Cuando todavía estábamos en el siglo XX, con un grupo de amigos organizamos una especie de safari al Vichada, en plenos Llanos, para ir a la finca de Perrucho Arriaza, denominada Araguatos, muy cerca del río Tomo, casi en su desembocadura en el Orinoco y colindante en su extenso paisaje con la llanura venezolana.
Hermosa a inolvidable experiencia. Cinco vehículos transitando en línea horizontal y abriendo camino exigente para superar los bajos y obviar los terrenos húmedos, en dirección obstinada hacia el oriente profundo. Y como detalle sorprendente en el horizonte de la vasta llanura, unos árboles esqueléticos desde los cuales algunos indígenas primitivos trataban de cazar con flechas las liebres o los escasos animales que salían de sus madrigueras.
Mi pensamiento fijo como siempre en el extraño grupo humano que rompía nuestra tradicional visión cultural, me llevó a pensar en la enorme brecha que los indígenas tenían que superar para dar el salto de la edad de piedra a la modernidad. Esa Colombia profunda no ha cambiado mucho en el panorama de la marginalidad cultural del Siglo XXI. Solo que el salto es ahora desde el paleolítico hasta la posmodernidad.
Si algo se pudiera resaltar en la tarea del gobierno saliente es que nos hizo pensar como país en la necesidad de incorporar a la nacionalidad esas fronteras que subyacen no solo como áreas geográficas remotas, sino como grupos culturales autóctonos, siempre al margen de la historia común, relegados en su eterno silencio y olvidados por nuestra denominada civilización. Muchos de ellos quizás contentos y satisfechos en un aislamiento ancestral.
Conste que el saliente gobernante no ha sido santo de mi devoción, ni objeto del culto mesiánico que inusitadamente y debido posiblemente a sus disruptivas e insultantes falencias individuales, le profesa la gran multitud.
Pero es importante y justo reconocer que los Llanos, la Guajira, el Chocó y la Amazonía, durante este mandato han tenido un papel significativo como agentes de preocupación nacional que perturban e incomodan el tradicional ambiente centralista de nuestra nación. Es de esperar que para bien del futuro esta nueva pauta pueda enfatizarse, teniendo en cuenta además, que en razón de su aislamiento geográfico son los territorios gobernados por las guerrillas, los grupos criminales, la minería destructora del ambiente, y agentes disruptivos de la deseada unidad nacional. Además forman parte muy significativa del voto obligado de la oposición. Menuda tarea para el nuevo gobierno y quizás fuente de una nueva percepción política y de un reto de transición para configurar el sentido de nación que debe prevalecer en el devenir de nuestra historia conjunta.
Lo escrito es solo una nota simple y un recuerdo de Araguatos, que revive la canción y el corrido llanero que como resultado de nuestro periplo compuso entonces el maestro musical y compañero de travesía Julián Lombana.
Hernando Bernal Alarcón
Julio, 2026

