Home Cultura “Doña Dulcínia del Toboso” – mi personaje inolvidable –

“Doña Dulcínia del Toboso” – mi personaje inolvidable –

Por Jaime Escobar Fernandez
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La escena del desaguisado juvenil objeto de este memorioso escrito, es el sendero de montaña, tortuoso y pendiente que conduce desde la “Quinta de los Padres”, la casa de formación de los jesuitas en Santa Rosa de Viterbo -Boyacá- hasta “La Planta”, instalaciones de producción hidráulica de energía eléctrica establecidas por los jesuitas de mediados del siglo XX en apoyo, a veces suplencia, del entonces muy deficiente servicio público del ramo, suministrado a través del Municipio.

La rutina de la vida común durante los primeros años de formación para los jóvenes jesuitas incluía con regularidad, algunas actividades fuera del acontecer en la “vida común”; formaban parte de esta categoría los siempre esperados “almuerzos de campo” en lugares cercanos a la residencia; “meriendas lautas”, también al aire libre; “paseos” de día entero a pie o en el icónico camión de estacas F 8 que con cariño solíamos llamar “el camión del H. Cristancho” y que al H. Guido Arteaga, S.J., le inspiró el jingle obligado al final de paseos: “Qué buenos son los PP Jesuitas; qué buenos son que nos traen en camión”.

Para cerrar el inventario de estos “recreos” debo referirme a los “matinales” que eran paseos de una mañana a lugares cercanos y de alguna manera emblemáticos: Tobasía y su venerada imagen de La Virgen del Amparo; el Cerro del Aguila; La Cascada de la Virgen, hasta donde cargué con escalera al hombro repetidas veces porque me permitía cierta holgura en el empeño de “horadar un nicho” en la roca y reubicar allí la pequeña, ya desteñida “imagen de bulto” de la Virgen que alguien había entronizado en el lugar. Por supuesto, el matinal más atractivo para todos y antes de “la gruta de la Virgen de la cascada” era para mí, el de “La Planta”.

El lugar se ganó el nombre de “La Planta” porque allí se captaban las aguas del torrente de montaña en volumen considerable, para llevarlas a desembocar a la casa de máquinas, metros abajo, donde las turbinas convertían aquello en fluido eléctrico transportado luego por cables hasta La Quinta de los Padres en las afueras de la población de Santa Rosa de Viterbo. 

¿Quién concibió la idea, ubicó el terreno, diseñó la instalación, realizó los cálculos y cómo se transportó la energía a lo largo de varios kilómetros? Desde mis años en el Noviciado a mediados del siglo XX (1956) me empezó a intrigar el asunto y reiterados intentos posteriores en búsqueda del registro de los hechos que no parecen interesar ni a propios ni a extraños, he tenido que renunciar a seguirlo intentando.

El tema que me ocupa, desde luego, no es La Planta; es aquel paseo matinal en el que me comporté como el más inmaduro de los adolescentes tardíos pues apenas estaba acabando de estrenar 16 eufóricos y soñadores 16 años. “¡Inocencia! ¡Niñez! ¡Dichosos nombres! / Amo tus goces, busco tus cariños; / Cómo han de ser los sueños de los hombres, / Más dulces que los sueños de los niños! Juan Manuel Peza expresó con propiedad aquellos momentos de mi vida.

El “modo matinal” tenía sus encantos pues no se madrugaba tanto porque la hora de meditación se hacía por el camino; de la camarilla a la Eucaristía mañanera y de ahí al comedor para tomar el desayuno y recoger “la merienda” que se consumía a poco de arribar el lugar de destino; las “ternas” para el paseo estaban asignadas la víspera y cada quién conocía de antemano a los compañeros del camino tanto como al “superior” ad hoc de la jornada.

No recuerdo nombres de los compañeros de camino ocasionales de aquel matinal insepulto en la memoria, huérfano de lápida marmórea; tampoco, el nombre de aquel “superior” efímero pues terminado el paseo cesaban sus funciones. El hecho es que apenas salidos de casa iniciábamos la Meditación diaria que sólo terminaba con el anuncio de “coloquio” y la bendición de cierre surgidos de la adusta figura del superior “pro tempore”. 

Antes y después de superados los extramuros del poblado camino a La Planta, saludábamos a los esporádicos lugareños que se nos cruzaban por el recorrido; aquello era como un juego de mímica pues debíamos evitar las distracciones y concentrarnos en la meditación al modo de cuarta semana de los Ejercicios Espirituales, hablándole a las flores en los borde del camino, aspirando el aire fresco de la mañana y abismados en la belleza de los pequeños y algunos no tanto, sembrados de cebada en plena lozanía y agitados por el viento.

“Despachado” el asunto de la meditación, el diálogo entre lol caminantes se iba volviendo más animado, mientras se enriquecía con el saludo a los viandantes inesperados; a veces era más personal cuando nos deteníamos unos minutos para formular preguntas “de cajón”: el clima, el trabajo, a dónde se dirigían. 

En algún momento y durante estos intercambios de saludos, sin saber por qué, fui poseído por inesperado “daimon” travieso y juguetón que me indujo a preguntar a las personas que se cruzaban en nuestro camino por la ubicación de la casa de Doña Dulcinea; Dulcinea, a secas. El interpelado, quien fuese, movía su cabeza  de un lado para otro y luego de pensarlo un poco, me decía: “No hermanito, no la conozco”.

La misma pregunta sobre la casa de Doña Dulcinea la escuchó el enruanado de sombrero negro hasta las orejas camino del pueblo sabrá Dios a qué; otra campesina que le cambiaba de lugar a la vaca cautiva que había agotado el pasto a su alrededor, se alistaba para el ordeño, tampoco me supo dar cuenta de la casa de Doña Dulcinea. 

Casi llegando a La Planta, custodiando unas diez ovejas, la dueña hacia girar el huso casero hecho por mano propia donde iba enrollando el hilo de lana producido por su rebaño y quizás destinado a una tibia cobija o ruana a la manera de “la capa del viejo hidalgo” que cantara el poeta pereirano Luis Carlos Gonzáles, una y otra protectoras bienamadas para los fríos memorables en la región.

La señora de cierta edad que haciendo su ovillo de lana, alzó los ojos para mirar a “los padrecitos”, se adelantó al saludo con una calidez, empatía y transparencia que nos dejó por un momento sin palabras; sobrepuestos a la sorpresa, quise responderle con otra mayor y con toda seriedad le pregunté también por la casa de Doña Dulcinea; se quedó pensativa la señora y luego me entregó la misma negativa. 

Con ánimo socarrón le cambié la pregunta a mi ocasional anfitriona y con la intención de ofrecerle una ayuda a manera de consueta de comedia, le dije muy serio: 

– Señora, ¿Pero esta no es pues la vereda de “El Toboso”? 

– ¿El Toboso? (Repitió pensativa y con aire de triunfo me espetó): 

-¡Ah, no padrecito! ¿Doña Dulcínia del Toboso? ¡Eso es puro cuento hermanito! ¡Eso no! 

Mi ilustrada interlocutora se concentró en su hilado y yo partí “como perro regañado en misa” mientras retomaba el camino con el “rabo entre la patas” y el silencio indulgente  de mis compañeros de marcha. 

“Doña Dulcínia del Toboso” es una vergüenza que todavía me remuerde la conciencia después de 70 años.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 29 de septiembre del 2024

8 Comentarios
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8 Comentarios

Hernando+Bernal+A. 30 septiembre, 2024 - 8:08 am

Hermosos recuerdos, como siempre… Saludos

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Vicente Alcalá 30 septiembre, 2024 - 8:31 am

Querido Jaime: “Cova es la vereda de aquí cerca, no es una cueva” Fue la respuesta del Oficial de Turismo en Fátima, cuando le pregunté dónde quedaba la Cueva de Iría. Mi anécdota no tiene el encanto de tu idílica y expectante narración; debe ser porque mi paso por el “juniorado” de Santa Rosa fue más corto y desaplicado que el tuyo. Otra diferencia es que, si para la campesina de la vereda “El Toboso” doña Dulcinea era puro cuento en vez del personaje inolvidable de Cervantes, la historia de la Cova de Iría no es cuento sino un hecho histórico, como se comprueba cada domingo en la Vereda de Márquez, cuando al terminar la misa una familia entrega la imagen de la Virgen peregrina con los tres pastorcitos, a otra familia que la recibe para hospedarla en su casa durante la semana siguiente.

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LUIS GUILLERMO ARANGO LONDOÑO 30 septiembre, 2024 - 9:41 am

Qué gratos recuerdos, Jaime: Tobasía, Cerro del Águila, Cascada de la Virgen…, pero hasta ahí llegó mi memoria, pues no recuerdo lo de La Planta. Años de alegría, disciplina e inocencia…

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Alberto+Betancourt 30 septiembre, 2024 - 9:47 am

Leer tus vivencias conventuales es todo un agasajo espiritual para todos nosotros. Tus remembranzas me produjeron una regresión en el tiempo hasta mis años de noviciado. Abrazos!

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Humberto Sánchez Asseff 30 septiembre, 2024 - 11:40 am

Jaime, muy entretenida tu historia, en la que muestras tu talante de “mamador de gallo”. Como que te salió el tiro por la culata. Ese acto era y es digno de echar la culpa. De modo que: Adelante…

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Jaime López V 30 septiembre, 2024 - 11:48 am

Jaime: no me pierdo una sola sílaba de tus agradables escritos tan llenos de añoranzas. Recuerdo las salidas a las veredas a ‘catequizar’. El hermano Pedro Piedrahíta quedó catequizado, digo, enamorado, por una montañerita con la que se casó tras retirarse de la “Ínclita”. ¡qué tan cierto aquello de ‘recordar es vivir.
Cordial saludo

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Rodolfo R. de Roux 30 septiembre, 2024 - 12:02 pm

Jaime, te has consagrado como eximio cronista de nuestra santarrosuna mocedad. Muchos detalles de aquellos tiempos permanecen vívidos gracias a tu agradable pluma y extraordinaria memoria. Gracias te sean dadas.

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John Arbeláez Ochoa 30 septiembre, 2024 - 5:22 pm

“Y en particular por faltarle a la caridad a una amable campesina que me dejó hecho un Ovillo como era su trabajo diario”
Para ayudarte con la culpa que te señala Humberto…

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