El celibato: una visión histórica (1 de 2)

Por: Reynaldo Pareja
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El celibato ha sido y sigue siendo un tema controversial dentro de la Iglesia. Aunque parece no ser un tema controversial para quienes la dirigen ‒en cuanto no quieren o no pueden modificar una disciplina milenaria de exigir el celibato a sus sacerdotes‒, no por eso dejan de presentarse serios argumentos que postulan una posible revisión de la norma. Como todo tema controversial de envergadura, es necesario desglosar con calma los factores que hoy exigen su cumplimiento para elaborar un criterio personal informado.

El diccionario de la Real Academia Española define el celibato como “soltería, especialmente la de quien ha hecho voto de castidad”. Es decir, se refiere a personas que no tienen un matrimonio formal y a quienes han hecho un voto de castidad para abstenerse de una relación de pareja y no tener relaciones sexuales.

Virgen es aquel que nunca tuvo relaciones sexuales, pero la vocación virginal es la renuncia a la vida sexual activa. El célibe renuncia a una vida sexual activa para canalizar toda su energía y toda su persona por una causa mayor, por su deseo de consagrarse en forma exclusiva a Dios.

El celibato, en sentido genérico, es la condición de quien, por opción, no contrae matrimonio.

El celibato es el estado del soltero o célibe. El término adquirió un sentido de compromiso, de opción de vida. La opción por el celibato puede ser religiosa, como entre los sacerdotes y monjas católicos, los monjes budistas y de otras religiones; filosófica, como la opción de Platón, o social, como la de quienes deciden dicho estado como opción personal. Lo común es que el celibato sea voluntario. El celibato sacerdotal es la elección que se hace a cambio de una dedicación total a los servicios religiosos por medio de la ordenación presbiteral.

El concepto y la práctica del celibato se remontan a los albores de una de las religiones más antiguas de las cuales tenemos alguna documentación: el hinduismo de la India. Esa práctica surge con los ascetas y quienes dejaban el mundo material para buscar la explicación trascendental de la existencia a través de la contemplación.

En el hinduismo, la brahmacharia es la primera de las cuatro áshramas (etapas en la vida de un brahmán o sacerdote hinduista). Es una ‘etapa de estudio’. Literalmente significa ‘el que se mueve con Dios’. Brahman es ‘lo que se expande (Dios)’ y charia ‘que se mueve con’, ‘que vive con’.

El brahmacharí es un monje célibe que se dedica a memorizar las escrituras sagradas hindúes (como el Bhagavad Gita) y vive en el guru-kula (‘la casa del maestro espiritual’). En algunas órdenes monásticas, un brahmacharia es también un monje que aún no ha hecho los votos finales de Sannyasa, es decir, aún no es swami. Tradicionalmente, viste ropas amarilla o naranja. Puede usar su primer nombre o utilizar el que ha escogido para su vida como swami[i].  

Los monjes budistas nacen de la experiencia que Siddharta Gautama (Buda, 560-480 a. C.) tuvo en su primera etapa de búsqueda espiritual cuando vivió con anacoretas hindúes. Después de intensa dedicación a las prácticas de estos anacoretas, Gautama concluyó que no era el camino espiritual que buscaba. Se retiró y, después de su experiencia de iluminación, comenzó a enseñar a los entusiastas seguidores cómo podían adquirir ese estadio. Sus seguidores pronto se convirtieron en una comunidad de monjes que vivían según estilo del Buda, lo que incluía el celibato.

El monje budista sigue el camino del Buda. Por ello, busca el desapego como método de realización plena. Según el budismo, el sufrimiento del mundo es producto del apego; de ahí que casarse no está contemplado en ese camino de desprendimiento. El mismo Siddharta abandonó a su esposa, Iashodhara, con la cual se había casado a los 16 años y con quien tuvo un hijo, Rahula, que después se uniría a sus enseñanzas como bonzi. Hoy, los monjes shaolin y tibetanos son budistas que practican el celibato como norma de vida de grupo.

Ahora podemos preguntarnos por el origen del voto de castidad que deben cumplir los sacerdotes del clero secular y las órdenes religiosas, al igual que las mujeres que entran en los conventos.

Jesús eligió doce primeros seguidores: los apóstoles. La mayoría eran hombres casados, como lo dice Pablo en su primera carta a los Corintios: “¿No tenemos derecho a llevar una mujer creyente con nosotros, tal como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Pedro?” (1 Cor 9,5).

En la última Cena, Jesús consagró a los apóstoles como los primeros presbíteros de la futura comunidad cristiana cuando les delegó la potestad de replicar lo que hizo con el pan y el vino: tomó pan, dio gracias, lo partió y se los dio, diciendo:“Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por ustedes. Hagan esto en recuerdo mío” (Lc. 22,19).

Estar casados no impidió a Santiago y Pedro convertirse en la cabeza de la primitiva iglesia cristiana, tras la Ascensión de Jesús. Después de los apóstoles, los primeros presbíteros (los primeros sacerdotes cristianos) estaban casados y, por lo tanto, no eran célibes. La ordenación la recibían por la imposición de las manos de los ancianos: “No descuides el carisma que hay en ti, que se te comunicó por intervención profética mediante la imposición de las manos del colegio de presbíteros” (1 Tim. 4, 14). 

Si los primeros presbíteros (sacerdotes) eran casados, ¿qué ocurrió para que terminaran sujetos a un voto obligatorio de castidad que les prohibía casarse y, por ende, verse privados de cualquier actividad sexual?

Las comunidades cristianas de los primeros siglos no contemplaron, ni bíblica ni tradicionalmente, la soltería como estado obligatorio para ser sacerdote. Este mandato tuvo una evolución larga y tortuosa. Hubo dos razones principales por las cuales el celibato se introdujo como regulación que debía seguirse si un varón cristiano quería ser sacerdote: una, espiritual y, otra, temporal. Ambas razones ejercieron una poderosa definición en la institucionalización del celibato.

El primer motivo, espiritual, se entiende mejor si se recuerda el contexto histórico que lo originó: la aparición de un movimiento ascético parecido al hindú-budista: los monjes del desierto en Egipto. Como un curioso paralelo con los anacoretas de la India, muchos cristianos egipcios buscaron el desierto para seguir los consejos evangélicos, en un proceso denominado fuga. Una de las obras que ilustra este proceso es la biografía que Atanasio escribió sobre san Antonio del Desierto, entre los años 356 y 362, en la que exalta la vida del abad Antonio como una verdadera consagración al combate espiritual por medio de la abnegación y apartamiento del mundo en el desierto. 

Jesús explicó ese llamamiento espiritual a sus discípulos cuando le comentaron su respuesta a los fariseos que le habían preguntado las razones para poder divorciar la mujer. Ante lo que contestó Jesús, los discípulos le dijeron: “Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse”. Pero él les respondió: “No todos entienden este lenguaje, sino solamente aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del vientre materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda (Mt. 19, 10-12).

La motivación de la consagración del sacerdote por el celibato, para instaurar el reino de los cielos mediante su entrega al trabajo con aquellos que quieran vivir según la propuesta de Jesús a sus seguidores, la rescató el concilio Vaticano II en su decreto Perfectae Caritatis (n. 12) cuando expuso estas razones de la consagración a Dios en el celibato:

“La castidad por amor del reino de los cielos (Mt. 19,12) que profesan los religiosos ha de estimarse como don eximio de la gracia, pues libera de modo regular el corazón del hombre (cf. 1 Cor 7,32-35) para que se encienda más en el amor de Dios y de todos los hombres, y por ello es signo especial de los bienes celestes y medio aptísimo para que los religiosos se consagren fervorosamente al servicio divino y a las obras de apostolado. De este modo evocan ellos ante todos los fieles aquel maravilloso connubio, fundado por Dios y que ha de revelarse plenamente en el Siglo futuro, por el que la Iglesia tiene por esposo único a Cristo”.

Vivir célibe adquiere, entonces, un nivel espiritual muy elevado, pues se ofrenda no ejercer una de las facultades más humanas, la sexualidad, al renunciar a esta para liberarse de toda atadura humana, de modo que el sacerdote y el religioso puedan consagrarse enteramente al servicio de la propagación del Evangelio y la construcción del reino de Dios en la Tierra en la medida que sus fuerzas lo permitan.

Monje, que etimológicamente significa solitario,​ tomó otro significado cuando los monjes del desierto comenzaron a formar comunidades. Solos o comunitarios, esos monjes influyeron mucho en el desarrollo del concepto de celibato como abandono del mundo para un seguimiento radical de Cristo. Iniciaron la experiencia de vida consagrada en la Iglesia latina y en las Iglesias ortodoxas bizantinas y orientales. Un gran exponente fue Pacomio (c. 292 – mayo 9 de 348), usualmente reconocido como fundador del monacato cenobita cristiano, quien creó la comunidad cenobita, en la cual monjes o monjas vivían juntos y mantenían su propiedad en común, liderados por un abad o abadesa, a quien obedecían totalmente. A partir del siglo IV los monjes vivían en el desierto, solos o en vida común, y mantuvieron las características de los primeros ermitaños: castidad, pobreza, «separación del mundo», oración, mortificación, etc.[ii]

El segundo motivo, temporal, también tuvo un desarrollo histórico. Comenzó con el edicto de Milán, dado por el emperador romano Constantino (272-337) en 313. Dicho edicto prohibió la persecución contra los cristianos que habían desatado los emperadores romanos porque aquellos constituían una amenaza a las creencias y cultos de los dioses romanos. Con esta prohibición, Constantino dio libertad a los cristianos para practicar su liturgia y culto propios. Luego, el emperador Teodosio (346-395), con el edicto de Tesalónica, en 380, declaró que la religión cristiana era la religión estatal. Así unificó religiosamente al Imperio y se ganó la anuencia de los dirigentes del cristianismo[iii].

Tras adquirir estatus de religión oficial el cristianismo tuvo un crecimiento monumental, lo que obligó a los dirigentes eclesiásticos a organizar la estructura formal de la Iglesia en diversos niveles jerárquicos ‒obispos, presbíteros, diáconos‒ y en una organización territorial en diócesis y parroquias. Los dirigentes jerárquicos (obispos) adquirieron el deber de velar por la disciplina ética y moral de los presbíteros.

Hasta este momento no era extraño que los presbíteros, casados antes de su ordenación, continuaran casados o que presbíteros ordenados tomaran esposa y formaran una familia. No había una regulación formal sobre esta situación. Sin embargo, el crecimiento vertiginoso de la Iglesia hizo que la supervisión de los presbíteros fuese muy difícil y que se diera un relajamiento moral y de costumbres por parte de muchos sacerdotes que debían dar ejemplo de vida consagrada. Existe documentación seria que constata que algunos tenían relaciones con concubinas y hasta hijos naturales con ellas. El informe de san Bonifacio al Papa en el siglo VIII, que expresaba que en Alemania casi ningún obispo o sacerdote eracélibe, es un indicio de cuan generalizada era la situación[iv].    

Como este comportamiento se había generalizado, el concilio de Nicea, en 325, decretó que una vez ordenados, los sacerdotes no podían casarse. En 385, el papa Siricio abandonó a su esposa para convertirse en Papa. En ese momento se decretó que los sacerdotes no podían dormir con sus cónyuges. 

La preocupación con el celibato cobró más fuerza a partir del siglo XI. Papas como León IX y Gregorio VII temían la “degradación moral” del clero. Por eso, el celibato sacerdotal fue instituido en los dos concilios de Letrán (1123 y 1139). A partir de ellos, se decretó que los clérigos no podían casarse o relacionarse con concubinas[v].   


[i] Wikipedia, la enciclopedia libre. Brahmacharí. es.wikipedia.org › wiki › Brahmachari 

[ii] Wikipedia, la enciclopedia libre.  Monacato cristiano. es.wikipedia.org › wiki › Monacato 

[iii] Wikipedia, la enciclopedia libre. Teodosio 1 el Grande.   es.wikipedia.org › wiki › Teodosio_I Teodosio I el Grande – Wikipedia, la enciclopedia libre

[iv] Future Church. Historia del Celibato www.futurechurch.org › historia-delHistoria del Celibato/ Future Church

[v] Ibid.

Reynaldo Pareja

Abril, 2021

3 Comentarios

Hernando Bernal A. 9 abril, 2021 - 10:42 am

Reynaldo: maravillosa explicación histórica sobre el papel del celibato en la vocación de servicio eclesial. Muy bien documentada, si bien haría falta saber también cómo ha sido la evolución del tema a partir del Concilio de Trento y de la Reforma. Pero en el título tu haces alusión al problema de la pederastia y ese asunto aún no lo has tocado. Creo que los orígenes se remontan también a siglos anteriores incluso del Cristianismo. Gracias por este aporte tan completo. Saludos.

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Eduardo Pardo 13 abril, 2021 - 10:56 am

Reynaldo, que debo entender cuando el párroco parisino me dijo que ellos hacían una “promesa de celibato” pero no un “voto de castidad” Luego renuncian a tener una esposa pero no a una relación sexual ?

Y la Iglesia como justifica que un pastor Anglicano, casado y con hijos, pueda ejercer el sacerdocio cuando se convierte al Catolicismo? El párroco de una amiga que vive en Londres es uno de ellos. En su primera misa dominical presento su esposa e hijas a la comunidad. Y nadie se escandalizo.

Aquí en Francia hay muchos sacerdotes seculares que tienen una pareja. Cuando la jerarquía lo sabe les piden que se retiren o la abandonen. Pero en algunos pueblos la comunicad han pedido que sigan ejerciendo su ministerio y conserven su pareja.

Si el matrimonio y el sacerdocio son dos sacramentos, por qué no pueden ser compatibles ?

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Reynaldo Pareja 16 abril, 2021 - 10:11 am

Eduardo,
Respecto a lo que te dijo el párroco parisino,- que ellos hacían una “promesa de celibato” pero no un “voto de castidad”
Lo que hábilmente te comentó el curita se refiere a una sutil diferencia expresada en la definición hecha por la Iglesia entre voto y promesa. Así lo expresa: Los sacerdotes diocesanos prometen obediencia a su obispo y permanecer célibes, pero estas promesas no se les llama votos. La diferencia es sutil. Los religiosos hacen sus votos como una donación más allá de toda exigencia del ministerio. Los sacerdotes diocesanos en cambio, con su promesa aceptan un requisito eclesiástico para todo sacerdote.
Al excluir el celibato de la categoría de voto no por ello exime al individuo de no abstenerse de ser casto. Esto promesa o voto solo deja de tener vigencia si el individuo es exonerado del mismo. La promesa hecha por el sacerdote común y corriente – no perteneciente a una comunidad religiosa – no quiere decir que tiene abierta la puerta para hacer lo contrario, o sea dejar de ser célibe. La misma Iglesia se encargó de subrayar la obligatoriedad cuando decretó en el Concilio de Letrán que los sacerdotes tenían que ser célibes, lo que incluía ejercer la castidad:
Prohibimos absolutamente a los presbíteros, diáconos y subdiáconos la compañía de concubinas y esposas, y la cohabitación con otras mujeres fuera de las que permitió el Concilio de Nicea [can. 3] que habitaran por el solo motivo de parentesco, la madre, la hermana, la tía materna o paterna y otras semejantes, sobre las que no puede darse justa sospecha alguna. (Denzinger, H. (1123). I Concilio de Letrán. El Magisterio de la Iglesia.)

Que el curita quiera ejercer su sexualidad (normal y buena) pretendiendo que no está contraviniendo la esencia de su promesa de ser célibe es una sutiliza de distinción justificativa que no está permitida por la norma impuesta por la Iglesia. Otra es la situación de que la Iglesia levante la exigencia de que todo sacerdote sea célibe, pues entonces tiene permiso para casarse y ejercer sanamente su sexualidad sin tener que hacer promesa de abstenerse de la misma.
Cuántas veces un marido o compañero tiene que ser “casto” (no tener relaciones con su esposa, compañera) por múltiples razones – no por promesa formal – sino por la exigencia del momento: un ciclo menstrual anormal, una jaqueca insoportable, un cansancio al final de la jornada que lo único que pide es descanso y poder dormir; un disgusto o pelea monumental con el compañero… En fin, las razones para ser “casto” en un matrimonio hacen una lista monumental… No por eso se adquiere “automáticamente” el permiso de ir a buscar el alivio sexual con otra mujer. Que esto ocurra con mucha frecuencia es otra cosa. No es por acuerdo formal de que así se va a llevar adelante la relación de pareja, sino por la incapacidad de él de entender la situación y aguantarla como varón responsable y respetuoso…

Respecto a tu otra pregunta: Si el matrimonio y el sacerdocio son dos sacramentos, por qué no pueden ser compatibles?

Estoy completamente de acuerdo con tu pregunta. ¿Pero quiénes somos nosotros para pedirle ese cambio dogmático a la Iglesia Católica? Nos podemos sumar a quienes exponemos constantemente la falacia del argumento hasta que un día la ‘madre Iglesia’ se dé cuenta de que tiene que revisar esa norma definida por ellos, no por Jesús.

Espero que estas reflexiones hayan hecho justicia a tus estupendas observaciones.

Reynaldo

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