La transición: después de aquí, ¿qué pasa? (3 de 4)

Por: Reynaldo Pareja
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De acuerdo con lo ofrecido al final del artículo anterior, las explicaciones dadas por Bahá’u’lláh (Fe Bahá’i –nombre propio de la fe que aparece formalmente en todo documento–), antes de pasar a describir lo que sucede después de dar el paso de transición hacia la próxima realidad de existencia es necesario empezar por sentar las bases que explican dicha transición.

Todas las religiones principales del mundo afirman lo mismo con respecto a nuestro origen: Dios nos creó. Tres de ellas –judaísmo, cristianismo y Fe Bahá’i – le añaden la singularidad de que el hombre es creado “a imagen y semejanza de Dios”, como indican estas citas de esas tres religiones: 

“Creó, pues, Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. (Génesis 1,27).

“Hombres que han sido creados a la semejanza de Dios” (Santiago 3,9).
“Velado en mi ser inmemorial y en la antigua eternidad de mi esencia, conocía mi amor a ti; por tanto te creé, grabé en ti mi imagen y te revelé mi belleza”.

(Bahá’u’lláh, Palabras ocultas).

Estas afirmaciones aportan una dimensión que pareciera reñir con los datos de la ciencia, que le atribuyen a la evolución el origen del hombre y que, por lo tanto, no dan lugar a una dimensión divina en dicha hipótesis. 

Como las Revelaciones hechas por las manifestaciones de Dios tienen un nivel de conocimiento innato de la realidad divina, de otra dimensión del nivel de existencia, por lo menos como criterio de análisis puede afirmarse que dicha perspectiva tiene validez y autoridad, a pesar de que no se comprenda del todo lo que sostienen. Hay que hacer un acto similar de fe en la ciencia cuando afirma que el origen de la especie humana es producto de una evolución paulatina que fue desarrollándose hasta que el sujeto bípedo logró un nivel que le permitió manifestarse como hombre pensante (Homo sapiens sapiens), consciente de sí mismo, creador de la realidad dentro de la cual vive y se desarrolla. Esa afirmación, aunque tiene algunas bases arqueológicas y antropológicas, todavía sigue sin encontrar el “eslabón perdido” entre el simio y el hombre contemporáneo.

Si el hombre es creado por Dios, que no tiene cuerpo, no ocupa espacio ni tiempo, es la fuente de todo lo que es y creador de todo lo que ha sido, es y será, además de ser el sostenedor de esos universos para que permanezcan visibles en la existencia temporal, ¿de qué manera debe entenderse la esencia constitutiva del hombre? Para responder debemos recurrir a un término común expresado por todas las religiones, con diferentes matices y vocablos. En nuestro idioma es “el alma”. En otros idiomas es soul(inglés), âme (francés), anima (italiano), Seele (alemán), själ (sueco) o rwh (árabe). Es casi seguro que cada uno tenga su propia definición, descripción y/o entendimiento de lo que constituye el alma y sus funciones y puede compararlas con la descripción que nos ofrece Bahá’u’lláh.

Bahá’u’lláh presenta una diferencia con las Revelaciones anteriores porque en esos momentos la humanidad no estaba preparada para escucharlas. Lo nuevo que nos enseña es que Dios crea todas las almas con una esencia espiritual igual. No hay, por tanto, diferencia entre el alma de un hombre y una mujer. Las dos poseen el mismo nivel de exaltación divina, sin distinción de grado del uno y de la otra. Esta es la base para afirmar la igualdad de la mujer y el hombre. En sus palabras:

“Puesto que os hemos creado a todos de una misma substancia os incumbe ser como una sola alma, caminar con los mismos pies, comer con la misma boca y habitar en la misma tierra”.

(Bahá’u’lláh, Palabras Ocultas).

Bahá’u’lláh autorizó a su hijo, ‘Abud’l- Bahá, para que fuese el único intérprete de sus escritos. Cuando le preguntaron a este por la esencia del alma, dio varias explicaciones. La primera fue sobre la unicidad del alma como composición íntima de esta. Así lo expresó:

El alma no es una combinación de elementos, no se compone de muchos átomos, sino de una sustancia indivisible y, por consiguiente, es eterna. Está fuera del orden de la creación física. Es inmortal. 

        (Sabiduría de ‘Abdu’l-Bahá, libro donde se encuentra la cita)

Desde esta perspectiva se vislumbra la sublimidad con la que Dios crea el alma.

‘Abdu’l- Bahá, en Contestación a Unas Preguntas, hace otra puntualización novedosa que clarifica que la relación entre alma y cuerpo no es física: la conexión del espíritu con el cuerpo es como la conexión de una lámpara con un espejo. Si el espejo está bruñido y es perfecto aparece en él la luz de la lámpara, pero si el espejo está roto o cubierto de polvo, la luz permanece oculta. Esto permite a la Fe Bahá’í asegurar que la conexión entre cuerpo y alma no es material. El alma no entra ni sale del cuerpo y no ocupa un espacio físico dentro de él. Su relación es de asociación, no de inmersión. 

En otro lugar, ‘Abud’l- Bahá explicó esta relación. Dijo que el espíritu no necesita de un cuerpo, pero el cuerpo necesita del espíritu; de lo contrario, no puede vivir. El alma puede vivir sin un cuerpo, pero el cuerpo sin un alma, muere. Esta aseveración no es completa porque la esencia del alma es incomprensible, pues se escapa a nuestra capacidad de indagar, según Bahá’u’lláh:

“Me has preguntado acerca de la naturaleza del alma. Sabe, en verdad, que el alma es un signo de Dios, una gema celestial cuya realidad los más doctos de los hombres no han comprendido, y cuyo misterio ninguna mente, por aguda que sea, podrá esperar jamás desentrañar. Es, entre todas las cosas creadas, la primera en declarar la excelencia de su creador, la primera en reconocer su gloria, en aferrarse a su verdad, e inclinarse en adoración ante Él”.  

(Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, LXXXII)

Por más que especulemos, ahondemos o indaguemos sobre la esencia constitutiva del alma siempre nos quedará un margen de misterio que no terminaremos de aclarar en esta dimensión temporal. Necesitaríamos que la próxima Manifestación de Dios revelara algo más para poder tener una comprensión más profunda y clara de la esencia del alma. Y, aun así, todavía seguiría siendo incompleta, según lo declarado por Bahá’u’lláh en la cita previa.

Bahá’u’lláh pone de relieve el carácter sublime del alma en una perspectiva no explicitada antes por las Manifestaciones previas, pues la humanidad no estaba espiritualmente evolucionada para comprenderlo. Así lo describe:

“Sobre la más íntima realidad de cada cosa creada, Él ha derramado la luz de uno de sus nombres y la ha hecho un recipiente de la gloria de uno de sus atributos. Sobre la realidad del hombre, sin embargo, Él ha concentrado el esplendor de todos sus nombres y atributos y ha hecho a esta un espejo de su propio Ser. De todas las cosas creadas solo el hombre ha sido escogido para recibir tan grande favor y tan perdurable generosidad”. 

(Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, XXVII)

Uno queda mudo ante esta revelación que manifiesta cómo el alma de cada uno de nosotros lleva impresa en potencia todos los atributos de Dios para ser desarrollados en esta vida y la que sigue después de la transición. ¡Qué regalo tan exclusivo es tener dentro de nosotros una chispa de la divinidad en tal excelso grado! Solo el hombre ha sido dotado de tan gran don de existencia. Lo triste es no ser conscientes de esta nobleza con la que hemos sido creados y que lleguemos a ser capaces de destruir a otro u otros seres que tienen el mismo don y regalo cuando no nos percatamos de su excelso estado de existencia.

Entonces, ¿qué nos asemeja a Dios? La unicidad de Dios se refleja en la unicidad de nuestra alma, que no está compuesta de partes corruptibles, pues su esencia no es física, ni temporal, como el cuerpo al cual está asociada y del cual se desasocia cuando se hace el tránsito para volver al nivel de existencia del espíritu donde se originó. 

‘Abud’l-Bahá nos da una buena pista para responder qué es lo que hace la transición a la otra dimensión, pues dejó este texto aclaratorio:

“El espíritu humano, que distingue al hombre del animal, es el alma racional. Las dos expresiones ‒espíritu humano y alma racional‒ designan una misma realidad”.                                                                                    

(‘Abud’l-Bahá, Respuestas a algunas preguntas, no. 55)

Basados en esta aclaración puede afirmarse que al hacer nuestra transición todo lo que nos define como individuos ‒ consciencia, conocimientos, memoria de todo lo dicho o hecho, bueno o malo; personalidad psicológica, emociones y sentimientos  se unifica en el alma racional, la esencia real de quienes somos como un todo en el que el yo-consciente integra los elementos que lo caracterizaron en la vida terrestre como individuo único e irrepetible. Ninguno de estos elementos tiene corporeidad ni ocupa espacio físico dentro de nosotros, aunque son los componentes que nos definen como individuos concretos que somos. Al no ser físicos –pero sí reales nos permiten que se hagan uno con el yo y se “trasladen” como unidad al otro nivel de existencia. 

En ese estadio de unidad indisoluble e incorruptible nuestra existencia continúa en la dimensión no temporal ni física: en la espiritual. Cómo se da esa vida después de la transición es el contenido de nuestro último artículo.

Reynaldo Pareja

Junio, 2021

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