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Silvio Zuluaga

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El día de la despedida eterna de nuestro compañero Ricardo Pulido, Silvio pronunció estas palabras. Por su intensidad, por su verdad, las queremos hacer públicas en nuestro blog.

Al enterarnos de tu muerte, Ro y yo nos sentamos en el estudio y lloramos largamente. Fueron momentos de profundo dolor por tu partida y de inmenso cariño por tus recuerdos.

En medio de ese llanto recibimos una llamada de César Vallejo. «Silvio, acabo de enterarme de la muerte de Ricardo y siento un inmenso deseo de darte un enorme abrazo de hermano», me dijo.

Eso fuiste, Ricardo: alguien que supo crear hermandad a tu alrededor. Un hermano fiel. Un hermano a lo grande.

Nos conocimos cuando apenas empezábamos a descubrir el mundo. Teníamos unos doce años; desde entonces han pasado más de setenta. Nuestra infancia transcurrió entre caminatas por las montañas, partidos de fútbol y paseos por la finca Patasía. 

Después, el 25 de noviembre de 1959, ingresamos al noviciado de los jesuitas y empezamos a llamarnos hermanos: tú eras el hermano Pulido y yo, el hermano Zuluaga. También estaban los hermanos Cortés, Torres, Londoño, Velasco, Trujillo, Cristancho y Olivo entre otros, que ya partieron. Por varios años nos seguimos llamando hermanos y amándonos como hermanos en la mítica vida de la Compañía de Jesús.

Más tarde, ya en la vida secular, nuestra hermandad se hizo aún más fuerte. Compartimos alegrías, conversaciones, momentos difíciles y tantos recuerdos que hoy vuelven con especial fuerza. Ricardo: estuviste presente en una parte inmensa de mi historia. Tu manera de ser, tu compañía y todo lo que vivimos juntos dejan en mí una huella imborrable.

Hoy me cuesta aceptar que ya no estás, pero sé que seguirás viviendo en mi memoria y en el cariño de todos los que tuvimos la suerte de conocerte. Muchos hemos perdido a un hermano leal: quienes alguna vez nos llamábamos hermano Zuluaga, hermano Vallejo, Hermano Escobar y hermanos Jaramillo, Correa, Urreta, Posada, Palacio, Restrepo, Jiménez, Díaz, Pérez y Vélez, Nieto, Niño y Gamboa y a tantos otros hermanos que podemos mencionar… yo soy uno de los que hoy sigue lamentando la pérdida de un gran hermano.

Luz Stella, no sabes cuánto me conmovía y cuánto me hacía sentir querido que, durante este año, a raíz de mi enfermedad, Ricardo me llamara periódicamente para preguntar por mi salud. ¡Qué gran hermano! Ricardo siempre presente.

Luz Stella y Sandra: compartimos el dolor con ustedes por la partida de Ricardo. Y si algo sirve de confort les decimos que para muchas, muchas personas Ricardo fue el amigo leal, el hermano siempre presente y estamos inmensamente agradecidos por todo lo que nos dio.

Ricardo, nos conocimos a los doce años y caminamos juntos durante más de setenta. Fuiste esa persona que encontré a la vera del camino y que, con el tiempo, se convirtió en un hermano ejemplar y en parte esencial de mi vida. ¡Qué privilegio tuvimos tantos de compartir contigo esta hermandad durante un trayecto tan largo!

Despidamos a Ricardo, nuestro gran hermano, con un inmenso aplauso de agradecimiento.

Descansa en paz, querido hermano. Adiós.

Silvio Zuluaga

Octubre,2026

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Una enfermedad en un pie terminó convirtiéndose en una lección sobre la condición humana.

Lo que pensé que sería una rutina reconfortante para encontrar un diagnóstico, terminó convirtiéndose en un verdadero viacrucis. Durante días recogí historias clínicas, catalogué exámenes médicos, busqué resultados y hasta traduje documentos que me habían entregado los médicos que me habían examinado durante el viaje a China. Quería reconstruir, pieza por pieza, la historia de la enfermedad de mi pie. Finalmente llevé todo el expediente a Valentina, mi médica internista.

Ella leyó con detenimiento las historias clínicas, los resultados de laboratorio, los exámenes y hasta las medicinas que me habían formulado. Después de revisar todo cuidadosamente, llegó a una conclusión: tenía una neuropatía de Charcot. Es una enfermedad que afecta los huesos, articulaciones y tejidos del pie y el tobillo, generalmente como consecuencia de una neuropatía periférica. El daño de los nervios hace que se pierda sensibilidad y que puedan producirse lesiones en el pie que inicialmente no se perciben bien. Salí de allí con tranquilidad.

Después vino el diagnóstico del ortopedista, Julio César, un hombre alto, experimentado y acostumbrado a enfrentarse con enfermedades y con pacientes de toda clase. Leyó el dictamen de mi internista, me examinó cuidadosamente y me dijo:

  • Silvio, usted está enfermo del pie. Solo del pie y de un pie. Esto lo podemos manejar con tiempo. Hasta ahí, todo parecía sencillo.

Y luego agregó:

  • Sin embargo, Silvio, creo que su problema no es principalmente el pie. Su problema es el ego. El comentario me incomodó. No entendía qué tenía que ver mi ego con una enfermedad en el pie. Pero Julio César continuó hablando.

Me explicó que yo estaba necesitando mucha ayuda y que esa ayuda me la estaban dando con cariño mi esposa, mis familiares y mis amigos. Sin embargo, aunque aceptaba esa ternura, en el fondo resentía necesitarla.

Y entonces empecé a reconocer algo que, hasta ese momento, no había querido mirar de frente. Era cierto. Estaba muy impedido. Ro tenía que ayudarme a levantarme, a vestirme y hasta a ir al baño. Lo hacía con un cariño y un amor inmensos, pero yo resentía que una mujer de apenas 50 kilos tuviera que ayudar a levantarse a un hombre de 82.

Mi suegra, una mujer de 90 años, me tomaba del brazo cuando intentaba ponerme de pie. Lo hacía con una ternura conmovedora. Yo entendía perfectamente su gesto, pero en mi interior me dolía que una mujer de esa edad tuviera que ayudarme a mí.

Y ocurrió algo más. Mi hermana, a quien yo siempre había considerado más limitada físicamente que yo, me quita cuidadosamente de las manos el cable del computador y ella se agacha a conectarlo. Antes habría sido al contrario. Ella me estaba ayudando. Yo sentía gratitud por su apoyo incondicional, pero al mismo tiempo experimentaba un resentimiento que me costaba reconocer. Y he recibido cantidad de llamadas de apoyo, mensajes electrónicos y razones a través de terceros.

Julio César siguió hablando.

  • Silvio, el ser humano es frágil. Tenemos que aceptar la fragilidad como parte de nuestro ser. Usted ha sido un hombre exitoso, activo, organizador. Todo el mundo dice que no parece que usted tenga 82 años y usted se siente muy bien con eso. Pero los seres humanos somos frágiles. Y usted tiene que aceptar su fragilidad.

Yo estaba atrapado entre mi racionalidad y la evidencia. Mi cabeza intentaba encontrar argumentos para defenderme, mientras la realidad estaba allí, frente a mí, imposible de negar.

Hasta que no pude más. Irrumpí en llanto. El muchacho que siempre había querido mostrarse fuerte, independiente y capaz de resolverlo todo estaba admitiendo, finalmente, su fragilidad. Caí en los brazos de Ro y de mi hermana Blanca y lloré desconsoladamente.

Después de un rato, cuando pude tranquilizarme, miré al médico y le pregunté:

  • ¿Necesito un psicólogo? Julio César me respondió con una tranquilidad que todavía recuerdo:
  • Silvio, no se preocupe por eso en este momento. Las personas que lo están ayudando y acompañando son las mismas que estaban con usted cuando era fuerte. Ahora están aquí, con el mismo amor, el mismo cariño y la misma ternura. Acepte esa realidad.

Y luego vino otra frase, una réplica después del terremoto, mucho más difícil de aceptar:

  • Además, este es un proceso largo, no podrá viajar durante un semestre. En ese instante comenzaron a desaparecer, uno detrás de otro, los planes que tenía por delante para este semestre. Los ocho días en la Isla Múcura con la familia de mi esposa. Los seis días en Zapatoca con mis amigos de toda la vida. Los quince días en Estados Unidos para visitar a mis hijos y a mis nietos.

Todo parecía esfumarse detrás de una enfermedad que, paradójicamente, estaba localizada solamente en uno de mis dos pies. Volví a llorar.

Al salir, Julio César agacha su humanidad hacia la silla de ruedas, nos abrazamos y me dice: Silvio: saldremos adelante. Entre sollozos asentí. ¡Qué ser humano tan excelente eres Julio César! Mil gracias.

Aprender a recibir

El proceso de aceptación no ha sido fácil. Ha sido tortuoso aceptar la fragilidad. Aceptar la dependencia. Aceptar que necesito ayuda para hacer cosas que durante toda mi vida hice sin pensarlo.

Y en este proceso Ro ha sido fundamental. Una y otra vez me insiste en que debo mantener la cabeza en alto. No solamente físicamente, sino apuntando en que es más lo positivo que lo negativo. Me recuerda que no puedo tirar la toalla, que todavía hay mucho por delante y que, finalmente, se trata de un pie: solo uno de mis dos pies. ¡Mil gracias Ro! ¡¡¡Qué haría sin ti!!!

Me ha ayudado a entender algo que Julio César planteó aquel día: aceptar la fragilidad no significa rendirse. Significa aceptar que somos seres humanos. Y que, algunas veces, ser fuerte consiste precisamente en permitir que otros nos ayuden.

Tratando de contar este proceso por teléfono a algunas personas, se me ha quebrado la voz y he llorado.

Me siento frágil. Y lo más difícil de todo ha sido aceptar que puedo sentirme así. No sé si mi metamorfosis haya terminado. Quizás apenas esté comenzando. Pero hoy puedo decir algo que antes me costaba muchísimo pronunciar:

Como Silvio SOY frágil también. Y también SOY un Silvio acompañado.

Acompañado por Ro, por mis hermanos, por mis familiares y por mis amigos. Acompañado por personas que no me han dejado solo ahora que experimento fragilidad, he sentido entonces, la necesidad imperiosa de compartir con ustedes mi fragilidad como parte de mi proceso de autenticidad, de reconocerme como soy, a la vez, hacedor y frágil.

Quizás esa sea la verdadera lección de todo esto. Durante muchos años pensé que la fortaleza consistía en poder hacerlo todo por mí mismo. Ahora comienzo a descubrir que también hay una forma de fortaleza en dejarse cuidar. Definitivamente, aceptar la fragilidad no es perder algo.

Tal vez sea descubrir algo que siempre estuvo allí y que no había sabido ver: que quienes nos aman no lo hacen solamente cuando somos fuertes. También nos aman cuando necesitamos y nos tienden la mano, sin cuestionamiento, en el momento de fragilidad. Quizás, al final, ese sea el verdadero significado de estar acompañado.

Un abrazo.

Los quiero mucho.

P.D. Quería compartir estas vivencias con ustedes, a pesar de que estamos en momentos dramáticos por el terremoto. Tenía que hacerlo. Sin embargo, no nos olvidemos que la realidad más importante hoy es que hay 150.000 damnificados que están sufriendo mucho más. Ro y yo decidimos que los reembolsos de los viajes cancelados y los dineros del viaje a USA los donaremos para el fondo que los hermanos Zuluaga estamos organizando para acompañar a algunas de las víctimas.

Silvio Zuluaga G.

Agosto, 2026

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Dada la importancia del evento, acordamos que nuestra tertulia del jueves 30 de julio se inspirara en el Campeonato Mundial de Fútbol. Reflexiones, remembranzas, posiciones críticas, opiniones, brotaron espontáneamente, reflejando que el buen fútbol todavía nos sigue motivando. Aquí queremos consignar algunos testimonios.

Haz click aquí para disfrutar de la intervención de Silvio Zuluaga: https://youtu.be/MTp1Jb0GgSU

Exjesuitas en tertulia- 30 de Julio, 2026

El fútbol consigue durante noventa minutos lo que la economía no ha logrado en siglos: que un multimillonario y un campesino celebren exactamente el mismo gol.

Por un instante desaparecen las fronteras. El empresario que llegó a Nueva York en un jet privado se hospeda en una suite presidencial y ocupa un asiento VIP en la final del Mundial, salta exactamente igual que el campesino colombiano que escucha el partido en un viejo radio de pilas, sentado bajo la sombra de un palo de mango.

El niño que mira el partido desde una favela en Río de Janeiro, el taxista de Bogotá, el pescador de Filipinas, el ejecutivo de Wall Street y un rey del Golfo Pérsico experimentan la misma descarga de adrenalina cuando el balón golpea el travesaño.

Durante noventa minutos desaparecen las diferencias sociales. Todos gritan. Todos sufren. Todos esperan. Ninguna otra actividad humana consigue reunir emocionalmente a más de mil quinientos millones de personas. Pero la magia dura exactamente lo que tarda el árbitro en llevarse el silbato a la boca.

El precio de estar allí

La Copa Mundial también refleja el otro rostro del planeta. Nunca antes asistir a una final había sido un privilegio tan costoso. Los paquetes de hospitalidad de mayor categoría y el mercado de reventa han llevado los precios a niveles reservados para una élite económica.

Una experiencia de lujo para presenciar la final puede aproximarse a estas cifras:

  • Entrada VIP o paquete premium: a US$50.000.
  • Tres noches en un hotel cinco estrellas en Manhattan: US$4.500.
  • Vuelo Bogotá–Nueva York–Bogotá en primera clase: US$8.000.
  • Parqueadero cercano al estadio durante tres horas: US$300.

En total, una sola persona puede gastar entre US$63.000 para vivir una noche de fútbol con todas las comodidades. Para algunos asistentes representa un gasto más dentro de su patrimonio. Para millones de personas equivale al trabajo de muchos años.

La cuenta del trabajador colombiano

Imaginemos un trabajador que recibe US$ 700 mensuales, aproximadamente el equivalente al salario mínimo colombiano con sus prestaciones. 

Las comparaciones hablan por sí solas.

Para cubrir el costo de tres horas de parqueadero el trabajador colombiano tendría que trabajar dos semanas completas. Necesitaría cerca de seis meses de trabajo para costear únicamente las tres noches de hotel. Tendría que dedicar más de un año entero de ingresos para comprar el pasaje en primera clase.

Y si soñara con una entrada VIP de US$ 50.000, tendría que ahorrar íntegramente su salario durante seis años, sin comer, sin pagar arriendo, sin transporte y sin vestir a su familia. Si aspirara a vivir toda la experiencia de lujo —entrada, hotel, vuelo y gastos básicos— el esfuerzo equivaldría a siete años de salario completo. Por otra parte, US $ 63.000 sería suficiente para adquirir una vivienda de tipo social, en una ciudad intermedia de Colombia. Por eso, para la inmensa mayoría de la humanidad, esas experiencias simplemente pertenecen a otro universo.

El pitazo final

Cuando termina la ceremonia de premiación, las cámaras buscan las lágrimas de los campeones. Pero hay otra historia que casi nunca aparece en televisión. El empresario vuelve a su avión privado. El inversionista aborda su helicóptero. Los patrocinadores celebran contratos por cientos de millones de dólares.

Y el trabajador que madrugará al día siguiente para ganar el equivalente a veinticinco dólares diarios vuelve a levantarse a las cinco de la mañana. La igualdad emocional desaparece. Regresa la desigualdad económica.

Dos mundos

Los datos ayudan a comprender la dimensión del fenómeno.

Hoy, el 10 % más rico de la humanidad posee aproximadamente el 75 % de toda la riqueza del planeta, mientras la mitad más pobre apenas controla alrededor del 2 %.

Las 10 personas más ricas del mundo poseen 1,6 billones de dólares, lo mismo que los 3.500 millones más pobres del mundo. El problema no es que haya ricos, el problema es la desigualdad, la concentración de la riqueza en unos pocos. Después del pitazo final del mundial cientos de millones de personas se acuestan con hambre, no pueden pagar la factura de medicinas de sus hijos En otras palabras, el planeta nunca había producido tanta riqueza. Y tampoco la había concentrado en tan pocas manos.

La gran paradoja

Resulta paradójico que el evento deportivo más universal del planeta también sea uno de los mejores espejos de la desigualdad contemporánea. El gol vale exactamente lo mismo para todos. La emoción no distingue cuentas bancarias. La camiseta de la selección cuesta el mismo esfuerzo emocional para quien vive en una mansión de veinte millones de dólares que para quien apenas consigue pagar el mercado semanal. Sin embargo, las oportunidades para disfrutar ese espectáculo son radicalmente distintas.

Después del Mundial

Quizás el verdadero legado de una Copa del Mundo no sea únicamente el campeón. Sea recordar que compartimos exactamente las mismas emociones, pero no las mismas oportunidades. Durante noventa minutos somos una sola humanidad. Cuando el árbitro pita el final, volvemos al viejo marcador de la economía. 

Uno donde el resultado sigue siendo profundamente desigual. Y mientras los campeones levantan la Copa hacia el cielo, miles de millones de personas regresan silenciosamente a una realidad que ningún trofeo puede cambiar. Porque el Mundial termina. La desigualdad, en cambio, continúa jugando todos los días. Las diferencias de ingreso económico y de propiedad de los bienes es descomunal. El problema no es que haya ricos el problema es que cientos de millones de personas viven en situaciones infrahumanas y no tengan para comer cada día.

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Nuestra reunión se centró en compartir aprendizajes y experiencias del reciente viaje a China de un grupo grande de nuestros compañeros y en presentar el libro que el grupo está preparando sobre ese viaje. Silvio expuso la estructura del libro, que incluye el itinerario, análisis del rumbo de China, reflexiones sobre la sociedad china y artículos de los participantes, destacando factores de éxito como la movilización laboral, la educación, la apertura tecnológica, la planificación centralizada y el papel del Partido Comunista. Compartimos orgullosos esta tertulia con nuestros lectores.

Haz click aquí para apreciar la tertulia del 16 de Julio, 2026 : https://youtu.be/3tKRONxi-04

Exjesuitas en tertulia- 16 de Julio, 2026

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Del grupo de 27 viajeros recientes a China, del 1 al 16 de Junio pasado, en el cual participamos muchos de nosotros, 11 de nosotros decidimos compartir nuestras experiencias, reflexiones y aprendizajes en la tertulia del 9 de Julio. Compartimos esta valiosa y amena tertulia con nuestros lectores, en preparación al lanzamiento del libro virtual que nuestro líder de viaje Silvio Zuluaga ha estado preparando.

Haz click aquí para disfrutar de esta tertulia: https://youtu.be/eO8Gt4sQk0U

Resumen:
Esta fue la tertulia 295 del grupo de exjesuitas, centrada en compartir experiencias y aprendizajes del reciente viaje a China de varios miembros del grupo. Los participantes César Augusto Giraldo y Marcela Villamizar compartieron sus impresiones sobre el desarrollo económico y urbano de China, destacando la transformación rápida del país en las últimas décadas, la arquitectura moderna, la limpieza de las ciudades y la ausencia de la pobreza extrema que solía caracterizar a China. Goyo Vélez reflexionó sobre la política antinarcótica de China como diferencia clave con Occidente, señalando cómo este enfoque ha permitido mantener una sociedad más tranquila y trabajadora. Marcela comentó sobre la producción de souvenirs en China y la importancia de visitar ciudades donde se produce la pequeña manufactura artesanal. Maria Ángela habló sobre la evolución de la situación de las mujeres en China, incluyendo los logros de Mao Zedong y los desafíos actuales. Silvio compartió su experiencia en China sobre el uso generalizado del teléfono móvil como método de pago, lo que ilustra la infraestructura digital del país. Marcela compartió sus reflexiones sobre cómo los celulares han afectado negativamente las relaciones humanas, mientras que Silvio describió su experiencia positiva en China, donde encontró una sociedad más abierta y cálida comparada con su visita anterior 8 años atrás. Pilar relató su viaje a China hace 43 años y cómo se sorprendió al encontrar que muchos aspectos de la cultura, incluyendo los baños tradicionales para mujeres, permanecían sin cambios, aunque se impresionó con el desarrollo de ciudades como Hangzhou y con la ciudad de Pekín, donde observó un tráfico más organizado y respetuoso que en su visita anterior. Andrés planteó preguntas sobre cómo la generación más joven responderá al gobierno y al totalitarismo, mientras que William preguntó sobre la relación entre la educación china y el comportamiento social observado. Dario compartió reflexiones sobre la historia de China, destacando cómo los sueños de líderes como Mao Tse Tung, Deng Xiaoping y Jack Ma se convirtieron en realidad en menos de 50 años, y cómo el pragmatismo y la prioridad por el bien público caracterizan a la sociedad china actual. También compartió sus observaciones sobre la diversidad y el sistema político en China, destacando la meritocracia del Partido Comunista y la fuerte presencia del gobierno en las empresas. Julio cuestionó si un país puede progresar sin un líder y un partido fuertes, mientras que Rigoberto expresó inquietud sobre la libertad limitada y cómo se controla el comportamiento de los ciudadanos. La discusión se centró en la naturaleza del sistema chino y su posible imitación en otros contextos. El grupo discutió las diferencias culturales entre China y Occidente, especialmente en términos de libertad de expresión y control social. Silvio explicó que en China existen sistemas autocráticos efectivos para tomar decisiones nacionales, como la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma, y compartió observaciones sobre la situación política y social en China basadas en su reciente visita. Pilar y Silvio describieron las tecnologías chinas innovadoras, incluyendo aplicaciones para recuperar niños perdidos y programas de plantación de árboles, mientras que Dario comentó sobre la comida china y cómo algunos miembros del grupo se resistían a probar nuevos alimentos. El grupo discutió reflexiones sobre la libertad después de un viaje a China, donde Jorge y Marcela cuestionaron si realmente existen libertades significativas como educación de calidad y protección de salud. Silvio compartió observaciones sobre la avanzada tecnología agrícola china y su interés en aplicar lecciones aprendidas a un proyecto llamado “Ruta del Abasto” en Colombia. La reunión concluyó con agradecimientos a María Mercedes por organizar exitosamente el viaje a China, y se programó una próxima reunión para el lanzamiento de un libro el próximo jueves a las 2 PM hora de Colombia.

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Colombia se ha convertido en uno de los países más avanzados del mundo en materia de legislación sobre eutanasia y muerte digna. Mientras en muchas naciones el tema sigue atrapado entre prohibiciones absolutas, silencios políticos o discusiones religiosas, Colombia abrió un camino jurídico y ético que reconoce que el ser humano tiene derecho no solo a vivir con dignidad, sino también a decidir cuándo el sufrimiento ha dejado de tener sentido.

La Corte Constitucional colombiana, a través de varias sentencias, ha ido ampliando progresivamente este derecho. Primero se habló de pacientes terminales; después, de enfermedades graves e incurables; más adelante, del sufrimiento intenso físico o psíquico. El debate dejó de ser exclusivamente médico para convertirse en una reflexión profundamente humana: ¿hasta qué punto la vida biológica debe mantenerse cuando la persona siente que ha desaparecido aquello que hacía valiosa su existencia?

Sin embargo, aunque la legislación ha avanzado, todavía existe una pregunta incómoda que pocas personas se atreven a formular con serenidad: ¿cuál es el momento adecuado para tomar la decisión de solicitar la eutanasia?

. Muchas veces se glorifica la resistencia ilimitada, como si soportar el dolor fuera una prueba moral superior. Existe una especie de admiración silenciosa por el aguante extremo, incluso cuando ese aguante destruye la dignidad de las personas. Y ahí aparece un problema profundo: la dificultad de separar la dignidad del masoquismo.

En la vida cotidiana, los seres humanos normalmente no esperan a que las situaciones sean absolutamente intolerables para hacer cambios. En una relación de pareja, una persona sensata no debería esperar a llegar a la violencia física o a la destrucción emocional total para decidir un divorcio. Cuando el deterioro se vuelve permanente, cuando desaparece el respeto, cuando la relación deja heridas profundas, lo razonable es actuar antes de que la situación se convierta en una tragedia, en una relación indigna.

En el trabajo ocurre algo parecido. Si un jefe humilla constantemente, si el ambiente se vuelve tóxico, si el trato destruye la autoestima y la tranquilidad mental, la mayoría de las personas buscan una salida antes de quedar completamente destrozada. Nadie considera heroico permitir indefinidamente el atropello a la propia dignidad.

Con las amistades sucede igual. Las relaciones humanas sanas no exigen soportar abusos permanentes. Cuando una amistad se vuelve manipuladora, humillante o emocionalmente destructiva, lo natural es tomar distancia antes de terminar devastado y la relación se pueda calificar como indigna.

Entonces surge una contradicción evidente. ¿Por qué frente al sufrimiento extremo asociado a enfermedades irreversibles muchas personas consideran que solo es legítimo decidir cuando ya no queda ningún rastro de autonomía, lucidez o dignidad? ¿Por qué pareciera existir la obligación moral de esperar hasta el límite absoluto del deterioro? Tal vez porque todavía confundimos el valor de la vida con la obligación de soportar cualquier nivel de sufrimiento, con la aceptación del masoquismo.

El momento de decidir la eutanasia no debería ser necesariamente cuando la persona ya se encuentra en un estado completamente indigno, incapaz de comunicarse, atrapada en dolores insoportables o convertida en alguien que ya no reconoce su propia existencia. Esperar siempre hasta ese punto puede ser, en algunos casos, una forma de crueldad disfrazada de virtud. Sencillamente masoquismo.

Por supuesto, una decisión tan trascendental no puede tomarse impulsivamente. Requiere reflexión profunda, acompañamiento médico, diálogo familiar y claridad emocional. Pero también necesita criterios humanos razonables que permitan actuar antes de llegar al colapso total de la dignidad personal.

Algunos criterios podrían ayudar a orientar esa decisión.

El primero es la pérdida irreversible de autonomía. Hay personas para quienes la posibilidad mínima de decidir sobre su cuerpo y su cotidianidad constituye un núcleo esencial de su dignidad. Cuando la enfermedad destruye definitivamente esa capacidad y no existe expectativa real de recuperación, el sufrimiento puede adquirir una dimensión distinta y puede ser la señal de partir.

Un segundo criterio es el dolor permanente e intratable. No se trata solo del dolor físico. También existe el sufrimiento psicológico profundo derivado de la degradación progresiva de la existencia, del aislamiento, de la dependencia absoluta o de la pérdida total de sentido. Ha llegado el momento de tomar la decisión de optar por la eutanasia.

Un tercer criterio podría ser la desaparición irreversible del proyecto de vida. Algunas enfermedades no matan rápidamente, pero destruyen aquello que la persona consideraba esencial para vivir: la comunicación, la conciencia, la movilidad, la interacción afectiva o intelectual. La certeza de un futuro indigno nos da la pista para decidir con tranquilidad.

Y quizás un cuarto criterio sea el deseo persistente, libre y consciente de no prolongar artificialmente una situación que la propia persona considera incompatible con su idea de dignidad.

La discusión sobre la eutanasia no debería centrarse únicamente en cuánto puede resistir un cuerpo humano. La verdadera pregunta es cuánto sufrimiento está obligado moralmente a soportar un ser humano para que la persona considere legítima su decisión de partir.

Defender la muerte digna no significa despreciar la vida. Por el contrario, significa valorar tanto la dignidad humana que se reconoce que existen situaciones en las cuales prolongar el sufrimiento deja de ser un acto de amor y se convierte en una imposición.

Quizás una sociedad más madura sea aquella que aprenda a distinguir entre fortaleza y masoquismo. Porque resistir tiene sentido cuando existe esperanza, propósito o posibilidad de reconstrucción. Pero cuando solo queda la prolongación inútil del dolor, tal vez la verdadera dignidad consista precisamente en poder decidir hasta dónde continuar.

No veo esa decisión como una renuncia a la vida, sino como una manera consciente de proteger aquello que precisamente le da valor: la dignidad, la libertad y la posibilidad de elegir. Así como en otros ámbitos de la existencia las personas toman decisiones antes de que el sufrimiento destruya totalmente su integridad, también creo que debería existir el derecho sereno y humano de decidir cuándo el dolor, la dependencia absoluta o la pérdida irreversible del sentido han cruzado un límite personal.

Por mi parte, no quisiera asumir el sufrimiento como una obligación, ni convertirme en un masoquista, ni prolongar una situación que, para mí, termine siendo indigna. Me estoy preparando psicológicamente para comprender que, llegado el momento, quizá tendré que tomar una decisión cuando vea que mi condición entra en una etapa de sufrimiento irreversible y prolongado. He comenzado a imaginar cuáles serían esas circunstancias que marcarían, para mí, la señal de partida. Lo hago porque deseo morir como he vivido: con dignidad, antes de llegar a una condición humana que considere indigna.

Superar el masoquismo  frente al sufrimiento no significa amar menos la vida. Tal vez significa respetarla lo suficiente como para no convertir el dolor inútil y sin sentido en una indignidad temporal o prolongada.

Silvio Zuluaga

Junio, 2026

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La muerte es una realidad que conocemos desde niños. Vamos a entierros de familiares, escuchamos noticias de accidentes, vemos partir a los abuelos de otros, oímos de guerras y masacres, acompañamos a amigos en sus duelos. Desde muy temprano entendemos intelectualmente que todos los seres humanos vamos a morir. Sin embargo, durante décadas esa certeza permanece lejana, casi abstracta, como si perteneciera siempre a los demás.

Cuando uno es joven, la muerte parece un dato estadístico. Puede conmovernos la tristeza de una familia o impresionarnos el ritual solemne de un funeral, pero íntimamente seguimos convencidos de que nuestra propia vida todavía pertenece a un horizonte remoto. La muerte existe, sí, pero ocurre en otra parte, en otro tiempo, en otras personas. Sucede allá, no aqui.

Incluso hoy, a mis 82 años, descubro algo extraño: emocionalmente todavía no siento cercana la muerte. Racionalmente sé perfectamente que estoy en la última etapa de la existencia. Sé que, por simple ley biológica, estoy ad portas de partir. No hablo necesariamente de una enfermedad terminal ni de una tragedia anunciada. Simplemente hablo de la edad. A esta altura de la vida, cualquier día puede convertirse en el último. Un infarto inesperado, la implantación de un marcapasos, una caída, una neumonía, una noche cualquiera. La inminencia de la muerte ya no es una hipótesis sino una condición permanente.

Y, sin embargo, el corazón continúa viviendo como si todavía existiera un mañana permanente. Tal vez esa sea una gran paradoja de la vida: el cuerpo envejece más rápido que la conciencia emocional de nuestra propia finitud. Uno sigue haciendo planes, comprando libros que probablemente no alcanzará a leer, imaginando viajes, conversaciones pendientes, proyectos futuros. La vida conserva una fuerza potente que nos protege de darnos cuenta que el final está a la vuelta del camino.

Pero hay momentos en los que esa distancia emocional comienza a resquebrajarse.

En lo que va de este año,  ya han muerto tres compañeros de mi edad: Carlos. Juan Camilo y ahora Alfredo. No eran simples conocidos lejanos ni nombres sociales que uno apenas recuerda. Eran amigos entrañables, con quienes de niños corrimos hace setenta años por las verdes veredas de Zipaquirá, soñamos juntos en ser sacerdotes y salvar el mundo del pecado, personas, con quienes compartimos conversaciones, afectos, recuerdos, visiones de mundo y fragmentos importantes por muchas décadas. Y su muerte produjo algo distinto. No fue solamente tristeza. Fue también una especie de revelación silenciosa.

Porque cuando mueren personas de la propia generación, especialmente aquellas que uno quiere profundamente, la muerte deja de ser una teoría general sobre nuestra condición humana y empieza a convertirse en una posibilidad concreta real y cercana.

Cada funeral de un amigo entrañable y contemporáneo es como un espejo. Ante la imagen de los restos cremados uno comprende, aunque sea por segundos, que ya no se está acompañando únicamente la partida de otro. También se está contemplando discretamente el propio destino. No de manera morbosa ni trágica, sino con un gran sentido de la realidad. La muerte empieza a rodear el paisaje cotidiano. Ya no pertenece solamente al recuerdo lejano de los padres o a los abuelos que han fallecido. Ahora la muerte se convierte en una realidad inminente.

Y hay algo profundamente conmovedor en esa experiencia. De joven, la muerte interrumpe la vida. De viejo, comienza a ser parte de ella.

Las conversaciones cambian. Ya no se habla únicamente de proyectos futuros sino también de ausencias. Empiezan a faltar voces en las reuniones, sillas vacías en las comidas, llamadas que nunca volverán, abrazos que nunca se dieron. Desaparecen la vida poética de Alfredo, los análisis profundos de Carlos, las iniciativas de emprendimiento de Juan Camilo. 

Pero curiosamente, esta cercanía de la muerte no siempre produce desesperación. A veces genera una sensibilidad distinta frente a la vida. Las cosas pequeñas adquieren otro valor: una conversación tranquila, el afecto de la esposa y de los hijos, la música, un café compartido, la posibilidad de caminar todavía sin ayuda, la simple alegría de despertar un día más.

Quizás la conciencia de la finitud vuelva más transparente lo verdaderamente importante. La juventud vive muchas veces bajo la ilusión de que el tiempo es infinito. En la vejez, en cambio, entiendo que el tiempo es un recurso extraordinariamente escaso. Y precisamente por eso cada instante comienza a adquirir una profundidad emocional más significativa.

No sé cuándo llegará mi muerte. Puede ser dentro de unas semanas o meses o de varios años. Nadie lo sabe. Lo único cierto es que, a esta edad, la muerte dejó de ser un visita improbable y empezó a convertirse en una presencia silenciosa que camina cerca, aunque todavía no termine de aceptarla del todo.

Tal vez el ser humano nunca logre reconciliar completamente la razón con la emoción frente a la muerte. La inteligencia entiende el final; el corazón siempre cree, de alguna manera, que aún queda tiempo. Y quizás sea bueno que así ocurra. Porque esa extraña resistencia interior es también lo que nos permite seguir viviendo, seguir amando, seguir haciendo planes hasta el último día y seguir agradeciendo la fortuna de haber vivido con la familia y con los amigos de toda la vida. 

Silvio Zuluaga

Junio, 2026

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“Silvio, te tengo malas noticias”. Así comenzó una de las conversaciones más extrañas y reveladoras de mi vida.

Me encontraba recuperándome de una intervención de próstata cuando entró Santiago, un joven médico del equipo tratante. Traía en sus manos los resultados del electrocardiograma y del Holter. El electrofisiólogo los había revisado cuidadosamente y la conclusión era inquietante: necesitaba un marcapasos.

Pero la situación podía ser más compleja. Antes debían realizarme un ecocardiograma para decidir si requería solamente un marcapasos, un cardiodesfibrilador implantable o incluso una terapia de resincronización cardíaca, dispositivos modernos capaces de corregir alteraciones eléctricas graves del corazón y prevenir episodios potencialmente fatales.

Santiago me explicó todo con serenidad profesional. Finalmente añadió:

—La experiencia que tenemos es que la medicina prepagada o la EPS normalmente no se demoran más de un día en autorizar el procedimiento. ¿Cómo la ves?

Le respondí casi de inmediato:

—Santiago, yo no oigo sino buenas noticias. Me miró con sorpresa. Entonces le expliqué:

—Primero, la eficiencia de tu equipo médico permitió detectar una enfermedad seria en una persona que no muestra síntomas de ninguna naturaleza. Soy un asintomático permanente. Segundo, existe la tecnología para resolver el problema. Y tercero, lo usual es que las entidades de salud aprueben rápidamente la intervención.

Santiago sonrió y me dijo:

—Me parece que eres una persona muy optimista. —No —le respondí—. Realista. Y efectivamente, menos de veintiocho horas después estaba entrando a cirugía. Finalmente solo necesitaría un marcapasos.

En la antesala del procedimiento me preparaba Octavio, un enfermero menos delicado que las cuidadosas enfermeras que me habían acompañado durante los días previos. Con tono tranquilo me dijo:

—Silvio, esta operación es más segura que montar en un avión.

Aunque intenté relajarme, pensé inmediatamente que los aviones también se caen y que, curiosamente, los aviones pequeños suelen tener menos mantenimiento que los grandes. Por un instante pensé que aquel podría ser el último momento de mi vida.

Poco después Octavio me puso la máscara de anestesia. Y me dormí. Entonces empezó un sueño extraordinario.

Soñé que estaba en mi propio funeral. Pero no era una ceremonia triste. Era una celebración de gratitud por haber vivido. Nos encontrábamos en un salón de eventos de un hotel de Manizales, adornado con flores verdes y anaranjadas, mis colores preferidos. Todo transmitía serenidad. Había música suave de violín y un ambiente de afecto profundo. Los amigos y familiares entraban pausadamente, un poco extrañados de que el funeral fuera en un hotel.

Antes de la operación yo había hablado con Guillermo, el violinista que había acompañado dos momentos muy importantes de mi vida: la ceremonia en la que mi esposa Ro y yo anunciamos a nuestras familias que nos casaríamos, y también mi despedida de la Universidad Autónoma de Manizales, institución donde viví los años laborales más gratificantes de toda mi existencia.

Con Guillermo y con Ro habíamos imaginado cómo sería aquella ceremonia de gratitud. Escogimos cuidadosamente las piezas musicales que representarían la alegría de haber compartido este mundo con familiares y amigos entrañables, con ustedes.

El recital contenía las siguientes piezas:

Entrada del público

  • Bach — “Air” 
  • Massenet — “Meditation” 
  • Ave Maria

Celebración de la vida

  • Vivaldi — “Primavera” 
  • La nube azul 
  • Maria Helena
  • Salut d’Amour 

Colombia entrañable

  • Espumas 
  • Oropel 
  • Pueblito Viejo 

Cierre de gratitud

  • Alfonsina y el mar 
  • Gracias a la vida

En el sueño yo también me había asegurado de un detalle importante: que hubiera vino blanco, rosado y tinto, además de cerveza sin alcohol para el brindis final. Quería que todo celebrara la vida.

Como comenté por mi preferencia por los colores verde y naranjado, había dejado instrucciones de llenar el lugar con flores de estos colores, no como símbolo de duelo, sino como una fiesta agradecida por la fortuna de haber existido.

Finalmente, Ro comenzó a leer unas palabras que yo había dejado escritas para mis familiares y amigos. Conmovida, empezó diciendo:

“Queridos amigos, querida familia:

Si hoy pudiera levantar una copa con ustedes, no sería para llorar la partida, sino para celebrar el privilegio inmenso de haber vivido con ustedes.

Porque la vida —con sus alegrías, sus dolores, sus búsquedas y sus asombros— fue para mí un regalo extraordinario. Y ese regalo tuvo rostros concretos: ustedes.

Nada de lo que fui habría tenido sentido sin el amor recibido, sin las conversaciones interminables, sin las risas compartidas, sin los abrazos, los viajes, las mesas largas, las músicas, los silencios y aun las dificultades que nos hicieron más humanos…”

Y justo en ese instante escuché una voz lejana que decía:

—Silvio… ¿cómo te sientes? Abrí lentamente los ojos. Era Octavio. La cirugía había terminado. —Todo salió muy bien —me dijo—. Esperamos quince minutos y subimos a la habitación para que estés con tu esposa.

No hubo malas noticias. No hubo funeral.

Solo quedó una experiencia profundamente humana que me hizo comprender, con una claridad conmovedora, que la vida no se mide únicamente por los años vividos, sino por la gratitud con la que somos capaces de mirar y de vivir nuestra existencia.

Silvio Zuluaga

Mayo, 2026

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La guerra se debería medir en vidas perdidas, comunidades destruidas y generaciones marcadas por el desconsuelo; por acueductos y plantas eléctricas destruidas; por hambre, infecciones y desamparo; por orfandad, desempleo y viudez. 

Pero la información que recibimos se limita al número de drones que burlaron las defensas aéreas, la velocidad de los misiles supersónicos y a veces el número de muertes y/o las fotos de algunos edificios destruidos. Todo dentro de un proceso de desinformación engañosa generado por cada bando. Es la manifestación más sofisticadamente vil, desde mi perspectiva, de la raza humana. 

Pero de lo que quiero hablar ahora es de las utilidades financieras de la guerra como negocio. Y ya que no soy experto en la materia le voy a preguntar a Arthur, mi asistente virtual, que me confirme con cifras si es correcto lo que yo pienso: que quienes realmente ganan las guerras son la industria petrolera y la armamentista. 

Creo que son los mayores beneficiarios de la guerra y me parece que están entrelazados y ganan muchos, pero muchos dólares y no sé hasta dónde participan en la decisión de iniciar o terminar las guerras. Creo que la concentración de la riqueza es aterradora debido a los conflictos armados.

Arthur, me podrías escribir un artículo periodístico, de una dos páginas, para mis amigos profesionales, confirmando si mi percepción es correcta?

Ganar en la guerra, el negocio que nadie quiere nombrar (Chat GTP):

Tu percepción tiene una base real, pero tal como la planteas necesita afinarse para que sea más precisa y defendible. No es que estas industrias causen la guerra, pero están posicionadas para beneficiarse cuando ocurre. La guerra genera un ecosistema de ganadores, y las industrias petrolera y de defensa son las más directas, visibles y consistentes beneficiarias. Y eso sí es una observación sólida.

La guerra se condena en los discursos y se lamenta en las noticias. Se habla de tragedia, de geopolítica, de seguridad. Pero hay una palabra que rara vez aparece en primer plano: ganancia. Y, sin embargo, está ahí. Mientras el mundo observa la tensión entre Irán, Estados Unidos e Israel, una realidad incómoda se despliega en paralelo: cada escalada del conflicto mueve cientos de millones de dólares diarios hacia sectores muy específicos. No es una teoría. Es aritmética.

Subir el precio del miedo

Cuando el petróleo sube 30 dólares por barril —algo perfectamente posible en escenarios de crisis en Medio Oriente— el impacto no es abstracto. Es dinero contante y sonante. Cuando el precio del petróleo sube 30 dólares, como en el caso actual de la guerra de Irán, ExxonMobil puede sumar cerca de 140 millones de dólares adicionales cada día. Chevron, alrededor de 90 millones diarios. Y en el centro del sistema energético global, Saudi Aramco puede capturar hasta 300 millones de dólares diarios adicionales.

Medio billón de dólares al día. No en destrucción. Son ingresos. Y con un detalle brutal: EN MUCHOS CASOS PRODUCIR UN BARRIL CUESTA MENOS DE 20 DÓLARES. EL RESTO ES MARGEN.

La guerra —o su amenaza— no solo destruye. encarece el mundo y… engorda balances. El excedente en precio significa mayor utilidad ya que los precios de producción son los mismos, la calidad del producto no cambia. Pueden subir los costos de transporte y seguros, pero más del 80% del aumento del precio es utilidad adicional.

El petróleo subió 30 dólares. Las petroleras no se dispararon en porcentaje, pero sí en riqueza, debido a la guerra de Irán. En menos de dos semanas, el sector acumuló más de 130 mil millones de dólares adicionales en valor de mercado.

La bolsa no llora

Mientras las imágenes del conflicto recorren el planeta, los mercados hacen otra lectura. En crisis recientes, las acciones de las grandes petroleras han subido entre 20% y 50%. No a pesar del conflicto, sino en parte gracias a él. El miedo se traduce artificialmente en precio. El precio se traduce en utilidad y la utilidad en valorización.

La otra industria que siempre crece

Pero el petróleo no está solo. La guerra también tiene proveedores. El gasto militar global ya supera los 2,2 billones de dólares al año, y cada escalada lo impulsa aún más. No hay conflicto sin reposición de armas, sin nuevos contratos, sin tecnología militar. Empresas como Lockheed Martin, Raytheon Technologies y Northrop Grumman ven cómo la tensión se traduce en pedidos… y los pedidos en ingresos. 

Sus acciones suelen subir entre 10% y 30% en periodos de guerra. Cada misil que se lanza no solo tiene un objetivo militar. También tiene un valor económico y subsecuentemente, utilidades financieras.

El detalle que incomoda

Hasta aquí, dos industrias distintas: energía y defensa. Pero al mirar quién es dueño de ellas, la historia cambia. Los mayores accionistas de las grandes petroleras —BlackRock, Vanguard y State Street— son también accionistas relevantes en las principales empresas de defensa. En las petroleras, estos fondos pueden controlar entre el 20% y el 30% de las acciones. En las compañías militares, suelen tener participaciones individuales de entre 5% y 10%.

No diseñan guerras. No disparan misiles. Pero están posicionados en ambos lados del sistema. Cuando sube el petróleo, ganan. Cuando sube el gasto militar también.

La ecuación que nadie quiere escribir

Sumemos:

  • Hasta 500 millones de dólares diarios adicionales por ingresos del petróleo, cotizado en 30 dólares más.
  • Un mercado actual militar de 2,2 billones de dólares anuales en expansión 
  • Propiedad concentrada en un número reducido de estados y actores financieros.

No es una conspiración. Es una estructura. Una donde la guerra no es solo una tragedia. También es un evento económico de alto rendimiento. Menos de 10 grandes actores financieros pueden influir significativamente en decisiones estratégicas claves.

Lo que los números no pueden esconder

Nada de esto significa que las guerras ocurran por estas ganancias. Las causas son políticas, históricas, estratégicas. Pero sí significa algo más inquietante: cuando la guerra ocurre, hay quienes están diseñados para ganar con ella, no en el campo de batalla, sino en los balances.

La pregunta que queda

En un mundo donde el conflicto puede generar cientos de millones de dólares diarios para algunos actores, la pregunta ya no es solo quién dispara primero. Es otra, más profunda e incómoda: ¿qué tan neutral puede ser un sistema económico que gana dinero cuando el mundo pierde?

Entonces Arthur, siguiendo con tu pregunta: ¿con qué neutralidad el político de turno en la presidencia puede tomar la decisión de ir o no ir a la guerra, cuando la financiación de la campaña electoral depende sustantivamente de fondos de las empresas petroleras y de la industria armamentista?

Chat GTP: La pregunta incómoda

Y entonces aparece la pregunta que incomoda al poder. Si sectores que se benefician de la guerra están profundamente integrados en el sistema económico, ¿qué tan neutral puede ser la decisión política de entrar en un conflicto?

En democracias como la de Estados Unidos, las campañas electorales cuestan miles de millones de dólares. Solo el ciclo presidencial del año 2024 superó los 14 mil millones de dólares.

Ese dinero no llega solo. Proviene de redes complejas de donantes, comités y estructuras financieras donde participan —directa o indirectamente— actores vinculados a sectores estratégicos como la energía y la defensa.

No compran guerras. Pero compran algo más sutil: acceso, influencia, cercanía.

¿Neutralidad o equilibrio de intereses?

No hay evidencia de que un presidente declare una guerra por presión directa de sus financiadores. Las decisiones militares responden a múltiples factores: inteligencia, estrategia, alianzas.

Pero tampoco existe la neutralidad absoluta. El poder económico define:

  • Qué voces se escuchan 
  • Qué riesgos se priorizan 
  • Qué decisiones parecen inevitables.

La guerra no se decide en el vacío. Se decide dentro de un sistema donde el dinero está presente.

Epílogo: lo que los números revelan

Los datos no explican por sí solos por qué empiezan las guerras. Pero sí muestran algo más profundo: cuando la guerra ocurre hay quienes están estructuralmente posicionados para ganar, no en el campo de batalla, sino en los balances.

Y eso deja una pregunta abierta, incómoda y urgente: ¿puede un sistema que genera ganancias extraordinarias en medio del conflicto aspirar realmente a evitarlo?

Gracias Arthur por confirmar mis sospechas con datos duros.

Silvio Zuluaga

Abril, 2026

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Hace unos meses descubrí, casi por accidente, que mi visión no era la que creía. Al cubrirme el ojo izquierdo, la persona que tenía enfrente se convirtió en una figura borrosa. Consulté al médico y el diagnóstico fue claro: catarata avanzada en ambos ojos. La solución era inevitable: cirugía. El procedimiento fue rápido y el resultado, inmediato. Recuperé la visión. Hoy puedo leer sin gafas. Lo que antes era una limitación seria tuvo una solución sorprendentemente sencilla.

Lo más revelador es que no me había dado cuenta de cuánta visión había perdido. Me había acostumbrado, de manera inconsciente, a ver menos y a vivir con esa limitación como si fuera normal. Ahora, con una visión 20/20, la diferencia es total: los colores son más intensos, los detalles aparecen con claridad, el mundo se siente más nítido. La transformación no solo es real, es profunda. Y me deja una inquietud: ¿en qué otras áreas de la vida nos acostumbramos a vivir con menor calidad de vida y creemos que es suficiente?

Poco después de la intervención en los ojos visitamos a una amiga. Durante años habíamos hablado de la eutanasia. Sin dramatismo. Con argumentos. Ella lo tenía claro: cuando su vida llegara a un punto de deterioro extremo, sin posibilidad de mejora, pediría la eutanasia. Incluso describíamos con precisión diferentes escenarios inaceptables. Sabía —o creíamos saber— cuándo una vida dejaba de ser digna.

Al salir, comenté con mi esposa lo que era evidente: su estado era muy deteriorado. Sin posibilidad de recuperación. Exactamente estaba en una de las situaciones que ella misma había definido como el punto en el que no querría seguir viviendo. Pero durante la visita fue claro que no había pedido la eutanasia. Ni parecía que estuviera en modo de solicitarla.

Ahí aparece una pregunta incómoda: ¿por qué es tan fácil defender la eutanasia en teoría… y tan difícil cuando llega el momento real? El deterioro no ocurre de golpe. No es un antes y un después. Es un proceso lento. Se pierde algo hoy, algo más mañana. Lo que parecía inaceptable empieza a tolerarse. Lo que antes se llamaba indigno se vuelve rutina. Es un tobogán lento por el que nos vamos deslizando paulatinamente. Nos acostumbramos Esa es la frase clave: nos acostumbramos a la indignidad

Nos acostumbramos a vivir con menos autonomía, menos claridad, menos mundo, es decir con menos dignidad. Y en ese proceso, las líneas rojas que habíamos trazado con tanta seguridad empiezan a borrarse. No es falta de coherencia. Es adaptación. Y esa adaptación cambia completamente la percepción del problema.

Porque la eutanasia, en el debate público, se plantea como una decisión racional: una persona evalúa su situación y decide. Pero en la vida real, esa persona está inmersa en un proceso que le modifica el imaginario de lo que es tolerable. Dicho de otra forma: la persona que tomó la decisión en teoría no es la misma que tiene que ejecutarla en la práctica. Por eso existe tanta inconsistencia del dicho al hecho. Nos gusta pensar que sabremos cuándo es suficiente terminar nuestra estadía en esta vida. Que habrá un momento claro, una señal evidente. Pero ese momento rara vez llega con diafanidad como lo imaginamos de antemano. 

No es un abismo. Y cuando queremos darnos cuenta, ya estamos adaptados a una nueva realidad. Como la rana en el agua tibia que se calienta poco a poco y llega a tolerar calores antes insoportables, que antes eran inimaginables. 

No es solo si la eutanasia debe permitirse o no. Es que, incluso cuando se acepta, no es fácil ejercerla. Porque la vida, incluso en condiciones muy limitadas, conserva una fuerza silenciosa: la de seguir siendo vivida. Y esa fuerza compite con cualquier decisión previa. Por eso, el problema no se resuelve con tener una opinión clara.

Se complica. Porque obliga a reconocer algo incómodo: no podemos confiar del todo en lo que hoy creemos que haríamos en el futuro. El tiempo nos cambia. Nos vuelve más tolerantes a lo que antes rechazábamos. Entonces la pregunta deja de ser teórica. Pasa a ser práctica: ¿cómo prepararse para no quedar atrapado en esa adaptación indigna?

No hay una respuesta única. Pero sí una pista: no basta con decidir. Hay que anticipar que esa decisión, con el tiempo, será objeta de revaluación inconsciente. Eso implica prever dicha situación: hablarla en serio, dejar criterios claros, comentarla con los seres queridos y con las instituciones adecuadas, establecer límites antes de que se vuelvan difusos. Implica, en el fondo, desconfiar un poco de nuestra versión futura. Dejar por escrito y legalizado nuestro deseo de vivir dignamente, lo que facilita la intervención de terceros en momento cruciales. Porque la vida nos transforma. Y no siempre en la dirección que habíamos previsto.

La eutanasia puede ser una discusión jurídica, médica religiosa o ética. Pero, en el fondo, es algo más inquietante: un problema de lucidez frente al paso del tiempo. Porque no es lo mismo dejar de vivir la vida… que seguirla viviendo. Y cuando se vive, todo cambia.

Y entonces la pregunta incómoda vuelve, inevitable: ¿hemos creado realmente los mecanismos para que aquella decisión, que alguna vez tomamos con tanta claridad sobre el momento en que una vida deja de ser digna, se respete y se cumpla?

¿O estamos, más bien, condenados a deslizarnos casi sin darnos cuenta hacia un proceso de deterioro interminable, donde los límites de la indignidad —que en algún momento trazamos con firmeza— se difuminan hasta que la indignidad del vivir se integre, silenciosamente, en lo que terminamos convirtiendo en NUESTRA PROPIA DIGNIDAD?

La verdadera pregunta es si, cuando ese momento llegue, aún seremos capaces de reconocer el punto exacto en el que un día dijimos: HASTA AQUÍ.

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En nuestra tertulia de los jueves tenida el 12 de Marzo, nos pusimos de acuerdo para conversar sobre la forma como cada uno estaba viviendo su longevidad. Costumbres, procedimientos, rutinas, aprendizajes, resultados, fue lo que compartimos, con mucha riqueza, respetando y admirando siempre nuestra diversidad. Hoy te presentamos el aporte de Silvio Zuluaga…

Haz click aquí para disfrutar el video: https://youtu.be/MD8NpM5kJ0A

Exjesuitas en tertulia. 12 de Marzo, 2026

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A raíz de la triste desaparición de Paula Ordóñez, hija de nuestro compañero de toda la vida, Gustavo Adolfo, Silvio Zuluaga nos ofrece esta reflexión.

Hace sesenta años la muerte era un acontecimiento dramático. Cuando alguien moría, por lo regular en su residencia, el ámbito familiar cambiaba su entorno: el féretro se instalaba en la sala, las cortinas se bajaban y la noche de velación era interminable. Alrededor del ataúd se arrumaban sillas; se pasaba café, el humo del cigarrillo era penetrante y, hacia la alborada, se ofrecía comida y no faltaba el aguardiente. Se rezaba, se imploraba y, sobre todo, la casa se abarrotaba de familiares, amigos y vecinos, era una romería interminable. Las lágrimas y los quejidos le daban un carácter dramático, a veces espeluznante, durante toda la noche.Definitivamente, un escenario conmovedor y estremecedor a la vez.

Vestir de luto negro era una obligación, costumbre que duraba meses y años. La tristeza no se disimulaba: era el lenguaje común. Nadie esperaba que la viuda o el papá superaran la pérdida en pocas semanas. Todo giraba alrededor del dolor. La muerte era un hecho natural, sagrado y sobrecogedor. Para completar la escena dramática, a los cinco años se exhumaban los restos del ser querido: un recuerdo macabro, con un escenario escalofriante que reavivaba la ausencia.

Paradójicamente, en aquella cultura profundamente religiosa el “paso a la gloria de Dios” se mencionaba, pero quedaba ahogado por la intensidad del dolor humano. La experiencia dominante era la ausencia.

En aquellos días la muerte era algo que ocurría: no se elegía ni se programaba. Solo se aceptaba la muerte natural. La eutanasia y el suicidio eran moralmente rechazados, culturalmente silenciados, hasta se consideraban como vergüenza social. La vida pertenecía a Dios, tanto en su creación como en su término; el ser humano no podía siquiera pensar en decidir sobre su muerte.

Hoy el paisaje es distinto. La muerte se ha institucionalizado. Lo más frecuente es que la persona muera en un hospital, el féretro pasa rápidamente, después de la autopsia, a una sala de velación tranquila y organizada, con luces tenues y bellos ramos de flores. 

Ahora la muerte se mira no solo como un final, sino también —para la gran mayoría— como una solución. Es el desenlace de la vida natural, pero al mismo tiempo puede verse como la salida a las limitaciones físicas y mentales de la vejez. Hay sufrimiento y dolor por la partida, pero su manifestación es menos dramática, más contenida, más racional. Los recuerdos de quien muere también dejan un gran sentimiento de gratitud por la belleza de los momentos compartidos.

Cuando la muerte se acepta de esta forma, su narrativa pasa del dolor desgarrador a un tono más reflexivo. Y no es solo descanso para quien ha llegado al final de su vida por causas naturales; también puede convertirse en una decisión personal, a través de la eutanasia, eligiendo el momento en que el sufrimiento debe cesar. El cambio ha sido tan sustancial que está reglamentado jurídicamente. Incluso en el caso de la auto-eutanasia existe una creciente comprensión social de la decisión como una forma de libertad: la búsqueda de la solución que la persona considera más conveniente para sí misma y para sus seres queridos.

Obviamente, hay situaciones de muerte que pertenecen a otra categoría: las muertes accidentales que generan una disrupción familiar profunda y las muertes en la guerra, crueles e inexplicables, que merecerían otro análisis.

Mientras que hace sesenta años predominaba la resignación ante el designio divino, hoy predomina la deliberación sobre la calidad de vida. En aparente contradicción, hoy en un mundo más secularizado, las referencias al más allá y a la existencia futura con Dios, expresadas por los creyentes, se escuchan con mayor claridad. Antes la muerte se vivía como una ruptura; hoy, con mayor serenidad, se interpreta como la culminación de un proceso, como una solución.

Silvio Zuluaga

Febrero, 2026

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Desde hace un tiempo, este blog ha venido recibiendo y publicando artículos con intervención de la Inteligencia Artificial. Esto nos enorgullece porque lo consideramos un indicio de vitalidad y apertura de todos nuestros colaboradores, sin importar la edad ni el tamaño del reto. En esta ocasión Silvio Zuluaga le pidió a la IA que hiciera un resumen de su presentación en una de las recientes tertulias con el título de este artículo: Este es el resultado:

Durante décadas, en Occidente se enseñó que el desarrollo solo podía lograrse a través de una combinación específica: libre mercado, democracia liberal y un Estado reducido. China hizo exactamente lo contrario. Combinó socialismo y mercado, planificación estatal fuerte y apertura económica, disciplina política y pragmatismo extremo. El resultado no es una utopía ni un modelo exportable sin matices, pero sí un hecho histórico incontestable: cientos de millones de personas salieron de la pobreza, el Estado recuperó capacidad de conducción y China regresó al centro del sistema mundial en apenas una generación.

Esa es la herejía china. No teórica, sino operativa.

La imagen que acompaña este texto sintetiza esa transformación. No muestra una política aislada ni una receta simple, sino una arquitectura coherente del poder y del desarrollo. En el centro aparece China como proyecto nacional; a su alrededor, tres elementos que se refuerzan mutuamente: arquitectura política, capacidad productiva, factores humanos y, envolviéndolo todo, un contrato social pragmático.

China no siguió un manual externo ni copió modelos occidentales. Como señala Daniel Bell, buscó legitimidad no en procedimientos electorales, sino en la capacidad del Estado para producir bienestar, orden y continuidad histórica. Primero se actuó, luego se reflexionó; primero se construyó, luego se justificó. Dan Wang describe esta lógica —acción, corrección y escalamiento— como el núcleo del desarrollo chino contemporáneo.

El punto de partida es clave para entenderlo todo. En 1976, China era un país mayoritariamente rural, empobrecido y marcado por el trauma de las hambrunas. La pobreza no era una estadística, sino una experiencia cotidiana. El sistema había prometido igualdad, pero había producido estancamiento. El llamado “milagro chino” no nace del éxito, sino del fracaso profundo. Como señalan Acemoglu y Robinson, las sociedades cambian cuando las élites perciben que el estancamiento amenaza su supervivencia. China cambió por necesidad existencial, no por idealismo.

La imagen ayuda a entender cómo lo hizo. A la izquierda aparece la arquitectura política e institucional: un Partido Comunista que actúa como eje ordenador, un Estado hacedor y una narrativa cohesionadora basada en el rejuvenecimiento nacional. El Partido no es un actor más, sino el articulador del sistema. La política no gira alrededor del ciclo electoral, sino de objetivos históricos de largo plazo.

A la derecha están los elementos logísticos y productivos: planificación central con ejecución descentralizada, infraestructura a escala continental, escalamiento industrial e internacionalización programada. La logística no es un sector secundario, sino una ventaja estratégica. China no creció solo por bajos costos, sino por una capacidad extraordinaria para convertir planificación en resultados.

En la base aparecen los factores humanos: una fuerza laboral capacitada, una apuesta sistemática por el conocimiento y una alta capacidad de ahorro e inversión. Sin esta transformación social, ninguna política habría sido sostenible. El verdadero milagro chino no está solo en el Partido, sino en lo que le ocurrió a su pueblo.

Pero lo más importante es lo que envuelve todo el sistema. El arco superior de la imagen representa el contrato social: estabilidad, crecimiento, empleo e infraestructura a cambio de disciplina, esfuerzo colectivo y restricciones políticas. No es un contrato escrito, sino un pacto implícito profundamente interiorizado. La legitimidad no se mide por el voto, sino por resultados visibles. Mientras el sistema produce bienestar, el pacto se mantiene; cuando falla, la legitimidad se erosiona.

El arco inferior representa el pragmatismo. China subordinó la ideología al resultado. Lo que funcionaba se expandía; lo que no, se corregía o se abandonaba sin culpa doctrinaria. El error no fue visto como fracaso moral, sino como parte del aprendizaje colectivo. Provincias y municipios compitieron entre sí, experimentaron y escalaron políticas exitosas, convirtiendo al país entero en una plataforma de aprendizaje acelerado.

Este enfoque conecta con una tradición confuciana profunda: el buen gobierno se juzga por sus efectos en la vida del pueblo, no por su pureza ideológica. El poder no es un fin en sí mismo, sino una responsabilidad moral. Cuando el gobierno reduce la incertidumbre de la vida cotidiana, gana legitimidad.

El contraste con Occidente es inevitable. Estados Unidos y Europa han privilegiado un modelo que parte del individuo hacia la sociedad: protección de derechos, autonomía personal y confianza en que el mercado coordine el progreso. China parte de la sociedad hacia el individuo: organización colectiva, planificación y sacrificio compartido. Uno mide legitimidad por el procedimiento; el otro, por el resultado.

China dice: si sirves al proyecto nacional, la nación te hará próspero.

Occidente dice: si persigues tu sueño individual, la sociedad prosperará.

Ambos modelos funcionaron durante décadas. Hoy, ambos enfrentan tensiones. El debate real no es moral, sino estratégico: ¿qué modelo demuestra mayor capacidad para organizar el futuro?

China es una herejía que funciona. No exige ser copiada ni idealizada, pero sí tomada en serio. Ignorarla no es una opción intelectual responsable. Su ascenso obliga a repensar el papel del Estado, el mercado, el bien común y la capacidad de acción colectiva en un mundo cada vez más fragmentado. No es el fin de la historia, pero sí una advertencia: el desarrollo no es automático. Se construye.

Silvio Zuluaga

Enero, 2026

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La reunión del grupo de tertulias de exjesuítas celebró su séptimo año de reuniones con una presentación especial de Silvio Zuluaga sobre “China: una herejía que funciona”, analizando cómo China logró transformarse de una economía rural y pobre en 1976 a una potencia global en solo 50 años a través de un modelo híbrido que combina socialismo, mercado y pragmatismo. Silvio explicó los tres pilares del éxito chino: la arquitectura política del Partido Comunista, la potenciación de la fuerza laboral y la planificación a largo plazo, destacando cómo China superó la mentalidad de escasez hacia una mentalidad de posibilidad. Los participantes plantearon preguntas sobre los derechos individuales versus el bien común, el ahorro masivo del 30% de los ingresos chinos, y la posibilidad de aplicar este modelo a América Latina, generando un debate sobre los beneficios del desarrollo a corto plazo versus los costos de la limitación de libertades individuales. Compartimos esta maravillosa tertulia con nuestros amables lectores.

Exjesuitas en tertulia. Jueves 15 de Enero, 2026

Haz click AQUI, pare disfrutar del video de la tertulia: https://youtu.be/n0oSfSYHefw

Resumen de la Tertulia

Transformación China: Socialismo y Meritocracia

El grupo celebró su séptimo año de Tertulias con 273 sesiones hasta ahora, y Dario dio la bienvenida a los participantes y anunció que el tema de la presentación sería “La herejía que funciona”, presentado por Silvio Zuluaga. Silvio explicó cómo China logró transformarse de un país pobre y rural a una potencia global en una generación, destacando la combinación única de socialismo, mercado y planificación estatal fuerte, así como la meritocracia dentro del Partido Comunista chino. La presentación abordó la arquitectura política institucional de China, la importancia de la planificación a largo plazo y cómo el Estado chino opera más como una tecnocracia política que como una democracia electoral.

Modelo Económico y Urbanización China

Silvio presentó una análisis detallado del modelo económico chino, explicando cómo el país construyó un relato nacional basado en soberanía, estabilidad y desarrollo que incluyó la transformación del sector agrícola y una masiva urbanización. Durante la discusión, Silvio destacó cómo la urbanización china generó una dinámica única que reunió personas, capital y conocimiento en espacios urbanos, creando una máquina de aprendizaje social a gran escala. La presentación concluyó con el análisis de cómo este proceso transformó la relación de las personas con el trabajo, convirtiéndolo en una vía de reconocimiento y movilidad, y cómo la productividad se convirtió en una fuente de legitimidad política y cohesión social.

Desarrollo Económico y Tecnológico China

Silvio presentó un análisis detallado de los factores que han contribuido al desarrollo económico de China, destacando tres pilares principales: la potenciación de la fuerza laboral, el conocimiento como recurso estratégico, y la planeación logística y productiva. Silvio explicó cómo China ha superado a Estados Unidos en muchas tecnologías críticas del siglo 21, con un total de 145 puntos versus 126 de Estados Unidos según un sistema occidental de evaluación. La discusión también abordó la estructura institucional china, donde el gobierno central define prioridades estratégicas mientras las provincias y municipios compiten por su ejecución, y cómo China ha logrado escalar tecnologías y modelos productivos de manera masiva a través de decisiones políticas coordinadas.

Análisis Modelo Desarrollo Chino

Silvio presentó un análisis detallado del modelo de desarrollo chino, destacando tres elementos fundamentales: la planificación logística gradual de la integración internacional, el pragmatismo y el contrato social chino. Durante la presentación, Silvio mostró datos que demuestran el significativo progreso de China en áreas como infraestructura, educación, salud y tecnología digital. La presentación concluyó con una comparación entre los modelos de desarrollo chino y estadounidense, señalando que China representa una “herejía” exitosa que combina planificación estatal y mercado. Dario finalizó la sesión indicando que abriría el piso para preguntas del grupo.

Competencia Colectiva vs Derechos Individuales

Silvio discutió la competencia colectiva versus el bien individual como factor fundamental, y cómo estimular la creatividad a través de factores descentralizados del mercado. Explicó que China y Occidente representan dos modelos completamente distintos que requieren un enfoque de ecumenismo para encontrar consensos positivos en ambos sistemas, mencionando ejemplos como la política de un solo hijo y la capacidad de planificación a largo plazo del Estado. Los participantes Cris&Julio y Francisco cuestionaron los excesos en los derechos individuales y el alto ahorro estatal, a lo que Silvio respondió que los derechos individuales pueden tener excesos pero son cuestiones de educación, y explicó que el alto ahorro en China se debe a factores como la red social para la vejez y la desproporción demográfica entre hombres y mujeres.

Modelo Económico Chino Latinoamericano

Los participantes discutieron el modelo económico chino y su éxito en el desarrollo, con Oscar cuestionando si este modelo podría aplicarse en América Latina donde el modelo occidental no ha funcionado bien. Silvio argumentó que China ha adoptado elementos del mercado sin la libertad individual que consideran fundamental, y que el Partido Comunista chino se ha vuelto más pragmático y abierto a consultas, a diferencia de los sistemas políticos occidentales que carecen de diálogo real. La discusión se centró en si los elementos culturales o la institucionalidad son más decisivos para el desarrollo económico.

Comparación de Modelos Sociales Chinos

Silvio presentó una comparación entre los modelos sociales de China y Venezuela, explicando que China tiene un sistema híbrido con meritocracia y planificación a largo plazo, mientras que Venezuela representa un modelo distinto que no es trueca socialista. Francisco comentó sobre la inversión china en Latinoamérica y su enfoque hacia un mundo multipolar, mientras que Goyo destacó la importancia de la meritocracia y la planificación a 5 años en el modelo chino. Hernando aportó perspectivas sobre la cultura china y el papel del Partido Comunista como representante del “cielo” en la sociedad china, comparándolo con el Vaticano más que con otros partidos comunistas.

Comparación China-Occidente Desarrollo Económico

Silvio presentó una comparación detallada entre el desarrollo económico y cultural de China y las diferencias con Occidente, explicando cómo la idiosincrasia cultural y la planificación a largo plazo han sido factores clave en el éxito chino. Los participantes plantearon preguntas sobre el bienestar individual versus colectivo en China, la espiritualidad y la felicidad de la población, y el funcionamiento del centro de planificación chino. Dario anunció dos próximas reuniones: una con Mauricio Cifuentes sobre identidades en conflicto en Estados Unidos y otra sobre la situación en Venezuela con Germán Umaña y otros expertos.

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En interacción con el Chat GTP escribí este artículo que me permito compartir con ustedes.

Dos jugadores, dos estilos

El jugador de póker no vive de la certeza sino de la ilusión. Su maestría radica en esconder la fragilidad de su mano, en aparentar fortaleza aun cuando sus cartas son mediocres, en hacer que los demás crean que está ganando mientras en realidad depende de un farol bien colocado. Si trasladamos esta figura al mundo político, el retrato se parece mucho a Donald Trump. Empresario, celebridad televisiva y presidente de Estados Unidos entre 2017 y 2021, Trump construyó su marca en torno a la imprevisibilidad. Al igual que un jugador de póker, su estrategia se basa en desestabilizar la mesa, en que nadie sepa exactamente qué cartas tiene ni cuál será su próximo movimiento. El ruido, la exageración, la amenaza y la teatralidad son parte de su arsenal.

El jugador de ajedrez, en cambio, no puede confiar en el azar. Su tablero es transparente: todas las piezas están a la vista y cada movimiento genera un registro que los demás pueden analizar. No hay faroles, sino estrategia a largo plazo. Este perfil encaja con Xi Jinping, presidente de la República Popular China y secretario general del Partido Comunista desde 2012. Xi es un estratega de procesos prolongados: fortalece instituciones, concentra poder y piensa en décadas más que en ciclos electorales. Como en el ajedrez, donde cada jugada inicial puede definir el desenlace mucho tiempo después, sus políticas parecen diseñadas para consolidar una victoria estructural y lenta, más que para lograr un golpe inmediato.

En esta oposición, Trump es el jugador del instante —improvisador, ruidoso, con habilidad para leer emociones—, mientras Xi es el jugador de la estructura —metódico, paciente, convencido de que el tiempo está de su lado.

2. Dos juegos con datos reales

El póker de Trump

Durante su presidencia, Trump usó la lógica del póker en la política internacional. Un ejemplo evidente fue la guerra comercial con China (2018–2019). Impuso aranceles del 25% a productos por valor de más de 250.000 millones de dólares, con la expectativa de que Pekín cediera. En 2025, un nuevo round de tarifas con alzas rápidas amenazó con llegar a un 145%, un movimiento de presión extrema que generó inestabilidad en los mercados.

Los ultimátums se convirtieron en una herramienta recurrente. “En 90 días negociaremos tarifas con todos los países”, anunció en una ocasión; “Rusia debe firmar un cese al fuego en 50 días”, advirtió después, para luego reducir el plazo a apenas 12 días, bajo amenaza de “consecuencias severas”. En una cumbre en Alaska, convocó sin agenda previa, sin acuerdos preparados y sin consecuencias tangibles para Moscú: un gesto de improvisación más cercano a un farol que a una jugada sostenida.

Su estilo también se reflejó en el ámbito interno. Trump mantuvo conflictos constantes con los bufetes de abogados que lo representaban: muchos renunciaron por sus demandas imposibles o por el riesgo reputacional, dejando ver que su forma de negociar era un juego de presión y desgaste. Con los empleados federales recurrió a despidos abruptos y a declaraciones incendiarias: en 2018 provocó el cierre gubernamental más largo de la historia de EE. UU. (35 días), al negarse a firmar un presupuesto sin fondos para el muro fronterizo. Con las universidades, descalificó públicamente a instituciones críticas, retiró fondos a programas de investigación y amenazó con revisar visas estudiantiles para presionar en el debate sobre la ideología en los campus. 

La esencia del “póker Trump” es esa: movimientos llamativos, ultimátums drásticos, presión directa y capacidad de alterar la dinámica de la mesa, pero con resultados volátiles y difícilmente sostenibles

El ajedrez de Xi

Xi Jinping, en contraste, juega al ajedrez. No se trata del movimiento improvisado de un individuo aislado, sino de la acción coordinada de una institución poderosa: el Partido Comunista Chino y su órgano central, el Politburó. Xi actúa como su rostro visible, pero las piezas se mueven con disciplina colectiva y con un plan que puede extenderse décadas. Cada movimiento no es fruto del azar, sino de cálculos previos, de escenarios anticipados y de una convicción: el tiempo está del lado de China.

Un ejemplo central de esta lógica es la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, por sus siglas en inglés), lanzada en 2013. Este megaproyecto ha financiado puertos, carreteras, ferrocarriles y centrales energéticas en más de 150 países, con inversiones acumuladas que superan el billón de dólares. Más que un golpe inmediato, la BRI se asemeja a una partida en la que se van colocando torres, caballos y alfiles a lo largo del tablero, consolidando posiciones hasta volver a China un actor indispensable en el comercio y la infraestructura global.

Otro movimiento fue la modernización del Ejército Popular de Liberación (EPL). Entre 2015 y 2021, Xi reorganizó las estructuras militares, priorizando la inteligencia artificial, la guerra cibernética y la capacidad naval en el mar del Sur de China. Cada inversión funciona como una pieza avanzada que, aunque discreta en el corto plazo, redefine el equilibrio estratégico a largo plazo.

El Politburó también respondió con método a la amenaza arancelaria de Trump en 2017. En ese año, alrededor del 19% de las exportaciones chinas tenía como destino Estados Unidos. En 2024, esa proporción había descendido a 12%, gracias a una política deliberada de desacople comercial y diversificación hacia Asia, África y América Latina. En términos de ajedrez, mientras Trump buscaba un jaque inmediato, China ya había diseñado un sistema defensivo de varias jugadas por adelantado.

Otros ejemplos refuerzan esta visión de largo plazo. El impulso a la autosuficiencia tecnológica —con programas como “Made in China 2025”—, la apuesta por dominar sectores como semiconductores, energías renovables y telecomunicaciones 5G, y la consolidación de alianzas financieras a través del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura son parte de un tablero global en expansión. Cada pieza avanza de manera gradual, pero su efecto acumulativo resulta innegable.

Finalmente, el control interno sigue siendo una jugada estratégica. La campaña anticorrupción, que desde 2012 ha sancionado a más de 1,5 millones de funcionarios, no solo eliminó rivales, sino que aseguró la cohesión del Partido antes de dar pasos decisivos hacia afuera. Xi y el Politburó entienden que, en ajedrez, las piezas débiles son un riesgo: limpiarlas del tablero es condición necesaria para aspirar al jaque mate.

Conclusión: ¿quién gana?

Si este enfrentamiento fuera una partida literal entre póker y ajedrez, la pregunta central es: ¿vale más la capacidad de improvisar y desestabilizar, o la capacidad de planear y resistir?

En el corto plazo, el estilo póker de Trump puede dar resultados impactantes. Un buen farol en el momento preciso puede cambiar la percepción de la mesa y generar concesiones rápidas. Su carisma mediático, su habilidad para leer el ánimo de las audiencias y con el garrote poderoso de la mayor economía del mundo, le han permitido dominar titulares, marcar la agenda y condicionar a sus rivales. Sin embargo, como ocurre en el póker, la suerte y el cálculo psicológico tienen límites: una vez reveladas las cartas, los efectos suelen diluirse.

En el largo plazo, el estilo ajedrez de Xi muestra más consistencia. China ha pasado de representar el 4% del PIB mundial en 2000 a superar el 18% en 2024, con una trayectoria sostenida. Sus inversiones estratégicas, su disciplina organizativa y su control político interno le dan estabilidad frente a la volatilidad de un liderazgo que depende del golpe de efecto.

La respuesta, entonces, es que Xi Jinping —el jugador de ajedrez— tiene más probabilidades de ganar la partida global. No porque el póker sea irrelevante, sino porque en un mundo interconectado y de procesos largos, la capacidad de tejer estructuras duraderas suele imponerse sobre el impacto momentáneo del farol. Trump puede ganar rondas; Xi, con paciencia, se encamina a ganar el tablero.

Silvio Zuluaga

Septiembre, 2025

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