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Mi experiencia como “spatadantza”

Por Jaime Escobar Fernandez
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La expresión genérica Spatadantza acoge variadas danzas populares de diversos orígenes y antigüedad, pero de manera especial, a aquellas asentadas en Guipúzcoa.

Participé en una de las Spatadanzas, la de las espadas, que interpretamos tal vez en 1957 o quizás 1958 cuando estábamos adelantando el estudio de las humanidades clásicas en la casa de formación de Santa Rosa de Viterbo, Boyacá; allí convergía una significativa representación de jóvenes jesuitas venezolanos. No todos los “extranjeros” habían nacido en Venezuela; la mayoría eran españoles venidos a “hacer la América”, como se decía entonces.

A la casa de formación en Santa Rosa acudían jóvenes jesuitas de la provincia de Venezuela y esta presencia “extranjera”, entre otros aportes, incorporó y enriqueció con sus tradiciones la cerrada cultura de la Compañía de Jesús en Colombia que había empezado a perder los aportes de jesuitas locales que fueron a formarse a Europa por carencias académicas en la naciente Provincia Colombiana y traían otras visiones del mundo .

Entre las contribuciones de estos temporales visitantes extranjeros con las que se enriqueció la cultura musical de los “escolares”, sobresalen los nuevos ritmos y temáticas en canciones que adoptamos los congéneres criollos. 

Empezamos a cantar en el camión del H. Cristancho -aquel F8 de estacas en el que nos transportaban como bovinos a feria ganadera, hasta la finca de vacaciones, San Rafael, entre los municipios de Duitama y Sogamoso. “El carite” y su “Ayer salió la nave Nueva Esparta, salió confiada a recorrer los mares”, “Mare mare de los indios”, canción infantil; “Cuando la perica quiere que el perico vaya a misa, se levanta muy temprano y la plancha la camisa”, otra ronda infantil; “yo no me explico cómo el perico teniendo un hueco debajo el pico pueda comer”. En cuanto a ritmos nuevos, el joropo venezolano se nos hizo familiar.

Los instrumentos musicales de la “murga” también recibieron su aporte con la incorporación de la zambomba, barrilete cubierto en uno de sus extremos por cuero tenso en cuyo centro se adhiere delgada caña que al frotarla, arrancaba sonidos un tanto roncos pero muy eficientes como percusión en el desarrollo de las melodías cantadas. La “murga” quedó, pues, integrada por acordeón, guitarras, maracas, pandereta, armónica cromática, carraca fabricada a partir de la mandíbula inferior de equinos, instrumento de percusión popular en los llanos de Venezuela y la zambomba de estirpe española.

El entonces H. Severiano Bidegain, S.J. apellido que delata su origen vasco, había nacido en Guipúzcoa en 1936 y por tanto, era dos años mayor que yo. El “Guipúzcoa” ingresó a la Compañía el 7 de septiembre de 1954; es decir, un mes antes que yo, afinidades de las que no fui consciente en ese momento. Nuestro éuskera de pura cepa estuvo en Santa Rosa durante los estudios de humanidades entre 1956 y 1958, cuando pasó a la Javeriana de Bogotá para cursar la filosofía. 

A pesar de su avanzada edad, con la reciedumbre típica de los vascos, todavía se mantiene activo, contra viento y marea, en labor pastoral entre feligreses venezolanos, asunto que es de admirar, aunque ya no tenga sus mismos arreos juveniles.

El H. Bidegain, tal vez en alguna crisis de nostalgia del terruño y de evocación de su niñez, en contraste con la adustez del entorno Santarrosano, consiguió que la aprobaran la preparación y demostración de los bailes típicos de su región: las spatadantzas muy tradicionales sobre todo en su natal Guipúzcoa.

Tal parece que el superior del momento, el P. Tulio Aristizábal, S.J. por decisión propia o luego de consulta con el superior de la casa o quizás con el mismísimo P. Provincial del momento, autorizó al H. Bidegain los bailes, la elección de los bailarines, la preparación  y el espectáculo final, que implicaba el gesto heterodoxo manifiesto en el “despojarse” de la santa sotana y ensayar, tanto como bailar “a pie limpio”; todo ello, impensable en el momento, porque cualquier actividad recreativa se practicaba “ensotanados”.

No sé por qué fui uno de lo elegidos para conformar esa especie de “Troupe de Mademoiselle Eglantine” pero de “factura” clerical. El H. Bidegain le canturrió las melodías de los bailes al H. Juan Bosco Salazar, el excelente músico pastuso y buen intérprete del acordeón, quien memorizó las melodías y nos acompañó en todos los ensayos, tanto como durante presentación final. 

De la vestimenta para la ocasión se ocupó la Sastrería en manos del bondadoso e inolvidable H. Montañez, S.J. Los bastones en madera, indispensables en el “baile de las espadas” -Spatadantza- fueron contribución de la carpintería en “outsoursing” ocasional pero el nombre del responsable de turno lo tengo olvidado para desgracia mía y laguna de esta crónica. La tradicional “boina vasca” ya era prenda familiar empleada en paseos, “meriendas afuera”, “almuerzos de campo”, matinales y paseos de día entero.

El primer sentimiento durante la experiencia de participar en Spatadanza fue ese “ataque de pudor” que significaba algo así como “desnudarse en público” al prescindir de la “santa sotana” durante los ensayos y por supuesto, en la presentación. 

Tuve que familiarizarme con la música y acoplar a la perfección los movimientos del cuerpo a la melodía, según las exigencias coreográficas explicadas y demostradas una y otra vez por el H. Bidegain. Siendo yo hijo de matrimonio campesino, estudiante de primaria tutelado por tías querendonas pero célibes, luego “villagonzago” durante dos años y otro tanto como novicio, no había tenido ni tiempo, ni ejemplo, ni oportunidad de aprender a bailar; llegué pues a la spatadantza en estado de completa virginidad, en ambos sentidos y ello significó el difícil aprendizaje de unir los movimientos corporales con los mensajes de la música estando yo en desventaja con mis colegas bailarines al parecer con mejores antecedentes que los míos. 

Se llegó el día de la presentación, aunque no recuerdo ni el motivo ni la fecha. Por supuesto, creo que todos estábamos nerviosos, expectantes y quizás también el público ocasional por lo insólito del evento. De apertura, el H. Bidegain expuso el origen y significado de estas danzas tradicionales y no recuerdo que hubiera justificado la presencia de este tipo de folklore en la adusta mansión de Santa Rosa, aunque es fácil suponer que argumentó motivos suficientes para la debida licencia; quizás el principal fuese la contribución de dicho espectáculo a la cultura general de los humanistas en formación.

Disfruté del baile, lo realicé con emoción y con los años he llegado a concluir que de forma imperceptible pero eficaz, la experiencia de spatadantza contribuyó a sacarme un poco de mi parroquialismo provinciano de paisa regionalista y también a reconocer y agradecer la iniciativa del H. Bidegain que de modo casi imperceptible pero real, contribuyó a mi formación como persona y por supuesto, preparación remota cuando viviendo ya fuera de la Compañía, estaba obligado a ser “parejo” de mi “media naranja”. Todavía “sufro” en reuniones festivas que incluyan música de viejotecas y ni pensar en Champetas y Reguetones a menos que adopte el papel “payaso de la fiesta”.

Por supuesto que de la dimensión espiritual de aquellas danzas se tomaron con fundamento las palabras del Salmo 150: “Alabadle al son de bocinas; con salterio y arpa; con pandero y danza; con cuerdas y flautas; con címbalos resonantes; con címbalos de júbilo”.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 13 de agosto del 2024

5 Comentarios
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5 Comentarios

Rodolfo R. de Roux 28 agosto, 2024 - 2:21 am

Te alabamos con címbalos de júbilo por tan animada y saltarina crónica.

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Hernando+Bernal+A. 28 agosto, 2024 - 7:24 am

Hermosa descripción y gratos recuerdos. Saludos.

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John Arbeláez Ochoa 28 agosto, 2024 - 5:34 pm

Tu crónica está narrando el primer “milagro doble” ocurrido en Santa Rosa puesto que bailar, pocón pocón a excepción de nuestro querido hermano Jeff Chojnacki, gringo en intercambio, y además sin sotana…mmmm qué diría el P. Ledokowski…

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Alberto+Betancourt 29 agosto, 2024 - 12:52 am

Deliciosa la vivencia de un bailarín del folclore vasco, con el atrevimiento de una desensotanada.

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Bernardo Nieto Sotomayor 29 agosto, 2024 - 2:18 pm

Genial, Jaime. Pues te cuento que, como herencia del P. Juan Bosco, en El Mortiño también aprendimos estas danzas. Para las fiestas rectorales del 26 de mayo, en la Revista del Mortiño de ese año se registra: “Después de las competencias atléticas de la mañana se tuvieron por la tarde unos bailes vascos en los que la precisión de movimientos y la uniformidad justificaron los repetidos ensayos”. Un grupo selecto de adolescentes, entre quienes estábamos -para quienes nos recuerden- William Mejía, Bernardo Sáenz, Santiago Price, Jorge Humerto Quintero, Daniel Romero, y otros, interpretamos la Danza de los Palitos y otra danza, cuyo nombre no recuerdo, (De los barretones?) con palos como los de los azadones. El acordeonista era Juan Bosco Salazar que vino del Filosofado a acompañarnos. Lástima que aquí no quepa la foto de la revista del Mortiño de ese año, 1963, en la página 26. Gran recuerdo, Jaime y me alegra saber que nosotros algo heredamos de ustedes, los mayores, en ese 1963. Gran abrazo.

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