Ac ne quis a nobis hoc ita dici forte miretur
Cicerón, Pro Archia poeta[1]
Jaime Escobar
Escribí este artículo hace algún tiempo, por la celebración de los 100 años del P. Briceño. Cuando fue promovido a la Subdirección de la Academia Colombiana de la Lengua, el Instituto Caro y Cuervo lo calificó como “Escritor, Ensayista, Historiador, Hagiógrafo, Crítico y Poeta”. Algunos de sus versos son evidencia de la delicada sensibilidad natural de su alma enriquecida con las numerosas lecturas de todo género. Así redactó parte de su auto retrato:
Soy sacerdote, tengo algunos grados,
…He hecho sonetos –hasta bien rimados-
Soy la compañía de Loyola.
La musa que me inspira no es coqueta
Y ahora me salen con que soy poeta
Pero eso sí: ¡Por pura carambola!”.
Este mes de mayo me parece propicio para traer a primer plano la “devoción” de Briceño por la Virgen y por la amada Compañía de Jesús.
¿Secretos? Intimos sí; jamás “non sanctos”. “Intimos”, en cuanto fueron resultado de la ardentía de su joven y fogoso corazón y del “matrimonio espiritual” que dirían los místicos; “secretos”, además, por lo poco divulgados que, de alguna manera los convierten en “sin manifestación pública”, de aquellos devaneos que le urgía la sublimación de lo femenino, jardín vedado por el voto de castidad.
“Manolo”, expresión familiar entre propios y extraños, tuvo señalados amores de todos conocidos como aquellos de los clásicos griegos y latinos que divulgó en conferencias y cátedras; no así sus requiebros a la “Señora de sus pensamientos” a la que “coqueteó” sin descanso una y otra vez con expresiones siempre nuevas y caballerescas: “La Virgen Nuestra Señora”; “Busco una princesa que he visto pasar”; “Altísima Reina de toda hidalguía”.
Otro de los amores, apenas divulgado y poco fijo en la memoria de sus hermanos de comunidad, fue la Compañía de Jesús, a mi modo de ver también “sublimación” de lo femenino. En la “consolación” de sus 50 años de vida religiosa le hizo brotar desde lo más íntimo de su alma el emocionado reconocimiento: “Gracias, Dios mío, gracias, por tantos años llenos! / […] y la bondad sin límites [1] de vuestra Compañía”.
La “señora” de Ignacio de Loyola y de “Manolo”. “estaba luego embebido en pensar en ella dos y tres y 4 horas sin sentirlo, […] porque la señora no era de vulgar nobleza: no condesa, ni duquesa, mas era su estado más alto que ninguno destas[2]. Para “Manolo” fue la Virgen aquella “señora”; en sus poemas, la Virgen es la señora entre abundante galantería caballeresca: “Reina”, “Señora”, “Princesa”, “Soldados”, “Caballero”, “Hidalguía”: “Yo soy peregrino… soy un Caballero / Busco una Princesa que he visto al pasar! / busco una Princesa … Yo soy un trovero / que anda vagabundo porque quiere amar”.
El amor a “Nuestra Señora”. El P. José del Rey, S.J., discípulo de “Manolo” en algún momento y luego colega en investigaciones históricas, rescató, imprimió y distribuyó la litografía multicolor de la Virgen María, que se conoce como “La Reina de la Compañía” por cuanto a sus pies está Ignacio de Loyola y demás santos de la Orden. “Manolo” tuvo siempre tras la puerta de su despacho a “La Reina de la Compañía” y el cuadro refleja sus dos amores íntimos: “La Virgen Nuestra Señora” y la Compañía de Jesús. De paso, anoto que tengo la fortuna de poseer esa litografía presidiendo nuestro albergue familiar, luego de haber sido enmarcada a la altura de sus merecimientos[3].
En el poema “Regina Societatis Iesu” (Reina de la Compañía de Jesús) llama a su “señora”: “¡Altísima Reina de toda hidalguía, / Madre serenísima de mi Capitán! / […] Humilde soldado de tu Compañía / juré guardar siempre tu Soberanía / ¡Altísima Reina de toda Hidalguía, / Madre Serenísima de mi Capitán”![4].
Otro poema “Reina de la Paz”, [5] están encabezado por los anagramas DMLTVS-MVSSITIM que, en su orden, podrían significar Da Mihi Lucem Tuam Virgo Maria (Ilumíname Virgen María) y el segundo, Maria Virgo Sanctissima Sine Invocare Tua Merita (María Virgen Santísima Permite Invocar Tus Merecimientos). ¿Serían necesarios más testimonios?.
Cuando “Manolo” sale del Hospital luego de su primer infarto, se dirige con la mayor familiaridad a su señora: “Te doy gracias, Señora, por la vida, / Te doy gracias, Señora, por la muerte: / Por esa mano de bondad tendida / Y por aquella invitación a verte” que pudo atender varios años después cuando se unió a la señora al morir mientras asistía a la celebración del V Centenario de la Gramática de Lebrija en España.
El amor a la Compañía. No fue “Manolo” destacado panegirista de la Compañía, al menos en público; “Los Jesuítas en el Magdalena. Historia de una misión” es apenas un elogio indirecto de los avatares y sacrificios de sus hermanos en religión, en aquellos tiempos con dificultades hoy apenas comprensibles; otras son las fuentes que dejan en evidencia el afecto por su comunidad y las encontramos en poemas y escritos que encabeza o cierra con los anagramas IHS, AMDG, marcas de genuina ignacianidad.
Dejó “Manolo” poemas de claro afecto agradecido, euforia desbordada, confesión manifiesta y orgullosa de pertenecer a la Compañía de Jesús: los 50 años de jesuita le inspiraron el soneto en el que se confiesa “Humilde soldado de tu Compañía” y en otro que califica de “autorretrato”, proclama: “soy de la Compañía de Loyola”; en los primeros versos (marzo de 1937) ante el “Cristo de mis votos” promete: “¡Mi Cristo y mi Sotana! Sed de cierto / -que para siempre formareis mi herencia- / testigos mudos de que el mundo ha muerto”. La ola de jesuitas que se ofrecían y eran admitidos como misioneros en el extranjero le inspiraron aquel manifiesto: “¡Jesuítas, hurra, alerta / que a guerra llamando están/[…] ¡Jesuitas! ¡Sin trinchera! / Luchar es vuestra misión / ¡Atentos! Que el Papa espera / Su “caballería ligera” / Al frente del batallón”[6].
Al estilo epigráfico latino. Varios escritos de “Manolo” están encabezados o clausurados con los anagramas IHS, AMDG, BMV, DMLTVS – MVSSITIM, individuales, apareados o acumulados, al parecer, de acuerdo con la importancia o la dificultad del tema que estaba trabajando. Aliento la esperanza de que algún acucioso explorador de archivos buceara en el Fondo Manuel Briceño Jáuregui, S.J. del Archivo Histórico Javeriano Juan Manuel Pacheco, S.J. de la Universidad Javeriana de Bogotá desentrañe y saque a luz las riquezas humanas y espirituales de Briceño.
Los anagramas “regados” por la mayoría de escritos, algunos originales con destino a la publicación y otros no, me antoja interpretarlos como claro afán de encontrar refugio protector a su intimidad riquísima y por lo mismo difícil pero reflejada en abundancia a lo largo de todos sus escritos y en especial, de su obra poética.
Conservemos la esperanza de que algún día aparezca ese “Aladino” que alumbre todos los hasta ahora ocultos significados de la obra poética “briceñesca” pues de la prosa ya hay bastante claridad; de la poética no tanto. Esta “Trinidad”, bendita S.A.R. es la síntesis del P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J. Sacerdote, Académico y Religioso.

Jaime Escobar
Mayo, 2025
[1] Todos los poemas acá evocados se encuentran en el Fondo P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J. en el Archivo Histórico P. Juan Manuel Pacheco, S.J. de la Universidad Javeriana.
[2] Autobiografía no. 6 (ad finem). Fuente: www.jesuitasdeloyola.org/imgx/textos/autobiografia. Consultado el 03-08.2017.
[3] Ver la imagen al final.
[4] Original en el Fondo P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J.
[5] Recibe el nombre de ANAGRAMA la palabra que resulte de juntar las primeras letras de los vocablos que conforman la frase.
[6] Los originales de todos estos poemas reposan en el Fondo P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J.
[1] M. Tullius Cicero, pro Archia Poeta. Oratio ad Iudices, 1. 12-13, Ed. James S. Reid, Cambridge: At University Press, 1938. Traducción directa: “para que a ninguno de ustedes cause asombro esto que he dicho”.


4 Comentarios
Por sus cualidades intelectuales y personales, Manuel ha sido uno de mis más maestros, de quien guardo un recuerdo agradecido. Gracias, Jaime, por la evocación de esta faceta espiritual de “Manolo”.
Jaime: Siempre hemos compartido contigo el profundo recuerdo y el enorme significado que tuvo el Padre Manuel Briceño (nuestro Manolo) en nuestra formación y en nuestras vidas. Tu fuiste el escudero fiel, recopilador de sus escritos, admirador de sus poemas, compañero en sus investigaciones y conservador de su memoria. La Compañía tuvo en él un miembro insigne que deja una huella perdurable en el cultivo de las humanidades y en el progreso de nuestro idioma y nuestra idiosincracia. Para mí personalmente es siempre presente su impronta espiritual y humana que me ha permitido ser un simple cultivador de “la humanidad” en todas las dimensiones de mi acontecer profesional y espiritual. Gracias por esto recuerdos. Fraternalmente. Hernando
Jaime, mil gracias por tan bellos recuerdos del inolvidable Manolo. Jesuita cabal, profundamente enamorado de su vocación, de la Compañía y de su papel de educador de las juventudes jesuiticas.
Jaime, yo pienso que el primer beneficiario de los escritos que uno comparte es uno mismo. Creo que es lo que tratas de decir de Manolo: “Los anagramas “regados” por la mayoría de escritos, algunos originales con destino a la publicación y otros no, me antoja interpretarlos como claro afán de encontrar refugio protector a su intimidad riquísima y por lo mismo difícil pero reflejada en abundancia a lo largo de todos sus escritos y en especial, de su obra poética”. Recuerdo las bromas que me hacía por estar recién desempacado de la “madre patria”. No lo conocí demasiado, pero tu nos ayudas a llenar esa laguna y a apreciarlo más.