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Magia por las veredas en Santa Rosa de Viterbo 

Por Jaime Escobar Fernandez
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En la década de los años 50 se mantenía la costumbre de ir a las veredas cercanas a la Casa de Formación en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, con el fin de “dar catecismo” a los habitantes del lugar, tarea que asumíamos con tal empeño que se hacía inevitable cierta sana competencia por ganarse el prestigio de la vereda mejor, de acuerdo con estos criterios: perseverancia en la asistencia al catecismo, entusiasmo creador en la fiesta veredal de todos los años, aportes en dinero y especie para el convite a cargo de las campeonas de la sazón elegidas por consenso de los comensales lugareños, conciertos con músicos de la comunidad, procesiones con la imagen de la Patrona de la Vereda, llevada en andas, flores y con voladores de “cinco tacos”. 

Hacia 1957 yo había realizado ya el paso de novicio a junior y me empezaba a interesar en pequeños trucos de ingenio, inocentes pero impactantes que el P. Manuel Briceño, S.J. empleaba para “tomar del pelo” a sus admiradores del momento. Logré “copiarle” a Briceño algunas de sus “magias” que enriquecí y perfeccioné con el tiempo y algo de creatividad; otras, las diseñé yo mismo. 

De todos los pequeños artilugios de las magias “briceñezcas” y mías, encontré la idea y la estructura de “La máquina de imprimir billetes” que me produjo incontables réditos porque me permitía “imprimir” en vivo y en directo, billetes de distintas denominaciones  que era la gracia. A la voz del “mago” y previa solicitud del “respetable”, aquella maquinita maravillosa iba dejando aparecer billetes de $ 1.000, 5.000, 10.000 y 20.000 el máximo valor en circulación de ese tiempo.   

Armé la impresora de billetes tal como se indicaba en las instrucciones para construirla y hasta yo mismo me asombré de los efectos de aquella máquina prodigiosa que lo era por efectos de una pura ilusión óptica.  

Los materiales para fabricar el equipo impresor de papel moneda eran pocos; apenas la pequeña tabla que haría las veces de soporte de la estructura y en ella se levantarían dos bastidores de unos 20 centímetros de altura para sostener el par de rodillos adyacentes el uno del otro y de unos 10 cm de diámetro; al rodillo superior pegué la punta de la tira de tela negra que “imprimiría” los billetes y giré hasta envolverla por completo; el otro extremo, lo adherí al segundo rodillo de manera que, al girarlo en sentido contrario al del primero, generara la ilusión óptica de imprimir billetes “genuinos” de banco. (“Cómo hacer una máquina para imprimir dinero”. Youtube.com/watch?v=nfJzWLHa1Os). 

La obtención de papel moneda se producía al insertar por el lado izquierdo de la “impresora”, recortes exactos en papel periódico de los billetes que emergerían por el lado derecho convertidos en denominaciones genuinas de $ 1.000, 5.000, 10.000 y 20.000, cuando se hacían girar los rodillos. 

Después de varios ensayos exitosos, procedí a “ofrecer” a los organizadores de los festejos veredales la “maravilla” de mi “Máquina de imprimir billetes en vivo y en directo”. Me colaboró el P. Luis Briceño, S.J. ministro entonces de la Casa, con los billetes que necesitaba para la “magia” y por fortuna, no sé cómo los consiguió, estaban como recién salidos de los talleres del Banco de la República. 

Parte central del programa de aquel convite ceremonial del año, en la emblemática vereda de “Cuche” se anunció con bombos y platillos “La máquina de imprimir billetes y sus capacidades mágicas”.  

Llegado el día y luego de la Misa Campal, el caldo de costilla con abundante cilantro, el chocolate caliente con arepa boyacense y los “juegos para los niños” se convocó al espectáculo inusitado de imprimir billetes al conjuro de las “palabras mágicas” que no eran otras que la primera línea del Ave María en Griego suprimiendo por obvias razones, la palabra María.  

El “veredeño” que aceptaba la invitación para solicitar el billete que deseaba ver “impreso” era sometido a rigurosa y bien preparadas batería de “preguntas cerradas” para que el colaborador ocasional eligiera el billete previamente oculto y que saldría a la luz pública al conjuro de las palabras mágicas. Tuve que practicar mucho el interrogatorio al colaborador ocasional, para garantizar el éxito de la “manipulación de la voluntad del elector”. 

El espectáculo se anunciaba al público con la seriedad que ameritaba el caso; esto es,  advertencia previa sobre el “permiso” dado por las autoridades para “imprimir billetes” de cara al público siempre y cuando el producto, previa verificación, se devolvieran al “mago” quien, a su vez, lo haría llegar al superior de La Quinta de los Padres para darles uso adecuado en beneficio de la comunidad. 

El espectáculo se fue perfeccionando con base en sucesivas experiencias y llegó a tal realismo que la “fuerza pública” hizo presencia en primera fila durante uno de esos espectáculos veredales para comprobar la “autenticidad” de los billetes. Debí revelar mi secreto a la “autoridad competente” representada en aquellos policías enviados a “vigilar” al “padrecito de los billetes”. 

Dice la historia que el dos de agosto de 1825 Bolívar pasaba por el pueblo de Pucará y José Domingo Choquehuanca, autoridad civil del lugar, salió a recibir al Libertador y en el delirio de su arenga de bienvenida al Libertador, entre otros elogios, afirmó que “Con los siglos crecerá vuestra gloria como crece la sombra cuando el sol declina”.  

Bastó poco tiempo para que mi fama de “mago” creciera “como crece la sombra cuando el sol declina”. Pronto “declinó” el sol de mi aureola de mago en Santa Rosa con ocasión de mi paso al año de Ciencias y luego a Filosofía, pero antes y no por esa razón, se organizó enorme “festival veredal” en el Teatro Municipal de Santa Rosa de Viterbo y quisiera creer que el principal atractivo del evento fue la presentación del “padrecito mago”.  

Agotada la novedad de la “Máquina de imprimir billetes”, debía concebir un nuevo “descreste” ajustado al prestigio conseguido en las “presentaciones veredales”. Para ese entonces, había adoptado dos nuevos actos de magia: huevos pericos surgidos del fondo de una cazuela vacía y la “tacita mágica” que derramaba arroz una y otra vez, al conjuro de la palabra misteriosa que operaba el milagro. 

Huevos pericos en el escenario. Para conseguir que de “la nada” surgieran huevos pericos que pudiera consumir el público, fabriqué la “varita mágica” en tubo de latón de poco menos de tres centímetros de diámetro y de 50 cm de largo; uno de los extremos estaba sellado y el otro no. Embutida la pericada en la varita mágica, se “tapaba” el extremo libre con un trozo de mantequilla y aquello quedaba inmune a cualquier sospecha.  

Casi al final del espectáculo en el teatro de Santa Rosa, pregunté al público si querían probar huevos pericos: ¡Sííí! fue el clamor que levantó el auditorio. Mostré la sartén vacía y la varita mágica que al contacto con la sartén caliente, se derritió la mantequilla, fluyó el batido, revolví por breve tiempo para mí y una eternidad para el público a juzgar por el silencio durante la operación de la fritura. El H. Rodrigo Mejía Saldarriaga, hoy Obispo emérito en Etiopía y mi ayudante de ocasión, repartió el huevo perico a la primera fila, en medio de nutridos aplausos del “respetable”. 

Si la multiplicación de los panes y los peces fue maravillosa, aquello que podríamos llamar “La multiplicación del arroz” no lo fue menos. El arroz multiplicado una y otra vez era impactante y por ello sería el cierre del espectáculo de teatro en aquella tarde Santarrosana. Necesité de dos tazas grandes; a una de ellas, le adherí, a poca distancia del borde, tapa de plástico transparente para que al mostrarla al público, desde el escenario, apareciera vacía.  

Un poco de arroz en una de las tazas; se cubre luego con la otra; se le pasa la varita mágica con las palabras de rigor y al destapar, arroz tan abundante que se derrama en parte; esas “sobras” regresan a la taza, y se vuelve a repetir el “fenómeno” al ensalmo del Ave María en griego.  

Hacia la quinta “multiplicación” milagrosa del arroz, una abuelita de trenzas, sombrero, alpargatas y envuelta en su pañolón, exclama en voz alta con anhelo manifiesto, en medio del silencio sepulcral de la sala: ¡Quién tuviera una tacita de esas en la casa”! Aplausos y risas pusieron fin al espectáculo. 

Se llegó el momento de traslado a Bogotá para iniciar el “Año de ciencias”; en ese entonces ya me aparecían los primeros síntomas de la “fiebre de la magia” y la “prestidigitación”; empecé a buscar manuales de esas artes pensando en “animar” las reuniones de catecismo en los barrios a donde acudíamos los domingos en la tarde, llevados y recogidos por el bus que manejaba “Don Julio”. 

Me empecé a interesar por los “trucos con cartas”; conseguí un buen tratado español sobre “cartomancia” con excelentes ilustraciones. Me hice, con permiso presunto, a unos naipes en el Salón de Juegos del filosofado. Practiqué con tal fervor que el Año de Ciencias lo fue pero con énfasis en “Cartología” y “Cartomancia”.  

Cuando me sentí preparado en la “adivinación” de cartas elegidas por el público, debí pensar también en cómo vincular los “trucos” con naipes para “ilustrar” la catequesis; por más imaginación que le apliqué a la idea, terminé convencido de que mis artes “adivinatorias” quedarían mejor ubicadas en las “pausas activas” de la evangelización dominical. 

Una tarde de domingo en la catequesis que orientábamos en el barrio Las Ferias, se presentó la oportunidad de lanzarme al ruedo con tal éxito que se alargaron las “pausas activas” y empezó el flujo de curiosos que pasaban por allí y se quedaban para observar al “culebrero de sotana”.  

Con voz estentórea desde el fondo del círculo de curiosos que observaban las “magias” con cartas, surgió vociferante reclamo más o menos en estos términos: “Curas mentirosos, engaña bobos, se aprovechan de la ingenuidad de la gente para “venderles” mentiras; no se dejen embaucar”.  

La arenga del entrometido hizo voltear la mirada de los espectadores de la magia con cartas hacia el boicoteador inesperado. No sé de dónde saqué serenidad suficiente y con la mejor cara de bobo que fui capaz de configurar, me acerqué con pausa al autor del reclamo y en tono sumiso le dije: ¿“Engaña bobos”? ¡“Vamos a ver quién de los dos es el bobo, veamos qué tan vivo es usted”! Mezclé la baraja, le pedí que eligiera la carta que quisiera y no me la dejara ver; dudó unos momentos antes de la elección pero lo hizo; entonces, con aire triunfal le dije desafiante: ¡“Muestre ese Rey de Oros”! Se tomó el “protestante” algunos segundos antes de mostrar el Rey de Oros y una vez presentado al círculo de curiosos, el aplauso con aire de revancha estuvo acompañado de comentarios de todo tipo. Sospecho que la “víctima” se fue mascullando la pública humillación con la súplica sumisa de la oración de difuntos: “Creo en ti Señor; no quede yo confundido para siempre”. 

Ya estaba yo en Teología cuando, en por lo menos dos oportunidades, el papá de Jaime Heredia, importante ejecutivo de Suramericana de Seguros y seguramente por iniciativa del mismo Jaime, organizó la fiesta de Primera Comunión para los hijos de sus colaboradores y me comprometió a hacer el papel de “recreador infantil” por no decir “payaso”; creo que esta fue mi despedida de los escenarios en calidad de “mago” porque “vago” lo fui durante la mayor parte de mi vida en la Compañía. 

Pasaron años antes de retomar las artes mágicas, cuando a mis hijos ya mayorcitos, me dio por “entretenerlos” con sencillos experimentos de cartografía; sobra confirmar que pronto me superaron haciendo aparecer y desaparecer monedas, adivinando cartas escondidas, pero el más impresionante de los espectáculos diseñados por ellos fue hacer levitar a uno de sus hermanos en las fiestas de cumpleaños o de primera comunión de primos y amigos invitados; aquella “levitación” era impactante.  

¿Será cierto que “lo que se hereda no se hurta”? 

Jaime Escobar Fernández 

Junio, 2024

3 Comentarios
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3 Comentarios

Vicente Alcalá 11 junio, 2024 - 6:57 am

Magia la del escritor que mantiene la atención y curiosidad a la vez que hace aparecer los personajes en la vieja T.V de la imaginación.

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Hernando+Bernal+A. 11 junio, 2024 - 9:28 am

Maravillosos recuerdos. Gracias y saludos.

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LUIS GUILLERMO ARANGO LONDOÑO 12 junio, 2024 - 10:22 am

Sigues ejerciendo la magia con tus escritos. Me hiciste recordar más de uno de tus espectáculos veredales. Recordar es vivir.

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