Home Autor
Autor

Jaime Escobar Fernandez

Download PDF

MI REACCION A LA CHARLA CON EL P. Arturo SOSA, S.J.

Adr. – Quid est mors?

Epict. – post memoriam oblivion

[Altercatio Hadriani Augusti et Epicteti Philosophi]

Lo diré de una vez: escribo esta reseña necrológica a la manera de “requiem” por el pass away del “Apostolado Intelectual”, herido de muerte por las nuevas “preferencias” que anunció el P. Sosa, S.J. quien, por solicitud de la Congregación General debía revisar las propuestas hechas por el P. Kolvenbach, S.J., anterior general de la Compañía.

Ruego a quienes tengan la paciencia de leerme, no dejarse “entrampar” por mis sesgos, cuyo origen se remonta al tibio afecto que me genera nuestro Padre General; a pesar de todo, me mueve el sabio consejo mandatorio de nuestro apreciado compañero Samuel Arango: ¡“No lo diga; escríbalo”!

Confieso que me molesta la moda actual de un nominalismo rampante convencido y convenciéndonos de que cambiando de nombre, se modifica la realidad: la “Iglesia en camino” ahora es “sinodal” que significa lo mismo en su original griego: consulta popular arropada en “discernimiento comunitario”, “preferencia” / “prioridad”.

Son incontrovertibles las capacidades lingüísticas del P. Kolbenvach S.J., pero quizás en otras lenguas y ámbitos culturales haya diferencias marcadas entre prioridad/preferencia, pero en español me parece adivinar una palpable tautología, pues todos, sin excepción, damos “prioridad” a cuanto se ubica en la cúspide de la escala de nuestras “preferencias”.

Amo el seguimiento a videos de mis “preferencias”, porque ofrecen las posibilidades inigualables de frenar el discurso, devolverlo a estadios anteriores, avanzarlo de acuerdo con los intereses y sobre todo, volver a disfrutar una y otra vez de su contenido. Cada fin de semana, cuando regreso del campo, no tengo otra prioridad que sentarme a detener el tiempo y el pensamiento en el video que con admirable constancia nos envía Darío; reconocimiento quizás un poco insuficiente.

Las vivencias y el periplo vital del P. Colvenvach, S.J.

La pregunta obvia podría ser ¿qué tanto influyen las vivencias del periplo vital de alguien en la elección de sus “preferencias”? ¿Habrá alguna relación entre los antecedentes de hombre de letras e idiomas de Kolbenvach en su propuesta de “Apostolado Intelectual? Quizás el testimonio del P. Juan Ochagavía, S.J., su colaborador cercano, nos permita inferir alguna hipótesis plausible. […] amaba […] el estudio y el rigor intelectual. […] Las bibliotecas eran su pasión y su deleite. En el verano, con todo el calor de Roma, no salía a ninguna parte porque para él las vacaciones eran trabajar en la biblioteca.

[…] Las lenguas fueron también parte de sus pasiones. En el colegio comenzó con holandés, alemán, inglés, francés, latín y griego. En el Líbano tuvo que aprender el árabe, pero además el armenio y el ruso. El castellano lo fue aprendiendo de a poco con su secretario, el hermano Luis García; y otro tanto, el portugués. Yo pude ver de cerca cómo al año y medio ya hablaba bastante castellano. Me preguntó mucho por el mapudungun, interesándose por sus estructuras de prefijos y sufijos. […] Con su barbita de sacerdote del rito armenio, parecía un monje. Pero no solo por la barba, sino por los modos monacales. Se acostaba alrededor de las 11:00 pm, y se levantaba a las 3:30 am para sus largos rezos, la misa y las lecturas de autores espirituales, de preferencia los antiguos. (Testimonio del P. Juan Ochagavía, S.J. Revista Jesuitas Chile, verano 2017).

Las vivencias y el periplo vital del P. Arturo Marcelino Sosa Abascal, S.J.

También acá es tentador preguntarse ¿qué tanto influyen las vivencias de su periplo vital en la manera como el P. Sosa, S.J. desarrolla el encargo de la Congregación General para revisar las “preferencias” establecidas 20 años atrás por uno de sus antecesores? El recuento de los “antecedentes” del P. Sosa, S.J. nos podría colocar en la pista de suposiciones plausibles, en especial, sobre la metodología que adoptó para sacar adelante el encargo de revisión de las “preferencias” de Kolbenvach, S.J.

En nuestra tertulia con el P. Sosa, S.J. nos contó que “[…] la experiencia que me nutre se fundamenta en la tierra venezolana (min. 4:34); pasé toda mi vida como jesuita en Venezuela (min. 4:42): entré en Venezuela; me formé en Venezuela; trabajé en Venezuela; 10 años en S. Cristóbal (min. 5:02)

La agencia de noticias Fides dice de él que “[…] habla diversos idiomas […] su lengua materna, el español, […] italiano e inglés y entiende el francés. […] licenciatura en Filosofía otorgada por la Universidad Católica Andrés Bello (1972); teología en la Gregoriana y es doctor en Ciencias Políticas, Universidad Central de Venezuela; larga trayectoria en la docencia universitaria y la investigación en el campo de las ciencias políticas. Ha sido profesor y miembro del Consejo Fundacional de la Universidad Católica Andrés Bello y Rector de la Universidad Católica del Táchira. (Fuente: https://www.jesuits.global/es/p-general/p-general/).

Por fuente de alta credibilidad, me enteré hace ya un tiempo que durante el Rectorado del P. Sosa, S.J. la Universidad Católica del Táchira ella pasó del puesto 1 al 9 en el catálogo de universidades destacadas por su calidad académica. Wikipedia en la entrada con el nombre del P. Sosa, S.J. hay registro con las respectivas fuentes de las críticas a su pensamiento religioso y político.

Elucubro ahora a partir de algunos de los detalles de la vida del P. Sosa quien, nombrado General, se le asigna la tarea de revisar las “preferencias” propuestas por el P. Kolbenvach, S.J. En su condición de “politólogo profesional” y con significativa experiencia en trabajo social, el P. General se aplica a cumplir con el mandato y para ello organiza una exploración o “survey” de tinte sociológico como el que adelantó el P. Pacho Zuluaga (Sociología de la religión) a comienzos de la década del 60; ahora se trata, según parece por sus aparentes características, de una “consulta popular” que de fachada se arropa en la figura de “discernimiento en común”.

Quizás en la mente del P. Sosa rondara en ese momento la idea de la “resistencia al cambio” que Kurt Lewin, sicólogo social, analizó por allá en la década de 1940 y propuso la fórmula mágica y elemental pero efectiva en el proceso de vencer la resistencia al cambio; ella era, darle participación a los afectados por el proceso.

La participación en el cambio tiene efecto colaterales; si los consultados no poseen la suficiente información compartida del contexto universal en que se mueven, sus propuestas están determinadas por las necesidades y problemas que viven en el día a día y se concentran en proponer vías de solución que al final, en el esfuerzo por reunir los mínimos consensos, desaparecen y minan la confianza en el método cuando no, en la institución que lo propone.

He sido durante los últimos años curioso lector del “Anuario” a donde convergen las múltiples actividades de la Universal Compañía; todavía me lamento de la ausencia patética de informes sobre la “preferencia” por el Apostolado Intelectual; en ese informe anual antes impreso y ahora digital, predomina el brazo fatigado de Francisco Javier bautizando infieles y constato una notable ausencia de iniciativas a la manera del discernimiento madurado en la oración y el silencio que le permitió a Ignacio de Loyola redactar las Constituciones, además de perfeccionar su manual de Ejercicios Espirituales.

Ante la desaparición de la “preferencia por al apostolado intelectual” reflejada en los informes consignados en el Anuario de varios años, me cuesta entender al P. Sosa cuando en Chile no hace mucho afirmó sin vacilación alguna: “Lo que denominamos apostolado intelectual es central en la misión de la Compañía hoy, como lo ha sido desde sus inicios. La complejidad de los problemas del mundo hace siempre urgente y central la reflexión intelectual para poder realizar un servicio calificado a la humanidad desde la misión de la Iglesia.

[…] El Santo Padre Francisco, en la visita que hizo a la Congregación General 36ª, en octubre pasado, […] Nos invitó a seguir trabajando desde la profundidad espiritual con profundidad intelectual y visión de los procesos en marcha en las personas y en las relaciones entre ellas y con la naturaleza. […] No es posible una visión profunda de procesos complejos sin análisis y reflexión. ¿Lo vieron así los “deliberantes”?

Parece que la “discerniente” Compañía de Jesús durante la “consulta popular” por cinco años, no tuvo en cuenta la advertencia del Papa: “El discernimiento que lleva a escoger las acciones a realizar necesita de esa profundidad intelectual”. (Fuente: “Intercambio”, Ed. 38 Fe y Justicia). Como diría el inolvidable Cantinflas: “Ahí está el detalle”.

Sometí esta diatriba al concepto de un muy competente revisor amigo quien me anotó que la educación es “apostolado intelectual”. ¿Será así? El componente de investigación responsable de la creación de conocimiento va tomando relevancia para las Instituciones de Educación Superior en su afán por ocupar posiciones relevantes al momento de buscar puestos altos en las categorías de calidad para atraer estudiantes, pero en ellas predomina el componente “docencia” que no es otra cosa que la divulgación y aplicación del fruto intelectual por lo general ajeno y en casos excepcionales, propio.

El Apostolado Intelectual se refugia en reductos que de alguna manera están tentados a pensar que son “las ovejas negras” del rebaño a quienes quizás se tolere pero no se les estimule. Una oración por el moribundo, si no difunto Apostolado Intelectual; descanse en paz a la espera de la Resurrección prometida a los vivos y que quizás también pueda cobijar a otros muertos.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 1 de abril del 2024

3 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

Para escribir este comentario sobre exjesuitas como autores de columnas de opinión, elegí a aquellos que están activos en esa modalidad, excepción hecha de Oscar Jaramillo Gutiérrez, -Teófilo Escribano- (1939-2004).

1. Héctor Osuna Gil. El Diccionario de Colombia lo describe así: “Osuna Gil, Héctor. (Medellín, 1936). Periodista, pintor y caricaturista. Abogado de la Universidad del Rosario. Bachiller del Colegio San Bartolomé de La Merced. Considerado uno de los mejores caricaturistas de Colombia.

Osuna lleva 63 años dedicado a impartirle urticantes lecciones a la clase política colombiana que lo admira, lo disfruta, lo respeta y lo teme. Creo que con acierto, amarró todas sus caricaturas al sugestivo y diciente título de “Rasgos y Rasguños”; cada “rasgo” de Osuna sobrepasa los linderos del “rasguño” al hundir sin piedad el cincel de su inteligente ironía en el tendón de Aquiles de su paciente o coyuntura universal. (Diccionario de Colombia).

El bifronte Héctor Osuna Gil: caricatura y periodismo”. Todos los “Rasgos y Rasguños” de Osuna se convierten por fuerza de contenido y de poder gráfico, en columnas de opinión divulgadas en forma visual. Varios de sus panegiristas no dudan en acomodar a su favor, la conocida frase de Confucio: “Una caricatura -de Osuna- vale más que mil editoriales.

Preguntado por un periodista el por qué el pseudónimo de Lorenzo Madrigal para su columna de opinión, contestó: “porque realmente son como dos personalidades que manejo. […] la gente piensa que soy muy chistoso y no lo soy, pero manejo el humor y la caricatura; entonces para diferenciarla de la columna de opinión […] uso el seudónimo para pensar como periodista escritor. […] una cosa es hablar de temas serios sin ser tan trascendental y el otro, es hacer la caricatura tradicional”.

¿Por qué “Lorenzo” como nombre y “Madrigal” como apellido? Tal parece que Héctor no tiene el menor interés en explicarlo y al parecer, nadie ha tenido la ocurrencia de preguntárselo; por lo tanto, no queda otro camino que especular.

“Lorenzo” es sustantivo de genuino origen latino; los onomatólogos coinciden en afirmar que “Lorenzo” significa “Coronado de laureles” y por metonimia, otros opinan que significa “Hombre de honor”, “Triunfador”.

Madrigal es de pura cepa latina al igual que “madriguera”; ambos vocablos descienden de matrix, -icis, sustantivo que al parecer tiene como fuente el Sánscrito y según atestigua Varrón, se aplicaba a la hembra que está en fase de reproducción y crianza. Madrigal, pues, señalaría a quien genera nueva realidad o nueva vida a personajes o conceptos abstractos.

¿Por qué Lorenzo Madrigal? Dos hipótesis plausibles: “se le vino el nombre a la mente”, a manera de inspiración; le pareció sonoro, atractivo, quizás exótico y lo adoptó como segundo yo; la otra posibilidad es que haya sido el resultado de la exhaustiva búsqueda y profundo análisis de las palabras que reflejaran su temperamento artístico. El “Lorenzo” marcaba el prestigio que ya acumulaba de tiempo atrás y el “Madrigal” le vendría como “anillo al dedo” por cuanto expresaría bien el fruto de su talante fecundo dedicado a generar opinión a partir de los temas que desarrolla en sus columnas. Al menos que alguien le pregunte y él quiera decirlo, nos quedaríamos sin dar respuesta al ¿Por qué el pseudónimo de Lorenzo Madrigal?

2. El “Teófilo Escribano” de Oscar Jaramillo Gutiérrez (1939-2004). En los pasillos de Teología en Chapinero, hacia finales de la década de los 60, empezó a sonar el nombre de “Teófilo Escribano” asociado a Oscar Jaramillo. Ya para ese entonces empezaba a consolidarse su fama de talentoso escritor y analista político; con el tiempo, lo veríamos de comentarista de asuntos internacionales en noticieros de televisión.

El nuevo modo de vida propio de los recién ordenados también me absorbió por completo hasta el punto de no haberme enterado del abandono de la Compañía por parte de Oscar, ni de cómo y por qué se trasladó a Cali; menos que se dedicara de lleno al periodismo y a la cátedra en la Universidad del Valle.

Por consultas para cerrar el ciclo vital de “Teófilo Escribano” encontré los elogios de sus calidades como periodista y catedrático colaborador de El Tiempo, El Siglo, El País y Nueva Frontera. En su fugaz aventura de la política, fue nombrado secretario privado del Alcalde Mayor de Bogotá, Juan Martín Caicedo Ferrer. El boletín de AUSJAL, órgano oficial de las universidades jesuitas de América Latina, lo describe como “hombre sabio que siempre se mostró dispuesto a enseñar” (Carta de Ausjal, No. 17, año 2004, p. 36). Oscar murió por un cáncer a mediados del 2004 en Cali.

En la “Carta Ausjal” se dice de Oscar que “era fuente -según colega suyo- de reporteros que lo llamaban para pedir explicación sobre asuntos internacionales. El Medio Oriente, la ETA, el conflicto de los Balcanes, la invasión a Irak, la revolución islámica, el sueño bolivariano de Chávez, la Unión Europea y el TLC, entre muchísimos temas más que siempre estuvieron en la mira acuciosa de don Óscar y como dato agradable, recuerdo (cuando trabajaba en el área de Opinión de El País) que en diversas ocasiones, ante complejos hechos internacionales de última hora, su pluma siempre estuvo erguida para ayudar a editorializar sobre ellos”.

3. Jesús Ferro Bayona. Columnista semanal en el periódico “El Heraldo” de Barranquilla; situaciones de coyuntura suelen ser los temas de sus escritos redactados con fluidez y transparencia en aras de sus probables lectores que posiblemente sean personas de cierto nivel académico y desde luego, sus numerosos amigos y conocidos a lo largo de su larga y meritoria vida.

El estilo de la columna semanal del escritor costeño deja ver al Académico de la Lengua que no tiene necesidad de acudir a preciosismos idiomáticos para compartir con su público lector temas de coyuntura en forma simple, directa y agradable. Familiares y amigos prefieren llamarlo “Chucho” sin que le cause molestia. Sencillo en su grandeza muestra los

kilates de una personalidad nutrida de academia en el extranjero, lecturas múltiples durante su vida y la carga de experiencia que le deja ese largo paso por la rectoría de la Universidad del Norte.

4. Francisco Cajiao Restrepo. “Academia. Revista multidisciplinaria” de la Universidad de Puerto Rico, encabeza la publicación de una de sus conferencias, con apartes de su muy laboriosa existencia y señala: “Miembro permanente de la Academia Colombiana de Pedagogía y Educación”. columnista permanente del periódico El Tiempo, reconocido como una de las autoridades más importantes de la pedagogía en Colombia, especialmente por sus aportes en innovación e investigación”.

El Dr. Google a quien le consulté no me pudo dar las ejecutorias más recientes de “Pacho”, nombre cariñoso con el que suelen llamarlo sus “amigos de toda la vida”. La aproximación más vital a Pacho, está disponible en YouTube: Vida y obra: Francisco Cajiao”.

El denominador común de las columnas de Pacho en el periódico El Tiempo no podría ser otro que los temas de educación, eruditos, profundos, bien cimentados y escritos a la manera de aquel que habla “tamquam autoritatem habens”, tal como lo señalaría el latinajo utilizado por S. Juan Crisóstomo en su refutación a los disidentes de Antioquía (1004, 14. “Los disidentes”).

5. Jaime Heredia Pérez. El “Círculo Bogotano de Críticos de Cine (CBcine)” lo describe así: Comunicador social y Administrador. Estudió Humanidades Clásicas y Filosofía en la Universidad Javeriana. Estudió cine en Universidad El Salvador (Buenos Aires) y en la Universidad Gregoriana (Roma). Realizó cursos de crítica de cine en Bello Horizonte y en la Universidad ProDeo (Roma). Dirigió durante varios años cine foros con universitarios. Doctorado en Comunicación en la Universidad Gregoriana (Roma). Profesor de comunicación en la Universidad Javeriana. Ha participado en varios festivales internacionales Mar del Plata y San Sebastián. Desde hace varios años escribe la columna semanal de crítica de cine en el diario nacional Portafolio. “Varios años” se dice rápido pero en realidad son casi 20 de mantenerse “enganchado” al ámbito de la crítica cinematográfica. ¿Cómo empezó Jaime a esta difícil tarea de columnista de crítico de cine?

“Hoy en la Javeriana” nos cuenta que en febrero de 1967, el P. Nazareno Taddei, S.J. habló en la Escuela de Periodismo y Relaciones Públicas sobre el avance de los medios de comunicación social y la responsabilidad que tiene el profesional ante el cambio sustancial de la civilización moderna. Para agosto del mismo año se unieron la Javeriana y la Conferencia Episcopal de Colombia para organizar el curso “Lectura estructural del film” del 8 al 31 de agosto orientado por el P. Taddei, en ese entonces Director del Instituto de Ciencias de la Comunicación Social de la Universidad Católica de Milán, además de conocido experto en todo lo referente al lenguaje cinematográfico y asesor de reconocidos directores cinematográficos italianos; tal el maestro cuyas enseñanzas incorporó Jaime al acervo de sus conocimientos acumulados en múltiples fuentes y consolidado en la práctica que sin duda, es la “maestra” en todo oficio.

La subjetividad y aquello de que sobre gustos no hay disgustos, es el “diablillo” que persigue a cuantos intenten ser críticos en cualquiera de las artes liberales. El equilibrio que demuestra Jaime en sus columnas semanales, lo han convertido en punto de referencia y consulta frecuente en artículos de prensa y encuentros en los que esté en discusión la comunicación social y de manera explícita en el cine. Antes de acercarse a la taquilla es prudente consultar primero a Jaime Heredia Pérez el crítico de cine con prestigio merecido.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 12 de febrero del 2024

4 Comentarios
0 Linkedin
Download PDF

Llegué a la figura imborrable del “Negro” Evelio Pérez de la mano de dos insignes poetas: Luis Calé con su “Romanza de la Niña Negra” y el venezolano Andrés Eloy Blanco con su poema, modificado para efectos musicales, “Píntame Angelitos Negros”. 

Me devuelvo al pasado para rescatar el impacto temprano que causó en mi espíritu, todavía infantil en ese momento, escuchar por primera vez, en la voz privilegiada del “Tenor negro” Evelio Pérez, la “Romanza de la niña negra” y “Angelitos Negros”. 

Era el “Negro” Evelio Pérez, tenor lírico vinculado a la Compañía Antioqueña de Opera de Medellín (1943), donde interpretó melodías inolvidables del acervo operático mundial y también apariciones en diversos festejos musicales muy populares en el Medellín de los años 40 a 60 del siglo pasado.

El tenor Evelio Pérez se convirtió en entusiasta colaboradore del Colegio y la Iglesia de San Ignacio, adyacente al claustro; ese público escuchaba con inocultable emoción, cada una de las interpretaciones de ese tenor lírico autóctono. La tez de Evelio estaba un poco subida de melanina y de ahí el mote cariñoso que le endilgaron sus amigos: El “Negro” Evelio, cuando todavía la ideología racista no había convertido esa expresión de cariño sincero y espontáneo, en detestable “crimen de leso racismo”.

En dos oportunidades tuve la inolvidable experiencia de escuchar la “Romanza de la Niña Negra” que Evelio interpretaba con singular maestría y tal compenetración con la letra y el sentimiento transcrito a música, que era inevitable no solamente involucrarse en el tema, sino también, despertar sentimientos profundos de simpatía y solidaridad con la raza de color. 

Evelio solía incluir en su repertorio también el poema de Andrés Eloy Blanco que con su versión en ritmo de bolero fue interpretado por muchos artistas de diversos países con lo que alcanzó enorme popularidad, éxito que no consiguió la “Romanza de la Niña Negra”; Angelitos Negros cobró notoriedad y popularidad en la voz privilegiada y la personalidad cautivantes de Fray José Mojica, OFM; (San Gabriel, 1895 – Lima, 1974). 

Mojica fue actor y cantante mexicano; tras estudiar música, se volcó al  mundo de la ópera y llegó a formar parte de la compañía de ópera de Chicago, desde donde llegó al cine, actividad que abandonó para ingresar en Lima a la orden franciscana; tenía pues Mojica, estudios y experiencia suficientes para inmortalizar “Angelitos Negros”, en estilo propio e incomparable, pero por algún azar del destino, el Negro Evelio hizo llorar a la audiencia con la versión de su Romanza, aunque no pudo igualar la popularidad de Angelitos Negros. 

Mi encuentro con el tenor lírico Evelio Pérez se dio en el patio-salón del viejo colegio de S. Ignacio en Medellín, donde confluyeron entre los años 1951 y 1954 tres personajes inolvidables: el P. Juan José Briceño, S.J., Alberto Upegui en ese entonces joven pianista de futuro promisorio y el tenor lírico Evelio Pérez a quien con inmenso cariño todos llamábamos “El Negro” Evelio. Fueron épocas excepcionales. Hazaña irrepetible de armonizar en 4 voces masculinas todo el colegio, interpretando “Los Remeros del Volga” (popular ruso); “El coro de los martillos” (Verdi); “El Nabucco” (Verdi). 

Los “pequeños”, para la ocasión, fuimos preparados con esmero y rigor por Evelio Pérez, de inagotable calor humano; su trato universal y comunicativo modeló mi incipiente acercamiento a los de piel diferente. Evelio con su delicadeza, respeto, cariño y débil pero reconocible tartamudez, fue para nosotros ejemplo de acogida y calor humano que logró, sin imaginarlo, efectos imperecederos en cuantos tuvimos la suerte de entrar en contacto con él; así nació en mí, el tratamiento, respeto y caballerosidad para con los de piel diferente.

En las horas de ensayo para nuestra participación en ese gran coro de los ochocientos alumnos que tendría el colegio en ese entonces, Evelio daba su explicación de cómo “frasear” determinados puntos de la partitura y luego nos advertía “ahora, con o o o ortografía, muchachos” en su incipiente tartamudez. Esa “orto o o grafía” se refugió para siempre en mi memoria, a tal punto que años después, en la interpretación oral de textos Griegos y Latinos, yo indicaba la manera de “entonar” la frase y al solicitar que los estudiantes los repitieran, siempre insistía: “ahora, con o o o o ortografía muchachos”. Transforma más el ejemplo que los discursos mejor argumentados.

El Negro Evelio Pérez; qué maestro aquel y qué capacidad de transmitir emociones. De mí aseguró alguna vez el P. Antonio Gómez, S.J. -mi cuñado, coautor del texto “Latín en Acción, ilustrado por Héctor Osuna-: “Jaime Escobar no sabe ni Griego ni Latín pero lo vende muy bien vendido”. El Negro Evelio me dio la lección más práctica e imborrable de mi vida con su interpretación de La Romanza de la Niña Negra: la emoción es más poderosa que la razón. En mi docencia de lenguas clásicas, la “Emoción” fue siempre invitada de honor en cada sesión de trabajo.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 24 de octubre del 2023

3 Comentarios
0 Linkedin
Download PDF

La “santa obediencia” de los votos en la Compañía nos ocasionó, unas veces más, otras veces menos, sinsabores difíciles de olvidar. Quienes de alguna u otra manera ejercían poder sobre nuestras vidas y en especial, sobre nuestro futuro, no siempre tuvieron suficiente claridad de visión ni capacidad de discernir sobre las semillas que afloraban en cada uno de nosotros. Comienzo con la inolvidable sentencia del P. Rodríguez en su manual de vida perfecta: “en que se confirma lo dicho con algunos ejemplos”:

La visión borrosa

Con el “permiso presunto” de Alberto Betancur, lo convierto en víctima inocente de la visión borrosa y que a pesar de todo, abrió caminos andariegos e insospechados en la música, gracias a su empeño indeclinable. 

El talentoso creador del Piano a Primera Vista, como queda constancia en su propio testimonio compartido hace unos días en el blog, ingresó al mundo de la música “a primera vista”; esto es, viendo la explicación del H. Hernando Bernal quien, como buen imitador del Nazareno, también acudió al bíblico gesto de “escribir en la arena” el pentagrama seminal. 

El joven maestro Bernal ya curtido en la ejecución del armonio en Tobasía, le advirtió al “aprendiz de brujo” el inconveniente de no haber empezado esa tarea desde los cuatro años de edad, según los cánones vigentes; edad que era puerta de ingreso obligada al Paraíso del sutil entramado de pentagramas, armónicos y claves de sol o de fa “bien temperadas”. Tan borrosa parece haber sido la visión del también joven maestro como aquella primera partitura en la arena de la cancha de básquet en la Santa Rosa de memoria imperecedera.

¿Miopía?

De nuevo tuvo Alberto que “doblegar la cerviz” a pesar de haber cantado, interpretado y hecho carne propia, muchas veces, aquel verso del maestro Epifanio Mejía, autor de la letra del Himno Antioqueño: “llevo el hierro entre las manos porque en el cuello me pesa”. ¿Quién lo duda? Tenemos múltiples testimonios de sus luchas por hacerse a un lugar de privilegio en la música. El “Piano a primera vista” que siempre fue acogido y nunca rechazado, tuvo que saborear la amargura de quedarse fuera todavía sin haber abandonado la orden.

Ya no “aprendiz de brujo” sino “embrujador consumado”, cuenta Alberto que “Cuando se estrenó el gran órgano Wurlitzer en la nueva capilla doméstica[1] pedí permiso al padre rector[2] para tocarlo, pero me dijo que no hacía falta que yo lo aprendiera a tocar, porque para eso ya estaba el Hermano Hernando; me tocó resignarme, pensando piadosamente que la voz del Superior era la voz de Dios”. 

Años después sería otro Wurlitzer el instrumento que caería en el embrujo mágico de esos dedos juguetones sobre el blanco teclado, caricias multiplicadas por el subconsciente actuante, pero todavía no descubierto, por el maestro de los pentagramas y los ritmos interpretados de acuerdo con el ambiente del momento.

¿Ceguera?

La etapa de Magisterio en el proceso de formación era como una especie de “liberación lícita” y anhelada, y tal parece que lo fue y de qué manera para Alberto, destinado a trabajar en el colegio Berchmans. 

Ni corto ni perezoso, “a primera vista” identificó su espacio: “[…] “los domingos tocaba el órgano en todas las misas del templo del Sagrado Corazón. Cuando llegó a su visita anual el Padre Provincial Eduardo Ramírez, me dijo que yo evadía la oración de los domingos, por tocar órgano toda la mañana en el templo y que eso no me lo podía tolerar. Yo le respondí que los domingos hacía una oración intensa durante toda la mañana, pues tocar el órgano en las misas es alabar a Dios, como ordena el Salmo: “Laudate Eum in chordis et organo”. […] El Provincial me escuchó con atención y pasó a otro tema sin comentar nada. Para fortuna de la música, Alberto vivió aquello de “llevar el hierro entre las manos porque en el cuello me pesa” y no “dobló la cerviz”.

¿Cierto dulce desquite?

En crónica anterior publicada en este blog, Hernando nos contaba que intercambiando inquietudes sobre el aprendizaje de la música, el uno hacía énfasis en el papel de la mente en ese proceso y el de “Piano a primera vista”, en solemne pronunciamiento “ex cátedra”, afirmaba que la música no era fruto del trabajo conceptual, sino  producto natural de la sensibilidad nacida en los más profundo del subconsciente. 

El tema de la “sensibilidad” fue lección perfectamente aprendida durante su trabajo en México, cuando el productor musical del momento le advirtiera que su interpretación de la nota era perfecta pero la ejecución mostraba imperdonable orfandad de sentimiento; revolución copernicana a la que podemos atribuir un antes y un después de su carrera musical y posiblemente, semilla de posteriores investigaciones y prácticas en el manejo del subconsciente, del que nos ilustró con tanta convicción en una inolvidable tertulia de los jueves. 

Otras visiones borrosas

Era provincial, a mediados de la década de los años 50, el P. Ramón Aristizábal Gómez, S.J. y hacía su “Visita anual” a la casa de Formación en Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá. La guaza frailuna le adjudicó el “Don Ramón”; también se le llamó “el padre más edificante de la Provincia” remoquete ganado, no por su piedad acendrada, sino por haber construido tres colegios: el nuevo S. Ignacio en Medellín, el San Luis Gonzaga en Manizales y el Nuevo San José en Barranquilla. 

El núcleo de esas visita anuales consistía en la “cuenta de conciencia”, especie de confesión de boca, con el recuento iterativo no solamente de los avances, dificultades y retrocesos en la vida espiritual y académica, sino también con las dificultades en las relaciones interpersonales en una comunidad humana que en aquellos momentos podría llegar a 150 o más religiosos entre novicios, juniores, hermanos coadjutores, sacerdotes en el período de “Terceronado” y profesores no siempre bien apreciado por algunos alumnos.

Era de común ocurrencia en la Visita del Provincial, compartirle tímidos “discernimientos” sobre “vocaciones especiales”: predicación, “apostolado rural” que así llamaban las “misiones populares” de pueblo en pueblo, cine, teatro, literatura, teología, escritura filosófica, axiología piadosa u oratoria sagrada; ejercicios de S. Ignacio y cuanta ilusión pudiera surgir en un desbordado ardor juvenil deseoso de militar en el bando contrario al asentado en “aquel gran campo de Babilonia, como una gran cátedra de fuego y humo, en figura horrible y espantosa”. 

Correspondió la cuenta de conciencia al entonces Hermano Héctor Osuna, quien ya tenía manifestaciones significativas de su predisposición natural para la pintura, gene dominante quizás, heredado de su mamá, y desde muy temprana edad se involucró en la pintura. Son notables sus “miniaturas” de pequeñísimos manojos de flores. La habilidad para pintar de Héctor era manifestación evidente de un futuro previsible tal como lo demostraría luego, en sus muy famosas caricaturas de corte político.

La cuenta de conciencia del H. Osuna recorrió los senderos repetitivos y casi idénticos de las “cuentas de conciencia” o de los preparativos para la confesión frecuente: distracciones en la oración, tentaciones contra la pureza, falta de observancia religiosa, salidas de “la vida común”; poca disposición para aceptar la santa obediencia, mentiras piadosas, permisos presuntos… 

Terminado el elenco de virtudes y defectos, el Provincial se tomó unos minutos para ofrecer consejos útiles que debilitaran los defectos y fortalecieran las virtudes; concluidos los pastorales consejos del P. Provincial, Héctor quiso rematar la faena yendo directo al grano, sabiendo que se jugaba su futuro; tomó aire y dijo con plena convicción: “yo creo que el Señor me llama a servirle a través de la pintura”. Quedó D. Ramón de una pieza y luego de eternos segundos para Osuna le dijo: “Me parece muy bien, hermano, porque a veces no hay quién pinte los telones para las comedias en Navidad”. Se retiró Osuna del cuarto especial de huéspedes ilustres quizás tratando de deglutir aquel “veluti cadáver”. Lo que Osuna no pudo hacer de jesuita, lo hizo y con méritos, de civil.

Oídos sordos

Por esa misma época de mediados del siglo XX, pasó a cuenta de conciencia ante D. Ramón el H. Oscar Ramírez, dotado de una memoria fuera de lo común y que luego perfeccionaría en España al especializarse en temas de memoria. Su talento en ese aspecto era impresionante; al escuchar algún fragmento musical del repertorio clásico, al instante reconocía el “tema” y las “variaciones” que el compositor desarrollaba en cualquiera de los movimientos de la sinfonía puesta a su consideración. 

La retención en la memoria de los clásicos del pentagrama lo condujo al “discernimiento” de servir al Señor en la música y así se lo expuso al Provincial a punto de concluir la “cuenta de conciencia”. D. Ramón escuchó con paternal atención, en eso era maestro, los planteamientos del apóstol de la música en ciernes y la respuesta fue contundente: “Me parece muy bien, hermano, porque hay veces en que no se encuentra quién toque el armonio en las ceremonias religiosas…” 

Cuando florecen los sepulcros

Escribió el P. Emilio Arango, Provincial dotado de intuiciones notables, en uno de sus poemas: “- Ábreme una fosa, buen sepulturero. – Si vienes tú sólo, padre, ¿para quién”? De la inercia “veluti cadáver”, al “como bastón de hombre ciego” exigidos por la “obediencia ciega” no pocos jesuitas en formación y solitarios, llegaron a pedirle al buen sepulturero que abriera una fosa de la que algunos pudieron salir como en el Arpa de Bécquer: ¡“Cuántas veces el genio / así duerme en el fondo del alma / y una voz, como Lázaro, espera / que le diga: ¡Levántate y anda”!


[1] En la casa de formación en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá.

[2] Si mal no recuerdo, era el P. Alberto Moreno, S.J.

Jaime Escobar Fernandez

Noviembre, 2023

5 Comentarios
2 Linkedin
Download PDF

“Ya expira en occidente el mes de mayo / su tibia luz muriendo está”; lo habíamos ensayado para entonarlo a voz en cuello ese último día del mes consagrado al nombre de María y culminar con solemnidad los festejos de mayo, mes mariano por excelencia y de mucha tradición desde los tiempos de colegio, cuando nos esforzábamos por ser los mejores en su celebración.

Tal parece que nací “marinero de tierra adentro”; de pequeño fui ingeniero naval de barquitos de papel que ponía a navegar y muchas veces a naufragar por exceso de carga, en cuanto recipiente me permitiera reunir agua suficiente. De barcos de papel migré a troncos redondos labrados a la manera de cascos de barco, que incorporaron aparejos de vela para navegar en las aguas profundas de las quebradas, en las vacaciones familiares en el campo.

Ya de novicio me volvió la “fiebre náutica”, estimulada por el bote inflable que la familia le había regalado a Cisco Isaza y los juniores en vacaciones lo remolcaban corriente arriba del río Chicamocha para descender luego unas cuadras, hasta el puerto de partida. En paseos de jueves con “fusión” entre novicios y juniores, pude disfrutar de este ir y venir corriente arriba – corriente abajo del río Chicamocha, a orillas de San Rafael. Cuando se inició el proyecto llamado Lago del P. Emilio -ya mencionado antes en este blog- soñé atardeceres remando en aquel lago que nunca fue. 

Ya novicio, armé un improvisado “astillero” en un modesto cuarto del primer piso de la Casa de Formación en Santa Rosa, llamado “carpintería de los juniores”, donde me introducía, con el mayor sigilo, gracias al cuello clerical de plástico que, introducido en la ranura estrecha entre la puerta y la chapa, abría cualquier recinto. Allí comencé a dar forma al proyecto “Bote para el lago del P. Emilio”.

La madera la fui “sacando” de la carpintería adyacente al edificio, en complicidad con el collarín de plástico ya mencionado. Con herramientas muy rudimentarias fui armando el “encuadernado” del bote que no llegó a navegar, pues el invierno desbordó el agua acumulada en el proyecto de “lago” y por poco borra del mapa a Santa Rosa de Viterbo, casi que una aldea en la década de los años 50.

Era entonces, el fin del mayo mariano del año del Señor de mil y novecientos y cincuenta y siete. ¿Cómo celebrar el cierre de mes? Los juniores exhibían en el corredor sur, segundo piso de la Casa de Formación, poemas a la Virgen: español, latín, griego, inglés y hasta un soneto en francés del P. Eduardo Cárdenas, S.J. que aunque exótico, era la colaboración del insigne profesor, muy querido y respetado por todos.

Fue cuando, en “meditación de reglas”, el demonio me tentó con la idea de hacer algo raro en cualquier lugar insólito -que lo eran todos- en la Quinta de los Padres. Llegó la “inspiración”: ¡Un barco en medio de la piscina con la imagen de la Virgen en la cubierta y como escolta, cientos de velitas encendidas, símbolo de luz en la “noche oscura del alma”. Faltando unos días para finalizar el mes, aquella idea me obsesionaba día y noche.

Decidí buscar imágenes de barcos en la Enciclopedia Espasa Calpe de la biblioteca, con ayuda de la “llave maestra” del cuello clerical. La nave Victoria de Juan Sebastián Elcano parecía fácil de construir y además estaba cargada de simbolismo: venció las dificultades de la travesía alrededor del mundo, maltrecha pero vencedora de tormentas y bautizada con el nombre de la advocación “Virgen de la Victoria”. Resuelto el simbolismo del proyecto, quedaba aprovechar al máximo los días 30 y el 31 del mes para reproducir la nave.

Elegí un cuarto medio desocupado en el segundo piso del ala oriental del edificio, asignada al Noviciado, cerca de la cocina, para evitar ruidos delatores, pues me debía “salir de la vida común” para evitar inconvenientes. El día 30 de mayo, luego de los “oficios humildes” de la mañana, me encerré a trabajar. Asistí al examen de medio día, a la merienda, a la “segunda mesa” y, cuando todo el mundo apagó la luz, me escabullí a continuar con la nave Victoria.

Por algún descuido mío, el H. Ernesto López Montaño, “El trucha López”, descubrió mi escondite y decidió acompañarme esa noche después de la hora de acostada; más que de ayuda, su presencia era de acompañamiento. Hacia la media noche, “El trucha” cabeceaba de sueño; entonces le empecé a conversar sobre el Papa Pío XII del cual era fanático admirador en el momento. A punto de Pío XII lo pude mantener despierto hasta un poco antes de las 5 de la mañana, para asistir al “hoc signum” vociferado por Guido Arteaga.

Después de los oficios humildes del 31 de mayo, volví al improvisado astillero para dejar a punto la nave Victoria, todavía muy incompleta. Acudí al examen de medio día, a la primera mesa y durante el recreo y la siesta continué dando los últimos toques al barco y alistando las espermas conseguidas por “Loterito”, ese inolvidable y silencioso servidor de todo momento. Las fui pegando sobre pedazos de tabla para que pudieran sobreaguar en el micro mar de la piscina Santarrosana. 

Caía la tarde cuando empecé a trasportar hacia la piscina de La Quinta, la utilería necesaria para el espectáculo soñado en la miniatura del Mar Océano que era la piscina donde navegaría con garbo la réplica de la “nao” Victoria de Juan Sebastián Elcano, única sobreviviente de las cinco que emprendieron la aventura de darle la vuelta al mundo. Era la imagen deseada de la supervivencia de la vocación en la Compañía.

No había tenido tiempo para probar la capacidad de flote de mi burda réplica. Esto me producía tensión más allá de lo común, pues su hundimiento, al primer intento de navegabilidad, generaría el fenómeno que hoy dan en llamar bullying, actitud frecuente en aquellos tiempos de noviciado repleto de jóvenes alegres y muy dados a todo tipo de “chanzas pesadas” de uso común en el ambiente. 

Aprovechando que todavía no había moros en la costa deposité, sin soltarla del todo, mi nao Victoria a la que le añadí burdo mascarón de proa con figura femenina mal copiada por aquello del recato sexual y en el castillo de popa, una estampa visible de la “Virgen de Murillo” sublimación de lo femenino y defensa infalible en la turbulencia de las nefandas tentaciones asociadas a las “partes pudendas”.

El artilugio “cabeceó” un poco, pero se mantuvo a flote, liberado de mis amarras. Como era evidente que el centro de gravedad quedaba muy alto en el casco de la nave, logré introducirle algunas piedritas al fondo, para disminuir el riesgo de que se ladeara primero y girara después 180° sobre su eje.

Asegurada la navegabilidad de mi réplica, me di a la tarea de encender las espermas que había logrado conseguir en el pueblo gracias a la complicidad generosa de “Loterito”, quien nunca me reclamó el reintegro del dinero que le debió costar aquella contribución a los festejos del último día de mayo cuando según el canto, “su tibia luz muriendo está / y noche oscura envuelve nuestras almas / porque te alejas Madre, ya”.

La nao Victoria flotando fue el punto de arranque para la segunda parte de aquel rústico y esforzado homenaje a La Virgen; me había pasado dos días y una noche completa en vela para hacer realidad el sueño de una piscina que simulara mar, con múltiples luces de velas que flotaban en trozos de tabla y hacían corte de honor a La Virgen de la Victoria, la Inmaculada de Murillo, sobre nuestras perturbadoras tentaciones diarias de castidad.

Creo que Juno, la siempre resentida porque no la coronaron reina de belleza del Olimpo, se dio cuenta de que otra vez una mujer le empezaba a disputar el primer puesto como “Reina Universal de todo lo creado” y por lo visto volvió a recurrir al padre Eolo para que castigara aquellos desplazados del mundo pecador y pueblo predilecto y adorador de su recién aparecida rival (Aen. I, 69  […] incute vim ventis submersasque obrue puppes, 70. aut age diversos et dissice corpora ponto”, le ordenó en tono de sargento mayor: [“otórgale poder al viento y a las naves anegadas destrúyelas o dispérsalas y esparce los cuerpos por el mar].

 ¿Cómo iba Eolo a rechazar la tentadora recompensa de Juno? Son 14 las Ninfas de las cuales Deiopea es la de cuerpo más sobresaliente [quarum quaeforma pulcherrima] trofeo no solamente valioso por su belleza, sino también por la promesa formal de convertirlo en padre de hermosa prole [pulchra faciat te prole parentem].

En el pulso con Eolo yo perdí, pues en el momento no podía ser “padre de hermosa prole” y, sin previo aviso, se desató sobre aquel mar artificial el más cruel aguacero con borrasca incluida; vela que no se apagó giró sobre su pedestal y quedó como en los barcos de Eneas: “obrupta pupis”; trató de resistir un poco más la nave Victoria arrinconada en la orilla, pero todavía con su mascarón de proa enhiesto y su preciosa carga fija en el castillo de popa, no resistió largo tiempo el clima adverso y aquella noche del 31 de mayo de 1957, Juan Sebastián Elcano naufragó en aguas de la piscina de Santa Rosa de Viterbo. 

Jaime Escobar Fernández

Chía, 2 de noviembre de 2023

9 Comentarios
2 Linkedin
Download PDF

Años atrás, la muy popular Revista Selecciones del Reader´s Digest, ofrecía a sus lectores la sección “Mi personaje inolvidable”, destinada a resaltar cualidades destacas en personajes de variadas condiciones. Hoy hago un plagio descarado de esa sección, trayendo como “personaje inolvidable” lo que dado en llamar “Las negritudes”. Abrigo la esperanza de que nadie se “delique” pues “El Negro”, en mi experiencia vital, antes que gesto de rechazo, ha sido de inclusión, aprecio y afectos sinceros, como espero demostrarlo.

  • El “Negrito” lindo. Fui sobrino predilecto de tía paterna, solterona y amorosa a quien le alcanzaron sus afectos hasta a los sobrinos nietos, mis dos hijos mayores, todavía en vida de ella. Los favores por solicitud de la “Tía Anita” siempre estaban precedidos por el “Negrito lindo”: “Negrito lindo”, hágame un favor; “Negrito lindo”, tráigame; “Negrito lindo” acompáñeme. Nunca nada me sonó tan dulce y evocador para mí como para mis hijos, que ese “Negrito lindo”, lleno de ternura y acogida, fue semilla de mis posteriores afectos.
  • “La Negra”, muñeca icónica. Fuimos hogar antioqueño con sólo dos hijos, por aquello de que “la excepción confirma la regla”. Contra la tradición, a mi hermanita le regalaron hermosa muñeca que la familia bautizó “La Negra”, porque su piel lo era en grado sumo; labios abultados de intenso rojo vivo, cabello “afro” y bata de colores subidos. “La Negra” fue, durante años, juguete predilecto de mi hermana; con el tiempo, pedí a “La Negra” en herencia y ahora reaviva ese rescoldo dejado por el afecto y la ternura con los que mi hermanita abrazaba y consentía a “La Negra”. 
  • Pablo, “El Negro” cabuyero. Lo llamaban “cabuyero” por su único desempeño laboral. “El Negro” llegó buscando trabajo; sabía que se llamaba Pablo nacido por los contornos de las Minas del Zancudo, en el municipio de Titiribí, emporio de trabajadores negros en las épocas de mayor esplendor. Pablo nació despojado hasta de apellidos y abandonado pronto a su suerte; la vida suplió esa orfandad total, dotándolo de un espíritu indomable, sencillez, voluntad de servicio y devoción a sus patrones. “El Negro” es quizás el mejor exponente de esa utopía del “Perdón y Olvido” porque jamás le oí quejarse de nadie ni de nada y tenía razón para hacerlo, dados sus orígenes y los rigores de los primeros años de vida. ¿Qué pasaría con “El Negro”? Dios lo tenga a su lado, puesto más que merecido. 
  • “El Negro” Evelio Pérez. Patio-salón en el viejo Colegio de S. Ignacio en Medellín, a donde confluyeron, en los comienzos de los años 50, tres personajes inolvidables: el P. Juan José Briceño, S.J.; Alberto Upegui, en ese entonces joven pianista de futuro promisorio y el tenor lírico Evelio Pérez a quien con inmenso cariño todos llamábamos “El Negro” Evelio. 

Fueron épocas excepcionales: a 4 voces, todo el colegio entonó “Los Remeros del Volga” (popular ruso); “El coro de los martillos” (Verdi); “El Nabucco” (Verdi). Los “pequeños” hacíamos la primera voz preparados con esmero y rigor por “El Negro” Evelio, miembro entonces de la Compañía de Opera de Medellín. El calor humano de aquel tenor lírico acrecentó mis afectos a los de piel diferente. 

El “Negro Evelio” interpretó, en diversas ceremonias académicas del colegio San Ignacio, “La Romanza de la niña negra”, (Luis Cané, 1897-1957) y “Píntame angelitos negros”, (Eloy Blanco (1896-1955); “El Negro” Evelio ejecutó aquellas melodías, todavía lo recuerdo, con impactante emoción y sentimiento, otra muestra de su delicadeza, respeto y cariño. Evelio merece un “Mi personaje inolvidable” especial. 

  • “La NEGRA” sotana. En medio de la oscuridad de la media noche navideña de 1954, me revestí con “La Negra” sotana que cubriría “el hombre nuevo”, mientras felizmente reinaba el “Papa Negro” Jean-Baptiste Janssens (1889-1964); en teología fui el único que todavía andaba “chutando trapo” que decía mi mamá. Una vez coincidí en el ascensor de Chapinero con el P. Lorenzo Uribe, S.J., ambos revestidos de pies a cabeza con “La Negra” sotana; poco antes de llegar a nuestro destino, el P. Lorenzo me observó en silencio por breve tiempo para decirme muy serio: -“¿Hermano. Ud. usa sotana por devoción o por rebeldía”? Esperé también unos instantes y de salida, le respondí: “No padre; porque me da mucho frío”.
  • “El Negro” Hernández. A Guillermo Hernández Téllez, S.J. le “colgaron” ese mote desde mucho antes de conocerlo; por algunos indicios, parece que no estaba muy a gusto con ello. Mi primer recuerdo de “El Negro” Hernández, fue el entusiasmo con el que cantaba “El sultán tenía una pipa de oro y plaaata-a-a-a / con cien mil incrustaciones de hojala-a-a-a-ta / la compró en el Canadá-a-a-a; le costó un dólar no Ma-a-a-as”. Las demás estrofas de El Sultán resultó ser canción de La Falange, imposibles de cantar para el recato monacal.

Perdí de vista a “El negro” Hernández por muchos años, luego de compartir con él un corto tiempo en la comunidad del Colegio San Luis Gonzaga de Manizales; tiempos después, era invitado frecuente a las actividades de la Escuela de Padres en el Colegio de San Bartolomé la Merced, donde estudiaban tres de nuestros hijos. Por último, en la Universidad Javeriana donde nos saludábamos casi a diario, mientras él, a las puertas de su oficina, agotaba la cuota diaria de cigarrillos y yo iba camino a clase. 

  • “El Negro” Salas. Armando Salas Martínez es cubano y recordado educador del Movimiento Scout; emigró joven a Costa Rica donde todavía reside, sano y lúcido con sus 88 años a cuestas. Mi primer encuentro con “El Negro” Salas fue en la antigua finca “Los Salados”, hoy represa Santa Fe, en el oriente antioqueño. 

A comienzos de 1964 dirigió un curso de ocho días para jóvenes scouts de todo el país que se preparaban para mejorar su colaboración al Movimiento. El P. José Carlos Jaramillo, S.J. y yo empezando la etapa de magisterio, participamos de ese evento. De “El Negro” Salas aprendimos la vivencia de la Ley Scout en cada uno de sus puntos; en particular, “El scout es útil y ayuda a los demás sin pensar en recompensa” mandato que me ha dificultado cobrar mis colaboraciones en distintos campos. Todavía intercambio mensajes con “El Negro” Salas.

  • “El Negro” Cartagena. Hugo Cartagena Hernández, “Huguito” como lo solía llamar Guido Arteaga. Coincidimos los tres en Barranquilla y desvelábamos con nuestros comportamientos al P. Ramón Aristizábal, S.J. rector del entonces nuevo Colegio San José en Barranquilla. 

“El Negro” Cartagena era noble, sencillo y buen amigo, soporte impagable durante mis afugias del Magisterio. El “Trío Barranquilla” se dispersó; volví a saber de Hugo por el Dr. Google quien me cuenta que “HUGO CARTAGENA. Experienced Chief Executive Officer with a demonstrated history of working in the construction industry. Skilled in Negotiation, Luxury Goods, Budgeting, Business Planning, and Coaching. Strong business development professional graduated from UNIVERSIDAD JAVERIANA – BOGOTA. Desde octubre de 2017, es President & Ceo, de la Cámara de Comercio Internacional de Empresarios, IECC, con sede en Nueva York”. 

  • La “Negra” Lía. Lía Mesa Bustamante, nació en Armenia de Mantequilla y murió nonagenaria en Medellín. Proactiva y de carácter indomable, la “Negra” Lía se enfrentó a la ciudad en compañía de su familia y sin más recursos que una pobreza extrema y una voluntad decidida para superarla, empezó lavando y planchando ropa ajena, hasta que consiguió trabajo estable donde además de ganarse el cariño de patrones y clientes, pudo llevar una vida sencilla, con lo indispensable y con desbordante entusiasmo, audacia y alegría hasta el final de su existencia. 

Una vez, la “Negra” Lía consiguió que Tránsito Municipal cerrara el tráfico en la Avenida la Playa, durante tres horas, en pleno medio día, entre el Teatro Pablo Tobón Uribe y el edificio Coltejer, para realizar carrera de balineras de los Lobatos, rama infantil de los Scouts que ella dirigía. Prensa y radio de la época se ocuparon de las “balineras” de los Lobatos. La “Negra” Lía soñaba en grande y me contagió esa enfermedad el tiempo durante el cual disfruté de su amistad que siento mantenerse todavía.

  • “El Negro” Palomeque. El presbítero Lagarejo Palomeque cursaba su posgrado en Derecho Canónico en la Universidad Javeriana, cuando me crucé con él por primera vez; dosis alta de melanina, rostro de asombro, mirada de niño curioso y sencillez de trato, a la manera de “el mínimo y dulce Francisco de Asís” que diría el inmortal Rubén Darío. 

La figura del “Negro” Palomeque me trae a la memoria la figura de “El Negro” Robles, egresado Rosarista a quien su Alma Mater rindió homenaje en placa de mármol negro, ubicada en uno de los corredores del claustro. De él se cuenta que estando Laureano Gómez en el uso de la palabra, al ingresar Robles al recinto, el orador “le disparó su tiro” como en el poema aquel de La Tórtola: ¡“Señores, se oscureció el congreso”!; de inmediato respondió el agredido: ¡“Pero se iluminó Colombia”!

El P. Lagarejo es el único de muchos sacerdotes y laicos que repasaron su olvidado latín guiados por mis orientaciones y es también el único que todavía me llama y envía mensajes de texto; se me antoja compararlo con aquel personaje de la curación de los diez leprosos que regresa y no tiene cómo responder a la pregunta del Curador: “¿Eres el único que ha venido a agradecer? ¿Los otros nueve, dónde están? (Lc. 17, 11-19). Lagarejo siempre regresa, agradecido, con muestras de afecto.

Jaime Escobar Fernández

Octubre, 2023

10 Comentarios
1 Linkedin
priest, holy, josé de anchieta-5999746.jpg
Download PDF

El reciente escrito de Silvio Zuluaga, brillante lectura de la vocación a la Compañía como fruto de un bien concebido plan de mercadeo jesuítico, me puso a evaluar si yo fui “víctima” de esa estrategia cuidadosamente diseñada para motivar jovencitos “ni bizcos ni cazcorvos” que engrosaran las filas de la Caballería Ligera del Papa.

Luego de sereno examen de conciencia he llegado a la conclusión de que no fui “fruto” de un “marketing vocacional” sino el resultado de aquello que podríamos llamar “merchandising” vital; me explicaré, previa ambientación necesaria.

Nací y pasé los primeros años de mi vida entre potreros, rastrojos, supérstites bosques de maderables, vacas, terneros caballos y arrierías. Cuando llegó mi “edad de merecer” no matrimonio sino estudios formales, fui matriculado en la escuela del pueblo donde yo era de los pocos que usaban zapatos; uno que su abuelo paterno recogía los viernes por la tarde en bestia de silla para llevarlo a la finca y lo volvía a dejar los lunes a primera hora en la puerta de la escuela. Entre semana vivía con la abuela materna que residía a las afueras del pueblo, distancia que me tomaba cerca de media hora de caminata.

Terminado el año escolar, doña Eva, que así se llamaba la maestra de mi curso, le dijo a mi papá con acento de oráculo de Delfos: “Don Alberto: vea a ver qué va a hacer con este muchacho; o lo manda a estudiar a Medellín o lo pone a trabajar en la finca porque si lo deja aquí, se le pierde”. Vencidos algunos inconvenientes, fui a parar a Medellín y me matricularon en el “Gimnasio Medellín” que además de la gloria de haberme tenido como exalumno, contó también entre sus ilustres egresados al P. Alberto Gutiérrez Jaramillo, S.J. de grata recordación.

Con la llegada del nueve de abril de 1948, concluyó, poco después, mi paso por aquel sencillo colegio fundado y regentado por una familia cuyos miembros desempeñaban todos los cargos típicos de cualquier institución educativa.Aquel modesto colegio se había instalado en una vieja casona en los límites al sur de un Medellín que no pasaría en ese entonces de albergar unos 300.000 habitantes.

El merchandising jesuítico empezó con el paso del modesto colegio de barrio, al muy encumbrado y tradicional colegio de San Ignacio, en 1950, lo cual me produjo un profundo impacto con marca de grandeza, acrecentado al recorrer sus corredores que exhibían los “mosaicos” de las promociones anteriores de bachilleres. Empecé a reconocer rostros de egresados que se habían convertido en empresarios, ingenieros, médicos o políticos de prestigio; tales mis primeros influjos del programa de merchandising jesuítico: empezaba para mí un camino de grandeza, prestigio y liderazgo, digno del respeto y veneración que inspira todo lugar sagrado.

Edificio, mosaicos y sotanas negras cubrían todos los espacios del entorno, desde la portería hasta la rectoría,pasando por el cuerpo de docentes y asesores espirituales. Estos eran los primeros elementos del merchandising jesuítico; muestra viviente de los valores que profesaban e inculcaban ejemplarmente. El resultado no se apartó un momento de los planes: “quien ingrese acá se involucra en algo grande, emprendimiento que vale la pena adoptar”.

Muchos años después, en épocas muy recientes, encontré entre los apuntes del P. Manuel Briceño, S.J. una nota manuscrita que compartía en mis clases de griego y latín con el nombre de “Los Postulados de Oxford” y que posiblemente le impactaron a Manolo, de tal forma que los transcribió y los conservó hasta su muerte; me parece advertir en ellos un anticipo de los lineamientos de esas primeras acciones del merchandising jesuítico. “1. Usted ha venido buscando algo bueno señal de que lo hay; entonces no se dedique a criticar. 2. No nos interesan sus perspectivas; no nos hable de ellas porque si no, hubiéramos ido nosotros allí; cuando nos interesen, iremos allí, así como usted ha venido aquí. 3. Usted espere un poco y verá cómo en medio de todo y a pesar de todo,terminaremos entendiendo”.

Por aquellos tiempos hacía su período de magisterio el P. León Uribe Cadavid, S.J. en Villa Gonzaga,“Remolacho” como lo llamaron los estudiantes, por su marcado color de piel y cabellos más bien rubios y ralos. Era mi prefecto de disciplina en el curso y, después de la primera entrega de notas con resultados lamentables, se me acercó en un recreo y me dijo en tono confidencial y casi cómplice: “dígale a su papá que lo meta a Villa Gonzaga que allí lo enderezo”… Entré pues a Villa Gonzaga, “por defecto”, como se dice en el lenguaje de los computadores de hoy. La Apostólica significó para mí otra fase del plan de “merchandising jesuítico”.

Más campesino injertado en la urbe que hijo de una cultura del libro y del documento, mis logros escolares no fueron los mejores. Cuando volví de vacaciones a la finca familiar a medio día de camino de Medellín, lo hice con el sanbenito de haber perdido ortografía y las demás materias colgando de un hilo. 

Sin embargo, en toda esa época estuve a merced del ejemplo de personajes memorables, todos ellos jesuitas, salvo uno que otro laico ocasional, fervoroso admirador de la Compañía. Toda aquella pléyade ilustre, larga de enumerar, sacerdotes y hermanos coadjutores, iba haciendo el trabajo de aguas subterráneas que, gota a gota, minan el terreno de modo silencioso y casi invisible pero irrefrenable: doctos, afectuosos en el límite mismo del respeto, dedicados a su tarea, alegres y serviciales. 

¿Resultado de este proceso de cinco años, incluyendo el quinto preparatorio? Los efectos evidentes del merchandising jesuítico: ¡Quiero ser como ellos! Nada de salvar almas, regentar parroquias, dar testimonio de pobreza, administrar sacramentos, predicar, dar ejercicios espirituales; de opción indeclinable, eminente en cualquier campo de acuerdo con el ejemplo vivo que recibía a diario; sin conocerlo, opté por el magis.

Doy testimonio de que si algo he llegado a ser en la vida, en cualquiera de mis espacios vitales, se lo debo todo a la Compañía de Jesús, tal como no me he cansado de repetirlo en cuanto escenario he tenido la oportunidad de confesarlo.

Muy pocos años de mi vida los pasé en casa acompañado de papá y mamá; el año de escuela rural lo viví casi todo con la abuela materna; los años anteriores a mi ingreso a Villa Gonzaga, los viví en casa de dos tías paternas que vinieron a instalarse en Medellín, para que yo pudiera continuar estudiando. A partir de mi ingreso a la Apostólica, los contactos familiares eran apenas los días de visita; una vez papá y mamá me visitaron durante el noviciado. Solo en mis primeros años de vida tuve presencia física permanente de papá, mamá y unos muy pocos, con mi única hermana a la que la aventajo en 8 años.

Del colegio a la etapa de teología -más de 20 años de mi vida- los pasé cerca de eminencias en el campo espiritual, la ciencia y la filosofía; ese contacto me iba afianzando en el deseo de ser “como ellos” que me nació en el colegio, se fortaleció durante los años de formación y traté de realizar,una vez sacerdote, luego de pasar por los duros momentos de la negación de órdenes menores, la “purga” de más años de magisterio, la negación temporal de las órdenes mayores y durante los últimos diez años de vida consagrada, lo que hoy se conoce en el mundo empresarial como “el despido silencioso”.

Así como el merchandising jesuítico me llevó a la Compañía, la misma estrategia con nuevo enfoque, me sacó de ella. El Vaticano II, Arrupe y su “opción preferencial por los pobres” a rajatabla, las petites communautés en barrios marginales con apariencia de compromiso con el pobre, pero de muros para adentro no tanto; el furor del “aggiornamento”, mi visita al juniorado o al filosofado -no estoy seguro si esa era la etapa de formación- pero en todo caso, el barrio Spring de Bogotá, el pequeño salón con pupitres de colegio, las habitaciones con dos o tres camas y el desmonte de la Casa de la Juventud en Medellín para “dar testimonio de pobreza”, acompañado del subsiguiente trasteo al pequeño apartamento de segundo piso cerca de la cabecera norte del aeropuerto Olaya Herrera, fueron algunos de los elementos del nuevo merchandising que me llevaron a aceptar el “fatum” aquel registrado en Lucas 9, 22 Nadie que mire hacia atrás después de poner la mano en el arado, es apto para el Reino de Dios.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 23 de septiembre de 2023

5 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

Suscribo con entusiasmo aquella categórica afirmación con que nos retó José Samuel Arango hace poco: “¡No lo diga; escríbalo!”

Me tomo la libertad de separar los aspectos “escribir” y “publicar”, actividades que me han despertado distintos sentimientos, aunque la fuente quizás sea la misma; de ella emanan impactos emocionales discernibles. No sé por qué me ha gustado escribir y menos aún por qué algunos escritos han merecido el honor del olor a tinta de imprenta: placer incomparable de fuentes distintas.

Escribir

Todavía me pregunto, sin hallar respuesta plausible ¿cuándo y por qué “me dio por escribir”? Quizás fueran las clases de literatura en el Colegio de San Ignacio las que me acercaron a la escritura. Estudiamos español y literatura en los textos del P. Félix Restrepo “El castellano en los clásicos” y en el “Resumen histórico-crítico de la literatura colombiana” de José María Ruano. Releer al P. Félix se constituyó en placer creciente no solamente por su contenido, sino porque me acercó a los clásicos, encuentro que tomaría mayores alcances durante el Juniorado en Santa Rosa de Viterbo; desde el colegio me gustó aprender poemas de memoria y todavía lo practico; esa costumbre me llevaría a “cometer poesía” durante la Filosofía, y no poca.

Alguna semilla literaria debió aparecer en los trabajos del bachillerato, pues estando en Villa Gonzaga, el P. León Uribe Cadavid, S.J. me encargó redactar una crónica sobre La Apostólica que apareció luego publicada en la Revista Juventud Ignaciana, ejemplar que hoy se encuentra en el Fondo Jaime Escobar Fernández del Archivo Histórico P. Juan Manuel Pacheco, S.J. de la Universidad Javeriana.

Desde aquellos lejanos tiempos de 1953 no he parado de escribir, actividad que se volvió casi febril en el Juniorado y en Filosofía. Conservé el trabajo de “Textos” sobre “La amistad en Aristóteles” que, al leerlo años después, me ruboriza un poco y lo justifico como “peccata minuta” de entonces. También escribí la monografía de grado en filosofía con la dirección del entonces P. Enrique Neira Fernández, S.J. 

Por necesidad, he escrito centenares de lo que hoy llaman “handouts” en apoyo a la actividad docente que no he abandonado desde que ingresé a ese mundo por la puerta de “catequista” que fui, a poco de ingresar al Colegio San Ignacio en 1950. Allí recibí invaluables consejos sobre cómo adelantar una “clase magistral”.

Intelectus apretatus discurrit

La mayoría de mis escritos se han adelantado a impulsos de enorme presión no solamente de responsabilidad sino también “contra reloj”. Dos ejemplos se destacan: el folleto “Salud Ocupacional para Supervisores”, en coautoría, para empleados de Ecopetrol en Barrancabermeja. 

Andaba la familia de vacaciones en Medellín cuando me llamó el Ing. Rafael Moreno García, español experto en salud ocupacional, para decirme un 15 de enero que la semana siguiente empezaríamos el curso de Salud Ocupacional para Supervisores en Barrancabermeja; debería escribir mi contribución sobre aspectos administrativos en el término de la distancia, pues los originales, con un 10 % de ilustraciones,deberían estar listos para el 17 de enero y el impresor se comprometía a entregarlos el 21, vísperas del viaje. De un 15 de enero en Medellín a un 17 en Bogotá, significó 9 horas de viaje por tierra y una noche en blanco en la redacción e ilustración del texto, pero se pudo por aquello de Virgilio “Possunt quia possevidentur” “pueden los que creen que pueden” (Ene. V, 231).

Otra experiencia de producción escrita “contra reloj” la viví en UNISUR, durante los primeros tiempos de la Rectoría de Hernando Bernal Alarcón. La Unidad de Medios que dirigía Darío Muñoz Arroyave (Napo) me encargó el desarrollo de tres materias en emisiones radiales de 10 minutos cada una. Obvio que no era improvisar el “discurso”; requería libreto escrito que leería un locutor profesional en Radio Sutatenza; eran 8 páginas tamaño oficio, en promedio, doble espacio por cada emisión.Veces hubo en que pasaba la noche trabajando, me bañaba y salía para los estudios de grabación.

Los cursos de Griego y Latín en El Externado, El Rosario y La Javeriana, los adelantaba de acuerdo con la más rigurosa programación y con lecturas, vocabulario, gramática, palestras (trabajos fuera de aula) y una “adiuncta” al estilo Manuel Briceño que llamaba “Conozca al personaje” escrito de 2 a 3 páginas tamaño carta, letra de 12 puntos y espacio simple. Los cursos en esas universidades se cubrían en 16 semanas; excluidos los tiempos de evaluación ello significó, entre otros aspectos, escribir para cada curso 13 episodios de “conozca al personaje”.

“Lo que puede la edición”

Algunos de mis escritos se publicaron; son folletos más bien que libros. De especial motivo de asombro fue la Lectio Inauguralis que me encargó la Facultad de Filosofía de la Javeriana hace ya varios años. “El griego y el latín en la conformación del pensar como ciencia” lo publicó la Revista de la Facultad y Alberto Betancur, en acto de generosidad extrema,lo incluyó en su página de música y le hizo largo seguimiento al número de lectores en aumento permanente.

Alguien “subió” la Lectio Inauguralis al portal ResearchGate que le hizo seguimiento no solamente al número de lectores, sino a las veces que el escrito ha sido citado por otros autores; según ese portal, 14 autores lo han hecho y en el último reporte, muestra la cita de la “lectio” en escrito de autora alemana. Redalyc.org reporta 3 citaciones. Se cumplió el apotegma aquel según el cual “investigación que no se publica, no existe; publicación que no se cita dejó de existir”; tal la suerte de mi escrito, que dejó de existir por los años que han pasado desde su publicación.

Me identifico con el poeta Ricardo Carrasquilla y su “Lo que puede la edición” que vi por primera vez en “El Castellano en los clásicos” del P. Félix Restrepo, S.J. cuando estudiaba Español y literatura en el colegio San Ignacio de Medellín, por allá en los años 1952, 1953. Confiesa Carrasquilla: “Hice un canto bermudino al cóndor / pero estaba en borrador / y me pareció cochino. / Me lo hicieron publicar en “El Día”, / lo leí con alegría / y lo encontré regular. / Luego en una colección de poetas / lo insertaron con viñetas / y dije: ¡Es gran producción”! / Lo que puede la edición”.

7 Comentarios
1 Linkedin
baby, foot, hands-560890.jpg
Download PDF

Continuando con las “cartas al padre”, Jaime Escobar nos hace llegar este poema escrito por Rafael Ortiz González, padre de Jaime Ortiz, su amigo, quien se lo envió a Jaime ante la muerte de su padre, con esta sencillas dedicatoria: “Para Jaime Escobar, un gran señor del alma, en estos momentos tormentosos”. Varias generaciones unidas por el valor de la palabra…

De mi padre recuerdo
todo cuanto soy yo
en el tiempo.

Sobre todo ahora
cuando más me le parezco
en el modo de sentir y de decir las cosas,
en la acción de las manos,
en la línea del alma
y en el perfil del gesto.

A veces me parece
que mi padre no ha muerto
y que soy apenas una prolongación humana
de su rostro,
de sus acciones y de sus pensamientos.

Mejor dicho,
yo no recuerdo a mi padre
porque en toda mi vida está presente,
en el espejo ardiente de mi sangre
y en el espacio claro de la frente. 

(...)  Lo siento que camina por mi sangre,
como el río que en el mar halla su centro
y que mis brazos y mis pies son gajos
desprendidos del árbol de su cuerpo,
de las mismas raíces de su cepa,
de la más alta rama de su sueño.

A veces siento
que mi padre y que yo somos lo mismo
y que él está en mí perfectamente vivo
y que yo estoy en él perfectamente muerto
pero vivimos y morimos juntos
mientras siga él muriendo y yo viviendo.

(...) Yo a mi padre lo siento y lo presiento
más cerca a mis arterias y más próximo,
como si cada día que avanzo hacia la muerte
él viniera más joven a mi encuentro
y yo fuera hacia él mucho más viejo.

Porque él está dormido en el espacio
sin vejez, sin temor, sin sufrimiento,
en el jardín de los marfiles blancos
y de flores de nieve y rosas de ébano,
y yo estoy en la tierra de la muerte
fumando el humo de mi breve tiempo,
apretando los días entre mis manos,
contando los instantes en mis dedos.

Pero él sigue en mi sangre y en mi vida
reproduciendo todos los ancestros,
gobernando mis pasos, viajando entre mis venas,
y viviendo la forma de mis sueños!

Mi padre está conmigo en todas partes,
y en verdad, él y yo somos un mismo
y un solo corazón y una sola alma,
la misma piel y el mismo rostro humano.

El está en el paisaje de mi infancia
como el árbol más fuerte 
y más alto nacido en la montaña.
Siempre a caballo sobre el campo abierto
como el noble señor de la comarca
cuya voz aún resuena en mis oídos
y la siento nacida en mi palabra
porque a medida que envejezco, escucho
que su voz se renueva en mi garganta.
El verbo es el espíritu y hoy creo
que su fuerte palabra es mi palabra.
Por ello, cuando hablo, yo percibo
que es su voz la que viene de mi infancia.

(...) De pronto un día sentí que mi voz no era
sino su propia voz en la distancia
y que estaba llamándome al oído
con su voz más cercana:
era su propia voz y no la mía
y yo sentía
que con mi voz exacta
mi padre me llamaba.

Desde entonces yo oí el milagro de la sangre
que hacen del hijo y padre la misma voz humana
y desde entonces supe que nuestra voz es todo,
y que el alma del hombre es la palabra
y que la palabra es su propia alma!
Desde ahora yo sé que cuando hablo
es la voz de mi padre la que habla,
al través de la sangre, como el eco
de un grito
que del oído vuelve a la garganta.

Por eso cuando hablo, yo percibo
que es mi padre en mi voz el que me llama!
Y por eso también cuando lo llamo
yo siento que, en mi voz, él me responde
y nuestras voces son como campanas.
Es su voz varonil, de árbol sonoro,
voz de río, de torrente, voz de hombre.
Cuando habla me oigo en la distancia
y cuando hablo, él me llama por mi nombre!

1 comentario
0 Linkedin
Download PDF

Micro opereta bufa en un mini-acto

Autor y compositor: H. Guido Arteaga Sarasti, S.J.

Coro: Primera voz    (Junior)

 Segunda voz   (Junior)

 Tercera voz    (Junior)

 Cuarta voz      (Junior)

Ambientación:  Campo abierto en trance de merienda lauta en 

la quiete del Monumento a S. José

Mini Acto I y único

(Pasan al frente los coristas y a “sus espaldas”, -“hasta ahora me doy cuenta”-, compositor, músico y director de escena Guido Arteaga a cuya señal los “coristas” simulan estornudos estrepitosos, grotescos y desaforados, mientras suena la música acompañante en el acordeón).

(Voces 1a y 2a, saliendo del grupo)  ¡AAAAAchís¡  ¡Achiiiis!

¡AAAmmm¡  ¡Achisssss!

(Voces 3a y 4a, con mayor fuerza)      ¡AAAAAA! ¡Chis!

¡Achís! ¡Achis! ¡Achis!

(Las cuatro voces, al unísono, entonan la mini aria “Tengo Gripa Asiática) ¡Tengo Gripa Asiática! (bis)

(El acorde final reproduce el “cierre” de los motetes de Domingo de Pasión a la manera de Palestrina o Tomás Luis de Victoria)

¡Me voy a acostar ya! (Fin)

Así se gestó la opereta bufa “la gripa asiática”.

Finalizaba el año 1958, cuando uno tras otro fuimos cayendo a la cama afectados por un malestar generalizado de escalofrío, fiebre alta, dolor en los huesos, decaimiento, tos persistente, congestión nasal que volvía dificultoso respirar, estornudo tras estornudo. ¿Qué pasaba? ¡Eramos víctimas criollas de “La Gripa Asiática, la peste del momento”!

“La Peste China” o “Gripa Asiática”, tuvo por cuna y parecidas dimensiones, la misma región que vio nacer al Covid-19 y con características similares: rápida propagación, desconocimiento del cuerpo médico sobre cómo tratarla, estupor e incertidumbre de las autoridades y número significativo de muertes, aunque en menor cantidad que las del Covid-19.

Cuentan Elena Soriano Cerrillo y los otros seis investigadores en el paper “Enfermería en la Historia de las Pandemias” (2023) que “Avanzada la década de 1957, en plena Guerra Fría y todavía en la mente la Guerra de Corea,emergió en el panorama mundial un nuevo virus de la influenza A (H2N2) procedente de Asia.”

Nos llegó la gripa asiática

¿Cómo llegó a nuestra casa la “Gripa Asiática”? ¿Cómo venció esta “pérfida dama” la férrea clausura monacal? Quién la invitó sin permiso previo del Superior Inmediato prescrito en las Costumbres del Noviciado? ¿Obra y gracia del P. Daniel Sicard, S.J. espiritual entonces y fuente de conmovedores relatos de su cautiverio en prisiones chinas? 

Sería injusto atribuirle toda la carga de responsabilidad al buen P. Sicard, santo varón cuyas vivencias personales contadas y recontadas sin descanso como sucedió con “la vida cotidiana” del Jesús adulto y que dieran origen a los Evangelios, fueron el rescoldo que prendió la llama de vocaciones de Jesuitas colombianos a la China y que pararon en Taiwan cuando todavía se llamaba “Formosa”; no alcanzó tal gloria nuestro emblemático provincial Emilio Arango a quien la negativa de “ir a misiones” le arrancó esa mini-elegía que empieza: “Lloro al decirte adiós, férvido anhelo”.

Gripa asiática: sorpresa inmanejable.

Los primeros que no sabían cómo enfrentar la Gripa Asiática fueron los médicos y entre ellos, nuestros compañeros galenos Eduardo Gámez y Carlos Lacouture. Los investigadores Soriano y colegas creen que la sorpresa se debió en gran parte a que “en 1957, la Unión Soviética lanzó el Sputnik 1 y más tarde el Sptunik 2 con la perra Laika a bordo. En China, se impone la industrialización masiva y la destrucción de la propiedad privada, así como la militarización y la residencia en comunas”. Las mayores preocupaciones surgían en los campos científico, carrera espacial, política, guerra fría y las siempre preocupantes consecuencias en la economía mundial.

El H. Gabriel Duque entra en escena

No recuerdo la presencia de médico alguno ni del hospital local, ni de Bogotá, donde el Dr. Luque era el insustituible médico de cabecera de los Nuestros; para qué si teníamos en casa dos muy bien preparados galenos javerianos, compañeros muy queridos: Eduardo Gámez del Valle y Carlos Lacouture Zúñiga quienes apenas podían controlar temperaturas, dolores de garganta, pulmones saturados y ritmos cardíacos despistados; ellos tampoco se imaginaron semejante situación y andaban tan a oscuras como sus demás colegas en el resto del mundo.

Ante la impotencia de la medicina tradicional, entró en escena la farmacopea popular de manos de nuestro enfermero de comunidad, el H. Gabriel Duque S.J., religioso al que todos profesamos inmenso cariño y respeto por ser polifacético, de enorme ingenio, artista natural, excelente cocinero, de humor siempre vivo, odontólogo empírico y servicial como ninguno; era la encarnación perfecta del moderno “Ombudsman”.

Agua de panela caliente a punto de hervor y saturada con jugo de limón, antesala también de sudoraciones impresionantes; aspiración de motas de algodón empapadas en aceite de eucalipto que lo sentíamos penetrar hasta el último alvéolo pulmonar; gargarismos de agua de caléndula; agua fresca, la que nos cupiera y “mucho amor” que recomiendan en la publicidad de “Aliños El Rey”. 

En calidad de “cortesía de la casa”, nos concedieron permiso para bañarse en las duchas de agua caliente, herencia con acceso restringido y legadas por los Tercerones que se fueron y nos dejaron recitando con Bécquer aquel “¿Volverán las oscuras golondrinas / en tu balcón sus nidos a colgar”?

“No hay mal que por bien no venga”

La necesidad de permanecer en cama al abrigo de los fríos mañaneros; dormitar un poco más y poder realizar la oración de la mañana al más genuino espíritu Ignaciano: “supino rostro arriba”, era distribución inesperada; comidas “a la habitación” y visitas permanentes de superiores y enfermeros en propiedad o improvisados, creaban el ambiente mágico que jamás olvidaríamos por lo menos, algunas de las víctimas de aquella genuina “endemia” en el sentido pleno de la expresión.

Sonaba la campana de levantada y al despertar, yo empezaba a sentir el regusto pecaminoso que me proporcionaba aquella tibieza conservada en las cobijas, fieles protectoras de gélidas mañanas Santarrosanas. A medio camino entre adormecido y despierto, empezaba la lucha perdida entre ataques de micro-sueños y el esfuerzo para meditar el tema preparado a medias la víspera con los estremecimientos previos a la elevación de la temperatura hasta niveles preocupantes. 

A la manera de los cuadros famosos sobre la ceremonia del “Viático”, entre ellos la acuarela de 24.5 x 32 cms obra de Ramón Torres Méndez (1840), recibíamos el Santo Viático. Desde mi “lecho de enfermo” empezaba a escuchar cada vez más cerca el toque de campanilla que anunciaba el arribo de alguno de los sacerdotes que de camarilla en camarilla y dormitorio por dormitorio, acudían a repartir la Comunión a los enfermos. Quienes todavía no se habían contagiado, precedían al sacerdote cirio ardiendo en mano e insistente retintintín de campanilla. 

No puedo afirmar lo mismo de mis compañeros, pero en cuanto a mí respecta, bendije aquellos malestares por los muchos “beneficios” que me trajeron: levantada tarde, desayuno, almuerzo y comida a la cama, “distribución de enfermo” libre de toda culpa y pecado y… opereta incluida. Confieso también que sentí un poco de nostalgia cuando regresé a la “vida común”, “por lo cual y por orden de la Santa Obediencia, digo mi culpa”.

Jaime Escobar Fernandez

Abril, 2023

7 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

Preámbulo

Tres personajes tejen este relato: Edgardo Carvajalino (q.e.p.d.), un alacrán (q.e.p.d.) y Guido Arteaga Sarasti (q.e.p.d). El sainete tiene por escenario la finca de San Claver, municipio de Santandercito, clima cálido, húmedo por sus cercanías al Río Bogotá. Suelo  pedregoso. Es tiempo de vacaciones mayores de los teólogos, a comienzos del mes de enero, año 1961 o 1962.

Composición de lugar.

Recrear en la mente el predio de San Claver, sus naranjales, plataneras, los ecos del río Bogotá que fluye por sus contornos, el terreno pedregoso del lugar, el aire húmedo, la ocasional neblina, la vieja casona de dos pisos en madera, con sus corredores; los teólogos “quiermeditando, quier contemplando el paisaje, quier leyendo,quier jugando dominó, quier practicando algún deporte.

Ver emergiendo, muy temprano, la figura de Edgardo Carvajalino armado con la red de captura de mariposas y con un frasco de vidrio en cuyo fondo coloca algodón empapado en tetracloruro de carbono para darle muerte digna a los bichos atrapados en sus diarios recorridos:insectos de todo tipo, avispas, mariposas y cualquier otra presa desprevenida.

Precaución al espontáneo lector.

Como persona que da a otro modo y orden para recordar o gozar, narro fielmente la historia de la tal contemplación, [sainete o relato], discurriendo solamente por los punctos con breve o sumaria declaración; porque la persona que contempla, tomando el fundamento verdadero de la historia, discurriendo y raciocinando por sí mismo y hallando alguna cosa que haga un poco más declarar sentir la historia”, pueda regresar al pasado, revivir el goce del momento y dar “gracias a la vida que le ha dado tanto”.

Entomólogo en ciernes.

Carvajalino demostró con el tiempo, que su campo no era ni la teología ni el altar, ni el confesionario ni “la opción por los pobres”. De modo irrefutable quedó patente a los ojos de todos que su vocación era la entomología, rama de la biología, su especialidad luego de abandonar la Compañía. 

La habitación de Edgardo no se distinguía por los ejemplares de la Summa Theologica, sino por la suma de sus capturas en campo abierto, debidamente clasificadas y adheridas con alfileres, a una pieza cuadrada de icopor para cada especie y debajo, en tinta china, con pulcra y diminuta caligrafía, el nombre científico de ejemplar por ejemplar. Ingresar al cuarto de Carvajalino era como asomarse al museo de historia natural o al museo de ciencias, como se llamaban esos lugares en nuestros colegios de antes. 

¡Un alacrán!

A la manera de Marroquín y su inolvidable “Perrilla”, Carvajalino “salió al campo de mañana / un experto cazador, / el más hábil y mejor / alumno que tuvo Diana”. Durante el día, algunos bichos se ocultan entre piedras y rastrojos; por ello, es necesario remover hojarascas, hierbas y por supuesto, piedras. 

En su “safari” habitual, Edgardo removió algunas piedras y salió a luz el inesperado trofeo: un alacrán que, quizás paralizado por lo inesperado de la visita, quedó inmóvil a la espera del desarrollo de los acontecimientos. Entonces, tal como Pombo en sus versos del gato y el ratón, “pronto, pronto, como hombre listo / que nadie pesca de desprovistopúsole” el frasco para que ingresara el alacrán a la cámara de gas.

Como quien regresa de cacería con los despojos de sus víctimas, nuestro biólogo trajo exánime al alacrán, en compañía de uno o dos “finados” más, pues la emoción del hallazgo, al parecer, le cortó toda ilusión de continuar su búsqueda. 

Revuelo en casa por la presencia del ya inofensivo alacrán. Entre los curiosos amontonados en torno al catafalco vítreo, se oyen voces de admiración, estupor, curiosidad y hasta precauciones “a tomar” en el predio de San Claver, pues si apareció un alacrán hoy, nadie garantiza que mañana no aniden otros por ahí y le hagan pasar un mal rato a cualquier desprevenido que le dé por mover piedras con algún fin piadoso o mundano. 

Guido Arteaga entra en acción.

Entre los observadores del alacrán estaba Guido Arteaga de quien Hernando Bernal afirma que la música le era connatural; le fluía hasta por los poros. De temperamento festivo y travieso, Arteaga dio origen a incontables historias que circulaban de boca en boca -a falta de redes sociales- algunas de sus “travesuras” fueron verdaderas y otras imaginadas, pero ajustadas a la confesión del mítico Odiseo: “Soy Ulises Laertiada, tan conocido de los hombres por mis astucias de toda clase; y mi gloria llega hasta el cielo”.

Mucha música surgió del talento artístico de Guido:religiosas como aquel himno al Santísimo “Oh Señor, del Sagrario me miras / vedme aquí a tus plantas postrado”; el Himno del Juniorado con letra de Alberto Múnera; el Himno de la Apostólica de San Alonso, letra y música, “Apostólicos en marcha / San Alonso nos anima; / adelante que en la cima, / nos espera el ideal”; burlescas como aquella de “La gripa Asiática”; “El Lago del P. Emilio”; “El torete Cecilio”. Antes de partir “al destierro” compuso casi una elegía que hizo derramar más de una lágrima a sus numerosas amigas: “Yo ya me iré / nunca más volveré / y en la playa lejana / tu nombre escribiré”.

Al calor de las emociones suscitadas por el alacrán de Edgardo, no tardó Guido en hacernos cantar con enorme regocijo y un poco a la manera de carranga que años después inmortalizaría ese vate criollo que es Jorge Velosa. 

El alacrán

Letra: Guido Arteaga Sarasti. Música: a medio camino entre porro y carranga.

Coro:

El alacrán, cran, cran.

El alacrán, cran, cran.

¡Ay! te va a picar.

¡Ay! te va a picar.

Estrofa:

Mata el alacrán abuelita,

Mátalo con una escopeta

y si no te salen las balas,

¡Mátalo con una chancleta!

Coloquio.

Voy recorriendo por los cinco sentidos mis emociones del momento, de la mano de Violeta Parra: “Gracias a la vida que me ha dado tanto; / me ha dado la risa y me ha dado el llanto; / los dos materiales que forman mi canto / y el canto de ustedes que es mi mismo canto / y el canto de todos que es mi propio canto. / Gracias a la vida que me ha dado tanto”

Jaime Escobar

Marzo,

8 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

(Testimonio de primera mano)

Composición de lugar

“La Quinta de los Padres” o “Colegio Noviciado del Sagrado Corazón”, casa de la primera formación de los jesuitas en Colombia, en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, Colombia.

Corría el año de 1956, quizás 1957. El P. Emilio Arango Arango, S.J. Provincial en ese entonces, solía visitar con frecuencia la casa de formación por gajes del oficio o por un poco de descanso en medio del duro trajín de dirigir en ese entonces a una muy populosa comunidad de jesuitas. El P. Emilio sería protagonista de aquello que podríamos llamar “El lago del P. Emilio”.

Nota previa 

La extracción de material arcilloso para producir ladrillos destinados a levantar la Casa de Formación de la Compañía, dejó enorme hueco al comienzo de la ladera, en la pequeña montaña detrás de la edificación; había pues, profundidad y espacio suficiente para imaginar un pequeño lago donde se bañaran la luna y las estrellas de un cielo limpio y luminoso a campo abierto..

¿De quién fue la iniciativa? ¿Del P. Arango, el Provincial? ¿De los novicios? Me parece recordar que fue Jorge Augusto Salazar uno de los entusiastas; no importa pero lo cierto es que nos dedicamos con pasión los novicios de ese entonces, a dar forma al sueño del pequeño lago a los pies de la colina donde nacía “El cerro del Aguila”, pocas cuadras atrás del enorme edificio y relativamente cerca del “chircal” o fábrica de adobes de arcilla.

Se empezó el trabajo con todo el entusiasmo del caso, sacrificando los cortos descansos entre semana y cualquier espacio disponible para remover tierra, transportarla hasta la “boca” de aquello que sería “el lecho” del lago y elevar allí un muro de contención o “tambre” según el lenguaje local. Poco acostumbrados los “obreros-novicios”, en ambos sentidos y más acostumbrados a las faenas espirituales que a trabajos pesados como la extracción y el movimiento de tierra en carretillas, actividad que produjo además de ampollas en las manos, dolores musculares y fatigas, generó cierto “desmayo” en el entusiasmo original.

El P. Arango, en sus visitas regulares, verificaba el avance de los trabajos y daba aliento a los ánimos decaídos con un lema rayano en “bullying”: “¡Juventud de mantequilla!” Alguna vez, él mismo puso manos a la obra por un rato y pudo constatar por experiencia propia, la causa del lento avance de las obras. La disculpa de los Novicios no se hizo esperar: “trabajo demasiado duro”; a medio camino entre ironía y motivación todos recibimos el remoquete ominoso de “juventud de mantequilla” que dio origen a melodía familiar que cantábamos con cierto “regusto”.

La ironía picante del P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J., no tardó en inspirarle una “trova” a la que el Hermano Guido Arteaga Sarasti, le puso música con “aire de vals”. Así que en una “merienda afuera”, en honor de tan ilustre visitante, como lo era el Provincial, todos cantamos en alegre desquite: 

El Padre Emilio

tiene el halago

Al pie del monte

de hacer un lago;

la cosa es fácil

y muy sencilla

si algún buldozer

mueve la arcilla.

Coro:

¡Viva el Provincial! ¡Viva!

¡Que viva el Rector! ¡Viva!

Y esta juventud de mantequilla 

(se repite el coro).

“Que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son”

Por allá en los lejanos años de 1635 Don Pedro Calderón de la Barca escribía:

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Poco más de 320 años después, soñamos con un lago sin saber de dónde vendría el agua que lo mantuviera en su nivel óptimo y que lo renovara permanentemente; el “frenesí” de aquella “ilusión”, “sombra”, “ficción”, nos llenó de fervor, pero no de sentido común que al decir de los mayores “es el menos común de los sentidos”. El “llenado” de aquel primitivo “embalse” quedó a merced de las lluvias que fueron elevando su nivel “sin prisa pero sin pausa”. Sentíamos gozo indescriptible cada vez que verificábamos la profundidad que se iba alcanzando.

Las consecuencias que no vislumbramos

Un mes de octubre, si mal no recuerdo, el mes históricamente más lluvioso del año, por obra de diluvial aguacero, el agua superó la altura del tambre y aquello fue Troya. De madrugada a muchos nos despertó estruendo inusitado pero pronto, quienes lo escuchamos, nos dimos vuelta en la cama y volvimos a conciliar el sueño hasta que las primeras luces del día nos dejaron ver la magnitud de aquel desastre: se desbordó “el lago” y un raudal de tierra, piedra y lodo bajó llevándose por delante todo cuanto encontró a su paso y llegó hasta las goteras mismas del pueblo. 

Por fortuna, la avalancha dio un rodeo y Santa Rosa se salvó, mientras nosotros dábamos gracias al Altísimo porque nos “libró de todo mal”. Nunca supimos si hubo reclamos de las autoridades municipales y si los hubo, tampoco supimos cómo se disculparon “los superiores”.

Jaime Escobar Fernández

Marzo, 2023

8 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

CARLOS EDUARDO VASCO URIBE [1927-2022]

¡“Dios mío, qué solos se quedan los muertos”!

La noticia no podía ser más desalentadora. La recibí por mediación de Bernardo Nieto, a quien le llegó este mensaje: “Carlos Eduardo está muy enfermo y prácticamente incapaz de vivir sin ayuda. Una septicemia generalizada le acusó el deterioro de todos sus órganos”. Consulté al Dr. Google ‒a falta de un médico amigo‒ en qué consistía la septicemia y me llevó a un informe de la Clínica Mayo en Estados Unidos. Al terminar de leerlo, quedé a la espera de la noticia que finalmente llegó anoche mismo: “Carlos Eduardo está ya en manos de Dios”.

A muchos afectará la muerte de Vasco, pero en especial a mí, por cuanto mi primer contacto con él fue en casa de su papá, el Dr. Eduardo Vasco Gutiérrez, a donde me llevaron por mis precarias condiciones de salud en 1950, año en el Carlos Eduardo entraría al colegio de San Ignacio de Medellín, dos años antes de que yo hiciera el mismo camino: “quinto elemental”.

Fui a parar a cuidados del Dr. Eduardo Vasco, primer psiquiatra infantil que hubo en Medellín, discípulo de Eugene Claparède, admirador de Ovide Decroly, y que conoció a Jean Piaget en Ginebra, cuando era codirector del Instituto Rousseau, según entrevista de Carlos Eduardo a la Revista Colombiana de Educación de junio-diciembre de 2011. 

¿Cómo fui a quedar a su cuidado? Mi abuelo paterno era oriundo de Titiribí, Antioquia, cuna también del Dr. Eduardo, el científico. Era tan riguroso hasta el extremo, que obligó a mi papá y a mi mamá, que vivían en una finca a medio día de camino de Medellín, a ir a la consulta: primero mi papá, sin mi mamá; luego ella, sin mi papá y, al final, los tres.  

Al día siguiente, a las 6.00 a.m. debí asistir al consultorio y así por varias semanas. Allí, en pequeño cubículo adyacente al lugar de la entrevista, me acostaban en una especie de camilla y, a la luz de una lámpara, debía permanecer en ropa interior algo así como una media hora, que se me hacía eterna. 

Superado el paso por esta “soleada artificial” pasaba a otro pequeño salón con juegos de distinto tipo ‒que los años corridos me impiden identificar‒, a excepción de una tabla adosada a la pared con orificios alternos a derecha e izquierda por la que debía ascender valiéndome de un par de maderos redondos en cada mano para introducirlos uno a uno en los orificios hasta alcanzar la parte superior del tablón. 

Después de esta “gimnasia mañanera” en más de una ocasión me invitó a la mesa familiar a tomar el desayuno y muchas veces, una vez concluido, me hacía subir al carro familiar junto con los demás hermanos para llevarlos a sus respectivos colegios; Carlos Eduardo y yo a San Ignacio. Este fue mi primer contacto vital y emocional con quien después compartiría circunstancias muy especiales en la Compañía y fuera de ella.

Carlos Eduardo iba dos años más adelante en San Ignacio: él empezando segundo  bachillerato y yo en quinto de primaria. Durante los años en ese colegio cada vez que había “Premiación”, como resultado de exámenes trimestrales y finales ‒de uso en esos años‒, el anuncio siempre era el mismo: “Excelencia, señor CARLOS EDUARDO VASCO URIBE”. Corría la fama de que Vasco siempre estudiaba los libros de texto escolar del año siguiente: en primero de bachillerato, los de segundo, y así sucesivamente. ¿Qué estudiaría en el sexto y último año de bachillerato en ese entonces?

Volví a coincidir con Vasco en 1954, en el Noviciado en Santa Rosa de Viterbo. Compartimos durante dos años no solo la misma formación espiritual, sino la circunstancia especial de podernos “apartar de la vida común”, previa “bendición” del Maestro de Novicios. el P. Cándido Gaviña, S.J. La capilla en ese tiempo estaba muy adelantada, pero todavía en construcción, y a los dos nos encargó el padre Maestro de Novicios que hiciéramos el alambrado eléctrico para la capilla en construcción. Pasamos muchas tardes juntos, metiendo y tirando cables, instalando interruptores y tomacorrientes.

En el juniorado, a él lo encargaron de operar la estación de radioaficionados ubicada en la esquina suroccidental de la azotea. Me enseñó a operarla y eventualmente lo remplacé. También existía en Santa Rosa una estación meteorológica para registrar temperaturas, vientos y precipitación; lo sucedí en esa tarea. En el juniorado empezó a estudiar alemán por su cuenta y me ayudó muchas veces a superar mis dificultades con el griego.

Estábamos en filosofía y no sé si él o quizás el P. Vladimiro Escobar, S.J., a cargo del curso de física, fue invitado el profesor Carlo Federici a darnos un “conversatorio” ‒como se diría hoy‒ y la demostración respectiva del método Cuisenaire para la enseñanza de la matemática. Creo que en ese evento nació no solo la admiración de Federici por el talento de Carlos Eduardo, sino de este por quien llegaría a ser su mentor y puente para los cargos que después ocupó Carlos Eduardo, sobre todo en la Universidad Nacional, una vez regresado de sus estudios en Estados Unidos.

Según el portal https://www.bloghoptoys.es/ el método Cuisenaire fue creado por el maestro Georges Cuisenaire en los años 50. Su principal objetivo se centra en trabajar las cantidades y enseñar a calcular con la ayuda de regletas de distintos colores y tamaños, que van del 1 al 10. Gracias a este material matemático, los niños pueden aprender la descomposición de los números e iniciarse en el cálculo, todo ello mediante la estimulación de la memoria visual, táctil y auditiva que proporciona la manipulación de las regletas de Cuisenaire.

A partir de 1960 nos distanciamos en razón a que yo debía hacer el año de ciencias para terminar el bachillerato y Vasco empezaba sus estudios de filosofía, terminados los cuales fue destinado al colegio San José en Barranquilla para hacer su magisterio y remplazar a Fabio Vélez Uribe en las clases de física y matemáticas. Cuando terminó su magisterio, el provincial de ese entonces ‒que estaba aplicándome el método actual del “despido silencioso” del trabajo‒, me envió de Pasto a Barranquilla a remplazarlo y si no fuera por el especial auxilio del Espíritu Santo aquello hubiera sido no solo el fracaso de mi docencia en física, remplazando a semejante talento, sino mi abandono prematuro de la Compañía; pero salí adelante sin quejas visibles de aquellos estudiantes acostumbrados a la sabiduría de Fabio Vélez y de Carlos Vasco.

Durante los años de filosofía y en mi cumpleaños, me envió varios escritos que conservo con especial afecto, no solo por los sentimientos que en ellos expresó, sino también por los “artificios poéticos” en sus versos a mí dedicados. Si logro rescatarlos espero compartirlos más adelante. 

Por esa misma época de filosofía estudiaba el hermano Brito, S.J. ‒no recuerdo el nombre‒, paraguayo, con buena voz y muy hábil intérprete de piezas folclóricas de su país, que cantaba acompañado por la guitarra que manejaba con soltura. Como las tonalidades de las canciones eran complejas, hicimos una grabación de las mismas y Vasco iba diciendo: “primera”, “tercera”, “segunda”… Conservo esa grabación en lo que entonces se “estilaba”: grabaciones en “carrete abierto”. Brito seducía con su música y su voz a todos, en especial a las vecinas de aquel entonces.

Muchos años pasaron de esos tiempos. En años recientes volvimos a estar en cierta renovada cercanía, digamos académica, pues en alguna oportunidad me pidió la traducción de un texto en latín; en otra, alguno en griego. Y lo más significativo para mí, es que pocos años atrás, en su cumpleaños y Navidad, le enviaba mensajes en griego y hasta me respondió alguno también en griego. Suelo enviar saludos en griego a quienes sé que pueden entenderlos, pero para sorpresa mía las respuestas, cuando las hay, a excepción de Vasco, son en español, italiano y hasta en inglés en alguna oportunidad.

Vendrán los homenajes póstumos, las columnas de opinión, los artículos sobre su pensamiento y ejecutorias en la educación, su talento matemático, sus habilidades docentes, su visión profética del estado actual y futuro de la educación; en fin, sus múltiples aportes académicos. Mientras llegan, adelanto mi In memoriam.

Jaime Escobar Fernández

Chía, septiembre 28, 2022

7 Comentarios
1 Linkedin