Me disculpan si el título de esta colaboración haya quedado como salido del Oráculo de Delfos o de la Sibila de Cumas, pero trato de fijar la probable contribución del teatro, la TV y el cine a nuestra formación humana.
El proceso lo imagino algo así como la cadena que a partir de aquella Lectura de dramas durante el Juniorado en Santa Rosa de Viterbo, avanzara con las representaciones teatrales en el inconcluso escenario del primer piso, debajo de la Capilla, con paredes de “mármol travertino” simulado con la habilidad artística del H. Gabriel Duque, S.J., siguiera con CENPRO TV y gozne final, el ciclo de películas famosas con sus respectivos cine-foros.
La lectura de dramas de hecho “rompía” el monótono correr de la “distribución ordinaria”, entre clases magistrales de griego, latín, historia del arte e historia universal en la mañana, las horas de estudio por la tarde y las quietes del medio día y la noche.
Al ingresar de mañana al salón de clase, encontrábamos en el tablero el título del drama que se iba a leer, además de los personajes respectivos; era inevitable la sonrisa de alivio, en especial para aquellos que no habíamos alcanzado a memorizar el “pensum”, realizar la “pre-lección” o dar cuenta del texto asignado, previa consulta al diccionario.
El asunto de los “Dramas leídos” era propiedad casi exclusiva del P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J. quien se daba el lujo de adelantar la interpretación mediante estudiados cambios de voz que permitían identificar a los personajes, de acuerdo con el avance en el texto.
En el inventario de dramas leídos se registra el Julio César de William Shakespeare; Casa de Muñecas de Henrik Ibsen, Los árboles mueren de pie de Alejandro Casona, La zapatilla de raso de Paul Claudel, El Divino Impaciente de José María Pemán; Malvaloca de los hermanos Joaquín y Serafín Álvarez Quintero y algunas de sus comedias: “La cuestión es pasar el rato”; “Lo que tú quieras”.
Del tablero saltábamos al rudimentario teatro de la casa de Formación en Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá. Disfrutábamos del ciclo de teatro de final de año con puestas en escena tales como Que llegó Papá Noel, especie de sainete para “entregar regalos” cargados de ironía a miembros de la comunidad distinguidos durante el año por alguna actuación fuera de lo común y, por lo general, hilarantes risas.
Cada 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, estaba cargado de sorpresas, como por ejemplo las servilletas con harina de trigo bien disimulada y que, al desplegarlas, dejaban la negra sotana “como cucaracha de panadería”; sopa sin sal y otras artimañas de la inventiva conventual inagotable, inspiradas quizás en las “chanzas pachunas” aprendidas en Patasía.
El programa central en la fiesta de Inocentes era la zarzuela, ensayada una y otra vez con el vestuario, como también con la búsqueda de actores de “afinación musical” suficiente, como para no vacilar durante la parte cantada de la obra.
Al menos en una ocasión, se “importó” al P. Juan José Briceño Jáuregui, S.J. todavía en su etapa de formación teológica para el soporte musical; en otras oportunidades suplió el talento local la ejecución de la respectiva partitura. Fue inolvidable la puesta en escena de la zarzuela Los aparecidos, de Chueca y Valverde, con lucimiento especial de Agustín Lombana, Alberto Alvarado y Guido Arteaga.
La temporada de teatro de fin de año culminaba el 31 de diciembre con obas clásicas y no tanto. De especial recordación fue la puesta en escena de El proceso de Jesús, del dramaturgo italiano Diego Fabri, cuyo estreno se había celebrado en Italia pocos años antes, en 1955. La obra fue preparada por el P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J. quien mecanografió los parlamentos y se encargó del montaje de la obra. Fue tal el éxito que, poco tiempo después, con otros actores, la obra regresó a escena en el teatro Colón de Bogotá, con mayor éxito, según los comentarios de la época.
Los telones para las distintas obras de teatro eran pintados por el H. Gabriel Duque, S.J. para lo cual reunía y “pegaba” con engrudo a partir de almidón de yuca, el papel de sacos de cemento que extendía en el piso todavía “pelado” del teatro y allí, mediante brocha al extremo de una vara, iba dando forma a la escena que luego iría “colgada” en la incipiente tramoya del naciente escenario teatral.
El protagonismo del teatro tuvo, además, impulso significativo a través de los entonces hermanos Agustín Lombana Mariño y Alberto Alvarado Acevedo, apoyados por el P. Provincial Emilio Arango, S.J. Fruto quizás de esos estudios y actividades relacionadas con el teatro, el aún hermano Hernando Martínez Pardo, durante sus años de teología, se ocupó de darle vida y funcionalidad al teatro construido en el primer piso del costado sur de la casa de formación de Chapinero.
Hernando mejoró el sistema de luces y telones, como preparativos para dos obras notables entre 1967 y 1970. Inolvidable fue la puesta en escena de The Caine Muthini (1954), llevada al teatro con el extraño título de Tempestad sobre el Caine. Fui parte del elenco. Poco tiempo después, Hernando “arrepechó” con el teatro del absurdo y puso en escena Los saludos de Eugène Ionesco, que se desenvuelve a través del encuentro de tres personajes que se saludan, una y otra vez, con creciente extravagancia y palabras sin sentido, raras y complejas. Coprotagonista de Los Saludos fue el P. Miguel Rozo Durán, S.J., de memorable actuación. Hernando, ya en teología, empezaba a consolidar sus capacidades de formador de actores, creador de escenarios y director de escena en forma magistral.
Hernando y Jaime Heredia, fueron los más destacados discípulos del P. Nazareno Taddei, S.J., en ese entonces Director del Instituto de Ciencias de la Comunicación Social de la Universidad Católica de Milán, quien a su paso por Colombia dictó el curso Lectura estructural del filme. La actividad profesional de Hernando, una vez salido de la Compañía, es prueba más que fehaciente del influjo evidente del especialista italiano. Se convirtió en “oráculo del cine” gracias a su obra pionera sobre “Historia del Cine Colombiano”, además de los cursos y conferencias sobre el tema que le abrieron nicho de honor en ese medio especializado.
A Hernando lo “bautizó” el P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J. como “Lleritas”, por la similitud de su dentadura con la del famoso político y escritor Alberto Lleras Camargo. Otros, por lo indómito de su cabellera, lo llamaron “rancho e´paja”. Durante los estudios de teología, Hernando perdió a su papá y tuve la osadía de enviarle un poema de pésame que me inspiró en el momento la Musa que acompaña siempre a los melancólicos y célibes de aquel “début du siècle”.
No mucho tiempo antes de la muerte de Hernando, acaecida un 23 de diciembre de 2015, me cruzaba con él en los pasillos de la Universidad del Rosario y tuve la oportunidad de saludarlo, con la comprensible emoción, cuando se adelantaba el reconocimiento que le hiciera la U. del Rosario, por sus méritos como docente, reconocidos por discípulos y colegas.
Jaime Heredia Pérez, durante veinte años, ha mantenido su columna semanal sobre crítica de cine.
Creo que estas actividades artísticas estaban pensadas para complementar la formación humana de los jóvenes jesuitas y quizás allí estén las raíces mismas de aquello que con el tiempo sería, la “conquista” de los medios masivos de comunicación, impulsada por el P. Rafael Valserra, S.J. que desembocaría en la creación de CENPRO TV y su realización insignia La Santa Misa por Televisión.
CENPRO TV es el acrónimo de CEntro de PROducción de Tele-Vision” que luego se convertiría en la Corporación Social Para las Telecomunicaciones. En sus comienzos, acogió a muchos jóvenes jesuitas y colaboradores laicos que aceptaron la dura tarea del tratamiento de los medios de comunicación. Jesuitas “malquerientes” de la época afirmaban, con cierto tinte de ironía volteriana, que CENPRO TV era el “crematorio de vocaciones” jesuíticas.
En las pantallas chicas de CENPRO TV se incubó el salto a la pantalla grande, gracias a la iniciativa de jesuitas jóvenes de la época como Hernando Martínez Pardo y José Fernando Ocampo.
Corrían en aquellos días tiempos de cambio con el pomposo nombre de “aggiornamento”; se abandona primero la sotana; luego, incluso el “clergyman” de camisa coronada por cuellito blanco; se permitió fumar, gracias a un superior de la casa, fumador “salido del closet”, quien consiguió el permiso respectivo, sabrá Dios con cuál “título colorado”. Así comenzaba la época de asistir a la proyección de películas notables del momento, aunque tuvo algunos tropiezos que casi echan al traste el proyecto de “cine en su casa”. José Fernando Ocampo recordaba, en medio de sus risotadas características, que la primera película proyectada resultó con algunas escenas tan “subidas de tono”, que amenazaban el muy custodiado segundo voto. La habilidad persuasoria de Josefo salvó el proyecto.
Varias fueron las películas famosas que tuvimos la oportunidad de ver y comentar; recuerdo en especial To Kill a Mockingbird (Matar un Ruiseñor) y los clásicos de la “Nouvelle Vague”: Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups), Farenheit 451 de François Truffaut y Belle de jour (Bella de día), con la entonces despampanante Catherinne Deneuve, dirigida por Luis Buñuel.
Cada película se acompañaba del respectivo foro a cargo, casi siempre de Hernando Martínez u otro discípulo aventajado de Taddei. La “nueva ola” del cine francés despertó tal interés que la biblioteca de Chapinero recibía con puntualidad envidiable la revista Cahiers du Cinéma que nos obligó a perfeccionar nuestro incipiente francés aprendido en el colegio y en cursos de vacaciones en Santa Rosa de Viterbo.
Mirando atrás éstas que hoy llamaríamos “actividades paraescolares”, apenas quedan recuerdos borrosos en algún ejemplar supérstite de aquellos “vanguardistas”.
A la luz de estos acontecimientos, evoco el poema “A las ruinas de Itálica” de Roberto Caro (1573-1647): “Estos, Fabio, ¡Ay dolor! que ves ahora / Campos de soledad, mustio collado, / Fueron un tiempo Itálica famosa; / […] reliquia es solamente / de su invencible gente. / Solo quedan memorias funerales / donde erraron ya sombras de alto ejemplo; / este llano fue plaza, allí fue templo; / de todo apenas quedan las señales”.
Jaime Escobar Fernández
Chía, 2 de septiembre de 2024


5 Comentarios
De todo aquello apenas quedan las señales, pero dignas de tan sentida rememoración. Gracias, Jaime.
Hermosos e inolvidables recuerdos. A Hernando Martínez también lo llamabamos “Pelusa”. Gracias
Sí señor, quedan las señales y muy vivas.
Machinez le decíamos . Muy aficionado al fútbol y queridísima persona a pesar de la separación de “clases” que teníamos, pero cualquier “tropezón” nos dábamos…
O tempora, o mores.
Se me alborotó la nostalgia con los recuerdos que me despertó tu escrito, Jaime.
Los sigo atesorando aun después de más de 65 años.
Muy agradecido.