Quiero ser la maestra de nuestra escuela, pero de una escuela linda y grande

Por: Bernardo Nieto
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Relato de una historia verdadera

En 1988 yo era el gerente de producción y programación de una empresa de televisión de prestigio nacional. Allí encontré a Consuelo, una periodista inquieta, aventurera y con inmensos deseos de andareguear por los caminos de Colombia, con un apasionado y cuidadoso camarógrafo. Descubrían historias que merecían ser contadas en su programa de televisión y que tocaran el corazón de los televidentes. 

Al regresar de un viaje por el departamento de Córdoba, en Todos somos Colombia, como se llamaba el programa de televisión, la periodista narró su encuentro con una niña de 12 años que enseñaba debajo de un palo de mango a un grupo de niños y adultos. Los encontró en una vereda perdida en Tierra Alta, protegiéndose del calor del mediodía. A falta de profesora y de escuela, la niña había decidido compartir lo que había aprendido en la escuela del pueblo con quienes aún no sabían leer y escribir. La cámara destacaba la manera como la pequeña maestra ayudaba a los adultos y a un abuelo a descubrir lo que decían las letras de la cartilla y la forma como todos seguían atentos sus instrucciones al tomar la mano de los niños para ayudarles a escribir. 

En la entrevista con la pequeña profesora, la periodista descubrió que ambas tenían el mismo nombre: Consuelo. En efecto, esa niña daba consuelo, y más, a los que no sabían. Cuando la entrevistadora le preguntó a la niña qué quería ser cuando grande, sin dudarlo, la niña respondió:  

‒ Quiero ser la maestra de nuestra escuela, pero de una escuela linda, grande y llena de flores. 

Con un abrazo y el aplauso de los alumnos debajo del palo de mango, el programa terminó emotivamente, destacando las virtudes de la pequeña educadora.

Veinte años después, en 2008, un colega de Unicef, encargado de las labores humanitarias y de protección de la niñez en ese mismo departamento, me preguntó si yo recomendaría el trabajo de Consuelo, mi antigua compañera, la periodista de Todos somos Colombia. Respondí afirmativamente y destaqué su seriedad y los valores que ella transmitía en sus programas. 

En el área de Acción humanitaria la habían contactado para que narrara en un reportaje televisivo la inauguración de una nueva escuela en una vereda de Tierra Alta, con el aporte metodológico de las Escuelas amigas de la infancia, un programa de Unicef de aplicación internacional. En la construcción y remodelación de la escuela habían hecho sus aportes económicos y de terrenos la gobernación y el municipio. Unicef había logrado que se tuvieran en cuenta las recomendaciones sanitarias para el acceso al agua potable, el diseño y adecuación de los sanitarios para niñas y niños, la circulación del aire y la iluminación de las aulas, siempre pensando en lo que se requería para cumplir y garantizar los derechos de ellos. 

Llegó, por fin, el día de la inauguración de la renovada escuela. Las flores adornaban los corredores, la entrada, los salones, el jardín y la huerta. Al iniciar la ceremonia de inauguración, la docente que actuaba como maestra de ceremonias leyó el orden del día con propiedad y autoridad. Durante la presentación de la banda local y mientras los expositores leían sus discursos, Consuelo, la periodista, daba las indicaciones a su camarógrafo para que captara los momentos importantes. Mirando a la maestra de ceremonia, en un momento creyó ver en ella antiguos rasgos físicos que le parecieron conocidos. Hubo un momento en que sus miradas y sonrisas se cruzaron. Como estaba interesada en obtener los detalles importantes de la ceremonia y de todos los asistentes, particularmente de niñas y niños, la periodista dejó pasar el momento y se concentró en atender los detalles de lo que sucedía para narrarlo cuidadosamente en el reportaje.

Por su parte, la maestra, miraba a la periodista y se esforzaba por recordar en dónde había visto ese rostro que le parecía familiar, aunque un poco diferente. 

Al terminar la ceremonia niños y niñas pasaron a los salones a recibir sus uniformes nuevos, los morrales con los cuadernos, los elementos educativos y los útiles escolares. Mientras el camarógrafo y la periodista filmaban la algarabía de los niños que sacaban sus camisas, pantalones y zapatos, la profesora tuvo un momento de iluminación y recordó cuándo y en dónde había conocido a la periodista. 

Sin poder contener la emoción, terminó su labor con sus alumnos y corrió a encontrarse con su tocaya. Desde la puerta del salón en donde estaba la periodista, alzó la voz y llamó casi con un grito: 

‒ ¡Consuelo!

La periodista, sorprendida, miró hacia la puerta y vio a la maestra que corría incontenible hacia ella con los brazos extendidos mientras le gritaba:

‒ Soy yo, Consuelo, la niña que enseñaba aquí hace 20 años, debajo del palo de mango. ¡Bienvenida a mi escuela!

En ese momento, Consuelo, mi amiga periodista, vio desfilar ante sí toda la película de 20 años antes. 

Volvió a sentir el calor del mediodía debajo del palo de mango y con una intensa emoción se dejó abrazar y besar por la antigua niña que le había dicho dos décadas atrás que quería ser la maestra de su vereda, pero en una escuela linda, grande y llena de flores, como la que estaban inaugurando. 

Hoy, ya graduada, la maestra Consuelo se aferraba a Consuelo, la periodista, que le sacó del alma su mejor deseo y su ilusión de enseñar a los que no saben y de compartir el pan de la sabiduría con los hambrientos de aprender. En ese momento, en una escuela linda, su sueño ya era realidad y podía enseñar a los que no saben para permitirles acceder a los beneficios que solo da la educación, una educación que libera de la esclavitud, de la ignorancia y la inequidad. 

Ambas lloraban y dejaron que los asistentes presenciaran sorprendidos y emocionados el reencuentro de dos seres humanos, protagonistas del momento mágico en que un círculo perfecto se cerraba, lleno de luz, de íntima alegría y de plenitud.

El silencio inicial y la sorpresa se convirtieron en un formidable aplauso y en fabulosa celebración. Todos compartieron la alegría de las dos amigas que volvían a encontrarse y que hoy comparten su historia y su vida con todos ustedes, por medio de estas letras que brotan de mi memoria como uno de mis recuerdos más hermosos. 

Bernardo Nieto Sotomayor

Noviembre, 2020

9 Comentarios

Mario 5 noviembre, 2020 - 11:07 am

!Excelente!! Y Emocionante y bellos recuerdos!!

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Jaime Heredia 5 noviembre, 2020 - 11:57 am

Estupendo relato. Historia para publicar.

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John Arbeláez 5 noviembre, 2020 - 12:15 pm

Preciosa narración Bernardo!!! Cálida, humana y aleccionadora.

Esas son las maestras que necesita este país, con verdadera vocación .

Y Estos son los aportes que brotan desde nuestra formación para enriquecernos entre todos.

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Humberto Sánchez Asseff 5 noviembre, 2020 - 3:02 pm

Bernardo: qué historia tan hermosa y tierna, además de bien narrada. Gracias a este blog por hacernos llegar estas perlas heermosas de literatura .

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CHRISTIAN BETANCUR 5 noviembre, 2020 - 4:59 pm

Maravillosa narración, que me emocionó varias veces al irla leyendo. Muchas gracias, Bernardo. Ojalá algún día puedan volver a reunirse las dos Consuelos, para contarnos más de sus historias entrecruzadas. Un gran abrazo.

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Eduardo Jimenez 5 noviembre, 2020 - 6:12 pm

Muy hermosa historia, gracias

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Hernando Bernal A. 5 noviembre, 2020 - 11:33 pm

Bernardo: esa historia nos llega al corazón. Gracias a Dios por la bondad, la alegría y la vida de las dos Consuelos. Saludos

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Jorge Luis Puerta 6 noviembre, 2020 - 7:28 pm

Bernardo: qué bueno que nuestro blog les pueda dar voz a los sin voz…gracias a ideas y formas como las tuyas. ¿No sería posible encontrar a alguna de las Consuelos para que nos hablen aquí?

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Bernardo Nieto Sotomayor 6 noviembre, 2020 - 7:41 pm

Gracias, Jorge Luis, por esta nueva idea. Buscaré a mi colega y compañera de trabajo en RCN TV, Consuelo Cepeda y le haré la invitación. Saludos muy grandes y seguimos adelante.
Bernardo.

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