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Reynaldo Pareja

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Tras haber detallado los niveles que pudieran definir la esencia del hombre, cabe preguntarse: ¿hay otro nivel, otra dimensión que ofrezca una perspectiva adicional a lo expuesto sobre la esencia del hombre?Laz respuesta es: sí la hay, y es la espiritual. Esta dimensión nos adentra en el plano más excelso y misterioso de la esencia del hombre. Exige, por lo tanto, un análisis profundo para apreciar su grandeza.

La dimensión espiritual ofrece una perspectiva adicional sobre la esencia del hombre. El popular neurólogo hindú, Deepak Chopra, afirma que somos la integridad de cuerpo, mente y espíritu. Este nivel espiritual lo han presentado las Manifestaciones de Dios por parte de los fundadores de las religiones mundiales. Lo han hecho en las revelaciones que han dado a la humanidad en distintos momentos de su historia. 

¿Y qué han afirmado estas manifestaciones sobre la esencia del hombre? Las religiones principales a nivel mundial sostienen lo mismo respecto de nuestro origen: que somos creados por Dios. 

Tres de ellas –judaísmo, cristianismo y fe Bahá’i– lo reiteran directamente. El hombre ha sido creado “a imagen y semejanza de Dios”. El Corán lo afirma por implicación pues, según el texto, Dios ha infundido su Espíritu en el hombre, lo que es equivalente a “su imagen y semejanza”.

Basten estas citas de esas religiones para darse cuenta de la similitud de la enseñanza:

Creó, pues, Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó (Génesis 1,27). 

Hombres que han sido creados a la semejanza de Dios (Santiago 3,9).

28. Y cuando tu Señor dijo a los ángeles: «Voy a crear a un mortal de barro arcilloso, maleable, y, cuando lo haya formado armoniosamente e infundido en él Mi Espíritu, caed prosternados ante él».  (15 Al-Hichr).

¡Oh Hijo del Hombre!
Velado en mi ser inmemorial y en la antigua eternidad de mi esencia, conocía mi amor a ti; por tanto, te creé, grabé en ti mi imagen y te revelé mi belleza
 (Bahá’u’lláh, Palabras Ocultas, 3).

Frente a esas citas surgen espontáneamente preguntas esenciales: ¿en qué consiste esa “imagen y semejanza”?  ¿De qué manera podría esta semejanza expresarse dentro del ser humano?

Las respuestas hay que buscarlas, primero, en lo que las Manifestaciones han afirmado de lo que constituye la naturaleza íntima de Dios. Claramente han expresado una y otra vez que Dios es eterno, autosubsistente. Por ello, no está sujeto a las limitaciones impuestas por el espacio o el tiempo. Su existencia está fuera de esas dimensiones y de la limitación que la mortalidad nos impone.

Además, su esencia más íntima es la unidad absoluta del Ser. Esta dimensión de unidad no tiene partes corruptibles; es pura esencia de Ser, absoluto, imperecedero, incorruptible, eterno. 

Al crearnos a su imagen y semejanza, esta imagen no está sujeta a la espacio-temporalidad. Goza de la misma característica de la no-espaciotemporalidad del Creador, pero cabe enseguida una pregunta: ¿cómo se entiende que esta “imagen y semejanza” se encuentra dentro de nosotros?

Todos hemos oído alguna vez el nombre de la forma como tenemos dentro esa semejanza. Ha sido llamada “alma”. En otros idiomas, se la conoce como soul (inglés), âme (francés), anima (italiano), seele (alemán) o ruaj (árabe). Aristóteles la llamó “alma racional”, como la fuente de vida, típica solo del ser humano. 

‘Abud’l-Bahá, el hijo de Bahá’u’lláh, la Manifestación más reciente cuya revelación dio nacimiento a la fe Bahá’i, describe la constitución del alma así:

“El alma no es una combinación de elementos, no se compone de muchos átomos, sino de una sustancia indivisible, y por consiguiente es eterna. Esta fuera del orden de la creación física. Es inmortal” (Sabiduría de ‘Abdu’l-Bahá).

Esta afirmación implica, primero, que el alma no tiene corporeidad. No tiene partes corruptibles. Es una esencia indivisible. Por lo tanto, no está sujeta a la desagregación del cuerpo que la muerte física causa. Es, además, una fuerza vital, una energía creativa, un principio de vida, es el élan vital que transmite vida a la entidad corporal del hombre. De ahí que podamos concluir que un cuerpo sin alma no puede vivir, pues esta es quien lo anima. Sin embargo, un alma si puede vivir sin el cuerpo, pues ella no tiene partes corruptibles. Si Dios no tiene cuerpo, no ocupa espacio ni tiempo, es eterno y creador de todo lo que es, de todo lo que ha sido y será y ha creado al hombre a su “imagen y semejanza”. De alguna manera lo ha creado incorruptible, pues el alma de cada uno es una, sin corporeidad y sin limitación espacio-temporal. Esa es su esencia de inmortalidad.

Con este marco de referencia, podemos preguntarnos: ¿de qué manera se entiende lo que es la esencia constitutiva del hombre? 

Bahá’u’lláh explica la condición excelsa que posee el alma creada por Dios, pues en ella Dios imprimió el sello de su divinidad. En sus palabras: 

“XXVII. Sobre la más íntima realidad de cada cosa creada, Él (Dios) ha derramado la luz de uno de sus nombres y la ha hecho un recipiente de la gloria de uno de sus atributos. (…) Sobre la realidad del hombre, sin embargo, Él ha concentrado el esplendor de todos sus nombres y atributos y ha hecho a esta un espejo de su propio Ser. (…) De todas las cosas creadas solo el hombre ha sido escogido para recibir tan grande favor y tan perdurable generosidad”. Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh (énfasis del autor).

En este punto podemos plantear un interrogante: de todos los atributos de Dios, ¿cuál podría ser el que más nos asemeja a nuestro Creador, pues lo manifestamos constantemente en nuestra vida diaria? Este atributo humano es nuestra capacidad de creación imparable que nos distingue de todas las otras especies. Algunos ejemplos dimensionan esta afirmación: el ingeniero concibe un puente que no existía antes, para unir dos masas de tierra separadas por un abismo o un cuerpo de agua; el artista concibe en su mente un paisaje natural o una forma abstracta no existente y la plasma sobre un lienzo utilizando brochas, pinceles y colores que le permiten dar la forma y textura a lo que ha concebido en su mente. 

Paralelo a este proceso, el escultor, frente una columna de piedra o mármol, le arranca una figura humana tan extraordinaria como el David de Miguel Ángel, considerado una de las esculturas más perfectas de la anatomía humana. De forma similar, el arquitecto concibe en su mente un rascacielos del tamaño de la torre Khalifa en Dubai, la más alta del mundo en este momento. De una concepción mental, la imagen se trasladó a unos planos técnicos y los constructores, con la supervisión de ingenieros capacitados, construyeron la torre que mide 828 metros de altura, más del doble de la que tiene el Empire State Building, y casi tres veces el tamaño de la Torre Eiffel.

Además de las portentosas manifestaciones de la creatividad humana tenemos otro poderoso atributo que nos asemeja a Dios: nuestra capacidad natural de amar, que manifestamos cuando amamos a los hijos, a los padres, al cónyuge, a los amigos. Amamos lo que percibimos que es bueno, lo que es bello, lo que nos da satisfacción y bienestar. Amamos a los demás, aunque nos cueste sacrificio. Amamos lo que nos apasiona hacer, lo que nos realiza como personas. 

Nos podemos equivocar en lo que amamos, pero es imposible vivir plenamente, con entusiasmo y entrega cuando no se tiene alegría y pasión, cuando no se quiere lo mejor para los demás.

Esta natural inclinación por el amor nace de que el hombre es creado en y por amor divino, así:

¡Oh Hijo del Hombre!
Velado en mi ser inmemorial y en la antigua eternidad de mi esencia, conocía mi amor a ti; por tanto, te creé, grabé en ti mi imagen y te revelé mi belleza 
(Palabras Ocultas, 3).

Cuando Dios crea al hombre en y por amor divino, su alma creada lleva impresa ese amor en su misma esencia. El hombre, por lo tanto –sin ser consciente de ello– es por naturaleza esencial un amante natural de Dios, porque la esencia de su alma es creada a “imagen y semejanza de Dios” que la creó por amor divino. De ahí que podamos afirmar que somos amantes permanentes de Dios por naturaleza, porque hemos sido creados por amor y porque el alma puede reconocer la fuente de su origen divino.

Ser amantes de Dios por naturaleza tiene dos formidables consecuencias: la primera, que todos gozamos de esa intrínseca capacidad de amarnos los unos a los otros y a Dios: la segunda, que esa capacidad tiene que ser canalizada para que tenga impacto. Para lograrlo y hacerla fluir debemos convertirnos en canales conscientes y anuentes por donde pueda emanar dicho amor. Cuando todos conscientemente hacemos esto nos convertimos en el sistema circulatorio mundial por donde se esparcen el amor humano y el amor divino.

Este amor humano y divino es capaz de dinamizar los corazones de todos los hombres y mujeres para instaurar un mundo donde reine la justicia y la paz. 

Esencia de ser hombres

En esta perspectiva, creo firmemente que la esencia de ser hombres y mujeres es reconocernos espíritus creados por Dios, que vivimos inicialmente una experiencia temporal. En dicha temporalidad experimentamos y adquirimos consciencia de que hemos sido creados y que, por lo tanto, vivimos en la dimensión de la limitación experimentada en forma directa por la toma de conciencia de que vivimos constantemente esta vida física dentro de la espacio-temporalidad. Por ende, somos limitados y sujetos a los avatares que la temporalidad conlleva. 

Su finalidad es apreciar a fondo, después de la transición que es la vida en la Tierra, que nuestra alma/espíritu –creada a imagen y semejanza de Dios– gozará la incomparable estación de inmortalidad mientras se deleita en la presencia de Dios, la fuente misma de su razón de existir.

En esta perspectiva creo que la esencia y finalidad última de todo ser humano es volver a la fuente de su origen: a Dios. Esta meta no tiene fin. No tiene cómo agotar su gozo porque es una interminable jornada espiritual de gozo infinito mientras descubrimos el increíble regalo de la existencia otorgada por Dios como un acto de amor total que no pidió nada como condición anterior para ser creado.

Cada uno recibe el regalo de la existencia para encontrarle su último sentido. Hallar este sentido es un esfuerzo consciente de reflexionar, preguntar, indagar y volver a reflexionar. Es una jornada que no acaba porque cada etapa de nuestro crecimiento interior y evolución espiritual es diferente y dinámica.

Dicha búsqueda de sentido es una responsabilidad individual ineludible. No nos contentemos con aceptar que otros nos definan cuál es nuestra esencia de ser hombres/mujeres. Busquemos ese sentido y realidad espiritual como la más importante de todas las indagaciones que podemos hacer, pues son las que nos dan el pleno sentido de nuestra realidad divina impresa en la esencia misma de nuestra alma.

Busquemos con profunda dedicación encontrar cuál de todos los puntos de partida nos satisface más para iluminar así nuestra concepción de lo que es la esencia de ser hombre o mujer.

En boca de Bahá’u’lláh, hablando en nombre de Dios, concluyo con esta invitación hecha por Dios para que consideremos por qué y para qué hemos sido creados:

“¡Oh Hijo del Ser!
Tu Paraíso es mi amor; tu morada celestial, la reunión conmigo. Entra, no tardes. Esto es lo que ha sido destinado para ti en nuestro reino de lo alto y nuestro exaltado dominio”. 

La mayoría de todas estas ideas las he desarrollado a fondo en mi libro El Hombre Multidimensional vive en la realidad multidimensional. Si alguno está interesado en leerlo, déjemelo deja saber y con mayor gusto se lo envío electrónicamente.

Gracias por permitirme compartir con ustedes mi jornada de investigación sobre este tema tan crucial como es descubrir en lo más íntimo cuál es nuestra esencia de ser hombres y mujeres.

Reynaldo Pareja

reypareja@yahoo.com

Octubre, 2021

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La Mente es una función que tiene múltiples niveles de manifestación. Dependiendo de cuál función tome una persona como punto de partida para afirmar en qué consiste la Mente, así será lo que se afirme de si esta es o no la esencia del hombre. Hagamos un breve recorrido por esos niveles para sacar nuestra propia conclusión.

Punto de partida: la Mente, la función más excelsa del cerebro                                                   

La Mente es, sin necesidad de describirla, una función que todos sabemos que tenemos y que cuenta con múltiples niveles de manifestación. Dependiendo de cuál función se tome como punto de partida para afirmar en qué consiste la Mente, así será lo que se afirme de si esta es o no la esencia del hombre. 

Comencemos por los niveles más elementales que la Mente lleva a cabo. Lo más primario es  interpretar lo que los sentidos perciben, bien sea ondas lumínicas filtradas por los ojos, ondas sonoras filtradas por el aparato auditivo, ondas bioeléctricas transmitidas por la piel, los olores típicos de cada alimento captados por la nariz o el gusto de la comida transmitido por las reacciones químicas que los alimentos producen en la boca y que son enviadas como señales bioquímicas al cerebro e inmediatamente interpretadas por la Mente de acuerdo con lo que tiene en su archivo como información de estos estímulos. 

Preguntémonos de qué manera la Mente está conectada con el cerebro. Y si lo está, ¿depende de él para funcionar? Los siguientes impactos físicos en el cerebro sugieren que sí hay una conexión física:

  • Si la parte posterior del lóbulo frontal (que controla los movimientos voluntarios) resulta dañada, se produce debilidad muscular o parálisis en el individuo.
  • Si la parte central del lóbulo frontal está afectada, las personas pueden llegar a presentar apatía, falta de atención y desmotivación, así como dificultad para mantener información. 
  • Igualmente, el individuo da respuestas tardías a preguntas, o tiene reducción en la fluidez del habla.
  • Un mal funcionamiento del lóbulo frontal hace que la persona tenga una sorprendente falta de inhibición, con ganas de discutirlo todo hasta ser vulgar o, al contrario, bien pasivo. 

Con base en los datos anteriores, hay científicos que defienden que la Mente es básicamente un resultado de la actividad del cerebro y nada diferente. Por lo tanto, para ellos las funciones del cerebro son la esencia del hombre.

La Mente como potencia-función de nivel superior

Sin embargo, la Mente tiene funciones que superan el cerebro físico, tangible y visible que está dentro del cráneo. Veamos algunas de las muchas manifestaciones que sustentan esta afirmación.

La Mente puede y debe definirse como la capacidad del sistema nervioso de ser consciente de sus propios procesos y la causa de su propia programación. En el hombre, esta función emergente del sistema nervioso es, además, consciente de su propia existencia y de ser capaz de decisión y de tener un propósito.

Esta función, constatable en múltiples formas de actos conscientes, va más allá de la pura funcionalidad física del cerebro. Se ubica en el terreno de la inmaterialidad real, pero existente. Veamos algunas de esas expresiones de la Mente que superan el sustrato físico del cerebro.

Mientras Arquímedes se bañaba, su peso desplazó agua fuera de la tina. En ese momento “vio” en su Mente la solución al problema acerca de cómo determinar si la corona del rey era de oro o no. Tenía que recoger el agua desplazada por una cantidad de oro equivalente al peso de la corona y después comparar la cantidad de agua desplazada por la corona para determinar si era de oro.  Su solución fue tan espontánea y brillante que salió desnudo gritando Eureka, que en griego antiguo significa “lo encontré”.

Otros dos ejemplos son bien conocidos de todos. Isaac Newton concibió en su Mente la ley de gravitación universal en julio de 1687. Lo logró a partir de la observación de la fuerza con que dos objetos con masa se atraen. Esta ley no la había expresado alguien antes de que Newton la formulara así: 

la fuerza con que se atraen dos cuerpos es proporcional al producto de sus masas dividido por la distancia entre ellos al cuadrado.

Una vez expresada dicha ley, en ningún momento se encontraba impresa en algún sitio del cerebro de Newton donde pudiera verse escrita. Sin embargo, estaba allí, real y disponible cuando Newton necesitaba explicarla. 

Cuando Einstein formuló su famosa ecuación E = mc² ‒la energía de un cuerpo en reposo (E) es igual a su masa (m) multiplicada por la velocidad de la luz (c) al cuadrado‒, la concibió primero en su Mente antes de escribirla o de confirmarla de alguna forma experimental. 

¿Dónde se encontraba esa fórmula escrita en la Mente de Einstein de manera que alguien pudiera verla? Imposible encontrarla impresa porque dicha fórmula en el cerebro no tiene realidad física visible.

La Mente tiene acceso a todo dato percibido o procesado. Lo hace en forma no física, ni espacio-temporal. Sin embargo, el dato rescatado de la memoria está allí, disponible cuantas veces una persona necesite utilizarlo.

La esencia de la Mente descrita así nos permite formular las siguientes conclusiones parciales:

  • La Mente concibe una imagen, una solución que no existe antes de confrontar el problema o el desafío. 
  • Lo hace en forma inmaterial, pues lo pensado o imaginado no tiene en el cerebro o algún otro órgano del cuerpo existencia física tangible, visible. 
  • Lo concebido necesita ser trasladado de la Mente al lienzo, al diseño, a las páginas de un libro, a una grabación o a un video.  
  • En ese momento la idea, concepción o teoría adquiere realidad que los entendidos pueden comprender y convertir en algo concreto y visible. Así, los arquitectos, ingenieros, constructores, artistas y manufactureros pueden crear lo imaginado por el hombre que concibió en su Mente lo que no existía antes, como puentes espectaculares en extensión y capacidad de resistir miles de vehículos que circulan a diario, imponentes rascacielos que desafían las alturas, esculturas de tal belleza y armonía que duran siglos, pinturas que captan la esencia de las personas y del momento y lo expresan en una exuberancia de colores y figuras que elevan la imaginación del que las contempla a mundos concebidos por el pintor o a otros, poemas que arrancan lágrimas emotivas, piezas musicales que resucitan emociones escondidas de momentos vividos con una intensidad única, danzas que invitan a deslizarse por el tablado y libros que abren las puertas a la imaginación, así como a la contemplación interior y la comunicación con la Divinidad. 

Otro punto de partida de la Mente: la consciencia y sus diferentes niveles

El filósofo y psicólogo integral, Ken Wilber, considerado el exponente más completo de los niveles de la consciencia, los presenta secuencialmente en cinco niveles. 

El más primario es la consciencia del Yo-físico. En el recién nacido, este nivel se encuentra en un estado de conciencia visceral, subconsciente y reptiliana, pues en él predominan las necesidades fisiológicas y los instintos. Es un estado en el que no hay conciencia de un “yo” porque no hay distinción entre interior-exterior, cuerpo-entorno, ni existe la noción de espacio-tiempo.

El Yo-emocional corresponde a la construcción de las emociones básicas que después habrá que aprender a canalizar en estadios superiores. En esta etapa el principio de la búsqueda del placer y el evitar el sufrimiento se convierten en el sustrato y la guía motriz de toda decisión que esté relacionada con dos fuerzas polarizantes: placer o sufrimiento. Este principio, muchas veces opera a nivel inconsciente, pero está presente para el resto de la vida.

El siguiente estadio es la consciencia del Yo-individual (el ego), que le permite ser consciente de su individualidad como algo propio que lo define como tal o cual persona, no idéntica o replicable por cualquier otro individuo, por más parecidos que tenga con alguien concreto. En esta etapa el individuo desarrolla el lenguaje que le permite a la persona aprender y pensar. Mediante el símbolo, ella puede hacer operaciones mentales sin necesidad de que las cosas estén presentes. Su consciencia de ser pensante se afianza en la experiencia de ser consciente de su individualidad irrepetible y auténticamente suya, que lo define como un individuo reconocible como tal por todas las manifestaciones de su ser psicológico, intelectual y emocional.

Viene luego el Yo-social, un nivel de conciencia que se asocia con la empatía y surge de la interacción del yo-individual con las diferentes personas. Nos relacionarnos con los demás a través de los patrones mentales y condicionamientos definidos por la sociedad y la cultura propia en la cual cada uno ha nacido y se ha criado.

Finalmente, el Yo-testigo, el Yo-observador”, es aquel que observa y contempla los pensamientos, las imágenes que pasan por su Mente, pero sin identificarse con ninguna de ellas.

El Yo es consciente de que ellas son meramente entes internos que cambian como las nubes que atraviesan el cielo y, por lo tanto, ninguna de ellas puede ser el Yo-íntimo, el Yo-testigo, el Yo más profundamente real, puesto que quien los observa, mientras pasan, es el Yo-observador que permanece separado de los pensamientos mismos.    

El Yo-Testigo puede observarlos sin identificarse con alguno de ellos, mucho menos convertirse en uno de ellos.                                                                                                 

El Yo-testigo no tiene corporeidad, no está sujeto a ningún espacio o tiempo concreto, pues su misma esencia es de otro orden y nivel de existencia: el de la consciencia pura, siempre presente.     

Esta perspectiva permite a muchos científicos y filósofos afirmar que esta es la esencia del hombre: ser el Yo-testigo, el Yo-idéntico consigo mismo, como el Yo-Observador que se da cuenta de que su esencia no son sus pensamientos, ni emociones, ni sentimientos, aunque participa en ellas como el Yo-individual.

Queda otro nivel por explorar que completa la visión de lo que constituye la esencia de ser hombre o mujer. Lo abordaré en el próximo artículo.

Reynaldo Pareja

Octubre, 2021

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Solemos definir, describir o entender cualquier aspecto de la realidad física del hombre, la naturaleza, el planeta, el cosmos o de la realidad sicológica, mental o espiritual humana con base en un punto de partida y un marco de referencia dentro del cual se construye esa definición. Ambos aspectos precisan cómo se mira y comprende esa realidad. Un breve recorrido nos mostrará cómo el punto de partida define el contenido de lo que se estudia. 

El punto de partida que define el contenido de la astronomía es el espacio. Al principio de la ciencia, el ser humano solo podía ver algunas de las estrellas más grandes. Nombró conjuntos como la Osa Mayor y la constelación de Virgo, clasificó los planetas más cercanos y los bautizó con nombres de dioses del momento, como Júpiter, Venus y Marte. 

Con la aparición de los potentes telescopios comenzó a ver supernovas, estrellas que nacían, agujeros negros y un conjunto de miles de galaxias en el espacio profundo, cada una con millones de estrellas y planetas. Este descubrimiento puso de relieve el más que multibillonario universo que nos rodea, donde somos apenas un punto insignificante en uno de los brazos la Vía Láctea. En ella hay entre 200 y 400 mil millones de estrellas: una perspectiva muy diferente a la que teníamos antes de estos potentes telescopios.

El punto de partida de la geología son las rocas del planeta: investiga su composición para averiguar todo lo que puedan aportar para darnos a entender cómo se formó, qué edad tiene, qué minerales o cristales la componen, para qué sirven, dónde se encuentran y, de alguna manera, nuestra relación con ellas.

En el caso de la paleontología, esta ciencia tiene como punto de partida el estudio de los fósiles de animales o humanos más antiguos, impresos en las rocas o en un estado de preservación que permita calcular cuándo existieron. Si hallan diversas piezas, los científicos hacen un bosquejo de cómo se veía el animal. De esta reconstrucción provienen las imágenes de los dinosaurios que deambularon por el planeta millones de años atrás.                                                                                

La bacteriología parte del estudio de los microorganismos que llamamos bacterias: las estudia en su origen, les da nombres, identifica su forma de reproducirse, la manera como atacan al hombre o a los animales y convive con ellos. Un médico alemán, Robert Koch, identificó las bacterias que causan enfermedades infecciosas como el cólera, y la tuberculosis. Los investigadores buscan la manera de neutralizarlas o eliminarlas con drogas o inyecciones. Su estudio se concentra en la composición y acción de las mismas.

Esta pequeña muestra, macro y micro, de diferentes puntos de partida sobre la realidad física define marcos de referencia para analizarla, clasificarla y comprenderla.

En el caso del ser humano, diferentes puntos de partida definen su esencia, que también depende del punto desde el cual se parta. Son varios los puntos de partida más conocidos que definen de manera diferente su esencia.

El más elemental es su estructura biológica. A nadie le pasa desapercibido que cada ser humano, mujer u hombre, tiene la misma estructura, conformada por sistemas y órganos iguales, pero extremadamente complejos en su interior.

Su sistema respiratorio lo constituyen fosas nasales, boca, faringe, laringe, tráquea y pulmones. Los músculos respiratorios son el diafragma y los músculos intercostales. Además del intercambio de gases, el aparato respiratorio mantiene el equilibrio en los ácidos del cuerpo a través de la eficiente eliminación de dióxido de carbono de la sangre. Por su parte, el sistema digestivo lo conforma una serie de órganos huecos unidos en un tubo largo y retorcido que va desde la boca hasta el ano: la boca, el esófago, el estómago, el intestino delgado, el intestino grueso y el ano. Hígado, páncreas y vesícula biliar son los órganos sólidos del aparato digestivo.

Por su parte, el sistema circulatorio está constituido por un conjunto de conductos (arterias, venas, capilares) y una bomba impulsora: el corazón. Este músculo se contrae regularmente y mantiene la sangre en constante movimiento dentro de los vasos sanguíneos. Ella contiene glóbulos rojos, ricos en hemoglobina. que transportan el oxígeno hasta todas las células del cuerpo. El sistema linfático lo forman los vasos linfáticos que conducen un líquido llamado linfa desde el espacio intersticial hasta el sistema venoso que forma parte del sistema circulatorio. 

El sistema nervioso central lo componen el cerebro y la médula espinal. El encéfalo lo protege el cráneo. Dentro de este se encuentran el cerebro, el cerebelo y el tallo cerebral y en este existe un sistema de cavidades ‒ventrículos‒ por donde circula el líquido cefalorraquídeo. ​

El sistema nervioso periférico está compuesto por todos los nervios que se ramifican desde la médula espinal y se extienden a todo el cuerpo. Lo forman los nervios craneales y espinales. El sistema nervioso transmite señales del cerebro al resto del cuerpo. Así la actividad del sistema nervioso sostiene nuestra capacidad de movernos, respirar, ver y pensar.

La unidad básica del sistema nervioso es una célula nerviosa o neurona. El cerebro humano contiene alrededor de 100.000 millones de neuronas. La neurona tiene un cuerpo celular que incluye núcleo y extensiones: axones y dendritas. Los conjuntos de axones, denominados nervios, se hallan en todo el cuerpo. Axones y dendritas permiten que las neuronas se comuniquen constantemente a velocidades de fracciones de segundo.

El cerebro consta de muchas redes de neuronas en comunicación. Estas redes permiten que sus diferentes partes “hablen” entre sí y trabajen en conjunto para controlar las funciones corporales, las emociones, el pensamiento, la conducta y otras actividades. 

Afirmar que esta formidable estructura biológica constituye la esencia del ser humano es negar lo que la realidad nos demuestra a diario: que aun personas con impedimentos físicos esenciales, como falta de manos o piernas, muestran increíbles manifestaciones de su capacidad creativa como individuos. Es el caso de Tony Meléndez, nicaragüense que nació sin brazos y aprendió a tocar la guitarra con sus pies. Es cantautor y transmite una alegría interior que deja mudos a quienes lo escuchan, pues caen en la cuenta de la bendición de tener sus dos brazos y que es posible superar una adversidad física de esa envergadura si uno no se deja amilanar por la discapacidad.

Otro increíble ejemplo de un individuo que demostró hasta la saciedad que la esencia de ser hombre no está limitada a la integridad corporal fue Stephen Hawking (1942-2018). Físico teórico británico, revolucionó la astrofísica con sus teorías, a pesar de los impedimentos impuestos por el mal de Lou Gehrig y una esclerosis lateral amiotrófica que le aquejó desde los 20 años. Esta enfermedad degenerativa lo redujo a una silla de ruedas, sin poder alimentarse, bañarse y vestirse solo, caminar o hablar a causa de una traqueotomía. A partir de entonces solo pudo comunicarse mediante un sintetizador de voz conectado a su silla. 

Hawking, con todas estas limitaciones, no dejó de producir nuevas teorías sobre el universo, colocándose a la altura de Einstein. Entre las múltiples ideas nuevas están el popular Big Bang y los campos gravitacionales de los agujeros negros. 

Estos dos ejemplos no son la excepción. Hay miles de casos similares en el mundo que constantemente confirman que la esencia de ser hombres/mujeres no está en la extraordinaria integridad corporal que tenemos cuando no estamos enfermos de algo. 

Entonces, ¿cuál puede ser la esencia del hombre?

Otro punto de partida es la sicología, ciencia social enfocada en el análisis y comprensión de la conducta humana y los procesos mentales experimentados por todo individuo y por grupos sociales durante momentos y situaciones determinadas. Esta disciplina se encarga de conocer cómo estos factores influyen en los sentimientos, pensamientos, aprendizaje y adaptación de los seres humanos al medio en que se desenvuelven.

Por medio de sus diversos enfoques, la psicología explora conceptos como la percepción, la atención, la motivación, la emoción, la inteligencia, el pensamiento, la personalidad, las relaciones personales, la conciencia y la inconsciencia; también estudia las relaciones interpersonales y el funcionamiento bioquímico del cerebro.  Para analizar el comportamiento emplea métodos empíricos de investigación, cuantitativos y cualitativos.

No debe confundirse sicología y siquiatría. Esta última es una rama de la medicina que estudia el comportamiento bioquímico del cerebro, sin ocuparse generalmente del contenido emocional o experiencial de los pacientes. Tampoco debe equipararse con el sicoanálisis, que es una disciplina terapéutica interpretativa, derivada del estudio de la mente humana.

Por más compleja, rica y determinante del comportamiento individual y colectivo que sea, la dimensión sicológica del hombre no agota ni define su esencia. Afirma, sí, que el perfil sicológico define a cada individuo en esa dimensión, pero no es la esencia de quién es él. 

Hay otra dimensión por explorar…

Reynaldo Pareja

Octubre, 2021

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Este artículo es una especie de biografía lectora de su autor, quien prefirió relatar los libros que más lo influyeron en diversas etapas de su vida a escoger un solo libro preferido. No son los libros en sí mismos lo que impactan, sino las ideas motrices que exponen sus autores.         

En cada etapa de nuestras vidas es casi seguro que un libro que nos ha influenciado tanto que sentó las bases para la próxima etapa de nuestro desarrollo psicológico, mental y espiritual. En esta perspectiva los libros son las puertas que nos muestran una nueva dimensión que la vida nos invita a recorrer si nos sumergimos en su lectura. No es el libro per se el que nos impacta. Lo que nos sacude son la o las ideas motrices expuestas por sus autores. El libro es apenas el vehículo impreso que nos da conocer lo que el autor arduamente luchó por expresar. Sus ideas reverberan todavía en nuestro consciente colectivo con la fuerza de vida propia.

Utilizando este marco de referencia, hago memoria de los autores cuyas obras fueron claves en cada etapa de mi crecimiento. Recuerdo los que nutrieron la imaginación de mi infancia y adolescencia, haciéndome soñar con castillos encantados, con bosques mágicos, con animales feroces, con hadas y con héroes. Crecí con el encanto de Blanca Nieves y los siete enanitos, de los hermanos Wilhelm y Jacob Grimm, con el amor platónico de Cenicienta, con la angustia de Caperucita Roja, con las proezas de Peter Pan, las aventuras del capitán Nemo en el Nautilus a lo largo de su viaje de 20.000 leguas submarinas, de Julio Verne; con la obsesión del capitán Ahab por encontrar y matar a Moby Dick, la ballena que le había quitado de un mordisco una pierna en un viaje previo. Intensa aventura escrita por Herman Melville.

Después encontré otro tipo de libros que abrieron la puerta de la magia de la literatura en todo su esplendor imaginario, como el Don Quijote de la ManchaEl cuento de las dos ciudades de Charles Dickens, los Cien años de soledad de nuestro entrañable García Márquez con su mágico realismo que lo envuelve a uno en un laberinto de interminables imágenes arrancadas al calor de una afiebrada imaginación tropical en la que se confunden los personajes con el paisaje, lo soñado con lo vivido, lo anhelado con lo sorpresivamente conseguido, lo idealizado encarnado en personas vivas y reales.

La etapa posterior de crecimiento la enriquecieron autores de ciencia ficción que me posibilitaron vivir las aventuras extraterrestres como las de la trilogía de las Crónicas de Dune, de Frank Herbert. El escenario es el inhóspito y desértico planeta Arrakis, donde el más preciado tesoro es el agua. Por su escasez, los habitantes desarrollan una reverencia semirreligiosa en su obtención y conservación. Este planeta se convierte en centro de un conflicto galáctico por el control de la droga más codiciada del universo, el melange, producido por un gusano gigantesco del desierto. La trilogía es un magnifico y extraordinario retrato de las pasiones permanentes que hay en cualquiera de las versiones de humanos potencialmente existentes en el universo.

No puedo dejar de mencionar la serie The Foundation, Foundation and Empire, y Second Foundation, del padre de la ciencia ficción, Isaac Asimov. En esta trilogía los robots, con su inteligencia artificial, se proponen crear el mundo ideal que los hombres no han logrado. Su final es tan sorpresivo como lógico. Los invito a que lo descubran.

Esas vívidas imágenes se complementaron con las melodías de la prosa poética avasalladora de Porfirio Barba Jacob, hasta los sublimes versos de la pregunta existencial de Shakespeare: to be or not to be, that is the question.  La poesía de versos pulidos hasta la perfección me presentó un universo esplendoroso apresado en melodías cadenciosas, capaces de arrullar el alma sedienta de transcendencia:  “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero…”, que escribió Teresa de Ávila.

Después llego la reflexión profunda sobre el ser, mi devenir, el misterio del futuro imposible de apresar, la complejidad de las relaciones humanas, la problemática ecológica del planeta, la ansiedad producida por la injusticia social a nivel mundial, la aparente ineludible confrontación violenta como la forma permanente que el hombre ha usado para manejar el conflicto. Grandes autores me formularon las preguntas de fondo que no han sido satisfechas por más esfuerzos de análisis, de profundización y de ampliación de conceptos. En esta etapa de intensa maduración numerosos autores me abrieron una y otra puerta a ese mundo convulsionado.

Libros como El mundo feliz de Aldous Huxley, que imaginó la creación de una sociedad producto de niños concebidos en probetas, en cinco categorías correspondientes a los más inteligentes, responsables de la dirección de la humanidad, hasta los más ignorantes, encargados del trabajo manual duro. Una sociedad perfecta bajo la apariencia de una democracia donde ningún estrato pensaría en rebelarse, pues cada uno está condicionado a “amar su estado de servicio genéticamente determinado”.

Después fueron muchos los libros que me abrieron los ojos a la injusticia social atrincherada en todos los continentes en múltiples formas sutiles de autojustificación. Quizás el libro que mejor me develó la inveterada esclavitud racial fue Raíces, de Alex Haley quien, con rigurosa metodología de investigación histórica, reconstruye el origen de su familia arrancada del África occidental por traficantes de esclavos. Sus antepasados fueron vendidos a un blanco sureño que los puso a trabajar en una hacienda algodonera y de tabaco. Los maltrató sin piedad ni descanso, con la brutal discriminación de esa época, hoy sutilmente camuflada en las actitudes antirraciales existentes en Estados Unidos.

A la par me encontré con gigantes del pensamiento filosófico moderno. Entre ellos destaco uno que está vivo, Ken Wilber, cuyos siete libros básicos presentan una teoría de integración a todos los niveles conocidos de la realidad física y social. Lo hace con una lógica impecable que permite entender por qué actuamos como actuamos y cuál es el valor de cada eslabón de integración que él propone para la conformación de un mundo más equitativo y justo.

En paralelo están los pensadores modernos que tienden un puente entre la ciencia y la espiritualidad. Han encontrado cómo superar la confrontación milenaria de las dos realidades humanas: la puramente física y la del espíritu. Entre estos sobresale el neurólogo indio Deepak Chopra, que pone de relieve cómo nuestro espíritu es una manifestación natural y dinámica que nos permite salir de la cárcel del yo-minimizado a la expansión del Yo-Universal.

También está Joseph Campbell, un gigante en la interpretación de multitud de mitos de la antigüedad. Estableció las claves para comprender lo que nuestros antepasados expresaron en esos mitos. Sus concienzudas investigaciones permiten captar el esfuerzo que hicieron nuestros antepasados por comprender la dimensión trascendental, intuitivamente sentida, pero conceptualmente desconocida. 

Contemporáneos como Gregg Braden han hallado, en las tradiciones más antiguas, respuestas frescas a los interrogantes del origen de nuestra especie y de su capacidad evolutiva. Joe Dispenza y Bruce Lipton abren la puerta de cómo ser conscientes de la conexión entre la mente y el corazón. Lo hacen con una metodología que nos permite convertirnos en directores de nuestra evolución neurológica a nivel del inconsciente, transformándonos en creadores de nuestra realidad internamente deseada.

Además, la lectura de los experimentos de los consagrados investigadores del sustrato de la realidad cuántica subatómica, Werner Heisenberg, Niels Bohr y Max Planck, confirmó que somos actores y creadores de la realidad por el solo hecho de pensarla. Esta verdad se nos escapa cuando pasamos del mundo subatómico al nivel macro de la realidad física planetaria.  Nuestra capacidad de influenciar la realidad cuántica que develaron nos permite extrapolar y entender el rol decisivo que nos compete en la orientación de nuestra propia realidad evolutiva, física, social, espiritual y planetaria. 

Dos gigantes del pensamiento moderno, Albert Einstein y Stephen Hawkins, me abrieron las puertas al universo cósmico para ampliar el conocimiento de las leyes que lo gobiernan. Definieron que la Energía Universal es la matriz omnipresente que cobija el universo entero. Podemos concebir que ella tiene una capacidad creativa organizadora que se evidencia en el Diseño Inteligente que el cosmos  devela en los estudios modernos de astronomía.

Finalmente, cito a los maestros universales, cuyas enseñanzas morales le han dado al hombre, desde el inicio de su historia, una guía de comportamiento que le permite desplegar el potencial de creación divina impresa en su ser. El hombre lo logra cuando escucha el susurro interior que le dice cuál es el bien que debe hacer por los demás, el mal que debe evitar y la construcción colectiva de un mundo donde la justicia y la paz sean el marco dinamizante de nuestra evolución como raza humana. En este nivel están las revelaciones de Moisés, Jesús, Buda, Mahoma y la más reciente Manifestación de Dios a la humanidad, Bahá’u’lláh, el vocero de Dios, cuyas enseñanzas, escritas o dictadas por él son el plan de acción para que la humanidad pase a su próxima etapa de evolución espiritual que le permita la creación de un nuevo mundo, esbozado en los principios de la fe Bahá’i.

Reynaldo Pareja

Agosto, 2021

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Reynaldo, apasionado investigador de la esencia del hombre, la expone desde su óptica personal.  Nos transporta a través de varias definiciones físicas, psicológicas, mentales y espirituales, como puntos de partida o marcos de referencia que ha habido en la historia, hasta llegar al nivel de detalle que han presentado los fundadores de las religiones desde que el hombre apareció en la Tierra. 

Tertulia con el grupo de exjesuitas el 1 de Julio del 2021
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Reynaldo, apasionado investigador de la esencia del hombre, la expone desde su óptica personal.  Nos transporta a través de varias definiciones físicas, psicológicas, mentales y espirituales, como puntos de partida o marcos de referencia que ha habido en la historia, hasta llegar al nivel de detalle que han presentado los fundadores de las religiones desde que el hombre apareció en la Tierra. 

Presentacion al grupo “Exjesuitas en tertulia” el 1 de Julio del 2021
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Terminada la vida física, el alma se desasocia del cuerpo y vuelve a Dios, fuente de su origen. Sin embargo, esta llegada no es, en términos humanos, instantánea. Requiere un proceso que implica varios pasos develados en la nueva Revelación de la Fe Bahá’i.    

“Inmediatamente” el alma-consciencia hace la transición se enfrenta a sí misma en una revisión radical de su vida terrenal. En esta dimensión el “tiempo terrenal” no se experimenta; por lo tanto, los vocablos que utilizaré son los que ahora usamos para poder hacer algo inteligible esa otra realidad no-temporal. 

El juicio personal ocurre en dos momentos: primero acá, en la vida en la Tierra, descrito así por Bahá’u’lláh:

“Pídete cuentas a ti mismo cada día antes de que seas llamado a rendirlas, pues la muerte te llegará sin aviso y habrás de responder por tus hechos” (Palabras Ocultas)

El segundo “momento” se durante la transición. En él, mente, personalidad, psicología, carácter, la memoria de todo lo hecho, la autoconsciencia y el espíritu se han integrado en una unidad indisoluble. La base para afirmarlo la dio ‘Abud’l-Bahá cuando confirmó lo que los filósofos antiguos habían dicho que era la característica esencial del alma humana. En sus palabras:

“El espíritu humano, que distingue al hombre del animal, es el alma racional. Las dos expresiones ‒espíritu humano y alma racional‒ designan una misma realidad.”                                                   (‘Abud’l-Bahá, Respuestas a algunas preguntas, no. 55)

Esta frase permite pensar que si el alma humana es racional, esto significa que tiene consciencia, pues dos elementos esenciales de dicha racionalidad son la capacidad de ser consciente de ser consciente y afirmar que dicha experiencia interna es real e inmediatamente perceptible por todo individuo. Por ello, en ese instante cada uno puede “ver” y “recordar” cada acto en favor de alguien y cada acto en contra de alguien, pues todos los recuerdos de lo vivido estarán presentes en la memoria con la claridad de una potencia que no estará limitada por la temporalidad. 

En ese ‘momento’ entenderemos, en forma directa y sin ambigüedades, el estadio de desarrollo espiritual que alcanzamos mientras vivimos la etapa temporal. Ese grado de desarrollo lo determina cómo vivió cada uno en servicio de los demás. Esta clara consciencia nos permitirá entender en qué nivel de mérito estamos y cuánto debemos trabajar espiritualmente para desarrollar los atributos divinos impresos en el alma, pero que aún se encuentran en potencia porque no nos preocupamos por ejercitarlos o desaprovechamos las ocasiones de practicarlos. 

Algunos ejemplos lo hacen patente: no haber perdonado a quien nos ofendió; haber juzgado a los demás sin fundamento o información correcta; no haber compartido algo con quien lo necesitaba y que yo podía sacrificar; no acompañar al que estaba deprimido por la transición de un ser querido; no haber dado un consejo a tiempo para que un conocido no cometiera un error que lo hundiría; no haber tenido paciencia con el compañero cuando reaccionaba agresivamente; no haberse abstenido de pegarle a los hijos en un arranque de ira… La lista es enorme. Cada uno hará el inventario con total lucidez, pues no habrá cómo engañarse. Reconocer el estadio de subdesarrollo espiritual permitirá juzgarnos y aceptar, sin engaños, dónde estamos frente al ideal de desarrollo espiritual que nos queda por alcanzar. Este trabajo ‒entenderemos en qué consiste‒, nos permitirá acercarnos paulatinamente a la presencia de Dios a medida que vayamos desarrollando esos atributos por medio del trabajo espiritual pertinente.

Ese estado y forma de progreso no lo detalló Bahá’u’lláh. Por ello, es infructuoso declarar qué es y cómo se llevará a cabo. Lo que sí puede afirmarse es que habrá la oportunidad de tener un crecimiento espiritual interminable.

Tanto ‘Abud’l-Bahá como Bahá’u’lláh afirman que la existencia no temporal del alma es una jornada infinita por los mundos espirituales de Dios hasta alcanzar su presencia. En ese estadio estará el gozo del verdadero Paraíso. En palabras de Bahá’u’lláh:

“Respecto de tu pregunta sobre los mundos de Dios sabe, en verdad, que los mundos de Dios son incontables en su número e infinitos en su extensión. Nadie puede contarlos ni comprenderlos, salvo Dios, el Omnisciente, el Omnisapiente”.                              (Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, LXXIX)                                                             

Bahá’u’lláh lo describe así, enfatizando el carácter de inmortalidad que el alma gozará:

“Y ahora, referente a tu pregunta acerca del alma del hombre y su supervivencia después de la muerte, sabe tú ciertamente que el alma después de su separación del cuerpo continuará progresando hasta que alcance la presencia de Dios, en un estado y condición que ni la revolución de las edades y siglos, ni los cambios o azares de este mundo pueden alterar. Perdurará tanto como el Reino de Dios, su soberanía, su dominio y fuerza perduren. Manifestará los signos de Dios y sus atributos y revelará su amorosa bondad y generosidad” (Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, LXXXI). 

En ese momento, el alma-consciente entenderá la descripción del verdadero Paraíso que Bahá’u’lláh plasmó cuando dijo:

“Tu Paraíso es Mi amor; tu morada celestial, la reunión conmigo. Entra, no tardes. Esto es lo que ha sido destinado para ti en nuestro reino de lo alto y nuestro exaltado dominio” (Palabras ocultas, 6. Resaltado del autor).

Al analizar lo que dice Bahá’u’lláh, el cielo o paraíso celestial consiste en estar inmersos en forma excelsa en su Amor, en su Presencia. Si la verdadera meta y dicha de existir es estar en la cercanía de Dios, lo opuesto ‒estar alejado de Él‒ es un verdadero sufrimiento espiritual que, en términos humanos equivale estar en un “infierno”. Es el resultado de ser claramente consciente de estar distante de la fuente de nuestra existencia, Dios mismo. Este sufrimiento es espiritual; nada que ver con el infierno físico de interpretaciones o descripciones pasadas. 

Bahá’u’lláh afirma que en el otro nivel de existencia tendremos la dicha de reconocer a nuestros seres queridos, amigos y aun a las Manifestaciones, con quienes podremos dialogar íntimamente:

“Ahora, referente a tu pregunta sobre si las almas humanas siguen siendo conscientes unas de las otras después de su separación del cuerpo, sabe que las almas del pueblo de Bahá, que han entrado y están establecidas dentro del Arca Carmesí, se asociarán y comulgarán íntimamente unas con otras, y estarán tan profundamente ligadas en sus vidas, aspiraciones, fines y anhelos, que serán como una sola alma”.                                        (Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, LXXXVI).

La partida y separación de los seres queridos no es absoluta y definitiva. ‘Abdu’l-Bahá consignó una poderosa relación de continuidad con ellos. Dijo que podemos interceder por los seres queridos que han partido, con oraciones en su nombre y por su progreso espiritual:

“Por tanto, es permisible rogar por la prosperidad, el perdón, la misericordia, el cuidado y las bendiciones de los difuntos, ya que la existencia es capaz de progresar. Esa es la razón por la cual, en las oraciones de Bahá’u’lláh, se pide el perdón y la remisión de los pecados de los difuntos. Por otra parte, así como la gente en este mundo está necesitada de Dios, también lo estará en el otro mundo”.                                                                    (‘Abdu’l-Bahá, Contestación a algunas preguntas, no. 62).

La meta suprema de la jornada espiritual después de nuestra transición es llegar a la presencia de Dios en el nivel de desarrollo espiritual que le corresponde a cada uno. En ese ‘momento’ se experimentará una interminable felicidad por haber llegado al origen de nuestra existencia y a la plenitud de nuestro desarrollo espiritual. Experiencia sin fin, característica de la inmortalidad con la que nuestra alma fue creada desde el inicio, que refleja la eternidad de Dios dentro de los límites que impone nuestra condición de seres creados.

La condición y existencia continuada del alma en el reino del Espíritu es imposible de imaginar, pues su exaltada condición está muy por encima de la capacidad del hombre de captar, entender o asimilar mientras se encuentre en este estado de temporalidad. Por tanto, no nos conviene que se nos revele todo su carácter, como lo advierte Bahá’u’lláh: 

“La naturaleza del alma después de la muerte nunca podrá ser descrita; no es conveniente, ni permisible revelar todo su carácter a los ojos de los hombres”.                                                                       (Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh).

Nuestra limitación de creaturas que viven en la dimensión temporal nos impide en forma esencial atisbar esta insondable realidad, mucho menos entenderla con nuestra limitada capacidad espiritual, que además se encuentra limitada porque le falta un desarrollo consciente. Sin una perspectiva espiritual como la expuesta es fácil caer en el desasosiego, en la incertidumbre y en la angustia existencial generada por la consciencia de que tarde o temprano, sin saber en qué circunstancias, ni en qué edad o etapa de nuestro desarrollo físico, psíquico, intelectual y espiritual nos ha de llegar la visita ineludible de las circunstancias que han de llevarnos a la otra rivera de la existencia. Para mitigar esa incertidumbre, Bahá’u’lláh dejó una alegre perspectiva de cómo podemos contemplar la transición para no temerla sino, más bien, abrazarla con gozo:  
                                                                                                                                                      

“Tú eres mi dominio y mi dominio no perece, ¿por qué temes perecer? Tú eres mi luz y mi luz no se extinguirá jamás, ¿por qué temes la extinción? Tú eres mi gloria y mi gloria no se disipa, tú eres mi manto y mi manto no se gastará nunca. Mantente entonces firme en tu amor hacia mí para que me encuentres en el reino de gloria”.

“He hecho de la muerte una mensajera de alegría para ti. ¿Por qué te afliges? He hecho que la luz resplandezca sobre ti. ¿Por qué te ocultas de ella?  

(Palabras Ocultas)

Reynaldo Pareja

Junio, 2021

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De acuerdo con lo ofrecido al final del artículo anterior, las explicaciones dadas por Bahá’u’lláh (Fe Bahá’i –nombre propio de la fe que aparece formalmente en todo documento–), antes de pasar a describir lo que sucede después de dar el paso de transición hacia la próxima realidad de existencia es necesario empezar por sentar las bases que explican dicha transición.

Todas las religiones principales del mundo afirman lo mismo con respecto a nuestro origen: Dios nos creó. Tres de ellas –judaísmo, cristianismo y Fe Bahá’i – le añaden la singularidad de que el hombre es creado “a imagen y semejanza de Dios”, como indican estas citas de esas tres religiones: 

“Creó, pues, Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. (Génesis 1,27).

“Hombres que han sido creados a la semejanza de Dios” (Santiago 3,9).
“Velado en mi ser inmemorial y en la antigua eternidad de mi esencia, conocía mi amor a ti; por tanto te creé, grabé en ti mi imagen y te revelé mi belleza”.

(Bahá’u’lláh, Palabras ocultas).

Estas afirmaciones aportan una dimensión que pareciera reñir con los datos de la ciencia, que le atribuyen a la evolución el origen del hombre y que, por lo tanto, no dan lugar a una dimensión divina en dicha hipótesis. 

Como las Revelaciones hechas por las manifestaciones de Dios tienen un nivel de conocimiento innato de la realidad divina, de otra dimensión del nivel de existencia, por lo menos como criterio de análisis puede afirmarse que dicha perspectiva tiene validez y autoridad, a pesar de que no se comprenda del todo lo que sostienen. Hay que hacer un acto similar de fe en la ciencia cuando afirma que el origen de la especie humana es producto de una evolución paulatina que fue desarrollándose hasta que el sujeto bípedo logró un nivel que le permitió manifestarse como hombre pensante (Homo sapiens sapiens), consciente de sí mismo, creador de la realidad dentro de la cual vive y se desarrolla. Esa afirmación, aunque tiene algunas bases arqueológicas y antropológicas, todavía sigue sin encontrar el “eslabón perdido” entre el simio y el hombre contemporáneo.

Si el hombre es creado por Dios, que no tiene cuerpo, no ocupa espacio ni tiempo, es la fuente de todo lo que es y creador de todo lo que ha sido, es y será, además de ser el sostenedor de esos universos para que permanezcan visibles en la existencia temporal, ¿de qué manera debe entenderse la esencia constitutiva del hombre? Para responder debemos recurrir a un término común expresado por todas las religiones, con diferentes matices y vocablos. En nuestro idioma es “el alma”. En otros idiomas es soul(inglés), âme (francés), anima (italiano), Seele (alemán), själ (sueco) o rwh (árabe). Es casi seguro que cada uno tenga su propia definición, descripción y/o entendimiento de lo que constituye el alma y sus funciones y puede compararlas con la descripción que nos ofrece Bahá’u’lláh.

Bahá’u’lláh presenta una diferencia con las Revelaciones anteriores porque en esos momentos la humanidad no estaba preparada para escucharlas. Lo nuevo que nos enseña es que Dios crea todas las almas con una esencia espiritual igual. No hay, por tanto, diferencia entre el alma de un hombre y una mujer. Las dos poseen el mismo nivel de exaltación divina, sin distinción de grado del uno y de la otra. Esta es la base para afirmar la igualdad de la mujer y el hombre. En sus palabras:

“Puesto que os hemos creado a todos de una misma substancia os incumbe ser como una sola alma, caminar con los mismos pies, comer con la misma boca y habitar en la misma tierra”.

(Bahá’u’lláh, Palabras Ocultas).

Bahá’u’lláh autorizó a su hijo, ‘Abud’l- Bahá, para que fuese el único intérprete de sus escritos. Cuando le preguntaron a este por la esencia del alma, dio varias explicaciones. La primera fue sobre la unicidad del alma como composición íntima de esta. Así lo expresó:

El alma no es una combinación de elementos, no se compone de muchos átomos, sino de una sustancia indivisible y, por consiguiente, es eterna. Está fuera del orden de la creación física. Es inmortal. 

        (Sabiduría de ‘Abdu’l-Bahá, libro donde se encuentra la cita)

Desde esta perspectiva se vislumbra la sublimidad con la que Dios crea el alma.

‘Abdu’l- Bahá, en Contestación a Unas Preguntas, hace otra puntualización novedosa que clarifica que la relación entre alma y cuerpo no es física: la conexión del espíritu con el cuerpo es como la conexión de una lámpara con un espejo. Si el espejo está bruñido y es perfecto aparece en él la luz de la lámpara, pero si el espejo está roto o cubierto de polvo, la luz permanece oculta. Esto permite a la Fe Bahá’í asegurar que la conexión entre cuerpo y alma no es material. El alma no entra ni sale del cuerpo y no ocupa un espacio físico dentro de él. Su relación es de asociación, no de inmersión. 

En otro lugar, ‘Abud’l- Bahá explicó esta relación. Dijo que el espíritu no necesita de un cuerpo, pero el cuerpo necesita del espíritu; de lo contrario, no puede vivir. El alma puede vivir sin un cuerpo, pero el cuerpo sin un alma, muere. Esta aseveración no es completa porque la esencia del alma es incomprensible, pues se escapa a nuestra capacidad de indagar, según Bahá’u’lláh:

“Me has preguntado acerca de la naturaleza del alma. Sabe, en verdad, que el alma es un signo de Dios, una gema celestial cuya realidad los más doctos de los hombres no han comprendido, y cuyo misterio ninguna mente, por aguda que sea, podrá esperar jamás desentrañar. Es, entre todas las cosas creadas, la primera en declarar la excelencia de su creador, la primera en reconocer su gloria, en aferrarse a su verdad, e inclinarse en adoración ante Él”.  

(Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, LXXXII)

Por más que especulemos, ahondemos o indaguemos sobre la esencia constitutiva del alma siempre nos quedará un margen de misterio que no terminaremos de aclarar en esta dimensión temporal. Necesitaríamos que la próxima Manifestación de Dios revelara algo más para poder tener una comprensión más profunda y clara de la esencia del alma. Y, aun así, todavía seguiría siendo incompleta, según lo declarado por Bahá’u’lláh en la cita previa.

Bahá’u’lláh pone de relieve el carácter sublime del alma en una perspectiva no explicitada antes por las Manifestaciones previas, pues la humanidad no estaba espiritualmente evolucionada para comprenderlo. Así lo describe:

“Sobre la más íntima realidad de cada cosa creada, Él ha derramado la luz de uno de sus nombres y la ha hecho un recipiente de la gloria de uno de sus atributos. Sobre la realidad del hombre, sin embargo, Él ha concentrado el esplendor de todos sus nombres y atributos y ha hecho a esta un espejo de su propio Ser. De todas las cosas creadas solo el hombre ha sido escogido para recibir tan grande favor y tan perdurable generosidad”. 

(Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, XXVII)

Uno queda mudo ante esta revelación que manifiesta cómo el alma de cada uno de nosotros lleva impresa en potencia todos los atributos de Dios para ser desarrollados en esta vida y la que sigue después de la transición. ¡Qué regalo tan exclusivo es tener dentro de nosotros una chispa de la divinidad en tal excelso grado! Solo el hombre ha sido dotado de tan gran don de existencia. Lo triste es no ser conscientes de esta nobleza con la que hemos sido creados y que lleguemos a ser capaces de destruir a otro u otros seres que tienen el mismo don y regalo cuando no nos percatamos de su excelso estado de existencia.

Entonces, ¿qué nos asemeja a Dios? La unicidad de Dios se refleja en la unicidad de nuestra alma, que no está compuesta de partes corruptibles, pues su esencia no es física, ni temporal, como el cuerpo al cual está asociada y del cual se desasocia cuando se hace el tránsito para volver al nivel de existencia del espíritu donde se originó. 

‘Abud’l-Bahá nos da una buena pista para responder qué es lo que hace la transición a la otra dimensión, pues dejó este texto aclaratorio:

“El espíritu humano, que distingue al hombre del animal, es el alma racional. Las dos expresiones ‒espíritu humano y alma racional‒ designan una misma realidad”.                                                                                    

(‘Abud’l-Bahá, Respuestas a algunas preguntas, no. 55)

Basados en esta aclaración puede afirmarse que al hacer nuestra transición todo lo que nos define como individuos ‒ consciencia, conocimientos, memoria de todo lo dicho o hecho, bueno o malo; personalidad psicológica, emociones y sentimientos  se unifica en el alma racional, la esencia real de quienes somos como un todo en el que el yo-consciente integra los elementos que lo caracterizaron en la vida terrestre como individuo único e irrepetible. Ninguno de estos elementos tiene corporeidad ni ocupa espacio físico dentro de nosotros, aunque son los componentes que nos definen como individuos concretos que somos. Al no ser físicos –pero sí reales nos permiten que se hagan uno con el yo y se “trasladen” como unidad al otro nivel de existencia. 

En ese estadio de unidad indisoluble e incorruptible nuestra existencia continúa en la dimensión no temporal ni física: en la espiritual. Cómo se da esa vida después de la transición es el contenido de nuestro último artículo.

Reynaldo Pareja

Junio, 2021

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En un primer artículo pregunté si podemos conocer con certeza otra dimensión de existencia tras la muerte. Di un primer intento de respuesta: tendríamos que saberlo por alguien íntimamente conectado con esa realidad diferente a la narrada por quienes han tenido una experiencia cercana de la muerte. Esto me llevó a indagar si en la historia algún individuo llena unos criterios que nos aseguren que su testimonio de esa otra realidad es verdadero y autorizado. 

Diversos individuos, en la historia de la humanidad, dejaron enseñanzas y develaron realidades espirituales que ningún otro mortal había hecho antes, con autoridad y confiabilidad. En virtud de lo que enseñaron, sentaron las bases para el desarrollo de una civilización nueva con múltiples expresiones de creación científica, artística, literaria y espiritual que no existían donde ellos aparecieron. Sus enseñanzas quedaron consignadas en Sagradas Escrituras, que sustentan las creencias de cada religión específica.

Lo destacable es que no se escogieron a sí mismos como mensajeros que hablaban en nombre de Dios. Todos, en los registros de sus vidas, en un momento determinado de su adultez, tuvieron una experiencia trascendental en la cual se les comunicó que habían sido elegidos por Dios para llevar una misión espiritual específica con un grupo concreto de personas. Krishna apareció en India para los hindúes del norte de ese país y Buda en el sur del mismo; Abraham y Moisés para el pueblo hebreo, Zoroastro para el imperio persa, Jesús para los que habrían de convertirse en cristianos, Mahoma para los árabes, y El Báb ‒junto con Bahá’u’lláh‒ para los iraníes modernos. 

Estas manifestaciones de Dios en la historia son únicas, porque no tienen el mismo origen de creación que nosotros, los comunes mortales. Para vislumbrar esta dimensión recurro a la descripción que Bahá’u’lláh, el fundador de la fe Bahá’i, nos hizo de ella. En sus palabras,

Él (Dios)… ha ordenado que tener conocimiento de estos Seres santificados (las Manifestaciones) sea idéntico a tener conocimiento de su propio Ser. Quienquiera les reconozca ha reconocido a Dios. Quienquiera escuche su llamado ha escuchado la Voz de Dios, y quienquiera atestigüe la verdad de su Revelación ha atestiguado la verdad de Dios mismo. (…) Cada uno de ellos es el Camino de Dios, que conecta este mundo con los reinos de lo alto y el Estandarte de su Verdad para todos en los reinos de la tierra y del cielo. Ellos son las Manifestaciones de Dios entre los hombres, las pruebas de su Verdad, y los signos de su gloria[i].

Esta descripción de la naturaleza de esas personas singulares sobrepasa el marco de referencia que solemos utilizar para dimensionar la extraordinaria realidad esencial de los mismos. Se ubican en una dimensión de ser-existir que sobrepasa nuestra limitada temporalidad. La descripción de Bahá’u’lláh es una afirmación contundente de que estos mensajeros hablan en nombre de Dios y que escucharlos es equivalente a escuchar a Dios. De ahí nace la fuerza de su Revelación y su capacidad de convertirse en “palabras de vida eterna”, que tienen la potencia de transformar el corazón de los hombres para que dejemos traslucir la impronta de divinidad que llevamos dentro.

Para hacer más extraordinaria la descripción, el hijo del fundador de la fe Bahá’i, ’Abdul’-Bahá, a quien Bahá’u’lláh delegó como el único intérprete autorizado de sus enseñanzas, puntualizó que las manifestaciones tienen un conocimiento innato en estos términos:  

“…las Manifestaciones Supremas de Dios abarcan la esencia y cualidades de las criaturas, trascienden y contienen las realidades existentes y comprenden todas las cosas; su conocimiento ‒en consecuencia‒ es conocimiento divino y no adquirido, es decir, una munificencia o gracia sagrada, una revelación divina[ii].

Todas las Manifestaciones del pasado de las que hay documentación de su vida y Revelación afirman sin ambigüedad que después de que hagamos nuestra transición temporal existe una dimensión no física a la cual llegará nuestra esencia no corporal, nuestra alma. No todos los individuos mencionados usaron las mismas palabras o imágenes, pero en esencia afirmaron que esa dimensión de existencia es real y podemos entrar en ella después de la transición que hemos llamado incorrectamente “muerte”. 

Comparto ahora varias de esas expresiones como nos las presentaron esos mensajeros de Dios, de quienes tenemos documentación seria acerca de su existencia histórica.

En el hinduismo, la muerte no es el final de todo, sino un proceso natural de la existencia física. La vida después de la muerte puede concebirse como una serie de etapas de crecimiento espiritual hasta que el alma está lista para la unión con Braham (Dios). Esa jornada de etapas está condicionada a las buenas o malas acciones que se hicieron libremente mientras el individuo estaba encarnado en un cuerpo físico[iii]. No menciono la reencarnación porque parece que esta creencia fue una elaboración posterior más que una enseñanza directa de Krishna. 

Zaratustra (Zoroastro) dijo que hay una vida después de la muerte, basada en que el alma la crea Ahura Mazda (nombre persa de Dios). Dependiendo de la vida recta o de maldad que la persona llevó a cabo en la Tierra, habrá un momento de juicio después del cual cada uno será enviado a un estado de goce o de oscuridad. El premio o castigo se basa en las elecciones hechas en vida, que fueron acciones buenas o malas. Esa nueva etapa es un estado de la consciencia y no un lugar físico[iv]

Buda no dejó ninguna descripción de la vida tras la muerte. Sus enseñanzas se dirigieron a darle al hombre las llaves para liberarse del sufrimiento temporal. Su propuesta es el camino del desprendimiento de lo perecible, de todo aferramiento a lo material que no satisface espiritualmente. El camino de este desprendimiento es la meditación: permite alcanzar la iluminación, el descubrirse partícipe de la presencia divina dentro de sí mismo. Este estadio es, en nuestro lenguaje, el anticipo de lo que se vivirá después de la transición.

Jesús habló muchas veces de la existencia después de la transición, como enseñó su oración al Padre celestial: “Padre nuestro que estás en los cielos”. Presentó el cielo como la morada de Dios, que no es física, y a la cual todos pueden aspirar a llegar, dependiendo de cómo hayan vivido la vida terrenal. En otra ocasión les reiteró a sus discípulos la existencia de ese lugar, cuando dijo: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas… Voy a preparar un lugar para ustedes” (Jn 14,2). El ingreso a ese lugar está condicionado a que cada uno haga la voluntad del Padre ‒sucintamente expresada por Yahveh en los diez mandamientos‒: “No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7,21).

La reflexión cristiana posterior elaboró una imagen de la vida después de la muerte muy marcada por una concepción física, en la cual predomina la existencia de dos realidades totalmente opuestas. La primera, la morada celestial física (“la resurrección de la carne”, según uno de los dos Credos de la Iglesia católica), donde los justos reciben la recompensa de un gozo sin fin por todo el bien que hicieron en la Tierra y por haber vivido de acuerdo con las enseñanzas de Jesús. La segunda, un sitio de castigo perpetuo, llamado ‘infierno’, donde las almas sufren interminablemente los tormentos infligidos por los demonios con base en el tipo de pecados cometidos durante la vida temporal. 

El islamismo propone una vida después de la muerte en forma muy similar a la del cristianismo. Para ellos el cielo es la morada de Allah y de los ángeles. La entrada al cielo está condicionada al juicio personal que cada uno debe pasar, basado en las acciones hechas en la vida terrenal. El Islam propone un final del mundo en el que los muertos serán resucitados para presentarse frente a Dios, en forma parecida al día del Juicio del cristianismo. Ese día iniciará una vida que nunca tendrá fin y en la que cada uno será recompensado con goce permanente por sus buenas obras, pero quienes vivieron una vida entregada a hacer el mal a los demás o a consumirse en el vicio recibirán un castigo permanente[v].

Finalmente, las explicaciones dadas por Bahá’u’lláh (fe bahá’i) son un verdadero avance, pues usan un lenguaje moderno, desligado de las imágenes utilizadas por las Manifestaciones anteriores. Su Revelación es tan rica y detallada que merece un próximo artículo.


[i] Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh (insertos aclaratorios del autor). https://bibliotecabahai.com/index.php/libros/bahaullah/2016-baha-u-llah-pasajes-de-los-escritos-de-baha-u-llah

[ii] ‘Abdu’l-Bahá (1994), Respuestas a algunas preguntas, 40.6 (énfasis del autor). 

https://bahai-library.com/abdulbaha_contestacion_unas_preguntas

[iii] Jayaram B. Hinduism belief in the afterlife.                                                                                       https://www.hinduwebsite.com › hinduism › h_death  

[iv] Franz Cardinal König (s.f.). Zoroastrian belief in afterlife. Encyclopaedia Britannica.

https://www.britannica.com/biography/Zarathustra

[v] Wikipedia. Islamic afterlife belief

https://en.wikipedia.org › wiki › Islamic_view_of_death        

Reynaldo Pareja

Mayo, 2021

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A lo largo de cuatro artículos expondré la dimensión de la transición que llamamos “muerte”. La pregunta por el más allá es un interrogante al que han buscado contestar distintas religiones, cuyas respuestas han sido diferentes.  

Cuando enfrentamos o acompañamos a un amigo, un  ser querido, un pariente o un desconocido en el momento en que hace la transición en la que el cuerpo se queda acá inmóvil, frío y sin vida corporal ‒que denominamos “muerte”‒ eso nos fuerza a pensar de inmediato en “¿qué viene después?”, especialmente cuando en esta pandemia hemos experimentado muy de cerca la partida de seres queridos, de amigos de toda una vida, de personajes que nos marcaron desde que los conocimos y tuvimos el privilegio de compartir espacios claves de nuestras vidas.

En ese momento estamos frente a lo desconocido, al misterio. Dependiendo de lo que uno crea, no se experimenta nada ‒porque no se cree que haya algo después y lo que queda acá se disuelve‒, se siente angustia ‒por la incógnita de lo que puede ocurrir al otro lado‒ o, por el contrario, se espera con goce lo que ha de venir ‒sin saber exactamente en qué consiste, porque se tiene la firme creencia en que ese nuevo estado de existencia es maravilloso y real‒.

Quienes se angustian tienen razón para sentirla pues nadie, después de haber hecho la transición definitiva de la ‘muerte’ (sin contar casos de coma que después “reviven” y que no son casos de ‘muerte’ definitiva), ha regresado para describirnos qué ha encontrado, qué ha experimentado en esa otra dimensión, en qué consiste ese diferente estadio de existencia, cómo se comprende y experimenta.  

De los pocos registros que tenemos de casos declarados físicamente ‘muertos’ está el recuento bíblico de Lázaro, el único que según los evangelios regresó después de hacer la transición, cuando su cuerpo estaba en descomposición, para seguir viviendo como antes. Sin embargo, es de anotar que Jesús aclaró que Lázaro estaba “dormido”, o sea, que no había hecho la transición radical, similar a la todos los seres queridos o amigos fallecidos que conocemos, quienes una vez que partieron no regresaron para contarnos cómo es esa otra dimensión. 

Así lo narra Juan:

Habiendo dicho estas cosas, después les dijo: 

Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy a despertarlo (Jn 11,11).

Sin embargo, Juan parece contradecirse cuando, pocos versículos después afirma que lo declaró muerto:

Así que luego Jesús les dijo claramente:

Lázaro ha muerto; y a causa de ustedes me alegro de que yo no haya estado allá para que crean (Jn 11,14-15).

Para asegurarnos que Lázaro en efecto había muerto, Juan escribió,

Cuando llegó Jesús, halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro. (Jn 11,17).

Lo más desconcertante es que no hay el más mínimo registro de qué experimentó Lázaro durante los cuatro días que estuvo enterrado después de haber muerto. Resulta sorprendente, pues si había sido enterrado hacía cuatro días, era tiempo más que suficiente para haber tenido una formidable experiencia de la realidad del otro lado. Sin embargo, no quedó consignado qué experimentó. Ignoramos que le contó a Marta y a María, sus hermanas. Este relato hubiera sido uno de los mejores testimonios de lo que ocurre después de hacer la transición al más allá, que nos habría servido para comparar esa experiencia con la temporalidad que nos caracteriza como seres contingentes.

Hoy tenemos cientos de testimonios de individuos que por circunstancias traumáticas estuvieron temporalmente en estado de coma y sintieron que morían, pero regresaron a la vida temporal. Estas personas han dejado un impresionante testimonio de lo que experimentaron al “otro lado” como una experiencia de trascendencia sin igual. Múltiples casos afirman que tuvieron esa experiencia para testimoniar su realidad. Aunque deseaban quedarse en ese estadio, fueron conscientes de que no era el momento personal de hacer la transición radical del no-regreso.

Uno de los pioneros en documentar estas experiencias fue el cardiólogo holandés, Pim van Lommel, quien emprendió el estudio sistemático de experiencias cercanas de la muerte como consecuencia de ataques cardiacos. Durante más de veinte años recopiló los datos de lo que experimentaron los pacientes que sobrevivieron al paro cardiaco. Los divulgó en 2001 en la prestigiosa revista médica The Lancet, publicación que causó inmediato revuelo a nivel internacional pues era el primer estudio médico hecho rigurosamente sobre este fenómeno.  

El mejor recuento de estas experiencias quedó consignado luego en un libro de antología que apareció en 2009, titulado The Handbook of Near-Death Experiences: Thirty Years of Investigation. La publicación incluye el estudio de 3500 casos de sujetos que reportaron haber tenido una experiencia cercana a la muerte. La mayoría de las entrevistas ocurrió años después de esa experiencia, lo que permite atribuirle alguna imprecisión en lo recordado. Los científicos escépticos arguyen que estudios retrospectivos no brindan datos confiables de lo que le ocurrió en ese momento al cuerpo o al cerebro mientras sentían que (sus almas) estaban en otra realidad.

Esas experiencias, sin embargo, permiten afirmar que un grupo significativo de personas vio y oyó cosas que la ciencia afirma que no pudieron haber ocurrido por el estado de disfuncionalidad en que se encontraba el cerebro. Estas experiencias indican que nuestro conocimiento del cerebro es más incompleto de lo que sabíamos y que al menos puede postularse que una mente consciente puede existir separada de un cuerpo vivo.

Lo cierto es que cualquiera que intente describir personalmente esa vivencia apenas esboza lo que ha de ser ese otro nivel de existencia cuando ocurra la transición definitiva. Casi todos los casos documentados coinciden en que lo que experimentaron, oyeron y vieron: un alto grado de plenitud, de paz, de profunda comunión, de armonía, de amor incondicional que todo lo impregnaba, que les daba un atisbo a lo que acá solemos llamar “el cielo, el Paraíso”. Ellos lo experimentaron en una dimensión de interminable plenitud y, en muchos casos, incidió posteriormente en sus vidas.

Los que se esfuerzan por describir dicho estadio de existencia por la vía teórica, distinta a la vivencia de quienes han tenido una experiencia cercana de la muerte, imaginan y conceptualizan lo que dicho estadio de existencia puede o debe ser, pero sin una base experiencial fuera de lo que su conocimiento espiritual, filosófico o religioso puede aportarles.

En este momento de nuestra reflexión cabe preguntarse: ¿cómo podemos saber con certeza si hay otra dimensión de existencia después de la muerte? Para obtener una respuesta confiable, basada en un conocimiento directo y experiencial de esa otra dimensión, el mínimo que podemos exigir es que quien afirme que ha experimentado dicha realidad incognoscible por nosotros la valide en virtud de varios criterios.

Un primer criterio que aporta certeza es que dicho individuo de alguna manera estuvo conectado con esa dimensión en una forma distinta de cualquier otro mortal, conexión que va más allá de aquellas personas singulares quienes, por un intenso esfuerzo de meditación y oración, han desarrollado la consciencia al punto de haber tenido una mínima experiencia de la dimensión transcendental en forma única y diferente de todos los demás mortales.

Un segundo criterio esencial es que dicho individuo haya vivido una vida intachable, de una rectitud moral y ética supremas, que haya manifestado en palabra y obrar diario una sabiduría y plenitud de conexión con la Trascendencia, que es palpable para quienes lo conocen de manera directa.

Un tercero criterio es que nos haya dejado unas enseñanzas espirituales de tal calibre que no son un simple conocimiento adquirido con el estudio y esfuerzo, sino que manifiesta un nivel de conexión con la Transcendencia tan evidente que sus palabras y acciones lo comunican con una fuerza interior arrolladora, capaz de transformar los corazones y obtener de quienes lo escuchan o entran en contacto con sus enseñanzas una respuesta en comportamientos de servicio constante para quienes lo necesitan. 

Cabe ahora indagar: ¿han existido individuos que han manifestado en su vida estos criterios? La pregunta, totalmente válida y necesaria, tiene respuesta inmediata: sí. Estos individuos han aparecido a lo largo de la historia humana y los hemos conocido como mensajeros de Dios, Voceros de la Divinidad, Profetas fundadores de una religión, Manifestaciones de Dios. 

En el próximo articulo diré quiénes fueron estos individuos y de qué manera sus enseñanzas crearon una Revelación que nos explica en qué consiste la relación de Dios con la humanidad ahora y después del paso que damos en la transición, al terminar nuestra experiencia temporal, cuando “morimos”; no, me corrijo, cuando hacemos la transición a una nueva etapa de existencia.

Reynaldo Pareja

Mayo, 2021

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En el artículo anterior, el autor definió y diferenció pedofilia y pederastia, y categorizó ocho rasgos y actitudes comunes a los pederastas ‒sexo y edad, rasgos personales, falta de empatía, parentesco con las víctimas, contacto con menores, experiencias traumáticas, ausencia de violencia y autojustificación‒. Ahora, se adentra en las relaciones entre pederastia y celibato sacerdotal.

A primera vista los aspectos comunes de los pederastas no implican una relación obligada con aquellas personas que han optado por el celibato como condición para ser ordenados sacerdotes. Sin embargo, varios de estos aspectos son fáciles de encontrar en sacerdotes o religiosos pederastas. Si alguno de ellos fue víctima de abuso sexual en su infancia, puede encontrar en el estado de célibe el ambiente perfecto para ocultar su trauma y después expresarlo con abusos similares en los niños con quienes tenga contacto frecuente. Este abuso experimentado en la niñez (y reiterado en otros años más tarde) no es un fenómeno aislado. Un estudio internacional llevado a cabo por Finkelhor en 1994[i] resume la prevalencia de abuso sexual infantil en 21 países. El estudio estableció tasas de prevalencia entre 7 y 36 % en mujeres y entre 3 y 29 % en hombres[ii].

El contacto con niños se facilita porque el sacerdote cuenta con un voto de confianza de los padres de familia: ellos asumen que la cercanía a sus hijos es bienintencionada, pues está instruyéndolos en temas religiosos o fomentando el desarrollo de las virtudes que habrán de convertirlos en buenos cristianos. Esta cercanía y contacto frecuente con los niños le permite al sacerdote pederasta desarrollar con uno o varios de los muchachos una relación amistosa que va progresivamente convirtiéndose en una relación de afecto que terminará expresándose sexualmente con algunos de ellos. De hecho, en muchos casos las propias víctimas no viven inicialmente el abuso como tal: son manipulados de manera que llegan a pensar que se trata de una especie de juego o una forma especial de relacionarse con ese sacerdote.

La falta de empatía del pederasta de ver y aceptar que su agresión causa sufrimiento real al menor atacado lleva con frecuencia al sacerdote pederasta a ignorar o minimizar la importancia del acto, o los daños causados a la víctima.Con frecuencia expresan, cuando son sometidos a interrogatorio, que la relación no ha sido dañina para el menor. Su máxima justificación llega a afirmar que el menor abusado ha aceptado y/o deseado esa relación. Cuando un sacerdote pederasta no es acusado o denunciado oportunamente por alguna de las víctimas, suele transcurrir un largo tiempo antes de ser capturado y juzgado, lo que le permite impactar la vida de decenas de niños. 

Jean Marc Sauvé, presidente de la Comisión de Investigación de Casos de Pederastia en Francia, precisó que 30 % de las víctimas tiene hoy más de 70 años y el 50 % entre 50 y 70 años y que el impacto en ellas son “vidas arruinadas, destruidas, una imposibilidad de vivir y una dificultad considerable para superarlo”[iii].  Esto explica por qué muchas víctimas han tardado tanto tiempo en denunciar a sus predadores. El impacto fue de tal envergadura que hasta que no llegaron a una edad adulta no se atrevieron a denunciar a esos sacerdotes pederastas, mientras que sufrían en silencio el impacto sicológico profundo y duradero que dichos traumas les causaron.

Lastimosamente. la pederastia dentro de la Iglesia católica no es un fenómeno aislado o local, sino una inaceptable y dolorosa realidad mundial. Es difícil encontrar estadísticas estandarizadas globales por la diversidad de culturas y hay pocos estudios sobre el tema, aunque en la última década se han hecho públicas más denuncias por parte de las víctimas, a la vez que se han realizado estudios de los abusos sexuales efectuados por pederastas. Esto ha permitido tener un inventario desconcertante de conductas de sacerdotes o religiosos que durante muchos años de ejercer la pederastia a escondidas finalmente han salido a la luz pública, dándole una insospechada dimensión al abominable ejercicio de una sexualidad no integrada.

La siguiente declaración del Arzobispo Silvano Tomasi contextualiza el problema en su dimensión global: 

El representante de la Santa Sede ante la ONU, el arzobispo Silvano Tomasi, informó en 2009, en una declaración ante el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, que según las estadísticas internas del Vaticano entre el 1,5 % y el 5 % del clero católico estaba involucrado en casos de abusos sexuales a menores”[iv]

Entre 1964 y 1976 las dispensas en el clero secular sumaron 17.253. Utilizando la cifra intermedia entre 3 % y 5 % el dato arrojaría entre 518 y 863 sacerdotes del clero secular involucrados en abusos a menores. Si estos, en promedio, abusaron sexualmente entre 3 y 5 niños, se tendrían cifras inaceptables de víctimas: de 1554 a 3415 niños abusados[v].

En Europa y América se han identificado sacerdotes y religiosos católicos como abusadores sexuales de menores de edad en varios países[vi].  En España, Pepe Rodríguez, en La vida sexual del clero, reseña una investigación de 1955 del catedrático Félix López Sánchez, de la Universidad de Salamanca, publicada por el Ministerio de Asuntos Sociales de España: 4,17 % de los abusos a menores los hicieron religiosos a un universo de 262.587 abusos sexuales a niños de edad y 44.780 a niñas también menores: 307.367 niños y niñas abusadas sexualmente[vii].

Irlanda ofrece un número inaceptable de víctimas de sacerdotes: más de 14.500 niños. Las primeras acusaciones empezaron a revelarse a fines de los años 80. En octubre de 2005, una investigación del gobierno en una diócesis del condado de Wexford reveló más de 100 casos de abuso sexual a menores por miembros de la Iglesia católica. El Informe Ferns, de más de 271 páginas, exponía alegatos contra 21 sacerdotes que habían trabajado en la diócesis entre 1966 y 2002[viii]. El 20 de mayo de 2009, la Comisión Investigadora de Abusos de los Niños (Ryan Commission), tras casi 10 años de investigación, publicó un informe con más de 2000 testimonios que relatan abusos físicos y sexuales por responsables de internados de órdenes religiosas católicas. Es uno de los mayores casos de reconocimiento de abusos sexuales eclesiásticos: abarca más de 35.000 niños abusados en un período de 86 años (1914-2000)[ix].

La comisión independiente encargada de investigar los casos de pederastia en la Iglesia católica de Francia estima que en el país ha habido al menos 3000 menores víctimas de abuso sexual desde 1950, aunque un portavoz de la comisión afirmó que las denuncias recibidas durante los últimos meses abarcaban 5300 testimonios. El presidente de la comisión, Jean-Marc Sauvé, indicó en una conferencia de prensa que el número de agresores no era inferior a 1500.

En los Países Bajos miles de niños sufrieron abusos sexuales por parte de clérigos católicos durante más de seis décadas. Se identificaron alrededor de 800 posibles perpetradores, según una comisión de investigación independiente, que publicó el reporte en 2011. La comisión afirmó que recibió 1795 informes de abuso sexual de menores llevados a cabo por el clero. 

En Argentina hubo, entre 2004 y 2009, al menos cuatro sacerdotes condenados por abuso de menores, una cifra muy por debajo de la realidad no documentada.

En mayo de 2018, los 34 obispos integrantes de la Conferencia Episcopal de Chile presentaron su renuncia al Vaticano por haber ocultado abusos sexuales a menores.​ La renuncia la provocó el caso de Fernando Karadima, acusado por tres víctimas de abuso: José Andrés Murillo, James Hamilton y Juan Carlos Cruz. La Santa Sede lo declaró culpable en enero de 2011 y lo sometió a una vida de retiro en oración y penitencia y le prohibió, a perpetuidad, el ejercicio público de cualquier acto del ministerio, en particular la confesión y la dirección espiritual de cualquier clase de personas y asumir cualquier encargo en la organización Unión Sacerdotal, de la cual era miembro activo. El 23 de mayo de 2019, el arzobispado de Santiago de Chile se vio obligado “a entregar a cada uno de los tres demandantes un cheque por la cantidad de $146.935.981 pesos chilenos”[x].

En 2019, se hicieron acusaciones judiciales contra dos sacerdotes: la Santa Sede expulsó del estado clerical a un profesor en la Universidad de Costa Rica[xi]. Este se fugó del país y tiene orden internacional de captura. Otro, Jorge Arturo, buscado por abuso sexual, lo arrestaron las autoridades judiciales mientras intentaba escapar por la frontera con Panamá. A la fecha de escribir este texto, está en prisión preventiva. Diez sacerdotes más han sido acusados formalmente. Casos notorios son el del padre Minor, conocido por su microprograma televisivo Un encuentro con Cristo y como director de Radio María, quien fue interpelado por presuntas relaciones sexuales con un menor de edad mientras estaba en un automóvil, aunque nunca fue condenado por esto, y el del sacerdote Enrique V., que pudo huir del país asistido económicamente por dineros de la Iglesia girados por el arzobispo de San Carlos. ​

En 2010, la Red de Sobrevivientes de Abuso Sexual por Sacerdotes (SNAP) de México dio a conocer una lista de 65 sacerdotes acusados en Estados Unidos de abuso sexual, pertenecientes a varias diócesis mexicanas; algunos de ellos aún ejercen su ministerio. SNAP también ha acusado al arzobispo de México por haber protegido a varios de estos sacerdotes, particularmente al padre Nicolás R., procesado en Tehuacán por abuso sexual contra por lo menos 60 niños.​ La cuarta demanda contra este prelado la presentó SNAP ante un tribunal federal estadounidense en Los Ángeles. ​ El acto lo minimizó la Arquidiócesis Primada de México, que calificó la denuncia como “calumniosa”, “engaño mediático” y “oportunista”[xii].

Un informe de la BBC de 2004 declaró que en Estados Unidos 4 % del clero católico ha realizado prácticas sexuales con menores (cerca de 4000 sacerdotes durante los últimos 50 años), aunque solo entre 5 % y 10 % de las víctimas los ha denunciado, según Bárbara Blaine, presidenta de la Red de sobrevivientes de abusados por sacerdotes (SNAP)[xiii]. Un estudio de la National Review Board encontró que 4392 sacerdotes fueron acusados del abuso sexual de 10.667 menores entre 1950 y 2002. De ese total, cerca de 6700 casos presentaron suficientes pruebas; 3300 no fueron investigados porque los sacerdotes habían fallecido y 1000 no presentaron pruebas fiables para justificar una investigación[xiv].

En febrero de 2004, una investigación encargada por la Iglesia reveló que más de 4000 sacerdotes en Estados Unidos se han visto envueltos en acusaciones de abusos sexuales de más de 10.000 niños, la mayoría chicos, en los últimos 50 años. El 14 de agosto de 2018, el Fiscal General de Pensilvania, Josh Shapiro, dio a conocer un informe de documentos internos de seis diócesis católicas que hacía constar que más de 300 curas católicos abusaron de más de 1000 víctimas menores de edad y fueron encubiertos por la Iglesia católica de ese estado[xv].

Un informe indicó que los costos relacionados con estos problemas superaron los 570 millones de dólares por concepto de gastos legales, indemnizaciones, terapia para las víctimas y tratamiento para los infractores. Esa cifra no incluye 85 millones de dólares que pagó la arquidiócesis de Boston para resolver algunas de las demandas presentadas por las víctimas. La arquidiócesis de Boston, la cuarta diócesis católica estadounidense más grande, en donde comenzó la avalancha de escándalos, anunció a finales de mayo de 2005 el cierre de 65 de las 357 parroquias de su jurisdicción porque financieramente no podía sostenerlas después de los pagos a que había sido obligada[xvi].

Desafortunadamente, Colombia no ofrece registros tan detallados como los recién expuestos. De lo que se conoce, apenas hay 57 procesos penales contra sacerdotes por pederastia, la mayoría en Antioquia. En 2010 capturaron al clérigo Luis Enrique, que recibió una condena de 18 años y 4 meses por violar a dos niños de siete y nueve años en el Líbano (Tolima); había huido de la justicia durante casi tres años. Un programa periodístico publicó un informe de un sacerdote, representante de una fundación para niños, acusado de abuso sexual a varios menores de edad; sin embargo, no fue procesado judicialmente. Allí mismo mencionó a otro sacerdote, vicerrector de un colegio del sur de Bogotá, por un video grabado que alumnos entregaron a la policía nacional, donde abusaba a un menor de edad. Pese a esta denuncia, el sacerdote solo fue trasladado a otra diócesis.

Desde 2009, William de Jesús Mazo, párroco de la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria, está recluido en la cárcel de Villahermosa, Cali, condenado a 33 años por violar a cuatro niños. En la cárcel de Manizales permanece Pedro Abelardo, párroco de Filadelfia, Caldas, condenado en 2008 a 21 años por abusar sexualmente de un joven con trastorno mental moderado. Otros casos son el del padre Víctor Manuel, de 40 años, capturado en Medellín por actos sexuales con menor de 13 años, en hechos ocurridos el 12 de agosto de 2013. Por otra parte, en 2011, el sacerdote Jairo Alzate fue condenado a siete años de prisión por el delito de acceso carnal abusivo y reiterado en Pereira, en 2008, a un menor de 10 años[xvii].

Otra historia de escándalo es la del padre Roberto Antonio Cadavid[xviii], que está en la lista negra de Estados Unidos, quien llegó a una parroquia en Brooklyn, Nueva York, con una recomendación de la arquidiócesis de Medellín. Su vida sacerdotal de más de 30 años está salpicada de acusaciones de pederastia. Hay pruebas de que él habría pagado a varias de sus víctimas para acallarlas. El obispo de Medellín, Ricardo Tobón López, ha sido cuestionado por su supuesta tolerancia de casos como el de este y otros sacerdotes que han logrado seguir ejerciendo su ministerio. 

Desde 2011, el espinoso tema de los sacerdotes pederastas entró en la agenda de la Conferencia Episcopal, aunque la curia está lejos de promover decididamente una revisión a fondo de lo que sucedió en el pasado, situación reconocida por el cardenal Rubén Salazar:   

“En el país no estamos capacitados todavía para hacer este tipo de investigaciones (…). Creo que aún nosotros no somos lo suficientemente conscientes de que este es un problema que ha afectado y sigue afectando a la Iglesia”[xix]

Es casi incomprensible que la Iglesia colombiana haya sido tan tibia en enfrentar con sinceridad y justicia el caso de sacerdotes pederastas y tomar acciones decisivas que dejen en claro que dicho comportamiento es indigno y malvado y que quien cometa tales actos será puesto en manos de la justicia penal para que reciba el merecido castigo. La Iglesia ha debido sancionar ejemplarmente, desde el principio, a todos los pederastas, retirándoles sus prerrogativas de ejercer las funciones sacerdotales y prohibiéndoles tener contacto con niños a los cuales podrían someter a su impulso sexual no controlado.

El primer argumento esgrimido por la Iglesia era que había salvar el prestigio de la misma. La forma más fácil de hacerlo, para evitar un escándalo que la desprestigiaría y le disminuiría creyentes que dejarían de confiar en la institución, era transferir al pederasta de una diócesis a otra, muchas veces sin advertir al párroco u obispo, que tendría como superior, la razón de fondo de su transferencia. Un segundo argumento, frente a la petición de que abolir el celibato reduciría los casos de pederastia, es que estos son consecuencia de la elección de personas sin una verdadera vocación, que deberían ser identificadas a tiempo. Sería indispensable conocer el perfil sexual de dichos candidatos para que las autoridades eclesiásticas advirtieran suficientemente temprano qué potenciales candidatos adolecen de algún rasgo de pedófilo o pederasta. Una vez identificados esos rasgos psicosexuales, la mano firme consiste en no ordenarlos, retirarlos del camino sacerdotal y hacerles caer en cuenta de la necesidad que tienen de tratamiento profesional médico. Este es un camino más seguro para reducir enormemente los futuros casos de abuso sexual de los niños por parte de sacerdotes regulares, así como de los de las órdenes religiosas. ¡Cuánto dolor evitarían a las potenciales víctimas y cuánto bien le haría a la Iglesia tener un clero que acepta su celibato con alegría y sin traumas que terminen hiriendo a niños indefensos por el resto de su vida!


[i] Finkelhor, D. (1994). The international epidemiology of child sexual abuse. Child Abuse & Neglect. 18, 409–417.

https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/8032971/
[ii] Almendro Marín, María Teresa, Belén Eimil Ortiz, Raquel García Baró y Pilar Sánchez del Hoyo (2013). Abuso sexual en la infancia: consecuencias psicopatológicas a largo plazo. Revista de Psicopatología y salud mental del niño y del adolescente, 22, 51-63. 
https://www.fundacioorienta.com/wp-content/uploads/2019/02/Almendro-Maria-22.pdf

[iii] El Tiempo (2020), Francia calcula 3.000 casos de abuso sexual en la Iglesia desde 1950. Junio 17.  

https://www.eltiempo.com/mundo/europa/pederastia-en-la-iglesia-francia-calcula-al-menos-3-000-casos-de-abuso-sexual-desde-1950-507920

[iv] La Gaceta de la Iberoesfera (2014). ONU-Vaticano: las cifras reales. Febrero 5.

[v] Piccardo, Diego Rafael (2014). Breve historia de los últimos cincuenta años de la Iglesia Católica (1964-2014). Ciencia y Cultura, 18(32), 9-63.

http://www.scielo.org.bo/pdf/rcc/v18n32/v18n32_a02.pdf

[vi] Wikipedia. Casos de abuso sexual infantil cometidos por miembros de la Iglesia católica.

https://es.wikipedia.org/wiki/Casos_de_abuso_sexual_infantil_cometidos_por_miembros_de_la_Iglesia_cat%C3%B3lica

[vii] Rodríguez, Pepe (1995). La vida sexual del clero. Barcelona: Ediciones B.

[viii] Wikipedia, o. c.

[ix] Ibid.

[x] El Mostrador (2019). Caso Karadima: finalmente Arzobispado de Santiago pagó a víctimas millonaria indemnización ordenada por la justicia. Junio 12.                                                       https://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2019/06/12/arzobispado-de-santiago-paga-a-victimas-del-caso-karadima-millonaria-indemnizacion-ordenada-por-la-corte-de-apelaciones/  

[xi] Wikipedia, o. c.

[xii] Ibid.

[xiii] Ibid.

[xiv] Ibid.

[xv] Ibid.

[xvi] Cullinane, Susannah (2019). Cronología: las denuncias de abuso sexual en la Iglesia católica en las últimas décadas. CNN, marzo 19
https://cnnespanol.cnn.com/2019/03/19/linea-de-tiempo-las-denuncias-de-abuso-sexual-en-la-iglesia-catolica-en-las-ultimas-decadas/

[xvii] Wikipedia, o. c.

[xviii] El caso de Cadavid y de otros sacerdotes ha sido detallado por Juan Pablo Barrientos (2019) en Dejad que los niños vengan a mí. Pederastia en la Iglesia católica de Colombia. Bogotá: Planeta.

[xix] El Tiempo (2019). Pederastia, la vergüenza de la Iglesia que se va develando en Colombia. Mayo 14.

https://www.eltiempo.com/vida/religion/casos-de-pederastia-de-la-iglesia-catolica-en-colombia-361196

Reynaldo Pareja

Mayo, 2021

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Pedofilia y pederastia son términos que suelen confundirse y utilizarse en forma intercambiable, cuando cada uno tiene su definición precisa. Una puede tolerarse (pero tratarse) y la otra debe perseguirse y castigarse. Es necesario evitar esta confusión

El diccionario de la Real Academia define pedofilia como atracción erótica o sexual que un adulto siente hacia niños o adolescentes. A su vez, pederastia es definida como abuso sexual cometido con niños. Esta distinción es necesaria, pues de inmediato indica dos niveles diferentes de su expresión en la acción: el pedófilo tiene solo atracción sexual; el pederasta llega al abuso sexual. 

Internet ofrece información que aclara la diferencia y apunta a las implicaciones de ambos términos.  Pedofilia proviene del griego páis, un sustantivo que se aplicaba exclusivamente a los varones de 13 a 19 años, es decir, entre la nubilidad ‒el inicio de la edad reproductiva‒ y el final de la adolescencia. A este término se añade filia, que significa amistad, amor y protección o afecto espiritual. En la antigua Grecia era una práctica común que los púberes tuvieran relaciones sexuales consentidas con sus docentes para promover lazos entre ambos: esto se denominaba pedofilia. Los pedófilos o paidófilos, según algunos helenistas, eran aquellos varones que gustaban anímicamente de jóvenes y se sentían atraídos por personas de mucha menos edad. 

Pederastia proviene de paídes (plural de páis) y eráo (amar con pasión). Hace referencia a los hombres que desean sexualmente a niños y adolescentes masculinos. La principal diferencia que se ha ido remarcando durante los últimos años es que un pedófilo siente una atracción por muchachos jóvenes, pero no necesariamente desemboca en una acción concreta o consumación de dichos deseos, mientras que un pederasta siente la misma atracción que el pedófilo, pero su atracción desemboca en un abuso sexual.

Mientras que la pedofilia se define como una parafilia (un tipo de trastorno sexual caracterizado por fantasías recurrentes), la pederastia es, además de parafilia, una práctica delictiva derivada de ella, que provoca graves repercusiones en el desarrollo psicológico, social y sexual de la víctima. Por norma general, todos los pederastas son pedófilos, pero no todos los pedófilos son pederastas.

Según la evidencia científica, la mayoría de las personas con pedofilia reprimen este tipo de deseo y no actúan sobre jóvenes por razones morales y no suelen buscar tratamiento de un especialista. No hacerlo puede conducir a que un pedófilo pase de la simple atracción (que no es mala en sí misma) a la agresión sexual a niños y jóvenes, pues no ha aprendido a manejar dicha atracción para no convertirla en forzamiento de niños indefensos[i]

El pederasta comete un delito sexual y un grave error moral. “Si el objetivo es proteger a los niños del daño, como debería ser, entonces deberíamos dejar de estigmatizar la pedofilia per se y comenzar a estigmatizar (o seguir estigmatizando) a aquellos que realmente abusan sexualmente de los niños por cualquier razón, ya sean pedófilos o no“, escribía Brian D. Earp, investigador de ética y política de la Universidad de Oxford, en el blog Medical Ethics[ii].

En otras palabras, los pedófilos no infractores no deberían ser estigmatizados, siempre que no ofendan, ni se confundan con agresores sexuales, pero debería alentárseles a buscar tratamiento para su estado, antes de que provoquen daño a los niños al convertirse en pederastas.

Pasemos, entonces, a los pederastas. Existen dos grandes tipos de pederastas: el situacional y el preferencial. El primero es un tipo de abusador sexual que no tiene una sexualidad restringida a los menores. Con frecuencia tiene una pareja femenina con la que puede establecer relaciones hasta cierto punto normales. No tiene preferencia concreta por un tipo de víctima, sino que aprovecha las oportunidades que encuentra para cometer abuso. No es infrecuente que los pederastas de este tipo hayan sufrido abusos en su infancia. Es la clase más frecuente de pederasta ‒que aprovecha las situaciones que se le presentan, sin estar buscándolas‒ y el que más tiende a agredir a integrantes de su misma familia. Por su parte, el pederasta preferencial acostumbra atacar a un mayor número de víctimas y tener una vida más ligada a la búsqueda de su objeto de deseo. No suele contar con una pareja estable o, de tenerla, la utiliza como tapadera. Por lo general, tiende a localizarse cerca de lugares que donde haya acceso a menores. Suele tener un comportamiento más compulsivo que el situacional.

Si bien las circunstancias que rodean cada caso de pederastia son particulares y no todas las características son aplicables a todas las situaciones, existe una serie de elementos comunes a los diversos tipos de pederastas. Oscar Castilleo Mimenzapsicólogo de la Universidad de Barcelona, categoriza ocho rasgos y actitudes que los pederastas tienen en común: sexo y edad, rasgos de personalidad, falta de empatía, vínculo o relaciones de parentesco con las víctimas, búsqueda de contacto con menores, experiencias traumáticas previas, ausencia de violencia y tendencia a la autojustificación[iii].

Por lo general, el perfil típico de pederasta es el de un sujeto pedófilo de edad media o avanzada. Son varones de entre 30 y 50 años, si bien en muchos casos la conducta delictiva aparece desde la adolescencia. A pesar de que en su mayoría se trata de hombres, existe un cierto porcentaje de casos ‒que varía entre 10 y 25 %‒ en que las abusadoras son mujeres. En su mayoría, los perpetradores varones tienden a agredir a víctimas de entre 8 y 13 años. En agresiones sexuales efectuadas por mujeres se ha detectado que las víctimas tienden a ser menores de cinco años o adolescentes.

Tal y como ocurre en el caso de los violadores, por norma general los pederastas no tienden a presentar comportamientos extraños. Su conducta es típica y habitual en la mayoría de los ámbitos vitales. Sin embargo, sí es posible observar, especialmente en pederastas preferenciales, la existencia de algunos patrones de personalidad relativamente consistentes, como muy baja autoestima y poca tolerancia al estrés. En muchos casos la conducta se lleva a cabo de manera impulsiva, como manera de deshacerse de un estrés psicosocial. Además, muchos también presentan sentimientos de inferioridad, dificultades en sus relaciones interpersonales y un cierto nivel de inmadurez. Suelen ser reservados y retraídos.

Por norma general, los pederastas carecen de empatía, en el sentido en que son incapaces de conectar con el sufrimiento que su actuación genera en el menor atacado o eligen voluntariamente ignorar este hecho. Esta falta de empatía suele expresarse solo en algunos casos, no en todos los tipos de relaciones sociales que mantienen. De algún modo, dejan de tener empatía con ciertas personas a conveniencia, dependiendo de sus propósitos y motivaciones.

En la gran mayoría de los casos abusador y abusado mantienen algún tipo de vinculación, usualmente familiar, laboral o vecinal, siendo infrecuente que el acto de pederastia lo lleve a cabo un desconocido. Esto permite crear algún tipo de pacto que comprometa a ambas partes y que aporte cierta seguridad al agresor, una protección gracias a la cual será más difícil que se den las alarmas a tiempo y que las autoridades puedan averiguar qué está ocurriendo.

Es frecuente que pedófilos y pederastas tiendan a buscar el contacto frecuente con su objeto de deseo, los menores. Por ello, en muchos casos se vinculan al mundo de la educación o buscan residencia en lugares con fácil acceso a menores. De hecho, los pederastas son capaces de invertir meses o incluso años de contacto casi diario con niños y niñas antes de cometer un crimen. Crean una coartada a ojos de conocidos y vecinos de modo que al principio no parezca extraño que se rodeen de menores. Durante esta etapa minimizan el riesgo de que se les pueda detectar. Gracias a esta estrategia cada vez van ganando mayores posibilidades de estar a solas con los pequeños, pues cuentan con la confianza de terceros, y la aprovechan.

Aunque no es un hecho que define la pederastia, no es infrecuente que aquellos sujetos que llevan a cabo conductas de este tipo hayan sido a su vez maltratados y abusados en la infancia. Esto puede provocar que se dé un aprendizaje de la situación en que el niño acaba asociando sexualidad a situación abusiva y ya mayor replica la misma situación en la adultez.

Si bien en algunos casos ha habido elementos sádicos y crueles en la práctica de las actividades sexuales, normalmente resultado de experiencias traumáticas previas o producto de otras alteraciones mentales, por norma general los pederastas no suelen emplear la violencia. Su modus operandi suele basarse en el acercamiento y el establecimiento de una relación de confianza con la víctima por abusar, cosa especialmente evidente cuando tenemos en cuenta que la gran mayoría de casos conocidos se han dado entre individuos que se conocían de antemano. Ganan acceso a los menores por su trabajo, vínculos consanguíneos o a través de las redes sociales, fingiendo comprender las circunstancias vitales del menor y produciendo en ellos curiosidad y afecto, intentando aproximarse poco a poco. En muchos casos las propias víctimas no viven inicialmente el abuso como tal, siendo manipulados de manera que llegan a pensar que se trata de una especie de juego o una manera de relacionarse con el adulto en cuestión.

En muchos casos los pederastas manifiestan cierto alivio al ser detenidos, en especial aquellos casos en que presentan sensación de culpabilidad, pero por norma general los pederastas tienden a minimizar la importancia del acto o los daños causados a la víctima. Con frecuencia indican que la relación no es dañina para el menor, fue aceptada y/o deseada por este o que existe una vinculación afectiva que legitima el acto, lo que no genera remordimiento por el abuso cometido.

Por otro lado, aunque los estudios pueden diferir en sus conclusiones, diversos impactos en los menores abusados sexualmente suelen ser comunes[iv]. Es muy común que las víctimas de abuso sexual infantil o juvenil tengan trastornos depresivos y bipolares, con manifestaciones de ansiedad y depresión, así como baja autoestima, todo lo cual puede llevarlos a conductas autodestructivas, con ideas suicidas o intentos de suicidio.

Las relaciones interpersonales son las que suelen quedar más afectadas, tanto inicialmente como a largo plazo. Sus manifestaciones son un mayor aislamiento y ansiedad social, menor cantidad de amigos y de interacciones sociales y bajos niveles de participación en actividades comunitarias. También se da un desajuste en las relaciones de pareja ‒cuando las tienen‒ y el modo como aplican castigo físico a los hijos y/o las formas de expresar un rol maternal depreciado. Algunos optan por huir del hogar, con los peligros inherentes del medio ambiente que puede llevarlos a delinquir.

Otro problema que afecta con mayor frecuencia a estas víctimas son los dolores físicos sin razón médica que los justifique: cefaleas, fibromialgias y trastornos gastrointestinales causados por trastornos de la conducta alimentaria, especialmente de bulimia nerviosa. También se detectan crisis convulsivas no epilépticas, que cambian brevemente el comportamiento de una persona y parecen crisis epilépticas. Además, las víctimas de abuso sexual pueden presentar síntomas y trastornos por una alteración de las funciones integradoras de la conciencia, la identidad, la memoria y la percepción del entorno.

Finalmente, Browning y Lauman (2001) defienden que la sexualidad desadaptada es la consecuencia más extendida del abuso sexual infantil, que se manifiesta como una sexualidad insatisfecha y disfuncional, con conductas de riesgo sexual (como relaciones sexuales sin protección y mayor número de parejas) que los llevan a contraer enfermedades de transmisión sexual y sida. Expresiones límites son la prostitución y la maternidad temprana[v].


[i] Romero, Sarah y Daniel Delgado (2020). ¿Qué diferencia hay entre pedófilo y pederasta? Muy interesante, abril 29.   https://www.muyinteresante.es/cultura/arte-cultura/articulo/ique-diferencia-hay-entre-pedofilo-y-pederasta

[ii] Earp, Brian (2017), Pedophilia and Child Sexual Abuse Are Two Different Things — Confusing Them is Harmful to Children. Journal of Medical Ethics blog, November 11. 

[iii] Castillero Mimenza, Óscar (s.f.). Perfil psicológico del pederasta: 8 rasgos en común. https://psicologiaymente.com/forense/perfil-psicologico-pederasta

[iv] Beltrán Pereda, Noemí (2010). Consecuencias psicológicas a largo plazo del abuso sexual infantil. Papeles del Psicólogo, 2010, 31(2), 191-201.

http://www.papelesdelpsicologo.es/pdf/1846.pdf

[v] Ibíd.

Reynaldo Pareja

Abril, 2021

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En el artículo anterior su autor planteó que el celibato es un tema controversial en la Iglesia católica. En su repaso histórico llegó hasta los dos concilios de Letrán en el siglo XII, cuando el celibato se estableció como ordenanza eclesiástica. Desde entonces, han existido muchas manifestaciones en su contra y comportamientos contrarios al mismo por parte de clérigos y de jerarquías eclesiásticas, incluso papales.

Antes de reglamentar el ejercicio de la sexualidad entre el sacerdote-esposo con su cónyuge, la Iglesia había adquirido una sólida estructura material con templos, propiedades donadas o compradas, múltiples donaciones de piezas de arte, ornamentos con piedras preciosas y una economía relativamente estable con los diezmos aportados por los fieles.

Los sacerdotes y dirigentes eclesiásticos casados y con hijos presentaron a la Iglesia romana un verdadero dilema económico. En primer lugar, el sacerdote supuestamente trabajaba para el crecimiento y sostenimiento de la Iglesia, lo que debía ser un trabajo eclesiástico a tiempo completo por el cual la Iglesia le retribuía un módico sustento de supervivencia, ajustado al ideal de vida pobre por el Reino. Este aporte era más o menos manejable por la Iglesia institucional, pero si los sacerdotes tenían esposa e hijos, la suma que la Iglesia debía entregar como estipendio podía fácilmente triplicar la cantidad del dinero que normalmente se le daba al sacerdote no casado[i]

Además, existía la costumbre de que los hijos varones de una familia heredaban las posesiones del padre cuando este fallecía. De ahí que los sacerdotes casados que tenían hijos varones debían, de alguna manera, dejarles una herencia mínima, que en último término saldría del patrimonio de la Iglesia, pues existía un compromiso de sostenimiento del sacerdote que le servía. Previendo que esto podía pasar, en el año 580, el papa Pelagio II decidió no tratar con sacerdotes casados, al menos que hicieran promesa formal de que no traspasarían la propiedad de la iglesia a sus esposas o hijos. La posición papal llegó a extremos cuando, en 1095, Urbano II hizo vender a las esposas de los sacerdotes como esclavas y sus hijos fueron abandonados[ii]

La situación de celibato obligado no se resolvía formalmente. Por el contrario, creció. Cuando esto se hizo evidente, el segundo Concilio de Letrán (1139) impuso el celibato obligatorio a quienes quisieran recibir las órdenes mayores de la Iglesia. Así se impedía que los sacerdotes heredaran a sus hijos y nietos los bienes que la Iglesia corporativa recibía como donaciones de sus fieles. En este sentido, el celibato fue una decisión legal y administrativa para impedir la privatización de los bienes y recursos de la institución eclesial. La prohibición absoluta a diáconos, sacerdotes y obispos de casarse les impedía tener descendencia legítima, para evitar que pudieran heredar los bienes de la Iglesia que ellos, directa o indirectamente, tenían a su cuidado temporal[iii].  

Los padres conciliares del segundo Concilio de Letrán también tenían clara conciencia de que los dirigentes eclesiásticos tendían a convertirse con el tiempo en una casta hereditaria. La tendencia a la privatización oligárquica en una institución como la Iglesia católica representaba un grave peligro para su supervivencia. Con la imposición del celibato obligatorio en el siglo XII, se intentó frenar este peligro, que se había manifestado con brutal claridad en la época de Marozia –quien fue una de las mujeres más influyentes de su época desde que, en 907, se convirtió en la amante del pontífice Sergio III‒, pues pasó a dominar la política papal durante 25 años, convirtiéndose en madre, abuela y bisabuela de papas[iv].  

Para subsanar los problemas que habían generado los eclesiásticos casados, en 1123 el primer Concilio de Letrán decretó que los matrimonios clericales eran inválidos. Este decreto fue ratificado por el papa Calixto II[v]. Dieciséis años más tarde, durante el pontificado de Inocencio II, el segundo Concilio de Letrán (1139) ratificó el decreto del concilio anterior.

No obstante, la historia muestra que varios Papas fueron casados, tuvieran hijos[vi] e incluso llegaron a los altares: san Félix III (483-492) tuvo dos; san Hormidas (514-523), uno; san Silverio (536-537), una hija; Adriano II (867-872), una hija; Clemente IV (1265-1268), dos hijas. Y después del decreto lateranense, Félix IV (1439-1449) engendró un hijo.                                                                                                                                                                                                                                 

Antes de los concilios de Letrán, varios papas fueron hijos de papas o de otros miembros de clero[vii]:

Nombre del PapaAños de papadoHijo de
San Damasco I366-348San Lorenzo, sacerdote
San Inocencio I401-417Anastasio I
Bonifacio418-422Sacerdote
San Félix483-492Sacerdote
Anastasio II496-498Sacerdote
San Agapito I535-536Papa Gordiano
San Silverio536-537San Hormidas, papa
Marino882-884Sacerdote
Bonifacio VI896-896Adrián, obispo
Juan XI931-935Papa Sergio III
Juan XV989-996Sacerdote
Papas que tuvieron hijos ilegítimos después de 1139
Nombre del PapaPapadoNúmero de hijos
Inocencio VIII1484-1492Varios
Alejandro VI1492-1503Varios
Julio1503-1513Tres hijas
Pablo III1534-1549Tres hijos y una hija
Pío IV1559-1565Tres hijos
Gregorio XIII1572-1585Un hijo

Este recuento histórico pone de manifiesto que la institución del celibato sacerdotal ha tenido una larga historia. Como ordenanza de la Iglesia, desde que se instituyó en el siglo XII, han existido muchas manifestaciones en su contra y comportamientos contrarios a la misma por parte, tanto de clérigos como de las jerarquías eclesiásticas. 

Esta recurrente infracción a la castidad, a lo largo de la historia de la Iglesia católica por aquellos voluntaria y probablemente convencidos de su valor espiritual, permite preguntarse si sería menos dañino para la fe de los creyentes que sus sacerdotes vivieran una vida matrimonial normal, dentro de la cual pudieran expresar su sexualidad, que una castidad engañosamente vivida cuando mantienen una actividad sexual a escondidas.

En otro orden de cosas, la católica no es la única iglesia cristiana que exige el celibato a sus sacerdotes. Las iglesias católicas ortodoxa y ortodoxa oriental demandan de sus miembros un voto de castidad. Sin embargo, este celibato no es tan estricto como el de la Iglesia católica. En ellas dos los obispos deben ser solteros o viudos y no se permite a un hombre casado convertirse en obispo. En la mayoría de las iglesias ortodoxas y en algunas iglesias católicas orientales, los hombres que ya están casados pueden ser ordenados sacerdotes, pero los sacerdotes no pueden casarse después de ordenados.

El celibato que deben aceptar y vivir quienes quieren ser sacerdotes diocesanos o pertenecientes a una congregación religiosa tiene, por un lado, un aspecto espiritual y, por otro, uno económico, que claramente fueron estructurándose en la Iglesia católica con sus pros y contras. Es claro que si un sacerdote se dedica de tiempo completo a evangelizar y servir a la comunidad de creyentes en todos los aspectos en que su apoyo espiritual los beneficia, no estar casado ni tener obligaciones con su esposa e hijos, permite la libertad exterior e interior que le brinda el celibato plenamente aceptado. Esto no impide que en Estados Unidos haya hoy alrededor de 120 sacerdotes casados[i].

El hecho de que el porcentaje de aceptación del cura casado, según las últimas estadísticas publicadas, ascienda a 80 % en Estados Unidos, 75 % en Europa y 73 % en España es un buen indicador del tipo de receptividad que hay en la población creyente, especialmente cuando se sabe que hay alrededor de 90.000 sacerdotes casados en el mundo, según información que obtuve[ii].

La otra cara del no-celibato ‒de los sacerdotes que desean servir de igual manera que el célibe‒ muestra que deben balancear el manejo de su sexualidad con su esposa y el manejo económico de la familia, especialmente cuando hay hijos. Otras denominaciones cristianas, como la greco-católica en Ucrania, anglicana o episcopal, no exigen que sus sacerdotes sean célibes, lo que demuestra a lo largo de varios siglos que es posible tener sacerdotes casados que no generan conflicto a la iglesia institucional ni a sus relaciones con los creyentes. Muchas otras denominaciones protestantes tampoco exigen el celibato a sus pastores o ministros. 

La opción del celibato como estado de vida para dedicarse de lleno al trabajo espiritual es loable y bienvenida. Pero igualmente debería estar abierta la puerta institucional para que hombres casados puedan ser ordenados sacerdotes, teniendo en cuenta que ellos pueden entregarse al ministerio con una dedicación y entusiasmo comparables a la entrega que hace el sacerdote célibe que ha optado por esa modalidad de vida. Y queda la inquietud de que sacerdotes que han sido célibes puedan contraer matrimonio y continuar su ejercicio sacerdotal y pastoral


[i] Rodríguez, Pepe (1995). La vida sexual del clero. Barcelona: Ediciones B. http://www.pepe-rodriguez.com/Sexo_clero/Sexo_clero_index.htm

[ii] Historia del celibato. https://www.futurechurch.org/historia-del-celibato

[iii] Blum, Roberto (2017), Viri Probati. El Periódico de Guatemala, marzo 11. https://elperiodico.com.gt/opinion/opiniones-de-hoy/2017/03/11/viri-probati  

[iv] Wikipedia. Marozia. https://en.wikipedia.org/wiki/Marozia

[v] Wikipedia. 1 Concilio de Letrán. https://es.wikipedia.org/wiki/I_Concilio_de_Letr%C3%A1n

[vi] Papas que fueron casados  https://iglesiaantiguaencucuta.jimdofree.com/papas-obispos-casados-en-la-historia-de-la-iglesia-cat%C3%B3lica/

[vii] Ibid.

[viii] Tchemedyian, Alene (2017), Married Catholic priests? There are perhaps 120 in the U.S. already. Here’s how. Los Angeles Times, March 12.https://www.latimes.com/nation/la-na-pope-married-priests-2017-story.html
[ix] Bedoya, Juan G. (2015). La lucha de los 90.000 curas casados de la Iglesia católica. El País (España), noviembre 1. https://elpais.com/politica/2015/11/01/actualidad/1446374179_827110.html

Reynaldo Pareja

Abril, 2021

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El celibato ha sido y sigue siendo un tema controversial dentro de la Iglesia. Aunque parece no ser un tema controversial para quienes la dirigen ‒en cuanto no quieren o no pueden modificar una disciplina milenaria de exigir el celibato a sus sacerdotes‒, no por eso dejan de presentarse serios argumentos que postulan una posible revisión de la norma. Como todo tema controversial de envergadura, es necesario desglosar con calma los factores que hoy exigen su cumplimiento para elaborar un criterio personal informado.

El diccionario de la Real Academia Española define el celibato como “soltería, especialmente la de quien ha hecho voto de castidad”. Es decir, se refiere a personas que no tienen un matrimonio formal y a quienes han hecho un voto de castidad para abstenerse de una relación de pareja y no tener relaciones sexuales.

Virgen es aquel que nunca tuvo relaciones sexuales, pero la vocación virginal es la renuncia a la vida sexual activa. El célibe renuncia a una vida sexual activa para canalizar toda su energía y toda su persona por una causa mayor, por su deseo de consagrarse en forma exclusiva a Dios.

El celibato, en sentido genérico, es la condición de quien, por opción, no contrae matrimonio.

El celibato es el estado del soltero o célibe. El término adquirió un sentido de compromiso, de opción de vida. La opción por el celibato puede ser religiosa, como entre los sacerdotes y monjas católicos, los monjes budistas y de otras religiones; filosófica, como la opción de Platón, o social, como la de quienes deciden dicho estado como opción personal. Lo común es que el celibato sea voluntario. El celibato sacerdotal es la elección que se hace a cambio de una dedicación total a los servicios religiosos por medio de la ordenación presbiteral.

El concepto y la práctica del celibato se remontan a los albores de una de las religiones más antiguas de las cuales tenemos alguna documentación: el hinduismo de la India. Esa práctica surge con los ascetas y quienes dejaban el mundo material para buscar la explicación trascendental de la existencia a través de la contemplación.

En el hinduismo, la brahmacharia es la primera de las cuatro áshramas (etapas en la vida de un brahmán o sacerdote hinduista). Es una ‘etapa de estudio’. Literalmente significa ‘el que se mueve con Dios’. Brahman es ‘lo que se expande (Dios)’ y charia ‘que se mueve con’, ‘que vive con’.

El brahmacharí es un monje célibe que se dedica a memorizar las escrituras sagradas hindúes (como el Bhagavad Gita) y vive en el guru-kula (‘la casa del maestro espiritual’). En algunas órdenes monásticas, un brahmacharia es también un monje que aún no ha hecho los votos finales de Sannyasa, es decir, aún no es swami. Tradicionalmente, viste ropas amarilla o naranja. Puede usar su primer nombre o utilizar el que ha escogido para su vida como swami[i].  

Los monjes budistas nacen de la experiencia que Siddharta Gautama (Buda, 560-480 a. C.) tuvo en su primera etapa de búsqueda espiritual cuando vivió con anacoretas hindúes. Después de intensa dedicación a las prácticas de estos anacoretas, Gautama concluyó que no era el camino espiritual que buscaba. Se retiró y, después de su experiencia de iluminación, comenzó a enseñar a los entusiastas seguidores cómo podían adquirir ese estadio. Sus seguidores pronto se convirtieron en una comunidad de monjes que vivían según estilo del Buda, lo que incluía el celibato.

El monje budista sigue el camino del Buda. Por ello, busca el desapego como método de realización plena. Según el budismo, el sufrimiento del mundo es producto del apego; de ahí que casarse no está contemplado en ese camino de desprendimiento. El mismo Siddharta abandonó a su esposa, Iashodhara, con la cual se había casado a los 16 años y con quien tuvo un hijo, Rahula, que después se uniría a sus enseñanzas como bonzi. Hoy, los monjes shaolin y tibetanos son budistas que practican el celibato como norma de vida de grupo.

Ahora podemos preguntarnos por el origen del voto de castidad que deben cumplir los sacerdotes del clero secular y las órdenes religiosas, al igual que las mujeres que entran en los conventos.

Jesús eligió doce primeros seguidores: los apóstoles. La mayoría eran hombres casados, como lo dice Pablo en su primera carta a los Corintios: “¿No tenemos derecho a llevar una mujer creyente con nosotros, tal como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Pedro?” (1 Cor 9,5).

En la última Cena, Jesús consagró a los apóstoles como los primeros presbíteros de la futura comunidad cristiana cuando les delegó la potestad de replicar lo que hizo con el pan y el vino: tomó pan, dio gracias, lo partió y se los dio, diciendo:“Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por ustedes. Hagan esto en recuerdo mío” (Lc. 22,19).

Estar casados no impidió a Santiago y Pedro convertirse en la cabeza de la primitiva iglesia cristiana, tras la Ascensión de Jesús. Después de los apóstoles, los primeros presbíteros (los primeros sacerdotes cristianos) estaban casados y, por lo tanto, no eran célibes. La ordenación la recibían por la imposición de las manos de los ancianos: “No descuides el carisma que hay en ti, que se te comunicó por intervención profética mediante la imposición de las manos del colegio de presbíteros” (1 Tim. 4, 14). 

Si los primeros presbíteros (sacerdotes) eran casados, ¿qué ocurrió para que terminaran sujetos a un voto obligatorio de castidad que les prohibía casarse y, por ende, verse privados de cualquier actividad sexual?

Las comunidades cristianas de los primeros siglos no contemplaron, ni bíblica ni tradicionalmente, la soltería como estado obligatorio para ser sacerdote. Este mandato tuvo una evolución larga y tortuosa. Hubo dos razones principales por las cuales el celibato se introdujo como regulación que debía seguirse si un varón cristiano quería ser sacerdote: una, espiritual y, otra, temporal. Ambas razones ejercieron una poderosa definición en la institucionalización del celibato.

El primer motivo, espiritual, se entiende mejor si se recuerda el contexto histórico que lo originó: la aparición de un movimiento ascético parecido al hindú-budista: los monjes del desierto en Egipto. Como un curioso paralelo con los anacoretas de la India, muchos cristianos egipcios buscaron el desierto para seguir los consejos evangélicos, en un proceso denominado fuga. Una de las obras que ilustra este proceso es la biografía que Atanasio escribió sobre san Antonio del Desierto, entre los años 356 y 362, en la que exalta la vida del abad Antonio como una verdadera consagración al combate espiritual por medio de la abnegación y apartamiento del mundo en el desierto. 

Jesús explicó ese llamamiento espiritual a sus discípulos cuando le comentaron su respuesta a los fariseos que le habían preguntado las razones para poder divorciar la mujer. Ante lo que contestó Jesús, los discípulos le dijeron: “Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse”. Pero él les respondió: “No todos entienden este lenguaje, sino solamente aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del vientre materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda (Mt. 19, 10-12).

La motivación de la consagración del sacerdote por el celibato, para instaurar el reino de los cielos mediante su entrega al trabajo con aquellos que quieran vivir según la propuesta de Jesús a sus seguidores, la rescató el concilio Vaticano II en su decreto Perfectae Caritatis (n. 12) cuando expuso estas razones de la consagración a Dios en el celibato:

“La castidad por amor del reino de los cielos (Mt. 19,12) que profesan los religiosos ha de estimarse como don eximio de la gracia, pues libera de modo regular el corazón del hombre (cf. 1 Cor 7,32-35) para que se encienda más en el amor de Dios y de todos los hombres, y por ello es signo especial de los bienes celestes y medio aptísimo para que los religiosos se consagren fervorosamente al servicio divino y a las obras de apostolado. De este modo evocan ellos ante todos los fieles aquel maravilloso connubio, fundado por Dios y que ha de revelarse plenamente en el Siglo futuro, por el que la Iglesia tiene por esposo único a Cristo”.

Vivir célibe adquiere, entonces, un nivel espiritual muy elevado, pues se ofrenda no ejercer una de las facultades más humanas, la sexualidad, al renunciar a esta para liberarse de toda atadura humana, de modo que el sacerdote y el religioso puedan consagrarse enteramente al servicio de la propagación del Evangelio y la construcción del reino de Dios en la Tierra en la medida que sus fuerzas lo permitan.

Monje, que etimológicamente significa solitario,​ tomó otro significado cuando los monjes del desierto comenzaron a formar comunidades. Solos o comunitarios, esos monjes influyeron mucho en el desarrollo del concepto de celibato como abandono del mundo para un seguimiento radical de Cristo. Iniciaron la experiencia de vida consagrada en la Iglesia latina y en las Iglesias ortodoxas bizantinas y orientales. Un gran exponente fue Pacomio (c. 292 – mayo 9 de 348), usualmente reconocido como fundador del monacato cenobita cristiano, quien creó la comunidad cenobita, en la cual monjes o monjas vivían juntos y mantenían su propiedad en común, liderados por un abad o abadesa, a quien obedecían totalmente. A partir del siglo IV los monjes vivían en el desierto, solos o en vida común, y mantuvieron las características de los primeros ermitaños: castidad, pobreza, «separación del mundo», oración, mortificación, etc.[ii]

El segundo motivo, temporal, también tuvo un desarrollo histórico. Comenzó con el edicto de Milán, dado por el emperador romano Constantino (272-337) en 313. Dicho edicto prohibió la persecución contra los cristianos que habían desatado los emperadores romanos porque aquellos constituían una amenaza a las creencias y cultos de los dioses romanos. Con esta prohibición, Constantino dio libertad a los cristianos para practicar su liturgia y culto propios. Luego, el emperador Teodosio (346-395), con el edicto de Tesalónica, en 380, declaró que la religión cristiana era la religión estatal. Así unificó religiosamente al Imperio y se ganó la anuencia de los dirigentes del cristianismo[iii].

Tras adquirir estatus de religión oficial el cristianismo tuvo un crecimiento monumental, lo que obligó a los dirigentes eclesiásticos a organizar la estructura formal de la Iglesia en diversos niveles jerárquicos ‒obispos, presbíteros, diáconos‒ y en una organización territorial en diócesis y parroquias. Los dirigentes jerárquicos (obispos) adquirieron el deber de velar por la disciplina ética y moral de los presbíteros.

Hasta este momento no era extraño que los presbíteros, casados antes de su ordenación, continuaran casados o que presbíteros ordenados tomaran esposa y formaran una familia. No había una regulación formal sobre esta situación. Sin embargo, el crecimiento vertiginoso de la Iglesia hizo que la supervisión de los presbíteros fuese muy difícil y que se diera un relajamiento moral y de costumbres por parte de muchos sacerdotes que debían dar ejemplo de vida consagrada. Existe documentación seria que constata que algunos tenían relaciones con concubinas y hasta hijos naturales con ellas. El informe de san Bonifacio al Papa en el siglo VIII, que expresaba que en Alemania casi ningún obispo o sacerdote eracélibe, es un indicio de cuan generalizada era la situación[iv].    

Como este comportamiento se había generalizado, el concilio de Nicea, en 325, decretó que una vez ordenados, los sacerdotes no podían casarse. En 385, el papa Siricio abandonó a su esposa para convertirse en Papa. En ese momento se decretó que los sacerdotes no podían dormir con sus cónyuges. 

La preocupación con el celibato cobró más fuerza a partir del siglo XI. Papas como León IX y Gregorio VII temían la “degradación moral” del clero. Por eso, el celibato sacerdotal fue instituido en los dos concilios de Letrán (1123 y 1139). A partir de ellos, se decretó que los clérigos no podían casarse o relacionarse con concubinas[v].   


[i] Wikipedia, la enciclopedia libre. Brahmacharí. es.wikipedia.org › wiki › Brahmachari 

[ii] Wikipedia, la enciclopedia libre.  Monacato cristiano. es.wikipedia.org › wiki › Monacato 

[iii] Wikipedia, la enciclopedia libre. Teodosio 1 el Grande.   es.wikipedia.org › wiki › Teodosio_I Teodosio I el Grande – Wikipedia, la enciclopedia libre

[iv] Future Church. Historia del Celibato www.futurechurch.org › historia-delHistoria del Celibato/ Future Church

[v] Ibid.

Reynaldo Pareja

Abril, 2021

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La Tierra, según científicos dedicados a su estudio, ha acumulado de 3.5 a 3.8 mil millones de años de edad como planeta que ha albergado las primeras formas de vida conocidas en el universo. Aceptando la relatividad de estos cálculos, estos no dejan de ser impresionantes.

La Tierra, según científicos dedicados a su estudio, ha acumulado de 3.5 a 3.8 mil millones de años de edad como planeta que ha albergado las primeras formas de vida conocidas en el universo. Aceptando la relatividad de estos cálculos, estos no dejan de ser impresionantes. Primero, porque en términos comparativos con nuestra aparición en el planeta ‒entre 200.000 a 12.000 años‒ dependiendo de la definición de hombre biológicamente desarrollado consagrada por los antropólogos, nuestra aparición es una insignificancia en términos de tiempo. 

Lo más interesante es que para que el planeta haya podido albergar vida, atmósfera, masas continentales, agua y vegetación tuvo que adquirir un desarrollo que permitiera la aparición de la vida. Esto implicó que el planeta hiciera su recorrido anual alrededor del Sol en forma constante para que dichas condiciones se mantuvieran estables. El planeta ha estado girando alrededor del Sol por más de tres millardos. Imagine el número de vueltas alrededor del Sol que representan esos miles de millones de años. El número de ceros no cabría en varios renglones.

Para la Tierra dar una vuelta alrededor del Sol es un hecho intrascendente. Es un viaje repetido cronológicamente miles de millones de veces en una forma monótona y precisa. Para ella, dar una vuelta al Sol no representa ninguna proeza espectacular ni tiene algún significado especial. Tan solo añade una vuelta más a la mil millonada que ya ha hecho.

Sin embargo, para nosotros los humanos esa vuelta al Sol es todo un acontecimiento en nuestras vidas de envergadura. Al culminar su rutinaria rotación, le damos a la misma un significado extraordinario. El motivo de celebración planetaria es que ha transcurrido un año más de existencia individual y colectiva de la raza humana. 

Este evento lo interpretamos con un significado que el planeta no celebra. Para él, darle la vuelta al Sol es lo que tiene que hacer. Para nosotros, que le damos sentido a lo que vivimos, lo interpretamos como un quiebre en el calendario que nos permite dividir un tiempo que no existe como tal, pues es una división arbitraria colectivamente aceptada como el cumplimiento de un año, independientemente de si es calculado por referencia al Sol o a la Luna. 

Somos intrínsecamente sentidodantes de la realidad que vivimos. Ponemos esperanzas, metas y hasta hacemos lista de los objetivos que queremos lograr en el “año nuevo” que comienza cuando, en verdad, es apenas un viaje continuado del planeta que en ningún momento se detuvo para decir “ahora comienzo a dar un año más” de vuelta. 

Visto en esta perspectiva un “año nuevo” es nuestra manera de darle un sentido especial a lo que la madre Tierra hace como rutina, como su manera de ser y estar en la existencia cósmica. 

“Año Nuevo”, festejado con bombos y fuegos artificiales, con celebraciones callejeras, ríos de licor, música y baile, es una ronda más del planeta que sigue haciendo lo que ha hecho durante miles de millones de años. Que nuestra capacidad creativa para darle sentido a lo que vivimos nos permita vivir este 2021 con la perspectiva de una pandemia que se controlará, una economía que resucitará, pero en especial porque como humanidad habremos aprendido las grandes lecciones que nos ha dejado 2020: paciencia, empatía, admiración por aquellos que han sostenido la batuta de la vida civil, agradecimiento por la multitud de expresiones de apoyo, cariño, preocupación por el bienestar de todos, toma de conciencia de que tenemos una responsabilidad individual y colectiva de protegernos unos a otros, oportunidad para reflexionar en la inseguridad de una vida que puede esfumarse en dos semanas después de estar infectados por el virus, necesidad de tener que aceptar que el cambio y la adaptación son esenciales para la supervivencia pero, en especial, por re-valorar lo que es esencial en la vida, dejando a un lado lo que creíamos fundamental e importante cuando la experiencia de la pandemia nos ha demostrado lo irrelevante que había sido la valorización de lo superficial. 

Que este 2021 nos permita rescatar los valores que nos han hecho capaces de mostrar lo mejor de nosotros mismos: solidaridad con quienes no tienen cómo sobrevivir a la situación actual de la pandemia, disminución de la segregación social, reducción de la brecha entre los excesivamente ricos y los que viven por debajo del nivel de extrema pobreza, lucha por la igualdad  de la mujer y el hombre en todos los campos donde la discriminación de género se ha mantenido rampante, justicia social especialmente para los que no tienen voz ni voto en sus propios destinos, eliminación de la violencia política, social y familiar, toma de control de la pandemia de las drogas producidas y vendidas bajo el amparo de los poderosos, derechos para los niños desamparados, eliminación de prebendas políticas que son un insulto a la clases sociales menos favorecidas. En fin, una Colombia que merezca nuestro cariño, respeto y amor. 

Que el año 2021 nos encuentre creciendo al nivel del desarrollo interior al que hemos sido llamados y para el cual fuimos creados.

Reynaldo Pareja

Enero, 2021

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