Home Cultura In memoriam: P. Alberto Múnera Duque S.J. (“Taladro”)

In memoriam: P. Alberto Múnera Duque S.J. (“Taladro”)

Por Jaime Escobar Fernandez
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Tan pronto se supo el tránsito del P. Múnera, recibí la llamada de un antiguo alumno de ambos en los ya lejanos tiempos de finales de 1963, en el Colegio San Francisco Javier de Pasto: “Se nos fue Taladro, mi profesor de inglés” me dijo sin mayor preámbulo. “Taladro” fue el apodo que le “colgó” la tradicional, ingenua y a la vez mordaz malicia del estudiantado pastuso de la época.

Pasto sería el punto del nuevo encuentro con el P. Alberto; el primero, fue quizás en el año 1959, cuando él estaba a punto de terminar su etapa de estudios humanísticos, y yo sometido a las “horcas caudinas” de mi precaria habilidad en el manejo del griego que junto con el latín era necesario dominar en “conditio ineludiblis” como señal manifiesta de la vocación a la Compañía de Jesús, según el P. Jaime Rojas Llorente, S.J. 

Por misteriosos designios de la Providencia o de la suerte, el latín y el griego serían después, no solamente mi nutrición intelectual, sino también fuente importante del sustento familiar.

El P. Múnera terminó siendo nuestro profesor de griego antiguo al final de su estancia en Santa Rosa y tanto él como Vasco me ayudaron muchísimo en mis luchas con el Pro Corona de Demóstenes en manos del P. Manuel Briceño, S.J. y el Edipo Rey de Sófocles, a cargo del P. Jaime Rojas Llorente, S.J. de admirado recuerdo para algunos y olvido agradecido para otros. 

Durante la etapa de formación en Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá, y hacia mitad del estudio de las humanidades clásicas, todos debíamos pronunciar durante el almuerzo comunitario un “sermón” en español y otro en latín; el P. Múnera quizás fué el único que también lo hizo en griego antiguo y, si mal no recuerdo, lo haría en su momento Carlos Eduardo Vasco.

Yo apenas emitía el débil destello de luz de estrella fugaz en las noches silenciosas de un cielo dominado por las constelaciones intelectuales  de la época: Guillo Hoyos, Jorge Aurelio Díaz, José Fdo. Ocampo (Josefo), Fabio Vélez, Gilberto Gómez, Ernesto Parra, Alberto Betancur, Hernando Bernal y me perdonarán los que ignore en este conteo. 

Durante alguna tutoría de griego a cargo de Múnera y quizás ante mis torpezas en el manejo del entramado Helénico, me dijo con acento de confidencia: ¿Por qué no se retira? 

Mi siguiente encuentro con Múnera por fortuna, no terminó en desencuentro. Hacia mediado de 1959 y en pleno auge de Radio Sutatenza, nos llevaron de paseo a las instalaciones de la emisora en Belencito. Quedamos extasiados y a la vez entusiasmados ante la posibilidad que nos ofrecieron de “producir” emisiones sobre temas culturales o religiosos, ámbitos en los que, en apariencia, nos movíamos con soltura.

La visita a Radio Sutatenza en Belencito fue algo así como el detonante de sueños, ensayos e intentos de convertirnos en “realizadores” y “apóstoles audiofónicos” henchidos de fervor misionero. 

Encabezó este élan vital del momento el P. Múnera, con el respaldo de varios entusiastas; entre otros, la memoria musical prodigiosa de Oscar Ramírez quien ubicó y seleccionó el tema musical del “cabezote y el remate” de las grabaciones en audio y los temas de las “cortinas” ubicadas de modo estratégico a lo largo de los parlamentos preparados con incipiente rigor en el arte de guiones para emisión radiofónica. 

Todo el sueño de acción en la emergente modalidad de apostolado se hundió con más pena que gloria ante la insalvable barrera de la “frecuencia” de la energía eléctrica  pues la de Santa Rosa funcionaba a 50 ciclos por segundo y la de Belencito a 60; esta diferencia en el “ciclaje” ocasiona que los audios grabados en 50 ciclos suenen en “cámara rápida” al reproducirlos en 60 ciclos y en 50 cps, la voz se escucharía en “cámara lenta”.

He sido curioso toda la vida y ante el inconveniente presentado con las “frecuencias” me puse a “escarbar” en algunos manuales de radioaficionados que encontré en el pequeño cubículo de la azotea donde funcionaba la estación de radio y allí las indicaciones para “salir al aire” con el aparato que armé utilizando partes entresacadas de cajas con sobrantes electrónicos que posiblemente quedaron luego del ensamble de la estación de radio.

Alberto Múnera estuvo pendiente de mis progresos en ese terreno y celebró mucho escuchar la música que yo transmitía desde la azotea del edificio hasta el máximo de alcance que fue la “vaquería”, un poco más arriba de la piscina. El “artilugio” fruto de mi ingenuidad novicia en electrónica fue bautizado por Múnera como “Jimy” y en ese momento me recuperé del amago aquel de “¿Por qué no te sales?”.

Siempre he tenido el pálpito casi en el nivel de convicción de que el “Jimy” aquél fue como “el grano de mostaza” del Evangelio que con el tiempo, llegaría a ser árbol frondoso, abrigo de aves migrantes, hogar de nuevas generaciones de trinos y “multisonoros” cantares a la manera del mar en boca de Homero y que ha devuelto a su “sembrador” tan abundantes frutos que en reciente nota necrológica mereció el reconocimiento de “Hombre de radio”. 

Me reencontré con el P. Múnera a finales del año 1963, cuando llegué al Colegio San Francisco Javier en Pasto. Mi bienvenida y la respectiva presentación al alumnado consistió en un partido de basketball  de profesores vs. alumnos, evento que se realizó en el patio principal, a la entrada del edificio, que funcionaba también como cancha múltiple. El primer piso alrededor del escenario, así como los corredores del segundo, estaban atestados de estudiantes seguidores de uno u otro equipo y el consabido griterío al ritmo de las variaciones del marcador. 

Por supuesto, si no hubiera sido por el P. Múnera la “muenda” que nos hubieran dado los profesores habría quedado en la historia del Javeriano. Me enteré luego que las habilidades basketbolísticas de Múnera, ya observadas en Santa Rosa y Chapinero, le venían de familia pues según contaban, uno de sus hermanos fue jugador profesional en ese deporte.

Perdí contacto con “taladro” durante muchos años, quizá por aquella terrible sentencia de Voltaire sobre los clérigos según la cual ellos “entran sin conocerse, viven sin amarse y mueren sin llorarse”. Yo había ingresado como profesor hora-cátedra del Griego Bíblico en la Facultad de Teología, “por obra y gracia” del P. Pedro Ortiz Valdivieso, S.J. 

Con el apoyo del P. Múnera empecé también a orientar el “Latín de la Vulgata” como llamaban a esa materia. Siempre afirmé y apliqué en la práctica que yo enseñaba latín y griego y no las gramáticas de esos idiomas. Es difícil cambiar paradigmas inveterados. Por allí se empezó a encubar mi salida por la puerta de atrás de esa Facultad.

Fueron tiempos difíciles los que corrieron durante mi paso por Teología a pesar del apoyo indeclinable del Decano, Múnera y del P. Ortiz, profesor de exégesis bíblica. Mi enfoque siempre consistió en dar inicio al estudio con la lectura del texto en voz alta; luego, enderezaba la dicción y el “fraseo” de las oraciones para después  descender a los aspectos gramaticales.

Mi calvario se inició en la Maestría; jesuitas argentinos casi que dominaban el auditorio y ante la negativa de algunos a leer en voz alta el prólogo del Evangelio de S. Mateo, decidí no tenerlos en cuenta para esa etapa de lectura en voz alta. 

El desastre final llegó en el curso de “Latín de la Vulgata”; en el grupo predominaban extranjeros que apenas podían sostener una conversación en español y debían aprender latín. En la última fila se acomodaba, en posición estratégica, el pequeño grupo de estudiantes jesuitas argentinos que en la evaluación me lapidaron sin piedad; algunos de los extranjeros me comentaron que “no se explicaban por qué me hacían la guerra”…

Los fracasos en el Griego Bíblico y el Latín de la Vulgata, incrementaron las muestras de afecto no solamente durante su ejercicio de la Decanatura y la docencia del P. Pedro Ortiz, S.J, antes de su muerte y Múnera durante el tiempo que presidió a mi salida de la docencia universitaria de griego antiguo y latín.

Durante mucho tiempo en el cumpleaños y Navidad de Múnera, le enviaba saludos en griego como muestras no solamente de colegaje sino de aprecio indeclinable por el apoyo que me brindó durante mis primeros pasos en griego antiguo; para sorpresa mía, siempre los contestó en español, realidad que entendía con dificultad pero siempre tuve clara la cercanía en la distancia de “Taladro”.

Jaime Escobar

Diciembre, 2025

4 Comentarios
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4 Comentarios

Vicente Alcalá 11 diciembre, 2025 - 5:51 am

Jaime, una cosa es vivir sin amarse, y otra es vivir sin saber expresarse el amor.

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Alberto Echeverri 11 diciembre, 2025 - 9:43 am

Jaime, magnifico texto. Es DELICIOSO leerte, asi la cocina italiana hace poco haya alcanzado el primer puesto entre los patrimonios Unesco. Gracias al purgatorio que viviò contigo Jaime Rojas tienes con èl la obligaciòn pòstuma de seguir escribiendo pues no lo haces con frecuencia. Con la mesura tìpica jesuìtica de nurestros tiempos màs de uno te demostrò su estima y afecto a pesar de los pesares. El buen Taladro fue maestro en muchas cosas. Y gracias a los manejos elèctricos y electrònicos tuyos pudimos disfrutar muchas otras. Seguirè tus sabios consejos linguìsticos ahora que doy clases de espagnol (no tengo la tal letrica). Un abrazo entre tanto y saluda desde el invierno tus matas de cafè.

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John Arbeláez Ochoa 12 diciembre, 2025 - 11:10 am

Jaime, bellos y medio accidentados recuerdos a, tu paso por la Ínclita, rememorando a tantos compañeros que siempre llevamos en el corazón pues nos acompañaron en una etapa de nuestras vidas plena de acontecimientos felices como verdaderos hermanos. Maravilloso tu relato . Quedas nombrado como relator de las historias de la Diáspora y quedamos a la espera de muchas más.

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JUAN L GOMEZ C 16 diciembre, 2025 - 11:52 am

Jaime, es un placer leerte y recordar lo que me corresponda de tus recuerdos. Para 1967 el discurso anual en el comedor era solo en latín, si no estoy mal.

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