Siempre estoy presente en modo virtual durante la tertulia familiar de los jueves y repasar el video del evento me compensa con creces el vacío de la no-presencialidad, pues la grabación, al congelar el tiempo, me permite detener, retroceder o adelantar el curso de los acontecimientos en cada “encuentro familiar de los jueves”.
El “paso y repaso” de las intervenciones sobre el manejo personal del tiempo expuesto por los contertulios me llevó de sorpresa en sorpresa; de admiración en tránsito al respeto; del asombro al aprecio, a la envidia de la buena, aunque pude constatar que quizás me encuentre en la otra orilla en cuanto a la concepción y la práctica de las técnicas del manejo del tiempo; me explicaré pero antes, permítanme un poco de contexto vital.
Como hasta los 10 años, yo manejé el tiempo y lo empleaba en juegos, aventuras y frecuentes colaboraciones en sencillas labores del campo. La familia, hasta mediados del siglo pasado, era campesina y ni pensar en jardín infantil, ni transición, primaria, ni nada por el estilo. Mi primer año de educación formal, lo cursé en la escuela pública del pueblo donde nací y el resto en Medellín, en acreditado colegio donde también cursó su primaria el inolvidable historiador y compañero el P. Alberto Gutiérrez Jaramillo, S.J.
Antes del ingreso a Villa Gonzaga en 1952, las vacaciones de mitad y final de año me permitían liberarme de la tiranía del tiempo para organizarlo de acuerdo con las intuiciones del momento, el mejor de los cuales era salir de pesca a las quebradas cercanas para traer de regreso a casa, ensartados en una vara de helecho, los “barbudos” o “capitanes”, fruto de la faena vespertina que mi mamá preparaba en deliciosa fritura al empezar la noche.
El ingreso a la escuela pública del pueblo y con ello al mundo de la educación formal, marcó el fin de la posibilidad de manejar mi tiempo; desde entonces hasta ahora, el tiempo es el que me maneja, me subyuga y cumple en mi vida la función perfecta de un tirano a quien sirvo como el más obsecuente seguidor de su imperio.
Vinculado a la docencia por casi toda la vida, la tiranía del tiempo se ensañaba en mí con la responsabilidad de preparar clases, revisar trabajos, escribir material de apoyo, actualizar el contenido de las sesiones de trabajo, investigar tendencias en educación formal, redactar pruebas, asignar notas y resolver reclamos justificados unos, injustificados otros de cuantos se sentían afectados en sus derechos. Vacaciones y recesos en mi vida de docente también caían aplastadas por el yugo del tiempo. De todos los imperativos de ese deslizarse silencioso de las horas y los días, el más difícil pero más reconfortante al final de ese vasallaje fue el que me ligó a la vida familiar con su ineludible pero siempre placentera responsabilidad hogareña.
A los 83 años la política de presencialidad en educación luego de varios años de virtualidad, me expulsó y con razón, de las aulas de clase y esa marea de acontecimientos me abrió lugar entre los despojos que la deriva del oleaje abandona en las arenas somnolientas de las playas abandonadas; encontré que también allí hacía presencia el atentado en contra de la libertad de “hacer lo que me diera la gana” y me sometía a las “horcas caudinas” –Furculae Caudianae– de la responsabilidad personal, social y ecológica de cuanto me quedare de existencia terrena.
En paralelo, durante los diez últimos años, atendía el manejo del pequeño predio familiar cercano al Municipio de Pacho. Durante esta postrera etapa de mi vida y luego con el cese de actividades que me expulsó del aula, he podido acudir al campo de jueves a domingo porque, de lunes a miércoles, me “zambullo” en la red para apropiarme de conocimientos sobre el campo a la manera como Virgilio recogía las prácticas agrícolas de su tiempo en los exámetros maravillosos de las “Bucólicas”.
En el campo también es el tiempo quien me maneja; órdenes que recibo con la guía del calendario lunar, especie de documento bíblico vigente entre los campesinos del lugar; acepto los tiempos de siembra y cosecha en menguante, luna nueva y creciente; el giro de la esfera no permite detenerse a pensar ni planear qué siembro, qué cosecho, cuándo podo, cuándo abono. Toda la actividad del campo debo asumirla por no contar con obrero de cualquier clase a quien transmita para su ejecución las órdenes del tirano asentado en el trono de mi reloj de pulso.
Árboles y sembrados dan órdenes que debo cumplir de inmediato, si no quiero pagar las consecuencia de no hacerles caso; imperativos que se me comunican al revisar los pequeños cultivos de huerta, su desarrollo; el control de las enfermedades y la devastación de plagas incontroladas; el análisis del suelo para mejorar sus condiciones, la maleza que ha de eliminarse en algún lugar, el árbol seco que debe reemplazarse, el flujo normal del agua en tiempos de sequía; el seguimiento a lo 80 arbustos en producción que nos proporcionan anualmente el café que consumen hijos y familiares; esa implacable tiranía del tiempo me llega a la manera del anuncio del Arcángel que le arranca a María, como a mí también, el testimonio de entrega total; ese grito de conformidad todopoderosa: “Hágase en mí según tu palabra”.
La tiranía del tiempo que experimento día a día me hace feliz y me llena de energías e ilusiones día tras día; si llueve, si hace sol mis alegrías son las mismas.
Puedo adoptar como lema de mi ya provecta edad, el “jingle” que abría los capítulos de Betty la Fea: “Ya tengo una convicción / camino bajo una sola dirección; voy firme sin confusión. / Perdona si te ofende / pero yo soy así, // Acéptame, recházame pero no quieras cambiarme / Sé que mi estilo de vida / no se parece a tu vida pero / ¡Qué le puedo hacer! / “¡Yo soy así!”.
Jaime Escobar Fernández
“Yo soy así”, Betty la fea


2 Comentarios
Jaime: Tu eres tu, y tu comentario sobre como te maneja el tiempo es maravilloso. Te pintas a tí mismo de cuerpo entero. Gracias y cordiales saludos. Hernando
Jaime: ” Títere, tu patulae recubans sub tegmine fagi” me viene a la memoria esta estrofa de Horacio(?) al leer la poética reflexión sobre tus tiempos actuales en el predio familiar, dedicado a las faenas del campo. Vives una vida plácida lejos de las aulas de clase, viendo correr el riachuelo, ya sin barbudos es cierto, pero con el mismo sonoro murmullo al saltar por los pedruscos.
Magis adhuc, “Vehementer desidero” que amplíes los “beneficios” de la cosecha de café hasta el círculo de tus amigos…