de supeditar todo al cumplimiento de los compromisos adquiridos, incluyendo la permanente búsqueda de actualización sobre los temas objeto del ejercicio pedagógico, como también la preparación de materiales escritos en apoyo al acto “caritativo” de compartir conocimientos.  

Parodiando a S. Pablo en 1Cor. 19-23 “A pesar de que soy hombre libre y sin amo, me he hecho esclavo de todos para llevar a muchos” al Reino del Conocimiento, la superación personal y el proyecto de vida. 

Empecé mi “apostolado pedagógico” a los doce años, pocos meses después de ingresar al Colegio de S. Ignacio de Medellín en el año de 1950. Todos los días a la puerta del colegio nos esperaba “Mariposo” el H. Suárez, S.J. que se había ganado ese remoquete porque, según las malas lenguas, mantenía su cabellera de color rubio gracias a la aplicación de agua oxigenada, y se ayudaba un poco el merecimiento del apodo con algunos modales un poco “afectados”. 

“Mariposo” me hizo la propuesta de ingresar al grupo de “catequistas” que los sábados por la tarde, luego del canto de las letanías en la Iglesia, mientras todos iban a sus casas, los “catequistas” quedábamos a las órdenes del H. Labiano, S.J. bondadoso y querendón hermano Coadjutor de origen vasco que se había hecho cargo de enseñar el catecismo a los niños y jóvenes de los “guayabales” cercanos al aeropuerto Olaya Herrera de Medellín. 

Previo el permiso familiar me inscribieron como “catequista” y cuando soñaba mi primera salida al campo, tuve que refrenar mi entusiasmo porque debía primero hacer “el curso” que acreditaría mi condición de tal. En el San Ignacio de aquellos tiempos, y lo confirmé años más tarde durante la etapa de filosofía en Chapinero, la “catequesis” se apoyaba en “pendones” que recogían pasajes de la Biblia y se lustraban practicando la técnica que vine a saber muchos años después se llamaba “lectura de imagen”. Los mangones de guayabos aledaños al Río Medellín fueron mi primer “Campos de Montiel” de ese “Ingenioso Hidalgo” en que me convertiría para “desfacer entuertos” propios del analfabetismo real o funcional. 

Recorrí a lo largo de 70 años todos los niveles de la educación formal, de primaria a doctorados y en las modalidades de presencial, virtual, a distancia, audiovisual. Debo incluir actividades como cursos, seminarios, conferencias sobre tal infinidad de temas que se me puede aplicar aquello de que me ocupé “de omni re scibili et quibusdam aliis” porque siempre mi vida ha estado a cargo de la urgencia de satisfacer mi inagotable curiosidad. 

La justificación que se nos daba para dedicarnos a la catequesis se apoyaba en las obras de misericordia espirituales: “dar consejo al que lo necesite, corregir al que yerre y enseñar al que no sabe”; este último modificado con malicia perversa: “enseñar lo que no sabe”. En cierta ocasión el P. Antonio Gómez S.J. mi amigo de muchos años y desde hace cincuenta mi cuñado, alguna vez afirmó en público: “Jaime Escobar no sabe ni griego ni latín pero lo vende muy bien vendido”. 

Dedicado a contemplar los arreboles con los que me premia el sol en el ocaso de mi periplo vital, creo tener suficientes argumentos para creer que mi vida ha cobrado casi todo su sentido en los desiertos y oasis propios del ejercicio pedagógico.  

¡Qué más se puede exigir en favor propio! 

Jaime Escobar Fernández

dults teacherJulio, 2024

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Para nuestro blog es una satisfacción enorme reproducir estas comunicaciones internas que se dan entre nuestros colaboradores y sus lectores. Este es el caso de Monseñor Rodrigo Mejía, S.J. Misionero Jesuíta Colombiano en el África, quien desde allá le escribe a Jaime Escobar, refiriéndose a su artículo publicado hace poco, titulado “Magia por las veredas”.

¡Hay que leer!

Andrés López 

-Humorista-

 La cabeza de toro que ilustra el escrito no es del reproductor legendario que pastara en la dehesa de “Las Ventas del Espíritu Santo”, de César Rincón; tampoco es de  “Islero”, el Miura de 495 kilos entrepelado de negro y quinto de la tarde que empitonó a Manolete aquella tarde de luces y sombras en la arena de “Santa Margarita” en Linares, Jaén, España.

Sir Arthur Evans, al explorar aquello que sería el palacio de Minos en Creta y en excavaciones posteriores de otros arqueólogos, encontraría múltiples pinturas y esculturas de toros en distintos materiales imperecederos. El toro, emblema del Arte Minoico, tiene el respaldo de más de 40 siglos de resistencia a la desaparición forzosa por inclemencias de la guerra, desastres naturales, familiaridad del contacto diario con los objetos valiosos que por lo general, conlleva desprecio y olvido y por supuesto, la decisión del Congreso de Colombia.

Admiro en esa testa magnífica de “El Toro de Minos” el balance de las proporciones en la figura y esa dinámica evidente en la orientación de los cuernos un poco abiertos al final de su enhiesto recorrido “por la luz arriba” como “la palmera” que diría el Maestro Carranza. El Toro de Minos infunde respeto y cualquier narrador taurino actual diría que es “toro bragao, astifino, de pitón a pitón la distancia conveniente”. ¿Qué significó el toro en esa civilización capaz de reproducirlo con tal maestría que bien merece la suerte de Pigmalión y su proyecto de escultura femenina perfecta?

Fui tele-espectador atónito de la “Brava celebración” de esa hueste de ninfas, sátiros, centauros y coribantes a la manera de León de Greiff: “[…] gente mísera de tropa / los egoístas fatuos y perversos / de alma de trapo y corazón de estopa” que a manera de “neo-cacheteros”, dieron el puntillazo de gracia a la Fiesta Brava. Los “honorables” de turno armaron bochornoso espectáculo de gritos, aplausos y “¡Olé!”.

En tan popular bochinche de agasajo por esa victoria pírrica en lucha de años, cómo no sentir el contraste al “hacer la composición de lugar” sobre cualquier plaza de tarde soleada y público de pie. ¡Nada de pañuelos blancos en los tendidos durante el arrastre del ejemplar caído con honor en la arena; tampoco el tributo a la bravura en la lidia simbolizados en “orejas y rabo” llevadas a lo alto por las manos del torero, como tributo póstumo al efímero Rey del Ruedo. 

La agonía en la Cruz de la Víctima Sagrada secó su garganta; yo también sentí que la mía no reclamaba la hiel y el vinagre ofrecidos, sino el lento fluir reconfortante de la manzanilla que resbalando generosa desde esa redoma de suave piel llevada desde el cielo llegaba a mi pecho mil veces herido; en las soleadas tardes de fiesta brava también se rinde tributo a ignotos inventores de ese bálsamo de fierabrás para los duelos y alegrías que acompañan nuestras vidas.  

Me dieron tristeza los argumentos maestros de aquel “toricidio”; animalistas que gimen de dolor por el maltrato animal pero claman energúmenos por el derecho al aborto de un ser humano incapaz de reaccionar en contra. El argumento más admirable es el convencimiento de contribuir a la paz aniquilando los festivales de la muerte instalados en los redondeles de las plazas de toros. La unión de “animalistas”, “irenistas” y “progres” gozan de ese carácter dulzón de los cocteles que uno tras otro enlagunan a féminas liberadas. 

La Ilíada tanto como la Odisea huelen a carne asada de toros y muslos de cabros; Abel sacrificaba ovejas, menguando la reproducción, los héroes de Homero menguaron a los machos. Sacrificios de toros y cabros aliñan los escritos de Homero. No más en los inicios del Canto I de esa gesta de guerra se recoge la súplica: “Oh Esminteo! Si alguna vez adorné tu gracioso templo o quemé en tu honor pingües muslos de toros o de cabros, cúmpleme este voto” (Can. I).

39. Σμινθεῦ εἴ ποτέ τοι χαρίεντʼ ἐπὶ νηὸν ἔρεψα, 

40. εἰ δή ποτέ τοι κατὰ πίονα μηρίʼ ἔκηα

41. ταύρων ἠδʼ αγν, τὸ δέ μοι κρήηνον ἐέλδωρ· para más adelante iterar que “No está el dios quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, (ἑκατόμβης) (Can. I, 65)

La evolución natural o la manipulación genética dotaron al toro de lidia con pecho más amplio para almacenar oxígeno suficiente y necesario a lo largo de la faena; patas delanteras más cortas para “humillar”, así llamada la inclinación de cabeza y cuello cuando van al capote, la muleta o la espada en el clímax del espectáculo; todo ello desaparce en virtud de la “estupidez humana”, ilustrada con maestría por de Roux en un “Diálogo de Ultratumba”; acabar con las corridas es nervio de la sinrazón de salvar las especies en peligro, a la vez que se extingue aquella que jamás había sido condenada a desaparecer. 

El toro es figura central de la cultura mediterránea antigua. Egipto adoró su Buey Apis. En toro se llevó Zeus -alias “Toro Blanco”- a Europa cuando la secuestró. En cárcel de Máxima Seguridad e incomunicado, el Minotauro esperó a su verdugo Teseo. Cien Toros sacrificó -hecatombe- el Rey de Creta, como respaldo garante en el gobierno sabio de  su pueblo. 

National Geographic publicó, hace ya varios años, un documental sobre la pervivencia en Creta del culto al toro; cada año en desfile solemne, el mejor ejemplar de la majada es llevado en procesión, coronado con guirnaldas multicolores, música y regocijo popular en ambiente innegable de “costumbre ancestral” que es la forma más usual de renombrar tradiciones no muy envidiables. La procesión con el toro llega hasta el ara del sacrificio donde es inmolado. Durante poquísimos segundos la cámara de la National Geographic, quizás para evitar complicaciones de opinión pública, muestra cómo el “verdugo” bebe un sorbo de la sangre caliente del sacrificio; beberla, daba prosperidad, fortaleza, fecundidad y sabiduría a quien llevaba en ese momento la representación de sus conciudadanos.

Sir Arthur durante sus excavaciones en Creta sacó a la luz paredes decoradas con figuras de jóvenes de ambos sexos con vestidos y peinados llamativos; sorprende  una de esas escenas en las que se observan jóvenes en el juego siempre peligroso de enfrentar al toro que con la cabeza gacha los agrede y ellos lo evitan saltando por encima del animal; hoy serían las Compañías ya desaparecidas de “toreros bufos” que perduraron hasta hace poco, aunque parecieran prolongarse en las corralejas de la Costa Caribe colombiana.

La hipótesis plausible sobre la llegada del toro de lidia a España, cuna de la tauromaquia actual, parece ser fruto de las migraciones griegas, a lo largo de las costas mediterráneas. Creta era cruce de rutas para navegantes griegos, fenicios y egipcios quienes, en sus viajes, junto con las mercancías, transportaban también costumbres, rituales y esa manera particular de divulgar la historia en la cultura oral de los pueblos: la mitología.

Andrés López en uno de sus trabajos de humor es categórico: ¡“Hay que leer”! Quien no lee ni los textos y por ende, los acontecimientos allí consignados, cae en una de dos categorías de analfabetismo: el puro como la incapacidad de descifrar escritos y el funcional, no utilizarlos para adquirir o incrementar sabiduría por eso, “¡Hay que leer!”

A manera de “parágrafo” la agudeza crítica de Jordí Poncela, colega humorista de López, afirma de modo categórico: “el que no se atreve a ser inteligente, se hace político” y de forma siniestra engrosa esa “gente mísera de tropa”; como si fuera poco va también el sablazo para los “pacifistas”: “los cobardes que prefieren la paz a la victoria”.

Al parecer, ningún defensor de los derechos de los animales y los profetas de ese falaz irenismo además de convencidos de que contribuyen a la paz convirtiendo las plazas de toros en templos de cultura y no de muerte, quizás sean del alguna de las categorías establecidas por Jordi; pareciera no se les ocurrió ni siquiera por curiosidad, investigar las raíces de la fiesta brava, los toros de lidia y sus prácticas, elevadas a la categoría de mitos y leyendas, “La tauromaquia es fruto de una cultura ancestral cuando la derecha o la izquierda ni siquiera habían nacido” afirmó Andrés Rodríguez, editor y Director de Forbes, el 3 de abril del 2023. 

A los exaltados triunfalistas por la abolición de la fiesta brava, poco les importó la opinión ajena, rebosante de testimonios que merecían ser tenidos en cuenta. 

Plagiando a la periodista María Isabel Rueda y su ¿“Qué estará pensando María Isabel”? ¿Qué estarán pensando taurófilos como Joaquín Sabina, Mario Vargas Llosa, Joan Manuel Serrat, Picasso, García Lorca, Hemingway, Agustín Lara, Orson Wells, Gabriel García Márquez y el resto de personalidades que defienden o defendían la Fiesta Brava, cuya extinción se ha celebrado con “Brava Fiesta”? ¡Hay que leer!

Jaime Escobar Fernández

Chía, 18 de junio de 2024

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A poco de terminar la primera mitad del siglo XX, el Noviciado de la Compañía de Jesús se trasladó de Bogotá a Santa Rosa de Viterbo, en el Departamento de Boyacá; de la ciudad al campo y años después en ese movimiento pendular de la historia, se regresó del campo a la ciudad.

La Casa de Formación de los Jesuitas en Santa Rosa de Viterbo se instaló a tal distancia de la población que no se ubicara ni tan lejos ni tan cerca del poblado y ello le permitió mantener su plena identidad de bucólica ruralidad sin perder las posibilidades de una apenas incipiente sociedad de verdad urbana. Los terrenos aledaños al poblado eran poco más que potreros transformados en el tiempo como vergel al estilo del jardín aquel del paraíso que narra la Escritura: toda clase de árboles, animales y plantas amenas.

Los “colonos” jesuitas transformaron el lugar al llenarlo de arboledas, huertos, senderos peatonales, grutas para darle mansión digna a imágenes de la Virgen María en distintas advocaciones y pequeños manantiales terminados en surtidores frente a las grutas donde reposaba la imagen de la Virgen; surtidores que el P. Manuel Briceño, S.J. inmortalizó en memorables poemas como aquel “surtidor de la Virgen, cariñoso y sincero / que a fuer de ser trovero te tornaste juglar”

Todo estaba completo y en plenitud en aquel “campo florido” del villancico una y otra vez entonado en la noche de Navidad, clima de alta sensibilidad anímica y que a la postre era intimidatorio: “No sé Niño hermoso / que he visto yo en ti / […] si acaso algún día / me atreva a salir / al campo florido / muy lejos de aquí”… La sonora y poco común voz del H. Oscar Buitrago, manizaleño, buen intérprete de la bandola y de personalidad encantadora nos hacía estremecer y hería nuestra muy exaltada sensibilidad religiosa ante la posibilidad de “abandonar” la vocación; Oscar lo haría luego pero se incardinaría el clero secular de Manizales. Permítaseme breve divagación en el relato.

Ausente el H. Buitrago entonó el tradicional villancico, el samario y médico Javeriano Eduardo Gámez del Valle, quien además de preciosa voz, mantenía preocupación constante por sus compañeros de Noviciado a tal punto que se inquietó por la salud del H. Lombana (Agustín) a tal punto que logró el permiso necesario para activar la rudimentaria e inactiva máquina de Rayos X de la Enfermería para observar el “desarrollo óseo” de su inesperado paciente; a esa sesión “radiológica” tuve la oportunidad de hallarme presente vigilado de cerca por el H. Gabriel Duque, S.J. enfermero oficial de la comunidad; diagnóstico, “crecimiento precoz”.

Desde la toma de sotana la noche del 24 de diciembre de 1954 el H. Gámez (Dr. Gámez) hacía patente su devoción y las emociones que le embargaban durante meditaciones y visitas al Santísimo a través de frecuentes y sonoros “suspiros”. Su colega y amigo, el también samario Dr. Carlos Lacoture Zúñiga, lo llamaba con cariño “capota” y nunca se me ocurrió preguntarle por qué.

Durante el consabido Ejercicio de Humildad de los lunes a finales de la mañana, su colega y coterráneo samario Carlos Lacoture Zúñiga dijo muy serio y tono a todas luces costeño: “me parece que el Hermano -refiriéndose a Eduardo- manifiesta con frecuencia respiración bradinéica”; el estupor se apoderó del recinto y una que otra risa nerviosa de algunos novicios, rompió el hechizo de aquel término técnico salido del corazón de un galeno y no de un novicio; Lacouture se “quejaba” de que el H. Gámez “suspiraba mucho” y con fuerza. Vuelvo al cuento.

Cierto día el monótono correr de la distribución ordinaria en el bucólico Santa Rosa de aquellos tiempos, se quebró de repente con la presencia de soberbio ternerillo en trance de volverse torete paseándose por los senderos peatonales a la par con las “ternas” prescritas para la ocasión de las “quietes” del medio día y los recreos de media tarde.

El recién llegado “novicio vacuno” acaparó la atención de todos e incluso, no faltó quién diera alguna cátedra de “bovinología”, tema sobre el que tenían alguna “experticia” quienes acreditaban antecedentes en las novilladas de El Mortiño. Rodrigo Ospina (el Gordo Ospina) al primer cabezazo del torete, revivió sus épocas de novillero incipiente en la Apostólica.

Aquel inesperado torete se acomodó de maravilla al ambiente recoleto del inmenso edificio solariego y clerical; se paseaba entre las “ternas” de la quiete en el medio día, muy a sus anchas. A la manera del Lobo de Gubio que cantara el inmortal Darío, los nuevos imitadores del de Asís le fueron tomando confianza hasta el punto de que ante la cercanía de negras sotanas, el becerro aquel dejó de lado los naturales mecanismos de huída y más bien parecía disfrutar de las palmaditas y el pausado rose de manos virginales recorriendo en fruición la lustrosa piel del animalejo por parte de quienes no tenían el menor empacho en violar a la vista de todos “la regla del tacto”.

El P. Manuel Briceño, S.J. popular entonces siempre por la “sal” que le ponía a sus coplas y versos festivos, resolvió bautizar al torete “Cecilio” y en complicidad con Guido Arteaga surgió el pasodoble: “Cecilio” con fanfarria de apertura de plaza y todo.

Letra: P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J. Música: P. Guido Arteaga Sarasti, S.J.

(aire de pasodoble)

Coro

Tengo un torete

muy regordete

no hay en el mundo

nadie como él.

Es mi Cecilio

mi gran idilio.

¡Ay quién pudiera

ser como él!

Estrofa

Cinco mil pesos

en cada pata

[dos versos siguientes que no recuerdo]

¡Ay quién pudiera

Ser como él

Nunca le preguntamos al onomatólogo los orígenes del nombre Cecilio impuesto al bovino, pero con el correr de los años y la experiencia en el “talante burlón” de Briceño, pude establecerse al menos dos hipótesis plausibles: la una, etimológica, connatural a la formación de un egresado Oxoniense que deriva la palabra Cecilio del diminutivo coeculus y este a su vez, del adjetivo coecus, “ciego”. Los juniores de entonces desarrollamos un amor ciego por aquel animalejo amor ampliamente correspondido por joven bovino.

La otra hipótesis podría colegirse a partir de las “adiuncta” en el estudio De bello Yugurtino que estudiábamos en esos tiempos y Cicerón vapuleaba al de Numancia por sus intrigas palaciegas. Quinto Cecilio Metelo derrotó a Yugurta en África y de ahí que le asignaran el “cognomen” de Numídico. Yugurta era hijo bastardo pero a pesar de todo consiguió que le nombrase coheredero del reino de Numidia. ¿Sería aquel torete hijo bastardo de alguna vacada ajena?

El hecho es que el cuadrúpedo animalejo ya convertido en torete parecía deleitarse en los visajes que lanzaban los religiosos deleitados con aquella camaradería y como el de Gubio de Darío “La gente veía / y lo que miraba casi no creía. / Tras el religioso iba el lobo fiero, / y, baja la testa, quieto le seguía / como un can de casa o como un cordero”.

Cierto día, al rigor de las bajas temperaturas mañaneras se unió ese “frío” indescriptible que producen las ausencias del bienamado; Cecilio, el torete regordete desapareció como por encanto del paisaje monacal de La Quinta de los Padres; no así el pasodoble que siguió formando parte del repertorio musical en paseos y meriendas lautas por algún tiempo.

Jaime Escobar Fernández

Chía 14 de mayo de 2024

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