Una familia aventurera

Por: Eduardo Pardo
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Comparto con ustedes un relato biográfico familiar, antes de que mi memoria empiece a fallar y se desdibujen los recuerdos. Mi familia, como verán, vivió en distintas ciudades y países y disfrutó mucho los viajes, con una manera particular de tomar decisiones.

Mi papá nació en Popayán. Al terminar bachillerato y con los $500 que había ahorrado durante varios años, se fue para Francia. Estuvo en París y después en Lille, donde estudió Comercio. Esta experiencia lo marcó, Al regresar a Colombia conservó la obsesión de viajar y conocer, pero la segunda guerra mundial, el matrimonio y los hijos cambiaron sus planes. 

Tenía varias pautas que orientaron su vida: pedirle a Dios un techo y el pan de cada día; trabajar duro, para disfrutar la vida a partir de los 50 años; dejarle a los hijos la mejor herencia ‒una buena educación‒ y conocer varios países con sus culturas.

Desde niños nos inculcó el respeto a la mujer, a quien no se toca ni con el pétalo de una rosa; que la gente vale por lo que es y no por las apariencias; decir siempre la verdad y ser justos; decidir por nosotros mismos sin dejarnos llevar por la mayoría, etc.

A los siete años me dio la llave de la casa para que dejara de molestar pegándome al timbre. Yo me comprometí a ser responsable y no perderla. A los 10 me dejaba llevar el timón de la camioneta cuando lo acompañaba a la finca y me permitía manejar un tractor. 

En la familia se tomaban las decisiones más importantes por votación. Una vez llegó emocionado, diciendo que en la Costa vendían una finca algodonera que sería un buen negocio. Su plan era que viviéramos en Santa Marta, el dirigiría la finca de lunes a viernes y vendría los fines de semana. Votamos: él perdió y nos quedamos en Cali. 

En 5° de primaria descubrí que tenía vocación de misionero y para ello decidí que quería ingresar al seminario menor (Escuela Apostólica) de los jesuitas en El Mortiño, al norte de Zipaquirá. A mis papás les pareció muy prematuro. Él me dijo que tomara una hoja de papel, la dividiera en dos y escribiera a la izquierda lo positivo y al otro lado lo negativo de irme, que reflexionara y que era yo quien tomaba la decisión. Ganó el lado izquierdo y aceptaron que me fuera. 

Durante esos años seguíamos hablando de viajes. Pensábamos en diferentes países americanos, desde Canadá hasta Chile. Y cuando se vendía algún novillo en nuestra finca, una parte se ahorraba para el viaje.  Estando en la Apostólica llegó de vecinos de ellos una familia española. Se hicieron amigos. Mis papás empezaron a preguntarles sobre el costo detallado de la vida en España. Hicieron cuentas y vieron que vendiendo el ganado de la finca se pagaban los pasajes de ida. La finca se alquilaba, la casa se vendía y se ponía la plata a producir intereses. Ello nos permitiría vivir cómodamente. Éramos cinco personas; mi hermano menor solo tenía dos años.

Votamos otra vez y todos dijimos: nos vamos. La familia y las amistades nos trataron de locos e irresponsables. En el fondo pienso que hubo incomprensión, pues no era evidente ver a un miembro de la familia de mi padre dejarlo todo para irse con su familia a la aventura en un país desconocido. Como mi papá le tenía miedo al avión, él, mi mamá y mis hermanos se fueron en barco. Salieron de Buenaventura y llegaron a Barcelona. Fueron 25 días de navegación, con varias escalas. Como yo estaba en El Mortiño, con un calendario diferente, me adelantaron los exámenes finales y me fui en el Super Constellation de Avianca, que tenía cuatro motores. Un viaje muy simpático, pues nos bajamos en Barranquilla para almorzar, hicimos una escala en Puerto Rico, para el aperitivo, y cenamos en el avión. Al otro día, desayunamos en las islas Azores, almorzamos en Lisboa y, finalmente, llegamos a Madrid. Transcurría 1960.

El plan inicial era vivir en Madrid, pero cuando averiguaron en los colegios de los jesuitas y en la Presentación, les dijeron que no tenían cupo, pero que nos recibían en Barcelona. Por lo tanto, entré a la “Apostólica” de allí. Era una casa de cuatro pisos, pegada al Colegio de San Ignacio, al que asistíamos como seminternos.

Mi hermana, que entraba a cuarto de bachillerato, tenía que pasar el examen que llaman “reválida”, para evaluar sus conocimientos. De entrada, las monjas le dijeron que tenía que repetir el año, pues no estaría preparada para ese examen. Les dijo que eso no era justo y que no quería perder un año. Propuso que prefería hacer una formación de Secretariado Bilingüe. Siguiendo la costumbre familiar, ella expuso sus pros y contras y mis padres aceptaron su decisión. 

Papá cumplió su deseo de no trabajar más. Asistía como oyente a unos cursos de historia universal en la universidad, pues era un tema que le gustaba. Con mi mamá, paseaban por la ciudad, visitaban museos e iban a teatro y zarzuelas.

En el verano, aprovechando los tres meses de vacaciones escolares, nos fuimos a paseo por Europa en camping. Teníamos un carro Simca. En la parrilla y la bodega llevábamos todo lo necesario para cinco personas: ropa, carpa, colchones inflables, mesita y asientos plegables, y lo necesario para cocinar. Habíamos previsto el recorrido, pero si encontrábamos un bonito lugar o monumentos históricos para visitar, acampábamos allí. Cada uno tenía una ocupación específica que hacer y así todo quedaba listo rápidamente.

En ese tiempo no existía la geolocalización. Un plano vial de cada país y de cada ciudad era suficiente. Mi mamá y yo éramos los copilotos. Durante las horas de viaje ‒lo hacíamos por carreteras secundarias, a una velocidad máxima de 80 km/h‒ nos distraíamos cantando, leyendo la historia de la próxima ciudad, oyendo las crónicas de nuestros padres y hasta rezando el rosario. Durante el recorrido, en cada ciudad visitábamos museos, iglesias, monumentos, castillos, etc. De este modo, nos impregnábamos de la vida de cada país, su gente, costumbres, comida y folclor.

En 1961 visitamos Francia, Bélgica, Holanda, Alemania, Austria, Suiza. Por la Costa Azul francesa regresamos a Barcelona. Como el dólar subía en Colombia recibíamos menos dinero cada vez. Papá comenzó a pensar en regresarnos. Como era decisión importante, volvimos a votar. Como era de esperarse, ganamos los que queríamos quedarnos, con el compromiso de reducir los gastos “superfluos”.

Cuando entré a cuarto bachillerato, mi hermana se fue a vivir durante seis meses con una familia en Irlanda para aprender bien inglés. Asistía al colegio con las hijas de la familia. Durante ese año decidí que quería ingresar al noviciado de los jesuitas en Colombia, para poder entrar al mismo tiempo con mis compañeros de El Mortiño. Mis padres no estaban de acuerdo en que regresara a Colombia, pues apenas tenía 16 años. Nuevamente tuve que presentar mi hoja con los aspectos positivos y negativos. Volvieron a aceptar mi decisión.

Iniciamos otra gira en el verano de 1962. Salimos por el sur de España para pasar a Portugal y, al regreso, atravesar España por el centro. Después nos dirigimos al sur de Francia, a Mónaco y pasamos a dar una vuelta por Italia. De allí nos fuimos a Inglaterra. Mis padres habían decidido que como yo me regresaba, mi hermana era prioritaria y le convenia dominar perfectamente el inglés.

Como yo no había montado en barco, como regalo de despedida viajé del sur de Inglaterra a New York, en el Queen Mary. En esa ciudad estuve unos días, alojado en la casa de un tío. Salí para Colombia y entré al noviciado, donde había sido aceptado.

Mi familia se quedó ese año en Inglaterra. Papá comenzó a dar clases de español, para ocuparse en algo que le gustaba y tener un ingreso complementario. Después, mi familia se fue a vivir dos años en Bélgica, para que mi hermana aprendiera bien el francés y pudiera ser perfectamente trilingüe, como preparación para trabajar en un organismo internacional. Por supuesto, mi hermano entró a primaria y también aprendió francés.

Al final de esos dos años, mis papás y mi hermano regresaron a Colombia en barco de la Flota Mercante Grancolombiana. Mi hermana viajó donde mi tío, a New York. Alla consiguió su primer trabajo en la ONU y decidió quedarse a vivir allí. Mis papás, que no lograron acostumbrarse a vivir en Cali después de cinco años viajando, no dudaron en irse a experimentar la vida en New York y compartieron un apartamento con ella. Mi hermano menor ya tenía ocho años y comenzó su colegio en inglés. Papá reanudó sus clases como profesor de español en el Instituto Berlitz de Manhattan.

Seis años después, mi hermana quiso independizarse e irse a vivir en París, Ginebra o Roma, sedes de organizaciones internacionales. Tomó un vuelo New York-París y le resultó un puesto en la Unesco. Nunca pensó que pasaría allí 30 años trabajando como documentalista. Al año largo se repitió el mismo proceso: mis papás dejaron la vida en New York para irse a experimentar la parisina.  A mi hermano, que ahora era la prioridad paternal, le convenia perfeccionar el francés, pues dominaba el inglés, que se había convertido en su primer idioma. 

Estando toda la familia en París, regresé al hogar paterno en 1973, después de retirarme de jesuita. Mi hermana se casó. Entonces, mis papás y mi hermano decidieron regresar a Estados Unidos. Esta vez se instalaron en Winston Salem, Carolina del Norte, donde había una buena universidad para el futuro de mi hermano. Yo me quedé en París haciendo un posgrado. Al terminarlo, viajé a Winston.

Allí murió mi mamá. Regresé a París, donde me habían ofrecido un puesto. Papá y hermano se quedaron en Winston, para que este terminara la universidad. Después, los dos llegaron a París. Desde entonces, mi papá se quedaba allí durante la primavera y el verano, y regresaba a Colombia durante otoño e invierno. En Cali tenía hermanas y hermanos. 

Como él siempre había dicho que quería hacer como los elefantes, “que regresan a morir donde nacieron”, se fue a vivir a Popayán. Tenía 82 años. Un primo suyo vivía en esa ciudad.  Los tres hijos parisinos íbamos a visitarlo por turnos, una vez al año. 

El último en verlo fui yo. Al llegar lo encontré muy acabado. Me dijo: Eduardo, esto no es vida y ya me quiero morir. Le contesté, tienes toda la razón, vamos a rezar para que sea así, pero mientras tanto anímate lo más posible. Al despedirme me dijo que seguramente sería la última vez que nos veríamos. Le dije que yo también lo creía, pero que muriera en paz, pues había cumplido sus tres deseos: trabajar hasta los 53, viajar y disfrutar de la vida, y darnos una buena educación que nos permitió ser profesionales. El circulo se cerró. Tenía 85 años cuando falleció en 1992.

Vivo en París desde 1979; mi hermana, al jubilarse de la Unesco, se fue con su familia a Estados Unidos. Mi hermano también vive allá. Ahora, todos seguimos viajando, pero solo en vacaciones.

Eduardo Pardo M.

Junio 2021

16 Comentarios
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16 Comentarios

Dario Gamboa 19 junio, 2021 - 6:57 am

Que belleza de testimonio de una familia tan increíble!!! Eduardo, eres un verdadero gitano del mundo gracias a tu familia. Viajar abre la mente, cuestiona continuamente los valores y enriquece el espíritu y la mente con el contacto con tanta diversidad del ser humano. Que privilegio has tenido en la vida! Que bendición de familia, que democracia familiar lo de las votaciones! Admirable todo. Felicitaciones!!

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Pilar 19 junio, 2021 - 7:54 am

Eduardo Mori de emocion , y de inspiración ,,,sera q todavía estoy a tiempo de repetir tu historia? Si yo ya no lo hice de esa manera me encargaré de pasar tu historia para que muchos se inspiren y comiencen a soñar , aunque sea un poquito …. Gracias a tu memoria privilegiada que te permitió darnos este regalo .

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Eduardo+Jiménez 19 junio, 2021 - 8:56 am

Increíble, sana envidia, felicitaciones y gracias por compartirlo.

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Rosa Esther Balcázar B 19 junio, 2021 - 8:59 am

Buenos días, me pareció increíble la vida de gitanos que tuvo tu familia, la mejor decisión en la vida es viajar, conocer culturas, aprender varios idiomas, la
Unión familiar los llevó a tener esa maravillosa vida. Mis sinceras felicitaciones, fueron privilegiados, Dios siga guiando a tu generación, por ese buen camino. Te escribe una cuñada de Dario Gamboa, ex jesuita.

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Hernando+Bernal+A. 19 junio, 2021 - 9:03 am

Qué hermosa historia de una familia con enrome cariño y respeto para todos y cada uno de sus miembros. Extrarordinarios los logros alcanzados por todos. Felicitaciones y gracias.

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Cristina Rodriguez 21 junio, 2021 - 3:55 pm

Eduardo , interesante tu historia de vida , marcada por varios aspectos: tu hogar , desde donde se genera un espíritu de libertad responsable y la apertura a un mundo que indudablemente da una mirada amplia de vida y lo que más me llamo la atención el sentido de la democracia familiar , y lo que tu papá construyó en cada uno de ustedes sus hijos , lo que les ha permitido vivir en armonía consigo mismos y también logro entender tus ideales de hay “ Eduardo y sus cosas”
Gracias por permitirme conocer un poco más de tu historia familiar , interesante , y viajeros del mundo

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John+Arbeláez 19 junio, 2021 - 9:22 am

Eduardo, fabuloso y sentido homenaje a la personalidad de tu padre, una persona cosmopolita y con verdadera fortaleza de espíritu. No era fácil desarraigarse de la patria chica en esos años, pero lo hizo con ese espíritu de conquista de nuevos mundos y uds. secundaron su inmensidad interior. Que familia tan admirable!!!

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Luis Alberto Restrepo 19 junio, 2021 - 9:52 am

Eduardo, gracias por esa narración maravillosa, y qué privilegio tan grande haber tenido unos padres tan aventureros que te dieron la oportunidad de crecer y pasar tu adolescencia recorriendo el mundo, viviendo culturas y aprendiendo lenguas diversas, sin miedo a lo que les deparara el futuro y aplicando en familia, democráticamente, uno de los métodos ignacianos para el “discernimiento”: dos columnas, pros y contras. Me alegro por tí y por los tuyos. Nos encantó haberte conocido en tu delicioso apartamento de París. Que lo sigas disfrutando por los años que la vida te conceda. Abrazos

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Pedro Alejandro y María Consuelo 19 junio, 2021 - 10:35 am

Eduardo, muchas gracias por compartir esta magnifica experiencia de vida; de este modo te has hecho un ciudadano del mundo y un buen amigo .

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Stella Jiménez de Díaz 19 junio, 2021 - 11:04 am

Eduardo espectacular relato. Lo leí muy emocionada pues me encanta viajar y disfrutar de las diferentes culturas. Falto una segunda parte y es tu vida desde que te saliste de donde los Jesuitas. Quedó a la espera de ese nuevo relato . Abrazos y felicitaciones . Stella

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Gabriel Diaz 19 junio, 2021 - 11:15 am

Eduardo: que bella historia y mil gracias por compartirla. La vida nos deja muchas cosas bellas y recuerdos muy gratos.

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Martha Lucia Reina 19 junio, 2021 - 12:48 pm

Hola!!! No soy ex jesuita pero si esposa de uno Y me identifico plenamente con su formación y valores. Mi hija pasó durante tres años por un plantel jesuita, la cual la marco en su formación tanto intelectual como moral de forma muy positiva. También hemos tenido la extraordinaria oportunidad de Viajar por algunas Partes del mundo lo que has significado adquirir experiencia y cultura de la forma más divertida posible.
Todos coincidimos en pensar que como viajar no hay, y tenemos dentro de nuestros planes ir a lugares lejanos a seguir aprendiendo de su cultura y su gente.
Pero tal vez la aventura que más nos marcó fue hacer el camino de Compostela el cual queremos hacer de nuevo ya que la experiencia de caminar, comulgar con la naturaleza y cruzarse con tanta gente linda nos dejó marcados.

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John+Arbeláez 20 junio, 2021 - 9:18 am

Lo he leído 3 veces y me sigue pareciendo espectacular!!! Cada vez descubro nuevas maravillas en tu familia.

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Sandra Cristina Rodriguez 21 junio, 2021 - 1:05 pm

Una historia de vida maravillosa que se refleja en lo que eres y lo que transmites. En buenahora tu papa usaba la democracia para tomar decisiones familiares y para darle una mirada grande al mundo que se abría para sus hijos.

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Pablo Rodríguez 21 junio, 2021 - 7:20 pm

Un vivir bastante movido Eduardo, lo que permitió ante todo enriquecer la mente y el espíritu. Ya entiendo de dónde proviene tu obsesión por los viajes. Pero lo que sí me dejó muy intrigado es que en un Simca cupiera el “trasteo” de una familia de cinco, hasta en eso tu papá era un mago..

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Vicente Alcala 22 junio, 2021 - 8:49 am

Quizas es el articulo conmayor numero de. comentarios.
Una verdadera familia, unaverdadera comunidad:
Experiencias comunes, forma de comprender compartida, decisiones consensuadas, planes de accion compatibles, amor incondicional y efectivo. Que buena energia y ejemplo. Por algo se le nota a Eduardo esa sonrisa permanente.

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