El jueves 3 de julio pasado escogimos como tema de nuestra tertulia semanal intercambiar y enriquecernos con las experiencias como migrantes de muchos de nosotros que hemos vivido más de cinco años en algún otro país. Presentamos hoy una de las participaciones individuales durante la tertulia.
Exjesuitas en tertulia- 3 de Julio, 2025- Silvio Zuluaga – (leída por Dario Gamboa)
Deslizándome fuera de la fe: el viaje de un jesuita hacia otra burbuja
Salí de Colombia rumbo a Estados Unidos en circunstancias poco convencionales. Aún era jesuita, sujeto a votos, reglas y jerarquías. No tenía luz verde para irme. El Superior de los jesuitas en Colombia me había negado la autorización para cursar estudios de teología y no aprobaba que aceptara una beca para estudiar en el exterior. Pero el destino se reconfiguró inesperadamente: mi director espiritual fue nombrado Superior encargado por un mes, mientras el titular viajaba al exterior. Actuamos con rapidez. Cuando el titular regresó —una tranquila noche de domingo—, yo ya estaba embarcando en un vuelo hacia St. Louis al amanecer del lunes siguiente, listo para aprender inglés, estudiar una maestría y lanzarme a lo desconocido. Alguien calificó mi viaje como furtivo.
Ese vuelo, que duró solo unas horas, marcó el inicio de un viaje mucho más largo: el que me llevaría fuera de la Compañía de Jesús, fuera de la religión, y hacia una vida nueva, incierta, sin guión, vivida paso a paso, fascinante también.
Un seminario sin sotana
Durante quince años viví en comunidades jesuíticas, compartiendo espacios con compañeros que, como yo, nos preparábamos para una misión sublime: salvar al mundo del pecado. Más tarde, nuestro discurso evolucionó: queríamos transformar las estructuras sociales opresoras de nuestro país con Jesucristo como líder.
En ese entorno, había una mezcla intensa de apoyo fraterno y control personal e institucional. Las normas eran muchas, pero se cumplían casi naturalmente.
Nada de eso existía cuando llegué a la Universidad de Wisconsin, en Madison en 1.971. Era el amanecer de la revolución hippie: un movimiento contracultural vibrante, lleno de búsquedas espirituales alternativas, de creatividad artística, de comunión con la naturaleza y de un profundo anhelo de paz. Paz, amor libre, drogas, rechazo al sistema… y una feroz crítica a las guerras y a las formas tradicionales de poder. La oposición a la guerra de Vietnam estaba presente y radicalizada en los campus universitarios: protestas, represión, violencia, muerte.
Ya no vivía en una residencia controlada con el sistema jesuítico. Compartía casa con estudiantes comunes. Por primera vez debía hacer mercado, cocinar, limpiar. Nadie vigilaba mis oraciones, ni mis lecturas, ni mis andanzas. Sin la estructura de la Compañía, me enfrenté a un nuevo mundo. Y algo dentro de mí empezó a aflojarse.
El tobogán de los desprendimientos
El primer quiebre fue cultural: la naturalidad con que se practicaba el divorcio. Si una relación no funcionaba, simplemente se terminaba. No había tragedia, solo humanidad. Y entendí que lo que durante años me habían enseñado —“lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”— podía y debía ser cuestionado.
Ese fue el inicio de lo que luego llamé mis cuestionamientos prácticos, lo que se convirtió en un tobogán de desprendimientos.
Uno a uno, empecé a soltar muchos mitos, entre ellos enumero algunos:
- La idea de que el divorcio tenía que ser una desgracia social y espiritual.
- El rechazo hacia los homosexuales: tenía un amigo gay desde mis años en Colombia, y me resultaba absurda la condena religiosa.
- El culto a la virginidad, que me parecía más un mecanismo de control y discriminación hacia las mujeres que una virtud.
- La exclusión sistemática de las mujeres de la jerarquía eclesiástica, y de la posibilidad de que predicaran la palabra de Dios, el Evangelio.
- El castigo eterno por relaciones sexuales consentidas fuera del matrimonio, que me parecía injusto y cruel.
Incluso la historia de Judas comenzó a incomodarme. En una conversación con un amigo escritor, comentamos: “Si yo supiera que a uno de mis empleados lo estuvieran contratando por un salario mínimo, 30 denarios, para hacerme daño y que posiblemente fuera a la cárcel por ello, lo llamaría, hablaría con él y le ofrecería 60 denarios para evitar que arruinara su vida, y la de su esposa e hijos, si los tenía.
Fue entonces cuando me di cuenta de que ya no solo me alejaba de la Compañía de Jesús. Me alejaba, con serenidad, sin rabia ni drama, también de la religión, a otra burbuja existencial.
Ya habían pasado más de dos años desde mi poco convencional salida de Colombia cuando recibí, por primera vez, una llamada inesperada del Padre Superior. Me citó en Chicago. La conversación fue breve y directa.
—¿Y usted qué? —preguntó sin rodeos.
—Yo muy bien —respondí—. Me siento fuera de la Compañía de Jesús.
—Pues eso hay que normalizarlo en una carta —dijo.
—¿A quién se la dirijo? —pregunté.
—A mí —concluyó.
Fueron menos de dos minutos de charla. En ese instante, no tuve la entereza de agradecerle la plenitud con que había vivido en la Compañía, la formación recibida, y los innumerables amigos nobles y auténticos cosechados. Al llegar a Madison, redacté la carta con un profundo sentimiento de gratitud. Fue un final inconcluso, no como debía haber sido, pero sí como fue.
Lo que me llevé de ese viaje
El viaje me dejó enseñanzas claves en mi vida:
- Todos vivimos en burbujas. Culturales, ideológicas, religiosas. Son necesarias, todos vivimos en burbujas creadas a través de los siglos, pero pueden volverse dogmáticas y en cuanto absolutas dañinas y excluyentes. Aprendí a respetar las burbujas ajenas y a no absolutizar la mía.
- Salir de una burbuja no tiene por qué ser traumático. Así como entré suavemente en la vida religiosa, en una especie de lavado sutil de cerebro y en donde viví felizmente, así salí de ella con la misma serenidad, con otro lavado de cerebro y en donde vivo también feliz. Descubrí que el relativismo es una forma de madurez y de respeto hacia el otro.
- Los estudios me enfocaron. Primero, porque creía que serviría como sacerdote transformador social en el campo rural colombiano; después, porque sabía que debía prepararme para sostenerme a mí y a mi futura familia. La concentración en el quehacer es pronóstico de éxito en la vida.
- Y el amor. El mayor regalo de ese viaje fue el amor con mi primera esposa, Kathy, y los hijos que tuvimos: Marc y David.
Hoy habito otra burbuja. Y soy feliz en ella. Viví intensamente dentro de la Compañía de Jesús. Ahora vivo con la misma plenitud fuera de ella. La vida no es una sola verdad, sino una sucesión de escenarios posibles.
Con el tiempo, comprendí que el verdadero aprendizaje no radica en aferrarse a una única verdad, sino en aceptar que la vida está hecha de múltiples burbujas, válidas a su manera. Habitar una de ellas es necesario porque nos da pertenencia y arraigo. Y lo más revelador: es posible cambiar de burbuja sin miedo, sin resentimiento y sin perder el sentido de quién se es.
Silvio Zuluaga – Residente en Manizales, Colombia
Julio de 2025


7 Comentarios
Extraordinario tu testimonio, Silvio. Gracias. Me identifico con la imagen de las burbujas que continuamente cambian en nuestras vidas, pero que adaptarse a nuevas burbujas, enriquece y nos trae felicidad a quienes seguimos buscando sentido a cada instante. Felicitaciones!
Me identifico con tus burbujas.
Silvio, que sigas siendo muy feliz en tu respetuosa y respetable burbuja. Parodiando al poeta, se hacen burbujas al andar.
Silvio: Muy hermoso y sincero testimonio de vida marcada por las decisiones , las situaciones y las oportunidades. Gracias por compartirlo con nosotros. Cordial saludo. Hernando
De acuerdo con la energía cuántica, tú has conectado e interpretado no sólo los sentimientos sino la vida entera de quienes fuimos tus compañeros en la Compañía de Jesús. Esa simbología de las burbujas, atrapantes y “definitivas” son el camino de la madurez y de la búsqueda de la felicidad. Te felicito por tu búsqueda que ha sido intensa y gratificante, querido amigo.
Silvio gracias por compartir tu experiencia y la forma en que cambiaste de burbuja: con paz y felicidad.
Sincero testimonio, que creo un poco describe el camino que, unos más otros menos, hemos recorrido desde la lejana época de nuestro tiempo en la compañía. Saludos.