La transición: puerta de salida del ahora (1 de 4)

Por: Reynaldo Pareja
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A lo largo de cuatro artículos expondré la dimensión de la transición que llamamos “muerte”. La pregunta por el más allá es un interrogante al que han buscado contestar distintas religiones, cuyas respuestas han sido diferentes.  

Cuando enfrentamos o acompañamos a un amigo, un  ser querido, un pariente o un desconocido en el momento en que hace la transición en la que el cuerpo se queda acá inmóvil, frío y sin vida corporal ‒que denominamos “muerte”‒ eso nos fuerza a pensar de inmediato en “¿qué viene después?”, especialmente cuando en esta pandemia hemos experimentado muy de cerca la partida de seres queridos, de amigos de toda una vida, de personajes que nos marcaron desde que los conocimos y tuvimos el privilegio de compartir espacios claves de nuestras vidas.

En ese momento estamos frente a lo desconocido, al misterio. Dependiendo de lo que uno crea, no se experimenta nada ‒porque no se cree que haya algo después y lo que queda acá se disuelve‒, se siente angustia ‒por la incógnita de lo que puede ocurrir al otro lado‒ o, por el contrario, se espera con goce lo que ha de venir ‒sin saber exactamente en qué consiste, porque se tiene la firme creencia en que ese nuevo estado de existencia es maravilloso y real‒.

Quienes se angustian tienen razón para sentirla pues nadie, después de haber hecho la transición definitiva de la ‘muerte’ (sin contar casos de coma que después “reviven” y que no son casos de ‘muerte’ definitiva), ha regresado para describirnos qué ha encontrado, qué ha experimentado en esa otra dimensión, en qué consiste ese diferente estadio de existencia, cómo se comprende y experimenta.  

De los pocos registros que tenemos de casos declarados físicamente ‘muertos’ está el recuento bíblico de Lázaro, el único que según los evangelios regresó después de hacer la transición, cuando su cuerpo estaba en descomposición, para seguir viviendo como antes. Sin embargo, es de anotar que Jesús aclaró que Lázaro estaba “dormido”, o sea, que no había hecho la transición radical, similar a la todos los seres queridos o amigos fallecidos que conocemos, quienes una vez que partieron no regresaron para contarnos cómo es esa otra dimensión. 

Así lo narra Juan:

Habiendo dicho estas cosas, después les dijo: 

Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy a despertarlo (Jn 11,11).

Sin embargo, Juan parece contradecirse cuando, pocos versículos después afirma que lo declaró muerto:

Así que luego Jesús les dijo claramente:

Lázaro ha muerto; y a causa de ustedes me alegro de que yo no haya estado allá para que crean (Jn 11,14-15).

Para asegurarnos que Lázaro en efecto había muerto, Juan escribió,

Cuando llegó Jesús, halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro. (Jn 11,17).

Lo más desconcertante es que no hay el más mínimo registro de qué experimentó Lázaro durante los cuatro días que estuvo enterrado después de haber muerto. Resulta sorprendente, pues si había sido enterrado hacía cuatro días, era tiempo más que suficiente para haber tenido una formidable experiencia de la realidad del otro lado. Sin embargo, no quedó consignado qué experimentó. Ignoramos que le contó a Marta y a María, sus hermanas. Este relato hubiera sido uno de los mejores testimonios de lo que ocurre después de hacer la transición al más allá, que nos habría servido para comparar esa experiencia con la temporalidad que nos caracteriza como seres contingentes.

Hoy tenemos cientos de testimonios de individuos que por circunstancias traumáticas estuvieron temporalmente en estado de coma y sintieron que morían, pero regresaron a la vida temporal. Estas personas han dejado un impresionante testimonio de lo que experimentaron al “otro lado” como una experiencia de trascendencia sin igual. Múltiples casos afirman que tuvieron esa experiencia para testimoniar su realidad. Aunque deseaban quedarse en ese estadio, fueron conscientes de que no era el momento personal de hacer la transición radical del no-regreso.

Uno de los pioneros en documentar estas experiencias fue el cardiólogo holandés, Pim van Lommel, quien emprendió el estudio sistemático de experiencias cercanas de la muerte como consecuencia de ataques cardiacos. Durante más de veinte años recopiló los datos de lo que experimentaron los pacientes que sobrevivieron al paro cardiaco. Los divulgó en 2001 en la prestigiosa revista médica The Lancet, publicación que causó inmediato revuelo a nivel internacional pues era el primer estudio médico hecho rigurosamente sobre este fenómeno.  

El mejor recuento de estas experiencias quedó consignado luego en un libro de antología que apareció en 2009, titulado The Handbook of Near-Death Experiences: Thirty Years of Investigation. La publicación incluye el estudio de 3500 casos de sujetos que reportaron haber tenido una experiencia cercana a la muerte. La mayoría de las entrevistas ocurrió años después de esa experiencia, lo que permite atribuirle alguna imprecisión en lo recordado. Los científicos escépticos arguyen que estudios retrospectivos no brindan datos confiables de lo que le ocurrió en ese momento al cuerpo o al cerebro mientras sentían que (sus almas) estaban en otra realidad.

Esas experiencias, sin embargo, permiten afirmar que un grupo significativo de personas vio y oyó cosas que la ciencia afirma que no pudieron haber ocurrido por el estado de disfuncionalidad en que se encontraba el cerebro. Estas experiencias indican que nuestro conocimiento del cerebro es más incompleto de lo que sabíamos y que al menos puede postularse que una mente consciente puede existir separada de un cuerpo vivo.

Lo cierto es que cualquiera que intente describir personalmente esa vivencia apenas esboza lo que ha de ser ese otro nivel de existencia cuando ocurra la transición definitiva. Casi todos los casos documentados coinciden en que lo que experimentaron, oyeron y vieron: un alto grado de plenitud, de paz, de profunda comunión, de armonía, de amor incondicional que todo lo impregnaba, que les daba un atisbo a lo que acá solemos llamar “el cielo, el Paraíso”. Ellos lo experimentaron en una dimensión de interminable plenitud y, en muchos casos, incidió posteriormente en sus vidas.

Los que se esfuerzan por describir dicho estadio de existencia por la vía teórica, distinta a la vivencia de quienes han tenido una experiencia cercana de la muerte, imaginan y conceptualizan lo que dicho estadio de existencia puede o debe ser, pero sin una base experiencial fuera de lo que su conocimiento espiritual, filosófico o religioso puede aportarles.

En este momento de nuestra reflexión cabe preguntarse: ¿cómo podemos saber con certeza si hay otra dimensión de existencia después de la muerte? Para obtener una respuesta confiable, basada en un conocimiento directo y experiencial de esa otra dimensión, el mínimo que podemos exigir es que quien afirme que ha experimentado dicha realidad incognoscible por nosotros la valide en virtud de varios criterios.

Un primer criterio que aporta certeza es que dicho individuo de alguna manera estuvo conectado con esa dimensión en una forma distinta de cualquier otro mortal, conexión que va más allá de aquellas personas singulares quienes, por un intenso esfuerzo de meditación y oración, han desarrollado la consciencia al punto de haber tenido una mínima experiencia de la dimensión transcendental en forma única y diferente de todos los demás mortales.

Un segundo criterio esencial es que dicho individuo haya vivido una vida intachable, de una rectitud moral y ética supremas, que haya manifestado en palabra y obrar diario una sabiduría y plenitud de conexión con la Trascendencia, que es palpable para quienes lo conocen de manera directa.

Un tercero criterio es que nos haya dejado unas enseñanzas espirituales de tal calibre que no son un simple conocimiento adquirido con el estudio y esfuerzo, sino que manifiesta un nivel de conexión con la Transcendencia tan evidente que sus palabras y acciones lo comunican con una fuerza interior arrolladora, capaz de transformar los corazones y obtener de quienes lo escuchan o entran en contacto con sus enseñanzas una respuesta en comportamientos de servicio constante para quienes lo necesitan. 

Cabe ahora indagar: ¿han existido individuos que han manifestado en su vida estos criterios? La pregunta, totalmente válida y necesaria, tiene respuesta inmediata: sí. Estos individuos han aparecido a lo largo de la historia humana y los hemos conocido como mensajeros de Dios, Voceros de la Divinidad, Profetas fundadores de una religión, Manifestaciones de Dios. 

En el próximo articulo diré quiénes fueron estos individuos y de qué manera sus enseñanzas crearon una Revelación que nos explica en qué consiste la relación de Dios con la humanidad ahora y después del paso que damos en la transición, al terminar nuestra experiencia temporal, cuando “morimos”; no, me corrijo, cuando hacemos la transición a una nueva etapa de existencia.

Reynaldo Pareja

Mayo, 2021

6 Comentarios

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César Augusto Torres Hurtado 21 mayo, 2021 - 8:56 am

Atento a los otros escritos Reynaldo. Gracias!!!

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Hernando Bernal A. 21 mayo, 2021 - 10:04 am

Reynaldo: todas tus reflexiones son de un enorme interés. Gracias por lo bien documentadas. Saludos.

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Vicente Alcala 21 mayo, 2021 - 10:15 am

Interesante mirada al misterio humano de la muerte, desde una perspectiva testimonial. Esperamos la otra mirada anunciada.
Los distintos puntos de vista sobre una realidad, ayudan a conocerla mejor. Algunos serán opuestos, pero otros serán convergentes y, de todas maneras, nos podemos acercar progresivamente a una verdad más cierta. Gracias Reynaldo.

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Gabriel Rodríguez 21 mayo, 2021 - 10:55 am

Excelente artículo. Espero ansioso las siguientes entregas.

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LUIS GUILLERMO ARANGO LONDOÑO
LUIS GUILLERMO ARANGO LONDOÑO 21 mayo, 2021 - 4:59 pm

Muy bueno tu escrito, Reynaldo. Incita el deseo de conocer el 2, el 3 y el 4.
Mil gracias.

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Reynaldo Pareja
Reynaldo Pareja 21 mayo, 2021 - 9:28 pm

A todos los que han reaccionado tan positivamente, les doy las gracias mas sinceras. Espero que los proximos articulos no los desfraude y si amplíe la perspectiva de cómo contemplar ese otro estadio de existencia por venir.

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