La transición: puerta de entrada a la nueva dimensión (2 de 4)

Por: Reynaldo Pareja
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En un primer artículo pregunté si podemos conocer con certeza otra dimensión de existencia tras la muerte. Di un primer intento de respuesta: tendríamos que saberlo por alguien íntimamente conectado con esa realidad diferente a la narrada por quienes han tenido una experiencia cercana de la muerte. Esto me llevó a indagar si en la historia algún individuo llena unos criterios que nos aseguren que su testimonio de esa otra realidad es verdadero y autorizado. 

Diversos individuos, en la historia de la humanidad, dejaron enseñanzas y develaron realidades espirituales que ningún otro mortal había hecho antes, con autoridad y confiabilidad. En virtud de lo que enseñaron, sentaron las bases para el desarrollo de una civilización nueva con múltiples expresiones de creación científica, artística, literaria y espiritual que no existían donde ellos aparecieron. Sus enseñanzas quedaron consignadas en Sagradas Escrituras, que sustentan las creencias de cada religión específica.

Lo destacable es que no se escogieron a sí mismos como mensajeros que hablaban en nombre de Dios. Todos, en los registros de sus vidas, en un momento determinado de su adultez, tuvieron una experiencia trascendental en la cual se les comunicó que habían sido elegidos por Dios para llevar una misión espiritual específica con un grupo concreto de personas. Krishna apareció en India para los hindúes del norte de ese país y Buda en el sur del mismo; Abraham y Moisés para el pueblo hebreo, Zoroastro para el imperio persa, Jesús para los que habrían de convertirse en cristianos, Mahoma para los árabes, y El Báb ‒junto con Bahá’u’lláh‒ para los iraníes modernos. 

Estas manifestaciones de Dios en la historia son únicas, porque no tienen el mismo origen de creación que nosotros, los comunes mortales. Para vislumbrar esta dimensión recurro a la descripción que Bahá’u’lláh, el fundador de la fe Bahá’i, nos hizo de ella. En sus palabras,

Él (Dios)… ha ordenado que tener conocimiento de estos Seres santificados (las Manifestaciones) sea idéntico a tener conocimiento de su propio Ser. Quienquiera les reconozca ha reconocido a Dios. Quienquiera escuche su llamado ha escuchado la Voz de Dios, y quienquiera atestigüe la verdad de su Revelación ha atestiguado la verdad de Dios mismo. (…) Cada uno de ellos es el Camino de Dios, que conecta este mundo con los reinos de lo alto y el Estandarte de su Verdad para todos en los reinos de la tierra y del cielo. Ellos son las Manifestaciones de Dios entre los hombres, las pruebas de su Verdad, y los signos de su gloria[i].

Esta descripción de la naturaleza de esas personas singulares sobrepasa el marco de referencia que solemos utilizar para dimensionar la extraordinaria realidad esencial de los mismos. Se ubican en una dimensión de ser-existir que sobrepasa nuestra limitada temporalidad. La descripción de Bahá’u’lláh es una afirmación contundente de que estos mensajeros hablan en nombre de Dios y que escucharlos es equivalente a escuchar a Dios. De ahí nace la fuerza de su Revelación y su capacidad de convertirse en “palabras de vida eterna”, que tienen la potencia de transformar el corazón de los hombres para que dejemos traslucir la impronta de divinidad que llevamos dentro.

Para hacer más extraordinaria la descripción, el hijo del fundador de la fe Bahá’i, ’Abdul’-Bahá, a quien Bahá’u’lláh delegó como el único intérprete autorizado de sus enseñanzas, puntualizó que las manifestaciones tienen un conocimiento innato en estos términos:  

“…las Manifestaciones Supremas de Dios abarcan la esencia y cualidades de las criaturas, trascienden y contienen las realidades existentes y comprenden todas las cosas; su conocimiento ‒en consecuencia‒ es conocimiento divino y no adquirido, es decir, una munificencia o gracia sagrada, una revelación divina[ii].

Todas las Manifestaciones del pasado de las que hay documentación de su vida y Revelación afirman sin ambigüedad que después de que hagamos nuestra transición temporal existe una dimensión no física a la cual llegará nuestra esencia no corporal, nuestra alma. No todos los individuos mencionados usaron las mismas palabras o imágenes, pero en esencia afirmaron que esa dimensión de existencia es real y podemos entrar en ella después de la transición que hemos llamado incorrectamente “muerte”. 

Comparto ahora varias de esas expresiones como nos las presentaron esos mensajeros de Dios, de quienes tenemos documentación seria acerca de su existencia histórica.

En el hinduismo, la muerte no es el final de todo, sino un proceso natural de la existencia física. La vida después de la muerte puede concebirse como una serie de etapas de crecimiento espiritual hasta que el alma está lista para la unión con Braham (Dios). Esa jornada de etapas está condicionada a las buenas o malas acciones que se hicieron libremente mientras el individuo estaba encarnado en un cuerpo físico[iii]. No menciono la reencarnación porque parece que esta creencia fue una elaboración posterior más que una enseñanza directa de Krishna. 

Zaratustra (Zoroastro) dijo que hay una vida después de la muerte, basada en que el alma la crea Ahura Mazda (nombre persa de Dios). Dependiendo de la vida recta o de maldad que la persona llevó a cabo en la Tierra, habrá un momento de juicio después del cual cada uno será enviado a un estado de goce o de oscuridad. El premio o castigo se basa en las elecciones hechas en vida, que fueron acciones buenas o malas. Esa nueva etapa es un estado de la consciencia y no un lugar físico[iv]

Buda no dejó ninguna descripción de la vida tras la muerte. Sus enseñanzas se dirigieron a darle al hombre las llaves para liberarse del sufrimiento temporal. Su propuesta es el camino del desprendimiento de lo perecible, de todo aferramiento a lo material que no satisface espiritualmente. El camino de este desprendimiento es la meditación: permite alcanzar la iluminación, el descubrirse partícipe de la presencia divina dentro de sí mismo. Este estadio es, en nuestro lenguaje, el anticipo de lo que se vivirá después de la transición.

Jesús habló muchas veces de la existencia después de la transición, como enseñó su oración al Padre celestial: “Padre nuestro que estás en los cielos”. Presentó el cielo como la morada de Dios, que no es física, y a la cual todos pueden aspirar a llegar, dependiendo de cómo hayan vivido la vida terrenal. En otra ocasión les reiteró a sus discípulos la existencia de ese lugar, cuando dijo: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas… Voy a preparar un lugar para ustedes” (Jn 14,2). El ingreso a ese lugar está condicionado a que cada uno haga la voluntad del Padre ‒sucintamente expresada por Yahveh en los diez mandamientos‒: “No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7,21).

La reflexión cristiana posterior elaboró una imagen de la vida después de la muerte muy marcada por una concepción física, en la cual predomina la existencia de dos realidades totalmente opuestas. La primera, la morada celestial física (“la resurrección de la carne”, según uno de los dos Credos de la Iglesia católica), donde los justos reciben la recompensa de un gozo sin fin por todo el bien que hicieron en la Tierra y por haber vivido de acuerdo con las enseñanzas de Jesús. La segunda, un sitio de castigo perpetuo, llamado ‘infierno’, donde las almas sufren interminablemente los tormentos infligidos por los demonios con base en el tipo de pecados cometidos durante la vida temporal. 

El islamismo propone una vida después de la muerte en forma muy similar a la del cristianismo. Para ellos el cielo es la morada de Allah y de los ángeles. La entrada al cielo está condicionada al juicio personal que cada uno debe pasar, basado en las acciones hechas en la vida terrenal. El Islam propone un final del mundo en el que los muertos serán resucitados para presentarse frente a Dios, en forma parecida al día del Juicio del cristianismo. Ese día iniciará una vida que nunca tendrá fin y en la que cada uno será recompensado con goce permanente por sus buenas obras, pero quienes vivieron una vida entregada a hacer el mal a los demás o a consumirse en el vicio recibirán un castigo permanente[v].

Finalmente, las explicaciones dadas por Bahá’u’lláh (fe bahá’i) son un verdadero avance, pues usan un lenguaje moderno, desligado de las imágenes utilizadas por las Manifestaciones anteriores. Su Revelación es tan rica y detallada que merece un próximo artículo.


[i] Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh (insertos aclaratorios del autor). https://bibliotecabahai.com/index.php/libros/bahaullah/2016-baha-u-llah-pasajes-de-los-escritos-de-baha-u-llah

[ii] ‘Abdu’l-Bahá (1994), Respuestas a algunas preguntas, 40.6 (énfasis del autor). 

https://bahai-library.com/abdulbaha_contestacion_unas_preguntas

[iii] Jayaram B. Hinduism belief in the afterlife.                                                                                       https://www.hinduwebsite.com › hinduism › h_death  

[iv] Franz Cardinal König (s.f.). Zoroastrian belief in afterlife. Encyclopaedia Britannica.

https://www.britannica.com/biography/Zarathustra

[v] Wikipedia. Islamic afterlife belief

https://en.wikipedia.org › wiki › Islamic_view_of_death        

Reynaldo Pareja

Mayo, 2021

1 Comentario

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Hernando Bernal A. 29 mayo, 2021 - 9:10 am

Reynaldo: muchas gracias por este avance comparado de las enseñanzas sobre el más allá, según las diferentes religiones. Lo sorprendente es que todas desembocan con que el fin de la existencia temporal trasciende hacia una fusión (vida nueva o como se quiera llamar) con el Creador. Saludos. Hernando

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