Relato de un viaje a Jordania

Por: Eduardo Pardo
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gate, entrance, stone

De nuevo escogimos un circuito al final del invierno, pues es mucho más tranquilo que durante el verano. Teníamos varias alternativas de viaje, pero unos amigos nos habían recomendado con insistencia viajar a este pais. 

El reino hashemita de Jordania se encuentra rodeado por Siria, Irak, Arabia Saudita e Israel.  Es la encrucijada de pueblos y conquistadores como los nabateos en el siglo VI a. C. y luego egipcios, babilonios, persas, griegos, romanos y árabes. Por ese país pasan las caravanas comerciales y los peregrinos que van a La Meca.

Allí se han encontrado vestigios arqueológicos del paleolítico (50.000 a 15.000 a. C.) de las edades de piedra, bronce, hierro, etc. En el año 636 los musulmanes vencieron a los bizantinos y los cruzados llegaron en 1099.

Nuestro recorrido, día a día, iniciado el11 de marzo, fue este:

Día 1.  Conocimos al grupo con el que compartiríamos el circuito. Éramos 25 y nos alojábamos en tres hoteles diferentes. La gran calidad del grupo la hicieron la puntualidad y la simpatía. El guía se llamaba Omar y nos reunía con el grito «los amigos de Omar».

De Amán, la capital, salimos a visitar la ruta de las fortalezas del desierto. Construidas a principios del siglo VIII, sirvieron inicialmente como lugares de descanso y caza para los califas. Posteriormente, romanos, cruzados y musulmanes las convirtieron en cuarteles para controlar las rutas entre Oriente y Occidente. 

Qasr Amra es una modesta construcción edificada entre los años 705 y 715 que servía a los califas Omeyas de lugar de descanso y reencuentro con la forma de vida de sus antepasados. También les permitía escapar de la vida puritana de La Meca y Medina. Contaba con la sala de audiencias del trono y unas alcobas laterales. De allí se pasaba al hamman, compuesto de tres cuartos (vestier, tibio y caliente). En el exterior se hallaba el aljibe con la noria que subía el agua que llevaban a otro local para calentarla y distribuirla en el hamman: un sistema sofisticado para la época. Lo más interesante son las pinturas de figuras humanas, muy raras en el arte islámico. Aunque no las prohíbe el Corán, fueron vetadas por los sucesores de Mahoma.  

Azraq es una gran fortaleza que levantaron los romanos con bloques de basalto para controlar este oasis en medio del desierto entre Arabia y Siria. Su puerta es un gran bloque de piedra de más de una tonelada que puede abrirse y cerrarse. Los techos los sostienen arcos de piedra, pues la madera era escasa en la región. El rey Feisal y Lawrence de Arabia la usaron en la guerra contra los otomanos.      

De regreso a Amán visitamos el teatro romano, que está muy bien conservado. Tiene una capacidad para 6000 espectadores y cuenta con una acústica increíble. Cerca de este y en la cima de una colina que domina la ciudad se localiza la ciudadela de la acrópolis en la que sobresale el templo de Hércules que se construyó durante el mandato del emperador Marco Aurelio (161-180). Allí, en una explanada, instalaron el museo arqueológico con colecciones de objetos del paleolítico hasta la dominación otomana.      

Teatro romano en Amán

Día 2. Salimos hacia el sur e hicimos varias paradas interesantes en el camino.

La primera fue el monte Nebo. Allí subió Moisés para ver la tierra prometida antes de morir. Desde este mirador puede verse ‒cuando está despejado‒, el mar Muerto 1230 metros más abajo, al borde del cual se descubrieron los famosos manuscritos que llevan su nombre. Se ven también el río Jordán, Jericó, Jerusalén y los montes de Judea.

Al lado quedan las ruinas de una capilla del s. IV, construida para conmemorar la muerte de Moisés. La descubrieron en 1933 los franciscanos que se ocupan de la custodia de la Tierra Santa. Contiene un bello mosaico del año 531 con escenas de la vida del campo y animales.  

Fuimos luego a Mandaba, una ciudad floreciente de la época bizantina, famosa por sus iglesias y mosaicos, producidos por escuelas del s. VI. Uno de los más importantes es el plano de Palestina que muestra detalles de la topografía de la región y los países limítrofes. En el centro aparecen Jerusalén con sus murallas, el santo sepulcro, Belén y el río Jordan, que desemboca en el mar Muerto.

Mosaico en Mandaba

Antes de llegar a Kerak atravesamos una réplica del gran cañón del Colorado. ¡Un paisaje impresionante!  Esta ciudad existía desde el s. VIII  a. C. Los cruzados construyeron la fortaleza que controlaba el paso de las caravanas entre Egipto, Damasco y Bagdad; por allí pasaban los peregrinos que iban a las ciudades santas del islam en Arabia. La ciudad cayó en manos de las tropas árabes de Saladino y en 1840 pasó a manos de los otomanos.

Antes de regresar al hotel visitamos la pequeña Petra, de montañas rocosas, desfiladeros y desierto. Un aperitivo de lo que nos esperaba al día siguiente.

Día 3. Viaje a Petra, uno de los monumentos que la Unesco ha declarado patrimonio de la humanidad de la Unesco. Su superficie es de unos 100 km² y tiene unos 800 monumentos. Es un lugar forjado por años de erosión, donde el pueblo nabateo dejó numerosos vestigios que perduran hoy día.

La región estuvo habitada desde tiempos inmemoriales. El Antiguo Testamento habla de ella en el Génesis. Los temblores de los años 365 y 747 causaron su decadencia. 

Para entrar, la explanada en la que se encuentran algunas sepulturas se va cerrando hasta convertirse en un desfiladero de 2 m. de ancho y 80 a 100 m. de altura. El camino serpentea en medio de colores de diferentes matices producido por el claroscuro de una luz que va cambiando. La expectativa se ve recompensada cuando el desfiladero se abre y aparece la fachada rosada de una tumba monumental tallada en la roca. Es lo más bello de Petra por sus proporciones (28 x 40 m. de altura) y una armonía casi barroca en un medio pétreo. A partir de allí el camino se dirige hacia el centro de la antigua aglomeración.

Tumba en la roca, en Petra

A la izquierda se encuentra el teatro, tallado en la roca. Sus 33 filas tenían una capacidad para unos 4000 espectadores. Frente al teatro, talladas en el acantilado, se observa una serie de tumbas. Se sigue avanzando por una calzada romana que lleva a la parte baja. A cada lado hay tumbas, templos, bajorrelieves.

Gracias al almuerzo tuvimos fuerzas para subir 800 escalones tallados en la roca que llevan al Ed Deir o Monasterio. Fueron 45 minutos a buen ritmo (claro que para los sedentartios había servicio a lomo de burro). El templo también está tallado en la roca y su fachada es de 40 x 47 m. Su estilo dórico le da una visión imponente, unida a armonía arquitectónica que produce paz. Desde allí puede subirse a unos miradores naturales que bordean profundos precipicios en medio de un paisaje lunar de rocas y aridez.

Templo de Ed Deir

Día 4. El Wadi Rum hace parte del desierto de la península arábiga. Por eso, Cambiamos el bus turístico por los jeeps de los beduinos para hacer un recorrido en medio de sus montañas, picos, desfiladeros, valles y dunas de diferente consistencia. Escalamos la de una arena tan fina que parecía talco: se daba un paso y se retrocedían dos. Los colores cambiaban con el juego de la luz entre sol y sombra. En esos magníficos paisajes filmaron la película de Lawrence de Arabia. Almorzamos en una carpa beduina, pues es su territorio, y regresamos a descansar.

Día 5. Puntuales como siempre, salimos hacia el norte. El primer lugar que visitamos fue Jerash, la antigua Gerasa o ciudad de las 1000 columnas. Testimonia el esplendor de las ciudades de la frontera del imperio romano; impresiona por lo bien conservada. A sus vestigios se entra por el arco de Adriano, del año 129 de nuestra era. Después vimos el hipódromo, los templos de Zeus, Artemis y Dionisio, el foro en forma circular, con sus columnas jónicas, el mercado, los baños romanos con sus piscinas, la avenida de 800 m. de longitud con su sistema de alcantarillas, las fuentes de las ninfas ‒del año 191‒, en la cual el agua brota de las cabezas de siete leones.

El teatro del sur, construido entre 90 y 92 d. C., podía recibir más de 3000 personas. Su acústica es perfecta. Permitía que todos los espectadores oyeran a los que hablaban desde el centro de escenario, como pudimos comprobarlo. El teatro del norte, más pequeño, construido en el año 165, se usaba para las reuniones del consejo. En 235 su capacidad se amplió para que cupieran 1600 personas.

Por la tarde nos dirigimos al mar Muerto en medio de un fuerte aguacero, que casualmente se terminó antes de que llegáramos. Es la frontera común de Jordania e Israel. Su superficie es de 80 x 14 km. Su tamaño ha venido disminuyendo por causa de la evaporación y las represas que han construido sobre el río Jordán, que lo alimenta. Se encuentra a 399 m. bajo el nivel del mar, lo cual lo convierte en el punto marítimo más bajo del planeta. Su agua es tan rica en sales y minerales que hace que uno flote sin ningún esfuerzo y se convierte en lo más simpático del paseo.

Eduardo y viajeros en el mar Muerto

Día 6. En esta última jornada día salimos hacia el norte de Amán para visitar las ruinas de las ciudades grecorromanas Pella y Umm Qais en las montañas que dominan el Jordán y que tienen una hermosa vista sobre el lago de Tiberiades, la meseta del Golán y la frontera con Siria.

Al regreso iniciamos las despedidas y la entrega de datos personales, pues al día siguiente regresábamos en diferentes vuelos. Posteriormente, intercambiamos fotos, las mejores de las cuales son las que incluyo en este relato.

Eduardo Pardo

3 Comentarios

John Arbeláez 7 noviembre, 2020 - 7:59 pm

Excelente narración la de Eduardo durante su viaje a Jordania. Muy detallados los puntos llamativos y más importantes del viaje. Petra debe ser impresionante y sobrecogedora. Me sentí acompañdo la excursión.

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Pilar 8 noviembre, 2020 - 12:57 pm

Me encanto tu relato. Estoy lista para ir y repetir tus días.

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Jaime Heredia 9 noviembre, 2020 - 5:44 am

Eduardo: exceĺente narración y muy descriptiva.
A medida que avanzaba en la lectura me iba creciendo la envidia de la buena.
Felicitacionesvy un fuerte abrazo para Graziela.

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