“Cuando un amigo se va
queda un espacio vacío
que no lo puede llenar
la llegada de otro amigo”
¡Se me fue “Luingui” el querido, respetado y entrañable amigo Luis Guillermo Arango Londoño! El corazón me quedó arrugado por la noticia inesperada de su partida y el abandono en que deja a sus familiares, amigos y conocidos. Toda transformación impacta, pero mucho más cuando le llega a personas que nos fueron afectas por muchos años y múltiples motivos como ésta que inspira mi conmovido “In Memoriam”.
Mi relación de aprecio hacia “Luingui” empezó muy tarde, a pesar de la convivencia más o menos cercana durante los años de formación y luego de larga pausa no en el afecto sino en la cercanía muy al final de su existencia; relación que mantuvimos mediante esporádicas conversaciones telefónicas y cruce de mensajes por correo. Pocos meses atrás habíamos pactado el reencuentro que debería haber tenido lugar en el próximo mes de octubre durante la breve estadía que tenía prevista para ese entonces en Medellín.
Mi vinculación más estrecha y tal vez el comienzo de la larga amistad silenciosa quizás tenga su origen durante los estudios de filosofía en Chapinero. Cursaba yo mi primer año de filosofía cuando Camilo Moncada me invitó a formar parte con Luis Guillermo y Jorge Julio Mejía del grupo que llamó Coetus oratoriae, pomposo nombre para resucitar aquellas tardes dominicales de “tonos” durante los años de noviciado.
El Coetus oratoriae se reunía todos los martes a la hora de la “siesta”, en la sala de juegos de la azotea de Chapinero, además de otros espacios y allí, por turnos, exponíamos ante los ojos escrutadores de los coetistas y durante media hora, el tema que con anterioridad establecía Camilo.
El asunto propuesto implicaba dos condiciones “horribles”: debería ser desarrollado con originalidad y en estricto cumplimiento de los 30 minutos asignados a la exposición; en caso de fallar en el intento de cumplir dichas restricciones, la “víctima” debería arriesgar el segundo intento ocho días después. Varias veces tuvimos que pasar bajo esas “horcas caudinas” antes de recibir el placet ansiado.
Camilo Moncada partió a su etapa de magisterio y quedamos de “tres mosqueteros” Jorge Julio, Luis Guillermo y yo; nos constituimos en garantes de la permanencia de la iniciativa “Moncadiana” pues con puntualidad envidiable mantuvimos fidelidad hasta el momento en que apenas quedábamos J.J. y yo por la etapa de magisterio que empezaba Luis Guillermo y en nuestras manos murió la iniciativa de Camilo Moncada.
Quizás Rodolfo De Roux en una de sus entrevistas de Ultratumba, nos haga el favor de entrevistar a Camilo Moncada para escuchar de primera mano cuál era el objetivo de su Coetus oratoriae; por mi parte, tengo mis sospechas sobre el tema y creo que pudiera ser hipótesis plausible.
Durante los primeros años de la década de los 60, vivimos la “bonanza” de las “Misiones Populares” en Centro y Suramérica. Buscaban nuestros “misioneros ambulantes” que así se les llamaba, “presionar” la conversión de los pecadores con el desarrollo de este modelo elemental: 1. Énfasis en las “Postrimerías del hombre” -muerte, juicio, infierno y gloria- y 2. Enmarcados en oratorias de corte ciceroniano; esto es, hiperbólica, metafórica, ardiente y con destino a desbocar la sensibilidad de los oyentes.
La palma del apostolado de la conversión para librarse de la condena eterna la enarbolaba con incontrastable liderazgo el P. Enrique Huelin, S.J. malagueño (1913-2008) que al menos en la Medellín de mitad del siglo pasado abrió surcos profundos y removió las conciencias en una ciudad todavía de rosario en familia y comunión diaria.
El accionar como “orador sagrado” del P. Huelin, S.J. retomaba y ampliaba el sendero trazado por dos ilustres y recordados misioneros populares de la década del 50 encabezados por los P. Gabriel Ospina, S.J. -El Machazo Ospina- y el P. José Luis Correa -El Religioso Correa- y eso sin tener en cuenta para el tema “oratorio” del que hacía gala el P. Francisco Javier Mejía, S.J. y su trabajo con movimientos sindicales.
Reflexionando ahora sobre los vagos recuerdos de aquellas épocas ya remotas del Coetus oratoriae, y las intervenciones de Luis Guillermo entonces me parece advertir que ya se vislumbraba esa inquietud por explorar su interior, identificar sus sentimientos y encontrarle su confeso sentido “energético” que marcaba la reflexión en la madurez de su periplo vital.
La experiencia de “perder” la compañía y la amistad de viejos amigos queda bien definida, en mi caso, por la maestría poética de Alberto Cortez en su composición poético musical: “cuando un amigo se va / queda un espacio vacío / que no lo puede llenar / la llegada de otro amigo”.”
Jaime Escobar Fernández
Agosto, 2025


2 Comentarios
Jaime: Hermosos recuerdos y sentido homenaje al hermano que se nos fué, y que como tu dices “no tiene remplazo”. Complementado además con la memoria de otros tres personajes: JJ. Mejía, Camilo Moncada y tu propia presencia, más la alusión a otros mayores ,de enorme relevancia. Gracias y saludos. Hernando
Muy sentida tu remembranza de Luis Guillermo que me llega muy profundo pues me identifico contigo en los sentimientos desde Chapinero cuando era teólogo y yo andaba en Filosofía. Cada uno, armaba el equipo de fútbol de cada “clase” para ir a a jugar en Tibaitatá cualquier sábado. Ya en Medellín, los últimos años teníamos un muy frecuente intercambio de opiniones sobre la energía vital de la materia, como lo anotas al final, aparte de que invariablemente nos encontrábamos en las misas de requiem en la casa Pedro Arrupe. Extraordinaria persona y amigo. R I P