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“Las negritudes”

Por Jaime Escobar Fernandez
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Años atrás, la muy popular Revista Selecciones del Reader´s Digest, ofrecía a sus lectores la sección “Mi personaje inolvidable”, destinada a resaltar cualidades destacas en personajes de variadas condiciones. Hoy hago un plagio descarado de esa sección, trayendo como “personaje inolvidable” lo que dado en llamar “Las negritudes”. Abrigo la esperanza de que nadie se “delique” pues “El Negro”, en mi experiencia vital, antes que gesto de rechazo, ha sido de inclusión, aprecio y afectos sinceros, como espero demostrarlo.

  • El “Negrito” lindo. Fui sobrino predilecto de tía paterna, solterona y amorosa a quien le alcanzaron sus afectos hasta a los sobrinos nietos, mis dos hijos mayores, todavía en vida de ella. Los favores por solicitud de la “Tía Anita” siempre estaban precedidos por el “Negrito lindo”: “Negrito lindo”, hágame un favor; “Negrito lindo”, tráigame; “Negrito lindo” acompáñeme. Nunca nada me sonó tan dulce y evocador para mí como para mis hijos, que ese “Negrito lindo”, lleno de ternura y acogida, fue semilla de mis posteriores afectos.
  • “La Negra”, muñeca icónica. Fuimos hogar antioqueño con sólo dos hijos, por aquello de que “la excepción confirma la regla”. Contra la tradición, a mi hermanita le regalaron hermosa muñeca que la familia bautizó “La Negra”, porque su piel lo era en grado sumo; labios abultados de intenso rojo vivo, cabello “afro” y bata de colores subidos. “La Negra” fue, durante años, juguete predilecto de mi hermana; con el tiempo, pedí a “La Negra” en herencia y ahora reaviva ese rescoldo dejado por el afecto y la ternura con los que mi hermanita abrazaba y consentía a “La Negra”. 
  • Pablo, “El Negro” cabuyero. Lo llamaban “cabuyero” por su único desempeño laboral. “El Negro” llegó buscando trabajo; sabía que se llamaba Pablo nacido por los contornos de las Minas del Zancudo, en el municipio de Titiribí, emporio de trabajadores negros en las épocas de mayor esplendor. Pablo nació despojado hasta de apellidos y abandonado pronto a su suerte; la vida suplió esa orfandad total, dotándolo de un espíritu indomable, sencillez, voluntad de servicio y devoción a sus patrones. “El Negro” es quizás el mejor exponente de esa utopía del “Perdón y Olvido” porque jamás le oí quejarse de nadie ni de nada y tenía razón para hacerlo, dados sus orígenes y los rigores de los primeros años de vida. ¿Qué pasaría con “El Negro”? Dios lo tenga a su lado, puesto más que merecido. 
  • “El Negro” Evelio Pérez. Patio-salón en el viejo Colegio de S. Ignacio en Medellín, a donde confluyeron, en los comienzos de los años 50, tres personajes inolvidables: el P. Juan José Briceño, S.J.; Alberto Upegui, en ese entonces joven pianista de futuro promisorio y el tenor lírico Evelio Pérez a quien con inmenso cariño todos llamábamos “El Negro” Evelio. 

Fueron épocas excepcionales: a 4 voces, todo el colegio entonó “Los Remeros del Volga” (popular ruso); “El coro de los martillos” (Verdi); “El Nabucco” (Verdi). Los “pequeños” hacíamos la primera voz preparados con esmero y rigor por “El Negro” Evelio, miembro entonces de la Compañía de Opera de Medellín. El calor humano de aquel tenor lírico acrecentó mis afectos a los de piel diferente. 

El “Negro Evelio” interpretó, en diversas ceremonias académicas del colegio San Ignacio, “La Romanza de la niña negra”, (Luis Cané, 1897-1957) y “Píntame angelitos negros”, (Eloy Blanco (1896-1955); “El Negro” Evelio ejecutó aquellas melodías, todavía lo recuerdo, con impactante emoción y sentimiento, otra muestra de su delicadeza, respeto y cariño. Evelio merece un “Mi personaje inolvidable” especial. 

  • “La NEGRA” sotana. En medio de la oscuridad de la media noche navideña de 1954, me revestí con “La Negra” sotana que cubriría “el hombre nuevo”, mientras felizmente reinaba el “Papa Negro” Jean-Baptiste Janssens (1889-1964); en teología fui el único que todavía andaba “chutando trapo” que decía mi mamá. Una vez coincidí en el ascensor de Chapinero con el P. Lorenzo Uribe, S.J., ambos revestidos de pies a cabeza con “La Negra” sotana; poco antes de llegar a nuestro destino, el P. Lorenzo me observó en silencio por breve tiempo para decirme muy serio: -“¿Hermano. Ud. usa sotana por devoción o por rebeldía”? Esperé también unos instantes y de salida, le respondí: “No padre; porque me da mucho frío”.
  • “El Negro” Hernández. A Guillermo Hernández Téllez, S.J. le “colgaron” ese mote desde mucho antes de conocerlo; por algunos indicios, parece que no estaba muy a gusto con ello. Mi primer recuerdo de “El Negro” Hernández, fue el entusiasmo con el que cantaba “El sultán tenía una pipa de oro y plaaata-a-a-a / con cien mil incrustaciones de hojala-a-a-a-ta / la compró en el Canadá-a-a-a; le costó un dólar no Ma-a-a-as”. Las demás estrofas de El Sultán resultó ser canción de La Falange, imposibles de cantar para el recato monacal.

Perdí de vista a “El negro” Hernández por muchos años, luego de compartir con él un corto tiempo en la comunidad del Colegio San Luis Gonzaga de Manizales; tiempos después, era invitado frecuente a las actividades de la Escuela de Padres en el Colegio de San Bartolomé la Merced, donde estudiaban tres de nuestros hijos. Por último, en la Universidad Javeriana donde nos saludábamos casi a diario, mientras él, a las puertas de su oficina, agotaba la cuota diaria de cigarrillos y yo iba camino a clase. 

  • “El Negro” Salas. Armando Salas Martínez es cubano y recordado educador del Movimiento Scout; emigró joven a Costa Rica donde todavía reside, sano y lúcido con sus 88 años a cuestas. Mi primer encuentro con “El Negro” Salas fue en la antigua finca “Los Salados”, hoy represa Santa Fe, en el oriente antioqueño. 

A comienzos de 1964 dirigió un curso de ocho días para jóvenes scouts de todo el país que se preparaban para mejorar su colaboración al Movimiento. El P. José Carlos Jaramillo, S.J. y yo empezando la etapa de magisterio, participamos de ese evento. De “El Negro” Salas aprendimos la vivencia de la Ley Scout en cada uno de sus puntos; en particular, “El scout es útil y ayuda a los demás sin pensar en recompensa” mandato que me ha dificultado cobrar mis colaboraciones en distintos campos. Todavía intercambio mensajes con “El Negro” Salas.

  • “El Negro” Cartagena. Hugo Cartagena Hernández, “Huguito” como lo solía llamar Guido Arteaga. Coincidimos los tres en Barranquilla y desvelábamos con nuestros comportamientos al P. Ramón Aristizábal, S.J. rector del entonces nuevo Colegio San José en Barranquilla. 

“El Negro” Cartagena era noble, sencillo y buen amigo, soporte impagable durante mis afugias del Magisterio. El “Trío Barranquilla” se dispersó; volví a saber de Hugo por el Dr. Google quien me cuenta que “HUGO CARTAGENA. Experienced Chief Executive Officer with a demonstrated history of working in the construction industry. Skilled in Negotiation, Luxury Goods, Budgeting, Business Planning, and Coaching. Strong business development professional graduated from UNIVERSIDAD JAVERIANA – BOGOTA. Desde octubre de 2017, es President & Ceo, de la Cámara de Comercio Internacional de Empresarios, IECC, con sede en Nueva York”. 

  • La “Negra” Lía. Lía Mesa Bustamante, nació en Armenia de Mantequilla y murió nonagenaria en Medellín. Proactiva y de carácter indomable, la “Negra” Lía se enfrentó a la ciudad en compañía de su familia y sin más recursos que una pobreza extrema y una voluntad decidida para superarla, empezó lavando y planchando ropa ajena, hasta que consiguió trabajo estable donde además de ganarse el cariño de patrones y clientes, pudo llevar una vida sencilla, con lo indispensable y con desbordante entusiasmo, audacia y alegría hasta el final de su existencia. 

Una vez, la “Negra” Lía consiguió que Tránsito Municipal cerrara el tráfico en la Avenida la Playa, durante tres horas, en pleno medio día, entre el Teatro Pablo Tobón Uribe y el edificio Coltejer, para realizar carrera de balineras de los Lobatos, rama infantil de los Scouts que ella dirigía. Prensa y radio de la época se ocuparon de las “balineras” de los Lobatos. La “Negra” Lía soñaba en grande y me contagió esa enfermedad el tiempo durante el cual disfruté de su amistad que siento mantenerse todavía.

  • “El Negro” Palomeque. El presbítero Lagarejo Palomeque cursaba su posgrado en Derecho Canónico en la Universidad Javeriana, cuando me crucé con él por primera vez; dosis alta de melanina, rostro de asombro, mirada de niño curioso y sencillez de trato, a la manera de “el mínimo y dulce Francisco de Asís” que diría el inmortal Rubén Darío. 

La figura del “Negro” Palomeque me trae a la memoria la figura de “El Negro” Robles, egresado Rosarista a quien su Alma Mater rindió homenaje en placa de mármol negro, ubicada en uno de los corredores del claustro. De él se cuenta que estando Laureano Gómez en el uso de la palabra, al ingresar Robles al recinto, el orador “le disparó su tiro” como en el poema aquel de La Tórtola: ¡“Señores, se oscureció el congreso”!; de inmediato respondió el agredido: ¡“Pero se iluminó Colombia”!

El P. Lagarejo es el único de muchos sacerdotes y laicos que repasaron su olvidado latín guiados por mis orientaciones y es también el único que todavía me llama y envía mensajes de texto; se me antoja compararlo con aquel personaje de la curación de los diez leprosos que regresa y no tiene cómo responder a la pregunta del Curador: “¿Eres el único que ha venido a agradecer? ¿Los otros nueve, dónde están? (Lc. 17, 11-19). Lagarejo siempre regresa, agradecido, con muestras de afecto.

Jaime Escobar Fernández

Octubre, 2023

10 Comentarios
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10 Comentarios

Guillermo Sanz 25 octubre, 2023 - 1:55 am

Sabrosa elegia a la negritud que es integrante fundamental de nuestra patria Colombia. Gracias Jaime.

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Rodolfo R. de Roux 25 octubre, 2023 - 5:08 am

Mucha luz irradian tus amables negritudes.
Espero que pronto aparezca alguno de tus nueve leprosos restantes. Por ahora, sin ser uno de ellos, te digo: Gracias.

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EDUARDO JIMENEZ 25 octubre, 2023 - 7:09 am

Interesante. Valdría la pena revisar las causas del racismo local. En Venezuela, dicho por amigos negros, comparado con Colombia el racismo es mínimo. Decirle a alguien negro es como decirle flaco o gordo, que son formas cariñosas de referirse a alguien. Negra es una forma cariñosa que tienen muchos hombres para llamar o referirse a la dama de sus amores.
Repito, muy interesante el artículo. Gracias

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Hernando+Bernal+A. 25 octubre, 2023 - 7:12 am

Jaime: Qué hermosos recuerdos. Una elegía maravillosa a personajes inolvidables. Para mí de especial recuerdo el Negro Hernández, compañero estricto desde la apostólica. Tenía un hermano pequeño que finalmente no fue al noviciado y que también lo llamabamos “negrito” para diferenciarlo de su hermano mayor. Gracias por este escrito tan bien logrado. Saludos. Hernando

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Vicente Alcalá 25 octubre, 2023 - 8:17 am

Jaime, por fin te animaste- con la alegre pluma de tus crónicas- a recrear nuestro blog. Los negros y -quizàs más- las negras enriquecen y alegran la mezcla étnica de nuestro pueblo; tus personajes “confirman lo dicho con algunos ejemplos” como leíamos en el inolvidable P. Rodriguez !

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Octavio Rodriguez 25 octubre, 2023 - 8:39 am

Jaime, ponièndole mùsica a tu relato, tatareo: “Negrita, tu viniste en la noche de mi amargo penar… La ilusiòn de mi vida es amarte no màs… y grabada en vida llevarè yo escondida tu sonrisa inmortal””

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John Arbeláez Ochoa 25 octubre, 2023 - 1:16 pm

Jaime, maravilloso tu relato, maravillosos tus recuerdos. Coincidí con el Negro Hernández en Chapinero, él en Teología , yo en Filosofía y recuerdo su jovialidad y sonrisa permanente. Separación de clases? mmm de vez en cuando…

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Arturo Arango 25 octubre, 2023 - 8:38 pm

Soy caleño y siempre he sostenido que caleño que se respete debe admitir que en algún momento de su vida fue ayudado a criar por una o más mujeres negras. Muchas horas de mi niñez las pasé en la cocina de mi casa tirándoles la lengua a las adorables negras ancianas que mi madre contrataba para el servicio del hogar. Recuerdo con cariño especial a una de ellas, que me cautivaba con sus historias de minería y brujería en los pueblos costeños de Nariño y el Cauca, mientras mis tres hermanas menores se morían de envidia viendo el caminado y el porte de una abuela negra que aparentaba tener quince años…
La negra Rogelia lavaba nuestra ropa mientras me conversaba y fumaba su Pielroja al revés, con la candela dentro de su boca para que el agua no se lo apagara.

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Alberto Echeverri 26 octubre, 2023 - 11:34 am

Es una delicia leerte, querido Jaime. Comparto, sin embargo, lo que dice Eduardo J. sobre el racismo en Colombia. Es una lástima que los motes cariñosos oculten, en muchas ocasiones, un racismo velado entre nosotros. Por ejemplo, he conocido el Chocó aunque poco pero tengo amigos chocoanos, ellas y ellos mezclados con indígenas y con negros, muy cercanos: son otro mundo, con un sentido de la amistad y de la familia que podemos envidiar los de otras partes de Colombia. En esta latitud de Italia también hay racismo, para mal de Europa, tanto con indígenas (algo menos) como con los negros (muuuucho más). Sigue escribiendo, nos refrescas y nos abres el alma.

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Humberto Sánchez Asseff 27 octubre, 2023 - 10:54 am

Jaime, muchas (aracias por aclarar que, para muchos de nosotros, “negro(a), negrito(a)” es una palabra de cariño más que de desprecio. Me hiciste reflexionar sobre el racismo en Colombia, el cual es diferente en las distintas regiones. En el Valle del Cauca convivimos con la raza negra y, desde el Colegio Berchmans llamamos a varios compañeros con el apelativo de negro, un apelativo cariñoso y amigable. En la Universidad del Valle tuve varios compañeros de clase raza negra, inteligentes y buenos estudiantes. Había uno en particular que se burlaba del apelativo de “negro”, entendiendo que lo llamábamos así por cariño. Mi sentir es que en Antioquia y Cundinamarca hay más racismo que en otras regiones, como el Valle del Cauca y la Costa Atlántica, pues la piel oscura es menos abundante por allá. Tal vez por el frío.
Esperamos que sigas escribiendo y trayendo a nuestra memoria el recuerdo de tanta gente querida.

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