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Jaime Escobar Fernandez

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Tan pronto se supo el tránsito del P. Múnera, recibí la llamada de un antiguo alumno de ambos en los ya lejanos tiempos de finales de 1963, en el Colegio San Francisco Javier de Pasto: “Se nos fue Taladro, mi profesor de inglés” me dijo sin mayor preámbulo. “Taladro” fue el apodo que le “colgó” la tradicional, ingenua y a la vez mordaz malicia del estudiantado pastuso de la época.

Pasto sería el punto del nuevo encuentro con el P. Alberto; el primero, fue quizás en el año 1959, cuando él estaba a punto de terminar su etapa de estudios humanísticos, y yo sometido a las “horcas caudinas” de mi precaria habilidad en el manejo del griego que junto con el latín era necesario dominar en “conditio ineludiblis” como señal manifiesta de la vocación a la Compañía de Jesús, según el P. Jaime Rojas Llorente, S.J. 

Por misteriosos designios de la Providencia o de la suerte, el latín y el griego serían después, no solamente mi nutrición intelectual, sino también fuente importante del sustento familiar.

El P. Múnera terminó siendo nuestro profesor de griego antiguo al final de su estancia en Santa Rosa y tanto él como Vasco me ayudaron muchísimo en mis luchas con el Pro Corona de Demóstenes en manos del P. Manuel Briceño, S.J. y el Edipo Rey de Sófocles, a cargo del P. Jaime Rojas Llorente, S.J. de admirado recuerdo para algunos y olvido agradecido para otros. 

Durante la etapa de formación en Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá, y hacia mitad del estudio de las humanidades clásicas, todos debíamos pronunciar durante el almuerzo comunitario un “sermón” en español y otro en latín; el P. Múnera quizás fué el único que también lo hizo en griego antiguo y, si mal no recuerdo, lo haría en su momento Carlos Eduardo Vasco.

Yo apenas emitía el débil destello de luz de estrella fugaz en las noches silenciosas de un cielo dominado por las constelaciones intelectuales  de la época: Guillo Hoyos, Jorge Aurelio Díaz, José Fdo. Ocampo (Josefo), Fabio Vélez, Gilberto Gómez, Ernesto Parra, Alberto Betancur, Hernando Bernal y me perdonarán los que ignore en este conteo. 

Durante alguna tutoría de griego a cargo de Múnera y quizás ante mis torpezas en el manejo del entramado Helénico, me dijo con acento de confidencia: ¿Por qué no se retira? 

Mi siguiente encuentro con Múnera por fortuna, no terminó en desencuentro. Hacia mediado de 1959 y en pleno auge de Radio Sutatenza, nos llevaron de paseo a las instalaciones de la emisora en Belencito. Quedamos extasiados y a la vez entusiasmados ante la posibilidad que nos ofrecieron de “producir” emisiones sobre temas culturales o religiosos, ámbitos en los que, en apariencia, nos movíamos con soltura.

La visita a Radio Sutatenza en Belencito fue algo así como el detonante de sueños, ensayos e intentos de convertirnos en “realizadores” y “apóstoles audiofónicos” henchidos de fervor misionero. 

Encabezó este élan vital del momento el P. Múnera, con el respaldo de varios entusiastas; entre otros, la memoria musical prodigiosa de Oscar Ramírez quien ubicó y seleccionó el tema musical del “cabezote y el remate” de las grabaciones en audio y los temas de las “cortinas” ubicadas de modo estratégico a lo largo de los parlamentos preparados con incipiente rigor en el arte de guiones para emisión radiofónica. 

Todo el sueño de acción en la emergente modalidad de apostolado se hundió con más pena que gloria ante la insalvable barrera de la “frecuencia” de la energía eléctrica  pues la de Santa Rosa funcionaba a 50 ciclos por segundo y la de Belencito a 60; esta diferencia en el “ciclaje” ocasiona que los audios grabados en 50 ciclos suenen en “cámara rápida” al reproducirlos en 60 ciclos y en 50 cps, la voz se escucharía en “cámara lenta”.

He sido curioso toda la vida y ante el inconveniente presentado con las “frecuencias” me puse a “escarbar” en algunos manuales de radioaficionados que encontré en el pequeño cubículo de la azotea donde funcionaba la estación de radio y allí las indicaciones para “salir al aire” con el aparato que armé utilizando partes entresacadas de cajas con sobrantes electrónicos que posiblemente quedaron luego del ensamble de la estación de radio.

Alberto Múnera estuvo pendiente de mis progresos en ese terreno y celebró mucho escuchar la música que yo transmitía desde la azotea del edificio hasta el máximo de alcance que fue la “vaquería”, un poco más arriba de la piscina. El “artilugio” fruto de mi ingenuidad novicia en electrónica fue bautizado por Múnera como “Jimy” y en ese momento me recuperé del amago aquel de “¿Por qué no te sales?”.

Siempre he tenido el pálpito casi en el nivel de convicción de que el “Jimy” aquél fue como “el grano de mostaza” del Evangelio que con el tiempo, llegaría a ser árbol frondoso, abrigo de aves migrantes, hogar de nuevas generaciones de trinos y “multisonoros” cantares a la manera del mar en boca de Homero y que ha devuelto a su “sembrador” tan abundantes frutos que en reciente nota necrológica mereció el reconocimiento de “Hombre de radio”. 

Me reencontré con el P. Múnera a finales del año 1963, cuando llegué al Colegio San Francisco Javier en Pasto. Mi bienvenida y la respectiva presentación al alumnado consistió en un partido de basketball  de profesores vs. alumnos, evento que se realizó en el patio principal, a la entrada del edificio, que funcionaba también como cancha múltiple. El primer piso alrededor del escenario, así como los corredores del segundo, estaban atestados de estudiantes seguidores de uno u otro equipo y el consabido griterío al ritmo de las variaciones del marcador. 

Por supuesto, si no hubiera sido por el P. Múnera la “muenda” que nos hubieran dado los profesores habría quedado en la historia del Javeriano. Me enteré luego que las habilidades basketbolísticas de Múnera, ya observadas en Santa Rosa y Chapinero, le venían de familia pues según contaban, uno de sus hermanos fue jugador profesional en ese deporte.

Perdí contacto con “taladro” durante muchos años, quizá por aquella terrible sentencia de Voltaire sobre los clérigos según la cual ellos “entran sin conocerse, viven sin amarse y mueren sin llorarse”. Yo había ingresado como profesor hora-cátedra del Griego Bíblico en la Facultad de Teología, “por obra y gracia” del P. Pedro Ortiz Valdivieso, S.J. 

Con el apoyo del P. Múnera empecé también a orientar el “Latín de la Vulgata” como llamaban a esa materia. Siempre afirmé y apliqué en la práctica que yo enseñaba latín y griego y no las gramáticas de esos idiomas. Es difícil cambiar paradigmas inveterados. Por allí se empezó a encubar mi salida por la puerta de atrás de esa Facultad.

Fueron tiempos difíciles los que corrieron durante mi paso por Teología a pesar del apoyo indeclinable del Decano, Múnera y del P. Ortiz, profesor de exégesis bíblica. Mi enfoque siempre consistió en dar inicio al estudio con la lectura del texto en voz alta; luego, enderezaba la dicción y el “fraseo” de las oraciones para después  descender a los aspectos gramaticales.

Mi calvario se inició en la Maestría; jesuitas argentinos casi que dominaban el auditorio y ante la negativa de algunos a leer en voz alta el prólogo del Evangelio de S. Mateo, decidí no tenerlos en cuenta para esa etapa de lectura en voz alta. 

El desastre final llegó en el curso de “Latín de la Vulgata”; en el grupo predominaban extranjeros que apenas podían sostener una conversación en español y debían aprender latín. En la última fila se acomodaba, en posición estratégica, el pequeño grupo de estudiantes jesuitas argentinos que en la evaluación me lapidaron sin piedad; algunos de los extranjeros me comentaron que “no se explicaban por qué me hacían la guerra”…

Los fracasos en el Griego Bíblico y el Latín de la Vulgata, incrementaron las muestras de afecto no solamente durante su ejercicio de la Decanatura y la docencia del P. Pedro Ortiz, S.J, antes de su muerte y Múnera durante el tiempo que presidió a mi salida de la docencia universitaria de griego antiguo y latín.

Durante mucho tiempo en el cumpleaños y Navidad de Múnera, le enviaba saludos en griego como muestras no solamente de colegaje sino de aprecio indeclinable por el apoyo que me brindó durante mis primeros pasos en griego antiguo; para sorpresa mía, siempre los contestó en español, realidad que entendía con dificultad pero siempre tuve clara la cercanía en la distancia de “Taladro”.

Jaime Escobar

Diciembre, 2025

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los maestros protegen e imponen la 
memoria, madre de las musas
“Lecciones de los Maestros”
George Steiner (Ed. Ciruela, 2004, p.143)

Tengo el presentimiento infundado de que quizás quedemos en vida pocos alumnos de “Rojitas” y su “magia” para ir explicando palabra por palabra, línea por línea, estásimo tras estásimo, coro tras coro, el Edipo Rey de Sófocles; todo ello, en los lejanos tiempos de Santa Rosa de Viterbo -Boyacá- al finalizar la década de los 50 y comenzar la de los 60. 

Generaciones posteriores a esos tiempos de maravilla no vivieron la experiencia o apenas les compartieron el testimonio respetuoso y agradecido por la aventura del trabajo intelectual con un Edipo Rey o una Eneida guiados por el talento y la didáctica magistral del P. Jaime Rojas Llorente. Rescato del desconocimiento o del olvido el accionar de esa figura menudita llena de vitalidad dentro y fuera del aula de clase. 

Corrieron  65 años antes de que uno de los discípulos del “Rojitas” de ese entonces,  Humberto Jaramillo Botero, acudiera al llamado para reincorporarse a la Universidad Javeriana de Cali, con el encargo de orientar el estudio y análisis de Edipo Rey en suplencia temporal del docente a cargo de esa cátedra de griego en el área de humanidades; en Humberto se prolonga, muchos años después, el legado del P. Jaime Rojas Llorente, S.J..

“Mi personaje inolvidable” preparaba con rigurosidad su materia. Gracias al “espíritu de recogimiento” que ha caracterizado al P. Fabio Ramírez, S.J. se conservan los cuadernos “Norma” en los que “el Maestro” registraba con pulida caligrafía cada una de las palabras del texto y en ocasiones su “adiuncta” o notas complementarias. 

Llegaba el P. Rojas al salón de clase “armado” con vara de madera ordenada al H. Vega, en la carpintería de la Casa de Formación; el dichoso adminículo era similar en forma y tamaño al de un “taco de billar”; podría calificarse este “apoyo didáctico” como especie de “arma cortopunzante” por extensión y por capacidad “punitiva” orientada directamente a la “víctima” que acababa de cometer algún “pecado” de pronunciación, olvidos en el “pensum” diario en los textos que debía aprenderse de memoria, cuya dificultad para fijarlo en el recuerdo solía estar en el “endiablado hipérbaton” exigido por las restricciones métricas de los hexámetros solemnes de la tragedia griega.

La mayoría de las veces cumplía su función esa especie de “rayo de la muerte” que era la dichosa vara divinamente lustrada con el “tapón” a la usanza de la época, barniz que no era más que la preparación obtenida al disolver escamas de goma laca en alcohol industrial. Con la venia del lector, inserto el rito de “taponar” la madera.

¿Cómo se aplicaba el “tapón”? Se esparcía el “preparado autóctono” regido por el “modo ancestral” de utilizarlo mediante “muñetón” -pequeña bolsa de trapos viejos- que una vez empapado con el barniz, se aplicaba mediante paciente ir y venir sobre el objeto en cuestión -de preferencia en día soleado- y que va dejando esa delgada película brillante, engalanadora, del objeto sometido a este tratamiento.

No es concebible el P. Jaime Rojas sin la compañía en el aula de clase de la temida vara en forma de taco de billar que alternaba de mano según la necesidad del momento y en ocasiones la asía con ambas manos en el extremo superior mientras con el cuerpo doblegado y la mirada por encima del aro de los anteojos, encaraba al “pecador” con la terrible sentencia:  ¡“pero hermaniiiito”!.

A finales de los años 50 y comienzos de los 60, la Casa de Formación de Santa Rosa de Viterbo alcanzó su cúspide de calidad académica para la formación en Humanidades Clásicas de los jóvenes jesuitas. El P. José Del Rey Fajardo, S.J. notabilísimo historiador nuestro, se benefició de esa “edad de oro” y “tamquam auctoritatem habens” afirmaba que los estudios humanísticos de ese entones no desmerecían de sus pares en Oxford o Cambridge. 

Me he preguntado muchas veces qué pudo haber originado el esplendor de las Humanidades Clásicas en Santa Rosa y creo haber encontrado al menos respuesta parcial en la feliz coincidencia en aquellos tiempos de una “trinidad bendita” en la academia con sus respectivos Padre, Hijo y Espíritu Santo. Me explicaré.

Manuel Briceño, Tulio Aristizábal y Jaime Rojas estaban a cargo de la escena. Mientras “Rojitas” se enfrentaba a Sófocles y su Edipo Rey, Briceño hacía lo propio con el Demóstenes de “Pro corona”; Tulio “armado de diapositivas” se adentraba tanto en el Arte Griego como en el universal. Para el año siguiente, Rojitas tocaba el eslabón del “Arma virumque cano” para abrir ese “santuario” de la cultura occidental que lo era La Eneida de Virgilio; Briceño por su parte, se deleitaba con Horacio y su “nunc est bibendum; nunc pede libero pulsanda tellus […] tempus era dapibus, sodalis” (Od. I, 37), mientras Tulio discurría por la historia universal, las artes y la música.

Briceño, Aristizábal y Rojas, cada uno a su manera, debieron enfrentarse al problema que significaba no ser inferior ni por conocimientos ni por habilidad didáctica con la que Briceño y Aristizábal hacían inolvidables cada una de sus clases. De Manolo quedan sus apuntes sobre Horacio, pródigos en notas al margen y adiciones; de Rojitas quedan sus apuntes de Edipo Rey y una muestra de los mismos estarán al final de este texto pulsando el PDF; de Tulio ignoro a dónde fue a parar su nutrida biblioteca de arte e inconmensurable colección de transparencias.

Empezando la década de los 60, aquella “Alejandría” quedó herida de muerte con el “cierre” de la Casa de formación en Santa Rosa. Manuel Briceño fue a parar a la Academia de la Lengua; Tulio Aristizábal a la facultad de Arquitectura de la Javeriana y Jaime Rojas a Barrancabermeja como Prefecto de disciplina del Seminario Diocesano desde 1961, luego su Rector en 1969; moriría el P. Jaime, en Bogotá un 21 de septiembre de 1975 quizás en el olvido de su glorioso pasado como helenista sobresaliente. 

Jaime Escobar Fernández

Abril, 2025

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 Nota de la producción: Por un error olvidamos publicar este documento al comienzo del año y “se quedó en el tintero” … Gracias a su autor y su gran memoria, lo recuperamos hoy, pues bien que lo merece aunque no sea el comienzo del año.

 Tenía la muy sana intención de corresponder a la gentil invitación de Darío Gamboa para compartir la evaluación personal de logros durante el año inmediatamente anterior, así como los sanos propósitos para el año 2025 que apenas comienza; nefasto imprevisto me privó de la presencia física en la tertulia, pero el registro de la sesión que con puntualidad londinense nos comparte Darío me permitió admirar y admirarme de los testimonios aportados por los contertulios. El recorrido por la grabación de los participantes me motivó a compartir, aunque sea de modo tardío, mis sentimientos en “este año que ya pasó y el nuevo que llega”.

          A mediados del siglo pasado, en el colegio de S. Ignacio de Medellín estudiábamos español en los textos del P. Félix Restrepo, S.J. que, con acierto, desarrolló el tema basándose en el enfoque de “El castellano en los clásicos”; allí memorizamos aquellos versos “Grandes autores contaron / que en el país de los ceros / el uno y el dos entraron / y desde luego trataron, / de medrar y hacer dinero”. Reservemos el 2 para identificar el lenguaje binario del 1 y el 0 que están en la raíz misma de la informática que ha medrado y hecho dinero sin cuento en menos de un siglo.

          Vida y Muerte es también el “lenguaje binario” de la existencia humana y fuente de inesperados desarrollos en la conducta humana en general y en la mía en particular, tal como lo comparto con la venia de todos cuantos tengan la generosidad de acercarse a husmear mi pasado.

          Del 2024 rescato dos hechos que me llegan muy hondo en el acontecer rutinario de estos últimos 365 días: mi cumpleaños número 86 el día de la fiesta de S. Francisco Javier, aniversario de mi Ordenación Sacerdotal con garantía de “imprimir carácter”, y la celebración de los 50 años de matrimonio el pasado 29 de diciembre, fiesta de la Sagrada Familia, también con la promesa de “La Gracia de Estado”, conceptos teológicos en los que puedo dar testimonio de pleno cumplimiento.

          Cumplir años y más cuando la cuenta va acentuando el deterioro físico, es ampliamente compensado por el afecto de amigos y conocidos que se hacen presentes y rejuvenecen al cumpleañero con felices augurios para lo que reste de vida y las promesas de mimo y cariños que llegan de todas partes el “día de los hechos”. Agradezco los mensajes que recibí en mi cumpleaños 86, en diciembre pasado; ése es mi primer importante acontecer del año anterior.

          De especial recordación es la celebración familiar de los 50 años de matrimonio con Aurora, la mujer que no busqué; la atravesó la Divina Providencia en mi camino y que como su nombre lo anuncia, significó en mi vida de recién “reducido al estado laical” la promesa de días luminosos; Homero la llamó de “rosados brazos” a la aurora y mi compañera de camino cada día me hace cantar como José Alfredo Jiménez: “Amanecí otra vez entre tus brazos / y desperté llorando, de alegría; / me cobijé la cara, con tus manos / para seguirte amando, todavía”.

          Intima fue la ceremonia del aniversario como íntimo fue el matrimonio, pues cuando llevé a la arquidiócesis el “restricto” correspondiente, monseñor Sarmiento Angulo, canciller de la época, me conminó, en tono papal, que el matrimonio tenía que celebrarse en estricta intimidad y mantenerme lejos de los lugares donde había sido visto como sacerdote.

          En el apartamento de una cuñada, Esperanza, en las Torres Jiménez de Quesada en el centro de Bogotá y teniendo como testigos al P. Antonio Gómez Caycedo, S.J y a la misma dueña del apartamento, el P. Javier Osuna, S.J. presenció nuestro compromiso y lo ratificó con su bendición y con la Eucaristía subsiguiente. El P. Osuna fue clave en mi proceso ante la Santa Sede, pues gracias a sus contactos con personalidades claves en la Curia Romana, el proceso fue en extremo rápido.

          Eses es el componente “Vida”, en el enfoque binario Vida-Muerte; comparto ahora el aspecto “Muerte” por estar cada vez más cercana. Me es difícil expresar mis sentimientos en este campo y por ello renuncio a mis propias palabras y me pongo en manos de los poetas que saben expresar en palabras las honduras del sentimiento humano. 

        La ya avanzada edad me ha vuelto más sentimental y “llorón” que nunca, terreno fértil en lágrimas por la partida de jesuitas muy queridos, de exjesuitas o de sus hermanos por igual y la mayoría de ellos más jóvenes que yo. Que el primer treno que salga sea de la voz autorizada de León de Greiff: “Señora Muerte que se va llevando todo lo bueno que en nosotros topa… / Solos, -en un rincón- vamos quedando / los demás… gente mísera de tropa”.

          Ernesto Noboa y Caamaño en su Aria de Olvido, refleja bien los sentimientos que me van floreciendo a mis 86 años: “Mi corazón es como un cementerio / que pueblan las cruces de lo que he perdido… / ¡Lo que no ha sepultado el Misterio, / va teniendo que hacerlo el Olvido! // Fraternal cariño que hoy se pudre inerte, / ternuras lejanas, pasión extinguida; / a los unos los segó la Muerte, / a los otros… los mató la Vida. […] Mi alma está poblada como un cementerio / con las negras cruces de lo que he perdido; /

¡Lo que no ha sepultado el Misterio, / va enterrando, piadoso, el Olvido”!

          Al atardecer de la vida escucho nítido el eco de los sentimientos que embargaron al P. Emilio Arango, S.J. quizás el mejor superior que haya tenido la Provincia: “Ábreme una fosa buen sepulturero. / Si vienes tú sólo, Padre, ¿Para quién? / Ya muere la tarde, cávala en silencio / y no me preguntes, hijo, ¿para qué”?

          Tal el inventario luctuoso del acápite “Muerte” en la “Evaluación” del año corrido pero ¿cuál el propósito para el 2025? Mi opción ante el porvenir también la encomiendo a esos hijos predilectos de la Divina Erato que inspira y corona de rosas a sus protegidos.

         El propósito para el 2025 también está en préstamo: ¡Muerte, hemos de conversar todos los días”! No de otra manera podré atender con la dignidad que se merece la visita de aquella ¡“Señora la muerte que estás meditando / en la noche negra, la mano en la sien/ ¡Hace mucho tiempo te estoy esperando / divina enlutada de ojos que no ven”!

          Si bien se trata de propósitos bastante luctuoso, busco la fuerza que me ofrece Miguel Hernández para confesar que: ¿“Morir?… ¿Podré resistir / tamaño acontecimiento, / o moriré en el momento / en que me vaya a morir / de pena y de sentimiento? // ¡Morir!, ¡Morir!… No quisiera / morir para siempre, no… / ¡Espérate, muerte!, ¡Espera! / ¡Y déjame que me muera / cuando te lo pida yo! / […] Sea, Señor, cuando quiera / tu poder: a él me sujeto. /  ¡Si toda mi vida espera, / alerta, mi calavera / apoyada en mi esqueleto”!

          Mi propósito para el 2025 está alentado por esperanzas que animó al palmirano Ricardo Nieto: ¡“Señor, cuando Tú quieras!… ¿Adónde irá la nave? / Lo ignoro, ¡mas tus brazos abiertos siempre están! / […] ¿A dónde? ¿A la lejana estrella que titila / en el espacio inmenso?… Al sur o al septentrión? No sé, mas mi esperanza en ti se halla tranquila; / yo sé que he de encontrarte / en medio de la nube o en la constelación”.

Jaime Escobar Fernández

Enero, 2025

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El jueves 6 de marzo tuvimos la idea de volver a encontrarnos para compartir un momento poético como el primero que tuvimos el año pasado. La particularidad fue que propusimos sacar algunos poemas del “baúl de los recuerdos” y nos llevamos muchas buenas sorpresas. En este blog iremos publicando a quienes en algún momento “cometieron” poesía, para el placer de todos. Jaime envió muy pronto su contribución pero no pudo acompañarnos y pidió que leyéramos alguno, pero lo olvidamos. Aquí están para nuestros lectores en su totalidad.

POEMAS INOLVIDABLES
ANTOLOGIA MINIMA
(DE COSECHA PROPIA)


TARDES
Jaime Escobar Fernandez, S.J.
El Ocaso
Enero de 1958

El humo blanco del caserío
En espirales voluble avanza
Y entre peñazscos, sonoro. lanza
Su estrepitoso caudal el río.

Vierte la tarde sobre el plantío
Fulgores rojos en lontananza.
Tornan los bueyes de su labranza
Al grave paso de viejo hastío.

Se oye un silbato doliente y seco
Que multiplica, jugando, el eco
Bajo la tarde multicolora,

Cuando en los cerros, ante el paisaje,
-como rindiéndole vallasaje-
Ruge la hirviente locomotora...



EL ANGELUS
Jaime Escobar Fernandez, S.J.
San Claver -Santandercito-
Enero de 1961

Plegaria humilde de sencilla gente,
oración de celeste melodía
que sobre el valle, cuando muere el día,
prolonga la campana suavemente.

El pobre, el rico, el corazón doliente
elevan su plegaria hasta María
y se escucha su grata sinfonía
al declinar el sol en occidente.

Oración de la tarde silenciosa
que dispersa la torre campesina
como pétalos blancos de una rosa

Y ya cuando la noche se avecina
por vigilar la oscuridad medrosa
monta guardia un lucero en la col


-POEMAS DE COSECHA FAMILIAR-
MONS. RODRIGO MEJIA SALDARRIAGA, S.J

VIRGEN
La virgen garza
Con tayo debil
Fresco lirio de mayo floreció en la playa.
En puntillas
Se acercó silenciosa hasta la orilla
Y en la arena mojada
Sus dos plantas
Esculpieron estrellas vespertinas.
Inclinose su cuello
Como un bejuco que acaricia el agua
Mientras la brisa
El Angelus rezaba con las ranas...
Modesta y pura
Cual Arcángel, en cruz abrió las alas;
Desplegó su vestido
Sin costura
Y ascendió al cielo
Como asciende blanca
La joven alma de la virgen tumba.

PEREGRINA

Señora de sonrisa campesina,
Sobre las andas de la fe sincera
Recorres entre cantos la pradera,
Pastorcita del campo, peregrina

Trocaste en viejo tul la percalina,
La orquídea en silvestre enredadera
Y al ver surgir la cruz en cada era
Fue tu llanto la lluvia cantarina.

Cuando pisas el polvo del sendero
Desgrana un pañolon de negra seda
Las cuentas de un rosario montañero

Y si te alejas, tu recuerdo queda
Como el perfume que esparció el romero
Mirándote subir por la vereda...


-POEMAS DE COSECHA EN OTRO HUERTO-

PIU AVANTI
Pedro Bonifacio Palacios
Aregentino

No te des por vencido ni aun vencido;
No te sientas esclavo ni aun esclavo;
Trémulo de pavor, siénte bravo
Y arremete feroz ya mal herido

Ten el tesón del clavo enmohecido
Que ya viejo y rüin vuelve a ser clavo;
No la cobarde intrepidez del pavo
Que amaina su plumaje al primer ruido.

Procede como Dios que nunca llora
O como Lucifer que nunca reza
O como el robledal que en su grandeza

Necesita del agua y no la implora.
Que muerda y vocifere vengadora
Ya rodando en el polvo tu cabeza.


JEUNEUSSE
Ricardo Nieto

Juventud. ¿Ya te vas? En tus altares
Donde Eros muestra su perfil divino,
Vertí una copa de sangriento vino
Perfumado con rosas y azahares.

Juentud, ¿Ya te vas? Tras los pinares
Palidece el lucero matutino
Y en las hondas cañadas del camino
Agoniza el rumor de tus cantares

Estréchame en tus brazos, alma mía,
¡No te vayas aún! Queda una copa
De Falerno en la mesa, todavía.

Con tu clámide azul mi frente arropa
Embriaguémonos juntos de ambrosía
Y al alejarte tú, ¡Rompe la copa!




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Siempre estoy presente en modo virtual durante la tertulia familiar de los jueves y repasar el video del evento me compensa con creces el vacío de la no-presencialidad, pues la grabación, al congelar el tiempo, me permite detener, retroceder o adelantar el curso de los acontecimientos en cada “encuentro familiar de los jueves”.

El “paso y repaso” de las intervenciones sobre el manejo personal del tiempo expuesto por los contertulios me llevó de sorpresa en sorpresa; de admiración en tránsito al respeto; del asombro al aprecio, a la envidia de la buena, aunque pude constatar que quizás me encuentre en la otra orilla en cuanto a la concepción y la práctica de las técnicas del manejo del tiempo; me explicaré pero antes, permítanme un poco de contexto vital.

Como hasta los 10 años, yo manejé el tiempo y lo empleaba en juegos, aventuras y frecuentes colaboraciones en sencillas labores del campo. La familia, hasta mediados del siglo pasado, era campesina y ni pensar en jardín infantil, ni transición, primaria, ni nada por el estilo. Mi primer año de educación formal, lo cursé en la escuela  pública del pueblo donde nací y el resto en Medellín, en acreditado colegio donde también cursó su primaria el inolvidable historiador y compañero el P. Alberto Gutiérrez Jaramillo, S.J. 

Antes del ingreso a Villa Gonzaga en 1952, las vacaciones de mitad y final de año me permitían liberarme de la tiranía del tiempo para organizarlo de acuerdo con las intuiciones del momento, el mejor de los cuales era salir de pesca a las quebradas cercanas para traer de regreso a casa, ensartados en una vara de helecho, los “barbudos” o “capitanes”, fruto de la faena vespertina que mi mamá preparaba en deliciosa fritura al empezar la noche. 

El ingreso a la escuela pública del pueblo y con ello al mundo de la educación formal, marcó el fin de la posibilidad de manejar mi tiempo; desde entonces hasta ahora, el tiempo es el que me maneja, me subyuga y cumple en mi vida la función perfecta de un tirano a quien sirvo como el más obsecuente seguidor de su imperio. 

Vinculado a la docencia por casi toda la vida, la tiranía del tiempo se ensañaba en mí con la responsabilidad de preparar clases, revisar trabajos, escribir material de apoyo, actualizar el contenido de las sesiones de trabajo, investigar tendencias en educación formal, redactar pruebas, asignar notas y resolver reclamos justificados unos, injustificados otros de cuantos se sentían afectados en sus derechos. Vacaciones y recesos en mi vida de docente también caían aplastadas por el yugo del tiempo. De todos los imperativos de ese deslizarse silencioso de las horas y los días, el más difícil pero más reconfortante al final de ese vasallaje fue el que me ligó a la vida familiar con su ineludible pero siempre placentera responsabilidad hogareña.

A los 83 años la política de presencialidad en educación luego de varios años de virtualidad, me expulsó y con razón, de las aulas de clase y esa marea de acontecimientos me abrió lugar entre los despojos que la deriva del oleaje abandona en las arenas somnolientas de las playas abandonadas; encontré que también allí hacía presencia el atentado en contra de la libertad de “hacer lo que me diera la gana” y me sometía a las “horcas caudinas” –Furculae Caudianae– de la responsabilidad personal, social y ecológica de cuanto me quedare de existencia terrena.

En paralelo, durante los diez últimos años, atendía el manejo del pequeño predio familiar cercano al Municipio de Pacho. Durante esta postrera etapa de mi vida y luego con el cese de actividades que me expulsó del aula, he podido acudir al campo de jueves a domingo porque, de lunes a miércoles, me “zambullo” en la red para apropiarme de conocimientos sobre el campo a la manera como Virgilio recogía las prácticas agrícolas de su tiempo en los exámetros maravillosos de las “Bucólicas”.

En el campo también es el tiempo quien me maneja; órdenes que recibo con la guía del calendario lunar, especie de documento bíblico vigente entre los campesinos del lugar; acepto los tiempos de siembra y cosecha en menguante, luna nueva y creciente; el giro de la esfera no permite detenerse a pensar ni planear qué siembro, qué cosecho, cuándo podo, cuándo abono. Toda la actividad del campo debo asumirla por no contar con obrero de cualquier clase a quien transmita para su ejecución las órdenes del tirano asentado en el trono de mi reloj de pulso.

Árboles y sembrados dan órdenes que debo cumplir de inmediato, si no quiero pagar las consecuencia de no hacerles caso; imperativos que se me comunican al revisar los pequeños cultivos de huerta, su desarrollo; el control de las enfermedades y la devastación de plagas incontroladas; el análisis del suelo para mejorar sus condiciones, la maleza que ha de eliminarse en algún lugar, el árbol seco que debe reemplazarse, el flujo normal del agua en tiempos de sequía; el seguimiento a lo 80 arbustos en producción que nos proporcionan anualmente el café que consumen hijos y familiares; esa implacable tiranía del tiempo me llega a la manera del anuncio del Arcángel que le arranca a María, como a mí también, el testimonio de entrega total;  ese grito de conformidad todopoderosa: “Hágase en mí según tu palabra”.

La tiranía del tiempo que experimento día a día me hace feliz y me llena de energías e ilusiones día tras día; si llueve, si hace sol mis alegrías son las mismas.

Puedo adoptar como lema de mi ya provecta edad, el “jingle” que abría los capítulos de Betty la Fea: “Ya tengo una convicción / camino bajo una sola dirección; voy firme sin confusión. / Perdona si te ofende / pero yo soy así, // Acéptame, recházame pero no quieras cambiarme / Sé que mi estilo de vida / no se parece a tu vida pero / ¡Qué le puedo hacer! / “¡Yo soy así!”.

Jaime Escobar Fernández

“Yo soy así”, Betty la fea

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La escena del desaguisado juvenil objeto de este memorioso escrito, es el sendero de montaña, tortuoso y pendiente que conduce desde la “Quinta de los Padres”, la casa de formación de los jesuitas en Santa Rosa de Viterbo -Boyacá- hasta “La Planta”, instalaciones de producción hidráulica de energía eléctrica establecidas por los jesuitas de mediados del siglo XX en apoyo, a veces suplencia, del entonces muy deficiente servicio público del ramo, suministrado a través del Municipio.

La rutina de la vida común durante los primeros años de formación para los jóvenes jesuitas incluía con regularidad, algunas actividades fuera del acontecer en la “vida común”; formaban parte de esta categoría los siempre esperados “almuerzos de campo” en lugares cercanos a la residencia; “meriendas lautas”, también al aire libre; “paseos” de día entero a pie o en el icónico camión de estacas F 8 que con cariño solíamos llamar “el camión del H. Cristancho” y que al H. Guido Arteaga, S.J., le inspiró el jingle obligado al final de paseos: “Qué buenos son los PP Jesuitas; qué buenos son que nos traen en camión”.

Para cerrar el inventario de estos “recreos” debo referirme a los “matinales” que eran paseos de una mañana a lugares cercanos y de alguna manera emblemáticos: Tobasía y su venerada imagen de La Virgen del Amparo; el Cerro del Aguila; La Cascada de la Virgen, hasta donde cargué con escalera al hombro repetidas veces porque me permitía cierta holgura en el empeño de “horadar un nicho” en la roca y reubicar allí la pequeña, ya desteñida “imagen de bulto” de la Virgen que alguien había entronizado en el lugar. Por supuesto, el matinal más atractivo para todos y antes de “la gruta de la Virgen de la cascada” era para mí, el de “La Planta”.

El lugar se ganó el nombre de “La Planta” porque allí se captaban las aguas del torrente de montaña en volumen considerable, para llevarlas a desembocar a la casa de máquinas, metros abajo, donde las turbinas convertían aquello en fluido eléctrico transportado luego por cables hasta La Quinta de los Padres en las afueras de la población de Santa Rosa de Viterbo. 

¿Quién concibió la idea, ubicó el terreno, diseñó la instalación, realizó los cálculos y cómo se transportó la energía a lo largo de varios kilómetros? Desde mis años en el Noviciado a mediados del siglo XX (1956) me empezó a intrigar el asunto y reiterados intentos posteriores en búsqueda del registro de los hechos que no parecen interesar ni a propios ni a extraños, he tenido que renunciar a seguirlo intentando.

El tema que me ocupa, desde luego, no es La Planta; es aquel paseo matinal en el que me comporté como el más inmaduro de los adolescentes tardíos pues apenas estaba acabando de estrenar 16 eufóricos y soñadores 16 años. “¡Inocencia! ¡Niñez! ¡Dichosos nombres! / Amo tus goces, busco tus cariños; / Cómo han de ser los sueños de los hombres, / Más dulces que los sueños de los niños! Juan Manuel Peza expresó con propiedad aquellos momentos de mi vida.

El “modo matinal” tenía sus encantos pues no se madrugaba tanto porque la hora de meditación se hacía por el camino; de la camarilla a la Eucaristía mañanera y de ahí al comedor para tomar el desayuno y recoger “la merienda” que se consumía a poco de arribar el lugar de destino; las “ternas” para el paseo estaban asignadas la víspera y cada quién conocía de antemano a los compañeros del camino tanto como al “superior” ad hoc de la jornada.

No recuerdo nombres de los compañeros de camino ocasionales de aquel matinal insepulto en la memoria, huérfano de lápida marmórea; tampoco, el nombre de aquel “superior” efímero pues terminado el paseo cesaban sus funciones. El hecho es que apenas salidos de casa iniciábamos la Meditación diaria que sólo terminaba con el anuncio de “coloquio” y la bendición de cierre surgidos de la adusta figura del superior “pro tempore”. 

Antes y después de superados los extramuros del poblado camino a La Planta, saludábamos a los esporádicos lugareños que se nos cruzaban por el recorrido; aquello era como un juego de mímica pues debíamos evitar las distracciones y concentrarnos en la meditación al modo de cuarta semana de los Ejercicios Espirituales, hablándole a las flores en los borde del camino, aspirando el aire fresco de la mañana y abismados en la belleza de los pequeños y algunos no tanto, sembrados de cebada en plena lozanía y agitados por el viento.

“Despachado” el asunto de la meditación, el diálogo entre lol caminantes se iba volviendo más animado, mientras se enriquecía con el saludo a los viandantes inesperados; a veces era más personal cuando nos deteníamos unos minutos para formular preguntas “de cajón”: el clima, el trabajo, a dónde se dirigían. 

En algún momento y durante estos intercambios de saludos, sin saber por qué, fui poseído por inesperado “daimon” travieso y juguetón que me indujo a preguntar a las personas que se cruzaban en nuestro camino por la ubicación de la casa de Doña Dulcinea; Dulcinea, a secas. El interpelado, quien fuese, movía su cabeza  de un lado para otro y luego de pensarlo un poco, me decía: “No hermanito, no la conozco”.

La misma pregunta sobre la casa de Doña Dulcinea la escuchó el enruanado de sombrero negro hasta las orejas camino del pueblo sabrá Dios a qué; otra campesina que le cambiaba de lugar a la vaca cautiva que había agotado el pasto a su alrededor, se alistaba para el ordeño, tampoco me supo dar cuenta de la casa de Doña Dulcinea. 

Casi llegando a La Planta, custodiando unas diez ovejas, la dueña hacia girar el huso casero hecho por mano propia donde iba enrollando el hilo de lana producido por su rebaño y quizás destinado a una tibia cobija o ruana a la manera de “la capa del viejo hidalgo” que cantara el poeta pereirano Luis Carlos Gonzáles, una y otra protectoras bienamadas para los fríos memorables en la región.

La señora de cierta edad que haciendo su ovillo de lana, alzó los ojos para mirar a “los padrecitos”, se adelantó al saludo con una calidez, empatía y transparencia que nos dejó por un momento sin palabras; sobrepuestos a la sorpresa, quise responderle con otra mayor y con toda seriedad le pregunté también por la casa de Doña Dulcinea; se quedó pensativa la señora y luego me entregó la misma negativa. 

Con ánimo socarrón le cambié la pregunta a mi ocasional anfitriona y con la intención de ofrecerle una ayuda a manera de consueta de comedia, le dije muy serio: 

– Señora, ¿Pero esta no es pues la vereda de “El Toboso”? 

– ¿El Toboso? (Repitió pensativa y con aire de triunfo me espetó): 

-¡Ah, no padrecito! ¿Doña Dulcínia del Toboso? ¡Eso es puro cuento hermanito! ¡Eso no! 

Mi ilustrada interlocutora se concentró en su hilado y yo partí “como perro regañado en misa” mientras retomaba el camino con el “rabo entre la patas” y el silencio indulgente  de mis compañeros de marcha. 

“Doña Dulcínia del Toboso” es una vergüenza que todavía me remuerde la conciencia después de 70 años.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 29 de septiembre del 2024

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Me disculpan si el título de esta colaboración haya quedado como salido del Oráculo de Delfos o de la Sibila de Cumas, pero trato de fijar la probable contribución del teatro, la TV y el cine a nuestra formación humana.

El proceso lo imagino algo así como la cadena que a partir de aquella Lectura de dramas durante el Juniorado en Santa Rosa de Viterbo,  avanzara con las representaciones teatrales en el inconcluso escenario del primer piso, debajo de la Capilla, con paredes de “mármol travertino” simulado con la habilidad artística del H. Gabriel Duque, S.J., siguiera con CENPRO TV y gozne final, el ciclo de películas famosas con sus respectivos cine-foros.

La lectura de dramas de hecho “rompía” el monótono correr de la “distribución ordinaria”, entre clases magistrales de griego, latín, historia del arte e historia universal en la mañana, las horas de estudio por la tarde y las quietes del medio día y la noche. 

Al ingresar de mañana al salón de clase, encontrábamos en el tablero el título del drama que se iba a leer, además de los personajes respectivos; era inevitable la sonrisa de alivio, en especial para aquellos que no habíamos alcanzado a memorizar el “pensum”, realizar la “pre-lección” o dar cuenta del texto asignado, previa consulta al diccionario.

El asunto de los “Dramas leídos” era propiedad casi exclusiva del P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J. quien se daba el lujo de adelantar la interpretación mediante estudiados cambios de voz que permitían identificar a los personajes, de acuerdo con el avance en el texto. 

En el inventario de dramas leídos se registra el Julio César de  William Shakespeare; Casa de Muñecas de Henrik Ibsen, Los árboles mueren de pie de Alejandro Casona, La zapatilla de raso de Paul Claudel, El Divino Impaciente de José María Pemán; Malvaloca de los hermanos Joaquín y Serafín Álvarez Quintero y algunas de sus comedias: “La cuestión es pasar el rato”; “Lo que tú quieras”.

Del tablero saltábamos al rudimentario teatro de la casa de Formación en Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá. Disfrutábamos del ciclo de teatro de final de año con puestas en escena tales como Que llegó Papá Noel, especie de sainete para “entregar regalos” cargados de ironía a miembros de la comunidad distinguidos durante el año por alguna actuación fuera de lo común y, por lo general, hilarantes risas. 

Cada 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, estaba cargado de sorpresas, como por ejemplo las servilletas con harina de trigo bien disimulada y que, al desplegarlas, dejaban la negra sotana “como cucaracha de panadería”; sopa sin sal y otras artimañas de la inventiva conventual inagotable, inspiradas quizás en las “chanzas pachunas” aprendidas en Patasía.

El programa central en la fiesta de Inocentes era la zarzuela, ensayada una y otra vez con el vestuario, como también con la búsqueda de actores de “afinación musical” suficiente, como para no vacilar durante la parte cantada de la obra. 

Al menos en una ocasión, se “importó” al P. Juan José Briceño Jáuregui, S.J. todavía en su etapa de formación teológica para el soporte musical; en otras oportunidades suplió el talento local la ejecución de la respectiva partitura. Fue inolvidable la puesta en escena de la zarzuela Los aparecidos, de Chueca y Valverde, con lucimiento especial de Agustín Lombana, Alberto Alvarado y Guido Arteaga.

La temporada de teatro de fin de año culminaba el 31 de diciembre con obas clásicas y no tanto. De especial recordación fue la puesta en escena de El proceso de Jesús, del dramaturgo italiano Diego Fabri, cuyo estreno se había celebrado en Italia pocos años antes, en 1955. La obra fue preparada por el P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J. quien mecanografió los parlamentos y se encargó del montaje de la obra. Fue tal el éxito que, poco tiempo después, con otros actores, la obra regresó a escena en el teatro Colón de Bogotá, con mayor éxito, según los comentarios de la época.

Los telones para las distintas obras de teatro eran pintados por el H. Gabriel Duque, S.J. para lo cual reunía y “pegaba” con engrudo a partir de almidón de yuca, el papel de sacos de cemento que extendía en el piso todavía “pelado” del teatro y allí, mediante brocha al extremo de una vara, iba dando forma a la escena que luego iría “colgada” en la incipiente tramoya del naciente escenario teatral.

El protagonismo del teatro tuvo, además, impulso significativo a través de los entonces hermanos Agustín Lombana Mariño y Alberto Alvarado Acevedo, apoyados por el P. Provincial  Emilio Arango, S.J. Fruto quizás de esos estudios y actividades relacionadas con el teatro, el aún hermano Hernando Martínez Pardo, durante sus años de teología, se ocupó de darle vida y funcionalidad al teatro construido en el primer piso del costado sur de la casa de formación de Chapinero.

Hernando mejoró el sistema de luces y telones, como preparativos para dos obras notables entre 1967 y 1970. Inolvidable fue la puesta en escena de The Caine Muthini (1954), llevada al teatro con el extraño título de Tempestad sobre el Caine. Fui parte del elenco. Poco tiempo después, Hernando “arrepechó” con el teatro del absurdo y puso en escena Los saludos de Eugène Ionesco, que se desenvuelve a través del encuentro de tres personajes que se saludan, una y otra vez, con creciente extravagancia y palabras sin sentido, raras y complejas. Coprotagonista de Los Saludos fue el P. Miguel Rozo Durán, S.J., de memorable actuación. Hernando, ya en teología, empezaba a consolidar sus capacidades de formador de actores, creador de escenarios y director de escena en forma magistral. 

Hernando y Jaime Heredia, fueron los más destacados discípulos del P. Nazareno Taddei, S.J., en ese entonces Director del Instituto de Ciencias de la Comunicación Social de la Universidad Católica de Milán, quien a su paso por Colombia dictó el curso Lectura estructural del filme. La actividad profesional de Hernando, una vez salido de la Compañía, es prueba más que fehaciente del influjo evidente del especialista italiano. Se convirtió en “oráculo del cine” gracias a su obra pionera sobre “Historia del Cine Colombiano”, además de los cursos y conferencias sobre el tema que le abrieron nicho de honor en ese medio especializado.

A Hernando lo “bautizó” el P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J. como “Lleritas”, por la similitud de su dentadura con la del famoso político y escritor Alberto Lleras Camargo. Otros, por lo indómito de su cabellera, lo llamaron “rancho e´paja”. Durante los estudios de teología, Hernando perdió a su papá y tuve la osadía de enviarle un poema de pésame que me inspiró en el momento la Musa que acompaña siempre a los melancólicos y célibes de aquel “début du siècle”. 

 No mucho tiempo antes de la muerte de Hernando, acaecida un 23 de diciembre de 2015, me cruzaba con él en los pasillos de la Universidad del Rosario y tuve la oportunidad de saludarlo, con la comprensible emoción, cuando se adelantaba el reconocimiento que le hiciera la U. del Rosario, por sus méritos como docente, reconocidos por discípulos y colegas.  

Jaime Heredia Pérez, durante veinte años, ha mantenido su columna semanal sobre crítica de cine.

Creo que estas actividades artísticas estaban pensadas para complementar la formación humana de los jóvenes jesuitas y quizás allí estén las raíces mismas de aquello que con el tiempo sería, la “conquista” de los medios masivos de comunicación, impulsada por el P. Rafael Valserra, S.J. que desembocaría en la creación de CENPRO TV y su realización insignia La Santa Misa por Televisión. 

CENPRO TV es el acrónimo de CEntro de PROducción de Tele-Vision” que luego se convertiría en la Corporación Social Para las Telecomunicaciones. En sus comienzos, acogió a muchos jóvenes jesuitas y colaboradores laicos que aceptaron la dura tarea del tratamiento de los medios de comunicación. Jesuitas “malquerientes” de la época afirmaban, con cierto tinte de ironía volteriana, que CENPRO TV era el  “crematorio de vocaciones” jesuíticas.

En las pantallas chicas de CENPRO TV se incubó el salto a la pantalla grande, gracias a la iniciativa de jesuitas jóvenes de la época como Hernando Martínez Pardo y José Fernando Ocampo. 

Corrían en aquellos días tiempos de cambio con el pomposo nombre de “aggiornamento”; se abandona primero la sotana; luego, incluso el “clergyman” de camisa coronada por cuellito blanco; se permitió fumar, gracias a un superior de la casa, fumador “salido del closet”, quien consiguió el permiso respectivo, sabrá Dios con cuál “título colorado”. Así comenzaba la época de asistir a la proyección de películas notables del momento, aunque tuvo algunos tropiezos que casi echan al traste el proyecto de “cine en su casa”. José Fernando Ocampo recordaba, en medio de sus risotadas características, que la primera película proyectada resultó con algunas escenas tan “subidas de tono”, que amenazaban el muy custodiado segundo voto. La habilidad persuasoria de Josefo salvó el proyecto.

Varias fueron las películas famosas que tuvimos la oportunidad de ver y comentar; recuerdo en especial To Kill a Mockingbird (Matar un Ruiseñor) y los clásicos de la “Nouvelle Vague”: Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups), Farenheit 451 de François Truffaut y Belle de jour (Bella de día), con la entonces despampanante Catherinne Deneuve, dirigida por Luis Buñuel. 

Cada película se acompañaba del respectivo foro a cargo, casi siempre de Hernando Martínez u otro discípulo aventajado de Taddei. La “nueva ola” del cine francés despertó tal interés que la biblioteca de Chapinero recibía con puntualidad envidiable la revista Cahiers du Cinéma que nos obligó a perfeccionar nuestro incipiente francés aprendido en el colegio y en cursos de vacaciones en Santa Rosa de Viterbo.

Mirando atrás éstas que hoy llamaríamos “actividades paraescolares”, apenas quedan recuerdos borrosos en algún ejemplar supérstite de aquellos “vanguardistas”. 

A la luz de estos acontecimientos, evoco el poema “A las ruinas de Itálica” de Roberto Caro (1573-1647): “Estos, Fabio, ¡Ay dolor! que ves ahora / Campos de soledad, mustio collado, / Fueron un tiempo Itálica famosa; / […] reliquia es solamente / de su invencible gente. / Solo quedan memorias funerales / donde erraron ya sombras de alto ejemplo; / este llano fue plaza, allí fue templo; / de todo apenas quedan las señales”.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 2 de septiembre de 2024

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En nuestra tertulia 192 del jueves 16 de mayo, nuestro compañero y amigo Jorge Julio Mejía S.J. nos presentó el tema “El Budismo y nosotros. Experiencia de un jesuita”, del cual se ha convertido en un reconocido experto. Jaime Escobar nos envía estas líneas, inspiradas en lo que provocó en él dicha charla, adobada siempre con el gusto de sus oportunas referencias clásicas.

Mientras hacía “correr” una y otra vez el video con la exposición de Jorge Julio, me sentí como Eneas mientras le contaba a los comensales en el palacio de Dido las desventuras de Troya, aparece el fantasma del “maestissimus Hector” de tal modo transformado con respecto a cómo era entre los vivos en aquel desastroso combate; visión que le hizo exclamar estupefacto el siempre actual: “Ei mihi, qualis erat, quantum mutatus ab illo” que traducido con libertad viene a ser como  “¡Dios mío, cómo ha cambiado!”

En virtud del mandato por santa obediencia que nos impartió hace poco, nuestro común amigo Samuel Arango, estoy frente al computador para cumplir su ley de “¡No lo diga; escríbalo!”. Redacto pues mi reflexión “ex post facto”, sobre la intervención “zénica” de nuestro compañero el P. Jorge Julio Mejía Mejía, S.J. 

Dice el bambuco de Fabio Ospina: “El bejuco cuando nace, nace hojita por hojita; / así comienza el amor, palabra por palabrita”. El loco de Epifanio Mejía nos cuenta que: “Por angostos caminos / de tierra y hojas / pasan negras hormigas / unas tras otras / para sus casas llevan / verdes hojitas / en sus espaldas”. ¿Dónde y cuándo me creció el bejuco? ¿Quién me trazó el camino? ¿Quién me asignó el papel de hormiga? Trataré de responderlo. 

Quizás, mi primer contacto visual con Jorge Julio deba remontarse al Noviciado en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, en los ya lejanos años de 1955; me parece que entre él y Enrique Grenier impulsaron la locura aquella del “Millón de Confíos” al Sagrado Corazón, no recuerdo buscando cuál “gracia”; menos mal que no había pandemia y nos libramos del “millón de Padrenuestros” en pro de alguna otra angustia piadosa del momento.

Siendo juniores, Rafael Parrado (“Ralph”), J.J. y yo nos embarcamos en la aventura de “armar Pesebre Navideño” distinto cada día y de acuerdo con el tema del momento en cada “posada”. La noche del 24 de diciembre la pasamos en vela, pues luego de la Misa de Gallo, todos recorríamos en contemplativo silencio y apagados susurros, el Pesebre apenas recién terminado; fue entonces cuando en realidad a mi “bejuco” le empezaba a brotar “hojita por hojita”. 

Ya en filosofía, nos embarcamos en un “coetus oratoriae” promovido por Camilo Moncada y luego de su marcha a magisterio, lo mantuvimos mucho tiempo Jorge Julio, Luis Guillermo Arango y yo. En cada reunión semanal, uno de los tres, elegido con anterioridad, debía seleccionar el tema de la exposición según criterios de “novedad” en contenido y forma de exponer; luego lo “evaluábamos”, por lo general en términos bastante severos.

En teología, Jorge Julio y yo colaboramos con el movimiento de las Guías Scout en el Colegio San Façon; en esa actividad hicimos amistades imborrables; J.J. tenía “palito” para ganarse el cariño de todo el mundo y esa “varita mágica” le abrió y le sigue abriendo intimidades incontables. 

Mi deformación de humanista clásico, si es que alcance algún día la dicha de llegar a serlo, me indujo a mirar en la exposición de Jorge Julio, las coincidencias de alguna manera sorprendentes entre el camino Zen de la oración, con las relaciones inventadas por mi loca imaginación mítica, nacida de esa “manía” de andar auscultando los arcanos griegos. 

Desde el minuto 10:04 hasta el 10:17 del video, nos enteramos que el Príncipe Sidharta fue llevado al sitio donde todo el dolor de la tierra estaba reunido. La impresión que sufre el príncipe Sidharta es tal que, a partir de ese momento él decide dedicarse el resto de su vida a la solución del sufrimiento humano. J.J. fue llevado a una sala de cirugía donde en ese momento “todo el dolor de la tierra estaba reunido” y es allí donde “J” decide dedicarse el resto de su vida a la solución del sufrimiento humano, empezando por el propio sacerdocio jesuita que, después de 16 años de academia teológica, se queda sin palabras ante el dolor propio y ajeno. 

Cuando Edipo se entera que mató a su propio padre y está en unión marital con su madre, la impresión que sufre [Edipo] es tal que desde ese momento él decide dedicarse el resto de su vida a expiar su pecado y nace de la pluma de Sófocles Edipo en Colona. No es muy distinta la suerte de Yocasta cuando a palacio llegan las noticias de que Antígona se suicida “por honor” a la manera griega y Hemón, su prometido, lo hace a los pies de la amada que prefiere ahorcarse antes que ser enterrada viva por haber sepultado a su hermano  Polinices, muerto en el intento de hacerse al trono de Tebas. Bien lo decía el poeta César Vallejo: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… ¡Yo no sé”!

El pasaje de “la barca” en el Ganges lo encuentro llamativo de forma singular; se trata del anciano aquel que “le explica a un jovencito (10:42) que el laúd, si uno le templa demasiado las cuerdas puede reventarlas, pero si no las templa lo suficiente, no suena. Es la primera iluminación que tiene Sidharta al comprender que la verdadera virtud está en el medio (11:00). Parado en frente del templo del Oráculo de Delfos, leo en el frontispicio “Μηδὲν ἄγαν”; “Nequit nimis”; “Aurea mediocritas” (Horacio); “Tanto cuanto (E.E.)”; “Ni tanto que queme el santo ni tampoco que no alumbre” (filosofía popular), ecos de aquella máxima que cobra fuerza en la caverna del dios Apolo.

En el mundo de las sombras y al abrigo de las ramas, quizás se encuentre cuanto perdure de  Pigmalión en Jorge Julio. “El árbol de Mohi es ese árbol que dice que todo existe. […] Yo me siento un buen rato porque yo estuve en ese lugar (12:13) y le digo al árbol interiormente: árbol, cómo me encantaría tener una hojita tuya (12:19) y figúrense que al rato el árbol me manda una hojita (12:23). Pigmalión fue el escultor mitológico consagrado a realizar el sueño perfecto de la perfección humana que al lograrlo, los dioses le dieron vida a su obra escultórica: la figura perfecta. 

De nuevo me encuentro esta vez con Eneas en su visita a la consulta paterna, que ya se encontraba en el mundo de las tinieblas; pudo realizar su sueño, gracias al “salvoconducto” de la “ramita dorada” que le facilitara la Sibila de Cumas. A la manera como el Papa es portavoz de la Iglesia, La Sibila es portavoz de Apolo el “olímpico” promotor de la moderación en todo sentido. “La Rama Dorada” es el ramo de hojas de oro que abre los accesos a todo lo ignoto; tal pareciera ser la “hojita de Bohi” en manos de J.J.

Yo toda mi vida había sido Mejía pero yo no había logrado ser Jorge Julio y peor todavía, yo había sido S.J. porque me habían enseñado cómo tenía qué vivir, cómo era el modo de ser y de vivir como jesuita pero yo quién era, no tenía ni idea; tenía que ser jesuita antes que nada. También a partir de ese momento yo empiezo a encontrar el camino por el cual yo podía ser yo mismo”. Vuelve a resonar en la caverna la voz de Apolo en Delfos para notificarnos que la vida tiene sentido si acogemos el principio de “Γνῶθι σεαυτόν”; “Gnosce te ipsum”; “Conócete a ti mismo”, lección que según Apolo es lo mejor que podemos aprender. Apolo señala la meta pero dejó la manera de alcanzarla a cada quien; Jorge Julio opta por la meditación Zen, pero ello no lo libera de las entrañas helénicas.

Afirma el historiador Salustio que “la primera utilidad que surge de los mitos es que nos mueven a interrogarnos y no toleran que nuestro poder cogitativo descanse indolentemente sobre los dioses y el mundo”. En el mito, según Salustio, “Estas cosas jamás sucedieron, pero existen siempre” y en “Los dioses y el mundo” afirma que “Este es en primer lugar el beneficio que se obtiene de los mitos, la investigación y posesión de una inteligencia no inactiva”. Joseph Campbell, hasta ahora el más importante compilador de tradiciones míticas recogidas en sus tres tomos “Las máscaras de Dios”, afirma que “El mito es el sueño colectivo y el sueño, el mito privado”.,

La vida y los trazos inescrutables de las Moiras, me ponen ahora ante un “Néstor” que se enredó en mi trocha de bejucos exuberantes de “hojitas” y “caminos de hormigas” llevándolas a cuestas. Mi afecto por Jorge Julio llegó hasta los límites mismos de las fronteras invisibles de la “amistad particular” y siento la necesidad de exclamar como Eneas: “¡Quantum mutatus ab illo” o como Helena la de Eurípides “τοῦτ᾽ἔστ᾽ἐκεῖνο”? (¿esto es aquello?).

J.J. hace el camino de la meditación Zen; yo lo he venido haciendo por los vericuetos más pedestres del culto griego a la razón; sendero como el que recorríamos en Santandercito, cuando al despuntar del día, emprendíamos la trocha a la cima de “Las Mitras”, aquellos peñascos que marcaban el horizonte de S. Claver en vacaciones mayores, formaciones ciclópeas, imagen de nuestros ideales místicos del momento.

Jaime Escobar Fernández

Agosto, 2024

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Nuestra tertulia semanal 201 trató sobre un tema muy personal: “El significado de mi profesión en mi vida”. Aquí el testimonio de Jaime Escobar. 

No sabría precisar si la “docencia” que he practicado desde que tenía 12 años hasta los 83 cumplidos cabe dentro de la categoría “profesión” o más bien debería llamarse un “apostolado” por alguno de estos motivos: la casi “gratuidad” de la actividad, el sacrificio permanente de supeditar todo al cumplimiento de los compromisos adquiridos, incluyendo la permanente búsqueda de actualización sobre los temas objeto del ejercicio pedagógico, como también la preparación de materiales escritos en apoyo al acto “caritativo” de compartir conocimientos.  

Parodiando a S. Pablo en 1Cor. 19-23 “A pesar de que soy hombre libre y sin amo, me he hecho esclavo de todos para llevar a muchos” al Reino del Conocimiento, la superación personal y el proyecto de vida. 

Empecé mi “apostolado pedagógico” a los doce años, pocos meses después de ingresar al Colegio de S. Ignacio de Medellín en el año de 1950. Todos los días a la puerta del colegio nos esperaba “Mariposo” el H. Suárez, S.J. que se había ganado ese remoquete porque, según las malas lenguas, mantenía su cabellera de color rubio gracias a la aplicación de agua oxigenada, y se ayudaba un poco el merecimiento del apodo con algunos modales un poco “afectados”. 

“Mariposo” me hizo la propuesta de ingresar al grupo de “catequistas” que los sábados por la tarde, luego del canto de las letanías en la Iglesia, mientras todos iban a sus casas, los “catequistas” quedábamos a las órdenes del H. Labiano, S.J. bondadoso y querendón hermano Coadjutor de origen vasco que se había hecho cargo de enseñar el catecismo a los niños y jóvenes de los “guayabales” cercanos al aeropuerto Olaya Herrera de Medellín. 

Previo el permiso familiar me inscribieron como “catequista” y cuando soñaba mi primera salida al campo, tuve que refrenar mi entusiasmo porque debía primero hacer “el curso” que acreditaría mi condición de tal. En el San Ignacio de aquellos tiempos, y lo confirmé años más tarde durante la etapa de filosofía en Chapinero, la “catequesis” se apoyaba en “pendones” que recogían pasajes de la Biblia y se lustraban practicando la técnica que vine a saber muchos años después se llamaba “lectura de imagen”. Los mangones de guayabos aledaños al Río Medellín fueron mi primer “Campos de Montiel” de ese “Ingenioso Hidalgo” en que me convertiría para “desfacer entuertos” propios del analfabetismo real o funcional. 

Recorrí a lo largo de 70 años todos los niveles de la educación formal, de primaria a doctorados y en las modalidades de presencial, virtual, a distancia, audiovisual. Debo incluir actividades como cursos, seminarios, conferencias sobre tal infinidad de temas que se me puede aplicar aquello de que me ocupé “de omni re scibili et quibusdam aliis” porque siempre mi vida ha estado a cargo de la urgencia de satisfacer mi inagotable curiosidad. 

La justificación que se nos daba para dedicarnos a la catequesis se apoyaba en las obras de misericordia espirituales: “dar consejo al que lo necesite, corregir al que yerre y enseñar al que no sabe”; este último modificado con malicia perversa: “enseñar lo que no sabe”. En cierta ocasión el P. Antonio Gómez S.J. mi amigo de muchos años y desde hace cincuenta mi cuñado, alguna vez afirmó en público: “Jaime Escobar no sabe ni griego ni latín pero lo vende muy bien vendido”. 

Dedicado a contemplar los arreboles con los que me premia el sol en el ocaso de mi periplo vital, creo tener suficientes argumentos para creer que mi vida ha cobrado casi todo su sentido en los desiertos y oasis propios del ejercicio pedagógico.  

¡Qué más se puede exigir en favor propio! 

Jaime Escobar Fernández

dults teacherJulio, 2024

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Para nuestro blog es una satisfacción enorme reproducir estas comunicaciones internas que se dan entre nuestros colaboradores y sus lectores. Este es el caso de Monseñor Rodrigo Mejía, S.J. Misionero Jesuíta Colombiano en el África, quien desde allá le escribe a Jaime Escobar, refiriéndose a su artículo publicado hace poco, titulado “Magia por las veredas”.

¡Hay que leer!

Andrés López 

-Humorista-

 La cabeza de toro que ilustra el escrito no es del reproductor legendario que pastara en la dehesa de “Las Ventas del Espíritu Santo”, de César Rincón; tampoco es de  “Islero”, el Miura de 495 kilos entrepelado de negro y quinto de la tarde que empitonó a Manolete aquella tarde de luces y sombras en la arena de “Santa Margarita” en Linares, Jaén, España.

Sir Arthur Evans, al explorar aquello que sería el palacio de Minos en Creta y en excavaciones posteriores de otros arqueólogos, encontraría múltiples pinturas y esculturas de toros en distintos materiales imperecederos. El toro, emblema del Arte Minoico, tiene el respaldo de más de 40 siglos de resistencia a la desaparición forzosa por inclemencias de la guerra, desastres naturales, familiaridad del contacto diario con los objetos valiosos que por lo general, conlleva desprecio y olvido y por supuesto, la decisión del Congreso de Colombia.

Admiro en esa testa magnífica de “El Toro de Minos” el balance de las proporciones en la figura y esa dinámica evidente en la orientación de los cuernos un poco abiertos al final de su enhiesto recorrido “por la luz arriba” como “la palmera” que diría el Maestro Carranza. El Toro de Minos infunde respeto y cualquier narrador taurino actual diría que es “toro bragao, astifino, de pitón a pitón la distancia conveniente”. ¿Qué significó el toro en esa civilización capaz de reproducirlo con tal maestría que bien merece la suerte de Pigmalión y su proyecto de escultura femenina perfecta?

Fui tele-espectador atónito de la “Brava celebración” de esa hueste de ninfas, sátiros, centauros y coribantes a la manera de León de Greiff: “[…] gente mísera de tropa / los egoístas fatuos y perversos / de alma de trapo y corazón de estopa” que a manera de “neo-cacheteros”, dieron el puntillazo de gracia a la Fiesta Brava. Los “honorables” de turno armaron bochornoso espectáculo de gritos, aplausos y “¡Olé!”.

En tan popular bochinche de agasajo por esa victoria pírrica en lucha de años, cómo no sentir el contraste al “hacer la composición de lugar” sobre cualquier plaza de tarde soleada y público de pie. ¡Nada de pañuelos blancos en los tendidos durante el arrastre del ejemplar caído con honor en la arena; tampoco el tributo a la bravura en la lidia simbolizados en “orejas y rabo” llevadas a lo alto por las manos del torero, como tributo póstumo al efímero Rey del Ruedo. 

La agonía en la Cruz de la Víctima Sagrada secó su garganta; yo también sentí que la mía no reclamaba la hiel y el vinagre ofrecidos, sino el lento fluir reconfortante de la manzanilla que resbalando generosa desde esa redoma de suave piel llevada desde el cielo llegaba a mi pecho mil veces herido; en las soleadas tardes de fiesta brava también se rinde tributo a ignotos inventores de ese bálsamo de fierabrás para los duelos y alegrías que acompañan nuestras vidas.  

Me dieron tristeza los argumentos maestros de aquel “toricidio”; animalistas que gimen de dolor por el maltrato animal pero claman energúmenos por el derecho al aborto de un ser humano incapaz de reaccionar en contra. El argumento más admirable es el convencimiento de contribuir a la paz aniquilando los festivales de la muerte instalados en los redondeles de las plazas de toros. La unión de “animalistas”, “irenistas” y “progres” gozan de ese carácter dulzón de los cocteles que uno tras otro enlagunan a féminas liberadas. 

La Ilíada tanto como la Odisea huelen a carne asada de toros y muslos de cabros; Abel sacrificaba ovejas, menguando la reproducción, los héroes de Homero menguaron a los machos. Sacrificios de toros y cabros aliñan los escritos de Homero. No más en los inicios del Canto I de esa gesta de guerra se recoge la súplica: “Oh Esminteo! Si alguna vez adorné tu gracioso templo o quemé en tu honor pingües muslos de toros o de cabros, cúmpleme este voto” (Can. I).

39. Σμινθεῦ εἴ ποτέ τοι χαρίεντʼ ἐπὶ νηὸν ἔρεψα, 

40. εἰ δή ποτέ τοι κατὰ πίονα μηρίʼ ἔκηα

41. ταύρων ἠδʼ αγν, τὸ δέ μοι κρήηνον ἐέλδωρ· para más adelante iterar que “No está el dios quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, (ἑκατόμβης) (Can. I, 65)

La evolución natural o la manipulación genética dotaron al toro de lidia con pecho más amplio para almacenar oxígeno suficiente y necesario a lo largo de la faena; patas delanteras más cortas para “humillar”, así llamada la inclinación de cabeza y cuello cuando van al capote, la muleta o la espada en el clímax del espectáculo; todo ello desaparce en virtud de la “estupidez humana”, ilustrada con maestría por de Roux en un “Diálogo de Ultratumba”; acabar con las corridas es nervio de la sinrazón de salvar las especies en peligro, a la vez que se extingue aquella que jamás había sido condenada a desaparecer. 

El toro es figura central de la cultura mediterránea antigua. Egipto adoró su Buey Apis. En toro se llevó Zeus -alias “Toro Blanco”- a Europa cuando la secuestró. En cárcel de Máxima Seguridad e incomunicado, el Minotauro esperó a su verdugo Teseo. Cien Toros sacrificó -hecatombe- el Rey de Creta, como respaldo garante en el gobierno sabio de  su pueblo. 

National Geographic publicó, hace ya varios años, un documental sobre la pervivencia en Creta del culto al toro; cada año en desfile solemne, el mejor ejemplar de la majada es llevado en procesión, coronado con guirnaldas multicolores, música y regocijo popular en ambiente innegable de “costumbre ancestral” que es la forma más usual de renombrar tradiciones no muy envidiables. La procesión con el toro llega hasta el ara del sacrificio donde es inmolado. Durante poquísimos segundos la cámara de la National Geographic, quizás para evitar complicaciones de opinión pública, muestra cómo el “verdugo” bebe un sorbo de la sangre caliente del sacrificio; beberla, daba prosperidad, fortaleza, fecundidad y sabiduría a quien llevaba en ese momento la representación de sus conciudadanos.

Sir Arthur durante sus excavaciones en Creta sacó a la luz paredes decoradas con figuras de jóvenes de ambos sexos con vestidos y peinados llamativos; sorprende  una de esas escenas en las que se observan jóvenes en el juego siempre peligroso de enfrentar al toro que con la cabeza gacha los agrede y ellos lo evitan saltando por encima del animal; hoy serían las Compañías ya desaparecidas de “toreros bufos” que perduraron hasta hace poco, aunque parecieran prolongarse en las corralejas de la Costa Caribe colombiana.

La hipótesis plausible sobre la llegada del toro de lidia a España, cuna de la tauromaquia actual, parece ser fruto de las migraciones griegas, a lo largo de las costas mediterráneas. Creta era cruce de rutas para navegantes griegos, fenicios y egipcios quienes, en sus viajes, junto con las mercancías, transportaban también costumbres, rituales y esa manera particular de divulgar la historia en la cultura oral de los pueblos: la mitología.

Andrés López en uno de sus trabajos de humor es categórico: ¡“Hay que leer”! Quien no lee ni los textos y por ende, los acontecimientos allí consignados, cae en una de dos categorías de analfabetismo: el puro como la incapacidad de descifrar escritos y el funcional, no utilizarlos para adquirir o incrementar sabiduría por eso, “¡Hay que leer!”

A manera de “parágrafo” la agudeza crítica de Jordí Poncela, colega humorista de López, afirma de modo categórico: “el que no se atreve a ser inteligente, se hace político” y de forma siniestra engrosa esa “gente mísera de tropa”; como si fuera poco va también el sablazo para los “pacifistas”: “los cobardes que prefieren la paz a la victoria”.

Al parecer, ningún defensor de los derechos de los animales y los profetas de ese falaz irenismo además de convencidos de que contribuyen a la paz convirtiendo las plazas de toros en templos de cultura y no de muerte, quizás sean del alguna de las categorías establecidas por Jordi; pareciera no se les ocurrió ni siquiera por curiosidad, investigar las raíces de la fiesta brava, los toros de lidia y sus prácticas, elevadas a la categoría de mitos y leyendas, “La tauromaquia es fruto de una cultura ancestral cuando la derecha o la izquierda ni siquiera habían nacido” afirmó Andrés Rodríguez, editor y Director de Forbes, el 3 de abril del 2023. 

A los exaltados triunfalistas por la abolición de la fiesta brava, poco les importó la opinión ajena, rebosante de testimonios que merecían ser tenidos en cuenta. 

Plagiando a la periodista María Isabel Rueda y su ¿“Qué estará pensando María Isabel”? ¿Qué estarán pensando taurófilos como Joaquín Sabina, Mario Vargas Llosa, Joan Manuel Serrat, Picasso, García Lorca, Hemingway, Agustín Lara, Orson Wells, Gabriel García Márquez y el resto de personalidades que defienden o defendían la Fiesta Brava, cuya extinción se ha celebrado con “Brava Fiesta”? ¡Hay que leer!

Jaime Escobar Fernández

Chía, 18 de junio de 2024

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A poco de terminar la primera mitad del siglo XX, el Noviciado de la Compañía de Jesús se trasladó de Bogotá a Santa Rosa de Viterbo, en el Departamento de Boyacá; de la ciudad al campo y años después en ese movimiento pendular de la historia, se regresó del campo a la ciudad.

La Casa de Formación de los Jesuitas en Santa Rosa de Viterbo se instaló a tal distancia de la población que no se ubicara ni tan lejos ni tan cerca del poblado y ello le permitió mantener su plena identidad de bucólica ruralidad sin perder las posibilidades de una apenas incipiente sociedad de verdad urbana. Los terrenos aledaños al poblado eran poco más que potreros transformados en el tiempo como vergel al estilo del jardín aquel del paraíso que narra la Escritura: toda clase de árboles, animales y plantas amenas.

Los “colonos” jesuitas transformaron el lugar al llenarlo de arboledas, huertos, senderos peatonales, grutas para darle mansión digna a imágenes de la Virgen María en distintas advocaciones y pequeños manantiales terminados en surtidores frente a las grutas donde reposaba la imagen de la Virgen; surtidores que el P. Manuel Briceño, S.J. inmortalizó en memorables poemas como aquel “surtidor de la Virgen, cariñoso y sincero / que a fuer de ser trovero te tornaste juglar”

Todo estaba completo y en plenitud en aquel “campo florido” del villancico una y otra vez entonado en la noche de Navidad, clima de alta sensibilidad anímica y que a la postre era intimidatorio: “No sé Niño hermoso / que he visto yo en ti / […] si acaso algún día / me atreva a salir / al campo florido / muy lejos de aquí”… La sonora y poco común voz del H. Oscar Buitrago, manizaleño, buen intérprete de la bandola y de personalidad encantadora nos hacía estremecer y hería nuestra muy exaltada sensibilidad religiosa ante la posibilidad de “abandonar” la vocación; Oscar lo haría luego pero se incardinaría el clero secular de Manizales. Permítaseme breve divagación en el relato.

Ausente el H. Buitrago entonó el tradicional villancico, el samario y médico Javeriano Eduardo Gámez del Valle, quien además de preciosa voz, mantenía preocupación constante por sus compañeros de Noviciado a tal punto que se inquietó por la salud del H. Lombana (Agustín) a tal punto que logró el permiso necesario para activar la rudimentaria e inactiva máquina de Rayos X de la Enfermería para observar el “desarrollo óseo” de su inesperado paciente; a esa sesión “radiológica” tuve la oportunidad de hallarme presente vigilado de cerca por el H. Gabriel Duque, S.J. enfermero oficial de la comunidad; diagnóstico, “crecimiento precoz”.

Desde la toma de sotana la noche del 24 de diciembre de 1954 el H. Gámez (Dr. Gámez) hacía patente su devoción y las emociones que le embargaban durante meditaciones y visitas al Santísimo a través de frecuentes y sonoros “suspiros”. Su colega y amigo, el también samario Dr. Carlos Lacoture Zúñiga, lo llamaba con cariño “capota” y nunca se me ocurrió preguntarle por qué.

Durante el consabido Ejercicio de Humildad de los lunes a finales de la mañana, su colega y coterráneo samario Carlos Lacoture Zúñiga dijo muy serio y tono a todas luces costeño: “me parece que el Hermano -refiriéndose a Eduardo- manifiesta con frecuencia respiración bradinéica”; el estupor se apoderó del recinto y una que otra risa nerviosa de algunos novicios, rompió el hechizo de aquel término técnico salido del corazón de un galeno y no de un novicio; Lacouture se “quejaba” de que el H. Gámez “suspiraba mucho” y con fuerza. Vuelvo al cuento.

Cierto día el monótono correr de la distribución ordinaria en el bucólico Santa Rosa de aquellos tiempos, se quebró de repente con la presencia de soberbio ternerillo en trance de volverse torete paseándose por los senderos peatonales a la par con las “ternas” prescritas para la ocasión de las “quietes” del medio día y los recreos de media tarde.

El recién llegado “novicio vacuno” acaparó la atención de todos e incluso, no faltó quién diera alguna cátedra de “bovinología”, tema sobre el que tenían alguna “experticia” quienes acreditaban antecedentes en las novilladas de El Mortiño. Rodrigo Ospina (el Gordo Ospina) al primer cabezazo del torete, revivió sus épocas de novillero incipiente en la Apostólica.

Aquel inesperado torete se acomodó de maravilla al ambiente recoleto del inmenso edificio solariego y clerical; se paseaba entre las “ternas” de la quiete en el medio día, muy a sus anchas. A la manera del Lobo de Gubio que cantara el inmortal Darío, los nuevos imitadores del de Asís le fueron tomando confianza hasta el punto de que ante la cercanía de negras sotanas, el becerro aquel dejó de lado los naturales mecanismos de huída y más bien parecía disfrutar de las palmaditas y el pausado rose de manos virginales recorriendo en fruición la lustrosa piel del animalejo por parte de quienes no tenían el menor empacho en violar a la vista de todos “la regla del tacto”.

El P. Manuel Briceño, S.J. popular entonces siempre por la “sal” que le ponía a sus coplas y versos festivos, resolvió bautizar al torete “Cecilio” y en complicidad con Guido Arteaga surgió el pasodoble: “Cecilio” con fanfarria de apertura de plaza y todo.

Letra: P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J. Música: P. Guido Arteaga Sarasti, S.J.

(aire de pasodoble)

Coro

Tengo un torete

muy regordete

no hay en el mundo

nadie como él.

Es mi Cecilio

mi gran idilio.

¡Ay quién pudiera

ser como él!

Estrofa

Cinco mil pesos

en cada pata

[dos versos siguientes que no recuerdo]

¡Ay quién pudiera

Ser como él

Nunca le preguntamos al onomatólogo los orígenes del nombre Cecilio impuesto al bovino, pero con el correr de los años y la experiencia en el “talante burlón” de Briceño, pude establecerse al menos dos hipótesis plausibles: la una, etimológica, connatural a la formación de un egresado Oxoniense que deriva la palabra Cecilio del diminutivo coeculus y este a su vez, del adjetivo coecus, “ciego”. Los juniores de entonces desarrollamos un amor ciego por aquel animalejo amor ampliamente correspondido por joven bovino.

La otra hipótesis podría colegirse a partir de las “adiuncta” en el estudio De bello Yugurtino que estudiábamos en esos tiempos y Cicerón vapuleaba al de Numancia por sus intrigas palaciegas. Quinto Cecilio Metelo derrotó a Yugurta en África y de ahí que le asignaran el “cognomen” de Numídico. Yugurta era hijo bastardo pero a pesar de todo consiguió que le nombrase coheredero del reino de Numidia. ¿Sería aquel torete hijo bastardo de alguna vacada ajena?

El hecho es que el cuadrúpedo animalejo ya convertido en torete parecía deleitarse en los visajes que lanzaban los religiosos deleitados con aquella camaradería y como el de Gubio de Darío “La gente veía / y lo que miraba casi no creía. / Tras el religioso iba el lobo fiero, / y, baja la testa, quieto le seguía / como un can de casa o como un cordero”.

Cierto día, al rigor de las bajas temperaturas mañaneras se unió ese “frío” indescriptible que producen las ausencias del bienamado; Cecilio, el torete regordete desapareció como por encanto del paisaje monacal de La Quinta de los Padres; no así el pasodoble que siguió formando parte del repertorio musical en paseos y meriendas lautas por algún tiempo.

Jaime Escobar Fernández

Chía 14 de mayo de 2024

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En la década de los años 50 se mantenía la costumbre de ir a las veredas cercanas a la Casa de Formación en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, con el fin de “dar catecismo” a los habitantes del lugar, tarea que asumíamos con tal empeño que se hacía inevitable cierta sana competencia por ganarse el prestigio de la vereda mejor, de acuerdo con estos criterios: perseverancia en la asistencia al catecismo, entusiasmo creador en la fiesta veredal de todos los años, aportes en dinero y especie para el convite a cargo de las campeonas de la sazón elegidas por consenso de los comensales lugareños, conciertos con músicos de la comunidad, procesiones con la imagen de la Patrona de la Vereda, llevada en andas, flores y con voladores de “cinco tacos”. 

Hacia 1957 yo había realizado ya el paso de novicio a junior y me empezaba a interesar en pequeños trucos de ingenio, inocentes pero impactantes que el P. Manuel Briceño, S.J. empleaba para “tomar del pelo” a sus admiradores del momento. Logré “copiarle” a Briceño algunas de sus “magias” que enriquecí y perfeccioné con el tiempo y algo de creatividad; otras, las diseñé yo mismo. 

De todos los pequeños artilugios de las magias “briceñezcas” y mías, encontré la idea y la estructura de “La máquina de imprimir billetes” que me produjo incontables réditos porque me permitía “imprimir” en vivo y en directo, billetes de distintas denominaciones  que era la gracia. A la voz del “mago” y previa solicitud del “respetable”, aquella maquinita maravillosa iba dejando aparecer billetes de $ 1.000, 5.000, 10.000 y 20.000 el máximo valor en circulación de ese tiempo.   

Armé la impresora de billetes tal como se indicaba en las instrucciones para construirla y hasta yo mismo me asombré de los efectos de aquella máquina prodigiosa que lo era por efectos de una pura ilusión óptica.  

Los materiales para fabricar el equipo impresor de papel moneda eran pocos; apenas la pequeña tabla que haría las veces de soporte de la estructura y en ella se levantarían dos bastidores de unos 20 centímetros de altura para sostener el par de rodillos adyacentes el uno del otro y de unos 10 cm de diámetro; al rodillo superior pegué la punta de la tira de tela negra que “imprimiría” los billetes y giré hasta envolverla por completo; el otro extremo, lo adherí al segundo rodillo de manera que, al girarlo en sentido contrario al del primero, generara la ilusión óptica de imprimir billetes “genuinos” de banco. (“Cómo hacer una máquina para imprimir dinero”. Youtube.com/watch?v=nfJzWLHa1Os). 

La obtención de papel moneda se producía al insertar por el lado izquierdo de la “impresora”, recortes exactos en papel periódico de los billetes que emergerían por el lado derecho convertidos en denominaciones genuinas de $ 1.000, 5.000, 10.000 y 20.000, cuando se hacían girar los rodillos. 

Después de varios ensayos exitosos, procedí a “ofrecer” a los organizadores de los festejos veredales la “maravilla” de mi “Máquina de imprimir billetes en vivo y en directo”. Me colaboró el P. Luis Briceño, S.J. ministro entonces de la Casa, con los billetes que necesitaba para la “magia” y por fortuna, no sé cómo los consiguió, estaban como recién salidos de los talleres del Banco de la República. 

Parte central del programa de aquel convite ceremonial del año, en la emblemática vereda de “Cuche” se anunció con bombos y platillos “La máquina de imprimir billetes y sus capacidades mágicas”.  

Llegado el día y luego de la Misa Campal, el caldo de costilla con abundante cilantro, el chocolate caliente con arepa boyacense y los “juegos para los niños” se convocó al espectáculo inusitado de imprimir billetes al conjuro de las “palabras mágicas” que no eran otras que la primera línea del Ave María en Griego suprimiendo por obvias razones, la palabra María.  

El “veredeño” que aceptaba la invitación para solicitar el billete que deseaba ver “impreso” era sometido a rigurosa y bien preparadas batería de “preguntas cerradas” para que el colaborador ocasional eligiera el billete previamente oculto y que saldría a la luz pública al conjuro de las palabras mágicas. Tuve que practicar mucho el interrogatorio al colaborador ocasional, para garantizar el éxito de la “manipulación de la voluntad del elector”. 

El espectáculo se anunciaba al público con la seriedad que ameritaba el caso; esto es,  advertencia previa sobre el “permiso” dado por las autoridades para “imprimir billetes” de cara al público siempre y cuando el producto, previa verificación, se devolvieran al “mago” quien, a su vez, lo haría llegar al superior de La Quinta de los Padres para darles uso adecuado en beneficio de la comunidad. 

El espectáculo se fue perfeccionando con base en sucesivas experiencias y llegó a tal realismo que la “fuerza pública” hizo presencia en primera fila durante uno de esos espectáculos veredales para comprobar la “autenticidad” de los billetes. Debí revelar mi secreto a la “autoridad competente” representada en aquellos policías enviados a “vigilar” al “padrecito de los billetes”. 

Dice la historia que el dos de agosto de 1825 Bolívar pasaba por el pueblo de Pucará y José Domingo Choquehuanca, autoridad civil del lugar, salió a recibir al Libertador y en el delirio de su arenga de bienvenida al Libertador, entre otros elogios, afirmó que “Con los siglos crecerá vuestra gloria como crece la sombra cuando el sol declina”.  

Bastó poco tiempo para que mi fama de “mago” creciera “como crece la sombra cuando el sol declina”. Pronto “declinó” el sol de mi aureola de mago en Santa Rosa con ocasión de mi paso al año de Ciencias y luego a Filosofía, pero antes y no por esa razón, se organizó enorme “festival veredal” en el Teatro Municipal de Santa Rosa de Viterbo y quisiera creer que el principal atractivo del evento fue la presentación del “padrecito mago”.  

Agotada la novedad de la “Máquina de imprimir billetes”, debía concebir un nuevo “descreste” ajustado al prestigio conseguido en las “presentaciones veredales”. Para ese entonces, había adoptado dos nuevos actos de magia: huevos pericos surgidos del fondo de una cazuela vacía y la “tacita mágica” que derramaba arroz una y otra vez, al conjuro de la palabra misteriosa que operaba el milagro. 

Huevos pericos en el escenario. Para conseguir que de “la nada” surgieran huevos pericos que pudiera consumir el público, fabriqué la “varita mágica” en tubo de latón de poco menos de tres centímetros de diámetro y de 50 cm de largo; uno de los extremos estaba sellado y el otro no. Embutida la pericada en la varita mágica, se “tapaba” el extremo libre con un trozo de mantequilla y aquello quedaba inmune a cualquier sospecha.  

Casi al final del espectáculo en el teatro de Santa Rosa, pregunté al público si querían probar huevos pericos: ¡Sííí! fue el clamor que levantó el auditorio. Mostré la sartén vacía y la varita mágica que al contacto con la sartén caliente, se derritió la mantequilla, fluyó el batido, revolví por breve tiempo para mí y una eternidad para el público a juzgar por el silencio durante la operación de la fritura. El H. Rodrigo Mejía Saldarriaga, hoy Obispo emérito en Etiopía y mi ayudante de ocasión, repartió el huevo perico a la primera fila, en medio de nutridos aplausos del “respetable”. 

Si la multiplicación de los panes y los peces fue maravillosa, aquello que podríamos llamar “La multiplicación del arroz” no lo fue menos. El arroz multiplicado una y otra vez era impactante y por ello sería el cierre del espectáculo de teatro en aquella tarde Santarrosana. Necesité de dos tazas grandes; a una de ellas, le adherí, a poca distancia del borde, tapa de plástico transparente para que al mostrarla al público, desde el escenario, apareciera vacía.  

Un poco de arroz en una de las tazas; se cubre luego con la otra; se le pasa la varita mágica con las palabras de rigor y al destapar, arroz tan abundante que se derrama en parte; esas “sobras” regresan a la taza, y se vuelve a repetir el “fenómeno” al ensalmo del Ave María en griego.  

Hacia la quinta “multiplicación” milagrosa del arroz, una abuelita de trenzas, sombrero, alpargatas y envuelta en su pañolón, exclama en voz alta con anhelo manifiesto, en medio del silencio sepulcral de la sala: ¡Quién tuviera una tacita de esas en la casa”! Aplausos y risas pusieron fin al espectáculo. 

Se llegó el momento de traslado a Bogotá para iniciar el “Año de ciencias”; en ese entonces ya me aparecían los primeros síntomas de la “fiebre de la magia” y la “prestidigitación”; empecé a buscar manuales de esas artes pensando en “animar” las reuniones de catecismo en los barrios a donde acudíamos los domingos en la tarde, llevados y recogidos por el bus que manejaba “Don Julio”. 

Me empecé a interesar por los “trucos con cartas”; conseguí un buen tratado español sobre “cartomancia” con excelentes ilustraciones. Me hice, con permiso presunto, a unos naipes en el Salón de Juegos del filosofado. Practiqué con tal fervor que el Año de Ciencias lo fue pero con énfasis en “Cartología” y “Cartomancia”.  

Cuando me sentí preparado en la “adivinación” de cartas elegidas por el público, debí pensar también en cómo vincular los “trucos” con naipes para “ilustrar” la catequesis; por más imaginación que le apliqué a la idea, terminé convencido de que mis artes “adivinatorias” quedarían mejor ubicadas en las “pausas activas” de la evangelización dominical. 

Una tarde de domingo en la catequesis que orientábamos en el barrio Las Ferias, se presentó la oportunidad de lanzarme al ruedo con tal éxito que se alargaron las “pausas activas” y empezó el flujo de curiosos que pasaban por allí y se quedaban para observar al “culebrero de sotana”.  

Con voz estentórea desde el fondo del círculo de curiosos que observaban las “magias” con cartas, surgió vociferante reclamo más o menos en estos términos: “Curas mentirosos, engaña bobos, se aprovechan de la ingenuidad de la gente para “venderles” mentiras; no se dejen embaucar”.  

La arenga del entrometido hizo voltear la mirada de los espectadores de la magia con cartas hacia el boicoteador inesperado. No sé de dónde saqué serenidad suficiente y con la mejor cara de bobo que fui capaz de configurar, me acerqué con pausa al autor del reclamo y en tono sumiso le dije: ¿“Engaña bobos”? ¡“Vamos a ver quién de los dos es el bobo, veamos qué tan vivo es usted”! Mezclé la baraja, le pedí que eligiera la carta que quisiera y no me la dejara ver; dudó unos momentos antes de la elección pero lo hizo; entonces, con aire triunfal le dije desafiante: ¡“Muestre ese Rey de Oros”! Se tomó el “protestante” algunos segundos antes de mostrar el Rey de Oros y una vez presentado al círculo de curiosos, el aplauso con aire de revancha estuvo acompañado de comentarios de todo tipo. Sospecho que la “víctima” se fue mascullando la pública humillación con la súplica sumisa de la oración de difuntos: “Creo en ti Señor; no quede yo confundido para siempre”. 

Ya estaba yo en Teología cuando, en por lo menos dos oportunidades, el papá de Jaime Heredia, importante ejecutivo de Suramericana de Seguros y seguramente por iniciativa del mismo Jaime, organizó la fiesta de Primera Comunión para los hijos de sus colaboradores y me comprometió a hacer el papel de “recreador infantil” por no decir “payaso”; creo que esta fue mi despedida de los escenarios en calidad de “mago” porque “vago” lo fui durante la mayor parte de mi vida en la Compañía. 

Pasaron años antes de retomar las artes mágicas, cuando a mis hijos ya mayorcitos, me dio por “entretenerlos” con sencillos experimentos de cartografía; sobra confirmar que pronto me superaron haciendo aparecer y desaparecer monedas, adivinando cartas escondidas, pero el más impresionante de los espectáculos diseñados por ellos fue hacer levitar a uno de sus hermanos en las fiestas de cumpleaños o de primera comunión de primos y amigos invitados; aquella “levitación” era impactante.  

¿Será cierto que “lo que se hereda no se hurta”? 

Jaime Escobar Fernández 

Junio, 2024

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Jesús: “…he venido al mundo: para dar

testimonio de la verdad -ἀλεθήιᾳ-” (Jn. 18, 37)

Pilatos: ¿“Qué es la verdad”? (Jn. 18, 38)

En correo a Luis Alberto Restrepo (LARPO) y John Arbeláez, titulé la misiva como “La última proclama de Carlos Eduardo” al discurso que pronunció en la Universidad Autónoma de Manizales, con motivo del Doctorado Honoris Causa que le confirió. Este documento se lo debemos a la generosidad de LARPO y a la diligencia interminable de John Arbeláez, quien lo difundió entre nosotros; a ellos, rendidas gracias.

Confío, sin rubor, que Amado Nervo me permita plagiarle su poema a Tomás de Kempis pensando en Carlos Eduardo: “Ha mucho rato busco en tu escrito / y cuanto encuentro me deja triste / ha mucho rato que me desvela / ese discurso que tú escribiste”. Cuanto más leo y releo el texto del discurso de Vasco en la Universidad Autónoma de Manizales, más descubro que en realidad aquello no fue discurso; se trató, más bien, de la puesta en escena de la más fina pieza de tragedia -al estilo de los tres grandes de Grecia, Esquilo, Eurípides y Sófocles- que Vasco nos dejó la más icónica oda al hombre, la oda al itinerario de cuanto es capaz el intelecto humano en búsqueda sincera de LA VERDAD.

Lo siento por Nietzsche y cuantos eruditos hacen derivar el nombre de “tragedia” de “tragos” (τράγος), “macho cabrío”; la tragedia griega, lejos de ser cántico ritual, es elegía al “golpe” que le da el destino a cuantos intenten oponerse a su inexorable cumplimiento. ¿De cuál otra fuente pudiera derivarse nuestro muy español “estrago”, como el desborde del Cauca en la Mojana, sino de la transliteración al latín de la expresión griega “ex tragos”(ἐξ [ἐφ] τράγος). Vasco cayó incansablemente en camino hacia la colina de LA VERDAD, sin el consuelo de mujer piadosa que le saliera al paso para enjugar, no ya el sudor, sino la sangre de las heridas en el camino.

El discurso de Carlos Eduardo es el recuento minucioso de todos los “golpes” que recibió en la búsqueda inclemente de su diosa LA VERDAD, no obstante el culto reverencial que siempre le tributó, sin retribución alguna, muy a la manera de cualquiera de los más renombrados renacentistas marcados por esa obsesión, esas “ansias de saberlo todo” con el sello de garantía de LA VERDAD y que siempre fue para todos terca “a fuer” de elusiva.

Tucídides en su memorable Oración Fúnebre para exaltar el valor de los caídos en el primer año de la guerra, eleva el valor de la ciudad y la ciudanía hasta la altura de lo más íntimo de la persona humana, con el recurso a la figura de dos amantes, “seductor” el uno, (ἐρώμενος); “seducido” (ἐραστεής) el otro. LA VERDAD y CARLOS EDUARDO VASCO; ¿Cuál de los dos no estuvo a la altura de su función en ese intento de εὐγαμία, de ansiado y feliz apareamiento?

Me vienen a la memoria las paradojas de los genios de ayer y de hoy; recuerdo con especial estremecimiento al abanderado de “La no violencia” que según la biografía de Arthur Köestler, Gandhi hoy estaría en la cárcel por “violencia intrafamiliar”; Kepler pasó años tratando de conciliar “la música de las esferas” con la Biblia y dicen las malas lenguas que no tomaba decisión alguna sin hacerse primero “la carta astral”. Martin Gardner y su La ciencia, lo bueno, lo malo y lo falso; Luciano Di Trochio Las mentiras de la ciencia; en mi ignorante parecer y en condición de last but not least, Carlos Eduardo no tuvo empacho en afirmar que soñó hallar LA VERDAD en el lugar menos apropiado, para encontrarla en la Teología que es el Reino Eterno de las creencias fundadas o no. ¡Paradojas de las grandes mentes!.

La inusual confesión pública de cualquier intelectual genuino tiene la marca de la confesión ante post facto de fracasos reiterativos en la búsqueda de sus ideales; Paul Feyerabendt peregrinó de universidad en universidad y de todas lo botaron; Vasco saltó de campo en campo del saber para buscar LA VERDAD y todos esos campos se la negaron; mal le pagó la Teología pues de los dos pares externos que evaluaron su tesis uno la adjudicó la nota más alta y otro lo dejó sin nota: “pasé raspando” afirma el doliente acostumbrado desde sus años de bachillerato a ser la Eduardo Vasco Uribe” en las premiaciones del colegio San Ignacio de Medellín.

La prisa de Pilatos ante la afirmación del inesperado reo del momento: “[…] he venido al mudo para dar testimonio de LA VERDAD. La prisa propia de cualquier funcionario público ansioso de renombre, privó a la humanidad de encontrar respuesta confiable a la pregunta clave del entendimiento humano de todos los tiempos: ¿“Qué es LA VERDAD”? Las prisas, los fanes en la vida y el ansia de pantallazos y titulares de prensa dejan siempre preguntas sin respuesta que nos convierten en víctimas, sin reparo posible, de la incertidumbre.

Ojalá que a Carlos Eduardo, una vez en posesión de LA VERDAD, le haya llegado la satisfacción de “poseerla” sin resquicios de dudas.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 18 de mayo de 2024

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“Non omnis moriar multaque pars mei vitabit Libitinam (Od. III, 30, 6-7), era el grito triunfal de Horacio ante la inexorable Libitina, la Muerte. Jorge Robledo Ortiz -el poeta de la raza- en cambio, se dolía del olvido: “Cuando nos resignamos a vivir con su ausencia / es porque ha envejecido por dentro, el corazón / y entonces ya la vida / no vale una canción”. 

Mis recuerdos todavía no se han resignado “a vivir con su ausencia” y se aferran a la convicción de Horacio que bien le cabe en plenitud a mi personaje inolvidable Alberto Alvarado Acevedo.

El primer contacto con Alberto fue a mediados de diciembre de 1954, pocos días después de mi arribo al Noviciado en Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá. Cercano a la fecha del registro que señala mi ingreso “oficial” a la Compañía de Jesús, en condición de “Postulante a Novicio”, debí pasar a manos del “novicio-peluquero” designado para empezar a manifestar, con signos visibles, el abandono de las vanidades “del mundanal ruido”; debía dejar atrás mi un tanto descuidada cabellera juvenil y reducirla a su mínima expresión mediante el proceso denominado “corte militar”; esto es, muy al límite por todo el contorno de la cabeza.

Mi “peluquero oficial” que empezaría a despojarme del “hombre viejo” fue el Hermano Alvarado quien según me enteré después y lo experimenté, gozaba de amplio prestigio como maestro en ese arte tonsorio. No era el momento propicio para evaluar al personaje; eso vendría después y de momento, sólo me llamó la atención la alegría desbordante, la picaresca hilarante de su conversación al realizar la tarea de cortar el cabello de los novicios quienes se peleaban el turno de acudir a su tijera, proceso que terminaba siempre con la orden perentoria: “¡Saque pecho”! Al conjuro del mandato, el “cliente” debía llevar el mentón lo más próximo posible al pecho para que la parte posterior de la cabeza sobresaliera un poco y permitiera un acabado más perfecto.

Luego de la “peluquiada”, el H. Alvarado realizaba el ritual higiénico de sacudir los restos del corte de cabello que se habían resistido a terminar en el piso y preferían permanecer en la cabeza o anidarse en hombros, orejas y cuello. Todo el proceso de peluquería, en esos tiempos, se adelantaba en silencio reverente por aquello de la “separación de clases” obligada en tiempos del postulantado; quizás también por la tristeza no manifiesta de abandonar las cabelleras más o menos cultivadas con vanidad incipiente. 

Diez minutos, a lo sumo 15, duraba ese diálogo mudo entre el “peluquero” y el “postulante”; jamás había tenido “comunicación informal” tan estrecha, tan íntima y tan silenciosa como durante el primer paso a peluquería para caer en la inclemencia de las tijeras y pulidoras del Hermano Alberto Alvarado, silencio que se tornaría animado durante los años posteriores de aquella experiencia.

El 16 de diciembre, Novicios y Postulantes rezamos en común la Novena de Navidad con los elementos necesarios para contrarrestar la “murria” que nos embargaba al pasar la primera Navidad en la nueva familia. Según la Real Academia murria es una “Especie de tristeza y cargazón de cabeza que hace andar cabizbajo y melancólico a quien la padece”. 

La Novena de Navidad se realizaba en ambiente de profundo recogimiento durante la ceremonia y al final venían los villancicos acompañados de acordeón, panderetas y maraca y en el orden del “manual” que recogía lo más granado del repertorio tradicional. En medio del alegre bullicio posterior al rezo de Novena, busqué con cierta paciencia y recato interior a “mi peluquero” y no paré de observarlo; desbordaba alegría y entusiasmo notabilísimos.

A lo largo de mi “espionaje” empecé a notar que el H. Alvarado utilizaba con frecuencia la expresión “esa vaina” en distintas modalidades: “qué vaina”, “por qué vainas”, “envainado”, expresión completamente ajena a mi cultura paisa y por lo demás también ausente en el vocabulario de los demás Novicios autóctonos. El asunto quedó ahí hasta la llegada de mis primeros y sucesivos “Ejercicios de Humildad” de todos los lunes al final de la mañana; aquello era como el juego de “el banquillo de los acusados”; en ese ambiente volvió a surgir la figura del H. Alvarado. 

La Composición de Lugar para el “Ejercicio de Humildad” es el “salón de pláticas”; ingreso de Novicios un tanto ansiosos como quien marcha a  “patíbulo ominoso”; el Padre el P. Cándido Gavilla, S.J., cerraba el desfile con rostro grave y luego de breve oración, nos iba llamando uno a uno; pasábamos al frente, besábamos el suelo y juntas las manos a la altura del pecho empezábamos a escuchar el ritornelo de los improperios: “me parece que el hermano camina agachado”; “se duerme en meditación de reglas”; “lleva mal el fajín de la sotana”; “no se le oye tomar la disciplina”. Al llegar el turno para el H. Alvarado, la casi unanimidad de voces era “me parece que el Hermano dice mucho ¡“Esa vaina”!

Los 25 de diciembre se reunía toda la Comunidad en el “Teatro” todavía en construcción, ubicado en la planta baja del edificio central, en forma de “ocho”; allí convergíamos todos para asistir a dos actos centrales: la zarzuela y el espectáculo más esperado “Que llegó Papá Noel”. En el diciembre de 1955, quizás en 1956, el H. Agustín Lombana salió al escenario vestido con el atavío propio del viejo bonachón y su costal repleto de “regalos navideños”.

¿Qué regalos venían en el costal de sorpresas navideñas? Todos aludían a “defectos”, “embarradas” o “proyectos frustrados” de algún miembro de la comunidad. Muchos regalos en ese “talego navideño” pero el momento culminante se presentó cuando Papá Noel sacó con ostentosa solemnidad la funda en cuero de un machete que mostró a todo el “respetable”; como se prolongaba el silencio mientras tratábamos de “interpretar” el significado del extraño regalo, no le quedó más remedio a Papá Noel que exclamar con aire de triunfo: ¡“Pero miren esa vaina”!

Dicen los eruditos que “gobernar es prever” y el P. Cándido Gaviña, S.J. lo aplicaba en la vida espiritual tanto como en lo material. El H. Alvarado iba a terminar sus años de noviciado con fama merecida de excelente peluquero a tal punto que era necesario “apartar turno” con anterioridad. Me llamó la atención el oficio de corte de cabello y con “permiso del P. Maestro”, empecé el currículo de peluquero con la guía experta de la estrella del momento: el Hermano Alberto Alvarado Acevedo.

Lo más “duro” del entrenamiento no era el manejo de la pulidora que antes como hora, deben avanzar en línea recta y a la misma altura de corte; dos condiciones indispensables en el corte del cabello. El método del H. Alvarado consistía en llevar al “discípulo” a accionar la pulidora manual sobre vidrio sostenido en la mano izquierda y desde abajo para arriba llevar la maquinita en línea recta y a la misma altura. El maestro Alvarado era en extremo exigente y no “graduaba” hasta que no demostráramos las competencias adquiridas en el entrenamiento. A lo largo de tres o cuatro desempeños “en campo” la supervisión era estricta, acompañada de consejos prudentes y sabios. Me gradué de peluquero en el Noviciado.

La dieta diaria de la comunidad, estaba dominada por harinas en distintas formas y la proteína animal solía brillar por su ausencia. Unos años antes de yo ingresar a la Compañía, era legendario el H. Anaya Erauskin, S.J. un fornido hermano coadjutor vasco, habilísimo en el “puntillazo” y posterior tasajo de ganado en pie; ya en mi época, la carne para comunidad tan numerosa en ese momento era suministrada por proveedores externos. Con alguna regularidad, nos servíamos hígado a la plancha; cuando llegaba la bandeja al puesto del H. Alvarado, su comentario usual era: “¡Uf empezamos otra vaca”.

Agustín Lombana y Alberto Alvarado se hicieron muy amigos durante el juniorado; compartieron intereses por el teatro que estudiaron hasta donde fue posible en las bibliotecas de profesores y de juniorado. Durante la visita canónica del P. Provincial, muchos le manifestaban al superior el campo en que le gustaría prepararse para el “apostolado futuro”. Años después Alvarado recordaría con emoción agradecida que a la semana de haber terminado la visita del Provincial, recibieron dos cajas de libros sobre teatro.

Alberto prestó valiosa colaboración a la Arquidiócesis de Bogotá y el movimiento mundial de apostolado familiar “Los Equipos de N. Señora” al que colaboró no solamente con sus luces de sociólogo, sino también con servicios de dirección que le obligaba a viajar con frecuencia a Francia, casa matriz del movimiento. La biografía del fundador del Movimiento es obra de este laico que al parecer nunca dejó de ser ferviente religioso de la Compañía de Jesús.

Me actualiza sobre la vida y milagros de Alberto su amigo de muchos años Hernando Bernal y quien estuvo cerca de él hasta pocos días anteriores al encuentro de Alberto con Nuestra Señora a la que sirvió en sus “Equipos”. Alvarado regresó de su doctorado en Francia con el respaldo y prestigio académico de la École des Hautes Études en Sciences Sociales, título que le permitió ser Decano de Sociología, colaborador en la creación de COLCIENCIAS, además de consultor en estudios de factibilidad social en grandes obras de ingeniería y muy diversos trabajos profesionales relacionados con su especialización; todo un personaje.

A veces, Alberto asistía a los almuerzos de compañeros en el Club del Comercio que durante tanto tiempo impulsó Jürgen Jolberg y organizó con maestría Goyo Vélez. Ese Alvarado ya maduro, moldeado por su andar académico y de asesorías, opinaba con sosegada emotividad sobre los temas que también adobaban los platos elegidos en el restaurante. Sospecho que para entonces ya experimentaba la intimidación “Damoclea” de la enfermedad que lo llevaría a la tumba; en aquellos esporádicos encuentros me venía a la memoria Virgilio y su reacción a la “sombra” de Néstor: “Ei mihi, qualis erat, quantum mutatus ab illo” (En. II, 274).

Jaime Escobar Fernández

Chía, 24 de abril del 2024

* Doctor en Sociología de la Universidad Université René Descartes, Sciences Humaines, Sorbonne. Licenciado en Sociología de la Universidad Pontificia Javeriana. Profesor Universidad de La Sabana. Experto en Responsabilidad Social.

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