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Jaime Escobar Fernandez

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A poco de terminar la primera mitad del siglo XX, el Noviciado de la Compañía de Jesús se trasladó de Bogotá a Santa Rosa de Viterbo, en el Departamento de Boyacá; de la ciudad al campo y años después en ese movimiento pendular de la historia, se regresó del campo a la ciudad.

La Casa de Formación de los Jesuitas en Santa Rosa de Viterbo se instaló a tal distancia de la población que no se ubicara ni tan lejos ni tan cerca del poblado y ello le permitió mantener su plena identidad de bucólica ruralidad sin perder las posibilidades de una apenas incipiente sociedad de verdad urbana. Los terrenos aledaños al poblado eran poco más que potreros transformados en el tiempo como vergel al estilo del jardín aquel del paraíso que narra la Escritura: toda clase de árboles, animales y plantas amenas.

Los “colonos” jesuitas transformaron el lugar al llenarlo de arboledas, huertos, senderos peatonales, grutas para darle mansión digna a imágenes de la Virgen María en distintas advocaciones y pequeños manantiales terminados en surtidores frente a las grutas donde reposaba la imagen de la Virgen; surtidores que el P. Manuel Briceño, S.J. inmortalizó en memorables poemas como aquel “surtidor de la Virgen, cariñoso y sincero / que a fuer de ser trovero te tornaste juglar”

Todo estaba completo y en plenitud en aquel “campo florido” del villancico una y otra vez entonado en la noche de Navidad, clima de alta sensibilidad anímica y que a la postre era intimidatorio: “No sé Niño hermoso / que he visto yo en ti / […] si acaso algún día / me atreva a salir / al campo florido / muy lejos de aquí”… La sonora y poco común voz del H. Oscar Buitrago, manizaleño, buen intérprete de la bandola y de personalidad encantadora nos hacía estremecer y hería nuestra muy exaltada sensibilidad religiosa ante la posibilidad de “abandonar” la vocación; Oscar lo haría luego pero se incardinaría el clero secular de Manizales. Permítaseme breve divagación en el relato.

Ausente el H. Buitrago entonó el tradicional villancico, el samario y médico Javeriano Eduardo Gámez del Valle, quien además de preciosa voz, mantenía preocupación constante por sus compañeros de Noviciado a tal punto que se inquietó por la salud del H. Lombana (Agustín) a tal punto que logró el permiso necesario para activar la rudimentaria e inactiva máquina de Rayos X de la Enfermería para observar el “desarrollo óseo” de su inesperado paciente; a esa sesión “radiológica” tuve la oportunidad de hallarme presente vigilado de cerca por el H. Gabriel Duque, S.J. enfermero oficial de la comunidad; diagnóstico, “crecimiento precoz”.

Desde la toma de sotana la noche del 24 de diciembre de 1954 el H. Gámez (Dr. Gámez) hacía patente su devoción y las emociones que le embargaban durante meditaciones y visitas al Santísimo a través de frecuentes y sonoros “suspiros”. Su colega y amigo, el también samario Dr. Carlos Lacoture Zúñiga, lo llamaba con cariño “capota” y nunca se me ocurrió preguntarle por qué.

Durante el consabido Ejercicio de Humildad de los lunes a finales de la mañana, su colega y coterráneo samario Carlos Lacoture Zúñiga dijo muy serio y tono a todas luces costeño: “me parece que el Hermano -refiriéndose a Eduardo- manifiesta con frecuencia respiración bradinéica”; el estupor se apoderó del recinto y una que otra risa nerviosa de algunos novicios, rompió el hechizo de aquel término técnico salido del corazón de un galeno y no de un novicio; Lacouture se “quejaba” de que el H. Gámez “suspiraba mucho” y con fuerza. Vuelvo al cuento.

Cierto día el monótono correr de la distribución ordinaria en el bucólico Santa Rosa de aquellos tiempos, se quebró de repente con la presencia de soberbio ternerillo en trance de volverse torete paseándose por los senderos peatonales a la par con las “ternas” prescritas para la ocasión de las “quietes” del medio día y los recreos de media tarde.

El recién llegado “novicio vacuno” acaparó la atención de todos e incluso, no faltó quién diera alguna cátedra de “bovinología”, tema sobre el que tenían alguna “experticia” quienes acreditaban antecedentes en las novilladas de El Mortiño. Rodrigo Ospina (el Gordo Ospina) al primer cabezazo del torete, revivió sus épocas de novillero incipiente en la Apostólica.

Aquel inesperado torete se acomodó de maravilla al ambiente recoleto del inmenso edificio solariego y clerical; se paseaba entre las “ternas” de la quiete en el medio día, muy a sus anchas. A la manera del Lobo de Gubio que cantara el inmortal Darío, los nuevos imitadores del de Asís le fueron tomando confianza hasta el punto de que ante la cercanía de negras sotanas, el becerro aquel dejó de lado los naturales mecanismos de huída y más bien parecía disfrutar de las palmaditas y el pausado rose de manos virginales recorriendo en fruición la lustrosa piel del animalejo por parte de quienes no tenían el menor empacho en violar a la vista de todos “la regla del tacto”.

El P. Manuel Briceño, S.J. popular entonces siempre por la “sal” que le ponía a sus coplas y versos festivos, resolvió bautizar al torete “Cecilio” y en complicidad con Guido Arteaga surgió el pasodoble: “Cecilio” con fanfarria de apertura de plaza y todo.

Letra: P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J. Música: P. Guido Arteaga Sarasti, S.J.

(aire de pasodoble)

Coro

Tengo un torete

muy regordete

no hay en el mundo

nadie como él.

Es mi Cecilio

mi gran idilio.

¡Ay quién pudiera

ser como él!

Estrofa

Cinco mil pesos

en cada pata

[dos versos siguientes que no recuerdo]

¡Ay quién pudiera

Ser como él

Nunca le preguntamos al onomatólogo los orígenes del nombre Cecilio impuesto al bovino, pero con el correr de los años y la experiencia en el “talante burlón” de Briceño, pude establecerse al menos dos hipótesis plausibles: la una, etimológica, connatural a la formación de un egresado Oxoniense que deriva la palabra Cecilio del diminutivo coeculus y este a su vez, del adjetivo coecus, “ciego”. Los juniores de entonces desarrollamos un amor ciego por aquel animalejo amor ampliamente correspondido por joven bovino.

La otra hipótesis podría colegirse a partir de las “adiuncta” en el estudio De bello Yugurtino que estudiábamos en esos tiempos y Cicerón vapuleaba al de Numancia por sus intrigas palaciegas. Quinto Cecilio Metelo derrotó a Yugurta en África y de ahí que le asignaran el “cognomen” de Numídico. Yugurta era hijo bastardo pero a pesar de todo consiguió que le nombrase coheredero del reino de Numidia. ¿Sería aquel torete hijo bastardo de alguna vacada ajena?

El hecho es que el cuadrúpedo animalejo ya convertido en torete parecía deleitarse en los visajes que lanzaban los religiosos deleitados con aquella camaradería y como el de Gubio de Darío “La gente veía / y lo que miraba casi no creía. / Tras el religioso iba el lobo fiero, / y, baja la testa, quieto le seguía / como un can de casa o como un cordero”.

Cierto día, al rigor de las bajas temperaturas mañaneras se unió ese “frío” indescriptible que producen las ausencias del bienamado; Cecilio, el torete regordete desapareció como por encanto del paisaje monacal de La Quinta de los Padres; no así el pasodoble que siguió formando parte del repertorio musical en paseos y meriendas lautas por algún tiempo.

Jaime Escobar Fernández

Chía 14 de mayo de 2024

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En la década de los años 50 se mantenía la costumbre de ir a las veredas cercanas a la Casa de Formación en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, con el fin de “dar catecismo” a los habitantes del lugar, tarea que asumíamos con tal empeño que se hacía inevitable cierta sana competencia por ganarse el prestigio de la vereda mejor, de acuerdo con estos criterios: perseverancia en la asistencia al catecismo, entusiasmo creador en la fiesta veredal de todos los años, aportes en dinero y especie para el convite a cargo de las campeonas de la sazón elegidas por consenso de los comensales lugareños, conciertos con músicos de la comunidad, procesiones con la imagen de la Patrona de la Vereda, llevada en andas, flores y con voladores de “cinco tacos”. 

Hacia 1957 yo había realizado ya el paso de novicio a junior y me empezaba a interesar en pequeños trucos de ingenio, inocentes pero impactantes que el P. Manuel Briceño, S.J. empleaba para “tomar del pelo” a sus admiradores del momento. Logré “copiarle” a Briceño algunas de sus “magias” que enriquecí y perfeccioné con el tiempo y algo de creatividad; otras, las diseñé yo mismo. 

De todos los pequeños artilugios de las magias “briceñezcas” y mías, encontré la idea y la estructura de “La máquina de imprimir billetes” que me produjo incontables réditos porque me permitía “imprimir” en vivo y en directo, billetes de distintas denominaciones  que era la gracia. A la voz del “mago” y previa solicitud del “respetable”, aquella maquinita maravillosa iba dejando aparecer billetes de $ 1.000, 5.000, 10.000 y 20.000 el máximo valor en circulación de ese tiempo.   

Armé la impresora de billetes tal como se indicaba en las instrucciones para construirla y hasta yo mismo me asombré de los efectos de aquella máquina prodigiosa que lo era por efectos de una pura ilusión óptica.  

Los materiales para fabricar el equipo impresor de papel moneda eran pocos; apenas la pequeña tabla que haría las veces de soporte de la estructura y en ella se levantarían dos bastidores de unos 20 centímetros de altura para sostener el par de rodillos adyacentes el uno del otro y de unos 10 cm de diámetro; al rodillo superior pegué la punta de la tira de tela negra que “imprimiría” los billetes y giré hasta envolverla por completo; el otro extremo, lo adherí al segundo rodillo de manera que, al girarlo en sentido contrario al del primero, generara la ilusión óptica de imprimir billetes “genuinos” de banco. (“Cómo hacer una máquina para imprimir dinero”. Youtube.com/watch?v=nfJzWLHa1Os). 

La obtención de papel moneda se producía al insertar por el lado izquierdo de la “impresora”, recortes exactos en papel periódico de los billetes que emergerían por el lado derecho convertidos en denominaciones genuinas de $ 1.000, 5.000, 10.000 y 20.000, cuando se hacían girar los rodillos. 

Después de varios ensayos exitosos, procedí a “ofrecer” a los organizadores de los festejos veredales la “maravilla” de mi “Máquina de imprimir billetes en vivo y en directo”. Me colaboró el P. Luis Briceño, S.J. ministro entonces de la Casa, con los billetes que necesitaba para la “magia” y por fortuna, no sé cómo los consiguió, estaban como recién salidos de los talleres del Banco de la República. 

Parte central del programa de aquel convite ceremonial del año, en la emblemática vereda de “Cuche” se anunció con bombos y platillos “La máquina de imprimir billetes y sus capacidades mágicas”.  

Llegado el día y luego de la Misa Campal, el caldo de costilla con abundante cilantro, el chocolate caliente con arepa boyacense y los “juegos para los niños” se convocó al espectáculo inusitado de imprimir billetes al conjuro de las “palabras mágicas” que no eran otras que la primera línea del Ave María en Griego suprimiendo por obvias razones, la palabra María.  

El “veredeño” que aceptaba la invitación para solicitar el billete que deseaba ver “impreso” era sometido a rigurosa y bien preparadas batería de “preguntas cerradas” para que el colaborador ocasional eligiera el billete previamente oculto y que saldría a la luz pública al conjuro de las palabras mágicas. Tuve que practicar mucho el interrogatorio al colaborador ocasional, para garantizar el éxito de la “manipulación de la voluntad del elector”. 

El espectáculo se anunciaba al público con la seriedad que ameritaba el caso; esto es,  advertencia previa sobre el “permiso” dado por las autoridades para “imprimir billetes” de cara al público siempre y cuando el producto, previa verificación, se devolvieran al “mago” quien, a su vez, lo haría llegar al superior de La Quinta de los Padres para darles uso adecuado en beneficio de la comunidad. 

El espectáculo se fue perfeccionando con base en sucesivas experiencias y llegó a tal realismo que la “fuerza pública” hizo presencia en primera fila durante uno de esos espectáculos veredales para comprobar la “autenticidad” de los billetes. Debí revelar mi secreto a la “autoridad competente” representada en aquellos policías enviados a “vigilar” al “padrecito de los billetes”. 

Dice la historia que el dos de agosto de 1825 Bolívar pasaba por el pueblo de Pucará y José Domingo Choquehuanca, autoridad civil del lugar, salió a recibir al Libertador y en el delirio de su arenga de bienvenida al Libertador, entre otros elogios, afirmó que “Con los siglos crecerá vuestra gloria como crece la sombra cuando el sol declina”.  

Bastó poco tiempo para que mi fama de “mago” creciera “como crece la sombra cuando el sol declina”. Pronto “declinó” el sol de mi aureola de mago en Santa Rosa con ocasión de mi paso al año de Ciencias y luego a Filosofía, pero antes y no por esa razón, se organizó enorme “festival veredal” en el Teatro Municipal de Santa Rosa de Viterbo y quisiera creer que el principal atractivo del evento fue la presentación del “padrecito mago”.  

Agotada la novedad de la “Máquina de imprimir billetes”, debía concebir un nuevo “descreste” ajustado al prestigio conseguido en las “presentaciones veredales”. Para ese entonces, había adoptado dos nuevos actos de magia: huevos pericos surgidos del fondo de una cazuela vacía y la “tacita mágica” que derramaba arroz una y otra vez, al conjuro de la palabra misteriosa que operaba el milagro. 

Huevos pericos en el escenario. Para conseguir que de “la nada” surgieran huevos pericos que pudiera consumir el público, fabriqué la “varita mágica” en tubo de latón de poco menos de tres centímetros de diámetro y de 50 cm de largo; uno de los extremos estaba sellado y el otro no. Embutida la pericada en la varita mágica, se “tapaba” el extremo libre con un trozo de mantequilla y aquello quedaba inmune a cualquier sospecha.  

Casi al final del espectáculo en el teatro de Santa Rosa, pregunté al público si querían probar huevos pericos: ¡Sííí! fue el clamor que levantó el auditorio. Mostré la sartén vacía y la varita mágica que al contacto con la sartén caliente, se derritió la mantequilla, fluyó el batido, revolví por breve tiempo para mí y una eternidad para el público a juzgar por el silencio durante la operación de la fritura. El H. Rodrigo Mejía Saldarriaga, hoy Obispo emérito en Etiopía y mi ayudante de ocasión, repartió el huevo perico a la primera fila, en medio de nutridos aplausos del “respetable”. 

Si la multiplicación de los panes y los peces fue maravillosa, aquello que podríamos llamar “La multiplicación del arroz” no lo fue menos. El arroz multiplicado una y otra vez era impactante y por ello sería el cierre del espectáculo de teatro en aquella tarde Santarrosana. Necesité de dos tazas grandes; a una de ellas, le adherí, a poca distancia del borde, tapa de plástico transparente para que al mostrarla al público, desde el escenario, apareciera vacía.  

Un poco de arroz en una de las tazas; se cubre luego con la otra; se le pasa la varita mágica con las palabras de rigor y al destapar, arroz tan abundante que se derrama en parte; esas “sobras” regresan a la taza, y se vuelve a repetir el “fenómeno” al ensalmo del Ave María en griego.  

Hacia la quinta “multiplicación” milagrosa del arroz, una abuelita de trenzas, sombrero, alpargatas y envuelta en su pañolón, exclama en voz alta con anhelo manifiesto, en medio del silencio sepulcral de la sala: ¡Quién tuviera una tacita de esas en la casa”! Aplausos y risas pusieron fin al espectáculo. 

Se llegó el momento de traslado a Bogotá para iniciar el “Año de ciencias”; en ese entonces ya me aparecían los primeros síntomas de la “fiebre de la magia” y la “prestidigitación”; empecé a buscar manuales de esas artes pensando en “animar” las reuniones de catecismo en los barrios a donde acudíamos los domingos en la tarde, llevados y recogidos por el bus que manejaba “Don Julio”. 

Me empecé a interesar por los “trucos con cartas”; conseguí un buen tratado español sobre “cartomancia” con excelentes ilustraciones. Me hice, con permiso presunto, a unos naipes en el Salón de Juegos del filosofado. Practiqué con tal fervor que el Año de Ciencias lo fue pero con énfasis en “Cartología” y “Cartomancia”.  

Cuando me sentí preparado en la “adivinación” de cartas elegidas por el público, debí pensar también en cómo vincular los “trucos” con naipes para “ilustrar” la catequesis; por más imaginación que le apliqué a la idea, terminé convencido de que mis artes “adivinatorias” quedarían mejor ubicadas en las “pausas activas” de la evangelización dominical. 

Una tarde de domingo en la catequesis que orientábamos en el barrio Las Ferias, se presentó la oportunidad de lanzarme al ruedo con tal éxito que se alargaron las “pausas activas” y empezó el flujo de curiosos que pasaban por allí y se quedaban para observar al “culebrero de sotana”.  

Con voz estentórea desde el fondo del círculo de curiosos que observaban las “magias” con cartas, surgió vociferante reclamo más o menos en estos términos: “Curas mentirosos, engaña bobos, se aprovechan de la ingenuidad de la gente para “venderles” mentiras; no se dejen embaucar”.  

La arenga del entrometido hizo voltear la mirada de los espectadores de la magia con cartas hacia el boicoteador inesperado. No sé de dónde saqué serenidad suficiente y con la mejor cara de bobo que fui capaz de configurar, me acerqué con pausa al autor del reclamo y en tono sumiso le dije: ¿“Engaña bobos”? ¡“Vamos a ver quién de los dos es el bobo, veamos qué tan vivo es usted”! Mezclé la baraja, le pedí que eligiera la carta que quisiera y no me la dejara ver; dudó unos momentos antes de la elección pero lo hizo; entonces, con aire triunfal le dije desafiante: ¡“Muestre ese Rey de Oros”! Se tomó el “protestante” algunos segundos antes de mostrar el Rey de Oros y una vez presentado al círculo de curiosos, el aplauso con aire de revancha estuvo acompañado de comentarios de todo tipo. Sospecho que la “víctima” se fue mascullando la pública humillación con la súplica sumisa de la oración de difuntos: “Creo en ti Señor; no quede yo confundido para siempre”. 

Ya estaba yo en Teología cuando, en por lo menos dos oportunidades, el papá de Jaime Heredia, importante ejecutivo de Suramericana de Seguros y seguramente por iniciativa del mismo Jaime, organizó la fiesta de Primera Comunión para los hijos de sus colaboradores y me comprometió a hacer el papel de “recreador infantil” por no decir “payaso”; creo que esta fue mi despedida de los escenarios en calidad de “mago” porque “vago” lo fui durante la mayor parte de mi vida en la Compañía. 

Pasaron años antes de retomar las artes mágicas, cuando a mis hijos ya mayorcitos, me dio por “entretenerlos” con sencillos experimentos de cartografía; sobra confirmar que pronto me superaron haciendo aparecer y desaparecer monedas, adivinando cartas escondidas, pero el más impresionante de los espectáculos diseñados por ellos fue hacer levitar a uno de sus hermanos en las fiestas de cumpleaños o de primera comunión de primos y amigos invitados; aquella “levitación” era impactante.  

¿Será cierto que “lo que se hereda no se hurta”? 

Jaime Escobar Fernández 

Junio, 2024

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Jesús: “…he venido al mundo: para dar

testimonio de la verdad -ἀλεθήιᾳ-” (Jn. 18, 37)

Pilatos: ¿“Qué es la verdad”? (Jn. 18, 38)

En correo a Luis Alberto Restrepo (LARPO) y John Arbeláez, titulé la misiva como “La última proclama de Carlos Eduardo” al discurso que pronunció en la Universidad Autónoma de Manizales, con motivo del Doctorado Honoris Causa que le confirió. Este documento se lo debemos a la generosidad de LARPO y a la diligencia interminable de John Arbeláez, quien lo difundió entre nosotros; a ellos, rendidas gracias.

Confío, sin rubor, que Amado Nervo me permita plagiarle su poema a Tomás de Kempis pensando en Carlos Eduardo: “Ha mucho rato busco en tu escrito / y cuanto encuentro me deja triste / ha mucho rato que me desvela / ese discurso que tú escribiste”. Cuanto más leo y releo el texto del discurso de Vasco en la Universidad Autónoma de Manizales, más descubro que en realidad aquello no fue discurso; se trató, más bien, de la puesta en escena de la más fina pieza de tragedia -al estilo de los tres grandes de Grecia, Esquilo, Eurípides y Sófocles- que Vasco nos dejó la más icónica oda al hombre, la oda al itinerario de cuanto es capaz el intelecto humano en búsqueda sincera de LA VERDAD.

Lo siento por Nietzsche y cuantos eruditos hacen derivar el nombre de “tragedia” de “tragos” (τράγος), “macho cabrío”; la tragedia griega, lejos de ser cántico ritual, es elegía al “golpe” que le da el destino a cuantos intenten oponerse a su inexorable cumplimiento. ¿De cuál otra fuente pudiera derivarse nuestro muy español “estrago”, como el desborde del Cauca en la Mojana, sino de la transliteración al latín de la expresión griega “ex tragos”(ἐξ [ἐφ] τράγος). Vasco cayó incansablemente en camino hacia la colina de LA VERDAD, sin el consuelo de mujer piadosa que le saliera al paso para enjugar, no ya el sudor, sino la sangre de las heridas en el camino.

El discurso de Carlos Eduardo es el recuento minucioso de todos los “golpes” que recibió en la búsqueda inclemente de su diosa LA VERDAD, no obstante el culto reverencial que siempre le tributó, sin retribución alguna, muy a la manera de cualquiera de los más renombrados renacentistas marcados por esa obsesión, esas “ansias de saberlo todo” con el sello de garantía de LA VERDAD y que siempre fue para todos terca “a fuer” de elusiva.

Tucídides en su memorable Oración Fúnebre para exaltar el valor de los caídos en el primer año de la guerra, eleva el valor de la ciudad y la ciudanía hasta la altura de lo más íntimo de la persona humana, con el recurso a la figura de dos amantes, “seductor” el uno, (ἐρώμενος); “seducido” (ἐραστεής) el otro. LA VERDAD y CARLOS EDUARDO VASCO; ¿Cuál de los dos no estuvo a la altura de su función en ese intento de εὐγαμία, de ansiado y feliz apareamiento?

Me vienen a la memoria las paradojas de los genios de ayer y de hoy; recuerdo con especial estremecimiento al abanderado de “La no violencia” que según la biografía de Arthur Köestler, Gandhi hoy estaría en la cárcel por “violencia intrafamiliar”; Kepler pasó años tratando de conciliar “la música de las esferas” con la Biblia y dicen las malas lenguas que no tomaba decisión alguna sin hacerse primero “la carta astral”. Martin Gardner y su La ciencia, lo bueno, lo malo y lo falso; Luciano Di Trochio Las mentiras de la ciencia; en mi ignorante parecer y en condición de last but not least, Carlos Eduardo no tuvo empacho en afirmar que soñó hallar LA VERDAD en el lugar menos apropiado, para encontrarla en la Teología que es el Reino Eterno de las creencias fundadas o no. ¡Paradojas de las grandes mentes!.

La inusual confesión pública de cualquier intelectual genuino tiene la marca de la confesión ante post facto de fracasos reiterativos en la búsqueda de sus ideales; Paul Feyerabendt peregrinó de universidad en universidad y de todas lo botaron; Vasco saltó de campo en campo del saber para buscar LA VERDAD y todos esos campos se la negaron; mal le pagó la Teología pues de los dos pares externos que evaluaron su tesis uno la adjudicó la nota más alta y otro lo dejó sin nota: “pasé raspando” afirma el doliente acostumbrado desde sus años de bachillerato a ser la Eduardo Vasco Uribe” en las premiaciones del colegio San Ignacio de Medellín.

La prisa de Pilatos ante la afirmación del inesperado reo del momento: “[…] he venido al mudo para dar testimonio de LA VERDAD. La prisa propia de cualquier funcionario público ansioso de renombre, privó a la humanidad de encontrar respuesta confiable a la pregunta clave del entendimiento humano de todos los tiempos: ¿“Qué es LA VERDAD”? Las prisas, los fanes en la vida y el ansia de pantallazos y titulares de prensa dejan siempre preguntas sin respuesta que nos convierten en víctimas, sin reparo posible, de la incertidumbre.

Ojalá que a Carlos Eduardo, una vez en posesión de LA VERDAD, le haya llegado la satisfacción de “poseerla” sin resquicios de dudas.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 18 de mayo de 2024

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“Non omnis moriar multaque pars mei vitabit Libitinam (Od. III, 30, 6-7), era el grito triunfal de Horacio ante la inexorable Libitina, la Muerte. Jorge Robledo Ortiz -el poeta de la raza- en cambio, se dolía del olvido: “Cuando nos resignamos a vivir con su ausencia / es porque ha envejecido por dentro, el corazón / y entonces ya la vida / no vale una canción”. 

Mis recuerdos todavía no se han resignado “a vivir con su ausencia” y se aferran a la convicción de Horacio que bien le cabe en plenitud a mi personaje inolvidable Alberto Alvarado Acevedo.

El primer contacto con Alberto fue a mediados de diciembre de 1954, pocos días después de mi arribo al Noviciado en Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá. Cercano a la fecha del registro que señala mi ingreso “oficial” a la Compañía de Jesús, en condición de “Postulante a Novicio”, debí pasar a manos del “novicio-peluquero” designado para empezar a manifestar, con signos visibles, el abandono de las vanidades “del mundanal ruido”; debía dejar atrás mi un tanto descuidada cabellera juvenil y reducirla a su mínima expresión mediante el proceso denominado “corte militar”; esto es, muy al límite por todo el contorno de la cabeza.

Mi “peluquero oficial” que empezaría a despojarme del “hombre viejo” fue el Hermano Alvarado quien según me enteré después y lo experimenté, gozaba de amplio prestigio como maestro en ese arte tonsorio. No era el momento propicio para evaluar al personaje; eso vendría después y de momento, sólo me llamó la atención la alegría desbordante, la picaresca hilarante de su conversación al realizar la tarea de cortar el cabello de los novicios quienes se peleaban el turno de acudir a su tijera, proceso que terminaba siempre con la orden perentoria: “¡Saque pecho”! Al conjuro del mandato, el “cliente” debía llevar el mentón lo más próximo posible al pecho para que la parte posterior de la cabeza sobresaliera un poco y permitiera un acabado más perfecto.

Luego de la “peluquiada”, el H. Alvarado realizaba el ritual higiénico de sacudir los restos del corte de cabello que se habían resistido a terminar en el piso y preferían permanecer en la cabeza o anidarse en hombros, orejas y cuello. Todo el proceso de peluquería, en esos tiempos, se adelantaba en silencio reverente por aquello de la “separación de clases” obligada en tiempos del postulantado; quizás también por la tristeza no manifiesta de abandonar las cabelleras más o menos cultivadas con vanidad incipiente. 

Diez minutos, a lo sumo 15, duraba ese diálogo mudo entre el “peluquero” y el “postulante”; jamás había tenido “comunicación informal” tan estrecha, tan íntima y tan silenciosa como durante el primer paso a peluquería para caer en la inclemencia de las tijeras y pulidoras del Hermano Alberto Alvarado, silencio que se tornaría animado durante los años posteriores de aquella experiencia.

El 16 de diciembre, Novicios y Postulantes rezamos en común la Novena de Navidad con los elementos necesarios para contrarrestar la “murria” que nos embargaba al pasar la primera Navidad en la nueva familia. Según la Real Academia murria es una “Especie de tristeza y cargazón de cabeza que hace andar cabizbajo y melancólico a quien la padece”. 

La Novena de Navidad se realizaba en ambiente de profundo recogimiento durante la ceremonia y al final venían los villancicos acompañados de acordeón, panderetas y maraca y en el orden del “manual” que recogía lo más granado del repertorio tradicional. En medio del alegre bullicio posterior al rezo de Novena, busqué con cierta paciencia y recato interior a “mi peluquero” y no paré de observarlo; desbordaba alegría y entusiasmo notabilísimos.

A lo largo de mi “espionaje” empecé a notar que el H. Alvarado utilizaba con frecuencia la expresión “esa vaina” en distintas modalidades: “qué vaina”, “por qué vainas”, “envainado”, expresión completamente ajena a mi cultura paisa y por lo demás también ausente en el vocabulario de los demás Novicios autóctonos. El asunto quedó ahí hasta la llegada de mis primeros y sucesivos “Ejercicios de Humildad” de todos los lunes al final de la mañana; aquello era como el juego de “el banquillo de los acusados”; en ese ambiente volvió a surgir la figura del H. Alvarado. 

La Composición de Lugar para el “Ejercicio de Humildad” es el “salón de pláticas”; ingreso de Novicios un tanto ansiosos como quien marcha a  “patíbulo ominoso”; el Padre el P. Cándido Gavilla, S.J., cerraba el desfile con rostro grave y luego de breve oración, nos iba llamando uno a uno; pasábamos al frente, besábamos el suelo y juntas las manos a la altura del pecho empezábamos a escuchar el ritornelo de los improperios: “me parece que el hermano camina agachado”; “se duerme en meditación de reglas”; “lleva mal el fajín de la sotana”; “no se le oye tomar la disciplina”. Al llegar el turno para el H. Alvarado, la casi unanimidad de voces era “me parece que el Hermano dice mucho ¡“Esa vaina”!

Los 25 de diciembre se reunía toda la Comunidad en el “Teatro” todavía en construcción, ubicado en la planta baja del edificio central, en forma de “ocho”; allí convergíamos todos para asistir a dos actos centrales: la zarzuela y el espectáculo más esperado “Que llegó Papá Noel”. En el diciembre de 1955, quizás en 1956, el H. Agustín Lombana salió al escenario vestido con el atavío propio del viejo bonachón y su costal repleto de “regalos navideños”.

¿Qué regalos venían en el costal de sorpresas navideñas? Todos aludían a “defectos”, “embarradas” o “proyectos frustrados” de algún miembro de la comunidad. Muchos regalos en ese “talego navideño” pero el momento culminante se presentó cuando Papá Noel sacó con ostentosa solemnidad la funda en cuero de un machete que mostró a todo el “respetable”; como se prolongaba el silencio mientras tratábamos de “interpretar” el significado del extraño regalo, no le quedó más remedio a Papá Noel que exclamar con aire de triunfo: ¡“Pero miren esa vaina”!

Dicen los eruditos que “gobernar es prever” y el P. Cándido Gaviña, S.J. lo aplicaba en la vida espiritual tanto como en lo material. El H. Alvarado iba a terminar sus años de noviciado con fama merecida de excelente peluquero a tal punto que era necesario “apartar turno” con anterioridad. Me llamó la atención el oficio de corte de cabello y con “permiso del P. Maestro”, empecé el currículo de peluquero con la guía experta de la estrella del momento: el Hermano Alberto Alvarado Acevedo.

Lo más “duro” del entrenamiento no era el manejo de la pulidora que antes como hora, deben avanzar en línea recta y a la misma altura de corte; dos condiciones indispensables en el corte del cabello. El método del H. Alvarado consistía en llevar al “discípulo” a accionar la pulidora manual sobre vidrio sostenido en la mano izquierda y desde abajo para arriba llevar la maquinita en línea recta y a la misma altura. El maestro Alvarado era en extremo exigente y no “graduaba” hasta que no demostráramos las competencias adquiridas en el entrenamiento. A lo largo de tres o cuatro desempeños “en campo” la supervisión era estricta, acompañada de consejos prudentes y sabios. Me gradué de peluquero en el Noviciado.

La dieta diaria de la comunidad, estaba dominada por harinas en distintas formas y la proteína animal solía brillar por su ausencia. Unos años antes de yo ingresar a la Compañía, era legendario el H. Anaya Erauskin, S.J. un fornido hermano coadjutor vasco, habilísimo en el “puntillazo” y posterior tasajo de ganado en pie; ya en mi época, la carne para comunidad tan numerosa en ese momento era suministrada por proveedores externos. Con alguna regularidad, nos servíamos hígado a la plancha; cuando llegaba la bandeja al puesto del H. Alvarado, su comentario usual era: “¡Uf empezamos otra vaca”.

Agustín Lombana y Alberto Alvarado se hicieron muy amigos durante el juniorado; compartieron intereses por el teatro que estudiaron hasta donde fue posible en las bibliotecas de profesores y de juniorado. Durante la visita canónica del P. Provincial, muchos le manifestaban al superior el campo en que le gustaría prepararse para el “apostolado futuro”. Años después Alvarado recordaría con emoción agradecida que a la semana de haber terminado la visita del Provincial, recibieron dos cajas de libros sobre teatro.

Alberto prestó valiosa colaboración a la Arquidiócesis de Bogotá y el movimiento mundial de apostolado familiar “Los Equipos de N. Señora” al que colaboró no solamente con sus luces de sociólogo, sino también con servicios de dirección que le obligaba a viajar con frecuencia a Francia, casa matriz del movimiento. La biografía del fundador del Movimiento es obra de este laico que al parecer nunca dejó de ser ferviente religioso de la Compañía de Jesús.

Me actualiza sobre la vida y milagros de Alberto su amigo de muchos años Hernando Bernal y quien estuvo cerca de él hasta pocos días anteriores al encuentro de Alberto con Nuestra Señora a la que sirvió en sus “Equipos”. Alvarado regresó de su doctorado en Francia con el respaldo y prestigio académico de la École des Hautes Études en Sciences Sociales, título que le permitió ser Decano de Sociología, colaborador en la creación de COLCIENCIAS, además de consultor en estudios de factibilidad social en grandes obras de ingeniería y muy diversos trabajos profesionales relacionados con su especialización; todo un personaje.

A veces, Alberto asistía a los almuerzos de compañeros en el Club del Comercio que durante tanto tiempo impulsó Jürgen Jolberg y organizó con maestría Goyo Vélez. Ese Alvarado ya maduro, moldeado por su andar académico y de asesorías, opinaba con sosegada emotividad sobre los temas que también adobaban los platos elegidos en el restaurante. Sospecho que para entonces ya experimentaba la intimidación “Damoclea” de la enfermedad que lo llevaría a la tumba; en aquellos esporádicos encuentros me venía a la memoria Virgilio y su reacción a la “sombra” de Néstor: “Ei mihi, qualis erat, quantum mutatus ab illo” (En. II, 274).

Jaime Escobar Fernández

Chía, 24 de abril del 2024

* Doctor en Sociología de la Universidad Université René Descartes, Sciences Humaines, Sorbonne. Licenciado en Sociología de la Universidad Pontificia Javeriana. Profesor Universidad de La Sabana. Experto en Responsabilidad Social.

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Años atrás, el Club Metropolitano de Bogotá organizó una “Semana Griega”; en ese entonces me invitaron a participar y a conversar con los asistentes sobre el tema.

Contra todos mis cálculos, la asistencia fue numerosa a lo largo de toda la semana y para sorpresa mía, tuve mucho público aquella noche. Mi exposición en ese entonces fue tal como encabezo el escrito; por razones de espacio y algo de actualización, tanto como para no aburrir, resumo cuanto en aquella ocasión expuse ante un público muy diverso.

“El encanto encantador”; título extraño, si se quiere, pero es que Grecia y “lo griego”, la Hélade y los Helenos han ejercido sobre Occidente el extraño encanto de gustar siempre aunque por distintos motivos. La cultura europea y nosotros sus herederos, fue gestada en las a veces extravagantes preguntas e inquietudes de los intelectuales, las veleidades de los políticos o la sensibilidad exorbitada de los artistas; como la mantequilla, surge a la manera del largo “revuelto” de aquella crema exquisita que nuestras abuelas recogían con amor en la leche ordeñada de cada día.

¿Qué hay detrás del mágico vocablo de “Grecia” para que a su conjuro todavía hoy se reúnan entendidos, profanos, columnistas, “opinólogos”, curiosos diletantes -que nunca faltan- y profanos en los centenares de páginas de la Internet que reúnen a incontables “gomosos” de todo el mundo para conversar sobre esta cultura milenaria, su lengua, literatura, arquitectura, mitología y hasta religión? ¿Cómo es posible que todavía no hayamos podido agotar en conferencias, artículos, libros y conversaciones esa “Fuente Castalia” que no termina de suministrarnos lo mejor de sí en generosas cuotas a través de asociaciones, ¿centros de investigación, artículos eruditos y profanos, conferencias, encuentros, congresos y eventos de todo tipo?

Al parecer y sin darnos cuenta, vivimos inmersos en los restos de una civilización que a pesar de todo, se resiste a desaparecer. Escribió Thomas Kahill que nuestros conciudadanos viven “Como peces que no saben que nadan en agua, nosotros apenas tenemos conciencia de la atmósfera de los tiempos por donde nos movemos, de lo extraños y singulares que son”. Desde el notable historiador Thomas Cahill hasta el ciudadano educado, nos movemos por la vida como el pez: ciegos a cualquier realidad que no sea nuestro propio aquí y ahora.

El intelectual brasileño Carlos de Laet, de quien dijo Gilberto Amado que “Ningún brasileño de su tiempo era más grande”, escribía en el Journal do Brasil

hace casi cien años: “Admitir a la educación superior jóvenes que no están debidamente preparados en la literatura clásica griega y romana sería como formar no ya médicos, sino curanderos y cuando mucho, peritos; no ya jurisconsultos sino rábulas; no ya ingenieros o arquitectos sino simples maestros de obra”; tal entusiasmo no puede brotar sino de una mente perdidamente enamorada, ciega a ninguna otra atracción que pudiera ser objeto de su amor. Si como dicen algunos que hasta un reloj parado tiene razón dos veces al día, quizás también la tenga Carlos de Laet.

A pesar de los pesares, los ciudadanos que hemos alcanzado altos grados de educación superior -mucho más los que no- vamos por la vida como los peces de Cahill: incapaces de ver que nos movemos entre la exuberante raigambre de ese roble majestuoso y prolífico que la tradición llama “cultura griega”.

Desde finales del siglo XIX, los otrora florecientes estudios de lenguas y literatura llamadas clásicas han sido desplazados sistemáticamente de todos los programas universitarios y por supuesto, los nuevos profesionales se mueven en ambientes ricos en vestigios del pasado que no pueden reconocer por la ceguera cultural congénita que les dejan los años dedicados al aprendizaje de “lo que sirve para conseguir dinero, mucho dinero”.

A los peces les conviene, de vez en cuando, breve estadía por fuera del agua que no es más que aquella que necesita el pescador responsable para decidir si el fruto de su paciente búsqueda deba regresarlo al agua o llevarse a casa. ¿Por qué siguen importando los griegos? Cuanto acá les comparto sería el testimonio y el recuento de la experiencia de un modesto pescador artesanal empeñado en mostrar a sus contemporáneos y especialmente a los jóvenes admitidos a la educación superior, por qué razones después de más de dos mil años, los griegos siguen importando.

Por relato de algún veterano docente de fisiología me pregunto si yo habré sido ese Profesor del 5% que él describe de esta manera: “En todos estos años observé que de cada cien alumnos, apenas cinco son realmente aquellos que hacen diferencia en el futuro; apenas 5% se vuelven profesionales brillantes que contribuyen de forma significativa a mejorar la calidad de vida de las personas; el otro 95 % sirve sólo para hacer volumen; son mediocres y pasan por la vida sin dejar nada útil.

[…] Es una pena muy grande no tener cómo separar este 5 % del resto pues si eso fuera posible, dejaría apenas los alumnos especiales de este salón y mandaría a los demás afuera; entonces tendría […] una buena clase y dormiría tranquilo sabiendo que he invertido en los mejores, pero desgraciadamente no hay cómo saber cuáles de ustedes son esos alumnos y sólo el tiempo es capaz de mostrar eso; por lo tanto, tendré que conformarme e intentar dar una buena clase”.

Creo haber dado a conocer a mis alumnos la cultura griega con el auxilio del dialecto ático que traté de enseñar con empeño, dedicación y cariño, pero debo resignarme a ignorar si fui parte de ese 5% de profesores que marcaron la diferencia y consiguieron que el 5% de sus estudiantes fueran especiales y hayan llegado al grupo de ese otro 5% de personas especiales que nadaron como los peces de Kahill en las aguas no siempre claras en que traté de convertir el aula de clase.

Tucídides afirmaba que nada era tan oculto que el tiempo no sacara a flote; me iré de este mundo con la esperanza de que algún día el tiempo saque a flote la disciplina y el tesón que marcaron mi personalidad los años de formación como jesuita y que apliqué en mis años de docencia del dialecto Ático.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 16 de abril del 2024

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MI REACCION A LA CHARLA CON EL P. Arturo SOSA, S.J.

Adr. – Quid est mors?

Epict. – post memoriam oblivion

[Altercatio Hadriani Augusti et Epicteti Philosophi]

Lo diré de una vez: escribo esta reseña necrológica a la manera de “requiem” por el pass away del “Apostolado Intelectual”, herido de muerte por las nuevas “preferencias” que anunció el P. Sosa, S.J. quien, por solicitud de la Congregación General debía revisar las propuestas hechas por el P. Kolvenbach, S.J., anterior general de la Compañía.

Ruego a quienes tengan la paciencia de leerme, no dejarse “entrampar” por mis sesgos, cuyo origen se remonta al tibio afecto que me genera nuestro Padre General; a pesar de todo, me mueve el sabio consejo mandatorio de nuestro apreciado compañero Samuel Arango: ¡“No lo diga; escríbalo”!

Confieso que me molesta la moda actual de un nominalismo rampante convencido y convenciéndonos de que cambiando de nombre, se modifica la realidad: la “Iglesia en camino” ahora es “sinodal” que significa lo mismo en su original griego: consulta popular arropada en “discernimiento comunitario”, “preferencia” / “prioridad”.

Son incontrovertibles las capacidades lingüísticas del P. Kolbenvach S.J., pero quizás en otras lenguas y ámbitos culturales haya diferencias marcadas entre prioridad/preferencia, pero en español me parece adivinar una palpable tautología, pues todos, sin excepción, damos “prioridad” a cuanto se ubica en la cúspide de la escala de nuestras “preferencias”.

Amo el seguimiento a videos de mis “preferencias”, porque ofrecen las posibilidades inigualables de frenar el discurso, devolverlo a estadios anteriores, avanzarlo de acuerdo con los intereses y sobre todo, volver a disfrutar una y otra vez de su contenido. Cada fin de semana, cuando regreso del campo, no tengo otra prioridad que sentarme a detener el tiempo y el pensamiento en el video que con admirable constancia nos envía Darío; reconocimiento quizás un poco insuficiente.

Las vivencias y el periplo vital del P. Colvenvach, S.J.

La pregunta obvia podría ser ¿qué tanto influyen las vivencias del periplo vital de alguien en la elección de sus “preferencias”? ¿Habrá alguna relación entre los antecedentes de hombre de letras e idiomas de Kolbenvach en su propuesta de “Apostolado Intelectual? Quizás el testimonio del P. Juan Ochagavía, S.J., su colaborador cercano, nos permita inferir alguna hipótesis plausible. […] amaba […] el estudio y el rigor intelectual. […] Las bibliotecas eran su pasión y su deleite. En el verano, con todo el calor de Roma, no salía a ninguna parte porque para él las vacaciones eran trabajar en la biblioteca.

[…] Las lenguas fueron también parte de sus pasiones. En el colegio comenzó con holandés, alemán, inglés, francés, latín y griego. En el Líbano tuvo que aprender el árabe, pero además el armenio y el ruso. El castellano lo fue aprendiendo de a poco con su secretario, el hermano Luis García; y otro tanto, el portugués. Yo pude ver de cerca cómo al año y medio ya hablaba bastante castellano. Me preguntó mucho por el mapudungun, interesándose por sus estructuras de prefijos y sufijos. […] Con su barbita de sacerdote del rito armenio, parecía un monje. Pero no solo por la barba, sino por los modos monacales. Se acostaba alrededor de las 11:00 pm, y se levantaba a las 3:30 am para sus largos rezos, la misa y las lecturas de autores espirituales, de preferencia los antiguos. (Testimonio del P. Juan Ochagavía, S.J. Revista Jesuitas Chile, verano 2017).

Las vivencias y el periplo vital del P. Arturo Marcelino Sosa Abascal, S.J.

También acá es tentador preguntarse ¿qué tanto influyen las vivencias de su periplo vital en la manera como el P. Sosa, S.J. desarrolla el encargo de la Congregación General para revisar las “preferencias” establecidas 20 años atrás por uno de sus antecesores? El recuento de los “antecedentes” del P. Sosa, S.J. nos podría colocar en la pista de suposiciones plausibles, en especial, sobre la metodología que adoptó para sacar adelante el encargo de revisión de las “preferencias” de Kolbenvach, S.J.

En nuestra tertulia con el P. Sosa, S.J. nos contó que “[…] la experiencia que me nutre se fundamenta en la tierra venezolana (min. 4:34); pasé toda mi vida como jesuita en Venezuela (min. 4:42): entré en Venezuela; me formé en Venezuela; trabajé en Venezuela; 10 años en S. Cristóbal (min. 5:02)

La agencia de noticias Fides dice de él que “[…] habla diversos idiomas […] su lengua materna, el español, […] italiano e inglés y entiende el francés. […] licenciatura en Filosofía otorgada por la Universidad Católica Andrés Bello (1972); teología en la Gregoriana y es doctor en Ciencias Políticas, Universidad Central de Venezuela; larga trayectoria en la docencia universitaria y la investigación en el campo de las ciencias políticas. Ha sido profesor y miembro del Consejo Fundacional de la Universidad Católica Andrés Bello y Rector de la Universidad Católica del Táchira. (Fuente: https://www.jesuits.global/es/p-general/p-general/).

Por fuente de alta credibilidad, me enteré hace ya un tiempo que durante el Rectorado del P. Sosa, S.J. la Universidad Católica del Táchira ella pasó del puesto 1 al 9 en el catálogo de universidades destacadas por su calidad académica. Wikipedia en la entrada con el nombre del P. Sosa, S.J. hay registro con las respectivas fuentes de las críticas a su pensamiento religioso y político.

Elucubro ahora a partir de algunos de los detalles de la vida del P. Sosa quien, nombrado General, se le asigna la tarea de revisar las “preferencias” propuestas por el P. Kolbenvach, S.J. En su condición de “politólogo profesional” y con significativa experiencia en trabajo social, el P. General se aplica a cumplir con el mandato y para ello organiza una exploración o “survey” de tinte sociológico como el que adelantó el P. Pacho Zuluaga (Sociología de la religión) a comienzos de la década del 60; ahora se trata, según parece por sus aparentes características, de una “consulta popular” que de fachada se arropa en la figura de “discernimiento en común”.

Quizás en la mente del P. Sosa rondara en ese momento la idea de la “resistencia al cambio” que Kurt Lewin, sicólogo social, analizó por allá en la década de 1940 y propuso la fórmula mágica y elemental pero efectiva en el proceso de vencer la resistencia al cambio; ella era, darle participación a los afectados por el proceso.

La participación en el cambio tiene efecto colaterales; si los consultados no poseen la suficiente información compartida del contexto universal en que se mueven, sus propuestas están determinadas por las necesidades y problemas que viven en el día a día y se concentran en proponer vías de solución que al final, en el esfuerzo por reunir los mínimos consensos, desaparecen y minan la confianza en el método cuando no, en la institución que lo propone.

He sido durante los últimos años curioso lector del “Anuario” a donde convergen las múltiples actividades de la Universal Compañía; todavía me lamento de la ausencia patética de informes sobre la “preferencia” por el Apostolado Intelectual; en ese informe anual antes impreso y ahora digital, predomina el brazo fatigado de Francisco Javier bautizando infieles y constato una notable ausencia de iniciativas a la manera del discernimiento madurado en la oración y el silencio que le permitió a Ignacio de Loyola redactar las Constituciones, además de perfeccionar su manual de Ejercicios Espirituales.

Ante la desaparición de la “preferencia por al apostolado intelectual” reflejada en los informes consignados en el Anuario de varios años, me cuesta entender al P. Sosa cuando en Chile no hace mucho afirmó sin vacilación alguna: “Lo que denominamos apostolado intelectual es central en la misión de la Compañía hoy, como lo ha sido desde sus inicios. La complejidad de los problemas del mundo hace siempre urgente y central la reflexión intelectual para poder realizar un servicio calificado a la humanidad desde la misión de la Iglesia.

[…] El Santo Padre Francisco, en la visita que hizo a la Congregación General 36ª, en octubre pasado, […] Nos invitó a seguir trabajando desde la profundidad espiritual con profundidad intelectual y visión de los procesos en marcha en las personas y en las relaciones entre ellas y con la naturaleza. […] No es posible una visión profunda de procesos complejos sin análisis y reflexión. ¿Lo vieron así los “deliberantes”?

Parece que la “discerniente” Compañía de Jesús durante la “consulta popular” por cinco años, no tuvo en cuenta la advertencia del Papa: “El discernimiento que lleva a escoger las acciones a realizar necesita de esa profundidad intelectual”. (Fuente: “Intercambio”, Ed. 38 Fe y Justicia). Como diría el inolvidable Cantinflas: “Ahí está el detalle”.

Sometí esta diatriba al concepto de un muy competente revisor amigo quien me anotó que la educación es “apostolado intelectual”. ¿Será así? El componente de investigación responsable de la creación de conocimiento va tomando relevancia para las Instituciones de Educación Superior en su afán por ocupar posiciones relevantes al momento de buscar puestos altos en las categorías de calidad para atraer estudiantes, pero en ellas predomina el componente “docencia” que no es otra cosa que la divulgación y aplicación del fruto intelectual por lo general ajeno y en casos excepcionales, propio.

El Apostolado Intelectual se refugia en reductos que de alguna manera están tentados a pensar que son “las ovejas negras” del rebaño a quienes quizás se tolere pero no se les estimule. Una oración por el moribundo, si no difunto Apostolado Intelectual; descanse en paz a la espera de la Resurrección prometida a los vivos y que quizás también pueda cobijar a otros muertos.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 1 de abril del 2024

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Para escribir este comentario sobre exjesuitas como autores de columnas de opinión, elegí a aquellos que están activos en esa modalidad, excepción hecha de Oscar Jaramillo Gutiérrez, -Teófilo Escribano- (1939-2004).

1. Héctor Osuna Gil. El Diccionario de Colombia lo describe así: “Osuna Gil, Héctor. (Medellín, 1936). Periodista, pintor y caricaturista. Abogado de la Universidad del Rosario. Bachiller del Colegio San Bartolomé de La Merced. Considerado uno de los mejores caricaturistas de Colombia.

Osuna lleva 63 años dedicado a impartirle urticantes lecciones a la clase política colombiana que lo admira, lo disfruta, lo respeta y lo teme. Creo que con acierto, amarró todas sus caricaturas al sugestivo y diciente título de “Rasgos y Rasguños”; cada “rasgo” de Osuna sobrepasa los linderos del “rasguño” al hundir sin piedad el cincel de su inteligente ironía en el tendón de Aquiles de su paciente o coyuntura universal. (Diccionario de Colombia).

El bifronte Héctor Osuna Gil: caricatura y periodismo”. Todos los “Rasgos y Rasguños” de Osuna se convierten por fuerza de contenido y de poder gráfico, en columnas de opinión divulgadas en forma visual. Varios de sus panegiristas no dudan en acomodar a su favor, la conocida frase de Confucio: “Una caricatura -de Osuna- vale más que mil editoriales.

Preguntado por un periodista el por qué el pseudónimo de Lorenzo Madrigal para su columna de opinión, contestó: “porque realmente son como dos personalidades que manejo. […] la gente piensa que soy muy chistoso y no lo soy, pero manejo el humor y la caricatura; entonces para diferenciarla de la columna de opinión […] uso el seudónimo para pensar como periodista escritor. […] una cosa es hablar de temas serios sin ser tan trascendental y el otro, es hacer la caricatura tradicional”.

¿Por qué “Lorenzo” como nombre y “Madrigal” como apellido? Tal parece que Héctor no tiene el menor interés en explicarlo y al parecer, nadie ha tenido la ocurrencia de preguntárselo; por lo tanto, no queda otro camino que especular.

“Lorenzo” es sustantivo de genuino origen latino; los onomatólogos coinciden en afirmar que “Lorenzo” significa “Coronado de laureles” y por metonimia, otros opinan que significa “Hombre de honor”, “Triunfador”.

Madrigal es de pura cepa latina al igual que “madriguera”; ambos vocablos descienden de matrix, -icis, sustantivo que al parecer tiene como fuente el Sánscrito y según atestigua Varrón, se aplicaba a la hembra que está en fase de reproducción y crianza. Madrigal, pues, señalaría a quien genera nueva realidad o nueva vida a personajes o conceptos abstractos.

¿Por qué Lorenzo Madrigal? Dos hipótesis plausibles: “se le vino el nombre a la mente”, a manera de inspiración; le pareció sonoro, atractivo, quizás exótico y lo adoptó como segundo yo; la otra posibilidad es que haya sido el resultado de la exhaustiva búsqueda y profundo análisis de las palabras que reflejaran su temperamento artístico. El “Lorenzo” marcaba el prestigio que ya acumulaba de tiempo atrás y el “Madrigal” le vendría como “anillo al dedo” por cuanto expresaría bien el fruto de su talante fecundo dedicado a generar opinión a partir de los temas que desarrolla en sus columnas. Al menos que alguien le pregunte y él quiera decirlo, nos quedaríamos sin dar respuesta al ¿Por qué el pseudónimo de Lorenzo Madrigal?

2. El “Teófilo Escribano” de Oscar Jaramillo Gutiérrez (1939-2004). En los pasillos de Teología en Chapinero, hacia finales de la década de los 60, empezó a sonar el nombre de “Teófilo Escribano” asociado a Oscar Jaramillo. Ya para ese entonces empezaba a consolidarse su fama de talentoso escritor y analista político; con el tiempo, lo veríamos de comentarista de asuntos internacionales en noticieros de televisión.

El nuevo modo de vida propio de los recién ordenados también me absorbió por completo hasta el punto de no haberme enterado del abandono de la Compañía por parte de Oscar, ni de cómo y por qué se trasladó a Cali; menos que se dedicara de lleno al periodismo y a la cátedra en la Universidad del Valle.

Por consultas para cerrar el ciclo vital de “Teófilo Escribano” encontré los elogios de sus calidades como periodista y catedrático colaborador de El Tiempo, El Siglo, El País y Nueva Frontera. En su fugaz aventura de la política, fue nombrado secretario privado del Alcalde Mayor de Bogotá, Juan Martín Caicedo Ferrer. El boletín de AUSJAL, órgano oficial de las universidades jesuitas de América Latina, lo describe como “hombre sabio que siempre se mostró dispuesto a enseñar” (Carta de Ausjal, No. 17, año 2004, p. 36). Oscar murió por un cáncer a mediados del 2004 en Cali.

En la “Carta Ausjal” se dice de Oscar que “era fuente -según colega suyo- de reporteros que lo llamaban para pedir explicación sobre asuntos internacionales. El Medio Oriente, la ETA, el conflicto de los Balcanes, la invasión a Irak, la revolución islámica, el sueño bolivariano de Chávez, la Unión Europea y el TLC, entre muchísimos temas más que siempre estuvieron en la mira acuciosa de don Óscar y como dato agradable, recuerdo (cuando trabajaba en el área de Opinión de El País) que en diversas ocasiones, ante complejos hechos internacionales de última hora, su pluma siempre estuvo erguida para ayudar a editorializar sobre ellos”.

3. Jesús Ferro Bayona. Columnista semanal en el periódico “El Heraldo” de Barranquilla; situaciones de coyuntura suelen ser los temas de sus escritos redactados con fluidez y transparencia en aras de sus probables lectores que posiblemente sean personas de cierto nivel académico y desde luego, sus numerosos amigos y conocidos a lo largo de su larga y meritoria vida.

El estilo de la columna semanal del escritor costeño deja ver al Académico de la Lengua que no tiene necesidad de acudir a preciosismos idiomáticos para compartir con su público lector temas de coyuntura en forma simple, directa y agradable. Familiares y amigos prefieren llamarlo “Chucho” sin que le cause molestia. Sencillo en su grandeza muestra los

kilates de una personalidad nutrida de academia en el extranjero, lecturas múltiples durante su vida y la carga de experiencia que le deja ese largo paso por la rectoría de la Universidad del Norte.

4. Francisco Cajiao Restrepo. “Academia. Revista multidisciplinaria” de la Universidad de Puerto Rico, encabeza la publicación de una de sus conferencias, con apartes de su muy laboriosa existencia y señala: “Miembro permanente de la Academia Colombiana de Pedagogía y Educación”. columnista permanente del periódico El Tiempo, reconocido como una de las autoridades más importantes de la pedagogía en Colombia, especialmente por sus aportes en innovación e investigación”.

El Dr. Google a quien le consulté no me pudo dar las ejecutorias más recientes de “Pacho”, nombre cariñoso con el que suelen llamarlo sus “amigos de toda la vida”. La aproximación más vital a Pacho, está disponible en YouTube: Vida y obra: Francisco Cajiao”.

El denominador común de las columnas de Pacho en el periódico El Tiempo no podría ser otro que los temas de educación, eruditos, profundos, bien cimentados y escritos a la manera de aquel que habla “tamquam autoritatem habens”, tal como lo señalaría el latinajo utilizado por S. Juan Crisóstomo en su refutación a los disidentes de Antioquía (1004, 14. “Los disidentes”).

5. Jaime Heredia Pérez. El “Círculo Bogotano de Críticos de Cine (CBcine)” lo describe así: Comunicador social y Administrador. Estudió Humanidades Clásicas y Filosofía en la Universidad Javeriana. Estudió cine en Universidad El Salvador (Buenos Aires) y en la Universidad Gregoriana (Roma). Realizó cursos de crítica de cine en Bello Horizonte y en la Universidad ProDeo (Roma). Dirigió durante varios años cine foros con universitarios. Doctorado en Comunicación en la Universidad Gregoriana (Roma). Profesor de comunicación en la Universidad Javeriana. Ha participado en varios festivales internacionales Mar del Plata y San Sebastián. Desde hace varios años escribe la columna semanal de crítica de cine en el diario nacional Portafolio. “Varios años” se dice rápido pero en realidad son casi 20 de mantenerse “enganchado” al ámbito de la crítica cinematográfica. ¿Cómo empezó Jaime a esta difícil tarea de columnista de crítico de cine?

“Hoy en la Javeriana” nos cuenta que en febrero de 1967, el P. Nazareno Taddei, S.J. habló en la Escuela de Periodismo y Relaciones Públicas sobre el avance de los medios de comunicación social y la responsabilidad que tiene el profesional ante el cambio sustancial de la civilización moderna. Para agosto del mismo año se unieron la Javeriana y la Conferencia Episcopal de Colombia para organizar el curso “Lectura estructural del film” del 8 al 31 de agosto orientado por el P. Taddei, en ese entonces Director del Instituto de Ciencias de la Comunicación Social de la Universidad Católica de Milán, además de conocido experto en todo lo referente al lenguaje cinematográfico y asesor de reconocidos directores cinematográficos italianos; tal el maestro cuyas enseñanzas incorporó Jaime al acervo de sus conocimientos acumulados en múltiples fuentes y consolidado en la práctica que sin duda, es la “maestra” en todo oficio.

La subjetividad y aquello de que sobre gustos no hay disgustos, es el “diablillo” que persigue a cuantos intenten ser críticos en cualquiera de las artes liberales. El equilibrio que demuestra Jaime en sus columnas semanales, lo han convertido en punto de referencia y consulta frecuente en artículos de prensa y encuentros en los que esté en discusión la comunicación social y de manera explícita en el cine. Antes de acercarse a la taquilla es prudente consultar primero a Jaime Heredia Pérez el crítico de cine con prestigio merecido.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 12 de febrero del 2024

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Llegué a la figura imborrable del “Negro” Evelio Pérez de la mano de dos insignes poetas: Luis Calé con su “Romanza de la Niña Negra” y el venezolano Andrés Eloy Blanco con su poema, modificado para efectos musicales, “Píntame Angelitos Negros”. 

Me devuelvo al pasado para rescatar el impacto temprano que causó en mi espíritu, todavía infantil en ese momento, escuchar por primera vez, en la voz privilegiada del “Tenor negro” Evelio Pérez, la “Romanza de la niña negra” y “Angelitos Negros”. 

Era el “Negro” Evelio Pérez, tenor lírico vinculado a la Compañía Antioqueña de Opera de Medellín (1943), donde interpretó melodías inolvidables del acervo operático mundial y también apariciones en diversos festejos musicales muy populares en el Medellín de los años 40 a 60 del siglo pasado.

El tenor Evelio Pérez se convirtió en entusiasta colaboradore del Colegio y la Iglesia de San Ignacio, adyacente al claustro; ese público escuchaba con inocultable emoción, cada una de las interpretaciones de ese tenor lírico autóctono. La tez de Evelio estaba un poco subida de melanina y de ahí el mote cariñoso que le endilgaron sus amigos: El “Negro” Evelio, cuando todavía la ideología racista no había convertido esa expresión de cariño sincero y espontáneo, en detestable “crimen de leso racismo”.

En dos oportunidades tuve la inolvidable experiencia de escuchar la “Romanza de la Niña Negra” que Evelio interpretaba con singular maestría y tal compenetración con la letra y el sentimiento transcrito a música, que era inevitable no solamente involucrarse en el tema, sino también, despertar sentimientos profundos de simpatía y solidaridad con la raza de color. 

Evelio solía incluir en su repertorio también el poema de Andrés Eloy Blanco que con su versión en ritmo de bolero fue interpretado por muchos artistas de diversos países con lo que alcanzó enorme popularidad, éxito que no consiguió la “Romanza de la Niña Negra”; Angelitos Negros cobró notoriedad y popularidad en la voz privilegiada y la personalidad cautivantes de Fray José Mojica, OFM; (San Gabriel, 1895 – Lima, 1974). 

Mojica fue actor y cantante mexicano; tras estudiar música, se volcó al  mundo de la ópera y llegó a formar parte de la compañía de ópera de Chicago, desde donde llegó al cine, actividad que abandonó para ingresar en Lima a la orden franciscana; tenía pues Mojica, estudios y experiencia suficientes para inmortalizar “Angelitos Negros”, en estilo propio e incomparable, pero por algún azar del destino, el Negro Evelio hizo llorar a la audiencia con la versión de su Romanza, aunque no pudo igualar la popularidad de Angelitos Negros. 

Mi encuentro con el tenor lírico Evelio Pérez se dio en el patio-salón del viejo colegio de S. Ignacio en Medellín, donde confluyeron entre los años 1951 y 1954 tres personajes inolvidables: el P. Juan José Briceño, S.J., Alberto Upegui en ese entonces joven pianista de futuro promisorio y el tenor lírico Evelio Pérez a quien con inmenso cariño todos llamábamos “El Negro” Evelio. Fueron épocas excepcionales. Hazaña irrepetible de armonizar en 4 voces masculinas todo el colegio, interpretando “Los Remeros del Volga” (popular ruso); “El coro de los martillos” (Verdi); “El Nabucco” (Verdi). 

Los “pequeños”, para la ocasión, fuimos preparados con esmero y rigor por Evelio Pérez, de inagotable calor humano; su trato universal y comunicativo modeló mi incipiente acercamiento a los de piel diferente. Evelio con su delicadeza, respeto, cariño y débil pero reconocible tartamudez, fue para nosotros ejemplo de acogida y calor humano que logró, sin imaginarlo, efectos imperecederos en cuantos tuvimos la suerte de entrar en contacto con él; así nació en mí, el tratamiento, respeto y caballerosidad para con los de piel diferente.

En las horas de ensayo para nuestra participación en ese gran coro de los ochocientos alumnos que tendría el colegio en ese entonces, Evelio daba su explicación de cómo “frasear” determinados puntos de la partitura y luego nos advertía “ahora, con o o o ortografía, muchachos” en su incipiente tartamudez. Esa “orto o o grafía” se refugió para siempre en mi memoria, a tal punto que años después, en la interpretación oral de textos Griegos y Latinos, yo indicaba la manera de “entonar” la frase y al solicitar que los estudiantes los repitieran, siempre insistía: “ahora, con o o o o ortografía muchachos”. Transforma más el ejemplo que los discursos mejor argumentados.

El Negro Evelio Pérez; qué maestro aquel y qué capacidad de transmitir emociones. De mí aseguró alguna vez el P. Antonio Gómez, S.J. -mi cuñado, coautor del texto “Latín en Acción, ilustrado por Héctor Osuna-: “Jaime Escobar no sabe ni Griego ni Latín pero lo vende muy bien vendido”. El Negro Evelio me dio la lección más práctica e imborrable de mi vida con su interpretación de La Romanza de la Niña Negra: la emoción es más poderosa que la razón. En mi docencia de lenguas clásicas, la “Emoción” fue siempre invitada de honor en cada sesión de trabajo.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 24 de octubre del 2023

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La “santa obediencia” de los votos en la Compañía nos ocasionó, unas veces más, otras veces menos, sinsabores difíciles de olvidar. Quienes de alguna u otra manera ejercían poder sobre nuestras vidas y en especial, sobre nuestro futuro, no siempre tuvieron suficiente claridad de visión ni capacidad de discernir sobre las semillas que afloraban en cada uno de nosotros. Comienzo con la inolvidable sentencia del P. Rodríguez en su manual de vida perfecta: “en que se confirma lo dicho con algunos ejemplos”:

La visión borrosa

Con el “permiso presunto” de Alberto Betancur, lo convierto en víctima inocente de la visión borrosa y que a pesar de todo, abrió caminos andariegos e insospechados en la música, gracias a su empeño indeclinable. 

El talentoso creador del Piano a Primera Vista, como queda constancia en su propio testimonio compartido hace unos días en el blog, ingresó al mundo de la música “a primera vista”; esto es, viendo la explicación del H. Hernando Bernal quien, como buen imitador del Nazareno, también acudió al bíblico gesto de “escribir en la arena” el pentagrama seminal. 

El joven maestro Bernal ya curtido en la ejecución del armonio en Tobasía, le advirtió al “aprendiz de brujo” el inconveniente de no haber empezado esa tarea desde los cuatro años de edad, según los cánones vigentes; edad que era puerta de ingreso obligada al Paraíso del sutil entramado de pentagramas, armónicos y claves de sol o de fa “bien temperadas”. Tan borrosa parece haber sido la visión del también joven maestro como aquella primera partitura en la arena de la cancha de básquet en la Santa Rosa de memoria imperecedera.

¿Miopía?

De nuevo tuvo Alberto que “doblegar la cerviz” a pesar de haber cantado, interpretado y hecho carne propia, muchas veces, aquel verso del maestro Epifanio Mejía, autor de la letra del Himno Antioqueño: “llevo el hierro entre las manos porque en el cuello me pesa”. ¿Quién lo duda? Tenemos múltiples testimonios de sus luchas por hacerse a un lugar de privilegio en la música. El “Piano a primera vista” que siempre fue acogido y nunca rechazado, tuvo que saborear la amargura de quedarse fuera todavía sin haber abandonado la orden.

Ya no “aprendiz de brujo” sino “embrujador consumado”, cuenta Alberto que “Cuando se estrenó el gran órgano Wurlitzer en la nueva capilla doméstica[1] pedí permiso al padre rector[2] para tocarlo, pero me dijo que no hacía falta que yo lo aprendiera a tocar, porque para eso ya estaba el Hermano Hernando; me tocó resignarme, pensando piadosamente que la voz del Superior era la voz de Dios”. 

Años después sería otro Wurlitzer el instrumento que caería en el embrujo mágico de esos dedos juguetones sobre el blanco teclado, caricias multiplicadas por el subconsciente actuante, pero todavía no descubierto, por el maestro de los pentagramas y los ritmos interpretados de acuerdo con el ambiente del momento.

¿Ceguera?

La etapa de Magisterio en el proceso de formación era como una especie de “liberación lícita” y anhelada, y tal parece que lo fue y de qué manera para Alberto, destinado a trabajar en el colegio Berchmans. 

Ni corto ni perezoso, “a primera vista” identificó su espacio: “[…] “los domingos tocaba el órgano en todas las misas del templo del Sagrado Corazón. Cuando llegó a su visita anual el Padre Provincial Eduardo Ramírez, me dijo que yo evadía la oración de los domingos, por tocar órgano toda la mañana en el templo y que eso no me lo podía tolerar. Yo le respondí que los domingos hacía una oración intensa durante toda la mañana, pues tocar el órgano en las misas es alabar a Dios, como ordena el Salmo: “Laudate Eum in chordis et organo”. […] El Provincial me escuchó con atención y pasó a otro tema sin comentar nada. Para fortuna de la música, Alberto vivió aquello de “llevar el hierro entre las manos porque en el cuello me pesa” y no “dobló la cerviz”.

¿Cierto dulce desquite?

En crónica anterior publicada en este blog, Hernando nos contaba que intercambiando inquietudes sobre el aprendizaje de la música, el uno hacía énfasis en el papel de la mente en ese proceso y el de “Piano a primera vista”, en solemne pronunciamiento “ex cátedra”, afirmaba que la música no era fruto del trabajo conceptual, sino  producto natural de la sensibilidad nacida en los más profundo del subconsciente. 

El tema de la “sensibilidad” fue lección perfectamente aprendida durante su trabajo en México, cuando el productor musical del momento le advirtiera que su interpretación de la nota era perfecta pero la ejecución mostraba imperdonable orfandad de sentimiento; revolución copernicana a la que podemos atribuir un antes y un después de su carrera musical y posiblemente, semilla de posteriores investigaciones y prácticas en el manejo del subconsciente, del que nos ilustró con tanta convicción en una inolvidable tertulia de los jueves. 

Otras visiones borrosas

Era provincial, a mediados de la década de los años 50, el P. Ramón Aristizábal Gómez, S.J. y hacía su “Visita anual” a la casa de Formación en Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá. La guaza frailuna le adjudicó el “Don Ramón”; también se le llamó “el padre más edificante de la Provincia” remoquete ganado, no por su piedad acendrada, sino por haber construido tres colegios: el nuevo S. Ignacio en Medellín, el San Luis Gonzaga en Manizales y el Nuevo San José en Barranquilla. 

El núcleo de esas visita anuales consistía en la “cuenta de conciencia”, especie de confesión de boca, con el recuento iterativo no solamente de los avances, dificultades y retrocesos en la vida espiritual y académica, sino también con las dificultades en las relaciones interpersonales en una comunidad humana que en aquellos momentos podría llegar a 150 o más religiosos entre novicios, juniores, hermanos coadjutores, sacerdotes en el período de “Terceronado” y profesores no siempre bien apreciado por algunos alumnos.

Era de común ocurrencia en la Visita del Provincial, compartirle tímidos “discernimientos” sobre “vocaciones especiales”: predicación, “apostolado rural” que así llamaban las “misiones populares” de pueblo en pueblo, cine, teatro, literatura, teología, escritura filosófica, axiología piadosa u oratoria sagrada; ejercicios de S. Ignacio y cuanta ilusión pudiera surgir en un desbordado ardor juvenil deseoso de militar en el bando contrario al asentado en “aquel gran campo de Babilonia, como una gran cátedra de fuego y humo, en figura horrible y espantosa”. 

Correspondió la cuenta de conciencia al entonces Hermano Héctor Osuna, quien ya tenía manifestaciones significativas de su predisposición natural para la pintura, gene dominante quizás, heredado de su mamá, y desde muy temprana edad se involucró en la pintura. Son notables sus “miniaturas” de pequeñísimos manojos de flores. La habilidad para pintar de Héctor era manifestación evidente de un futuro previsible tal como lo demostraría luego, en sus muy famosas caricaturas de corte político.

La cuenta de conciencia del H. Osuna recorrió los senderos repetitivos y casi idénticos de las “cuentas de conciencia” o de los preparativos para la confesión frecuente: distracciones en la oración, tentaciones contra la pureza, falta de observancia religiosa, salidas de “la vida común”; poca disposición para aceptar la santa obediencia, mentiras piadosas, permisos presuntos… 

Terminado el elenco de virtudes y defectos, el Provincial se tomó unos minutos para ofrecer consejos útiles que debilitaran los defectos y fortalecieran las virtudes; concluidos los pastorales consejos del P. Provincial, Héctor quiso rematar la faena yendo directo al grano, sabiendo que se jugaba su futuro; tomó aire y dijo con plena convicción: “yo creo que el Señor me llama a servirle a través de la pintura”. Quedó D. Ramón de una pieza y luego de eternos segundos para Osuna le dijo: “Me parece muy bien, hermano, porque a veces no hay quién pinte los telones para las comedias en Navidad”. Se retiró Osuna del cuarto especial de huéspedes ilustres quizás tratando de deglutir aquel “veluti cadáver”. Lo que Osuna no pudo hacer de jesuita, lo hizo y con méritos, de civil.

Oídos sordos

Por esa misma época de mediados del siglo XX, pasó a cuenta de conciencia ante D. Ramón el H. Oscar Ramírez, dotado de una memoria fuera de lo común y que luego perfeccionaría en España al especializarse en temas de memoria. Su talento en ese aspecto era impresionante; al escuchar algún fragmento musical del repertorio clásico, al instante reconocía el “tema” y las “variaciones” que el compositor desarrollaba en cualquiera de los movimientos de la sinfonía puesta a su consideración. 

La retención en la memoria de los clásicos del pentagrama lo condujo al “discernimiento” de servir al Señor en la música y así se lo expuso al Provincial a punto de concluir la “cuenta de conciencia”. D. Ramón escuchó con paternal atención, en eso era maestro, los planteamientos del apóstol de la música en ciernes y la respuesta fue contundente: “Me parece muy bien, hermano, porque hay veces en que no se encuentra quién toque el armonio en las ceremonias religiosas…” 

Cuando florecen los sepulcros

Escribió el P. Emilio Arango, Provincial dotado de intuiciones notables, en uno de sus poemas: “- Ábreme una fosa, buen sepulturero. – Si vienes tú sólo, padre, ¿para quién”? De la inercia “veluti cadáver”, al “como bastón de hombre ciego” exigidos por la “obediencia ciega” no pocos jesuitas en formación y solitarios, llegaron a pedirle al buen sepulturero que abriera una fosa de la que algunos pudieron salir como en el Arpa de Bécquer: ¡“Cuántas veces el genio / así duerme en el fondo del alma / y una voz, como Lázaro, espera / que le diga: ¡Levántate y anda”!


[1] En la casa de formación en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá.

[2] Si mal no recuerdo, era el P. Alberto Moreno, S.J.

Jaime Escobar Fernandez

Noviembre, 2023

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“Ya expira en occidente el mes de mayo / su tibia luz muriendo está”; lo habíamos ensayado para entonarlo a voz en cuello ese último día del mes consagrado al nombre de María y culminar con solemnidad los festejos de mayo, mes mariano por excelencia y de mucha tradición desde los tiempos de colegio, cuando nos esforzábamos por ser los mejores en su celebración.

Tal parece que nací “marinero de tierra adentro”; de pequeño fui ingeniero naval de barquitos de papel que ponía a navegar y muchas veces a naufragar por exceso de carga, en cuanto recipiente me permitiera reunir agua suficiente. De barcos de papel migré a troncos redondos labrados a la manera de cascos de barco, que incorporaron aparejos de vela para navegar en las aguas profundas de las quebradas, en las vacaciones familiares en el campo.

Ya de novicio me volvió la “fiebre náutica”, estimulada por el bote inflable que la familia le había regalado a Cisco Isaza y los juniores en vacaciones lo remolcaban corriente arriba del río Chicamocha para descender luego unas cuadras, hasta el puerto de partida. En paseos de jueves con “fusión” entre novicios y juniores, pude disfrutar de este ir y venir corriente arriba – corriente abajo del río Chicamocha, a orillas de San Rafael. Cuando se inició el proyecto llamado Lago del P. Emilio -ya mencionado antes en este blog- soñé atardeceres remando en aquel lago que nunca fue. 

Ya novicio, armé un improvisado “astillero” en un modesto cuarto del primer piso de la Casa de Formación en Santa Rosa, llamado “carpintería de los juniores”, donde me introducía, con el mayor sigilo, gracias al cuello clerical de plástico que, introducido en la ranura estrecha entre la puerta y la chapa, abría cualquier recinto. Allí comencé a dar forma al proyecto “Bote para el lago del P. Emilio”.

La madera la fui “sacando” de la carpintería adyacente al edificio, en complicidad con el collarín de plástico ya mencionado. Con herramientas muy rudimentarias fui armando el “encuadernado” del bote que no llegó a navegar, pues el invierno desbordó el agua acumulada en el proyecto de “lago” y por poco borra del mapa a Santa Rosa de Viterbo, casi que una aldea en la década de los años 50.

Era entonces, el fin del mayo mariano del año del Señor de mil y novecientos y cincuenta y siete. ¿Cómo celebrar el cierre de mes? Los juniores exhibían en el corredor sur, segundo piso de la Casa de Formación, poemas a la Virgen: español, latín, griego, inglés y hasta un soneto en francés del P. Eduardo Cárdenas, S.J. que aunque exótico, era la colaboración del insigne profesor, muy querido y respetado por todos.

Fue cuando, en “meditación de reglas”, el demonio me tentó con la idea de hacer algo raro en cualquier lugar insólito -que lo eran todos- en la Quinta de los Padres. Llegó la “inspiración”: ¡Un barco en medio de la piscina con la imagen de la Virgen en la cubierta y como escolta, cientos de velitas encendidas, símbolo de luz en la “noche oscura del alma”. Faltando unos días para finalizar el mes, aquella idea me obsesionaba día y noche.

Decidí buscar imágenes de barcos en la Enciclopedia Espasa Calpe de la biblioteca, con ayuda de la “llave maestra” del cuello clerical. La nave Victoria de Juan Sebastián Elcano parecía fácil de construir y además estaba cargada de simbolismo: venció las dificultades de la travesía alrededor del mundo, maltrecha pero vencedora de tormentas y bautizada con el nombre de la advocación “Virgen de la Victoria”. Resuelto el simbolismo del proyecto, quedaba aprovechar al máximo los días 30 y el 31 del mes para reproducir la nave.

Elegí un cuarto medio desocupado en el segundo piso del ala oriental del edificio, asignada al Noviciado, cerca de la cocina, para evitar ruidos delatores, pues me debía “salir de la vida común” para evitar inconvenientes. El día 30 de mayo, luego de los “oficios humildes” de la mañana, me encerré a trabajar. Asistí al examen de medio día, a la merienda, a la “segunda mesa” y, cuando todo el mundo apagó la luz, me escabullí a continuar con la nave Victoria.

Por algún descuido mío, el H. Ernesto López Montaño, “El trucha López”, descubrió mi escondite y decidió acompañarme esa noche después de la hora de acostada; más que de ayuda, su presencia era de acompañamiento. Hacia la media noche, “El trucha” cabeceaba de sueño; entonces le empecé a conversar sobre el Papa Pío XII del cual era fanático admirador en el momento. A punto de Pío XII lo pude mantener despierto hasta un poco antes de las 5 de la mañana, para asistir al “hoc signum” vociferado por Guido Arteaga.

Después de los oficios humildes del 31 de mayo, volví al improvisado astillero para dejar a punto la nave Victoria, todavía muy incompleta. Acudí al examen de medio día, a la primera mesa y durante el recreo y la siesta continué dando los últimos toques al barco y alistando las espermas conseguidas por “Loterito”, ese inolvidable y silencioso servidor de todo momento. Las fui pegando sobre pedazos de tabla para que pudieran sobreaguar en el micro mar de la piscina Santarrosana. 

Caía la tarde cuando empecé a trasportar hacia la piscina de La Quinta, la utilería necesaria para el espectáculo soñado en la miniatura del Mar Océano que era la piscina donde navegaría con garbo la réplica de la “nao” Victoria de Juan Sebastián Elcano, única sobreviviente de las cinco que emprendieron la aventura de darle la vuelta al mundo. Era la imagen deseada de la supervivencia de la vocación en la Compañía.

No había tenido tiempo para probar la capacidad de flote de mi burda réplica. Esto me producía tensión más allá de lo común, pues su hundimiento, al primer intento de navegabilidad, generaría el fenómeno que hoy dan en llamar bullying, actitud frecuente en aquellos tiempos de noviciado repleto de jóvenes alegres y muy dados a todo tipo de “chanzas pesadas” de uso común en el ambiente. 

Aprovechando que todavía no había moros en la costa deposité, sin soltarla del todo, mi nao Victoria a la que le añadí burdo mascarón de proa con figura femenina mal copiada por aquello del recato sexual y en el castillo de popa, una estampa visible de la “Virgen de Murillo” sublimación de lo femenino y defensa infalible en la turbulencia de las nefandas tentaciones asociadas a las “partes pudendas”.

El artilugio “cabeceó” un poco, pero se mantuvo a flote, liberado de mis amarras. Como era evidente que el centro de gravedad quedaba muy alto en el casco de la nave, logré introducirle algunas piedritas al fondo, para disminuir el riesgo de que se ladeara primero y girara después 180° sobre su eje.

Asegurada la navegabilidad de mi réplica, me di a la tarea de encender las espermas que había logrado conseguir en el pueblo gracias a la complicidad generosa de “Loterito”, quien nunca me reclamó el reintegro del dinero que le debió costar aquella contribución a los festejos del último día de mayo cuando según el canto, “su tibia luz muriendo está / y noche oscura envuelve nuestras almas / porque te alejas Madre, ya”.

La nao Victoria flotando fue el punto de arranque para la segunda parte de aquel rústico y esforzado homenaje a La Virgen; me había pasado dos días y una noche completa en vela para hacer realidad el sueño de una piscina que simulara mar, con múltiples luces de velas que flotaban en trozos de tabla y hacían corte de honor a La Virgen de la Victoria, la Inmaculada de Murillo, sobre nuestras perturbadoras tentaciones diarias de castidad.

Creo que Juno, la siempre resentida porque no la coronaron reina de belleza del Olimpo, se dio cuenta de que otra vez una mujer le empezaba a disputar el primer puesto como “Reina Universal de todo lo creado” y por lo visto volvió a recurrir al padre Eolo para que castigara aquellos desplazados del mundo pecador y pueblo predilecto y adorador de su recién aparecida rival (Aen. I, 69  […] incute vim ventis submersasque obrue puppes, 70. aut age diversos et dissice corpora ponto”, le ordenó en tono de sargento mayor: [“otórgale poder al viento y a las naves anegadas destrúyelas o dispérsalas y esparce los cuerpos por el mar].

 ¿Cómo iba Eolo a rechazar la tentadora recompensa de Juno? Son 14 las Ninfas de las cuales Deiopea es la de cuerpo más sobresaliente [quarum quaeforma pulcherrima] trofeo no solamente valioso por su belleza, sino también por la promesa formal de convertirlo en padre de hermosa prole [pulchra faciat te prole parentem].

En el pulso con Eolo yo perdí, pues en el momento no podía ser “padre de hermosa prole” y, sin previo aviso, se desató sobre aquel mar artificial el más cruel aguacero con borrasca incluida; vela que no se apagó giró sobre su pedestal y quedó como en los barcos de Eneas: “obrupta pupis”; trató de resistir un poco más la nave Victoria arrinconada en la orilla, pero todavía con su mascarón de proa enhiesto y su preciosa carga fija en el castillo de popa, no resistió largo tiempo el clima adverso y aquella noche del 31 de mayo de 1957, Juan Sebastián Elcano naufragó en aguas de la piscina de Santa Rosa de Viterbo. 

Jaime Escobar Fernández

Chía, 2 de noviembre de 2023

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Años atrás, la muy popular Revista Selecciones del Reader´s Digest, ofrecía a sus lectores la sección “Mi personaje inolvidable”, destinada a resaltar cualidades destacas en personajes de variadas condiciones. Hoy hago un plagio descarado de esa sección, trayendo como “personaje inolvidable” lo que dado en llamar “Las negritudes”. Abrigo la esperanza de que nadie se “delique” pues “El Negro”, en mi experiencia vital, antes que gesto de rechazo, ha sido de inclusión, aprecio y afectos sinceros, como espero demostrarlo.

  • El “Negrito” lindo. Fui sobrino predilecto de tía paterna, solterona y amorosa a quien le alcanzaron sus afectos hasta a los sobrinos nietos, mis dos hijos mayores, todavía en vida de ella. Los favores por solicitud de la “Tía Anita” siempre estaban precedidos por el “Negrito lindo”: “Negrito lindo”, hágame un favor; “Negrito lindo”, tráigame; “Negrito lindo” acompáñeme. Nunca nada me sonó tan dulce y evocador para mí como para mis hijos, que ese “Negrito lindo”, lleno de ternura y acogida, fue semilla de mis posteriores afectos.
  • “La Negra”, muñeca icónica. Fuimos hogar antioqueño con sólo dos hijos, por aquello de que “la excepción confirma la regla”. Contra la tradición, a mi hermanita le regalaron hermosa muñeca que la familia bautizó “La Negra”, porque su piel lo era en grado sumo; labios abultados de intenso rojo vivo, cabello “afro” y bata de colores subidos. “La Negra” fue, durante años, juguete predilecto de mi hermana; con el tiempo, pedí a “La Negra” en herencia y ahora reaviva ese rescoldo dejado por el afecto y la ternura con los que mi hermanita abrazaba y consentía a “La Negra”. 
  • Pablo, “El Negro” cabuyero. Lo llamaban “cabuyero” por su único desempeño laboral. “El Negro” llegó buscando trabajo; sabía que se llamaba Pablo nacido por los contornos de las Minas del Zancudo, en el municipio de Titiribí, emporio de trabajadores negros en las épocas de mayor esplendor. Pablo nació despojado hasta de apellidos y abandonado pronto a su suerte; la vida suplió esa orfandad total, dotándolo de un espíritu indomable, sencillez, voluntad de servicio y devoción a sus patrones. “El Negro” es quizás el mejor exponente de esa utopía del “Perdón y Olvido” porque jamás le oí quejarse de nadie ni de nada y tenía razón para hacerlo, dados sus orígenes y los rigores de los primeros años de vida. ¿Qué pasaría con “El Negro”? Dios lo tenga a su lado, puesto más que merecido. 
  • “El Negro” Evelio Pérez. Patio-salón en el viejo Colegio de S. Ignacio en Medellín, a donde confluyeron, en los comienzos de los años 50, tres personajes inolvidables: el P. Juan José Briceño, S.J.; Alberto Upegui, en ese entonces joven pianista de futuro promisorio y el tenor lírico Evelio Pérez a quien con inmenso cariño todos llamábamos “El Negro” Evelio. 

Fueron épocas excepcionales: a 4 voces, todo el colegio entonó “Los Remeros del Volga” (popular ruso); “El coro de los martillos” (Verdi); “El Nabucco” (Verdi). Los “pequeños” hacíamos la primera voz preparados con esmero y rigor por “El Negro” Evelio, miembro entonces de la Compañía de Opera de Medellín. El calor humano de aquel tenor lírico acrecentó mis afectos a los de piel diferente. 

El “Negro Evelio” interpretó, en diversas ceremonias académicas del colegio San Ignacio, “La Romanza de la niña negra”, (Luis Cané, 1897-1957) y “Píntame angelitos negros”, (Eloy Blanco (1896-1955); “El Negro” Evelio ejecutó aquellas melodías, todavía lo recuerdo, con impactante emoción y sentimiento, otra muestra de su delicadeza, respeto y cariño. Evelio merece un “Mi personaje inolvidable” especial. 

  • “La NEGRA” sotana. En medio de la oscuridad de la media noche navideña de 1954, me revestí con “La Negra” sotana que cubriría “el hombre nuevo”, mientras felizmente reinaba el “Papa Negro” Jean-Baptiste Janssens (1889-1964); en teología fui el único que todavía andaba “chutando trapo” que decía mi mamá. Una vez coincidí en el ascensor de Chapinero con el P. Lorenzo Uribe, S.J., ambos revestidos de pies a cabeza con “La Negra” sotana; poco antes de llegar a nuestro destino, el P. Lorenzo me observó en silencio por breve tiempo para decirme muy serio: -“¿Hermano. Ud. usa sotana por devoción o por rebeldía”? Esperé también unos instantes y de salida, le respondí: “No padre; porque me da mucho frío”.
  • “El Negro” Hernández. A Guillermo Hernández Téllez, S.J. le “colgaron” ese mote desde mucho antes de conocerlo; por algunos indicios, parece que no estaba muy a gusto con ello. Mi primer recuerdo de “El Negro” Hernández, fue el entusiasmo con el que cantaba “El sultán tenía una pipa de oro y plaaata-a-a-a / con cien mil incrustaciones de hojala-a-a-a-ta / la compró en el Canadá-a-a-a; le costó un dólar no Ma-a-a-as”. Las demás estrofas de El Sultán resultó ser canción de La Falange, imposibles de cantar para el recato monacal.

Perdí de vista a “El negro” Hernández por muchos años, luego de compartir con él un corto tiempo en la comunidad del Colegio San Luis Gonzaga de Manizales; tiempos después, era invitado frecuente a las actividades de la Escuela de Padres en el Colegio de San Bartolomé la Merced, donde estudiaban tres de nuestros hijos. Por último, en la Universidad Javeriana donde nos saludábamos casi a diario, mientras él, a las puertas de su oficina, agotaba la cuota diaria de cigarrillos y yo iba camino a clase. 

  • “El Negro” Salas. Armando Salas Martínez es cubano y recordado educador del Movimiento Scout; emigró joven a Costa Rica donde todavía reside, sano y lúcido con sus 88 años a cuestas. Mi primer encuentro con “El Negro” Salas fue en la antigua finca “Los Salados”, hoy represa Santa Fe, en el oriente antioqueño. 

A comienzos de 1964 dirigió un curso de ocho días para jóvenes scouts de todo el país que se preparaban para mejorar su colaboración al Movimiento. El P. José Carlos Jaramillo, S.J. y yo empezando la etapa de magisterio, participamos de ese evento. De “El Negro” Salas aprendimos la vivencia de la Ley Scout en cada uno de sus puntos; en particular, “El scout es útil y ayuda a los demás sin pensar en recompensa” mandato que me ha dificultado cobrar mis colaboraciones en distintos campos. Todavía intercambio mensajes con “El Negro” Salas.

  • “El Negro” Cartagena. Hugo Cartagena Hernández, “Huguito” como lo solía llamar Guido Arteaga. Coincidimos los tres en Barranquilla y desvelábamos con nuestros comportamientos al P. Ramón Aristizábal, S.J. rector del entonces nuevo Colegio San José en Barranquilla. 

“El Negro” Cartagena era noble, sencillo y buen amigo, soporte impagable durante mis afugias del Magisterio. El “Trío Barranquilla” se dispersó; volví a saber de Hugo por el Dr. Google quien me cuenta que “HUGO CARTAGENA. Experienced Chief Executive Officer with a demonstrated history of working in the construction industry. Skilled in Negotiation, Luxury Goods, Budgeting, Business Planning, and Coaching. Strong business development professional graduated from UNIVERSIDAD JAVERIANA – BOGOTA. Desde octubre de 2017, es President & Ceo, de la Cámara de Comercio Internacional de Empresarios, IECC, con sede en Nueva York”. 

  • La “Negra” Lía. Lía Mesa Bustamante, nació en Armenia de Mantequilla y murió nonagenaria en Medellín. Proactiva y de carácter indomable, la “Negra” Lía se enfrentó a la ciudad en compañía de su familia y sin más recursos que una pobreza extrema y una voluntad decidida para superarla, empezó lavando y planchando ropa ajena, hasta que consiguió trabajo estable donde además de ganarse el cariño de patrones y clientes, pudo llevar una vida sencilla, con lo indispensable y con desbordante entusiasmo, audacia y alegría hasta el final de su existencia. 

Una vez, la “Negra” Lía consiguió que Tránsito Municipal cerrara el tráfico en la Avenida la Playa, durante tres horas, en pleno medio día, entre el Teatro Pablo Tobón Uribe y el edificio Coltejer, para realizar carrera de balineras de los Lobatos, rama infantil de los Scouts que ella dirigía. Prensa y radio de la época se ocuparon de las “balineras” de los Lobatos. La “Negra” Lía soñaba en grande y me contagió esa enfermedad el tiempo durante el cual disfruté de su amistad que siento mantenerse todavía.

  • “El Negro” Palomeque. El presbítero Lagarejo Palomeque cursaba su posgrado en Derecho Canónico en la Universidad Javeriana, cuando me crucé con él por primera vez; dosis alta de melanina, rostro de asombro, mirada de niño curioso y sencillez de trato, a la manera de “el mínimo y dulce Francisco de Asís” que diría el inmortal Rubén Darío. 

La figura del “Negro” Palomeque me trae a la memoria la figura de “El Negro” Robles, egresado Rosarista a quien su Alma Mater rindió homenaje en placa de mármol negro, ubicada en uno de los corredores del claustro. De él se cuenta que estando Laureano Gómez en el uso de la palabra, al ingresar Robles al recinto, el orador “le disparó su tiro” como en el poema aquel de La Tórtola: ¡“Señores, se oscureció el congreso”!; de inmediato respondió el agredido: ¡“Pero se iluminó Colombia”!

El P. Lagarejo es el único de muchos sacerdotes y laicos que repasaron su olvidado latín guiados por mis orientaciones y es también el único que todavía me llama y envía mensajes de texto; se me antoja compararlo con aquel personaje de la curación de los diez leprosos que regresa y no tiene cómo responder a la pregunta del Curador: “¿Eres el único que ha venido a agradecer? ¿Los otros nueve, dónde están? (Lc. 17, 11-19). Lagarejo siempre regresa, agradecido, con muestras de afecto.

Jaime Escobar Fernández

Octubre, 2023

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El reciente escrito de Silvio Zuluaga, brillante lectura de la vocación a la Compañía como fruto de un bien concebido plan de mercadeo jesuítico, me puso a evaluar si yo fui “víctima” de esa estrategia cuidadosamente diseñada para motivar jovencitos “ni bizcos ni cazcorvos” que engrosaran las filas de la Caballería Ligera del Papa.

Luego de sereno examen de conciencia he llegado a la conclusión de que no fui “fruto” de un “marketing vocacional” sino el resultado de aquello que podríamos llamar “merchandising” vital; me explicaré, previa ambientación necesaria.

Nací y pasé los primeros años de mi vida entre potreros, rastrojos, supérstites bosques de maderables, vacas, terneros caballos y arrierías. Cuando llegó mi “edad de merecer” no matrimonio sino estudios formales, fui matriculado en la escuela del pueblo donde yo era de los pocos que usaban zapatos; uno que su abuelo paterno recogía los viernes por la tarde en bestia de silla para llevarlo a la finca y lo volvía a dejar los lunes a primera hora en la puerta de la escuela. Entre semana vivía con la abuela materna que residía a las afueras del pueblo, distancia que me tomaba cerca de media hora de caminata.

Terminado el año escolar, doña Eva, que así se llamaba la maestra de mi curso, le dijo a mi papá con acento de oráculo de Delfos: “Don Alberto: vea a ver qué va a hacer con este muchacho; o lo manda a estudiar a Medellín o lo pone a trabajar en la finca porque si lo deja aquí, se le pierde”. Vencidos algunos inconvenientes, fui a parar a Medellín y me matricularon en el “Gimnasio Medellín” que además de la gloria de haberme tenido como exalumno, contó también entre sus ilustres egresados al P. Alberto Gutiérrez Jaramillo, S.J. de grata recordación.

Con la llegada del nueve de abril de 1948, concluyó, poco después, mi paso por aquel sencillo colegio fundado y regentado por una familia cuyos miembros desempeñaban todos los cargos típicos de cualquier institución educativa.Aquel modesto colegio se había instalado en una vieja casona en los límites al sur de un Medellín que no pasaría en ese entonces de albergar unos 300.000 habitantes.

El merchandising jesuítico empezó con el paso del modesto colegio de barrio, al muy encumbrado y tradicional colegio de San Ignacio, en 1950, lo cual me produjo un profundo impacto con marca de grandeza, acrecentado al recorrer sus corredores que exhibían los “mosaicos” de las promociones anteriores de bachilleres. Empecé a reconocer rostros de egresados que se habían convertido en empresarios, ingenieros, médicos o políticos de prestigio; tales mis primeros influjos del programa de merchandising jesuítico: empezaba para mí un camino de grandeza, prestigio y liderazgo, digno del respeto y veneración que inspira todo lugar sagrado.

Edificio, mosaicos y sotanas negras cubrían todos los espacios del entorno, desde la portería hasta la rectoría,pasando por el cuerpo de docentes y asesores espirituales. Estos eran los primeros elementos del merchandising jesuítico; muestra viviente de los valores que profesaban e inculcaban ejemplarmente. El resultado no se apartó un momento de los planes: “quien ingrese acá se involucra en algo grande, emprendimiento que vale la pena adoptar”.

Muchos años después, en épocas muy recientes, encontré entre los apuntes del P. Manuel Briceño, S.J. una nota manuscrita que compartía en mis clases de griego y latín con el nombre de “Los Postulados de Oxford” y que posiblemente le impactaron a Manolo, de tal forma que los transcribió y los conservó hasta su muerte; me parece advertir en ellos un anticipo de los lineamientos de esas primeras acciones del merchandising jesuítico. “1. Usted ha venido buscando algo bueno señal de que lo hay; entonces no se dedique a criticar. 2. No nos interesan sus perspectivas; no nos hable de ellas porque si no, hubiéramos ido nosotros allí; cuando nos interesen, iremos allí, así como usted ha venido aquí. 3. Usted espere un poco y verá cómo en medio de todo y a pesar de todo,terminaremos entendiendo”.

Por aquellos tiempos hacía su período de magisterio el P. León Uribe Cadavid, S.J. en Villa Gonzaga,“Remolacho” como lo llamaron los estudiantes, por su marcado color de piel y cabellos más bien rubios y ralos. Era mi prefecto de disciplina en el curso y, después de la primera entrega de notas con resultados lamentables, se me acercó en un recreo y me dijo en tono confidencial y casi cómplice: “dígale a su papá que lo meta a Villa Gonzaga que allí lo enderezo”… Entré pues a Villa Gonzaga, “por defecto”, como se dice en el lenguaje de los computadores de hoy. La Apostólica significó para mí otra fase del plan de “merchandising jesuítico”.

Más campesino injertado en la urbe que hijo de una cultura del libro y del documento, mis logros escolares no fueron los mejores. Cuando volví de vacaciones a la finca familiar a medio día de camino de Medellín, lo hice con el sanbenito de haber perdido ortografía y las demás materias colgando de un hilo. 

Sin embargo, en toda esa época estuve a merced del ejemplo de personajes memorables, todos ellos jesuitas, salvo uno que otro laico ocasional, fervoroso admirador de la Compañía. Toda aquella pléyade ilustre, larga de enumerar, sacerdotes y hermanos coadjutores, iba haciendo el trabajo de aguas subterráneas que, gota a gota, minan el terreno de modo silencioso y casi invisible pero irrefrenable: doctos, afectuosos en el límite mismo del respeto, dedicados a su tarea, alegres y serviciales. 

¿Resultado de este proceso de cinco años, incluyendo el quinto preparatorio? Los efectos evidentes del merchandising jesuítico: ¡Quiero ser como ellos! Nada de salvar almas, regentar parroquias, dar testimonio de pobreza, administrar sacramentos, predicar, dar ejercicios espirituales; de opción indeclinable, eminente en cualquier campo de acuerdo con el ejemplo vivo que recibía a diario; sin conocerlo, opté por el magis.

Doy testimonio de que si algo he llegado a ser en la vida, en cualquiera de mis espacios vitales, se lo debo todo a la Compañía de Jesús, tal como no me he cansado de repetirlo en cuanto escenario he tenido la oportunidad de confesarlo.

Muy pocos años de mi vida los pasé en casa acompañado de papá y mamá; el año de escuela rural lo viví casi todo con la abuela materna; los años anteriores a mi ingreso a Villa Gonzaga, los viví en casa de dos tías paternas que vinieron a instalarse en Medellín, para que yo pudiera continuar estudiando. A partir de mi ingreso a la Apostólica, los contactos familiares eran apenas los días de visita; una vez papá y mamá me visitaron durante el noviciado. Solo en mis primeros años de vida tuve presencia física permanente de papá, mamá y unos muy pocos, con mi única hermana a la que la aventajo en 8 años.

Del colegio a la etapa de teología -más de 20 años de mi vida- los pasé cerca de eminencias en el campo espiritual, la ciencia y la filosofía; ese contacto me iba afianzando en el deseo de ser “como ellos” que me nació en el colegio, se fortaleció durante los años de formación y traté de realizar,una vez sacerdote, luego de pasar por los duros momentos de la negación de órdenes menores, la “purga” de más años de magisterio, la negación temporal de las órdenes mayores y durante los últimos diez años de vida consagrada, lo que hoy se conoce en el mundo empresarial como “el despido silencioso”.

Así como el merchandising jesuítico me llevó a la Compañía, la misma estrategia con nuevo enfoque, me sacó de ella. El Vaticano II, Arrupe y su “opción preferencial por los pobres” a rajatabla, las petites communautés en barrios marginales con apariencia de compromiso con el pobre, pero de muros para adentro no tanto; el furor del “aggiornamento”, mi visita al juniorado o al filosofado -no estoy seguro si esa era la etapa de formación- pero en todo caso, el barrio Spring de Bogotá, el pequeño salón con pupitres de colegio, las habitaciones con dos o tres camas y el desmonte de la Casa de la Juventud en Medellín para “dar testimonio de pobreza”, acompañado del subsiguiente trasteo al pequeño apartamento de segundo piso cerca de la cabecera norte del aeropuerto Olaya Herrera, fueron algunos de los elementos del nuevo merchandising que me llevaron a aceptar el “fatum” aquel registrado en Lucas 9, 22 Nadie que mire hacia atrás después de poner la mano en el arado, es apto para el Reino de Dios.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 23 de septiembre de 2023

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Suscribo con entusiasmo aquella categórica afirmación con que nos retó José Samuel Arango hace poco: “¡No lo diga; escríbalo!”

Me tomo la libertad de separar los aspectos “escribir” y “publicar”, actividades que me han despertado distintos sentimientos, aunque la fuente quizás sea la misma; de ella emanan impactos emocionales discernibles. No sé por qué me ha gustado escribir y menos aún por qué algunos escritos han merecido el honor del olor a tinta de imprenta: placer incomparable de fuentes distintas.

Escribir

Todavía me pregunto, sin hallar respuesta plausible ¿cuándo y por qué “me dio por escribir”? Quizás fueran las clases de literatura en el Colegio de San Ignacio las que me acercaron a la escritura. Estudiamos español y literatura en los textos del P. Félix Restrepo “El castellano en los clásicos” y en el “Resumen histórico-crítico de la literatura colombiana” de José María Ruano. Releer al P. Félix se constituyó en placer creciente no solamente por su contenido, sino porque me acercó a los clásicos, encuentro que tomaría mayores alcances durante el Juniorado en Santa Rosa de Viterbo; desde el colegio me gustó aprender poemas de memoria y todavía lo practico; esa costumbre me llevaría a “cometer poesía” durante la Filosofía, y no poca.

Alguna semilla literaria debió aparecer en los trabajos del bachillerato, pues estando en Villa Gonzaga, el P. León Uribe Cadavid, S.J. me encargó redactar una crónica sobre La Apostólica que apareció luego publicada en la Revista Juventud Ignaciana, ejemplar que hoy se encuentra en el Fondo Jaime Escobar Fernández del Archivo Histórico P. Juan Manuel Pacheco, S.J. de la Universidad Javeriana.

Desde aquellos lejanos tiempos de 1953 no he parado de escribir, actividad que se volvió casi febril en el Juniorado y en Filosofía. Conservé el trabajo de “Textos” sobre “La amistad en Aristóteles” que, al leerlo años después, me ruboriza un poco y lo justifico como “peccata minuta” de entonces. También escribí la monografía de grado en filosofía con la dirección del entonces P. Enrique Neira Fernández, S.J. 

Por necesidad, he escrito centenares de lo que hoy llaman “handouts” en apoyo a la actividad docente que no he abandonado desde que ingresé a ese mundo por la puerta de “catequista” que fui, a poco de ingresar al Colegio San Ignacio en 1950. Allí recibí invaluables consejos sobre cómo adelantar una “clase magistral”.

Intelectus apretatus discurrit

La mayoría de mis escritos se han adelantado a impulsos de enorme presión no solamente de responsabilidad sino también “contra reloj”. Dos ejemplos se destacan: el folleto “Salud Ocupacional para Supervisores”, en coautoría, para empleados de Ecopetrol en Barrancabermeja. 

Andaba la familia de vacaciones en Medellín cuando me llamó el Ing. Rafael Moreno García, español experto en salud ocupacional, para decirme un 15 de enero que la semana siguiente empezaríamos el curso de Salud Ocupacional para Supervisores en Barrancabermeja; debería escribir mi contribución sobre aspectos administrativos en el término de la distancia, pues los originales, con un 10 % de ilustraciones,deberían estar listos para el 17 de enero y el impresor se comprometía a entregarlos el 21, vísperas del viaje. De un 15 de enero en Medellín a un 17 en Bogotá, significó 9 horas de viaje por tierra y una noche en blanco en la redacción e ilustración del texto, pero se pudo por aquello de Virgilio “Possunt quia possevidentur” “pueden los que creen que pueden” (Ene. V, 231).

Otra experiencia de producción escrita “contra reloj” la viví en UNISUR, durante los primeros tiempos de la Rectoría de Hernando Bernal Alarcón. La Unidad de Medios que dirigía Darío Muñoz Arroyave (Napo) me encargó el desarrollo de tres materias en emisiones radiales de 10 minutos cada una. Obvio que no era improvisar el “discurso”; requería libreto escrito que leería un locutor profesional en Radio Sutatenza; eran 8 páginas tamaño oficio, en promedio, doble espacio por cada emisión.Veces hubo en que pasaba la noche trabajando, me bañaba y salía para los estudios de grabación.

Los cursos de Griego y Latín en El Externado, El Rosario y La Javeriana, los adelantaba de acuerdo con la más rigurosa programación y con lecturas, vocabulario, gramática, palestras (trabajos fuera de aula) y una “adiuncta” al estilo Manuel Briceño que llamaba “Conozca al personaje” escrito de 2 a 3 páginas tamaño carta, letra de 12 puntos y espacio simple. Los cursos en esas universidades se cubrían en 16 semanas; excluidos los tiempos de evaluación ello significó, entre otros aspectos, escribir para cada curso 13 episodios de “conozca al personaje”.

“Lo que puede la edición”

Algunos de mis escritos se publicaron; son folletos más bien que libros. De especial motivo de asombro fue la Lectio Inauguralis que me encargó la Facultad de Filosofía de la Javeriana hace ya varios años. “El griego y el latín en la conformación del pensar como ciencia” lo publicó la Revista de la Facultad y Alberto Betancur, en acto de generosidad extrema,lo incluyó en su página de música y le hizo largo seguimiento al número de lectores en aumento permanente.

Alguien “subió” la Lectio Inauguralis al portal ResearchGate que le hizo seguimiento no solamente al número de lectores, sino a las veces que el escrito ha sido citado por otros autores; según ese portal, 14 autores lo han hecho y en el último reporte, muestra la cita de la “lectio” en escrito de autora alemana. Redalyc.org reporta 3 citaciones. Se cumplió el apotegma aquel según el cual “investigación que no se publica, no existe; publicación que no se cita dejó de existir”; tal la suerte de mi escrito, que dejó de existir por los años que han pasado desde su publicación.

Me identifico con el poeta Ricardo Carrasquilla y su “Lo que puede la edición” que vi por primera vez en “El Castellano en los clásicos” del P. Félix Restrepo, S.J. cuando estudiaba Español y literatura en el colegio San Ignacio de Medellín, por allá en los años 1952, 1953. Confiesa Carrasquilla: “Hice un canto bermudino al cóndor / pero estaba en borrador / y me pareció cochino. / Me lo hicieron publicar en “El Día”, / lo leí con alegría / y lo encontré regular. / Luego en una colección de poetas / lo insertaron con viñetas / y dije: ¡Es gran producción”! / Lo que puede la edición”.

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Continuando con las “cartas al padre”, Jaime Escobar nos hace llegar este poema escrito por Rafael Ortiz González, padre de Jaime Ortiz, su amigo, quien se lo envió a Jaime ante la muerte de su padre, con esta sencillas dedicatoria: “Para Jaime Escobar, un gran señor del alma, en estos momentos tormentosos”. Varias generaciones unidas por el valor de la palabra…

De mi padre recuerdo
todo cuanto soy yo
en el tiempo.

Sobre todo ahora
cuando más me le parezco
en el modo de sentir y de decir las cosas,
en la acción de las manos,
en la línea del alma
y en el perfil del gesto.

A veces me parece
que mi padre no ha muerto
y que soy apenas una prolongación humana
de su rostro,
de sus acciones y de sus pensamientos.

Mejor dicho,
yo no recuerdo a mi padre
porque en toda mi vida está presente,
en el espejo ardiente de mi sangre
y en el espacio claro de la frente. 

(...)  Lo siento que camina por mi sangre,
como el río que en el mar halla su centro
y que mis brazos y mis pies son gajos
desprendidos del árbol de su cuerpo,
de las mismas raíces de su cepa,
de la más alta rama de su sueño.

A veces siento
que mi padre y que yo somos lo mismo
y que él está en mí perfectamente vivo
y que yo estoy en él perfectamente muerto
pero vivimos y morimos juntos
mientras siga él muriendo y yo viviendo.

(...) Yo a mi padre lo siento y lo presiento
más cerca a mis arterias y más próximo,
como si cada día que avanzo hacia la muerte
él viniera más joven a mi encuentro
y yo fuera hacia él mucho más viejo.

Porque él está dormido en el espacio
sin vejez, sin temor, sin sufrimiento,
en el jardín de los marfiles blancos
y de flores de nieve y rosas de ébano,
y yo estoy en la tierra de la muerte
fumando el humo de mi breve tiempo,
apretando los días entre mis manos,
contando los instantes en mis dedos.

Pero él sigue en mi sangre y en mi vida
reproduciendo todos los ancestros,
gobernando mis pasos, viajando entre mis venas,
y viviendo la forma de mis sueños!

Mi padre está conmigo en todas partes,
y en verdad, él y yo somos un mismo
y un solo corazón y una sola alma,
la misma piel y el mismo rostro humano.

El está en el paisaje de mi infancia
como el árbol más fuerte 
y más alto nacido en la montaña.
Siempre a caballo sobre el campo abierto
como el noble señor de la comarca
cuya voz aún resuena en mis oídos
y la siento nacida en mi palabra
porque a medida que envejezco, escucho
que su voz se renueva en mi garganta.
El verbo es el espíritu y hoy creo
que su fuerte palabra es mi palabra.
Por ello, cuando hablo, yo percibo
que es su voz la que viene de mi infancia.

(...) De pronto un día sentí que mi voz no era
sino su propia voz en la distancia
y que estaba llamándome al oído
con su voz más cercana:
era su propia voz y no la mía
y yo sentía
que con mi voz exacta
mi padre me llamaba.

Desde entonces yo oí el milagro de la sangre
que hacen del hijo y padre la misma voz humana
y desde entonces supe que nuestra voz es todo,
y que el alma del hombre es la palabra
y que la palabra es su propia alma!
Desde ahora yo sé que cuando hablo
es la voz de mi padre la que habla,
al través de la sangre, como el eco
de un grito
que del oído vuelve a la garganta.

Por eso cuando hablo, yo percibo
que es mi padre en mi voz el que me llama!
Y por eso también cuando lo llamo
yo siento que, en mi voz, él me responde
y nuestras voces son como campanas.
Es su voz varonil, de árbol sonoro,
voz de río, de torrente, voz de hombre.
Cuando habla me oigo en la distancia
y cuando hablo, él me llama por mi nombre!

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