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Jaime Escobar Fernandez

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Continuando con las “cartas al padre”, Jaime Escobar nos hace llegar este poema escrito por Rafael Ortiz González, padre de Jaime Ortiz, su amigo, quien se lo envió a Jaime ante la muerte de su padre, con esta sencillas dedicatoria: “Para Jaime Escobar, un gran señor del alma, en estos momentos tormentosos”. Varias generaciones unidas por el valor de la palabra…

De mi padre recuerdo
todo cuanto soy yo
en el tiempo.

Sobre todo ahora
cuando más me le parezco
en el modo de sentir y de decir las cosas,
en la acción de las manos,
en la línea del alma
y en el perfil del gesto.

A veces me parece
que mi padre no ha muerto
y que soy apenas una prolongación humana
de su rostro,
de sus acciones y de sus pensamientos.

Mejor dicho,
yo no recuerdo a mi padre
porque en toda mi vida está presente,
en el espejo ardiente de mi sangre
y en el espacio claro de la frente. 

(...)  Lo siento que camina por mi sangre,
como el río que en el mar halla su centro
y que mis brazos y mis pies son gajos
desprendidos del árbol de su cuerpo,
de las mismas raíces de su cepa,
de la más alta rama de su sueño.

A veces siento
que mi padre y que yo somos lo mismo
y que él está en mí perfectamente vivo
y que yo estoy en él perfectamente muerto
pero vivimos y morimos juntos
mientras siga él muriendo y yo viviendo.

(...) Yo a mi padre lo siento y lo presiento
más cerca a mis arterias y más próximo,
como si cada día que avanzo hacia la muerte
él viniera más joven a mi encuentro
y yo fuera hacia él mucho más viejo.

Porque él está dormido en el espacio
sin vejez, sin temor, sin sufrimiento,
en el jardín de los marfiles blancos
y de flores de nieve y rosas de ébano,
y yo estoy en la tierra de la muerte
fumando el humo de mi breve tiempo,
apretando los días entre mis manos,
contando los instantes en mis dedos.

Pero él sigue en mi sangre y en mi vida
reproduciendo todos los ancestros,
gobernando mis pasos, viajando entre mis venas,
y viviendo la forma de mis sueños!

Mi padre está conmigo en todas partes,
y en verdad, él y yo somos un mismo
y un solo corazón y una sola alma,
la misma piel y el mismo rostro humano.

El está en el paisaje de mi infancia
como el árbol más fuerte 
y más alto nacido en la montaña.
Siempre a caballo sobre el campo abierto
como el noble señor de la comarca
cuya voz aún resuena en mis oídos
y la siento nacida en mi palabra
porque a medida que envejezco, escucho
que su voz se renueva en mi garganta.
El verbo es el espíritu y hoy creo
que su fuerte palabra es mi palabra.
Por ello, cuando hablo, yo percibo
que es su voz la que viene de mi infancia.

(...) De pronto un día sentí que mi voz no era
sino su propia voz en la distancia
y que estaba llamándome al oído
con su voz más cercana:
era su propia voz y no la mía
y yo sentía
que con mi voz exacta
mi padre me llamaba.

Desde entonces yo oí el milagro de la sangre
que hacen del hijo y padre la misma voz humana
y desde entonces supe que nuestra voz es todo,
y que el alma del hombre es la palabra
y que la palabra es su propia alma!
Desde ahora yo sé que cuando hablo
es la voz de mi padre la que habla,
al través de la sangre, como el eco
de un grito
que del oído vuelve a la garganta.

Por eso cuando hablo, yo percibo
que es mi padre en mi voz el que me llama!
Y por eso también cuando lo llamo
yo siento que, en mi voz, él me responde
y nuestras voces son como campanas.
Es su voz varonil, de árbol sonoro,
voz de río, de torrente, voz de hombre.
Cuando habla me oigo en la distancia
y cuando hablo, él me llama por mi nombre!

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Micro opereta bufa en un mini-acto

Autor y compositor: H. Guido Arteaga Sarasti, S.J.

Coro: Primera voz    (Junior)

 Segunda voz   (Junior)

 Tercera voz    (Junior)

 Cuarta voz      (Junior)

Ambientación:  Campo abierto en trance de merienda lauta en 

la quiete del Monumento a S. José

Mini Acto I y único

(Pasan al frente los coristas y a “sus espaldas”, -“hasta ahora me doy cuenta”-, compositor, músico y director de escena Guido Arteaga a cuya señal los “coristas” simulan estornudos estrepitosos, grotescos y desaforados, mientras suena la música acompañante en el acordeón).

(Voces 1a y 2a, saliendo del grupo)  ¡AAAAAchís¡  ¡Achiiiis!

¡AAAmmm¡  ¡Achisssss!

(Voces 3a y 4a, con mayor fuerza)      ¡AAAAAA! ¡Chis!

¡Achís! ¡Achis! ¡Achis!

(Las cuatro voces, al unísono, entonan la mini aria “Tengo Gripa Asiática) ¡Tengo Gripa Asiática! (bis)

(El acorde final reproduce el “cierre” de los motetes de Domingo de Pasión a la manera de Palestrina o Tomás Luis de Victoria)

¡Me voy a acostar ya! (Fin)

Así se gestó la opereta bufa “la gripa asiática”.

Finalizaba el año 1958, cuando uno tras otro fuimos cayendo a la cama afectados por un malestar generalizado de escalofrío, fiebre alta, dolor en los huesos, decaimiento, tos persistente, congestión nasal que volvía dificultoso respirar, estornudo tras estornudo. ¿Qué pasaba? ¡Eramos víctimas criollas de “La Gripa Asiática, la peste del momento”!

“La Peste China” o “Gripa Asiática”, tuvo por cuna y parecidas dimensiones, la misma región que vio nacer al Covid-19 y con características similares: rápida propagación, desconocimiento del cuerpo médico sobre cómo tratarla, estupor e incertidumbre de las autoridades y número significativo de muertes, aunque en menor cantidad que las del Covid-19.

Cuentan Elena Soriano Cerrillo y los otros seis investigadores en el paper “Enfermería en la Historia de las Pandemias” (2023) que “Avanzada la década de 1957, en plena Guerra Fría y todavía en la mente la Guerra de Corea,emergió en el panorama mundial un nuevo virus de la influenza A (H2N2) procedente de Asia.”

Nos llegó la gripa asiática

¿Cómo llegó a nuestra casa la “Gripa Asiática”? ¿Cómo venció esta “pérfida dama” la férrea clausura monacal? Quién la invitó sin permiso previo del Superior Inmediato prescrito en las Costumbres del Noviciado? ¿Obra y gracia del P. Daniel Sicard, S.J. espiritual entonces y fuente de conmovedores relatos de su cautiverio en prisiones chinas? 

Sería injusto atribuirle toda la carga de responsabilidad al buen P. Sicard, santo varón cuyas vivencias personales contadas y recontadas sin descanso como sucedió con “la vida cotidiana” del Jesús adulto y que dieran origen a los Evangelios, fueron el rescoldo que prendió la llama de vocaciones de Jesuitas colombianos a la China y que pararon en Taiwan cuando todavía se llamaba “Formosa”; no alcanzó tal gloria nuestro emblemático provincial Emilio Arango a quien la negativa de “ir a misiones” le arrancó esa mini-elegía que empieza: “Lloro al decirte adiós, férvido anhelo”.

Gripa asiática: sorpresa inmanejable.

Los primeros que no sabían cómo enfrentar la Gripa Asiática fueron los médicos y entre ellos, nuestros compañeros galenos Eduardo Gámez y Carlos Lacouture. Los investigadores Soriano y colegas creen que la sorpresa se debió en gran parte a que “en 1957, la Unión Soviética lanzó el Sputnik 1 y más tarde el Sptunik 2 con la perra Laika a bordo. En China, se impone la industrialización masiva y la destrucción de la propiedad privada, así como la militarización y la residencia en comunas”. Las mayores preocupaciones surgían en los campos científico, carrera espacial, política, guerra fría y las siempre preocupantes consecuencias en la economía mundial.

El H. Gabriel Duque entra en escena

No recuerdo la presencia de médico alguno ni del hospital local, ni de Bogotá, donde el Dr. Luque era el insustituible médico de cabecera de los Nuestros; para qué si teníamos en casa dos muy bien preparados galenos javerianos, compañeros muy queridos: Eduardo Gámez del Valle y Carlos Lacouture Zúñiga quienes apenas podían controlar temperaturas, dolores de garganta, pulmones saturados y ritmos cardíacos despistados; ellos tampoco se imaginaron semejante situación y andaban tan a oscuras como sus demás colegas en el resto del mundo.

Ante la impotencia de la medicina tradicional, entró en escena la farmacopea popular de manos de nuestro enfermero de comunidad, el H. Gabriel Duque S.J., religioso al que todos profesamos inmenso cariño y respeto por ser polifacético, de enorme ingenio, artista natural, excelente cocinero, de humor siempre vivo, odontólogo empírico y servicial como ninguno; era la encarnación perfecta del moderno “Ombudsman”.

Agua de panela caliente a punto de hervor y saturada con jugo de limón, antesala también de sudoraciones impresionantes; aspiración de motas de algodón empapadas en aceite de eucalipto que lo sentíamos penetrar hasta el último alvéolo pulmonar; gargarismos de agua de caléndula; agua fresca, la que nos cupiera y “mucho amor” que recomiendan en la publicidad de “Aliños El Rey”. 

En calidad de “cortesía de la casa”, nos concedieron permiso para bañarse en las duchas de agua caliente, herencia con acceso restringido y legadas por los Tercerones que se fueron y nos dejaron recitando con Bécquer aquel “¿Volverán las oscuras golondrinas / en tu balcón sus nidos a colgar”?

“No hay mal que por bien no venga”

La necesidad de permanecer en cama al abrigo de los fríos mañaneros; dormitar un poco más y poder realizar la oración de la mañana al más genuino espíritu Ignaciano: “supino rostro arriba”, era distribución inesperada; comidas “a la habitación” y visitas permanentes de superiores y enfermeros en propiedad o improvisados, creaban el ambiente mágico que jamás olvidaríamos por lo menos, algunas de las víctimas de aquella genuina “endemia” en el sentido pleno de la expresión.

Sonaba la campana de levantada y al despertar, yo empezaba a sentir el regusto pecaminoso que me proporcionaba aquella tibieza conservada en las cobijas, fieles protectoras de gélidas mañanas Santarrosanas. A medio camino entre adormecido y despierto, empezaba la lucha perdida entre ataques de micro-sueños y el esfuerzo para meditar el tema preparado a medias la víspera con los estremecimientos previos a la elevación de la temperatura hasta niveles preocupantes. 

A la manera de los cuadros famosos sobre la ceremonia del “Viático”, entre ellos la acuarela de 24.5 x 32 cms obra de Ramón Torres Méndez (1840), recibíamos el Santo Viático. Desde mi “lecho de enfermo” empezaba a escuchar cada vez más cerca el toque de campanilla que anunciaba el arribo de alguno de los sacerdotes que de camarilla en camarilla y dormitorio por dormitorio, acudían a repartir la Comunión a los enfermos. Quienes todavía no se habían contagiado, precedían al sacerdote cirio ardiendo en mano e insistente retintintín de campanilla. 

No puedo afirmar lo mismo de mis compañeros, pero en cuanto a mí respecta, bendije aquellos malestares por los muchos “beneficios” que me trajeron: levantada tarde, desayuno, almuerzo y comida a la cama, “distribución de enfermo” libre de toda culpa y pecado y… opereta incluida. Confieso también que sentí un poco de nostalgia cuando regresé a la “vida común”, “por lo cual y por orden de la Santa Obediencia, digo mi culpa”.

Jaime Escobar Fernandez

Abril, 2023

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Preámbulo

Tres personajes tejen este relato: Edgardo Carvajalino (q.e.p.d.), un alacrán (q.e.p.d.) y Guido Arteaga Sarasti (q.e.p.d). El sainete tiene por escenario la finca de San Claver, municipio de Santandercito, clima cálido, húmedo por sus cercanías al Río Bogotá. Suelo  pedregoso. Es tiempo de vacaciones mayores de los teólogos, a comienzos del mes de enero, año 1961 o 1962.

Composición de lugar.

Recrear en la mente el predio de San Claver, sus naranjales, plataneras, los ecos del río Bogotá que fluye por sus contornos, el terreno pedregoso del lugar, el aire húmedo, la ocasional neblina, la vieja casona de dos pisos en madera, con sus corredores; los teólogos “quiermeditando, quier contemplando el paisaje, quier leyendo,quier jugando dominó, quier practicando algún deporte.

Ver emergiendo, muy temprano, la figura de Edgardo Carvajalino armado con la red de captura de mariposas y con un frasco de vidrio en cuyo fondo coloca algodón empapado en tetracloruro de carbono para darle muerte digna a los bichos atrapados en sus diarios recorridos:insectos de todo tipo, avispas, mariposas y cualquier otra presa desprevenida.

Precaución al espontáneo lector.

Como persona que da a otro modo y orden para recordar o gozar, narro fielmente la historia de la tal contemplación, [sainete o relato], discurriendo solamente por los punctos con breve o sumaria declaración; porque la persona que contempla, tomando el fundamento verdadero de la historia, discurriendo y raciocinando por sí mismo y hallando alguna cosa que haga un poco más declarar sentir la historia”, pueda regresar al pasado, revivir el goce del momento y dar “gracias a la vida que le ha dado tanto”.

Entomólogo en ciernes.

Carvajalino demostró con el tiempo, que su campo no era ni la teología ni el altar, ni el confesionario ni “la opción por los pobres”. De modo irrefutable quedó patente a los ojos de todos que su vocación era la entomología, rama de la biología, su especialidad luego de abandonar la Compañía. 

La habitación de Edgardo no se distinguía por los ejemplares de la Summa Theologica, sino por la suma de sus capturas en campo abierto, debidamente clasificadas y adheridas con alfileres, a una pieza cuadrada de icopor para cada especie y debajo, en tinta china, con pulcra y diminuta caligrafía, el nombre científico de ejemplar por ejemplar. Ingresar al cuarto de Carvajalino era como asomarse al museo de historia natural o al museo de ciencias, como se llamaban esos lugares en nuestros colegios de antes. 

¡Un alacrán!

A la manera de Marroquín y su inolvidable “Perrilla”, Carvajalino “salió al campo de mañana / un experto cazador, / el más hábil y mejor / alumno que tuvo Diana”. Durante el día, algunos bichos se ocultan entre piedras y rastrojos; por ello, es necesario remover hojarascas, hierbas y por supuesto, piedras. 

En su “safari” habitual, Edgardo removió algunas piedras y salió a luz el inesperado trofeo: un alacrán que, quizás paralizado por lo inesperado de la visita, quedó inmóvil a la espera del desarrollo de los acontecimientos. Entonces, tal como Pombo en sus versos del gato y el ratón, “pronto, pronto, como hombre listo / que nadie pesca de desprovistopúsole” el frasco para que ingresara el alacrán a la cámara de gas.

Como quien regresa de cacería con los despojos de sus víctimas, nuestro biólogo trajo exánime al alacrán, en compañía de uno o dos “finados” más, pues la emoción del hallazgo, al parecer, le cortó toda ilusión de continuar su búsqueda. 

Revuelo en casa por la presencia del ya inofensivo alacrán. Entre los curiosos amontonados en torno al catafalco vítreo, se oyen voces de admiración, estupor, curiosidad y hasta precauciones “a tomar” en el predio de San Claver, pues si apareció un alacrán hoy, nadie garantiza que mañana no aniden otros por ahí y le hagan pasar un mal rato a cualquier desprevenido que le dé por mover piedras con algún fin piadoso o mundano. 

Guido Arteaga entra en acción.

Entre los observadores del alacrán estaba Guido Arteaga de quien Hernando Bernal afirma que la música le era connatural; le fluía hasta por los poros. De temperamento festivo y travieso, Arteaga dio origen a incontables historias que circulaban de boca en boca -a falta de redes sociales- algunas de sus “travesuras” fueron verdaderas y otras imaginadas, pero ajustadas a la confesión del mítico Odiseo: “Soy Ulises Laertiada, tan conocido de los hombres por mis astucias de toda clase; y mi gloria llega hasta el cielo”.

Mucha música surgió del talento artístico de Guido:religiosas como aquel himno al Santísimo “Oh Señor, del Sagrario me miras / vedme aquí a tus plantas postrado”; el Himno del Juniorado con letra de Alberto Múnera; el Himno de la Apostólica de San Alonso, letra y música, “Apostólicos en marcha / San Alonso nos anima; / adelante que en la cima, / nos espera el ideal”; burlescas como aquella de “La gripa Asiática”; “El Lago del P. Emilio”; “El torete Cecilio”. Antes de partir “al destierro” compuso casi una elegía que hizo derramar más de una lágrima a sus numerosas amigas: “Yo ya me iré / nunca más volveré / y en la playa lejana / tu nombre escribiré”.

Al calor de las emociones suscitadas por el alacrán de Edgardo, no tardó Guido en hacernos cantar con enorme regocijo y un poco a la manera de carranga que años después inmortalizaría ese vate criollo que es Jorge Velosa. 

El alacrán

Letra: Guido Arteaga Sarasti. Música: a medio camino entre porro y carranga.

Coro:

El alacrán, cran, cran.

El alacrán, cran, cran.

¡Ay! te va a picar.

¡Ay! te va a picar.

Estrofa:

Mata el alacrán abuelita,

Mátalo con una escopeta

y si no te salen las balas,

¡Mátalo con una chancleta!

Coloquio.

Voy recorriendo por los cinco sentidos mis emociones del momento, de la mano de Violeta Parra: “Gracias a la vida que me ha dado tanto; / me ha dado la risa y me ha dado el llanto; / los dos materiales que forman mi canto / y el canto de ustedes que es mi mismo canto / y el canto de todos que es mi propio canto. / Gracias a la vida que me ha dado tanto”

Jaime Escobar

Marzo,

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(Testimonio de primera mano)

Composición de lugar

“La Quinta de los Padres” o “Colegio Noviciado del Sagrado Corazón”, casa de la primera formación de los jesuitas en Colombia, en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, Colombia.

Corría el año de 1956, quizás 1957. El P. Emilio Arango Arango, S.J. Provincial en ese entonces, solía visitar con frecuencia la casa de formación por gajes del oficio o por un poco de descanso en medio del duro trajín de dirigir en ese entonces a una muy populosa comunidad de jesuitas. El P. Emilio sería protagonista de aquello que podríamos llamar “El lago del P. Emilio”.

Nota previa 

La extracción de material arcilloso para producir ladrillos destinados a levantar la Casa de Formación de la Compañía, dejó enorme hueco al comienzo de la ladera, en la pequeña montaña detrás de la edificación; había pues, profundidad y espacio suficiente para imaginar un pequeño lago donde se bañaran la luna y las estrellas de un cielo limpio y luminoso a campo abierto..

¿De quién fue la iniciativa? ¿Del P. Arango, el Provincial? ¿De los novicios? Me parece recordar que fue Jorge Augusto Salazar uno de los entusiastas; no importa pero lo cierto es que nos dedicamos con pasión los novicios de ese entonces, a dar forma al sueño del pequeño lago a los pies de la colina donde nacía “El cerro del Aguila”, pocas cuadras atrás del enorme edificio y relativamente cerca del “chircal” o fábrica de adobes de arcilla.

Se empezó el trabajo con todo el entusiasmo del caso, sacrificando los cortos descansos entre semana y cualquier espacio disponible para remover tierra, transportarla hasta la “boca” de aquello que sería “el lecho” del lago y elevar allí un muro de contención o “tambre” según el lenguaje local. Poco acostumbrados los “obreros-novicios”, en ambos sentidos y más acostumbrados a las faenas espirituales que a trabajos pesados como la extracción y el movimiento de tierra en carretillas, actividad que produjo además de ampollas en las manos, dolores musculares y fatigas, generó cierto “desmayo” en el entusiasmo original.

El P. Arango, en sus visitas regulares, verificaba el avance de los trabajos y daba aliento a los ánimos decaídos con un lema rayano en “bullying”: “¡Juventud de mantequilla!” Alguna vez, él mismo puso manos a la obra por un rato y pudo constatar por experiencia propia, la causa del lento avance de las obras. La disculpa de los Novicios no se hizo esperar: “trabajo demasiado duro”; a medio camino entre ironía y motivación todos recibimos el remoquete ominoso de “juventud de mantequilla” que dio origen a melodía familiar que cantábamos con cierto “regusto”.

La ironía picante del P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J., no tardó en inspirarle una “trova” a la que el Hermano Guido Arteaga Sarasti, le puso música con “aire de vals”. Así que en una “merienda afuera”, en honor de tan ilustre visitante, como lo era el Provincial, todos cantamos en alegre desquite: 

El Padre Emilio

tiene el halago

Al pie del monte

de hacer un lago;

la cosa es fácil

y muy sencilla

si algún buldozer

mueve la arcilla.

Coro:

¡Viva el Provincial! ¡Viva!

¡Que viva el Rector! ¡Viva!

Y esta juventud de mantequilla 

(se repite el coro).

“Que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son”

Por allá en los lejanos años de 1635 Don Pedro Calderón de la Barca escribía:

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Poco más de 320 años después, soñamos con un lago sin saber de dónde vendría el agua que lo mantuviera en su nivel óptimo y que lo renovara permanentemente; el “frenesí” de aquella “ilusión”, “sombra”, “ficción”, nos llenó de fervor, pero no de sentido común que al decir de los mayores “es el menos común de los sentidos”. El “llenado” de aquel primitivo “embalse” quedó a merced de las lluvias que fueron elevando su nivel “sin prisa pero sin pausa”. Sentíamos gozo indescriptible cada vez que verificábamos la profundidad que se iba alcanzando.

Las consecuencias que no vislumbramos

Un mes de octubre, si mal no recuerdo, el mes históricamente más lluvioso del año, por obra de diluvial aguacero, el agua superó la altura del tambre y aquello fue Troya. De madrugada a muchos nos despertó estruendo inusitado pero pronto, quienes lo escuchamos, nos dimos vuelta en la cama y volvimos a conciliar el sueño hasta que las primeras luces del día nos dejaron ver la magnitud de aquel desastre: se desbordó “el lago” y un raudal de tierra, piedra y lodo bajó llevándose por delante todo cuanto encontró a su paso y llegó hasta las goteras mismas del pueblo. 

Por fortuna, la avalancha dio un rodeo y Santa Rosa se salvó, mientras nosotros dábamos gracias al Altísimo porque nos “libró de todo mal”. Nunca supimos si hubo reclamos de las autoridades municipales y si los hubo, tampoco supimos cómo se disculparon “los superiores”.

Jaime Escobar Fernández

Marzo, 2023

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CARLOS EDUARDO VASCO URIBE [1927-2022]

¡“Dios mío, qué solos se quedan los muertos”!

La noticia no podía ser más desalentadora. La recibí por mediación de Bernardo Nieto, a quien le llegó este mensaje: “Carlos Eduardo está muy enfermo y prácticamente incapaz de vivir sin ayuda. Una septicemia generalizada le acusó el deterioro de todos sus órganos”. Consulté al Dr. Google ‒a falta de un médico amigo‒ en qué consistía la septicemia y me llevó a un informe de la Clínica Mayo en Estados Unidos. Al terminar de leerlo, quedé a la espera de la noticia que finalmente llegó anoche mismo: “Carlos Eduardo está ya en manos de Dios”.

A muchos afectará la muerte de Vasco, pero en especial a mí, por cuanto mi primer contacto con él fue en casa de su papá, el Dr. Eduardo Vasco Gutiérrez, a donde me llevaron por mis precarias condiciones de salud en 1950, año en el Carlos Eduardo entraría al colegio de San Ignacio de Medellín, dos años antes de que yo hiciera el mismo camino: “quinto elemental”.

Fui a parar a cuidados del Dr. Eduardo Vasco, primer psiquiatra infantil que hubo en Medellín, discípulo de Eugene Claparède, admirador de Ovide Decroly, y que conoció a Jean Piaget en Ginebra, cuando era codirector del Instituto Rousseau, según entrevista de Carlos Eduardo a la Revista Colombiana de Educación de junio-diciembre de 2011. 

¿Cómo fui a quedar a su cuidado? Mi abuelo paterno era oriundo de Titiribí, Antioquia, cuna también del Dr. Eduardo, el científico. Era tan riguroso hasta el extremo, que obligó a mi papá y a mi mamá, que vivían en una finca a medio día de camino de Medellín, a ir a la consulta: primero mi papá, sin mi mamá; luego ella, sin mi papá y, al final, los tres.  

Al día siguiente, a las 6.00 a.m. debí asistir al consultorio y así por varias semanas. Allí, en pequeño cubículo adyacente al lugar de la entrevista, me acostaban en una especie de camilla y, a la luz de una lámpara, debía permanecer en ropa interior algo así como una media hora, que se me hacía eterna. 

Superado el paso por esta “soleada artificial” pasaba a otro pequeño salón con juegos de distinto tipo ‒que los años corridos me impiden identificar‒, a excepción de una tabla adosada a la pared con orificios alternos a derecha e izquierda por la que debía ascender valiéndome de un par de maderos redondos en cada mano para introducirlos uno a uno en los orificios hasta alcanzar la parte superior del tablón. 

Después de esta “gimnasia mañanera” en más de una ocasión me invitó a la mesa familiar a tomar el desayuno y muchas veces, una vez concluido, me hacía subir al carro familiar junto con los demás hermanos para llevarlos a sus respectivos colegios; Carlos Eduardo y yo a San Ignacio. Este fue mi primer contacto vital y emocional con quien después compartiría circunstancias muy especiales en la Compañía y fuera de ella.

Carlos Eduardo iba dos años más adelante en San Ignacio: él empezando segundo  bachillerato y yo en quinto de primaria. Durante los años en ese colegio cada vez que había “Premiación”, como resultado de exámenes trimestrales y finales ‒de uso en esos años‒, el anuncio siempre era el mismo: “Excelencia, señor CARLOS EDUARDO VASCO URIBE”. Corría la fama de que Vasco siempre estudiaba los libros de texto escolar del año siguiente: en primero de bachillerato, los de segundo, y así sucesivamente. ¿Qué estudiaría en el sexto y último año de bachillerato en ese entonces?

Volví a coincidir con Vasco en 1954, en el Noviciado en Santa Rosa de Viterbo. Compartimos durante dos años no solo la misma formación espiritual, sino la circunstancia especial de podernos “apartar de la vida común”, previa “bendición” del Maestro de Novicios. el P. Cándido Gaviña, S.J. La capilla en ese tiempo estaba muy adelantada, pero todavía en construcción, y a los dos nos encargó el padre Maestro de Novicios que hiciéramos el alambrado eléctrico para la capilla en construcción. Pasamos muchas tardes juntos, metiendo y tirando cables, instalando interruptores y tomacorrientes.

En el juniorado, a él lo encargaron de operar la estación de radioaficionados ubicada en la esquina suroccidental de la azotea. Me enseñó a operarla y eventualmente lo remplacé. También existía en Santa Rosa una estación meteorológica para registrar temperaturas, vientos y precipitación; lo sucedí en esa tarea. En el juniorado empezó a estudiar alemán por su cuenta y me ayudó muchas veces a superar mis dificultades con el griego.

Estábamos en filosofía y no sé si él o quizás el P. Vladimiro Escobar, S.J., a cargo del curso de física, fue invitado el profesor Carlo Federici a darnos un “conversatorio” ‒como se diría hoy‒ y la demostración respectiva del método Cuisenaire para la enseñanza de la matemática. Creo que en ese evento nació no solo la admiración de Federici por el talento de Carlos Eduardo, sino de este por quien llegaría a ser su mentor y puente para los cargos que después ocupó Carlos Eduardo, sobre todo en la Universidad Nacional, una vez regresado de sus estudios en Estados Unidos.

Según el portal https://www.bloghoptoys.es/ el método Cuisenaire fue creado por el maestro Georges Cuisenaire en los años 50. Su principal objetivo se centra en trabajar las cantidades y enseñar a calcular con la ayuda de regletas de distintos colores y tamaños, que van del 1 al 10. Gracias a este material matemático, los niños pueden aprender la descomposición de los números e iniciarse en el cálculo, todo ello mediante la estimulación de la memoria visual, táctil y auditiva que proporciona la manipulación de las regletas de Cuisenaire.

A partir de 1960 nos distanciamos en razón a que yo debía hacer el año de ciencias para terminar el bachillerato y Vasco empezaba sus estudios de filosofía, terminados los cuales fue destinado al colegio San José en Barranquilla para hacer su magisterio y remplazar a Fabio Vélez Uribe en las clases de física y matemáticas. Cuando terminó su magisterio, el provincial de ese entonces ‒que estaba aplicándome el método actual del “despido silencioso” del trabajo‒, me envió de Pasto a Barranquilla a remplazarlo y si no fuera por el especial auxilio del Espíritu Santo aquello hubiera sido no solo el fracaso de mi docencia en física, remplazando a semejante talento, sino mi abandono prematuro de la Compañía; pero salí adelante sin quejas visibles de aquellos estudiantes acostumbrados a la sabiduría de Fabio Vélez y de Carlos Vasco.

Durante los años de filosofía y en mi cumpleaños, me envió varios escritos que conservo con especial afecto, no solo por los sentimientos que en ellos expresó, sino también por los “artificios poéticos” en sus versos a mí dedicados. Si logro rescatarlos espero compartirlos más adelante. 

Por esa misma época de filosofía estudiaba el hermano Brito, S.J. ‒no recuerdo el nombre‒, paraguayo, con buena voz y muy hábil intérprete de piezas folclóricas de su país, que cantaba acompañado por la guitarra que manejaba con soltura. Como las tonalidades de las canciones eran complejas, hicimos una grabación de las mismas y Vasco iba diciendo: “primera”, “tercera”, “segunda”… Conservo esa grabación en lo que entonces se “estilaba”: grabaciones en “carrete abierto”. Brito seducía con su música y su voz a todos, en especial a las vecinas de aquel entonces.

Muchos años pasaron de esos tiempos. En años recientes volvimos a estar en cierta renovada cercanía, digamos académica, pues en alguna oportunidad me pidió la traducción de un texto en latín; en otra, alguno en griego. Y lo más significativo para mí, es que pocos años atrás, en su cumpleaños y Navidad, le enviaba mensajes en griego y hasta me respondió alguno también en griego. Suelo enviar saludos en griego a quienes sé que pueden entenderlos, pero para sorpresa mía las respuestas, cuando las hay, a excepción de Vasco, son en español, italiano y hasta en inglés en alguna oportunidad.

Vendrán los homenajes póstumos, las columnas de opinión, los artículos sobre su pensamiento y ejecutorias en la educación, su talento matemático, sus habilidades docentes, su visión profética del estado actual y futuro de la educación; en fin, sus múltiples aportes académicos. Mientras llegan, adelanto mi In memoriam.

Jaime Escobar Fernández

Chía, septiembre 28, 2022

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